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14.5.26

Dujorvnic pintor, por Gastón Moyano

 

 

Juan Dujorvnic ha muerto en Malargüe. Los suplementos culturales de los diarios, las revistas de arte de la Subsecretaría de Cultura de la provincia, apenas lo nombran con indiferencia necrológica. Una publicación, menos lacónica, de un grupo de ex estudiantes de Artes Visuales de la UNC, reivindica su docencia, su obra y su personalidad de artista.

Ese grupo de estudiantes de Dujorvnic, antes de su muerte compilaron sus clases, hacen lo que hicieron los estudiantes del lingüista Fernand de Saussure, un homenaje parecido, así se publicó después la Curso de Lingüística General.  

“El profesor Juan fue difusor de los pintores de New York, de 1910 a 1920, para D. la palabra vanguardia nunca estuvo mejor encarnada que en Picabia, Duchamp, Gabrielle Buffet-Picabia, Arthur Cravan, Elsa Von Freytag-Loringhoren, George Bellows y el Formalismo Ruso, pero eso es tema aparte, porque trabaja con el lenguaje escrito”, esos eran los contenidos del Programa anual de sus clases, una rareza para los monótonos planes de estudio de la academia de arte en el interior de la provincia. Enseñaba Dibujo, Inglés e Historia del Arte, evocaciones que no alegrarían al difunto. Esta es una pequeña guía visual de las clases de Dujorvnic, se describe su pensamiento y su obra: “el arte rupturista que divulgó en una provincia tan poco rupturista, los artistas locales casi no le interesaron, ni los motivos del terruño mendocino, tan celebrado por los pintores del Gran Premio Vendimia de Artes Visuales”.

Tenía un diseño de museo íntimo, con los pintores que le gustaban, las clases eran un catálogo caprichoso que guardaba cierto orden íntimo, el ambiente, las obras. Hay una extrema dificultad en caracterizar sus clases, tenían un sentido pedagógico diferente del que suelen tener. Iban a contra mano de la tradición provincial. Sus Programas son una masa de textos diversos desde el aforismo, al dibujo, el apunte psicológico, la observación antropológica, el ensayo político, el dato autobiográfico, la crítica de arte, la crítica literaria, la cita, la nota al pie de página, el poema en prosa, el estudio de lo estético, la filosofía, la historia del atletismo, los colores que usaban los pintores que enseñaba. Le importaba menos la enseñanza del arte que la función social del arte, la educación de los jóvenes en el arte, la actividad física, practicó y enseñó boxeo, era fundamental, este nunca se creyó genial, daba en sus clases esos artistas porque percibía con lucidez la condición experimental de sus obras, admirables, y en algunos estaban las virtudes de la pasión, “lo que se hace con la mano y también lo que se reutiliza, lo obtenido ya hecho, es una negación de definición de arte, sabemos lo que hace el arte, pero no sabemos lo que es”, por eso creía que era mejor para sus estudiantes, mostrarles las vidas y las obras, sin intención de definir nada, ya que lo estético siempre debía tener un elemento de asombro, nadie se asombra de memoria.

