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14.2.16

La muerte del Orfebre, por Roberto Escaleno



Las ofensas hechas con poca prudencia son recibidas con mucho odio pagadas al centavo.
Hugo Savino


11 de Septiembre y Emorroide. Narco Pollo. Qué insulto. Mezclar el nombre de Marco Polo y vincularlo a una actividad ilegal cuando el viajero y mercader nunca fue un ilegal, aunque sí un gran traficante de opio. El Gran Khan lo quiso recluir en sus negocios clandestinos, el tráfico de arroz pindonga —sí, granos de arroz verga, al comienzo los chinos eran una raza de gigantes que fueron disminuyendo su tamaño a medida que aumentaban en número, de ahí sus actuales políticas de reproducción— a las indias descubiertas en secreto, o qué se creen que a mi abuela le decían China por el curso de Ikebana que hizo ¡mi propia piel parece de arrollado primavera! En fin. Cosas. Ahí estábamos todos en la esquina de la pollería Narco Pollo, producto de un error, de una triste falla. Pensar que estuve largo rato mirando en esa dirección, en esa esquina, pero no lo veía. Hasta que Longorraba nos lo marcó, al negocio, él lo vio primero. Y el que mira algo primero lo mira dos veces, saber impopular, claro está, las minas de esa benévola tarde de enero pasaban, tomaban café, leyendo con las gambas cruzadas, mucho vestido estampado con vuelo, chatitas, teta, culo, pelo suelto, hasta una sesentona atlética y rubia con el pelo por la cintura en jumper con las caderas descubiertas parada en la puerta del bar con un perro de pelaje lacio cobrizo. Todo estilizado como en una ciudad ajena.

Y la pollería infame, con ese nombre, ahí, era como el inconsciente. Eso que siempre estuvo ahí, pero nadie lo vio, salvo Freud, que lo develó. Como América y Colón. O como el fastidio de la vida de hotel. Pero vayamos a lo que nos reúne. No es el Narco Pollo. Como decía, eso fue solo un accidente de la cartografía de la ciudad. Lo que nos reunía era la muerte del Orfebre, su funeral. Lo del Pollo Narco es otra cosa, es solo un pollo accidental, cultural, engordado con hormonas de morfina para encubrir la venta de cocaína en la tarde, solo un Pollo-fachada. Nadie podría sospechar que detrás de esos pollos engordados y detrás de ese nombre tan jocoso, podrían vender fafafa o traficar antigüedades, o etc. Pero helos ahí. Un accidente atrapado en otro accidente.

La muerte del Orfebre también lo fue. Ahí estábamos, como cuatro ilusos mosqueteros, siete treinta de la tarde, en la puerta del Cisne Blanco del barrio chino, esperando que pasara la pompa fúnebre del Orfebre. Pero todos sabemos que así como hay atajos hay malditos desvíos. No sabemos si la pompa fúnebre cumplió su ritual. Sí sabemos que la dueña china del lugar nos negó unas cervezas para brindar en su nombre, porque la muy turra pretendía que comiéramos cuatro arrolladitos primavera como requisito mínimo para darnos una mesa. La vez anterior comimos algo, las rabas estaban 45 pesos las diez unidades, qué raro, pensé, y sí, lo que se esperaba no fue una fritada dorada y crocante, sino un engrudo de goma insípido; y el interior y sabor de los arrolladitos también baratísimos, indiscernible. Nos negamos. No transamos con los chinos, y menos con las chinas. Pero el hecho de que nos rechazaron, porque aquello fue un rechazo tajante, real, nos hirió en lo más profundo de nuestra tarde. Una herida en la yugular de la tarde. La Casa se reserva el derecho de admisión. Siempre así. Hay cosas que no cambian. Pero no nos pueden obligar a comer comida china a las siete de la tarde. No señor. Nosotros solo queríamos despedir con dignidad a nuestro amigo, a nuestro enemigo, a nuestro todo.

