Mostrando entradas con la etiqueta spinoza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta spinoza. Mostrar todas las entradas

12.4.15

La invención del judío, por Juan Bautista Ritvo


(Sobre El rechazo a los judíos, religión de Occidente, de Isabel Steinberg, Paradiso, 2014)

Este libro de Isabel Steinberg presenta dos caras, solidarias pero no confundibles. Una de ellas presenta al antijudaísmo de la religión de Occidente, como uno de los pilares que sostiene a esa misma religión. Por más que existan los llamados cristianos de buena voluntad, el antisemitismo cala hondo porque tiene su asiento literal en el llamado “Antiguo Testamento”, nominación que levanta la protesta del judío, condenado a contemplarse como el comienzo y la anticipación gris de la gloria del Nuevo Hombre del Nuevo Testamento.
Anexión que anexa la repugnante historia de la crucifixión de Jesús, tan avalada por un pueblo ignorante e idiotizado, más degrado aún si lo percibimos desde la óptica indiferente y desdeñosa de Poncio Pilatos. Bajo el estigma de “Antiguo Testamento” esos libros que son a secas El Libro de un pueblo, se convierten en letra muerta de una Ley sin piedad que debe ser reanimada de continuo por el soplo de su  purísima causa final.
La otra cara presenta repercusiones más difíciles de asir.
Si la religión imperial segrega, ¿cuál es el efecto de esta segregación? ¿ En qué incide sobre la identificación del judío; identificación que sueña la impenetrable identidad?
Sabemos que toda identidad de grupo, etnia, colectividad, incluso nación, es reactiva y opositiva, como para cumplir al pie de la letra con la sentencia de Spinoza: omnis determinatio negatio est.  Shakespeare acudió a Enrique V y a Falstaff para definir el espíritu inglés, pero no por casualidad lo hizo en el contexto de la guerra contra Francia.
¿Qué sería del mito francés de Juana de Arco sin el odiado verdugo inglés?
Desde luego: el judío (no el ciudadano israelí)  se caracteriza por vivir, desde la diáspora y en muy diversas circunstancias, como amurallado (y por veces literalmente cercado) en un territorio extranjero al cual lo ligan ambiguamente múltiples intereses.
Su particularidad llama a la universalidad y a preguntas suscitadas por alguien que sabe que el supuesto ecumenismo cristiano se funda en la exclusión de la judeidad y que los llamados emancipatorios apenas velan la extrema discriminación.
Quiero decir: es inevitable que el judío rechace las caracterizaciones cristianas que son todas, desde las más groseras hasta las más sutiles, desde la asimilación a una bolsa de mierda, hasta el reproche al judío que no comprendería el secreto de la salvación, expulsiones tanto del malestar como de la peste que acechan internamente al cristiano.
También es inevitable que al rechazar deba, forzosamente, apuntalar su ser judío de alguna manera.
Y aquí viene en nuestro auxilio una cita sin duda inesperada pero feliz que hace Steinberg de Borges según Foucault que repetiré –Borges según Foucault según Steinberg– por la luz que nos trae.
Cito:
“En Las palabras y las cosas, ese monumental libro de Focault, el autor reconoce su inspiración en un texto de Borges sobre cierta enciclopedia china (incluido en el “Idioma analítico de John Wilkins”), que, confiesa, ilustra, “una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo mismo y lo Otro”. Este es el fragmento de Borges citado:
Los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas.
De este remedo de taxonomía es de donde Foucault parte para construir lo que llama “pensamiento en el límite del pensamiento”, o “imposibilidad de pensar esto”.

“Esto” es para mí la palabra “judío”.
Tribu nómada, secta religiosa, raza maldita”.

