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20.2.26

Ejercicios de desbaste, de Manuel Alemian

 

 

Una vez

 

Una vez un linyera en pedo me pidió un cigarrillo. Le di dos y a cambio me tomé unos tragos de su tetra de blanco tibio.

 

Una vez pasé por la zona prostibularia de Ingeniero White. Me asusté. Me aferré a un cuchillo que llevaba en el bolso de mano.

 

Una vez me quisieron robar en el colectivo 86. Me reventaron el tabique de un culatazo, pero no me robaron.

 

Una vez entramos 20 latitas de cerveza a un boliche y le convidamos una y después otra a Gustavo Cerati.

 

Una vez dejé el auto en una avenida, por un cortocircuito. Volví al día siguiente y me lo habían desvalijado.

 

Una vez, mientras leía Rojo y Negro de Stendhal, me dio un neumotórax espontáneo.

 

Una vez dormí en un caño, al reparo del viento y de la helada.

 

Una vez en la colimba casi me mato accidentalmente cargando un fusil FAL.

 

Una vez perdimos el motor de un bote boludeando en una laguna. Cayó al agua.

 

Una vez encaré un camino muy embarrado con mi Fiat 128 IAVA.

 

Una vez en un calabozo vi cómo tres presos fajaban a un skinhead.

 

Una vez me tiré con la boca abierta en el río y tomé agua.

 

 

 

 

 

 

Año 1990

 

GAY DAY // La Organización Mundial de la Salud eliminó a la homosexualidad de su lista de enfermedades.

 

THE ARMY // Me tocó hacer la colimba, en Infantería de Marina: una instrucción dura y con mucho frío, pero con excelente comida.

 

DRUNK // Se trataba de agregar una medida de ginebra a un chop de cerveza helada, sucesivas veces.

 

CARS // Emilio Satriano, con un Chevrolet Chevy, se coronó campeón del Turismo Carretera (TC).

 

TETRA-PARTY // Las invitadas no se animaron a entrar a casa en ocasión del tetra-party que organizamos los varones.

 

INSECURITY // “Hola, todavía no existe la inseguridad”.

 

FOOTBALL // Alemania se cobró revancha por la derrota de 1986 y conquistó su tercera Copa Mundial de Fútbol al ganarle a Argentina por 1 - 0.

 

NEWS // Un motín militar encabezado por Mohamed Alí Seineldín ocupó el Edificio Libertador y parte del Regimiento de Patricios. El presidente Carlos Menem ordenó la inmediata represión: 13 muertos y más de 200 heridos.

 

MR. BEAN // La cadena Thames Television de Londres estrenó la serie cómica televisiva Mr. Bean, del actor Rowan Atkinson.

 

BRICK // Alemania comenzó las obras de demolición del muro de Berlín.

 

MALVINAS // Representantes de Argentina y el Reino Unido llegaron a un acuerdo para restablecer las relaciones diplomáticas a ocho años de la guerra de Malvinas.

 

SADDAM // El ejército iraquí, formado por 100.000 hombres, invadió Kuwait en tres horas, sin encontrar resistencia. El emir kuwaití y su gobierno huyeron y se refugiaron en Arabia Saudita.

 

COFFEE // Inicié mi adicción al café, americano y apenas cortado.

 

TRIP // En un rapto de iniciación hice un viaje al sur, a dedo, sin dinero, sin abrigo y en invierno, y sin destino. Tras 12 días llegué a Trelew siendo ya otro.

 

CIGARETTES // Inicié mi adicción al cigarrillo, Particulares 30.

 

JOB // Primer trabajo en blanco: encargado de puerto en una empresa de comercio exterior. Manejaba plata para coimas y siempre me quedaba un vuelto.

 

CARS II // Rompí media docena de caños de escape del Chevy azul en las huellas de los caminos donde aprendía a manejar. Mi padre trinaba de ira.

 

7 DOLPHINS // En un teatro de la calle Perú presencié el primer recital de Los 7 Delfines.

 

BIRTHDAY // Mi cumple cayó en sábado.

 

WRITE // Sin propuesta, sin vocación, puro divertimento, sin conocimiento, empezaba a escribir.

 

THE FALL // The Fall fue, es y será lo más.

 

UNDEFINED // ¿Sería ingeniero o periodista? ¿Linyera y artista? ¿Presidiario o loco? ¿Looser o galán? ¿Bruto o intelectual? Mi frase era: ¿qué más da?

 

SCHOOL // En la Escuela municipal de Movilizadores Culturales aprendí fotografía, música, teatro, plástica, letras, títeres y movilización cultural. Y a vivir.

 

EMANCIPATION // Me mudé de la casa paterna con un sueldo mínimo y me alcanzaba y algo me sobraba, con los vueltos de las coimas del puerto.

 

NATURE // Me tomaron como tercer guía para los paseos por la Reserva Ecológica Costanera Sur, las noches de luna llena. El primer guía guiaba, el segundo cuidaba que nadie quedara atrás, y el tercero juntaba papelitos y basura que tiraba la gente.

 

NO GOD // Intenté acercarme a dios haciendo dos retiros espirituales, pero no encontré la fe.

 

NO BODY // Abandoné, definitivamente, el entrenamiento deportivo.