El Cisne Blanco era el punto de encuentro. Pero como nos desterraron en pleno barrio chino, terminamos en Emorroide, esquina de Narco Pollo. Cinco horas reloj hablando sobre diatribas, sobre poemas perdidos de Vicente Luy, sobre la sexualidad de Gabriela Sabattini, fue ahí cuando Longo notó que estábamos ante esa pollería tan extraña, que era como el Tercer Mundo, que siempre anduvo ahí, sin Tercero alguno, como  suele decir Lancelot.

Le dimos un destino distinto a las alegrías del Orfebre, y a sus tristezas. Porque uno tarde o temprano muere. Aprendemos a vivir muriendo. Esta vez le tocó a él. Cuatro disparos en su nombre, cuatro episodios de su muerte. Escaleno dice o Simon Leys says.

Escaleno era algo que nos faltaba en nuestra vida y si a veces hablamos en tercera persona, es porque somos del Tercer Mundo. Todo fue tan vertiginoso que no supimos cómo darle cuerpo, ni forma, ni colores. Pero, Longorraba, del submundo, tercera persona de tu hermana, acechaba los pulpos con luz blanca mirando a través de la tinta disuasiva, tenía un agujero en el jogging por donde salía uno de sus testículos, el derecho. Pero no llegamos a diseñar los personajes en verdad, alguna cualidad bosquejada, puede ser. Y el diseño es la piedra angular de toda cosa de nuestros tiempos, como la flamante fachada de Narcopollo, si no podés con eso, directamente no podés. Como un espejo que esconde su reflejo. Es lo mismo que los romances. Eso es lo que pasa cuando inventás romances estilo Lancelot, donde no hay nadie.

La moza se llamaba Rosario, no murió, pero se llamaba. Rosario, coordenada café París. La colombiana tuvo que migrar, de bar en bar. Rosario a secas. Ahora en 11 de Septiembre, Siga la Vaca, esquina Emorroide, dijimos. Rosario a secas y sin apellido, bien colombiana. El problema es que en este país si no tenés apellido sos un bastardo, y si no tenés tetas los hombres ni te preguntan el nombre. Así que así estamos, tocando las cuentas del rosario cuando rezamos, como si fueran pezones. Escaleno es un hombre del Renacimiento, que se corta el pelo a sí mismo, de a ratos, en ataques de locura y que no puede vivir en el Renacimiento porque el país todavía ni terminó de nacer, se corta las uñas, se mete el hisopo, se ilustra. Descubrió que el mejor antimicótico es el meo, entonces como un abuelo se relaja de dorapa antes de abrir el grifo de la ducha, con manos libres, sin Bluetooth.

Rosario vino al rato, y Longo dijo tetardaste un montón. Lancelot objetó “nooooooooooo” frente a esa réplica tan vulgar. Lentamente le fue calibrando los párpados, buscándose el rosario bajo la remera. Si no hay queso no hay juntada, dice L., se lo trajeron con pimentón rojo y oliva. Pero no nos desvíemos todavía. La reunión era solo por la muerte del Orfebre, tan trabajador, tan educado, tan reputado como Yahvé, el Neocalvinista que envidiaba al zaguero Mouzo. De tanto relamerse con Osvaldo Lamborghini le fue creciendo ese bigote, tal cual, bigote Roberto Mouzo en el que apoya el bidón de agua para negar su palabra en pos del fraseo, reducir el concerto grosso de sus combinaciones verbales a las líneas de un solo jazzero. Tomaba agua, mucha agua:
–Tratá de meter toda el agua en ese hoyo.
–Pero eso es imposible –replicó el teólogo–, ¿cómo pensás meter toda el agua que es tan inmensa en un hoyo tan pequeñito?
–Al igual que vos, que pasás de largo el misterio que es Gomsterfi.
Y cuando descubrió a Mouche sin tegobi en Boca 30 años después, directamente se tuvo que mudar a España. Pero Kerouac es otra historia.