Dujorvnic no elaboró una obra extensa, magna, para los museos ni para los turistas, fue más un agitador, un militante social del arte, sus clases tenían un lema que era un verso de Jules Laforge: “tú proporcionas la materia bruta, yo me encargo del alma del arte”, así presentaba su personal Programa de estudio y Bibliografía para Historia del Arte de la primera mitad del siglo XX. Decía: El arte del siglo XX tiene su centralidad en la New York de la Primera Guerra Mundial, la ciudad era en sí misma una obra de arte, una obra de arte total. Su crecimiento fue armonioso en ese período, como la propagación de las ondas en la superficie del agua cuando se lanza una piedra, es una buena idea demoler los edificios viejos, los viejos recuerdos, con los exiliados, expatriados, desertores, “nos hablaba de artistas que casi nadie había conocido”, mostraba a los artistas en una galería de notas biográficas, desordenadas, con bastante genialidad, por ejemplo, contaba durante toda una clase sobre la baronesa Elsa Freytag-Loringhoren, personalidad extravagante y extremista aventurera, de 40 años, llegó a New York en 1913, la Baronesa vagaba ataviada con un uniforme de soldado de la Guerra Franco-Prusiana, en el contexto previo a la Primera Guerra Mundial , resulta una obra viviente y ambulante, con los labios negros, el pelo rapado y violeta, verduras a modo de sombrero, estampillas pegadas en la cara, una jaula colgada al cuello, soldaditos de plomo enganchados a la camisa, sus insólitos atuendos fabricados a partir de objetos desechados, sus provocaciones extremas (arrestada por hacer un striptease en la Bolsa de Valores), la brillante reivindicación de la bisexualidad, hacían de ella algo más que una atracción pintoresca, activismo de la vida cotidiana, escribía poemas, se ganaba la vida posando para estudiantes de pintura, vivía en un departamento lleno de gatos y perros, Duchamp le decía que no era Futurista, que era el futuro, tenía una maravillosa inteligencia, transmitía algo brillante, lo suficientemente interesante sin tener necesidad de recurrir e insistir contra el elemento masculino, amiga y conviviente de Duchamp.

Dujorvnic decía admirar “el arte de vivir duchampiano”, de Picabia resaltaba el machismo de alguna de sus frases, “del cuerpo de una mujer, lo que me gusta son las piernas, una con tobillos de caballo de carrera”, así se desarrollaban sus clases, orales, de lecturas en voz alta, la oralidad ante todo, al inicio de cada clase tomaba lección oral al azar, inducía a sus estudiantes a pensar en las obras y en las vidas de los artistas, siempre criticó la noción de gusto, no les enseñaría qué era lo bello y lo feo en la Historia del Arte, decía que “Apollinaire, Max Jacob, Gertrude Steine, esa vanguardia europea, tenían gustos”, tampoco le gustaba la obra de Picasso. Describía a este tipo de artistas con cierto desprecio por su acumulación, sopesaban todo, eligen en función de un equilibrio, con “buen gusto”, gente con adornos, sobre las chimeneas, objetos de arte traídos de Italia, etc., etc., etc., “los manipulaban con adoración, todos eran unos líricos”. En su Programa de contenidos, también se veía los “Ashcan School”, muy comprometidos con pintar la realidad social e industrial de EEUU, según Dujorvnic las preocupaciones de G. Bellows, Rockell Kent, W. Arensberg, eran revolucionarias más en el plano ideológico que en el formal.

De ahí pasaba a Cravan y Duchamp, “tan distintos, cada uno con particular su ejecución en el arte”, eran los verdaderos revolucionarios, y aplicaba una teoría de Ezra Pound, “solo la aristocracia y el lumpenproletariado son los únicos que pueden hacer arte, porque tienen tiempo”: Duchamp el aristócrata desclasado y Cravan el lumpen, en New York. De Cravan leía para la clase el “Silbido, y después nos lo presentaba: Fabián Lloyd, boxeador, escritor ocasional, sobrino de Oscar Wilde, poeta, campeón de Francia de boxeo, semi pesado, secretario personal de André Gide. La obra de Cravan, comentaba, fue la revista, su “Maintemant”, la vendía en un carro de frutas y verduras. “Por medio de esa revista se vincula con Picabia en España, cuando Cravan organizaba su pelea de pesos pesados, enfrentaría a Jack Johnson, campeón estadounidense de peso pesado”. La pelea se hace en la Plaza de Toros Monumental, en Barcelona, 1916. Cravan era un boxeador gigante, pesaba 105 kilos, tenía una técnica elegante, golpes para ganar por puntos, hacer el show, no el nocaut, un proto estilo soviético, juego de piernas, mucha cintura, el balanceo permanente, el mundo de la alta cultura no podían creer que ese joven rubio, alto, imberbe, vestido con camisa de franela bien escotada, cinturón rojo, pantalón negro y livianos escarpines, elogiara a los atletas por encima de los artistas, leía sus textos de pie, balanceándose. Y Cravan es también un Dadá, con el dinero de la pelea viaja a New York con Picabia. La llegada de Cravan es anunciada como un espectáculo de masas, como una estrella de cine o de circo, tan misteriosa como su posterior desaparición en el Polo Norte, este Dadá se explica por Gabrielle Buffet-Picabia: “nuestra agresividad era una revuelta y qué podíamos hacer en el fondo, no podíamos gritar, jugar oficialmente la guerra, la humanidad, lo absurdo de lo que pasaba en el mundo, el horror, la violencia, y la crueldad generalizada. Pero era una manera de hacerse notar, una protesta camuflada bajo ese aspecto de locura colectiva, nuestros trabajos eran una expresión de la alegría de vivir acá.”

