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17.8.20

La Sensación de Pobreza, por Luciano García

  

A mi izquierda, estaba la pared

(Eróstrato)


No se puede ser “de izquierda” y elegir el mal. El que elige el mal que se la banque. Nace vive y muere solo. Sin embargo el mal es la única izquierda verdadera. ¿El pueblo es irrepresentable o impresentable? Soñábamos con un proletariado impopular, y el sueño se hizo realidad o más bien pesadilla. El pueblo siempre se equivoca. La élite también.
Al pueblo si no lo engañás te arma una revolución en menos de una semana. Si no lo engañás se ofende. El pan siempre fue y será circense. Al pueblo hay que darle siempre la razón –total están locos. (Supongo que es esa la Razón Populista.) Exportar para ser feliz. Se acabó la fiesta, y nos dimos cuenta de que era una fiesta. En este país si no sos peronista o antiperonista sólo te queda la anomia. El argentino promedio quiere reducir el universo entero a una lucha entre peronismo y antiperonismo. Me recuerda a la frase de Baudelaire a la puta: Tu mettrais l'univers entier dans ta ruelle Todos los que tenemos aspiraciones de ser artistas escritores o intelectuales, es decir a seguir trabajando de por vida de ociosos remunerados aunque más no fuere con reconocimiento y autoridad, ya que no en efectivo, tenemos siempre a mano la coartada de la “izquierda”, de posar en el fondo –“en última instancia”– de almas bellas. No nos cree nadie, salvo los colegas. Lógica de campo –se llama. ¿La izquierda es enunciación o enunciado? En este país hasta Borges se creía anarquista. Después de todo está bien: el solipsismo es el único anarquismo viable. Osvaldo Bayer se fue al Cielo. La Argentina es el único país en el que gobierna el anarquismo. Al poder se lo reparten en toma y daca entre el anarco-conservadurismo que llamamos liberal y el anarco-fascismo que llamamos populista. Entre Borges y Perón, sin ir más lejos. Son mamá y papá para nosotros. No está tan mal después de todo, hay peores familias. Peronista no sé si soy pero sí anarco-fascista, que al fin y al cabo es más o menos lo mismo. (Aunque yo soy anarco por parte de padre y fascista por parte de madre.) Si el peronismo es mujer, la izquierda es histérica. La izquierda no es boluda, como cree el peronismo. La izquierda también es chanta, como los peronistas. Sólo que no quiere mojar; pide saber. Yo soy peronista, y soy de izquierda; pero lo que nunca seré es peronista de izquierda. No hay peronismo de izquierda, ni hay izquierda nietzscheana. No sé si soy peronista de Perón ¡pero sí soy nietzscheano de Nietzsche! En este país hay mucho deleuziano de Deleuze y mucho lacaniano de Lacan, pero pocos aceptan ser platonistas de Platón –prefieren serlo de Badiou o de Marx mismo. De todos modos, nunca seré vandorista, o nunca seré badiuísta. Al Sein zum Tode argentino lo formuló Evita: “seguir a Perón hasta la Muerte”; es decir la vida por Perón. Pero el peronismo de Perón es al revés: ¡Perón por la vida! En la lengua el peronismo es un chiste; en el saber un agujero, un olvido. El peronismo no es un sistema, señora. Es un misterio. Forster y Horacio González sólo fueron figurines testimoniales, blanqueadores morales y parlamentantes retóricos; el filósofo del kirchnerismo fue Capusotto. El macrismo no es un pensamiento; el macrismo “medita”: no piensa. Simulacro de orientalismo: no piensa (deja pasar, deja hacer –como mucho). Como dijo Macri, la democracia es un abuso de la estadista. El izquierdismo es un folclore. Un folclore antipopular y de derecha. Mi ética del hambre, al contrario, es puro derroche, y de feo gusto. Diógenes no era de izquierda. Antes la izquierda combatía a la burguesía. Estaban equivocados con razón de ser. Ahora se estetizó, se volvió libresca. Chapotea en el corralito del campo literario. No combate más a la burguesía; su enemigo ahora es César Aira. En toda insurgencia, detrás de todo acontecimiento, en la Argentina, siempre hay un nene de papá alfa despuntando su nuevo falito. Ser un señorito y un Che Guevara a la vez, el ideal realizado del Alfa izquierdero nacional. ¿Con la ideología se coje? Entonces me meto el instinto en el culo. Liberal es el ojete. ¿Entre Batman y el Che Guevara con quién me quedo? Para superhéroe sin dudas con Omar Viñole. La izquierda es libertaria o no es izquierda. Hegel y Platón son de derecha les des las vueltas que les des. Y para ser de derecha hay que tener cojones y ser de derecha en serio, como “yo”, que soy nazi-fascista. Al fin y al cabo nací y tengo una facha. La izquierda es Nietzsche, no Marx. Marx es la derecha. El estalinismo es arborescente. El fascismo es rizomático. La naturaleza es un asco. Lo más parecido al menemismo que vi. Pero el Cielo es el peor lugar que existe. El Cielo en la Tierra no existe por suerte, porque sería aún peor. El resentimiento es el más grande guionista de la historia, firma con tinta limón todas las obras. La izquierda lanzó otro escupitajo en la cara de la vida: ¿la debilidad debe reinar? Denme un Cielo y un arma nuclear. Salvo los pelotudos de los intelectuales, o algún que otro, la mayoría de las personas vivimos en la clandestinidad, aunque estos giles no lo puedan creer. La izquierda vive de sacar rédito atacando el discurso exotérico de la derecha, que no es más que un discurso falso y de mierda para engatusar al populacho y la clase media, quienes sólo necesitan ese tipo de “razones”. Pero esa no es la verdad de la derecha. Aplicando el método del “y si” de Zizek: ¿Y si el fundamento del discurso de