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3.10.19

Un largo poema fotográfico, por Nadia Gómez



(Sobre El biógrafo, de Marco Castagna, Palabras amarillas, 2019)


En varios puntos, los relatos que componen El biógrafo arman un collage sobre las emociones, un repertorio de gente que no sabemos si existió de verdad o no pero que en la aventura vital de la voz que narra, compone una foto existencial. “Tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa", escribió Cheever en sus Diarios. La misma frase, pero sin resentimiento ni voluntad correctiva, podría aplicársele a El biógrafo, porque las vidas comunes de los personajes retratados, incluso en lo que tienen de patético y fallido son narradas con una lente optimista, relajada y sobre todo sensible pero sin golpes bajos.

Las piernas peludas de un padre y la conversación silenciosa de las acciones compartidas, un chico con un perro al que hay que darle clase de apoyo, la épica lumpen de un encargado de edificio, Raulito y su banda antimeritocrática, el mambo de los flippers y la primera cerveza, una colección de vivencias que en el acto reminiscente de hacerlas hablar, cobran un valor colectivo sin llegar a ser alegórico porque son singulares. El libro de Marco Castagna se puede empezar en cualquier parte pero se tiene que recorrer completo porque eso ocurre con los puzles que quedan a medio armar, son definitivamente tristes.

Las frases son versos que prosificados no narran grandes acciones sino más bien hilvanan un largo poema fotográfico. Hay acciones, claro, ocurren algunas cosas, pero lo que importa es la mirada afectiva de un narrador que delinea perfiles, que necesita anotar un gesto o un detalle de indumentaria para que el recuerdo no se pierda para siempre. Por eso, el que escribe recupera fragmentos de la infancia o de la adultez que cifran situaciones de pasaje, ritos de iniciación en los que se aprende algo, tal vez la vacuidad del amor, el costado lindo de la rutina, la diferencia histórica entre ricos y pobres, la impotencia del que se sabe perdido pero resiste

Los relatos que componen El biógrafo son estampas breves, sugerentes, mordidas. El lector se mete como por una ventana para mirar una escena nomás, un pedazo de la vida de alguien. Un poco a la manera de ese monumental proyecto de Perec en Vida instrucciones de uso, el narrador organiza en escenarios móviles el rompecabezas narrativo de sus seres queridos, una familia extendida que son el encargado del primer departamento de soltero, novias ocasionales, pequeños rufianes rifando los últimos momentos de la inocencia en unas máquinas de juego, una perra y un niño haciéndose amigos a la sombra de un árbol.

Retratar escenas anodinas de gente de barrio, pero no con el ritmo de un narrador de ciudad sino con el tiempo del que tarda mucho en llegar al centro y es capaz de contar desde esa distancia, o desde ese asombro. Lo que para el que pertenece al centro sería irrelevante y hasta casi naif para el que llega desde otra parte, desde un pueblo de provincia, por caso, tiene la dimensión del descubrimiento. Lo que arde en el retrato grupal no es ni el infierno ni la hipocresía de la vida sino el aplomo de un narrador que no juzga, un narrador que se enternece de la insignificancia e inclusive es capaz de celebrarla. A la manera de Paterson, el colectivero que filma Jim Jarmusch cuya rutina es levantarse bien temprano, hacer el recorrido en su unidad, parar a anotar breves haikus objetivistas en una libreta y regresar al hogar con su chica bonita o  de la película Cigarros en la que, Augui, el dueño de la tabaquería celebra frente al escritor la proeza de haber fotografiado durante 20 años la misma esquina, en los relatos de El biógrafo hay que sopesar la ansiedad.