“La imposibilidad de pensar esto”, repito una vez más la frase. Borges, como  es sabido, jugaba con la arbitrariedad y la necesidad de cualquier taxonomía –y hasta se divertía con las paradojas de la autoinclusión.
Cuando el judío, cualquiera por lo demás, asediado por el cerco del llamado “particularismo” quiere sustraerse al dardo virulento y venenoso de la segregación, está obligado a forjar su  ser  judío como fuera. Y es indudable que la tradición, el mito, la historia, los diversos destinos de la diáspora, el ingenio de los intelectuales que transforma la desesperación en utopías y las utopías en destino eminente, proporcionan los recursos para construir categorías inconsistentes, dispersas, confusas y no obstante imprescindibles:
Se puede definir al judaísmo según la religión que rechaza la racionalidad irónica de la Mitteleuropa semita que era a la vez hondamente europea; se puede exaltar la cultura del desierto palestino y al estado de Israel como causa final del judaísmo; se puede construir un judaísmo laico que reza a un dios ignoto de sabor materialista; se puede predicar la fuerza del naturalismo spinoziano unido al esplendor del mesianismo. O también a  ese grupo de adolescentes judíos que leían a Fanon y a Marx yque la autora menciona con evidente nostalgia, quienes soñaban, en contraposición a buena parte de la misma comunidad, con dos estados socialistas, el palestino, el israelí, conviviendo armónicamente.
El que quiere sustraerse a la taxonomía está tan perdido como aquel que cree descubrir la esencia sea en el Talmud, sea en los escritos cabalísticos, sea en el sionismo, sea en el amor intelectual a Dios.
En cierto momento la autora cita a Spinoza en su reflexión sobre la tristeza y el odio: “además de la tristeza que originó el odio –dice Spinoza– otro odio nace del hecho de haber amado;…”.  Ese odio intensificado por haber sido en el pasado amor, es justamente una de las puntas secretas que une al judaísmo y al cristianismo. Para verificarlo basta leer la gran literatura cristiana, específicamente católica, de la España barroca: el judío en parte execrado, en parte visto con desconfianza, es también aquel que ha hablado y escrito la lengua sagrada que el latín no podrá jamás emular.
Y ya que estamos en la taxonomía, yo aporto otra tan plausible o implausible como cualquiera. Un antisemita tan poco convencional como Carl Schmitt, le reprochaba a los judíos (no sé si era un reproche o una simple atribución de esencia) la denostación de la imágenes –y para él la política es impensable sin la imagen.
Y sin embargo, creo yo, la denostación de las imágenes no equivale a su anulación. Porque hay imágenes más allá de las imágenes, Benjamin es el ejemplo por excelencia, que siguen teniendo potencia de imagen al amparo del nombre y el trazo de la escritura, del mismo modo en que la sobriedad mítica del pensamiento judío cabalístico –tan desconfiado por el racionalismo también judío de la Mitteleuropa– da cobijo a mitos insondables.
Como se verá y como lo señala la autora de manera pertinente en las felices líneas finales de su texto, un psicoanalista se ubica del lado del síntoma. A entender: porque el mismo psicoanalista está allí implicado sin remedio, a veces captando y escuchando más allá de él, otras, como se dice, sordo como una tapia.

17.12.13

Henri Meschonnic: Viajero de la voz, por Hugo Savino




Lo oscuro trabaja[1]
                                                                                    Para Rodrigo Grimaldi

“Dale la voz a la mirada”.
Jack Kerouac
 (Viejo Ángel de Medianoche)

“Comparativamente la importancia de la crítica ocultó los poemas, sobre todo en la medida de la resistencia que este pensamiento provocó. Verificación empírica de que el pensamiento hace mal, y en primer lugar, socialmente, al que trata de pensar. Pero el poema, tal como lo entiendo, transformación de una forma de vida por una forma de lenguaje y de una forma de lenguaje por una forma de vida, comparte con la reflexión el mismo desconocido, el mismo riesgo y el mismo placer, el mismo pito catalán a los lugares comunes de lo contemporáneo. Puesto que no se escribe ni para gustar ni para no gustar, sino para vivir y transformar la vida.” (Henri Meschonnic, Discurso de recepción del premio de literatura francófona Jean Arp, 4 de marzo del 2006. Estrasburgo.)

