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11.5.17

Galería Oxxo, por Sisko



El bus se va. Son las tres de la mañana. Estoy al costado de la ruta en las afueras de una ciudad que desconozco. Solo el cartel luminoso de un Oxxo rompe la monótona oscuridad.

Camino hasta la tienda y entro, lo mejor va a ser esperar al día acá. Saco un café de la máquina -el más barato- y me siento a beberlo en el único lugar del mini mercado destinado a tal efecto: una pequeña barra de granito con dos taburetes atornillados, ubicada en un rincón del negocio. Frente a mí está  está parte del estacionamiento, que solo logro ver con dificultad, pues el contraste lumínico convierte al vidrio en una suerte de espejo.

Lo que sí puedo ver con más claridad –y sin necesidad de darme vuelta- es el interior del local: tiene unos 50m2 y está iluminado por potentes luces blancas. Exceptuando a esta pequeña barra y a una puerta trasera con letrero de “solo personal autorizado” todas las paredes están cubiertas de estantes rebosantes de comida chatarra o de heladeras con bebidas industriales. En el espacio del medio está el mostrador y a su alrededor se aprietan varias góndolas con más comida envasada, algunas revistas pelotudas, chanclas de colores, gafas, productos de librería y más cosas por el estilo. Cerca, justo detrás de mí, está la máquina automática de café.

La verdad es que quisiera esperar al día leyendo pero al único libro que tenía (lo había robado ayer mismo) me lo olvidé en el micro. También podría intentar entretenerme un rato con el celular pero no tengo batería y cargarlo cuesta diez pesos que no estoy dispuesto a gastar. Asique no me queda otra, tengo que escribir para matar el tiempo. Saco el cuaderno y pienso en que puedo escribir (en una de esas escribo ese cuento genial que siempre sueño escribir pero que nunca escribo. En parte, porque suelo rendirme de antemano, como seguramente voy a hacer ahora) pero no se me ocurre nada. Apelo entonces a la escritura (semi)automática. Cómo en un juego describo todo lo que veo en mi vidrio-espejo.

Veo a dos jóvenes mexicanos bien afeitados y peinados, algo regordetes. Trabajan silenciosa pero constantemente apilando productos en las góndolas e ingresando los códigos de barra en la computadora. Los dos usan remera roja con cuello y puños amarillos y pantalón negro. No hablan entre sí.

Ahora entra un cowboy, sí, un cowboy. Lleva camisa a cuadros blanca, azul y verde, entallada. Pantalones de jean más entallados aún y sobrero y botas blancos haciendo juego. También es moreno pero delgado. Usa un bigote prolijo. Compra un six pack y un paquete de palomitas para el microondas, paga en efectivo. Cuando sale pego mi nariz al vidrio y lo veo subir a su monstruosa Ford Ranger.

En ese momento me distrae la entrada de otro hombre que por un momento parece atravesar a la camioneta del vaquero como un fantasma. Es bajo y panzón, tiene un andar cansino. No vi en qué vehículo llegó, si es que llegó en alguno. Va directo a la heladera de las Coca-Colas, toma una lata y luego un enorme paquete de totopos. También paga en efectivo y sale.

Mientras, del otro lado del vidrio, mezclándose con los snacks y gaseosas que están a mi espalda, veo llegar a un gran camión con el nombre de la tienda escrito a los costados. Bajan de él cuatro hombres, todos visten un uniforme muy similar al de los muchachos que se mueven detrás de mí. También son morenos, regordetes y están perfectamente afeitados. Al principio pienso que van a comenzar a bajar mercadería pero no. Entran, saludan de lejos a los jóvenes que no cesan en su repetitiva labor y van directo a la máquina de café. Comienzan a beber cafés y capuchinos mientras comen tortas de jamón o panquecitos Bimbo. También hojean revistas deportivas o del corazón. Cada tanto cruzan algún comentario. Son tan parecidos entre sí y en su forma de moverse que parecen ser todos un mismo ser, una suerte de organismo policefáleo engullidor. Se quedan solo por unos minutos, pero es suficiente como para terminar sus tortas y agarrar unas latas de Red Bull y papas fritas con chile para el viaje. ¿Ellos también pagan? Sí, claro, Mr. Oxxo factura las veinticuatro horas y sin excepción.

En la puerta se cruzan con un chavo que parece impaciente por entrar –por salir de la oscuridad-. Es algo obeso, de andar pesado, su expresión parece denotar concentración o, quizás, alguna preocupación. Usa unos pantalones de jean anchos y una playera de los Houston texans. También  lleva puesta una gorra con la visera hacía atrás cuya parte de adelante puedo ver cuando pasa justo por detrás de mí. La gorra dice: Dump Trump y tiene el dibujo de un pedazo de mierda con una extravagante peluca rubia. Compra una botella grande de Coca-Cola light, chocolates Herksey y unos M&M, paga en efectivo. Cando sale me parece percibir un leve gesto de satisfacción en su rostro pero las luces de un auto que llega me borran de golpe al muchacho y solo me dejan ver el exterior.