la derecha fuera “ponerse en el lugar de los que sufren”, fuera “hablar por los que sufren”? ¿Y si la izquierda no fuera más que el mutismo “de los que sufren”? La izquierda no son los que responden por los que sufren. La izquierda es el sufrimiento. Buenismo, victimismo y el correr por izquierda, tres elementos fundamentales del fascismo actual. Esta tendencia se llama con un oxímoron: totalitarismo feminista. ¿Cuál fue el día en que la izquierda sustituyó al proletariado por la histérica como sujeto universal y revolucionario? El poder es de izquierda: me pide que hable y que viva, que grite, que me queje, que goce todo lo que pueda y que agote mis fuerzas; que vaya a todas las fiestas, que tenga un millón de amigos, que coja, que apoye a todas las minorías, nos pide a todos que seamos víctimas y todos somos víctimas. Cuando oigo la palabra “izquierda” saco el revólver. (Soy zurdo.) Aborrezco a la izquierda porque la izquierda es una forma de la derecha que no se banca su realidad. Es una derecha todavía más falsa que la derecha. La guerra entre la izquierda y la derecha se dirime siempre al interior de la clase dominante. “Te conviene que yo con mi capital simbólico sea tu amo a que sea tu amo este señor con su otro capital.” Cualquier idiota o persona pobre de la clase dominada entiende perfectamente esta frase aun cuando no fue formulada así y por supuesto elige coherentemente. ¡Cuando esta situación sea superada ocurrirá la verdad de la izquierda! Cada cual defiende su interés. Muchos se equivocan en cuál es su interés. Pero de derecha somos todos. Pregúntenle a Lenin qué opinaba de “la izquierda”. La izquierda en todas sus formas ¿no será nomás la idiota útil del imperio, del capital, del judeo-protestantismo que gobierna el mundo? ¿Antimperialista no será sinónimo de narcisista? Los gritos de la izquierda son los ladridos del caniche del liberalismo. Izquierda y derecha deberían medirse por el grado de hipocresía. En eso soy jipi. Izquierda: tenderos y mercachifles que compran y venden productos y servicios culturales. Su casta dominante se encarga de fijar precios y tazas. El verdadero fascismo actual es la izquierda cultural progresista. Y esos soretes se dejan financiar igualmente por populistas y liberales. Son mercenarios. Privilegiados de este país que se creen inteligentes y son de izquierda. Ni son inteligentes, ni hay ninguna izquierda. Son privilegiados, eso apenas. Un careta contracultural enmascarado en su barba de nene de papá me llama cheto. No sé si los “estúpidos imberbes” eran o no estúpidos, pero la mayoría eran barbudos. Tener un cuerpo de derecha está bien. Mi consejo es que se afeiten se peinen y vayan al gimnasio como Aira y Platón (aunque el trolo éste sí se dejaba la barba, para disimular). Fascista es tener onda. La onda es fascista. Es más, si me apurás, me quedo con la lucha de clases. El cerebro y el músculo son los enemigos de la onda. Fuera de convertirse en nazi o convertirse en puto muchas más alternativas no quedan. Prefiero la que tiene menos prensa. Aunque sea por eso mismo. Desde que el fascismo se volvió progresista no cambié una coma. Al menos no la como. Qué diferencia entre la iluminación y la beatitud que da la verdad y el borrego y cabizbajo prestigio que otorga el éxito en la comunidad de los eunucos los nerds las histéricas verdes y los machito-alfa barbados. ¡Esto sí que es vida! Quieren escribir literatura y gobernar. Mejor ni lo uno ni lo otro. Se está bien así. Mi sueño es contar un cuentito de hadas que deje 15.000.000 de muertos. ¡Cómo gozo con mi fascio imaginario! El Matrimonio entre la Izquierda y la Derecha tuvo sólo dos hijos bobos: somos los santos y los fascistas. Pero por suerte fuimos expulsados de la familia. Tuvimos suerte porque el aborto aún no era obligatorio. El fascismo nunca fue solemne: ¡Viva el fascismo! ¿Por qué cambiar de Amo? ¿El culto moderno por la novedad lo justifica? Para tener un amo hay que tener uno que sepa mandar. He ahí el problema de la izquierda, por qué la gente no la quiere. En vez de poder, quieren el poder. Y no lo saben conseguir. Porque lo desprecian. Aman lo que desprecian. La izquierda se convirtió en un recurso de la burguesía para correr a las clases medias. Gadget de las segundas líneas de la burguesía, la burguesía pobre –esto es: la burguesía ilustrada–, floja de capital dinerario pero empachada de capital simbólico y pletórica de capital social. Izquierda: derecha diferida. Nadie se banca ser de derecha en este país y sin embargo… todos lo son. El marxista piensa con la cabeza pero no con el cerebro sino con la barba. No son neuronas lo que se mueve sino pyogenes. Ante la alternativa de tener que fusilarlo sodomizarlo o afeitarlo el marxista excluirá siempre la última. Yo soy de izquierda. Yo soy bueno. Yo soy lindo. Bueno y valiente. Yo, Platón, soy la verdad. (Un Platón que se come Freud.) Si le pidiéramos a cada argentino que hiciese un listado anónimo y exhaustivo de a quiénes habría que matar: ¿cuántos quedarían? Arroje un guarismo probable. Mejor vives mejor te quejas. El folclore sin pueblo es la pose. La pose izquierdista. Qué linda que está la Revolución-Espectáculo. (Preferiría no hacerla.) Amo a mi pueblo de energúmenos. Dios existe y es marxista (confirmado). Cuando la izquierda y el liberalismo se tiran un pedo químico y dan de baja a 100.000 bípedos desplumados, le atribuyen los lauros a un Hitler. Son doctrinas de grande modestia. Cuando matemos a todos los fascistas perpetraremos el más grande genocidio de la historia. Cuanto