Lo oscuro trabaja llega con sus fechas al pie del poema. A veces fecha y lugar. Las fechas no son la cronología. Lo circunstanciado no es una simple información de lugar. Fecha y lugar son un viaje. De la voz y del cuerpo, juntos. Lo oscuro trabaja empezó su viaje. Ya está en el poema Meschonnic. Si no reducimos y dividimos  su obra en géneros: poesía, ensayos, traducción. Meschonnic no escribe poemas circunstanciados.  Responde “siempre / a lo que veo/ incluso si no entiendo/ ante un muro”  1 de marzo del 2008.  Toco este muro, este libro. Lo leo. Intento una respuesta. La vía claudeliana. Lo oscuro trabaja: viaje y visión, envío. Lo ínfimo hilado en la frase, de frase en frase: “más ínfima es la diferencia, más grande es su fuerza”. Meschonnic tiene “la mano llena / de lo que no conozco” – 1 de marzo del 2008, escribe hacia ese lugar desconocido, y hacia ese desconocido que lo espera del otro lado de la mesa. Que tiene también las manos llena de lo que no conoce.
Nota: Murena era experto en capúa, en mafias, la palabra la sacó de Paul Claudel.  Meschonnic es otro experto en intentos de borraduras o borramientos. Las leyó en sus poemas, en la traducción de la Biblia. Las expuso. El ser se puso nervioso. El partido del ser quiere liquidar a Murena. Le busca el pelo en la leche a Paul Claudel. No le gusta la caca de paloma que aparece a la mañana tempranísimo en el verbo ser, adora la higiene, pero lo inauténtico se le sube a la silla, quiere ponerle una barrera a la traducción Meschonnic: “No me gusta el verbo ser. Por varias razones, de las cuales algunas son serias y otras, lúdicas. La más seria es ésta: ser me parece terriblemente aferrado a su mayúscula inicial, el Ser. Y ahí, pienso en Heidegger y saco mi revólver – metafísico, ni hay ni que decirlo. Ahí me digo que rozamos al mayor enemigo de la vida, que es el esencialismo, o el realismo lógico, la esencialización de las abstracciones.” (Henri Meschonnic, Seo in Deo esse, trad. Rodrigo Grimaldi).   La máquina de narrar, abstracción en la pompa de jabón, vasta operación de mercado que se hace pasar por crítica, se pretende la única narración, y sólo narra la discontinuidad. ¡Insistan! Si quieren (se entiende, el sueldo está en juego): pero los escritores no narran, escriben, se lo recordamos, a ese maniquí maquillado de honestidad, cuídense de la honestidad conspiradora decía Jack Kerouac, que ocupa todo el terreno.  Es casi obvio decir que el poema Meschonnic se incorpora a la lista de lo que hay que liquidar. Para mantener el orden.
Henri Meschonnic viaja hacia las palabras en la frase. Ver vidas, “cierro los ojos / veo vidas” – el 24 de julio del 2008, en el tren hacia Montpellier, por Lodève.

Escribe en la rueda del tiempo, envuelve el vacío con sus frases, le ve la cara al tiempo: “el tiempo es un rostro / más un rostro/ sin fin / en no reconocer a nadie/ salvo los rostros / de aquellos/ que transforman el tiempo/ y es a ellos a/ quienes espero” – 14-19 de abril del 2008. Este viaje por el poema contra las retóricas en uso, hacia el rostro que me transforme, hacia el poema, y también contra las falsificaciones, sobre todo contra la falsificación de la historia. El viaje hacia para saber que “no me sabía / tan diferente de mí mismo”  7-8 de mayo del 2008. Ir: no,  ser:  “no sé pero sé / adónde voy lo que hago / es todo lo que no sé / lo que escucho / en mi voz en tu voz / desde que nos oigo / en mi voz en tu voz “ – 16 de noviembre del 2008, en el avión hacia Montreal, y el 29 de noviembre. Henri Meschonnic es un cazador de visiones, de bellezas bíblicas, de “pájaros que ve” y lo “atraviesan”  9 de mayo del 2008,  escribe con los “ojos cerrados” – 9 de mayo del 2008 las visiones del oído.
Meschonnic es un poeta bíblico,  Kerouac es otro bíblico. Dos bíblicos. Y de inteligencia literaria.  Lejos lejísimo de la franela filosófica. Y la inteligencia literaria es rara en el trapicheo de elogios. Muy escasa. Los poetas son encorsetados por lánguidos estudiosos que nunca dicen qué les pasa cuando leen el poema. No se atreven  a escribir la emoción de su lectura. Henri Meschonnic no tiene obra crítica en el sentido profesional actual, cuando habla de Ingeborg Bachman se quema con Ingeborg Bachman, cuando pasa por el  aaa de Tsvietáieva es su grito de poeta. Cuando cita al Mandelstam del Estado y el ritmo es el cuerpo del que conoce el acoso. Cuando escribe su Spinoza, lo lleva a poema del pensamiento. Leer Meschonnic es siempre hacia. En el camino de Los nombres. Por eso la importancia de las fechas.  La fecha no es una cronología, es un viaje de “los días no son días / son metamorfosis” – 13 de mayo del 2008, las fechas al pie del poema son la metamorfosis de una vida, otra vuelta. El viaje.  
Un día, sí, “un día llegaremos / a reconocernos” – 13 de mayo del 2008. Contra los fascinados de la destrucción. Los alelados de la petrificación del lenguaje.
El viaje: 6 de julio del 2008/en el tren de Aschaffenburg a Frankfurt: mira el paisaje, es su viaje de verano, él es el viaje, nosotros somos el viaje, “de espalda al tiempo veo todo / gracias instante”, el instante está en lo divino, el viaje a través del  instante, como un viaje sentimental, viajes, de verano o de invierno, y el viajero lleva los paisajes, los mira en su escucha.
El 7 de julio del 2008, en el tren de Frankfurt a París, de vuelta a casa,  “atravesado por lo que veo”, no sabiendo que “podía entrar todos esos mundos” en él, nos lleva “a las nubes”. 