 

 

 

 

Tomado de: Ejercicios de desbaste, Manuel Alemian, Buenos Aires, Tammy Metzler, 2021.

 

5.2.26

Rebelión en la granja, por Paul B. Preciado

 

No produzcas nada. Cambia de sexo. Conviértete en el maestro de tu profesor. Sé el alumno de tu estudiante. Sé el amante de tu jefe. Sé el animal de tu perro. Todo aquello que camina a dos patas es un enemigo. Cuida de tu enfermera. Entra en una prisión y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. Conviértete en el asistente de tu secretaria. Limpia la casa de la señora de la limpieza. Prepara un cocktail para el barman. Cierra la clínica. Llora y ríe. Abjura de la religión que te fue impuesta. Baila sobre las tumbas de tu cementerio secreto. Cambia de nombre. Cambia de ancestros. No busques gustar. No compres nada que hayas visto transformado en ícono en una pantalla ni cualquier otro soporte visual. Entierra la escultura de Apolo. No busques gustar. Haz tus maletas sin saber donde te mudas. Abandona a tus hijos. Deja de trabajar. Entra en un campo de refugiados y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. Prostituye a tu padre. Pasa una frontera. Exhuma el cuerpo de Diógenes. Cierra tu cuenta de Facebook. No sonrías en el momento de la foto. Cierra tu cuenta de Google. Entra en un museo y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. Abandona a tu marido por una mujer diez años menor que tú. Todo aquello que camina a cuatro patas y todo aquello que tiene alas es un amigo. Solicita la clausura de tu cuenta bancaria. Rápate la cabeza. No busques el éxito. Abandona a tu marido por un perro. Redacta una respuesta automática para tu email: “Durante el 2017 y hasta nuevo aviso, contácteme por escrito a la dirección postal 0700465.”. Regala toda tu ropa y comienza un curso de corte y confección. Destruye la carpeta Dropbox de tu ordenador. Prepara una maleta vacía y vete. Pasa una frontera. No hagas ninguna obra nueva. Abandona a tu mujer por un caballo. Abre tu maleta en cualquier calle y acepta aquello que los demás te den. Aprende el griego. Entra en un matadero y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. Cuelga una flor en tu barba. Regala tus zapatos más bonitos. Cambia de sexo. Ningún animal usaría ninguna ropa que no haya confeccionado él mismo. Acuéstate en el suelo de tu oficina y mueve tus pies como si bailaras en el techo. Sal y no vuelvas. Abandona a tu mujer por un árbol. No analices ninguna coyuntura. Exprésate exclusivamente en idiomas que no conoces con personas que no conoces. Pasa una frontera. Deja de votar. No pagues tu deuda. Quema tu carta electoral. Ningún animal mata otro animal. Destruye tu tarjeta de crédito. Valora aquello que los demás consideran inútil. Admira aquello que los demás consideran patético. Busca ser invisible. Intenta no ser representado. Ningún animal dormiría en una cama construida industrialmente. Cambia el objeto de tu libido. Descentraliza el placer genital. Siente placer por todo aquello que trasciende los límites de tu cuerpo. Deja que Gaia te penetre. Adjura de la farmacología. Cambia los ansiolíticos por el pasado. Trenza. Teje. No construyas una casa. No acumules. No comas otros animales. No fomentes el desarrollo humano. No segmentes. No aumentes los beneficios. No mejores. No inviertas. Entra en un hospital psiquiátrico y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. No coordines las acciones. Revisa la basura. No pagues el seguro. No escribas la historia. No organices tu jornada de trabajo. Reduce tu nivel de rendimiento, consciente e inconscientemente. Ningún animal beberá vodka Absolut. No descargues videos de Youtube. Si aun no lo has hecho, no te reproduzcas. No te modernices. No utilices la comunicación de manera estratégica. No preveas el futuro. Intenta hacer lo menos posible durante la mayor cantidad de tiempo. No busques mejorar tu productividad. Entra en un asilo de ancianos y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. No rindas cuenta alguna. Admira el saber que los otros no llaman conocimiento. No digitalices nada. No dejes pista. Envía una carta a tus rivales: “Renuncio. Feliz año.”. No aumentes la infraestructura logística. Escoge la vida en vez de escoger la prolongación científica de la esperanza de vida. Todos los animales son iguales.

Barcelona, 24 de diciembre de 2016

  

Tomado de: Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce, Barcelona, Anagrama, 2019; pp.  242-244.

2.2.26

Manual místico para abrir, por Noe Vera

  

(Sobre Las bandidas abren el tesoro, ¡qué suerte!, Bahía Blanca, Vox/Lux, 2025)

 

De Las bandidas abren el tesoro, ¡qué suerte!, de Lucía Caleta, quiero decir poco, porque todo lo que importa pasa cuando se lo lee. Como cuando en la niñez te leen en voz alta algo que te atrapa y no querés que ese momento se termine nunca. Porque es puro disfrute y al otro día pedís que te lo lean de nuevo, lo amás el doble y entrás en el planeta de los sueños con una sonrisa dibujada.