Con Picabia editan la versión neoyorquina de la “Maintemant”, la “391”, el 1917, lleva el espíritu de Dadá de Zurich a New York, Paris, cita a otras publicaciones, “Sic”, “Nord-Sand”. Cita a Gabrielle Buffet-Picabia para describir un poco el ambiente: “se destaca el espíritu subversivo de las revistas de Cravan, si se pudiera hacer un resumen de esta actividad destructora y vehemente habría que decir, esta marca una culminación de la revolución profunda que se venía incubando en los espíritus desde principios de siglo, producto de las condiciones trágicas de la época, aunque bajo una apariencia de incoherencia y extravagancia”.

Con estos ejemplos Dujorvnic quería decir que el arte es colectivo, que es mejor ser muchos diciendo algo, que lo peor es la fragmentación, el yo dictatorial, lo que yo hago solo no es arte, nadie lo lee, nadie lo mira, la crítica de la exposición de los Independientes, publicada en el Número 4 de “391”, subsiste como modelo de impertinencia y parodia. Dujorvnic introduce una crítica de Marcel Duchamp, ataca al machismo implícito de Cravan y su ataque ad homissem contra Sonia Delaunay y Marie Laurencin, reivindica del panfleto cravaniano, que prefigura a Dadá, en su intento de transgredir las fronteras del arte y la vida, en su “arte con A mayúscula, es una flor que solo se abre en medio de las contingencias, y no hay dudas de que un sorete es tan necesario para la formación de una obra de arte como el pestillo de una puerta, o para golpear su imaginación de forma penetrante, no sea necesario también que la rosa debilitada en forma deliciosa expire en adorable perfume sus lánguidos pétalos rosados sobre el mármol de Paros, virginalmente empalidecido de su delicadamente tierna y artística chimenea”. Un arte que admite sin rencor el carácter insuperable de su indigencia y es demasiado orgulloso como para representar la farsa de dar y recibir.

En el Programa del Profesor Dujorvnic, también estaba G. Bellows, formado artísticamente por Robert Henri, “la intensidad cromática para sus pinturas de boxeo, salvaba con éxito el abismo entre lo conservador y lo radical en el arte”, en su pintura “Stag at Sharkey” o “Both members of this club”, utiliza una paleta intensa para los combates: negros y marrones profundos, crea una atmósfera casi teatral, rojos y carmesí para la sangre, la carne y la energía física de los boxeadores, ocres, amarillos terrosos, tonos piel, verdes, azules fríos, blancos sucios, grises claros, tenía un realismo fotográfico en sus composiciones en tela, la sensación del momento.

La obra de Dujorvnic obra está en los murales que pinto en el Polideportivo donde enseñaba boxeo: gigantes, boxeadores en combate, muy raros, donde la carne de los boxeadores parece gritar, animalizarse, luz, público, ring, cuerpos, murales de retratos de poetas en el barrio de los monoblocs: Vallejo, Storni, Pablo de Rokha, Huidobro, Cardenal y Mariátegui, pintaba subido a enormes andamios, al sol, sin remera, con el pelo muy blanco, un cuerpo de fibra y fuerza, un retrato de Nicolino Locce, en la Municipalidad una “Conquista del desierto”, cientos de dibujos, aguafuertes de Cristo Pankratór, por el Cristianismo Ortodoxo del que culturalmente provenía.