Ese es el consejo de Augui en Cigarros cuando su amigo no comprende el sentido de su proyecto. Son todas la misma foto, dice socarronamente el escritor en la escena más famosa de la película, y es cierto, son 4000 fotografías de la misma esquina sobre la Quinta Avenida. Son 4000 fotografías en el mismo punto y a la misma hora sin embargo, en la fijeza del punto de vista aparece la variación, solo se trata de pasar con menos velocidad el álbum y aprender a mirar los cambios de luz entre otoño y primavera. Esa esquina es una porción del mundo de Augui y tiene sentido porque allí suceden cosas que no se entenderían si no se va más despacio. Y si tiene sentido el proyecto de Augui, lo tiene como un archivo personal de su lugar en el mundo. Si bien El biógrafo no tiene la pretensión de ser un documento social, la esperanza y la angustia de la gente común se trafican en decenas de imágenes como estas: “a esa hora un camión de basura parecía el motor de la ciudad”, dice el narrador en “Flippers” para sintetizar la otra cara de la ley, y en “La tarde que fumé por primera vez”: “Me quedaba callado al teléfono y de fondo se oían pájaros tejiendo algo gris, ininteligible. El tiempo se escurría y yo no podía notarlo. ¿Qué fue lo que hizo que todos dejáramos de vernos?”. Modesto, intuitivo, luminoso el libro de Marco Castagna acaso sea unas ganas de resistir al costado cínico y desgraciado de las situaciones cotidianas.

No se trata de explorar en el escándalo argumental ni en la ruptura estilística, lo que ocurre en la forma y en el contenido de estas historias, creo, es la belleza en lo incidental, el fraseo afable de una conversación.

27.12.16

La idea del norte, por Marco Castagna



Mi padre

Ayer por la tarde me asomé por la ventana y vi a mi padre, en medio de la lluvia, arreglando el auto. Del hombre enfundado en su piloto azul oscuro queda poco del hombre que conocí. Este hombre es otro, alguien que quiere seguir el río hasta alcanzar el mar. Ahora manipula cables, usa una tenaza y le cambia el aceite al auto. Desde mi ventana no alcanzo a verle la cara, solo escucho su voz cuando mi madre le abre la puerta. A esta hora los rieles del tren parpadean distinto, en un brillo intermitente que combina el azul con el plateado. Un brillo apagado como el de los poemas de Robert Lowell. Me pregunto si el día en que se muera, mi padre, también, lacónico y casi descompuesto, se tumbará en la cama a esquivar eso que no puede ser esquivado.


Lorelei

Una noche de verano fuimos a una restaurante chino a festejar tu cumpleaños.  Nosotros dos delante de una torta que trajo una asiática de expresión laxa por un pasillo angosto. A determinada hora llamaste a tu madre desde un teléfono público, y pude escuchar tu voz a punto de quebrarse, mientras yo veía un gusano blanco retorciéndose en el interior de un cuenco mal colgado de la pared, sombras chinas que bailaban en un biombo de segunda mano, y un libro rojo con la portada de un dragón dorado procesando una experiencia demasiado antigua. Esa noche terminamos tirados en el jardín abandonado de una iglesia, como barajando un terror con la expectación fría de los condenados, sabiendo que todo iba a derrumbarse pronto, sin embargo seguimos, obstinados, y a los tumbos, con miedo y confiando en un futuro que ya tenía mucho de souvenir.


Llueve

En el lavadero trabaja un ruido extraño como de camión de basuras al comprimir bolsas de plástico. La gata se asusta y va a la terraza. Los geranios abandonados, acostumbrados. Llueve sin método, solo un rumor acuoso cae del cielo. Me gusta estar acá, visitando amigos con el pensamiento. A veces las cosas bajan por la pendiente equivocada. Leo y dibujo puentes en el borde del diario. Sobre la mesa: un llavero de un hombrecito de barba e impermeable naranja que parece a un escritor famoso. Llueve y salís a la calle con el amuleto. Dejas una moneda y un lápiz enano sobre la mesa. Saludas a la gata como a una nenita que te cae bien.


La vida

Llueve: los árboles en el fondo de la casa: parece que están ahí desde hace un millón de años. Pasa el tren nocturno y hace vibrar la tierra. En la casa de la esquina las persianas siguen bajas, no se escuchan voces ni el piano de huesos electrificados. Un perro hurga en el césped en busca de una señal antigua. Una alarma suena en la cuadra, y nadie abandona la zona confortable de sus habitaciones. La gente que alquilaba el lote de la esquina ya no está y empiezan a llegar cartas, cuentas, reclamos ocasionales en forma de papel. La vida en suspenso anida rápido en cualquier lugar.