Empecemos por el título, que transmite una alegría niña. Te dice desde el principio que algo termina ¿o empieza? Muy bien. Hay un tesoro y va a ser abierto por las heroínas. ¡Qué suerte! Desde el primer poema, además, sabremos que nuestras bandidas van calzadas, toman a su paso lo que quieren sin tener que hacer ojitos, son centauras, motomamis, pistean a la par que cuidan la montaña. Esa es su misión. Y una vez que el tesoro les es dado, lo liberan: lo dejan al viento, lo llevan de paseo en sus naves majestuosas.

Liberar el tesoro, vaya consigna política para un día como estos que nos tocan. Todo lo que ellas hacen tiene un sentido trascendental. Las bandidas viven en una casa grande todas juntas y actúan guiadas en pos de un bien que es colectivo, nunca individual. Guardianar la montaña de la contaminación capitalista villana es una tarea que les fue asignada por una voz divina. La del mismo tesoro que además les pide que creen una canción, una que pueda cantarse por todos los “yoes” del mundo. Quienes tengan el poder, en esta poética, van a tener que incluir.

Y ¿quiénes tienen el poder y la suerte en esta historia? Las pandilleras que son mil y están rotas pero juntas y se la juegan. Juntas no temen. Se llevan bien, son guarida, una máquina de hacer justicia o hechizos, que es lo mismo.

En otro poema hay unas lobeznas huérfanas que son alimentadas por humanas, una reversión del mito de Rómulo y Remo, lobitas nutridas por unas poetas nodrizas, quedan piponas. Cuando se despiden, las nodrizas, se pronuncian así: “Para no perder tu / animal / aprender a domar / no está mal / no quererlo todo / disciplinar a la fuerza/ desconocida/ no está mal / no quererlo todo.” Esto les dicen cual oráculo a las bandidas. Y ellas maman de todo ese manantial lácteo verbal. Se fortalecen, toman las palabras de aquellas en quienes creen como hoja de ruta, camino a seguir, plan sagrado. De eso habla este libro.

Hay mucha mística y algunos poemas en primera persona que hurgan en el origen de la fe, una suerte de memorias sobre personajes y momentos que hicieron prender una llamita interna, una manera de escuchar y de ver que tiene que ver primero con creer. Me gusta pensar que estas memorias, estas historias, pertenecen al pasado de algunas bandidas. Como la máquina de los conjuros que es una señora que enseña a una niña a curar. O esas adolescentes que se arman frente al espejo (como todas las adolescentes) y que se miran sosteniendo un arma, posando juntas y viéndose poderosas por primera vez. O como la virgen que se fuma un pucho que es una mancha de humedad que una de las amigas ve abajo de su cama y a la que le trae suerte. Las amigas hacen fila para verla cada día, la ven linda, la ven sonreír, podría ser una de ellas. Y si no la ven, practican, se aprenden oraciones para atraer la aparición. Porque un golpe de suerte así, se parece a renacer y en estos poemas se dice que nacer es espectacular.

Las heroínas de estas historias son renacidas, se aventuran a un mundo que va creándose a su paso, leyendo los mensajes que traen las piedras, los animales, las nubes y por qué no sus corazones que también son sagrados. Me atrevo a decir que Las bandidas… es el segundo libro de una saga que empezó en Una reacción en cadena y un conjunto (Palabras amarillas, 2022) donde asistimos a los efectos de un big bang que instala una especie de mito fundacional para tiempos venideros, un mundo nuevo, en grado cero. Las protagonistas de estos poemas bien podrían ser las habitantes de ese mundo y vienen a desplegar, horizontal, una épica coral creativa y renovadora.

“Si cuento una buena historia, las personas me respetarán más” dice el epílogo de este libro que es un manifiesto de ternura y se llama “Dónde depositás tu fe”. Y yo, quiero que sepa, Lucía Caleta, que la mega mil respeto.

Lo último: este libro dan ganas de leerlo en voz alta a nuestras ídolas en común. Porque, de alguna manera, está escrito con ellas, gracias a ellas, para ellas. Se lo leería a Donna, a Úrsula, a Rosalía, a Terry, a Liliana, a Lucrecia, a Lucía, a Björk, a Pedro, a Tamara. La autora de Las bandidas… se atreve a preguntarse si seremos todas unas hermanas galácticas de otros tiempos y espacios. Puede ser, hay personas de esta lista que ya no viven. Lo que sé es que lo escucharían hoy, en 2025, con un brillo en los ojos, lágrimas chochas y la misma sonrisa en la cara que tuvieron de chicas. Y pedirían más, ¡otra vez! Porque estos poemas, llenos de musiquita y ritmo duro, de rimas graciosas y elegantes, de aventuras y fantasías, nos recuerdan que a cualquier edad leer puede ser un placer y un mimo.

12.1.26

Desde el otro lado del aula, por Laura Cilento

  

(Sobre Tenemos Química, de Esther Novik de Wolf con puesta en texto de Paula Labeur, Buenos Aires, MareMiun, 2024)

 

La experiencia de los estudios de nivel medio, secundario, o como nos guste llamarlos se asocia en parte a la edad de oro de nuestras vidas y en parte a la burocracia educativa. A su vez, equivalen a una especie de Edad Media de nuestros trayectos educativos, pero en esa versión oscurantista de la Edad Media, época bárbara entre la ultraclásica y refinada Antigüedad y las luces de la Modernidad racionalista. En la Edad Media y en la Escuela Media hay que atravesar momentos de pocas luces, síndrome de la baja atención del adolescente conocido en otras épocas como “edad del pavo”, sopesar los aprendizajes de la vida que compiten muy ventajosamente a veces con los del aula, y administrar el estudio de materias de formación general que muchas veces los adultos que acompañan dicen que “hay que pasarlo” para “después llegar a hacer lo que verdaderamente te guste”.