más emancipados, más alienados. No quieren la lucha de todos contra todos, quieren que los débiles le ganen al fuerte. Esa revolución permanente por supuesto que no es nueva, tiene localía en el planeta hace 3.800.000.000 de años. No hay burrito serrano que no esté debidamente esclarecido. El despotismo ilustrado monta en jumento. Para despotismo estábamos mejor con Dios. No quiero participar de la partusa de la izquierda. Si uno no es de derecha, debe al menos disimularlo. Se creen inteligentes y enemigos de la clase dominante. Son idiotas y de la clase dominante. Aprendan a ser idiotas, imbéciles. En la Torre de Marfil izquierdista. Críticos marxistas o matones que no matan a una mosca. Una vez más Epistemón el Marxista me invitó a su Orgía. Una vez más no asistiré. ¿La izquierda? ¿Lxs amigues de lx policíe? Pronto los marxistas se dejarán bigotito y corte a la americana, y los subcomisarios y agentes te incorporarán a la jaula de la seccional amiga luciendo frondosas barbas. Vamos bien. La revolución cultural no produce otra cosa que la que hay ahora a la vista: una cultura de izquierda bajo una economía de derecha. Hardware de derecha, software de izquierda. La hipocresía organizada, el ideal empíreo para el chapoteo de la burguesía izquierdista que vive del negocio cultural. Cuando oigo la palabra cultura saco el revólver y cuando oigo la palabra revólver saco la cultura. Perspectiva alto-fascista. Publicación semanal: El Bolche Posmoderno –sociales barbones. Pronto: Boletín Argentino La Inmundicia Cultural. La clase dominante es neomarxista y quiere anécdotas. Anécdotas certificadas por un esclarecido victimista. Los idiotas de familia me acusan de idiota; me parece que lo que me dicen es que no pertenezco a la familia. Ahora los fascistas se ofenden por cualquier cosa. Son hipersensibles. La poesía Sarah Kay de los hijos del ERP. El vernissage sustituyó a la revolución pero la barba sigue. En el campo cultural la clase dominante es marxista o por lo menos barbuda. Con dos neuronas y una barba en la cultura argentina se obtienen innumerables dividendos. ¿A qué más? No sólo la tierra, el saber y las letras tienen dueños en la Argentina. Que tengan barba, concha, o vivan en un monoambiente en Balvanera, no los exime de ser los terratenientes del capital simbólico. Ni barbudo ni nerd ni puto. Si a la nada que queda le llaman fascista llámenme como quieran. El cerebro y el músculo son los enemigos de la onda. En el campo de las letras, que es el mundo del revés, son los nerds y los maricas los que hacen bulling. La crítica barbuda del Almacenero de Libros me la anota en la libreta. ¡Se cayó de su barba! Él es ágrafo ¡su barba no! Bulto Ecuestre de David Viñas montado a su Aparato Crítico. La Inteligencia del Intelectual Argentino Radicaría en su Barba. Estetas políticos: no ven literatura sin politiquismo ni política sin esteticismo. Él era compositor de anécdotas y Licenciado en Ideología. Yo en cambio odio los libros buenos, porque siempre parecen hechos por otro. Alcohol, tabaco, cocaína, y populismo. ¡Y a vivir la vida! Historia Extraoficial de la República Separatista de Mí Mismo. Escribir en un estado de trance fascista. El ejercicio de dejar de ser un ángel debería ser impenitente, a riesgo de pasar por bestia, pero con el probable resultado interior contrario. Intelectual Orgánico Imaginario versus Budista Facho (mi organismo es una logia y todo cuerpo es contubernio). Rechazado por una runfla de barbudos balas histéricas incojibles y nerds que componen el campo cultural argentino, cuando termine de escribir retomaré el Tao. Me retiré del Seleccionado de la Facultad de Humanidades y Artes cuando al equipo le quisieron poner “Tesis 11”. Prefiero esta vida a entrar a vivir a un monasterio marxista y pensar y cojer a reglamento. Prefiero incluso no cojer y no pensar… UNR: Locademia de Policías. Lobistas somos todos, a muchos nos cuesta descifrar para quién trabajamos. La claridad también es un terrorismo. Enunciarse de izquierda es obsceno. Prueba al contrario ser de derecha. ¿Ser una pasión inútil o un útil pasional? Si no se puede disparar a la multitud, disparar, al menos, de la multitud. Frenético activista del no hacer nada. Huye, que el poder huye contigo. La mejor forma de ser de izquierda es no decirse de izquierda ni creerse de izquierda. Dijo Macedonio: los signos matan a las cosas. Para todo entrista encular es un sueño eterno. El resentimiento es una dictadura eterna, la emancipación es un entretenimiento eterno. Para los ebrios de virtud necesitamos también un control de alcoholemia. Orga La Fraternal-Terrorista. ¿Qué hubiese pasado si Hitler hubiera triunfado en la epistemología? Con mi Sistema destruiremos el Capitalismo. Y construiremos algo peor. ¿Quieren ser revolucionarios? Fracasen. Hay que partir de dos preceptos base: Dios existe y es antimarxista. Me considero anarcopapista. «El día que León Gieco conoció a Dios.» Che Guevara esquina George Soros. Con la frialdad de una iguana macrista anhelo un glacial consenso de geriátrico. A este señor le duele el miembro fantasma de Adam Smith. El dinero es algo tan poco útil que incluso le llegué a tomar un poco de cariño. Dejar al Capitalismo tal y como está. No tocar al Mundo ni con la punta de los dedos. De los que luchamos por un mundo peor no se acuerda nunca nadie. Nunca nadie mereció ser anarquista; pero tarde o temprano cualquiera merece el olvido. La dominación es un sueño eterno. Ladra un perro anónimo. Cruje una supernova. De onda, lo digo de mentirita.