Nació en Eslovenia, en 1925, su infancia transcurrió en la anexión del país a la URSS, en la Segunda Guerra Mundial se hace desertor, huye, lo atrapan en Italia, se vuelve a escapar, llega a la Argentina, en Buenos Aires conoce a su esposa en un hotel donde los dos trabajan, ella le enseña el español, es la tía de mi amigo Mauricio, ella es de Malargüe, así llega Juan Dujorvnic al sur de Mendoza.

Fue dejando vestigios pictóricos, había reproducciones que colgaban del techo, Bellows, Jacques Villon, Francias Picabia, el Vorticismo inglés de T. E. Hume en un retrato del poeta Ezra Pound, de Emma Goldman, dibujos meticulosos cubiertos de símbolos y referencias, extensiones de campos, observados por un ave negra, eran estudios destinados a una composición, dejaba que se acumulara polvo, pensaba pegar polvo con barniz y producir, según sus propios términos: una forma de color. El conjunto de estos dibujos son una obra inconclusa, Dujorvnic murió antes de terminarla, se basa en un sueño recurrente que tenía cuando era niño, en algún lugar de Eslovenia, en un campo de reubicación forzada de los soviéticos, una política territorial recurrente, trasladaban a poblaciones enteras, territorios alejados del lugar de origen, su madre trabajaba en un campo de cultivos de amapola, la semilla la usaban para hacer aceite especial, para maquinaria pesada, y la cáscara para los laboratorios, que producían anestesia, su mamá no tenía donde dejarlo, le daba una mamadera con la cáscara de los capullos de amapola, lo dejaba durmiendo en un surco, mientras ella trabajaba, el soñaba con paisajes que deben haber existido en su hogar, antes de la reubicación forzada. Nunca volvió a su país natal.

Intentó varios experimentos ópticos, con paneles, sistemas de rodamiento de bolas, pequeños motores, nunca los podía materializar, quedaban en bocetos. Estos experimentos ópticos los llamaba “La ingeniería barata”.

También escribió una novela sobre el sexo y la guerra, en esloveno, se publicó solo en Eslovenia. Esta nota biográfica es una reivindicación de su pedagogía y de su vida creativa. Nunca suscribió a la idea romántica del artista inspirado, tampoco al moralismo autoritario en posturas de la vanguardia de un André Bretón. Decía que todo el mundo tiene vocabulario necesario para hablar de pintura, aunque no para comprenderla, el arte puede ser un asunto personal, un buen asunto personal para el ganador, y malo para el perdedor, el cuadro lo hace el que mira, no el pintor, sino solo queda algo disecado, clasificado por los historiadores del arte, en un manual de “historia del arte”.

1.11.10

En torno a Salto de mata de Hugo Savino, por Mariano Dupont






¡no tengo ideas, yo!… ¡ninguna! ¡y considero que nada es más vulgar, más común, más repugnante que las ideas! ¡las bibliotecas están llenas de ideas! ¡y las terrazas de los cafés!… ¡todos los impotentes rebalsan de ideas!… ¡y los filósofos!… ¡su industria son las ideas!… ¡con ellas agobian a la juventud!… ¡la prostituyen!… la juventud, usted lo sabe, está siempre lista para tragarse cualquier cosa…
Céline