Como de verdad la vida va pasando, y la posta de las responsabilidades y de los placeres ganados a pulmón en otras etapas de la vida nos ponen en otra óptica, la secundaria termina siendo un rescate emotivo de ese laboratorio de relaciones humanas al que, a esa edad, seguramente no podríamos haber accedido de otra forma (excepto quienes tempranamente entraron al mundo del trabajo).

Desandar estos estereotipos del imaginario colectivo es muy difícil, y tal vez no haga falta para aceptar nuestras realidades personales del presente, pero quién nos dice que tal vez revisando algo de esa etapa oscura y medieval no descubramos algo mucho más que lo puramente divertido o lo más pelmazo… Algo que tiene sentido haber hecho. Con este libro podemos, cualquiera sea nuestra condición de adultos-as, desviar la mirada interna de nuestro ser alumno-as y conocer la voz y el relato de una actora social que estuvo en la trinchera, pero supuestamente del otro lado: nada más y nada menos que la profesora… y¡¡ de Química!!

Si bien leyendo hacia el final de Tenemos Química entendemos por qué aparece un póslogo que sintetiza lo narrado como “Autorretrato coral de una profesora”, confirmamos también que lo que habremos leído durante 165 páginas participa de ese gran género de la Historia (¡¡el único!!!) que a todos nos pica con curiosidad que es la biografía, sumada a que está contada por su propia protagonista (después volveremos a lo coral). Esther entra a la Historia por la Química, y entra por ser profesora y por ser Esther: así funcionan los géneros biográficos, con un pie en una vida humana, esa vida, pero otro pie abriendo una ventana a las memorias, género vecino y más expansivo: de paso que conocemos una vida entendemos algo de la época en la que le tocó transitar, contra qué lo tocó chocar y desde dónde pudo tomar posición.

Si Pablo Neruda terminó popularizando Confieso que he vivido ya que así se titulan sus memorias, Esther debería imponer algún subtítulo como “Informo que he vivido”. El lapso que se abre entre 1960, año en el que se recibe de profesora de Química en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González y 2007, año de su jubilación de la docencia, ya impresiona por el arco temporal que traza, pero estas evocaciones no están al servicio de confesar nada que muestre un lado oculto, sino para dar cuenta de en qué empleó sostenidamente el tiempo. No hay revelaciones de hechos atroces, de traiciones, de desamor ni de venganza. Es la acumulación de laburo docente que tuvo -y tiene- tanto sentido, que acomodó el rumbo propio y el de quienes se cruzaron con ella, en esas cápsulas de tiempo adolescente que son cada clase de cada materia, cada día. No hay secretos que necesitaran ser revelados, solo informar todo lo resuelto, desde el llanto de la recién recibida a la que le cuesta mantener sus primeros y provisorios cursos hasta la autora de materiales didácticos y la capacitadora docente.

Narrativa sumaria, sin resuello para la larga disquisición o la lenta creación de atmósfera. En realidad la atmósfera sale de lo que se hizo y se dijo, porque esta vida de Esther está llena, repleta, de años y de personas. Pasan los años como relámpagos.  El placer de leer de corrido tiene el efecto de que imaginemos que se vivió así de corrido, y como es de esperar está apuntalado desde las artes de la puesta en texto. Algunas veces, ese relato se interrumpe, y llegan documentos y testimonios. Entre los primeros, recomiendo detenerse en el recorte de La Nación del 25 de septiembre de 1960, para descubrir a la joven Esther N. de Wolf en retrato de sociedad (atención, que su imagen está solo muy alusiva en la solapa izquierda y hasta ahí llega, así que recomiendo analizar bien el retrato de prensa). Luego recomiendo divertirse con las autoevaluaciones de alumnos-as, o las letras de canciones donde los nervios ante la imponente Esther se transforman en una celebración por tener una profe tan exigente.

Los testimonios también están intercalados con la voz relatora de Esther, son sus exalumnos.as, ayudantes de laboratorio y colaboradores que fabricaron su propio relato, resucitaron algunos fantasmas de sus adolescencias o juventudes escolares. Son Andrés Kreiner, Laura Barnator, Gustavo Noriega, Elsa Drucaroff, Daniel Kestelman, Sandra Leschiutta, Laura Lande, Susana Adonaylo, Judith Gociol, Jorge Muntané, Karen Scheps, Magalí Bialer, Florencia Naftulewicz, Verónica Llinás. Ese estar intercalado es todo un desafío: enriquecen varios aspectos que Esther venía presentando, pero la voz de Esther retoma tan campante como quien estuviera ajena a ese montaje, la deja tan plenamente consciente de lo que hacía o decía, que son ellos los que parecen estar previstos por ella.

Tomo por caso una de las piedritas de colores que arman la sección “Caleidoscopio”:

X. Día del estudiante. Me enteré hace poco de que alguien contó, en el grupo Whatsapp de ex alumnos del Pelle de la promoción 1984, que yo les había tomado prueba sorpresa un día después del día del estudiante. Puede ser que la haya tomado, pero es imposible que haya sido sorpresa.