Un cuadrado de provolone quedó fuera del plato cuando nos fuimos. La poesía es amoral y primitiva, es enigma, decía Escaleno, apellido que le pusieron los amigos cuando por pasarse de vivo le reacomodaron el tabique nasal. La única opinión literaria que yo tengo es que LLanusi es dictatorial porque es demagogo, lisa y llanamezzi. Como Casas. Al igual que el poeta con el nombre de la mayonesa (John Gelman). Y el de la cumbia (Oscar Caruso Cucurto). Decilo Enzo, le solíamos decir a Román Riquelme, para que termine de recitar, de poder decir algo, de redondear una sola idea. Pero no tenía llegada. Esa clase de gente extraña y sin sentido del humor, esos hijos de neorrealistas italianos mal traducidos al riverplatense, socialistas berretas, traficantes de chimentos. En fin, gente sin sentido común y sin sentido del humor. No podían estar entre nosotros, en víspera de funeral y de pompa fúnebre.

Pero como no se cumplió, como nunca la vimos pasar, no todavía, la vida quedará en posición de espera hasta nuevo aviso.
¿Un Evita vale más que un Roca o vale menos?pregunta Lancelot.
Solo la historia lo dirá resolvió con congruencia N.

La pregunta bisagra que una mujer le hace a un hombre es si tiene auto o no. Anotala. L. lo dice. Yo agrego otra: ¿A qué te dedicás? Ahí siempre perdí, ni una respuesta ordinaria me sale, bah, a veces sí, pero no. El otro día en un chat una mujer anónima me dijo de manera categórica, como si me conociera como mi vieja, que mi vida era una mentira, y me tuve que tomar dos rivotriles para terminar ahí mismo con el día.

¿Hay algo más triste que hablar con una mujer mientras se pinta las uñas de los pies? Seguro. En eso, en la esquina, como una aparición, el coche fúnebre descapotado, blanco, con los dos cuernos de buey en la trompa del orfebre cornudo, las minas de blanco con arreglos florales en el pelo montadas al féretro arrojaban roscas de jazmines y conchas, pétalos y panaderos que soplados desfloraban los ojetes más contritos, el cajón labrado con sus poemas de caligrafía ígnea empezaba a chispear. Llegando por 11 de septiembre se detiene antes de la esquina Almorraga, la procesión de una cuadra hasta Roosevelt también se clava dejando espacio de maniobra para ubicar la cola del vehículo en la calzada de descarga de la pollería. Nos Acercamos. El olor a dólar, cisne blanco, Celine Dion pura, nos hachó los ojos; y la comunicación cambió a una lengua salida del acre flujo del gas de cocaína, que respiraba cualquiera en las cercanías. Las paredes desaparecieron al momento que el cadáver descendía oblicuo a las digestiones opiáceas del local. Hablábamos como insectos guturales, o moluscos gimientes, no sé, pero nos entendíamos, y veíamos por los muros fílmicos cómo la carne transparente del orfebre se desprendía de los huesos en tumores blancos y saltar un remolino de pan rallado y caer en freidoras. L. se acercó al mostrador a preguntar el precio de las patitas. El esqueleto perfecto con algunos trazos rojos y violetas era exprimido hasta la extenuación de su médula ósea. Un torturador chino experto en anatomía mamífera extraía con florete próstata, de gran valor en las tiendas más exóticas del barrio. El mencionado gas y un gran surtido de genéricos similares también eran vendidos a anestesistas privados y odontólogos, surtidos desde el Zeppelin Led Topacio de La Morsa y Vergara Leumann, que Longorraba descubrió con visión de molusco, cómodamente fatigando divanes a gran altura, siguiendo atentos el destino de los prófugos del verano con largavista, ubicándose virtual e intelectualmente protagonistas del pleno dinamismo criminal, pero desde el lado uruguayo.