Salto de mata no es un libro para los oficiosos de la cultura. Para los lectores con manual, los amantes del casillero, de las jerarquías, de las ideas. Para la sordera organizada, militante. La sordera que lee desde el pasado. Que sabe cómo deben ser los libros, cómo tienen que escribirse. Bien/mal, así no/así sí. La sordera que rechaza el gusto, lo libertario del gusto. Salto de mata es una pared que la sordera no puede atravesar. Se queda del otro lado. Y putea, se enoja, descalifica, interpreta. Desespera. Y para salir de la desesperación, teje impugnaciones, murmura. Invoca la santa protección del coronel Adorno, el presidente del Tribunal de la Estética. O de quien sea. Espíritus blindados del aparataje teórico. La Panzerdivision del tedio policíaco. Muertos que pensaron la literatura (o el arte) hace miles de años. El pasado. Y no hay manera: Salto de mata sigue allá adelante, inalcanzable, se va. Los sordos no pueden con Salto de mata, no lo pueden leer. Piden coherencia, respeto, sobre todo respeto; piden argumentaciones bien fundadas, como en los libros de verdad que a ellos les gustan. Fruncen el ceño, serios, preocupados… ¡pensantes! Porque la sordera piensa. ¡Y cómo! No para de pensar. Todo el día pensando, pensando. Y luego reconviene desde la cárcel del pensamiento, de la estética (un cuartito miserable, apestoso, ya lo conocemos). Son los estúpidos que sólo ven lo bello en las cosas bellas, como dijo Arthur Cravan. ¡Los conceptos! ¡La sacrosanta ideología! ¡Filósofos del arte! El pasado, sí. Lo podrido al cubo. Y claro, no alcanza, por supuesto. Qué va a alcanzar.

Para entrar en Salto de mata hay que tirar toda esa mierda a la basura. No es fácil. Primero hay que escuchar, escucharse, sobre todo escucharse. Pero nacieron con el oído tapado. Sordos de nacimiento. Por eso se dedican a la estética… ¡al rizoma!… ¡al noúmeno!… ¡al ser!… ¡al yo!… ¡al yo lírico!… ¡al himen!… ¡al desierto!… ¡a la identidad!… ¡al cine!… ¡a la novela!… ¡al argumento!… ¡a Rodolfo Walsh!… ¡a César Aira!… ¡a Kuitca!… ¡a Duchamp!… ¡a América latina!… Especulaciones. Il faut cultiver son jardin. Un quiosquito acá, otro allá, uno acullá. La cultura provee. Siempre. Para todos los gustos. Como en la heladería, hay para elegir, no hay problema. ¿Y pagan en los quiosquitos? ¡Qué van a pagar! Ni eso. ¡Para que empiece a entrar un mango hay que hacer cola durante años, romperse el culo junto a miles de piojos! Limpiar muchos baños, mucha caca de reyes pegada a los inodoros. Mucha lavandina. Meta trapo. Franela y franela. ¿Llamó usted? Dormir con el plumero debajo de la almohada, por las dudas, nunca se sabe. Abanicar, eso es clave. Zapatear un malambo. Lustrar mucha platería, también, mucho abotinado de gallego nuevo rico filisteo. Algunos mueren en la cola, otros pierden ahí los mejores años de sus vidas, chupan frío o se insolan, dependiendo de la estación, con la esperanza de llegar a tomar algún día un café con alguno de los cuatro o cinco faraones que llegaron a Barcelona. ¡Eternos segundones! ¡Eternos perdedores! ¡Sigan haciendo fila, gilastros! ¡Todo llega en la vida! ¡No pierdan las esperanzas! ¡Nunca se sabe! ¡Los milagros existen! ¡Confianza!… Avanti, sempre avanti!… La pirámide de la cultura, o sea. Más vieja que la roña. Los de abajo sostienen y sostienen, escoltan, se compran el uniforme, las botas Pampero, se arrodillan, baldean, manguerean, piden perdón por no saber escribir. Los pederastas de arriba, viejos sádicos, les corren la zanahoria… les mueven la banana, se la esconden. ¡Una y otra vez! Y los jóvenes no llegan nunca… ¡Desesperan por llegar pero no llegan! ¡Pobres infelices! O algún talentoso llega, es verdad, sí, alguno llega. Con un poco de talento, ojete y mucho cálculo, escribe la novela que justo ese día reclamaba Barcelona. Viudas, pileteros, crímenes invisibles, enigmas indisolubles, historias del pelo de concha, historias de la poronga, historias del escroto. ¡Memoria!… ¡política!… ¡exilio!… ¡militancia!… ¡compromiso!… ¡otra vez el compromiso!… ¡vuelve el compromiso!… ¡el compromiso nunca muere!… ¡siempre rinde! Estar a la izquierda, a no confundir, eh, nada de Sartre, ese pelotudo, Andrés Rivera hay uno solo, por suerte. Es decir: cotizar en bolsa con “la derecha avanza”, poniendo cara de “Mauricio Macri es un hijo de puta”. Y por supuesto: neoperonismo, neomalditismo, neovanguardismo, neoargumentismo, neopelotudismo, neopajerismo. Lo neo es un golazo, un clásico de clásicos: siempre funciona.