El pájaro canta una mañana

Me desperté este día de mierda pensando en Z. En cómo el tiempo se había llevado los colores pintados en tu cara hacia otro lugar, hace mucho tiempo. Una amnesia repentina me embarró la cancha demasiado pronto. Neblinoso tiempo de desamor: una persona que se despierta tarde, se encorva sentada sobre la cama, reniega posibilidades. Otra corre por avenidas ruidosas en el vértigo del día. Busca algo que comprarle a su madre, un reloj cucú de mano o un ungüento caro, demasiado caro, para embadurnarle la cara triste y como momificada. Ahora quedan arrebatos de furia confusa, estallidos de una alegría que esconde una depresión crónica por no poder correr más rápido, por no poder ponerse los pantalones de una puta vez. Un estallido quiebra los vidrios del ventanal. Miras afuera, un pájaro canta una melodía agridulce. Es un canto, al fin y al cabo, no? Tiene el pelo desparejo, y parece un punk con su cresta verde algo embarrada por la mañana fría y lluviosa. Está ahí, delante tuyo pidiéndote con su canto que testifiques, que des todo de vos de una puta vez, que lo hagas y ya… hacelo, te susurra… No tengas miedo, entrega tu corazón y tu verdad. Grítala al viento y al sol hasta que este se vuelva cuadrado. El pájaro ya no puede cantar, la garganta se le hizo un nudo con una pelotita marrón de comida que le robo a un animal doméstico de su recipiente. Eso ya no tiene importancia, algo late dentro tuyo. ¿Lo vas a dejar salir o morir así  nomás?


12.3.16

Celina, por Marco Castagna



Subimos juntos en un ascensor minúsculo. No supimos bien qué decirnos, éramos conocidos en un lugar extraño. Nos recibió un caniche nervioso con los ojos planos como huevos fritos. Tu madre, una mujer con la cara muy roja en contraste con la blancura de su piel, nos dio la bienvenida con unos jugos fríos que no tomamos, permaneciendo de pie en la cocina como esperando algo. Estabas ansiosa porque tu padre no llegaba o porque podía llegar en cualquier momento, yo necesitaba un poco de aire. Tu madre te llamó con un susurro y te fuiste hasta una de las habitaciones;  me quedé solo sin saber qué hacer. El departamento estaba inmaculado y la sensación que cubría las cosas era como de un brillo excesivo. Me detuve un momento en los discos de tu padre, en la estantería de sus trofeos de golf repleta hasta el techo y en dos o tres fotos donde un hombre canoso lucía una sonrisa de cazador. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas. Uno de los ventanales estaba entreabierto, me colé por ahí con ganas de fumar. El caniche pegó su cara contra el vidrio y se le deformó la expresión. Después empezó a ladrar y a hacer una coreografía extraña, monótona como de jugador de fútbol americano. La luz opaca de la tarde que se estaba por ir le daba a los edificios una esperanza de mutar de dueño o de empleados. Me quedé largo rato observando un wincofon mudo a través del reflejo de la ventana y las palomas que moraban transitoriamente en la panza de los tanques de agua de las construcciones aledañas. Pensé en las cosas que me alejaban de vos, en la pelotita del caniche olvidada en una esquina, en la oscuridad ganándole terreno a la luz. Vos y tu madre seguían en la habitación, de lejos me llegaba el rumor distorsionado de sus voces y las imaginé juntando recuerdos en soledad.