11.9.14

Alegrías del orfebre, por Roberto Escaleno




Taraearaba con sus encías desdentadas. Tuvo como pocas veces ganas de conversar. Estaba escribiendo un texto tipo panfleto. Robaba frases de escritores contemporáneos. Cuántos croares y trinares que impiden escuchar que cada palabra sea remerecida y sólo inflan la muerte chiquita y verosímil. Merecer era una justicia olvidada por tantos justicieros. Algo que antes se había merecido y se había desmerecido en el tiempo y ahora no querían ni asesinos ni justicieros. Eran homenajes. No tenía miedo que lo acusaran de plagiario. Eso suponía que había leído algo. Estaba preparado para enfrentar a los tribunales sintácticos, sean psi o antipsi. Una memoria milenaria lo habitaba y le impedía presentarse, como a los contemporáneos, más pobre que los pobres. Pero estaba a un paso del hambre de las hambres. La calentura intelectual resultaba ideal para los inviernos crudos. Como en la prolongación espaciotemporal del intelectualismo socrático. Cosas así podía decir en voz casi baja, pero audible. Casi una revolución calvinista. Tenía razón sobre eso, como una especie de película porno clase B, de un puro inconsciente colectivo. Los que creen en el Uno terminan siendo depresivos y caminando por las cornisas. Cada tanto deslizaba una frase como esa. Como si se le cayera del bolsillo. Algunas las anotaba en posavasos o en servilletas de papel. Se sirvió otra taza de café. Estaba en guerra contra los artistas y contra la universidad, por lobotomizados. 

Finalmente, dijo: “El mono es primitivo, gutural, rupestre, instintivo. La guerra civil duerme con la boca abierta. La menopausia imperial usa anillos de perlas, reloj de oro, rivotrilizada, todo se vuelve liviano y absurdo como el almuerzo de un funcionario, el gesto de un jefe de Gabinete. Un euro por cada paco fumado. Todos esperan a ver si alguna vendetta estalla por televisión, escapan de las cacerolas, profundizan el aire acondicionado. Y aunque Farid al-Atrash no sea Bashar al-Asad, los dos conocen la música del mismo idioma.”

3.11.13

Viejas tristezas del orfebre, por Roberto Escaleno







Era tan vulgar como para decir que un escritor es un orfebre que se ensucia las manos con palabras moldeando y encorsetándose en una forma a la triste espera de algo. Se consolaba, sumiso, con un auditorio universitario. Creía en lo que pensaba. Sin la más mínima posibilidad de una tristeza artística. Y eso que la aristocracia también puede estar en hablar mal o en que se entienda poco. Pero la pobreza intelectual está ahí, a la vista de todos. Es cosa de letrados, no de lectores empedernidos. Los alacranes universitarios suelen buscar apóstoles. Mueren por un poco de fama y relevancia en un medio que les cerró sus puertas, están condenados a aburrir y a aburrirse.

La memoria se volvía ahora. Un largo volverse ahora por parte del pasado. El otro día estaba frente a unos bosques, como un pedófilo de pasatiempos, viéndome vivir. Había unos patos furiosos alineados de cara al lago. Era una mañana de sol con olor a mar en el aire viciado de otras curiosidades tóxicas. Las palabras se humedecían de sólo pensarlas. Solamente quedan, a falta de máscaras, las voces descascaradas del orfebre que me confía sus primeras impresiones. Como quien va y se sienta en el último asiento libre del colectivo.

Dijo que la novela de Alberdi, Luz del Día, ofrece un punto de vista programático sobre la cultura y la política argentina: la alegoría vuelve siempre, insiste década a década y una y otra vez a ser rechazada, expulsada. Nunca hubo semejante indiferencia para un personaje. Eran momentos tensos, Buenos Aires se había convertido en Estado independiente y gravaba los productos de la confederación con los mismos aranceles que a los extranjeros. Luz del Día es hija de la Europa de las luces y viene a ver lo que pasa en estos pagos. En el fondo busca al buen salvaje de Rousseau, fantasía europea si las hay. Pero se encuentra con Sarmiento. Ni bien comienza el diálogo, el sanjuanino se excita y sin bazucar la salsa, crear un clima con un batuque o un fandango en tres tiempos, sexo en presencia de cualquiera. Luz del Día tiene un problema, no es una mujer de carne y hueso sino una alegoría de la razón: no tiene sexo. Pero como la imaginación gobierna al mundo, Sarmiento entonces sin tomarse un segundo para respirar se vuelve pedagógico, le propone hacer con ella una campaña educativa como para demostrar a la posteridad que hombres educados eran los de antes.