Yo tampoco sabía que podía entrar todos estos poemas en mí. Tsvietáieva dice que lo primero que supo de Pushkin es que lo habían  matado. Es buena idea preguntarse qué fue lo primero que uno supo de un poeta al que lee en continuidad. Lo primero que supe de Henri Meschonnic lo supe por  Luis Thonis. Supe que había un poeta de aquellos años que no ejercía la plomería filosófica francesa. Ni la alemana. Ninguna. No ejercía placeres del texto. Ni lacanerías literarias. Y fui. Que leía a André Spire. Que traducía la Biblia. Y fui. Es lo primero que supe. Después fue difícil encontrar lugares donde traducirlo. Las primeras traducciones de Henri Meschonnic al español encontraron rápidamente la resistencia de lo filosófico tenaz. Pero es otra historia.
El tiempo esa gran amenaza no está acostumbrado a que lo esperen, prefiere a los poetas obedientes, esos que le dejan la palabra al filósofo que “es la estación terminal de la verdad” (Henri Meschonnic , Lenguaje, historia  una misma teoría,): “espero al tiempo / tuve que detenerlo / nada se mueve /salvo las hojas de los árboles / escucho te espero” – 19-24 de julio del 2008.  Los poemas de Henri Meschonnic saltan al paisaje, como poemas refractarios a cualquier “presuposición general” (Henri Meschonnic).  Los que tienen como el filósofo “la palabra de toda palabra” (Henri Meschonnic), pueden abstenerse de leerlos. Este libro no se “reduce a un relato, a un género literario” (Henri Meschonnic), no es género poesía, sólo sé eso, y aprendo a leer: “caminamos / sobre una escritura que no termina nunca/ pero no sé leer / lo que está escrito” – 30 de octubre del 2008. Estamos aprendiendo indefinidamente a leer. Es tan obvio que hay que machacarlo. A los profesionales de la lectura, sobre todo. Por eso Kerouac insiste: (a Allen Ginsberg) darle voz a la mirada. Y Meschonnic escribió un largo poema de varios libros para darle voz al poema: “Toda poesía es épica, en el sentido en que es una historia que le ocurre a una voz.”
Las fechas y los lugares están en el poema. Hay que escucharlos: “trabajan en abierto misterio”. Henri Meschonnic desajusta el mecanismo de la fecha y el lugar como información. En sus poemas está su biografía, y en sus traducciones y en sus ensayos. Fecha y lugar como épica, como leyenda. Como “historia que le ocurre a una voz”. El acoso, la mirada, la ventana, el amor. El paisaje por la ventana se escribe en la épica: “techos cabezas / cierro los ojos / veo vidas / la velocidad no es nada / al lado de la lentitud / la mirada / es de todo el cuerpo” – 24 de julio del 2008, en el tren hacia Montpellier, por Lodève. Cerrar los ojos para ver, o para pintar. Si la mirada es de todo el cuerpo, hay que dar ese paso: escuchar las vidas que vemos. La visión del oído. Willem De Kooning: “A veces, cuando mi tela avanza muy lentamente, hago muchos dibujos con los ojos cerrados.” 

La palabra oscuro se me aparece como un negro oscuro de matices infinitos. Con puntos de luz, de iluminación. De resplandores que lo traspasan. Destellos de luciérnagas como en Duke Ellington. No es que Meschonnic haga sonar el francés, es que su poema suena en la lengua francesa y la transforma. Hasta alcanzar una luz. La mirada hacia el oído. Lo oscuro tiene su luz. Los poemas de Lo oscuro trabaja llevan su luz.