14.4.20

Conversación con Manuel Alemian

(Javier Fernández Paupy)



JFP: ¿Qué recuerdos tenés de tu infancia?

MA: Tengo recuerdos nítidos, como si no hubiera pasado casi el tiempo, otros de los que apenas me acuerdo de algo (una imagen, una sensación), y recuerdos que me parece que inconscientemente reconstruyo y “edito” con ficción. Recuerdo más hechos felices que tristes. Eso seguramente se debe a que desde hace varios años trato de no recordar aquello que me entristece, entonces me voy olvidando. Y solo quedan sensaciones: el malestar general en el departamento de la calle French, por ejemplo. En cambio recuerdo innumerables anécdotas de los veranos en la quinta familiar, en las afueras del Suburbio. Las recuerdo casi como aventuras, porque casi lo fueron.

JFP: ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

MA: No me acuerdo… Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez.

JFP: ¿Por qué te gusta tanto Balzac?

MA: Porque es el escritor que muestra el mundo más contundente, y a la vez, el más dinámico y movedizo posible. Se mete dentro del ente y escribe. Me parece.

JFP: ¿Te gusta el tango?

MA: No escucho tango salvo que esté en un lugar donde se escuche tango, que no es habitual en mí. Me aburre que todos los tangos sean parecidos, exceptuando a las letras, claro. Pero a las letras no les doy mucha bolilla, no me atraen, se quedaron en el tiempo, como el fileteado porteño. Lo único que me une al tango es un sentimiento de argentinidad, sentimiento nacionalista que ideológicamente combato. Si hablamos de Astor Piazzolla, es otra cosa. Me gusta su música, pero él es un compositor de música, no de género.

JFP: ¿Por qué no te gustan las letras de las canciones del rock nacional? ¿Hay excepciones?
 

MA: Por ahí me preguntás sobre el rock nacional porque las letras son en castellano. Como las entiendo, muchas no me gustan. De las canciones en inglés u otro idioma (sé solo castellano), no me doy cuenta de las boludeces que dicen. Me gustan letras de Virus, Los Redondos,  Paula Trama, Moris, Charly y de muchos otros compositores y compositoras. De cualquier forma, soy de tararear estrofas más que de recordar o tomarme el trabajo de leer canciones de rock.

JFP: ¿Qué lugar ocupa el humor en tu escritura? ¿Es algo premeditado o surge de manera espontánea?

MA: ¡Ojalá tuviera el timming para escibir humor! Quizás vos estás pensando en esa especie de ingenuidad que se puede notar en mi escritura, que choca con algún pasaje o nudo muy racional y por eso no se sabe bien qué onda el texto. Puede ser que aparezca en algún punto el humor, pero busco en realidad novedades que surjan del choque de los opuestos, (Heráclito y Parménides nos dieron a Platón). A veces la salida inesperada de un razonamiento duro es considerada chiste. “Cuando el coche frena/nos vamos para adelante,/y eso que sabíamos”.  

JFP: ¿Cuál es tu lugar para escribir? ¿Y tu momento?

MA: Como norma: siempre y donde sea que tenga ganas. Mayoritariamente escribo en mi computadora, en mi escritorio, que está en mi habitación. Y siempre llevo conmigo una libreta y una birome.

JFP: En tu poema “Escribo para que avance el tiempo”, hiciste una larga enumeración de razones por las que escribís. ¿Por qué razones no escribirías?

MA: Cuando no tengo ganas no escribo.

JFP: Alguna vez dijiste: «Siempre voy a preferir un irregular poema indagatorio a otro “prolijo poema” redondo.» ¿Seguís pensando así? ¿Podrías desplegar un poco esa idea de lo “interrogatorio” en oposición a lo “redondo”?

MA: Siempre la ficción tiene cabos sueltos. Quien me quiera convencer de que su ficción logra un acabado total me está chamuyando. Solamente en la naturaleza todo está relacionado con todo. En la ficción nosotros tenemos que escribir las relaciones que queramos, más las que nos salen sin darnos cuenta. Y tenemos que saber que el lector hará en su lectura nuevas relaciones. Recién ahí un texto está terminado, a partir de esa red imposible de análisis.
Yo escribo impulsado por algo e impulsando algo, no me fijo tanto en el resultado.

JFP: Mientras que en libros como Fumo o La confusión, incluso en 84 horas de Nürburgring, me parece encontrar un ensueño de totalidad o de precisión, quizás, la posibilidad de contarlo todo, en tus poemas creo que hay algo que nunca está del todo dicho, algo como voluntariamente recortado o mostrado a medias, algo insinuado o apenas esbozado. Claro que libros como El ducaner ultante, Zapping o Espantajo de cañamal son libros de poemas escritos en prosa. Pero, ¿vos ves así esta diferencia que yo encuentro entre tus libros de prosa no poética, por decirlo así, y tus libros de poemas? ¿Qué diferencias encontrás, si es que ves alguna, entre tus libros de poemas y tus libros escritos en prosa?

MA: Me parece que mejor que buscar diferencias entre prosa y verso, podríamos hablar de singularidades de lo escrito. Y como cada texto que escribo intento que sea singular, me desentiendo de pensar si es novela o poema u otra cosa. Tampoco escribo siguiendo normas de versificación, de desarrollos narrativos, de nada.

JFP: ¿Qué te importa hoy cuando leés a un autor contemporáneo?