Luces, faroles, lumbreras, sombras. Malos presagios y buenos augurios. Laderas inferiores. Labios leporinos. Monstruitos. Y monstruos de verdad. Aguantar las embestidas. Amortiguar las caídas. Destruir la matriz. Espolear, escapar. No huir. O sí. Escapar. No dar la espalda en el magnetismo de la noche. Allá ellos. En el atardecer, allá ellos. En retaguardia de sol. Anochece. Grúas amarillas se empiezan a iluminar por faroles. La vida es este empedrado.

El sol en la cara es la estrofa de hoy día. Inaugura el café con leche matinal con diatribas. No claudicar al destino, se dice. Todo en la córnea se deforma. Zancadillas de la mañana. Diezmarme. La letra se trasluce. Fuera de mi acústica. Me pongo en la vereda de la sombra. Cruzo misivas, cartas. Dejo al orfebre de lado. Es para señoras.

Llega el día gris furgón de los grises y justo hoy a la mañana la resaca de la pasta dental que es de las cosas más tristes que hay en la vida. La vida es una zanja. Las palomas corcovean y pasan caminando como transeúntes del ocaso. Si llegara el fin del mundo, seguro que la única especie sobreviviente serían las palomas. Siempre fueron acusadas de boludas y de idiotas. Y sería una paradoja universal porque todos saben que son idiotas pero que conspiran en contra de la raza humana.  Orfebre hasta la muerte, el viento sigue soplando en contra. Directorio y Larrazabal, un vaso de agua se cae y se derrama en parte del libro. Y pensar que yo era el orgullo de todas sus decepciones. Así me exhibía. Los peligros de dar latitudes, coordenadas. Nada de eso. Que sea la última. Matar al mensajero. La taquígrafa furiosa y sentimental escribió un gran libro pero después se puso a plagiar frases ajenas sin conocimiento de causa. Lo único que no cansa es el fracaso. La taquígrafa se hechó a perder. En un casi braile para videntes.

Le escribo una no-carta al Orfebre. Él también lee braile y con el agravante de poder leer jeroglíficos egipcios en una época de pirámides con otras formas y otros códigos binarios. Mañana nos juntamos a cartografiar nuevas guerras. Paz imposible. Tinta de café. Córneas blancas. Pupilas dilatadas. Estábamos (a)porreados por un afán de conspiración casi digno de un despecho amoroso. Nos tuvimos que poner de manifiesto. Nos tuvimos que poner en contacto. Con lo que eso implica. Con lo que nos duele. Y tampoco somos enemigos. Los minuteros. Los segunderos. ¿A dónde nos va a llevar este destino de mesadas en cajas para armar? Los alineamos en las no-cartas y en los bares siderales donde nos juntamos.  Las arañas tejen la tela de la no-tela. Tejen sin saber lo que están tejiendo. Son las diez de la mañana en este café con leche y mientras tanto, una caterva de palomas pardas se pelean por un pedazo de pan. Vivimos en tiempos oscuros donde el predicado está a punto de ser asesinado por un sujeto casi invisible. Del sujeto solo quedarían resabios, vestigios. Autómatas que sólo saben dónde queda la estación de tren o la parada del colectivo para ir y venir del trabajo. El significante empieza a asumir un papel secular, secante. Y no existe el hasta cuándo. Ya no hay por dónde empezar. Hay empalizadas, hay cadalso, hay acantilados, mazmorras. Hay la sopa de calabaza de la frustración. Hay lava y ceniza volcánica en el aire, mucho escombro y todo mezclado al óleo de una guerra que se está cartografiando en la palma de nuestras manos como destinos cruzados. Esta no-correspondencia es esa cartografía lenta. A los otros se les arrugaron las palabras y no pueden escribir. Están afectados. El apresto se les volvió veneno. Esos perros por palabras y frases sueltas. Pero el orfebre no pensaba demasiado, o lo que es mejor, no creía demasiado en lo que pensaba.