Si en los testimonios transcriptos alumnos-as y colaboradores ponen en valor intelectual y afectivo a la profe, y la refieren, ella también los refiere cuando sigue, en la actualidad, patrullando esos recuerdos y poniendo en claro cuáles eran sus reglas de juego. Negociando (y concediendo) la exigencia, pero no la traición.  Esther dicha por otros en los testimonios es quien también usa la palabra en su libro para decir a los otros. Incluyendo además lo mucho que aprendió de todos ellos. Esas microhistorias, dentro del gran relato biográfico, también un flash, son a veces pequeños relatos que degustamos como literatura, breves cuentos bien construidos desde juegos narrativos. “Correo sentimental”, “Caleidoscopio” son algunos de los ejemplos.

Esther hipercapacitada pero nunca jamás pasiva receptora, y menos repetidora; respetuosa de los criterios científicos, pero echando mano a soluciones improvisadas para el aquí-y-ahora-del aula con tal o cual alumnado. La estrategia de las evaluaciones de fin de año con encuestas donde hay que terminar un comienzo de oración sugestivo es un ejemplo. La lucha para imponer que la práctica de laboratorio estuviera en manos de los chicos y las chicas, que tuvieran su momento de teoría, de preguntas y de hipótesis, pero que llegaran a ese final de camino que implicaba dejar de escuchar y de mirar y empezar a arremangarse.

Pero además, y fundamentalmente, es la autobiografía profesional de una profesión poco visibilizada como tal. Esta es la ventana abierta a las memorias. Enterarse de cómo funcionaban los tanques editoriales nacionales (Kapelusz, Colihue), a los que se subió y aprendió a manejar. O las vacaciones tiliingas de ciertas familias durante los 90, que sacaban a los chicos del estudio por obra de la liquidación de un shopping en Miami. Y es relevante, para contarles cómo hay que desplegar el libro para sacarle provecho, que la perspectiva sorprendida de la profe (por ejemplo, cuando le dicen en Kapelusz que quieren que publique materiales para docentes, ella no lo puede creer, pero enseguida larga la gran idea de los cuadernillos de trabajos prácticos) cuando cuenta, pero recordemos también que es contada, sutilmente, por la puesta en texto de Paula, que monta el énfasis, al dejar desnuda y muy visible la anécdota, en las capacidades, la praxis y la visión de una profesional de la educación. Por eso Paula no solo pone en texto, sino que pone en valor a través de, sin filtrar su voz autorizada de especialista de primera línea en didáctica de nivel medio, como si nos dijera, escrito en tinta invisible, solo para cómplices lectores, “miren de lo que era capaz esta profe”, “miren el conocimiento auténtico que genera el trabajo en el aula, por más capacitaciones y prescripciones ministeriales que se crucen en el camino”.

Me hizo saber que se dice verter y no vertir”, “me hizo saber que, si ella había sido importante para mí, de alguna manera, la inversa también era cierta”, “sabe mucho y quiere que sepamos mucho”, “me hizo dar cuenta de que podía hacer esas materias que me daban temor”: son otras tantas formas de hablar de, pero sin usar el verbo “enseñar”. Por si dejamos de notarle la importancia que tiene y pudiéramos pensarlo usando unas palabras más firmes, más duras, pero más sinceramente apasionadas, “hacer” y “saber”, está esta vida de Esther que nunca será más oportuno que corramos a leer, antes de que no solo volvamos a la Edad Media, sino de que terminemos volcando en algún tacho paleolítico.


18.12.25

Inventar a Nicolás Olivari, por Javier Fernández Paupy

 

Hablar con Jorge Quiroga siempre fue, para mí, hablar de literatura. Libros y autores ocupaban el centro de nuestras conversaciones. Aunque era un lector incansable y minucioso, nunca lo pensé como un intelectual indefenso detrás de un escritorio, sino como alguien atravesado por la acción. Las agitaciones de la vida social lo interpelaban. No es casual que en la solapa biográfica de El que recuerda, libro que reúne su obra poética, destaque su intensa vida gremial y política y su participación en la fundación de CTERA en 1973. Organizar lecturas y ciclos, armar revistas y promover debates eran, para él, formas de saberse parte de una trama colectiva.

Más de una vez Jorge me contó lo que hoy reconozco como un relato de iniciación. De chico escribió un poema y se lo mostró a su maestra. Ella lo leyó y le dijo: “Está muy bien. Seguí escribiendo”. Ese matiz —ni elogio desbordado ni comentario neutro— le permitió imaginarse escritor, quizá también docente. En esa escena cifraba un permiso inicial, un gesto que lo empujó a persistir. Es posible que la calle Corrientes de los años sesenta, con su clima de bohemia y efervescencia intelectual, haya terminado de modelar su sensibilidad. A ese episodio sumaba otro: la noche en que, a los 22 años, leyó Operación masacre de un tirón y sintió que allí comenzaba su militancia.