MA: Tiene que ser un descubrimiento, si no no me importa.

JFP: ¿Qué tiene que tener un libro de poemas para que te interese?

MA: Que me impacte, claro.

JFP: ¿Te releés?

MA: A veces algunas cosas releo. Trato de escribir lo que me gustaría leer. Entonces si ese intento se aproxima en algo a lo que me gustaría, es normal que quiera leerme. Otros textos los leo para seguir pensando en algo determinado.

JFP: ¿Cómo definís lo raro?

MA: Lo raro en un texto es como las ruedas en un auto, o como el despegue del cohete. Después hay que ver cómo resiste el tiempo.

JFP: ¿Qué te llevó a experimentar con la escultura?

MA: La casualidad: viví un tiempo, en 1996, en un enorme taller industrial semiabandonado. Al mismo tiempo estaba realizando experimentos con alambre y cinta scotch. Se me ocurrió una idea mecánica que concreté finalmente con hierros y máquinas del taller.

JFP: ¿Cómo fue el proceso de composición de la música de La tiranía del ritmo?

MA: Empezó hace 28 años, con Los argentinos a la caza del cerdo mayor, una banda que tuve durante más de 10 años con un amigo, Carlos Sibilla. Éramos dos guitarras y dos voces, pasadas las cuatro por un distorsionador nacional viejo y roto, y saturado. Alguien dijo que nuestra música era post-industrial. Carlos sabía tocar la guitarra, así que alguna “armonía” tirábamos, pero casi no se notaba. La única nota que sabía (y sé) tocar en la guitarra es el MI. Y voy corriendo de trastes la misma posición de los dedos. La cuestión está mayormente enfocada en la mano derecha, que rasga las cuerdas de infinitas maneras.
Vengo tocando el “MI deslizándose” desde entonces. Hace alrededor de cinco años empecé a componer canciones de esa manera, a las que llamo La tiranía del ritmo. Recientemente edité el primer EP de La tiranía, que suma sonido nasal.

JFP: ¿Cuándo dibujás?

MA: Casi nunca. Dibujo bocetos de estructuras de madera, planos rústicos y algún queotro garabato, normalmente. Pero dibujar, lo hago poco.

JFP: ¿Qué te escandaliza de la coyuntura social?

MA: No soy de escandalizarme. Estoy al tanto, pienso y me llega la realidad social, de diferentes maneras. La gente que siempre quiere tener la razón me parece insoportable. Porque además, cuando tiene poder, impone sus razones sin importarle nada. Trato de no estar con ese tipo de personas.

JFP: ¿Qué gritarías en un acantilado para que hiciera eco?

MA: Tocaría la guitarra, una criolla.

JFP: ¿Cuáles son esos discos o esos artistas que a lo largo de los años siempre volviste a escuchar?

MA: A todas y todos. Cada tanto vuelvo a escuchar un tema, un disco, algo en vivo…

JFP: ¿Tenés buena memoria? 

MA: No sé si eso se puede medir; ¿buena o mala memoria? Los vivos tienen buena o mala memoria según su conveniencia.

JFP: ¿Qué es lo que más te gusta del verano?

MA: Las vacaciones. Es cuando me puedo ir a Mina Clavero o a San Clemente o a cualquier otro lugar. A los dos primeros los repito porque son donde mejor me siento. La ciudad agobia un poco. Mi ideal sería 9 meses en la ciudad, trabajando, 2 meses en Mina Clavero caminando por las sierras y metiéndome en los ríos, y 1 mes en San Clemente fuera de temporada, en una habitación de hotel frente al mar.

JFP: ¿Qué lugar ocupa la amistad en tu vida?

MA: Muy importante.

JFP: ¿Te considerás una persona ansiosa?

MA: Sí, sin dudas. Aunque nunca tomé ansiolíticos. Pero no puedo dejar de fumar.

JFP: ¿Qué proyectos literarios tenés?

MA: Hoy ninguno.