Se trata de un robusto Dodge Challenger negro, de aspecto fantasmal y con paragolpes reforzados y sirena. Cuando se  apagan las luces del auto baja un “poli”, entra en la tienda. No me mira ni saluda a nadie, solo muestra de lejos dos vasos de café vacíos al chico de la caja. Quiere indicarle que va a tomar dos cafés de la máquina. Creo que opta por dos capuchinos de canela extra grandes. También toma dos sorbetes –aquí les dicen popotes- y varios sobres de azúcar. Se va sin saludar y –vaya excepción- sin pagar.

Aunque con algunos matices esta escena básica se repite una y otra vez, la gente sigue entrando y entrando, comprando y comprando. Pocas veces la tienda está vacía y por momentos –pese a la hora- se forma una pequeña fila frente a la caja. En general se trata de hombres solos que no se relacionan con los otros clientes ni exteriorizan otra ambición que la de comprar. Casi siempre son obesos y están prolijamente afeitados. A muchos los imagino volviendo a sus casas apurados por sentarse otra vez en el sofá,  frente a la computadora o la tele, para seguir viendo Netflix o Youporn, comiendo los pedazos de satisfacción embazada y fugaz que compraron.  Y quizás me quedo corto, quizás solo van a conducir hasta el próximo Oxxo y repetir otra vez, en otros vidrios, la misma rutina estéril, sin fin. Me cuesta entenderlos ¿Son así todas sus noches? ¿Acaso no tienen otra cosa que hacer?

Mientras anoto y reflexiono sobre estas cosas llega el día. La claridad crece afuera y mi espejo pierde su magia. Ahora no es más que un vidrio sucio a través del cual puedo ver la ruta desolada y el margen de la ciudad. Giro para poder ver el interior del local directamente y entonces noto, por primera vez, una pequeña cámara colgada del techo que apunta hacia mí. La posibilidad de que alguna persona pueda haberme observado sin que yo lo supiese  me turba e inhibe. Imagino un hipotético espectador pensando: Aunque con algunos matices esta escena básica se repite una y otra vez. Hombres solitarios y aburridos se pasan la noche escribiendo en sus cuadernos ¿Acaso no tienen otra cosa que hacer?



8.6.11

El verdugo, por Sisko






Se apiadan de las víctimas, las víctimas.



El 11 de diciembre era para la mayoría de nosotros simplemente un día más, o mejor dicho, un día menos. Para Jonathan Torres, en cambio, era una fecha especial. Maipú, como lo llamaban todos, había entrado unos ocho meses antes de que yo engomase. Según dicen, ese día vestía un conjunto deportivo de Chacarita Juniors y unas Nike negras con finas líneas amarillas fluorescentes que en seguida despertaron la envidia de muchos de los pibes. Esa tarde, manos juntas a la espalda, habrá pasado al pabellón de ingresos a la vista de la guardia y de todos los muchachos que en el patio jugaban al fútbol, a la payana o al jodete. Habrá escuchado los tradicionales insultos, las tradicionales amenazas, le habrán hecho las mismas preguntas que nos hicieron a todos cuando llegamos y quizás, habrá sentido por primera vez la angustia que se siente ante la certeza de haber sido engomado. Uno o dos días después lo habrán pasado al “Tres” que en ese momento lo llevaba Dani Rivera, conocido por su estilo rápido y directo.

El pelo negro con flequillo largo peinado cuidadosamente a la derecha, la nariz delicada con el tabique curvo y la punta ligeramente levantada, y esos enormes ojos negros que devolvían una mirada profunda, casi tierna, a lo Bambi, no daban a Maipú una imagen muy temible y de hecho, habrá hecho pensar a muchos que pronto sería pollo, pero no fue así. La fama de Maipú empezó a construirse ese mismo día cuando El Enano en el comedor del pabellón le exigió que le cambiara unas All Star rotosas de esas que te dan en el Rocca por sus relucientes y envidiadas Nike negras y amarillas. Hay que reconocer que El Enano se iba de boca mucho pero sabía pelear bien, a diferencia de Maipú, que nunca se iba de boca. Un minuto después, Maipú se acomodaba el flequillo insistentemente con la mano izquierda y con mirada de tres ocho miraba a El Enano que tirado en el piso buscaba uno de sus dientes mientras soltaba chocolate por todos lados. Por el incidente Maipú quedó engomado en el pasillo “A” de castigo dos días, la idea de las autoridades seguramente era que él tuviese tiempo para reflexionar sobre lo que había hecho y debe haber sido así. Apenas unos días después de volver al “Tres”, cuando estaban todos en el patio tratando de calentarse bajo el sol invernal, El Rubio lo empezó a gilear poniendo en duda que fuese realmente chorro. Seguramente muchos lo dudaban porque todos sabían que había entrado por homicidio, pero los guardias habían dicho que había matado al pibe en una pelea a la salida de un boliche y Maipú decía que había sido en un laburo. Al final parece que El Rubio le dijo que él no era un chorro que era un roba viejas y Maipú lo arrancó a las piñas. Dicen que no le duró ni un round y que Maipú paso cuatro días sancionado en el “A” de donde salió con amenaza del director de ser subido al Belgrano si la seguía bardeando.