28.4.13

Más tristezas del orfebre, por Roberto Escaleno





¿Cuándo habría que morirse? A caballo regalado no se le miran los dientes. Odia la literatura como odia la vida. Y si alguien viene mañana y le dice que el 10 de marzo del 2027 llega Lady Death. ¿Qué hace? Las respuestas son muchas y todas estúpidas por hipotéticas. ¿Y por qué los periodistas que se creen Ezra Pound quieren que los demás hablen como Magdalena Ruíz Guiñazú? Ya lo decía yo: Quand on est gentilhomme on est gentilhomme. Todos saben que el infierno no es el lugar más caliente de la tierra. Al contrario, es un lugar congelado, las temperaturas pueden llegar al cero absoluto, pero sin la variedad de los colores primarios que puede ofrecer una aurora boreal en el norte. El infierno está bien adentro. El del católico Dante. Y el de los budistas también. Así es que si alguien nos vaticinara la muerte, podríamos asistir a esa anunciación como quien actualiza una pausa o alcanza un cierre. Pero no se puede vivir en la duda de la vida ni en la incertidumbre por la muerte. La espada y la pared. Un buen libro siempre devuelve el desorden de un cerebro encantador. Como un espejismo acuoso borroneado por la línea adyacente del tiempo. La que va en paralelo y se desvía y toma atajos que no sirven y no salen a ningún lado, y después vuelven al epicentro. La ideología dominante jode. Todo es intencional, se sabe. Hasta las bobadas del inconsciente. Todos saben que la oficina es una institución putrefacta. El orfebre se despertó con la certeza de que pronto estaría en manos de ese café entre sus amigos. Sus amigos se habían vuelto pesados. Serían tres o más, y todos tristes, pero la tristeza no se derrama, y las pasiones tristes aburren. Veremos qué pasa el 10 de marzo del 2027. Al fin y al cabo, seis pies bajo tierra no es mucho, la tierra se escarba, y a los muertos hay que matarlos. Es difícil no creerse “algo”, se decía. No aludía a la modestia que es a veces un modo de decir lo mismo por la negativa, el que dice no ser nadie es porque se cree lo más. Prefería a un fanfarrón divertido que a un modesto depre. Ser fanfa no es ser soberbio, pero la falsa modestia es soberbia incontinente. Que cada cual, digo, se crea lo que quiera pero que no joda con su misérrimo misionar una falsa mishiadura. Tuvo que ir a una reunión y se cruzó con un novelista argentino que se cree Balzac pero que es despacho de maleducación. Hablaba como si los otros no existieran, apuntaba sólo al plumífero que va a elogiarlo. El tema era la tragedia. Escaleno habló con naturalidad sobre la terascopia, la facultad de adivinar el futuro, esa visión del terror le parecía más trágica que la misma tragedia, una maldición que la excede, y el tipo le tiró en la cara el tema de la pobreza, como si él se interesara en los pobres. Al novelista sólo le interesaban los premios, estaba un tanto preocupado, ya no le quedaba ninguno por ganar. Para Escaleno era un escritor transmediático: había que leerlo para saber que fantasía se jugaba en los medios, lo que había que decir como correctas sanguijuelas para pertenecer a un pequeño imperio. Sus palabras sonaron heréticas y pasó a referirse a esa terateia de los griegos: la facultad de ver lo monstruoso como monstruoso, como si un cara a cara con el horror no fuera un don que sólo tienen algunos pocos. Chiquitaje, al fin, terascópico y teratéico. Demasiada soberbia para dos plomazos. Escaleno estuvo a punto de hacérselos notar (“Responde al necio según su necedad, porque no se estime sabio en su opinión.” Proverbios XXVI. 4-5) pero estaban hechos de la misma estofa, uno para el otro, demasiado alienados, fundidos “en un mismo combate” y se limitó a decirles que para él Balzac era un tipo educado, un sobreentendido que sólo él entendía: no del todo educado. Se preguntó si Balzac era un maleducado. Ni bien llegó a su casa, ya de noche, despertó a un profesor de literatura amigo, experto en Balzac: ¿Era maleducado? De a poco se fue despabilando y comenzó a contarle una trama amorosa como si esto tuviera que ver con la educación. No, no, le dijo, lo que quiero saber es el trato que tenía con la gente, con los sirvientes, por ejemplo, lo digo porque noté que los más fanáticos del poder –aún si este poder es imaginario– tratan como felpudos a los que están por debajo de su escala social que a veces es también imaginaria a diferencia de la sociedad de Balzac, más estratificada que anarquizada. El profesor de literatura dijo, en seco, que era un hombre educado y cortó. Un maleducado produce otro, para Escaleno ya fue más que una intuición. Se quedó con que Balzac fue a una fiesta de aquellas, y luego de comerse y chuparse todo, de darse hasta la médula con hachís, salió caminando lo más campante a la madrugada. Todos estaban muy maltrechos pero uno tuvo fuerza para preguntarle cómo era que estaba tan fresco. Lo que pasa –dijo el autor de La recherche de l´absolu– es que tengo poca imaginación. La escena en sí misma es balzaciana, también la que vivió Escaleno, la Comedia sigue escribiéndose sola, sin Honoré, y sin novelistas dudosamente honorables.