25.11.18

Cucurto, o la barbarie fingida, por Román Bay




El oportunismo que caracteriza a Facundo Rodolfo Soto, sumado a su falta de agudeza como interlocutor, dan como resultado un libro presuntuoso y pueril, Conversaciones con Washington Cucurto (Blatt & Ríos, 2017). El entrevistado, Santiago Vega, más conocido como Washington Cucurto, no muestra más inteligencia que su entrevistador. Su grotesco machismo y el servilismo de Soto se dan cita en este libro aburrido y superficial. Al leerlo es posible comprobar que Cucurto no es tan ignorante como parece ser. Su barbarie es solo una pose de ventas. Sus inicios como repositor de supermercados, la historia de sus cinco amantes simultáneas y otras escenas de miserabilismo barrial, hacen de este libro un paseo por los lugares comunes de un teatro lacrimógeno sin épica y por las gansadas de unos de los escritores más sobrevalorados de la escena local. Ahí nos enteramos que el epígrafe con el que abre La máquina de hacer paraguayitos, no es de la autoría de Cucurto sino que es un poema del nicaragüense Martínez Rivas. ¿Es que Cucurto no cree en los derechos de autor? Hay perlas de necedad, como esta: «Haber conocido a Santiago Lach, el editor de Siesta, me cambió la vida. Santiago es uno de los grandes regalos que me dio la vida literaria». Afirmaciones inanes de este tipo abundan en el libro. Y preguntas de Soto que sobresalen por su memez, como esta: «¿Si tuvieras que elegir entre la literatura y la concha?». Aunque la respuesta de Cucurto no es menos fatua: «La concha, Facu». Es perdonable que Cucurto escriba mal y que reproduzca estereotipos de clase. Es perdonable que su poca astucia verbal lo lleve a caricaturizar sin gracia el roce social. Pero lo imperdonable es su machismo y su engreimiento. Es imperdonable que hable como si fuera un artista de calidad cuando no es más que un personaje burlón y payasesco. Él mismo se da cuenta de la poca inteligencia que hay en algunas de las preguntas de su adulador, Soto. Como cuando éste, servil, le pregunta: «¿Habría cierta disonancia entre la crítica, el gusto del público  y el tuyo?». Cucurto, amo esclavista, responde: «¡Qué pregunta sin importancia!». O cuando Soto le pregunta: «¿Por qué decís que no sos un intelectual y que hacés literatura baja?», Cucurto, patotero, responde: «Vaya estupideces propias de la clase media, prejuiciosa, egoísta y sobre todo pretenciosa. Esta pregunta delata tu pensamiento en cierta forma que es el pensamiento del burgués de diván, en tu caso de desván». A la manera de Bouvard y Pécuchet, estos dos amigos en pose de zoquetes se reunieron a través de los años para hacer un libro prescindible, aparatoso, falso y sin importancia. Los más de 300 pesos que cuesta el libro son un robo descarado. Soto dice, en relación a las injurias, nunca del todo suficientes, que merecieron los libros de Cucurto a través de los medios: «Algunos comentarios de tan agresivos son divertidos». Cucurto responde: «Hay mucha impunidad. Además, Faculín, cuando uno escribe tiene que aguantarse eso; si no, no hay que publicar». El libro de conversaciones recuerda a la Tota y la Porota, pero en una versión degradada, macrista y sin humor. Estas conversaciones hacen justicia al arribismo de Cucurto, que confiesa que escribe así nomás, libros enteros en dos o tres horas, sin conciencia de las dimensiones políticas o ideológicas que hay en sus pasquines, donde impera la frivolidad más hedionda. A su vez, sus respuestas dan cuenta de cómo un escritor sin talento puede llegar a ser un éxito de ventas. Soto, lacayuno, pregunta a su patrón: «¿Y poetas clásicos como Virgilio, Hölderlin, Homero, Platón, Joyce, los leíste? ¿Te gusta o te la bajan?». Habría que analizar cómo los giros idiomáticos de este despreciable secretario de Cucurto dan cuenta de su degradante condición, pero Soto es tan irrelevante que es imposible tomárselo en serio. A la estulta pregunta de Soto, Cucurto contesta: «No, no. Los he leído mucho, pero no, no me gustan». Es justo decir que Soto parece haber leído todos los libros de Cucurto, uno por uno. Ese esfuerzo que resulta brutal, cretino, detestable, fétido y atroz no parece haber espantado las pocas luces de Soto. También es cierto que Cucurto responde con arrogancia a muchas de las preguntas de su secretario. Vanidad, miopía y mucha ignorancia. Soto le dice a Cucurto: «El Martín Fierro es el primer libro donde hay una mirada inclusiva del paraguayo y de los negros, del extranjero, como algo natural, después venís vos…». Para Soto no hay nada entre José Hernández y Cucurto. Así lee. Así escribe. Así piensa. Como un analfabeto. Y en las preguntas quiere lucirse y mostrarse como un intelectual. Pero solo consigue dar una imagen de zalamero melifluo, embelesador carroñero y ruin halagador. En este libro lo vemos en la plenitud de su necedad. A medida que avanzamos en la lectura de sus conversaciones, estos dos títeres van apareciendo cada vez más como máscaras divertidas y patéticas, sin un gramo de profundidad o amor por la literatura. Sobre el final, Cucurto ya parece un artista consumado, que expone sus mamarrachos en galerías de arte y al que muchas editoriales reclaman por sus bodrios. Son los efectos de la distorsión y las paradojas del mercado editorial.

16.11.11

La mañana sol de limón (IV), por Hugo Savino






Sueño de tiempo borrado, de cara a tiempo borrado y cuidado con lo proustiano remanido, con los jueguitos de la evocación realista, no, ponerse en el exacto culo de botella del tiempo borrado y avanzar, tampoco la esquelética nada o la ensalada del tiempo que fue, jerga filosófica alemana, no, varias direcciones, en el culo de botella del tiempo, el crudísimo duro tiempo sin ecos, al eco, no ponerle el oído, sólo la vía del fragmento, acá, en esta mañana que ya tiene sus enemigos, acá ninguno fue más allá de nada, fracaso, y sí, por qué no, espero la cara de David, la busco en la mueblería de Barracas o en el Oldsmobile 50 que traía a Roque Juan del hipódromo, y claqueaba la puerta cuando bajaba, coche puro nickel, ya vendrá, esperábamos a Roque Juan y a su banda y yo la oía desde la sala: un eco habría sido importante y él: para qué, sólo sirve de eco a autoglosa, oh los maníacos de la autoglosa, David que era el hermano de Jacobo que eran hijos de no sé quién pero que eran los amigos adorados de Roque Juan tenían sus vicios, clandestinidades.

Turf regla del Temple, qué más tengo que explicar todo entró en la zona de la discreción hasta perderse entre silenciosos, mudos a la hora de alguna confesión, ahora rasco en mi memoria hago listas que me responden por escrito.