Anoche vino para ayudarme a limpiar el departamento y ordenarlo. Estuvimos casi tres horas trabajando y paramos para comer. Después seguimos otras dos horas. Ella se ocupo del baño y de la cocina y yo de los muebles y de la sala. Celina hacía los deberes con dedicación extrema y estaba en un estado de tensión considerable. Hicimos todo con música para evitar el silencio, pero parecía peor así. Cada tanto me hacía algún reproche sobre el pasado o el presente. Me llamaba haragán y me decía que tenía que apurarme, que ella limpiaba mucho más rápido que yo, que se quería ir o me echaba en cara el no haber emprendido la limpieza antes, cuando podríamos haber aprovechado el lugar y no ahora que me iba. Estaba intranquila, nerviosa: se le notaba en las manos,  en los ojos, en la voz, en el cuerpo. Incluso en el aura que desprendía. Yo estaba algo ausente y cansado, como un personaje de película muda, y me costaba moverme por la habitación. No aceptaba que iba a dejar el lugar, prefería pensar que era otro juego. Cuando terminamos de limpiar,  saqué la basura y nos cambiamos lentamente. Cargamos nuestras cosas en mochilas, los artículos de limpieza o cosas por el estilo en bolsas de residuo negras y fuimos caminando hasta la parada del colectivo. Era la una de la madrugada y Celina seguía tensa y distante, como reprochándome algo ontológico. Como si me dijera que le molestaba mi olor, no mi ser. Pero era mí ser lo que olía mal para ella. El viaje en colectivo fue amargo e insonoro. Un silencio blindado: así atravesamos la ciudad, pasando por los barrios como si los viéramos por última vez. Era un ejercicio visual que parecía ajeno, pero no lo era: la película era sobre nosotros. Llegamos a su casa y nos bañamos casi sin hablar. En la cama vimos diez minutos de televisión y ella apagó el televisor. Antes de hacerlo activó el aire caliente y puso tres alarmas: la del aire que debía apagarse en media hora y dos despertadores. 

15.2.15

Dylan en el desierto, por Marco Castagna




Tus padres, tus inclinaciones sexuales, el miedo, el aburrimiento. La paranoia, el desvelo, un sueño o una oportunidad y su brillo incómodo. Creo que son nueve.



Se puede falsificar todo menos el dolor, lo único verdadero y el único motivo verdadero de la falsificación.



Hace frío y estamos juntos en una plaza tomando té caliente que preparaste, apoyamos los vasos de plástico en una mesa ajedrezada. Tenés miedo que el plástico se derrita con el calor, meditás un poco, dudás. Yo te miro servir el té y esperar. Nos quedamos callados largo rato, tomamos pequeños sorbos tímidos, sólo eso. Después sacás un libro de arte y me hablás de no sé quién y de Toulouse-Lautrec.



Algunas noches los hombres abandonan sus cuartos dejándolos vacíos. Teléfonos que no funcionan, heladeras sin comida y emociones pudriéndose adentro con un olor de animal muerto. Algunas noches los hombres abandonan la soledad de sus cuartos.



Tus ganas de tirarte el I Ching, una película de ciencia ficción, las horas muertas, la promesa de un bonsái, un puente viejo y un perro amarillo.



Paso la aspiradora por la alfombra demasiado sucia, hace como seis meses que no lo hago. Paso la aspiradora y pienso en dos manchas que están pegadas, adheridas a la alfombra. Las dos son mías o de la época en la que el departamento me perteneció. Trato de recordar cuándo se hicieron esas manchas, hace cuánto que están ahí. La primera es una mancha de café y tiene aspecto de isla o de zona erógena monstruosa. La segunda mancha es más oscura y tiene aspecto de una figura que corre y es alcanzada por un disparo que la hace estallar. Las dos manchas clavadas en el piso como figuras de un test de rorschard, una de las pocas cosas que dejo al  irme.



Simple descarga de semen sobre la computadora. Tiempo perdido, todo queda en eso. Personas presentándose de la peor manera.



Un gato gotea los techos con pasos suaves y una mirada verde río mezclada con mar. Desde la ventana pienso en todos esos barcos que se estrellan en la noche. A esta hora, algunas personas bajan las persianas.