1.9.12

Nuevas tristezas del orfebre, por Roberto Escaleno





Viscosa suerte verde y cagadora. Incluso los que subestiman las herencias. Siempre se piensa que vienen con o sin plata, con o sin propiedades, con o sin. Pero lo que está obturado de las herencias es la mejor parte. Es la letra chica, indeleble, escrita en nuestros destinos con sangre. Son esos pequeños detalles. Porque la vida está hecha de detalles, a veces tristes, otras veces no tan indeseables. 

Para colmo, el baño es un espacio de encontronazos, de avisatajes, de odios a primera vista. Uno se da vuelta para mear y ve cómo en el bidet se acumularon uñas cortadas. Y ver ese detritus no alegra la mañana, es mal presagio. Pero basta. Hay mucho para hacer. El día recién está clareando. Ser orfebre es ser un poco gallo. Y ser gallo es tener la garganta tristemente afinada.

De la literatura presidencial el orfebre prefiere ni oír hablar. Como si su desconocimiento en materia de política fuera su sola ética. A pesar suyo, sobrevolaba como fondo o paisaje de conversación, esta cantinela: Entre el nacimiento y los seis años –dijo Perón– se forma el subconsciente de los niños... ahí es donde hay que meterles el peronismo. ¿Tanto? Así parece. Pura roña sindical.

Escuchó azorado un diálogo entre un joven militante y un ex funcionario que lo doblaba en edad y pertenecía a la vieja guardia. Hablaban de índices alarmantes a nivel mundial, de niveles de inflación a nivel global. De pronto la palabra imperialismo salía de sus bocas como si fuera algo automático. Al imperialismo sabemos vencerlo sin tirar un tiro, dijo alguien. El rostro de uno de los que sostenía la conversación parecía el de un anciano. Sin embargo, era un joven que contaba la historia de un panadero que quiso cambiar dólares y no pudo. Un hombre del pueblo que ha sido engañado. ¡Qué pueblo ni pueblo! Idealismos de juventud. Dejá de lado el pasado y tus prejuicios pequeñoburgueses, dijo el otro tipo, esto no es idealismo sino realidad, te dije que vamos primeros en inflación a nivel mundial y te parece una pavada. Los tenía preocupados el porvenir de la patria, cómo dormir tranquilos y sin un peso o sin que el país tenga una moneda sólida. Parecían ensayar aires de importancia en la mesa del café.

El orfebre, en esto hay que insistir, prefería ni oír hablar esas cosas. Leyó por ahí que las chicas no se conformaban hoy con hacer abortos. Las chicas “comprometidas” con el mundo de hoy querían además participar en una revolución sangrienta. Y que se supiera. Como si se pudiera acabar con la mierda tirando la cadena. Conocía a todos los cornudos, los señalaba, no sé qué placer encontraba en eso. Las pelirrojas tienen el destino de los animales, decía. La ictericia en el aire y el tarot en la mesa.

Pero hay que decirlo: Kafka nunca fue kafkiano.