Quedó lejos, apenas el remiendo de una evocación. No quiero escribir que se lo comió el tiempo, es muy obvio, no, se perdió, ese café de turfistas se perdió, como los oficios, y yo no me fui al culo del mundo, estoy acá, en el culo del Tiempo, del mundo, y no quiero que lo resentido se cuele en mi fraseo, no quiero, sé que entra por la ventana, pero si le pongo luz de la mañana, amaneceres, ensoñaciones, viento, si no hago historia social, qué carajo me importan los grandes relatos heroicos, pero de los vientos hay uno que me interesa, el blizzard, un viento glacial del norte, pero acá, un blizzard en Paláa y Lavalle es una factura con dulce de membrillo, quién le puso ese nombre, cuándo, errático panadero machucado de harina del fondo del siglo. Valeria Girela me pasa una especie de cartografía que sigo puntualmente, es como leer el movimiento de marionetas que salen de la luz diáfana de los meses borrados, de los días que ya no están en la cabeza de nadie, todos tipos solitarios de mi pasado, asalariados del culo del tiempo, algún chaleco grasoso que repta en el galpón de Sarandí, perdido en una caja de herramientas, o en una pared engrafitada de la casa de Paláa.

Y salimos con la mañana de las 10, febrero de 1950, sol muy fuerte, en un camión Ford, faltaban dos años para el motor Willy-Overland que innovó la mudanza de corta distancia o de poco bártulo, mudanza del ratón argentino pateado de inquilinato a inquilinato, y salieron del pesebre barracas, los camioncitos subieron por Olavarría hasta Montes de Oca, ruta del desalojo, se metieron en el puente Pueyrredón bajando por Maipú, Avda. Belgrano hasta Lavalle a la derecha, y Paláa al quinientos, otra vez a la derecha. Mitad de cuadra. Ahí paramos. Nos fuimos con todos y todo, cargamos las vacas y las ovejas que no teníamos y fue una fiesta, sí, turro chantre de la ideología metete a Marx en el culo por favor, sí, fue una fiesta a los tumbos adoquinados, mañana de los pájaros y los árboles, nos dejaron ir, de Barracas a Avellaneda. Irma cerró la puerta gris hierro maciza de Olavarría y Patricios, y qué quedó del pasado. Pateados, pero se veían las voces, adelante. El puente Barracas era la Aduana de la salvación, desalojo, palabra de mano larga, de zarpazo al futuro, de vergüenza, de manotazos en el vacío. Y promesa de soledad en un rincón de cualquier casa. ¿La visión empezó ahí? ¿Está antes que la emoción o antes que la palabra? ¿O viene después? ¿Cuándo? ¿Viene o sobreviene? Todos cantarán, bolsillo vacío más, bolsillo vacío menos, todos cantarán. Se pusieron a ver voces, contra lo que me digan, por más que digan que es loco ver voces, y llegamos con esa visión a Paláa entre Berutti y Lavalle, calle de árboles grandes, sombra divina, a la mañana sol de limón que se hizo canto de inquilinato, alivio, ya pasamos la frontera, todos metidos en el toco mudanza, voces, visiones, canastos, vasos y platos envueltos en papel de diario, las cosas frágiles, la ropa en bolsos, los abrigos en un rincón, la vida del seco tiene esos ruidos, esos rumores, es horrible, por qué no, sí, pero esta claridad alimonada que viene del cielo acompaña la mudanza de ese año, ¿definitiva?, vamos barranca abajo en luz matinal, ensoñaciones aceleradas, que hay que ocultar, alejarse sin avisar, el hilo secreto de la memoria en canto de canto de voces que me siguen porque vamos hacia, ni un ladrido en la mañana, sólo ojos que nos miran, vamos con cara de desalojados, es el primer día, hay que armar carpa, miran mientras pasan, ¿nos ponen ojos amables? es mi salvación ir hacia, me quedé con eso, es mi inicio en la peregrinación, toco peregrinación que me pondré en el bolsillo, o dejaré en el ropero, o debajo de la ropa, lo sacaré o saldrá solo, me lo llevaré con lo puesto, olfatearé el lugar, los lugares, siempre la distancia, bendita distancia, bendita soledad, no dejaré que me eduquen para que la acorte, no, de distancia a más distancia, me iré, relojeo con la herida en el otro bolsillo, mirada chirusa, mirada taimada, mirada para adentro, el toco de la desconfianza también, a patadas recibidas, venganza ritmada, el relato borra el recitativo, me lo mandó en una carta y después lo vi en uno de sus prólogos, eso lo saben los mejores, el relato es otra peste, le regala la memoria a los piojos del pasado, el miedo llega con los zánganos que te zumban promesas, y entonces en el oído nos pusieron el recelo, nos enseñaron a escuchar los tonos de la mentira, bicho canasto de la pereza enemigo del vislumbre, del resplandor, de la soledad, y llegamos, salimos de Olavarría y Patricios y llegamos a Paláa 556, Avellaneda, estadía del alivio, ¿lugar de la santidad? y bajamos todos los bártulos y canastos y la Singer de Irma, dos madejas de lana merino, un pieza de seda índigo, una caja de madejas lana púrpura, un pieza de paño azul y otro gris, siete años estaremos, bien alimentados, maldita pereza, incuba de vicios, lamentos, quejas, come memoria, y todo el santo frusquino de su carcaza, pero ahí estoy, Paláa 555, puerto de llegada, llamalo como quieras, de encallado a encallado, también buscaré el olvido, por qué no, lo buscaré siempre, contra todos, por el culo del tiempo del olvido, apareció el primer mendrugo, nada pobre, manjar de la mudanza, comida no falta, buenos zapatos, ropa de verano, la tribu de cuatro llega equipada, el busto de Chopin, Consuelo al lado, fatal, clásico, y sí, pero tendremos miedo infinitamente, ¿exactamente por qué camino fuimos? ¿quién nos llevó? ¿qué no teníamos que ver? no queríamos cambiar de opinión, no podíamos, pero ahí estaba esa luz de la mañana, cielo sin nubes, sí, íbamos por la mañana sol de limón.