Su entusiasmo por ciertos autores era inconfundible. Hablaba de Arlt, Macedonio Fernández, Rodolfo Walsh o los hermanos Tuñón con el conocimiento que viene de una insistencia lenta y placentera. Decía que Borges impostaba siempre una dimensión erudita; en cambio, Arlt, para él, era el único capaz de decirlo todo. Hablaba con precisión sobre los poetas del tango: consideraba a Homero Expósito y a Discépolo poetas políticos; de Julián Centeya decía que, de no haber sido un errante y un glosador de tangos, hoy se lo compararía con Beckett. Con el mismo fervor evocaba a Gardel y a la dupla Troilo–Fiorentino.

Las anécdotas se multiplicaban cuando hablaba de Carlos Correas, sus borracheras, sus cuarenta pares de zapatos, el bolso con el ensayo sobre Arlt que ninguna editorial aceptaba, Oscar Masotta en sus últimos años, a ginebra y sin comer, o Néstor Perlongher en Brasil. Jorge Quiroga me parecía un reservorio inagotable de historias de la literatura.

Hablaba de sus proyectos y yo sentía que habría necesitado varias vidas para concretarlos. Entre ellos, la idea de cambiar el Día del Escritor para que, en lugar de conmemorar el nacimiento de Lugones, se recordara el de Roberto Arlt. Alguna vez me contó que escribía un Diario de la vejez. Sabía que escribía un texto sobre Jesualdo Sosa. Ojalá algún día podamos leerlos.

En nuestras charlas no eludía las disputas literarias.

–Cuando un tipo no es conocido, se vuelve un miserable para los demás –me dijo una vez.

No se consideraba central en el asunto Osvaldo Lamborghini, pero tampoco ahorraba críticas. Al preguntarle qué hacía en los años sesenta, respondió con ironía: 

–En medio de un delirio revolucionario y argentino yo era antipopulista. Trataba de burlarme de esa gesta heroica. En contra de la alusión estricta. Sin confesión. 

Esa desconfianza hacia los discursos heroicos y las identidades fijas fue constante en su manera de pensar la literatura.

Su voz, grave, gruesa, rasposa y jovial, tenía algo del tono misterioso de sus poemas.

Había en Jorge una nostalgia dulce, una inclinación por lo fugitivo, por los oficios desaparecidos, por lo que está en al borde de extinción: el carrero, el tranviero, el mayoral, el último tranvía. También un tesoro de la lengua, que resguardaba con palabras como “bufoso” o “asonada”, y voces del lunfardo usadas con naturalidad, como “percanta”, “piringundín”, “compadrito”. No eran exotismos: les devolvía la fuerza del lenguaje vivo. Unos versos de Las otras historias condensan esa sensibilidad: 

Donde hubo una casa hay una puerta desvencijada 
que oculta narraciones huidizas. 

Esa atención a lo que se pierde atraviesa también la Biografía imaginaria de Nicolás Olivari.

Jorge Quiroga escribió alguna vez, sobre la obra de Ricardo Zelarayán, que su literatura “evoca la fragilidad del recuerdo, que no es un pensamiento fijo sino una ensoñación diferida”. En su propia escritura esa idea se vuelve método: historias interrumpidas, fragmentos de una memoria mayor.

En esta Biografía imaginaria de Nicolás Olivari convergen el tango, la literatura argentina, la bohemia y la figura del poeta como destino. A lo largo de su vida escribió estampas dedicadas a distintos autores, y en cada perfil buscó una mezcla de cercanía afectiva y reflexión.

Su obra está atravesada por la idea del recuerdo inexacto. En su libro La memoria infiel, dice: «En un cuaderno anotó todos los detalles de esos días, ahora no puede encontrar en los papeles ningún rastro que le permita decir, que ellos existieron, los nombres se borran y los recuerdos son inhallables».

Una voz hecha de historias, de dudas, de interrupciones y de brillos oblicuos. Esta Biografía imaginaria lleva al límite esa tensión entre memoria, olvido e invención. «¿Cómo reconstituir la biografía de alguien? Si uno no recuerda su propia vida.» Como en un juego de espejos, lo fáctico se confunde con lo conjetural y el recuerdo aparece como una forma de ficción. Quizás porque, como escribió, «lo único verdaderamente cierto es lo que uno cree recordar».

«Inventar, imaginar una biografía, conceptos dispersos e improbables, es lo que nos queda, la ciudad está cambiando a pasos que de tan imperceptibles ni se ven.» propone Jorge Quiroga. Esta Biografía imaginaria no solo prolonga ese mundo, sino que nos permite seguir escuchando su voz.

 

12.12.25

Una semblanza de Jorge Quiroga, por Laura Estrin

 

Replicando una frase de la hija de Tsvietáieva que escribió:

“A Ehrenburg lo apreciábamos, a Pasternak lo queríamos” digo

“A Raschella lo apreciamos, a Quiroga lo queríamos”

 

  

Quiero escribir una semblanza de Jorge tal como son sus retratos pintados, con colores, con trazos distintos, como el que aparece en la tapa de esta Biografía imaginaria de Nicolás Olivari. Tal vez menos kafkiano porque Jorge se reía, siempre se reía, y tenía una risa que invitaba a acordar, insistía en acordar porque terminaba todas sus frases en un “¿¿¿¿eehhh????”