¿Y Savino a todo esto? Está en su casa, tomando mate. Sábado a la tarde. Lee a Marina Tsvietáieva, que de estas cosas sabía. O a Kerouac, que también sabía. O traduce a Henri Meschonnic, que pedía una historicidad radical. Lo contrario de la Historia (y sus tenazas). Escucha a Troilo, Savino. O a Albert Ayler. O a Armando Manzanero. Se dedica al gusto. Nada que ver con el arte. Garabatea en sus cuadernos: La línea del tiempo o Viento del Noroeste. Poemas, versos no oficiales. “Cositas” (Osvaldo Lamborghini). Cada tanto levanta la cabeza. O mejor: pone la oreja. Pone la oreja para escuchar en qué anda la época. Escucha para ver. Al revés de la sordera, que ve para escuchar, para ver si puede escuchar algo (pero no escucha un carajo). Escuchar para ver qué es lo que hay del otro lado del lenguaje (Beckett). Sismógrafo del poema, Savino. Registros de voz. Nada más. Una escritura del sonido. En primer lugar, la música. O el baile (Céline). Así, lo que dice Salto de mata (sobre literatura, sobre música, sobre lo que sea) es lo de menos. Los sordos eso no pueden entenderlo. Las ideas son mejores que cualquier tapón de silicona, doy fe. Salto de mata no dice, hace. Cosas al lenguaje. Ése es el trabajo de todos los libros de Savino: hacerle cosas al lenguaje. Savino sabe perfectamente que a esta altura ya se ha dicho demasiado, aflojen un poco, la puta madre, ya es hora, tenemos los huevos al plato con todo lo que se viene diciendo desde Gilgamesh. Queda sin embargo mucho por hacer (Coltrane).

La estética finge: indiferencia, aburrimiento, nonchalance. Suficiencia. Posa. Posa para que los giles crean que no acecha. Pero sí: acecha. Es incansable, voraz: quiere interpretar lo que dice Salto de mata. (El sentido no duerme.) Quiere valorar un libro que se caga en sus valores (los valores de la estética). Que sigan con lo suyo, dice Savino entre mate y mate, allá ellos, yo sigo con mis cositas: el poema, etc. La libertad. Cada vez más libertad: por ahí va Savino. Rasgando la tela (Sánchez). Pone este disco: hay mucho por hacer todavía, mucho que desmontar, el horizonte está en la muerte, allá, no antes, a ver si se entiende de una vez por todas: ¡nunca se llega! Savino habla solo, como Ayler. El que llega (el que cree que llega) cagó. Mucho por hacer, entonces. Un trabajo enorme que los indolentes estetizados no van a hacer en la puta vida. ¿Para qué? ¿Para perder lo poco que tengo? ¡Ni en pedo! Ante todo el uso de los frutos. Eso es muy importante: no dejar que los frutos se pudran. Así, con los valores se arman un tingladito, se protegen ahí, se dan calor unos a otros, como los pingüinos, se alimentan entre ellos, a cuchara, con la sopa ideológica. Se estimulan, se alientan: muy bueno tu libro, me encantó, me lo devoré, se lo regalé a mi mamá para el día de la madre. Son feligreses de la Iglesia de los valores asesinos. Se odian (incluso a ellos mismos). Se matan sin darse cuenta. Siempre por la espalda, si no, no tiene gracia. Ponen cara de felices, de lamas tibetanos, de sabios.