Me salteo las noches iguales y duermo en los recreos. En sueños te veo jugar al tenis contra un palacio rojo, sonreís al verme. Estás más linda, te digo. Hubieras llamado, me decís. Te cambio la pelota de tenis por una naranja y empiezo a comerme con asco la pelotita. Te respondo que lo intenté pero necesitaba hacer el viaje.



Tomado de: Marco Castagna. Dylan en el desierto, Ascasubi ediciones, 2014.

6.1.15

Yo sé por qué Bret Easton Ellis odia a David Foster Wallace, por Gerald Howard




Edité a ambos autores cuando estaban empezando y puedo atestiguar que la enemistad entre los dos viene de hace décadas


El mundo literario sabe que Bret Easton Ellis se enfrentó al apogeo de David Foster Wallace el otro día en Twitter, llevado por una ira tartamudeante y serial por su lectura de la recientemente publicada biografía de Wallace de D. T. Max,Toda historia de amor es una historia de fantasmas. Algunos podrían decir que Ellis está siendo excepcionalmente hostil y poco generoso en torno a un trágicamente atormentado escritor quien, habiéndose ahorcado a sí mismo, no está en posición de defenderse. Se lo marqué a Bret conociéndolo y no estoy en posición de ser moralista. Ahora bien, estoy en la posición única de haber publicado ambos fenomenalmente talentosos y opuestos escritores en el momento en el que estaban empezando y creo conocer algunas cosas que están por debajo del resentimiento explosivo de Bret Easton Ellis.

Era un joven editor en PenguinBooks en 1985 cuando recibí las pruebas de imprenta de Menos que cero de Simon and Schuster para considerar una reimpresión. Ya lo había visto a Bret Ellis en un panel de PEN hablando sobre la influencia de los 60’s en la ficción contemporánea y fui gratamente conducido por su impávida y seca elocuencia, todo un refrescante contraste con las decepcionantes devociones izquierdistas que usualmente circulan en esos cónclaves. Amé Menos que cero. Simplemente la amé. Encontré ecos de Didion y Antonioni y Nathanael West y pensé que era un logro perturbador en la California neonihilista y un presagio de algo muy siniestro desarrollándose en la cultura de ese tiempo. Al principio, fuimos por una tirada de tapa blanda, el libro se volvió una sensación y un bestseller en la edición de tapa dura y, eventualmente, pagamos 99.000 dólares por los derechos en un remate, en ese tiempo una suma impactante para una primera novela. Un año después la publicamos en nuestra serie de Ficción Americana Contemporánea y también se volvió un bestseller. Mientras tanto, Bret estaba siendo agrupado por la prensa literaria con JayMcInerney y Tama Janowitzcomo uno más dentro del Brat Pack literario que encontró su tema en los jóvenes y en los desperdicios de las rondas drogadictas de la vida nocturna de ambas costas. Lo que no estaba enteramente mal, pero dejaba de lado las reales diferencias entre esos tres escritores instalando entre ellos una reacción violenta y desagradable.

En 1986, ni bien publicamos la edición de Menos que cero, el manuscrito de la primera novela de David Foster Wallace, La escoba del sistema, apareció en mi escritorio. (Eso es lo que los manuscritos hacen, aparecer en los escritorios, no en las casillas de correos). Y también la amé. Simplemente la amé. Pero por muy diferentes razones, por supuesto. Acá, en lo alto de una corriente de minimalismo norteamericano, y en un contraste distinto al de las novelas sórdidas de Ellis y McInerney y Janowitz, era grande, inteligentemente retomaba las novelas imperiales de los grandes blancos posmodernos, Barth y Coover y Gaddis y DeLillo y especialmente Pynchon, todos escritores con los que me formé como lector. Bueno, ¿qué tenemos acá?, pensé. Entonces registré el libro, hice lo más que pude para editarlo, (podés leer sobre la inutilidad de la empresa en la biografía de Max), y la publicamos como un original de la serie Ficción Contemporánea Norteamericana. Las reseñas fueron más de lo que se podría haber esperado por una primera novela, y muchas de ellas, trazaban una profunda diferencia entre la hiperinteligencia de Wallace y el acercamiento maximalista de la obra de los Brat Packers quienes ya estaban recibiendo un azote crítico. Siendo Bret Ellis uno de esos autores que está pendiente de todo, esas comparaciones ingratas no hubieran escapado su atención. El anschluss llegó con la publicación de su subestimada segunda novela, Las leyes de la atracción, que también reimprimiríamos en Penguin a pesar de una cascada de desaprobaciones.