[1] Henri Meschonnic, L´obscur  travaille, Arfuyen, 2011.

8.3.13

Judío, palabra argentina, por Perla Sneh





Estas palabras nacen de un lugar extraño: el de quien, sin pretender representatividad alguna, se siente conminado a  responder. Porque hay en nuestro presente una herida urgente. Ese nuestro  debe leerse con entonación rusa, la que lleva a Marina Tsvetáieva a decir: los míos son aquellos –y yo soy de esos– que no son ni vuestros ni nuestros. La herida es el estruendo de AMIA. Hoy resuena en muchas bocas; no siempre por las mejores razones.

La escena es inquietante, de una densidad oscura: está el acuerdo con Irán, sus riesgos evidentes, su pequeña luz de esperanza, apenas un resquicio. El peligro está a la vista: la posible manipulación, la anulación de las alertas rojas que penden sobre los imputados, el eventual callejón sin salida. Sin embargo, una cosa es cierta: se ha roto el hielo. Y lo ha quebrado el único gobierno que, desde el 18 de julio de 1994, ha prestado verdadera atención a la causa. Las denuncias año a año en las Naciones Unidas lo validan. Ahora este acto quizás deba leerse como apuesta: el riesgo es innegable, corresponde reconocérselo a un gobierno que se enfrenta a un futuro político complicado. Entiendo que se abre una oportunidad –aún si lejana e improbable– de relanzar la investigación y avanzar en el descubrimiento de culpables y encubridores. Quizás, en su precariedad, no sea poco ante la alternativa: naturalizar la parálisis y rendirse a la impunidad. No parece caber otra respuesta que acompañar el gesto con angustiada expectativa, como quien contiene la respiración ante una cantidad de condicionales: si se realizan las indagatorias, si se respeta el código procesal argentino, si los imputados se avienen a declarar, si

Con todo, la cuestión excede los fáciles titulares con que nos obsequian a diario. No se trata de disputas entre bandos enfrentados –donde resuenan voces absolutamente atendibles junto a otras, rastreras, oportunistas–, sino de un debate profundo, tan necesario como relegado. En su mismo centro está la palabra judío, cifra de su condición trágica. Apenas un detalle que no es un mero detalle: la palabra ni siquiera aparece en la denominación oficial de la mutual judía volada por los aires, que optó por llamarse a sí misma Asociación Mutual Israelita Argentina. Hay mejores y peores razones para ello; cualquiera puede consultar la bibliografía, pero la trama en juego no es mera etimología. Para nada.

Judío es la palabra que un senador nacional opone hoy a argentino. Y me apresuro a agregar: entiendo las razones que dio el aludido en su descargo: no fue un ánimo discriminatorio el que lo llevó a diferenciar entre “argentinos de religión judía” y argentinos argentinos”. Fue –él mismo lo dice y le creo– tan sólo el calor del debate. Precisamente allí está el problema: al calor del debate la que gobierna, irrestricta, es la lengua; y la que establece esa inquietante diferencia es, precisamente, la lengua que hablamos, esa diferencia es su síntoma, el nuestro.

¿De qué otra cosa que de judío se trata cuando, para avanzar en tan grave causa, es preciso establecer negociaciones con un gobierno, declaradamente antijudío? Su vociferante odio –malamente barnizado de antisionismo– llegó a incomodar ya no a los integrantes de “la entidad sionista”, sino a la propia Autoridad Palestina (cuya causa ese gobierno manipula para sus propios fines): fue el propio Mahmud Abbas quien, hace muy poco –en ocasión de su visita a Egipto en coincidencia con la de Ajmadinejad– lo encaró públicamente para que simplemente abogue por la creación de un estado palestino y no por la aniquilación del estado de Israel. Que la prensa argentina –hegemónica o no– haya declinado prestar a esto la morbosa dedicación que brinda a ciertos actos del gobierno israelí no deja de ser parte de nuestro debate.

Se trata de judío cuando hace falta negociar con un gobierno cuya única hipótesis alternativa a lo sostenido por la justicia argentina es la obscena proposición de un “autoatentado”. Un gobierno que proclama, contra la historia, un inaceptable negacionismo de la Shoah; inaceptable, repito; lo que quiere decir que no hay discusión posible al respecto. Quizás, como sostuvo un sutil periodista, cuyas meditaciones suelo leer con interés –sobre todo por su tono–, esto no sea relevante en el ámbito de las relaciones internacionales. Sin embargo, el recurso del negacionismo como modo de deslegitimación de la existencia de un estado soberano –Israel– si lo es.