¿Y Savino a todo esto? Por el lado de Claudel, de Kerouac. Acompaña a Kerouac, a Claudel. Savino en Claudel: “para leerlo hay que acompañarlo hasta ahí”. Nadie acompaña. O muy pocos, seamos justos. La mayoría prefiere levantar el dedito como las abuelas del siglo veinte, censurar, cosa fácil, cualquiera censura, la especialidad de los profesores de letras, de los mancos. Acompañar en cambio es otra cosa, no es tan fácil acompañar. No es fácil seguir la veleidad del otro, sus devaneos, sus contradicciones, su gusto; no es fácil no retroceder ante el gusto del otro. Un gusto genuino es un gusto imperfecto, decía Eliot, el de La tierra baldía. El gusto de Savino es genuino, imperfecto, no hace un culto de las ficciones del canon (cualesquiera sean). Nada que ver. Por el lado de Claudel, de Kerouac, entonces. Del amor, sí, digámoslo, seamos cursis, me chupa un huevo. En las antípodas del valor. Por el lado de Murena, de Cerretani, que no están en Salto de mata pero están: son de Hugo Savino (y de sus cómplices de oído). Son de su gusto. Un gusto que no ofrece respuestas, como dice Savino de Meschonnic en el “ensayo” “Henri Meschonnic: el poema en la libreta”. Porque Salto de mata no trae conclusiones. No dice: esto es buena literatura, esto no, tengo la posta, esto está caduco, esto es actual, esto no, esto sí, mejor el argumento, mejor falta de argumento, etc. Y menos que menos busca hacer pie en los andamios de la buena factura. Vade retro. La buena factura es la peste (me lo dijo Savino). Ningún intento de incrustarse en alguna fachada al tanto por ciento. La de Savino es una voz solitaria. Punto. Ningún club. No lo acompaña el comité de ninguna revista. Lejos del género, lejos del ensayo. Lejos de la tesis, sobre todo de la tesis. A años luz de la postración de los chupamedias. Del pasmo de los alcahuetes. Del espíritu rebañego. “Devotos: abstenerse.” Cerca del poema, del poema en la libreta, como escribe Savino (como pocos; ni bien ni mal: como pocos). Abierto a lo que no conoce, como Claudel. A la bartola, rápido, a saltos de sintaxis. Toco y me voy. ¿Adónde? ¡Qué sé yo! Una esgrima de cervato chiflado. Y así se mete en zonas complicadas. Se manda. Saca a relucir frases hinchapelotas para hacer saltar a los jodidos por la estética (magister dixit).