Después de eso Dani no dudó en atraerlo para su lado y aunque Maipú nunca cuestionó su autoridad tampoco nunca hizo de perro o lavó la ropa de otro. Quizás porque intuía que Dani se iría a la calle pronto se limitó a esperar mientras ocupaba un segundo lugar. Un tiempo después Dani efectivamente salió y todos aceptaron la sucesión de Maipú como algo casi natural.

Era esperable que las cosas no cambiasen mucho en el “Tres” y esencialmente no cambiaron. Lo único que el estilo de Maipú era diferente. El tiempo en el “A” seguramente le había servido para reflexionar. Ya no volvió a exponerse como antes. Pronto se hizo de una tropa de guardianes a los que sometía a través del temor y domesticaba con regalos estúpidos como cigarrillos o porros que en realidad les sacaba a otros pibes que no sabían pelear por sus cosas y preferían contribuir pacíficamente.

Una vuelta, un tal Villalba o Villagra, según quien cuente la historia, que era de Soldati y que entraba al Rocca por primera vez pero que había estado en varios institutos otras veces, discutió con Maipú después de la cena. Dicen que Maipú le había pedido que limpiase el comedor cuando termine de comer y que el pibe se había negado, e incluso, que lo había insultado. Maipú no quiso seguir con la discusión, le retrucó y se fue a su rancho muy sonriente mientras el otro le gritaba de todo. A la mañana siguiente, mientras ese Villalba o Villagra se bañaba, El Enano y Roco se le metieron en la ducha armados cada uno con una escoba. La guardia prefirió no ver, o mejor dicho, no oír nada. Los perros se fueron sancionados varios días pero no la patearon y Maipú salió ileso. Al otro pibe, en cambio, lo tuvieron en la enfermería una semana y cuando salió, con el tabique partido, los dos ojos morados y un par de costillas fisuradas, lo trasladaron al “Dos” donde ya nadie lo respetaba porque sabían que era puro berretín.

Cuando yo entré y pasé al “Tres” todo esto ya había pasado y yo aún no lo sabía. La primera noche Roco, sin palabra previa, me sacudió la cara y me sacó los cigarros. Pensé entonces que tenía que cuidarme de ese armatoste de nariz de boxeador que parecía el capo del pabellón, pero me equivocaba. Era del flaco con la casaca de chaca de quien me tenía que cuidar. Nadie ahí hacía nada sin su permiso.

El 11 de diciembre del 2010 no representaba para ninguno de nosotros nada especial, salvo para Maipú que cumplía 18 años y tenía que subir al Agote. En mi tiempo en el Rocca ya había escuchado muchas historias sobre Maipú y las creía todas pero también había escuchado muchas sobre el Agote y también las creía. Verdad o mentira lo cierto era que irse al Agote era para Maipú abandonar un lugar de poder donde se sentía muy cómodo, era pasar de ser el más grande a ser el más chico, de ser el más conocido a no ser nadie.

Esa mañana, la del 11, recorrí el pasillo de las celdas como tantas otras veces había recorrido e iba a recorrer, semidormido. Pensé que todos estarían tirados en la cama tratando de robarle unos minutos de sueño a la guardia pero cuando pasé por la celda de Maipú me di cuenta de que él también estaba levantado. En realidad, estaba sentado sobre el colchón, que estaba doblado en dos, y me miraba con sus grandes ojos negros llenos de lágrimas. Es raro porque en un principio dudé de que esa fuese su celda, de que fuese él el de la nariz enrojecida y los pómulos brillosos. Pero cuando salí de mi asombro y me di cuenta de que sin dudas era él me asusté. No sé bien si porque temía que la situación incómoda me ocasionase problemas o porque me sentí como desconcertado, perdido en el mundo. Lo único que sí recuerdo bien es que salí apurado para el comedor mientras dejaba caer unas disculpas. Maipú esa mañana no salió a las actividades y al mediodía, antes de que pudiera volver a verlo, lo trasladaron al Agote.

Esa noche, en la celda, no podía dejar de pensar en Yoni llorando. ¿Lloraba porque se acababan los privilegios? ¿Por qué tenía que abandonar una obra tan pacientemente construida? ¿O simplemente tenía miedo de que otros más grandes o poderosos lo lastimasen y le sacaran sus cosas como tantas veces había hecho él con los demás? No sé, puede ser cualquiera, pero yo tengo para mí que lloraba por nosotros, las víctimas.