Por otra parte, ¿acaso hace falta ir a Irán para investigar las conexiones del estado argentino con el atentado y su encubrimiento? Nuevamente, ¿no es judío una piedra en el zapato que se abstiene de transitar ese camino? 

Se trata de judío cuando se habla de un tercer atentado. ¿O acaso alguien lo supone en, digamos, el Centro Montañés o en la cancha de Boca? ¿Qué son los pilotes que pueblan las ciudades argentinas sino una representación urbana –de las peores– de la palabra judío? La posibilidad de un tercer atentado obedece meramente al razonamiento de la impunidad: nada impide que un crimen impune vuelva a cometerse. Sin embargo, convertirlo –por judío– en argumento ofrendado a una oposición oportunista es, por decir lo menos, irresponsable.  Y, a su vez, reclamarle a quien lo hace que “revele sus fuentes” no está a la altura de quien está decidido a jugarse su prestigio apostando a destrabar la investigación.

Se trata de judío cuando quienes nunca se interesaron en lo más mínimo por la causa AMIA se rasgan públicamente las vestiduras en la acera del Museo del Holocausto junto a un señor que como rabino representará, seguramente, a su congregación, pero que se pretende autorizado para acercarse en nombre de “los judíos” a quien cobija en su entorno a implicados directos en el encubrimiento y en el acoso a los familiares de las víctimas, el mismo que se quiere “alcalde” de una ciudad que produjo su propio pogróm. 

Se trata de judío cuando la misma institución atacada invita al mencionado “alcalde” como orador de su más reciente cena anual y le da la oportunidad de celebrar la “despolitización” del acto de homenaje que se realiza todos los años en la calle Pasteur. “Despolitizar” quiere decir, en este caso, la concreta exclusión de las asociaciones de familiares de las víctimas del podio. Permítaseme señalar, desde mi modesto conocimiento de la tradición judía, que el culto fascinado, obsecuente o interesado del poder no deja de ser un modo de uno de los peores pecados que existen para el judaísmo: la idolatría.  Y si digo  pecado no es por afán teológico, sino por lo que tiene de reclamo ético.

Se trata de judío en una escena en la que muchos de los que así se denominan se apresuran a disculparse diciéndose “no religiosos” cuando quieren decir “no retrógrados”. Y sin embargo, ¿qué significa judío para quienes la expresión “judaísmo laico” algo dice, aunque no necesariamente porque “judaísmo religioso” no requiriera debate?  Otra vez, la lengua nos guía: no hay en hebreo una palabra que signifique “religión” en el sentido occidental y cristiano del término, que es el que comanda su uso. Lo que suele traducirse por tal cosa es dat, palabra llegada del persa que significa ley. Lejos de transmitir el religare latino que rige la comunión de los creyentes, dat nombra la ley judía que, mediante concretos preceptos, rige la vida del pueblo. En este sentido, dat se desentiende de la creencia en un Juez Supremo, pero nos carga con un oscuro saber: nuestros actos inciden en nuestro destino, lo que hacemos “cuenta” de una manera profunda, insondable. Y eso es algo que ningún judío –creyente o agnóstico, piadoso o escéptico– puede desatender.

Se trata de judío cuando hay quien cree necesario disculparse por su condición de portador de ese nombre, invocando una ristra de próceres de la humanidad que –de Spinoza a Freud, pasando por Heine y Mendelssohn (¿Félix o Moisés?)– mitigarían, como gloriosas excepciones exculpatorias, la implícita  condena que porta la palabra, a la que otorga una carga teológico-genética (sic) –la ley de la transmisión materna– como criterio de exclusión destinado a declarar una supuesta supremacía. No es el ánimo de estas líneas el de desilusionar a nadie, pero esta ley no se remonta a los inubicables tiempos oscuros que supone el contrito escriba, sino que surge en una situación histórica precisa: las Cruzadas. La transmisión materna surgió de la necesidad de incluir en la grey a los nacidos de las violaciones perpetradas por tanto guerrero piadoso que marchaba a Jerusalén a liberarla de manos infieles.