 

Jorge Quiroga quería a sus viejos, a Horacio González, a Germán García, a Alberto Szpunberg, a Alberto Cedrón y a muchos otros, los leyó, los escuchó, conversó con ellos, había ido al exilio con ellos y nos contaba anécdotas, los bajaba a tierra del canon que podía atraparlos. También tenía su cantilena y me hacía rechinar cuando insistía con alguien, nos divertíamos, nunca se achicaba, era un conocedor de hombres. Una vez la cansó a Liliana Guaragno, supongo que en años de trifulcas electorales, y ella enojada le dijo: “A Laura Estrin no la atormentás así” a lo que airoso le respondió: “Laura Estrin es apolítica”.

Jorge era generoso y armaba, no se cansaba de armar cosas que nos incluían: lecturas en el Descartes, hojas murales con nuestros poemas, revistas de un solo número con críticas apenas filtradas (para orejas sordas, como escribió Zelarayán). Él nos llevaba a la radio y pasábamos la tarde en La tribu, en su Litertango, como una pandilla de chicos haciendo bromas y escuchando esa música, haciendo críticas por elevación a algunos amigos y ellos nos respondían con divertidos mensajes de oyentes  de “Balvanera, Once o Flores” retrucando nuestras afirmaciones literarias.

Jorge armó libros y plaquetas en su BCZ editores, ahí fue mi primer editor, ahí sacó Cuadernos del ciervo de Bela Andahazi y creo que como buen Samizdat sacó dos suyos, eran los finales del 90. Quiroga es poeta aunque, si me escuchara, él daría vueltas sobre esta afirmación.

Jorge pensaba siempre en algo para hacer con todos nuestros escritos. Dije que nos cansaba con sus proyectos. Hicimos ciclos de poetas en la Biblioteca Nacional, hizo ediciones allí como el Zelarayán y el Literal. Una historia del sindicalismo estaba armando, creo, dejó listo este Olivari. Hay poemas que ya reuniremos.

La música le salía sola, era poeta, repito. Y el barrio, Constitución, se le veía en todas las hilachas. Jorge era pintón y le gustaba mostrar, siempre riendo, ese camisaco, aquella campera, todo lo que sabía y tenía lo ponía con ganas en la conversación. Bancaba y me ayudaba a bancar al sordo y díscolo Zelarayán cuando se empacaba y gritaba. Lo íbamos a ver juntos a La ópera, después comenzamos a encontrarlo en bares peruanos de Once. Lo vimos juntos por última vez.

¿Cómo hacer la biografía de alguien? Eso responde sin problemas Jorge Quiroga al hacerla, tal como me contó una vez Libertella que le dijo J. L. Ortíz, Jorge inventó un Olivari pero no lo tergiversó. Soñó pero no experimentó, frase a frase fue componiéndola como los tejos de su conversación de voz áspera y murmurante, inaudible a veces, como la que teníamos en Premier o, en los últimos años, en El británico o en su casa mientras las gatas y la perra nos distraían, con ese tino deshilvanado escribió este Olivari. Vida que es un fracaso con música como entendió a la suya Isaak Bábel, como la de esos tangos que dice acá que compuso el mismo Olivari.


Jorge en este libro escribe algo de su pasado, o mejor, su linaje, una arista de Boedo, gris y marrón pero pícara. La escribe desde una esquina del tiempo en que la niebla rusa no barre ni transfigura todo de tragedia como en Castelnuovo. De esta manera lírica y a la vez fuerte –como diría Raschella– queda poco, queda poco de eso en la literatura que se vende hoy. Cierto es que todavía algunos leen Arlt y otros cantan Discépolo pero Jorge insiste de otro modo con ellos, les arma un mundo poético en un libro. Jorge escribe: “Olivari, como él mismo dice, nació con el siglo. Lo que estamos contando habrá sucedido cuando él rondaba los 10 y con certeza tiene que haber vivido y presenciado fenómenos como el surgimiento de la electricidad, la construcción acelerada de Buenos Aires”. A estos lugares Jorge los saca de su propio paisaje, el que tiene su poesía: el de El puente suburbano, el de El pasado irreal, el de Cuaderno nocturno, el de Las otras historias y La casa abandonada. Título que Raschella al editar su poesía reunida dobló –así pensamos con Jorge mismo– en La casa encontrada.

 Si Hugo Savino en su obra planta un sur desharrapado pero contundente, una Avellaneda y más allá en notas en guerra, Quiroga hace otro sur, más porteño, más dulce pero también ido, también lírico y perdido. Ambos meten saberes, músicas y destino en sus leyendas –como llama Savino con Kerouac a su manera de escritura. Quiroga dice: “
Macedonio le dijo a Nicolás (Olivari), que estaba tratando de que una metáfora, que huía, le diera la solución al razonamiento que tiene en la mente…

Digo que Quiroga arrastra todo Boedo y su poesía urbana en este Olivari, libro que enredo a la memoria de Fijman que inventó Andrés Allegroni, Crónica de sombras, que creí verdadera cuando Raschella me la acercó y la edité. Son obras que tienden como dice de Fijman acá Jorge: “Ellos habían progresado, lo que ocurre es que gente como Nicolás pensaban esto, como un triunfo y un fiasco a la vez”. Fracaso del triunfo, Jorge puede escribirlo así: “Claro que es preciso coraje, no creo que la literatura se escriba para consolar a nadie, es mejor despertar, conmover, ser de alguna manera infiel y traicionar si es necesario”. “Bodrios perdularios” los llamaría Nicolás Rosa.