A finales de 1988 me mudé de Penguin a W W Norton, llevando conmigo el segundo libro de David, la colección de relatos La niña del pelo raro, que Penguin se negó a publicar por razones legales. (Larga historia.) El título de la obra, sobre un grupo de punks de Los Ángeles que descontrolan un concierto de Keith Jarret, me hizo pensar en una obvia y exacta parodia al tono desafectado de Bret Ellis y a su temática y se lo dije. David, siempre tramposo sobre sus influencias (apenas admitía haber leído Pynchon), negaba haber leído alguna vez algo de la obra de Bret, una mentira obvia que dejé pasar. Aunque estoy seguro que a Bret le molestó la noticia cuando se publicó el libro.

Era eso: dos jóvenes escritores de moda (perdón) de casi la misma edad, enormemente diferentes en temperamento y estilo, habitando el mismo multitudinario círculo literario y acompañandosu arrojo mutuo. Sé que David envidiaba la destreza con la que Bret Ellis y su grupo de colegas llevaban los desafíos de su carrera literaria y se castigaba a sí mismo por esa envidia. Ambos pelearon fuerte y exitosamente en sus batallas en contra del alcoholismo y el abuso de sustancias.  (Los vi a los dos en distintas circunstancias tomar muchos tragos en un tiempo asombrosamente corto, oh, oh). Los dos surgieron al publicar novelas que agitaron el avispero cultural. Psicópata Americano, una puesta macabra que amplificó cada cliché de la escoria de la cultura yuppie al grado del gran guiñol, creando una tormenta de fuego cuando la “mentalidad literal” (de los que hay muchos) se equivocaron al recibir la broma. La broma infinita transforma los tormentos personales en un vasto diagnóstico metaficcional de nuestra adornada condición de entorno cultural, y raramente sonaron las primeras notas de una pregunta por una sincera ironía libre que se volvió una regla de estilo en la generación de David y en las que lo sucedieron.

Por el momento, el estilo de Wallace domina y eso es lo que vuelve loco a Bret Easton Ellis. El comienzo del discurso de graduación de David en el  Kenyon College, “Esto es agua” asumió el estatuto de manifiesto y de declaración última. Pero, un hijo de la posguerra con  el alma marcada como yo, no lo compra como una guía para el comportamiento correcto. Se siente incómodamente cerca a esos libros de afirmaciones, sin duda inspirados pero de empresa cuestionable cuando la materia difícil llega. Realmente creo que David fue el escritor más fino de su generación, pero su modo de vida ingenuo pareciera colapsar al primer impacto de las dificultades implacables de la vida. Era necesaria una inyección de Montaigne y Marco Aurelio.

Encuentro a Bret Ellis pícaro, cínico, frágil, salvajemente desilusionado con una mirada curiosamente refrescante del mundo. Es el Loki o el Trickster del mundo literario (o quizás el Lou Reed), clavando palos afilados en nuestros ojos y desafiándonos si pudiéramos entenderlo. Hacele frente a eso. En una cultura que tiene la frase “¡Buen trabajo!” en rotación permanente, él parece decir, una y otra vez: “¿Me estás jodiendo?”. Es incorregible, no es un buen tipo, a él no le importa ser una mejor persona, de ninguna manera está buscando tu aprobación. Bien por él. Algún universitario valiente debería pedirle un discurso de graduación.

De todos modos, me considero ridículamente afortunado de haber estado en los comienzos de estas dos pujantes carreras literarias. Dos historias extrañamente gemelas que aparentemente tienen todavía algunas vueltas pendientes entre sí.




Traducción: Marco Castagna y Javier Fernández Paupy