Se trata de judío cuando intervenciones reveladoras de políticos lúcidos se ven matizadas con acusaciones de deicidio y de acumulación de riquezas; cuando la palabra atraviesa, inquietante, el tejido de metáforas políticas: los adjetivos pueden variar –“espiritual” o “traidor”–, el nombre es el mismo. Lo es incluso cuando todavía hay quien supone zanjar la cuestión con la displicente erudición sobre la vieja cuestión. Lo es cuando tanto profesor insiste –con pasión digna de mejor causa– en profesar ignorancias deplorando las religiones en general y la que le estaba destinada en especial. Como dijo alguien que nunca se quiso profesor, la religión empieza cuando no se leen los textos.

Se trata de la palabra judío cuando tantos que la portan se ven obligados –como pasaporte para su aceptación en ciertos ámbitos– a tildar de “nazi” al gobierno israelí, un gobierno indudablemente de derecha. Sin embargo, sólo en el caso de Israel es esta circunstancia argumento para deslegitimizar la existencia misma del estado. (Subrayo: el estado, no su gobierno). No lo fue ni siquiera durante la dictadura argentina. En ese momento, el estado –exterminador confeso–  era considerado malversado, usurpado por mano vil, pero nunca le fue cuestionada su legitimidad al punto de convertir en expresa propuesta política su lisa y llana abolición.

Se trata de judío cuando hay quien define a la DAIA como “sede argentina del lobby sionista” y sus “planes siniestros”. ¿Nuevamente habrá que decir lo mismo? ¿Que el movimiento sionista surgió al calor de los despertares nacionales en el siglo XIX; que es un movimiento de autodeterminación nacional, que alberga un arco político muy variado, que su fin era lograr un estado donde los judíos pudieran gobernarse a sí mismos como lo aspira cualquier nación? Pero entonces, también hay que decir lo obvio, el objetivo expreso –no el “oscuro designio”– del sionismo es la creación de un Estado de Israel. Y éste ya existe. Y es cierto que la relación de los judíos del mundo –sionistas o no– con el Estado de Israel es innegable. El atentado contra la AMIA (que siguió, no lo olvidemos, al perpetrado contra la Embajada de Israel, donde fueron alcanzados ciudadanos israelíes junto a los argentinos) es un modo criminal de ponerlo en evidencia. Siglos de una cultura, su memoria y sus herencias de todo tenor son, en cambio, modos legítimos de una trama entrañable y compleja que excede las lógicas binarias y en pantalla dividida de los opinólogos de turno.

Hay quien aún escucha el estallido. Mi recuerdo, en cambio, se despliega en un silencio profundo, como de pecera: una  extraña película muda de calles borroneadas tras una cortina de polvo. Fue el día más largo de mi vida. En algún momento pensé: es imposible decir nada. Es con ese silencio a cuestas y desde esa imposibilidad que digo estas palabras.   


16.6.11

Henri Meschonnic - El tiempo, somos nosotros, simultáneamente

Henri Meschonnic (1932-2009) nació en París. Escribió poemas, retradujo la Biblia para que escuchemos allí el poema, escribió varios libros de poética que son indisociables de sus poemas y de su trabajo de traductor.
Recibió el premio Max Jacob en 1972 y el Premio de literatura Nathan Katz 2006.
No hay que glosarlo, hay que traducirlo y dejar que los lectores lo vayan encontrando. Es una obra libre para lectores libres.



Se dice con frecuencia “tengo tiempo”, y todavía más “no tengo tiempo”, pero no se tiene tiempo, se es tiempo. Soy el tiempo. El tiempo nos es consustancial.

Pero no es solamente, como las apariencias que son definitivas, porque se nace, después se es niño, adolescente, adulto, se envejece y cuando se muere el tiempo se detiene para nosotros. Es una realidad evidente, pero nos oculta otra, es que vivimos en el instante, cada instante, y cada instante es todo el tiempo, un fragmento del infinito de los tiempos.

Es que el tiempo, para nosotros, no es solamente el tiempo biológico, que compartimos con todos los seres vivos. No, el tiempo, es nuestra vida, y nuestra vida es otra cosa que biología. Acá tomo a Spinoza, en su Tratado político (V, V) cuando define una vida humana. Cito, según mi traducción: “Entiendo que una vida humana no está definida por la sola circulación de la sangre y de otras cosas, que son comunes a todos los animales, sino sobre todo por la razón, la verdadera virtud y la vida del Espíritu.” –verâ Mentis virtute, & vitâ definitur. Donde advierto la serie prosódica que sostiene fuertemente, tanto una como la otra, las palabras vera-virtute-vita. Y virtute «virtud», significa la fuerza, por supuesto.