La estética carece de humor, se sabe. Se toma todo en serio, es obediente, limpia, disciplinada, olfa, lee al pie de la letra lo que dice Salto de mata. Su pasión es educar. De vuelta: bien/mal, así no/así sí, aprobado/desaprobado. La estética quiere ideas… ¡ideas!… ¡ideas!… ¡ideas!… ¡más ideas!… Una muestra de que vamos bien. No puede escuchar que en lenguaje Savino las ideas no existen. No hay ideas en Savino. Quien busque ideas en Salto de mata caerá en un pozo ciego. Ahí, en la oscuridad, con el agua al cuello, lo que encontrará, sí, es mucha culpa. Mirará a los costados, se volverá paranoico. Se molestará, sobre todo se molestará. Querrá encerrar a Savino en una bolsa de arpillera, amordazarlo, pegarle algunos puntinazos (pero sin lastimarlo, ojo). Darle un escarmiento, una lección. La comisión directiva de Unione e Benevolenza propone el aceite de ricino, una purga, como en la época del Duce. A ver si se calla de una vez por todas. Le habían pedido distancia crítica. ¡Pero el díscolo no hace caso! ¡Rebelde! ¡El educando no se deja educar! ¡Se niega! Los “cosos de dar lecciones” no saben qué hacer con Savino. Entre molleja y molleja, lo desguazan, a libro abierto. El alumno es porfiado, no quiere crecer, ¡no aporta! ¡Adhiere al desacato! ¿Quién se cree? ¿De qué la va? Se empecina en ir por donde no hay que ir. ¡Escribe lo que no hay que escribir! Como el irreivindicable Murena. ¿A qué? ¿Por qué? ¿Es que a Savino le gusta flagelarse?, ¿es masoquista, Savino? ¿No se da cuenta de que así se hunde? ¿Qué busca, inmolarse? ¡Hombre grande! Lacan. Porque Freud no alcanza. Así que llega Lacan. Toda una garantía. El mejor comodín: sirve para todo, Lacan. ¡Aún hoy! ¡Lacan o muerte! Sacan de la billetera la estampita del santo del moñito, le rezan, lo vuelven a leer por milésima vez, le ponen velas, inciensos. ¡Adorno y Lacan! Bouvard y Pécuchet. El santuario ortopédico. La máquina de hacer chorizos. Que no para de hacer ruido, de joder. ¡Noche y día! Toda una generación. “La cofradía de los mediocres que se reúnen (en cada época) para demostrarse a sí mismos que tienen talento y excluir al hombre libre” (Dominique de Roux). Siguen los nietos, ahora, se multiplican como hormigas culonas, ya se subieron a la tarima para reemplazar a la parálisis gagá.

La decisión es unánime: hay que operar. El dictum de la época, que es igual a las pasadas, no nos engañemos. Así que a no quejarse, no caer en la tentación. La lagrimita es lo peor. ¡El mercado! ¡Todo es culpa del mercado! ¡El mercado! ¡Nadie lee! ¡Ay, ay, ay! ¡Culpa del mercado! ¡El mercado! ¡La industria cultural! ¡Maldito mercado! ¡70 ejemplares en 3 años! ¿Hay derecho? ¿Eh? La comedia es implacable, impecable. La vida es una fiesta, sorditos. ¡No olvidar! ¡Jamás! ¡Es la única memoria que importa! Por más operaciones que quieran arruinarla. El verdadero espíritu no se deja atrapar. Está y no está. Hace un paso al costado: pasen, pasen. Pero hablaba de operar. Hay que operar, decía. Eterna Cadencia… Malba… Ostende… Frankfurt… ¡Hasta llegar a Barcelona! ¡A Barcelooooona! ¡Al paraíso! ¡Al éxtasis! ¡A Dios! ¡Ahhhh! ¡Al fin!… Así que ahí están en Barcelona, llegaron, algunos llegaron. Arroban a los gallegos, que creen estar frente a los Raymond Roussel del nuevo milenio. Son clones de Ronald McDonald, pero no lo saben. Dicen cosas como: “Joyce dejó de interesarme” o “La literatura debería ser un contragolpe como los de André Agassi”. ¿Y Savino a todo esto? Pone la oreja, ya lo dije. Está en el lugar preciso en el momento preciso. Está ahí. Dio un paso al costado. No está operando. Savino no opera. ¿Y entonces? ¡Entonces a operarlo! Operación Savino. El diagnóstico ya está: ilegible (no se puede soportar). ¿Matarlo? No, no, por favor, eso es demasiado. Pero sí podríamos extirparle el rencor, el resentimiento, el tono de compadrito, ¿qué les parece? Adecentarlo, embellecerlo, acicalarlo, manicurarlo. ¡Vaciarlo! Eso: vaciarlo. Se proponen vaciar a Savino, quieren un poco de paz, continuar el sueño eterno. Le dan turno. En vano. Porque Savino no va a ir, me lo dijo el otro día, no piensa ir, que se vayan a cagar. Está ocupado con el poema, con sus cositas. Escribe para un lector que no existe.