En una esquina basta que uno de los dos frene para que el choque no exista. ¿Para qué inventaron los carriles? En 2012, cuatro facturas cuestan 10 pesos, algo debe andar mal. El orfebre quería ver la transmisión de una guerra civil, en vivo, desde la televisión. En el país de los “campeones del mundo” y de los asesinos seriales con bajos recursos. Él quería saber para qué se inventaron los carriles. Siempre se decía, hay que elegir un carril y tomar el centro, pero todos hacen como si nada. Veía asombrado a la multitud descarrilar, ir de un lado a otro, como al tuntún, como desorientados y a la pesca de una carril de pertenencia. Y así con todos los órdenes de la vida: ideas políticas, chistes de sobremesa, comentarios de actualidad. El orfebre los veía cambiarse de carril uno por  uno. Los carriles de la derecha son “más lentos” mientras que los de la izquierda van “más rápido”. ¿Pero para eso existen? ¿Para regular velocidades? ¿Qué extravagante utopía se esconde detrás de las líneas blancas de los carriles? El orfebre no podía entender.

1.8.12

Tristezas del orfebre, por Roberto Escaleno





La primera reflexión que me produjo la posibilidad de una tristeza artística fue: es inútil hablar con una mujer cuando se está pintando las uñas ¿Conocen algo más triste que esto? La intuición que hay en una imagen como esa. El orgasmo verdadero y el sobreactuado.

La tristeza del orfebre es saber que ningún dique puede soportar las embestidas del agua para siempre. Como acueductos de tiempo. Para toda la cosecha de agua. Hasta los más resistentes se rompen. Es triste las uñas pintadas, pero el olor a quitaesmaltes días después barre un poco esa tristeza, como una marea que baja. Babor o estribor. Azúcar o edulcorante. De grasa o de manteca. El código binario es tan triste. Y ningún Orfebre puede hacer nada al respecto. No se puede quebrar. Se vislumbran boquetes aislados, pequeñas grietas, entre sueños y pesadillas, especialmente en la hora de la madrugada, la hora más triste para despertarte a evacuar. La luz de la madrugada es la más triste, porque ni siquiera puede ser nostálgica. Es espesa. Una luz mezclada, turbia, agua-tierra.

El único que hoy podría escribir una encíclica es el orfebre. Trampas de la devoción mediante. Pagar los impuestos, claro, si fueran opcionales nadie los pagaría. Pero son impuestos. Cerrar la llave de paso, abrirla, apuntar con la linterna en plena noche ahí donde el pistón del regulador de gas indica estar cerrado, esa L de bronce, y dejarla perpendicular para volverla a abrir horas más tarde. El orfebre nunca fue víctima de su propia literatura. Pero su entusiasmo para hablar de los clásicos siempre me llamó la atención. No era un frenesí adolescente. Se refería a Shakespeare o a Dante como si fueran viejos amigos de la escuela primaria. No estaba metido en ese pijama ridículo de las nuevas tendencias o en los necios mandatos de los articulistas a sueldo que figuran en los pasquines dominicales. Pero el orfebre tenía sus deudas. No con la Señorita Cultura. Claro que de haber pagado sus impuestos, habría podido gozar de beneficios industriales, me refiero a los establecidos por la Ley 22021. Pero como no registra impuestos activos (y eso que no existe nada como el orfebre, nadie con ese poder de lenguaje) deberá aceptar el escarnio de pertenecer a una lista de infractores.

Hay pocas cosas más tristes que pagar impuestos. Que tener que hacer esas colas, donde el tiempo se licua. El orfebre tenía sus deudas. Las deudas son incurables, y por más llaves de paso que se cierren o se abran, las deudas siempre estarán ahí, día a día. Y si esto no es triste entonces no se puede saber lo que es triste. ¿Acaso hay algo peor que hablarle a una mujer mientras se corta las uñas de los pies?

Desde luego hay cosas peores. Llegar al baño en la mañana semi sonámbulo y ver los pliegues. No los matinales o de madrugada. Los pliegues. El orfebre trabaja para fines un poco más altos. Pero cuando se encuentra los pliegues ve cómo todo su prolijo trabajo no alcanza para cambiar el curso del mundo. Los buenos modales. Cuántas veces tuvo ganas de dejar ese cuartito, o dejarla a la mitad, para no tener que plegarla. Cuántos pliegues puede tolerar una pasta dental: una, dos, quizás tres. Pero pocas cosas le remiten a algo triste como levantarse a la mañana y ver la pasta toda doblegada, replegada sobre si misma hasta más no poder. Y todo para extraerle la última gota, herencia materna, cálculo.