Y esta definición es fuertemente ateológica. Es una desteologización de la vida humana, del tiempo humano. Una historización radical del tiempo, como un infinito de la historia y un infinito del sentido.

El tiempo es también el que se usa para entender que no se sabe lo que se hace, y el tiempo de los rechazos por parte de los otros de un pensamiento que desafía las ideas preconcebidas con ideas preconcebidas.

De tal manera que somos a cada instante fragmentos de infinito, y no se sabe que cuando se espera es a uno mismo al que se espera. Y ese sentido del instante hace sentir el tiempo de una manera muy distinta que como envejecimiento.

La consecuencia es que no hay edad para ser joven ni edad para ser viejo. Encontré algunos jóvenes que eran más viejos que yo. Por eso nunca digo: «cuando yo era joven», eso querría decir que ya no lo soy más. No, yo digo «cuando era un niño», «cuando era pequeño», o «cuando era adolescente». Y es cierto que al hacerse mayor, la relación con el tiempo no es más la misma, pasa más rápido, no se ve más pasar el tiempo.

Ser viejo es sentirse viejo, es no vivir más en el presente, o tener las ideas definidas, y si están definidas, es que no se mueven más, ahora bien, la vida es movimiento. Las ideas definidas, son las ideas que no viven más. Entonces, sin saberlo, no se está más en el tiempo, en el instante, se está en un pasado caduco. Mientras que el pasado que queda del sujeto sigue en el tiempo, por lo tanto también en el presente.

Así que no hay nada peor nombrado que el pasado, porque hay un pasado que no es pasado. Siempre soy el niño de diez años que fui. San Agustín ya había entendido que hay tres presentes, el presente del pasado cuando pienso en mi infancia, el presente que vivo ahora y el presente del futuro cuando pienso en el porvenir, dado que ahora pienso.

Pero no puedo no continuar eso que pensó Agustín en sus Confesiones. Él dice que hay tres presentes. Yo, lo que veo es que hay también tres pasados y tres futuros.

Hay un pasado del pasado cuando las glorias de una época no son más que los residuos de la época. Como un autor de comedias del siglo XVIII que se llamaba Poisson. Hay un pasado del presente cuando las glorias de hoy, o las ideas preconcebidas hoy no son más que los restos del pasado, aunque la mayoría no lo vea. No nombraré a nadie, por compasión. Hay un pasado del futuro cuando eso que aparece ya como ideas o como obras que parecen del futuro pueden verse como una prosecución de lo caduco.

Y tres futuros. Un futuro del pasado, cuando algunos olvidados del pasado resurgen imprevisiblemente más tarde. La literatura y el arte dan buenos ejemplos. Humboldt tiene más de futuro que de pasado. El arte de las cavernas empieza en 1911 cuando se lo descubre.

Maurice Scève desaparece después de 1544, pero reaparece y revive en 1828 cuando Sainte-Beuve lo vuelve a publicar (como una monstruosidad de oscuridad), entonces al filo del siglo XIX su dificultad se disipa y se lo vuelve a publicar hacia 1920. Y Xavier Forneret es desenterrado por André Breton. El pasado es tan imprevisible como el futuro.

Y el futuro del presente, son aquellos que piensan y viven lo que no tiene lugar en el espacio cultural del momento, y que tiene futuro que es futuro. Nuestros amigos están del mismo lado de la vida, del mismo lado del lenguaje que nosotros.

Nada es más engañoso que la noción de contemporáneo. Están aquellos que están en el pasado del presente, esos que están en el presente del presente, esos que están en el futuro del presente. Algunos, se entiende, no se encontrarán nunca. A la vez que se frecuentan. Todo lo que hace falta para hacerse de enemigos y amigos.

Entonces, el futuro del futuro, reconozco que por definición, no puedo tenerlo de ejemplo. Pero se puede entender que en el futuro estarán, como en el pasado y como en el presente, esos que serán futuro caduco, esos que serán el futuro de un momento, y esos que serán un pensamiento del futuro.

Vamos, mientras tengamos nuestro infinito, hay esperanza y no estamos solos.




Por Henri Meschonnic

Traducción: Javier Fernández Paupy