Jorge seguro se reía mientras escribía esta historia, debió hacerlo bastante, ya no tenía barra de muchos amigos pero podía escribirlos y tomarlos del brazo como Olivari aquí tiende el brazo a Corsini y a Gardel. Olivari se confiesa en esta novela: “Siempre tuve la manía de ser irreverente, por eso mis principales adhesiones, reflexionaba, se dirigen a poetas vagabundos y ladrones, de alguna maneras son lo que no soy y cuando me colocan en un lugar edificante reacciono como un juguete rabioso. Con Stanchina comenzamos nuestra carrera literaria casi con un fraude, claro que no engañamos a nadie, pero de algún modo se comprobó que soy un tránsfuga, cambio constantemente, si me dicen realista hago de romántico y nunca quedo quieto. Tránsfuga es el tipo que muda de partido, y yo no quiero pertenecer a ninguno, cruzo de vereda cuando atacan, y los tipos que se proclaman de izquierda y viven como burgueses no merecen la más mínima atención, murmuran que parezco un sujeto estrafalario, porque no respondo a un molde, los confundo, o ellos se dejan burlar, extraviados en el mundo de los seres piadosos”. Jorge sabía del bien para el mal y del mal horrible, creo que no se engañaba y por supuesto puso en Olivari, parte de sí mismo, vio que a Olivari lo ignoraron, lo ningunearon, no le dieron cabida por ser un recienvenido o un distinto solo en las letras pero del resentimiento Quiroga no tenía un pelo. Escribe citando a Stanquina aquí: “ ‘Más que vanidad había rebeldía y amargura en nuestra trampa’  dice años después Lorenzo en una evocación de la broma literaria”. Hablan de los versos de Clara Beter, que confundieron a algunos con los de una prostituta verdadera pero el mito no acompaña nunca la perspectiva de Jorge Quiroga. Y tal como Olivari pasa de Boedo a Florida según el relato, Quiroga hace chanzas y chistes sobre su participación en Literal o cuenta como fiasco algunos cruces con Osvaldo Lamborghini, Perlongher, otros tiempos de la guerra literaria. Aquí, él dice de Olivari que “su espíritu no se deja encasillar porque es en esencia rebelde, heterodoxo y desafiante. Así se convierte en tránsfuga. Quiere decir esto que cambia de partido, pero en realidad elige la compañía de los que lo entienden, Arlt por ejemplo siempre fue un elemento a fin, compartían una visión que sin excluir lo social sostenida por una mordaz  mirada, crítica y ácida sobre las cosas del mundo. Olivari quería escribir literatura en esas hendijas”. Jorge se parece a su Olivari, Jorge escribió en las hendijas que dejaron otros más grandilocuentes, más aceitados para el mito y se distancia de ellos, por eso hace lista -como dice Hugo Savino- y anota que Olivari “Recuerda los viejos tiempos que con el inseparable Lorenzo Stanchina, secuaz de fechorías, publica un libro sobre Manuel Gálvez, que cultivaba una narrativa realista y amaba el alma rusa, ese pudo haber sido otro desentendimiento con sus colegas boedistas, lo cierto es que la pelea posee motivaciones ideológicas y artísticas,  por eso se cambió de bando. (y continúa) El vital Oliverio Girondo,  el mordaz y angélico Nalé Roxlo, el extravagante Jacobo Fijman, y todos los camaradas que conoció, vivían pasionalmente jugando el ejercicio de ser vanguardia”. Lejos de eso está la obra de Jorge Quiroga, reunida en el libro que bien llamó El que recuerda.        

Si entonces, Jorge se escribe en este Olivari, y diría, se pinta en Olivari ya que igual que este “pintaba sobre cartones que recogía de los lugares que acostumbraba a visitar” (como Quiroga pone acá), Olivari también es el paisaje de la escritura de Quiroga, así escribe: “Lo que pasa es que mi juventud transcurrió entre esa gente, entonces para mí ellos no son nada más que una postal. No van a poder ahogar su influjo…”

 

Por todo esto leer a Jorge Quiroga es haber leído ese mundo que con él se sigue leyendo, mundo continuo que se abre y despanzurra entre Dostoievski y Arlt, recuerdo que cuando en una de nuestras charlas le dije que el ruso de enormes tesis no me gustaba me miró y con cara de sorpresa por entender algo clarísimo dijo: “obvio, obvio, es literatura de hombres”.

  

Jorge pone en este libro las cosas que lo unen a amigos y lecturas, una banda que no olvida y apunta: “Como dice Macedonio, o Ricardo, es cuestión de escribir una literatura de crisis, que nos presente, o por lo menos que nos haga  sentir menos solos”. Barra de locos razonantes -la pudo llamar Nicolás, esos que aúnan cierta mordacidad, algo varonil palpable como en algunos tangos pero sobre todo un aire enrarecido por la vida –y estoy citando algunas palabras de este Olivari. Mundo que se pierde si no fuera por estas literaturas de arrabal y autores con demonios rabiosos pero que recuerdan el amor de los amigos, como César Tiempo, el moishe -como dice Quiroga en este Olivari