A los ponchazos de casa a calle, de calle a avenida, de avenida a puente, de puente a Avellaneda. Parada o bajada al pie de la montaña. Todas las presencias vendrán a contar lo suyo. Por la intuición a sugerencia de movimiento, a ramalazo de sonido. Porque esa pregunta que se hace Jack Kerouac es para siempre escandalosa: “¿Dónde encontró esa sonoridad ritmada?”.

Quiero evocar un plato de hace años, pero no en relato, no, y desde ese día traduciré lo que se dice no lo que se quiere decir, el relato no oye el canto, es un llorón que cuenta siempre la misma queja, las mentiras que te comen las palabras, esa horrible palabra eficiencia, maníacos de la eficiencia narrativa, o de la eficiencia política, arrogancia del pequeño burgués que te explica por qué está bien que la gente se cague de hambre, raro ejemplar de imbécil que le explica a los que nacieron escorados por qué tienen que leer a Platón, pero escorado y todo, si nació en la ciudad, pertenece a la ciudad, aunque lo pongan afuera, pertenezco a la ciudad, ¿es una ensoñación paranoica? ¿hay de eso? ¿o no hay?, le voy a preguntar a ese que me llama fracasado y me da lecciones, pero no sabe que llegué aquí en febrero del 50, como cualquiera, abandonado en el toco del tiempo, ni más ni menos, el Oldsmobile 1950 de David estaba siempre lustrado, nickelado, era mi futuro, Daniel Riquelme llega al café cruzando Paláa y patea las hojas amarillas y resecas del otoño, dejó a Renata en el colegio, me cuenta que abandona uno de sus trabajos y pide una hamburguesa con papas fritas y cebollas confitada o acarameladas, el pan de viena bien tostado.

Jesse James lo dijo bien: “Me estoy convirtiendo en un problema para mí mismo.”

Sacudones paranoicos progresivos.

Por la costura de la posibilidad, pero nadie fue más allá, acá nadie pasó esa barrera, salieron una vez, y saldrán otra, bajarán por el puente, se juntarán en esa casa inquilinato, pondrán una pared en el medio para tener más intimidad, medio bíblico por supuesto, se teñirán de tiempo ido, pondrán sus anillos y pulseras en la mesa de luz, algunos libros, revistas, a las cuatro de la mañana desde la sala oirán la bosta de caballo, a las siete todos arriba, no queda ni un carro, ahora es la leche, mate cocido, pan con manteca, facturas, radio, todos en rejunte, a soñar, duros de la nuca, el movimiento, el polvo en las cosas, ya salieron varias veces, y llegaron, ahora se puede ir lento, abandonarse, lo escrito, escrito está, y cada uno con su partida, al carajo la influencia, pegajoso concepto, al carajo, ahora el polvo, el viento, el pasado, la conversación, mejor no pongo la mano en mi bolsillo, mejor no, sigo mi camino, personajes de la divinidad, sí, eso, sólo eso, las gallinas se quedan en Sarandí, acá no entran, todos los locos furiosos duermen a pata suelta, la radio está bajísima, ventilar la sala, falta para que yo descubra al poeta argentino, falta un poco, y al final será un pomposo, no ve nada, no oye nada, predica la poesía, oye en poesía, rapaz del sentimiento, también me iré de ahí, otra mudanza, no me acuerdo de esa cita sobre la serpiente brillosa y taimada, y la lectura, y me haría falta, pero sé que tengo que cuidarme, hablarme, esa cita la llevé mucho tiempo en el bolsillo, proclive como soy a dejarme avergonzar por el burgués vaguito mantenido desde la cuna, glosador de la tradición de su familia, tipejo que va de la idea noble a la idea sublime, acá no hay ninguna familia que glosar, yo escribo la visión de los que iban de una pieza a la otra, hablamos de cosas distintas, no hay como escribir para despejar la confusión y romper definitivamente, cada uno su camino, ahora estoy en el patio.

Misterio del tero Sarandí, otro caso de historia borrada. Nadie lo recuerda. Es otra marca en el orillo pero tengo que demostrarlo. Intriga de tero que entrará en el colador de las preguntas. ¿Algún sauce? No sé. Las gallinas, aunque haya gente que las deteste, gente finísima, ya no son un enigma. Pero apareció el gallinero barroco de Santo Domingo, gallo blanco cresta roja y gallina blanca, que merecería una observación. Se verá. Como la historia de esa comida. Necesito un ensimismamiento. Alegría de tiempo pasado para poner el hilo en la aguja. Veré. No olvidar que escribo en porteño. ¿O alguno cree que el porteño no suena? No lo reivindico, tampoco lo juego contra escribir salteño, o jujeño. Las aburridísimas reivindicaciones de lengua. No me interesan. Mejor insistir con el sonido. Vibrato infinito, desplegado, amplio como el Río de la Plata, todo siempre en movimiento, ¿medio social? no me dice nada, ¿la bestia rústica, altiva de desplante? la puse en barbecho, una manera de decirme que ese estragado pasó a personaje no esperado, camino del olvido, tampoco no sé adónde va todo esto, pero está el sonido que se escucha, única brújula hasta salir del aguamiento novelesco.

Todos se la comen a Lola con los ojos reaparece por el aura que había dejado bolsa de rejilla en la mano chueca rechueca pasa por abajo de los arabescos del árbol centenario de la esquina que no se inmuta el único y entra en la panadería otra vez pasa por mí para mí para quién maldita Lola no termina de ir a cocinar, decidite, sí o no Lola, mucha pereza mucha indolencia, y me acuerdo por qué me acuerdo que Neneta se separó de su marido, vaguito, mantenido, incompatibilidad, lo dijo ella en Mona Lisa, ¿los mantenidos terminan pateados? ¿Lola va a Mona Lisa? ¿se hace las uñas? Me caigo en los ojos de Lola, la voy a oír contar su vida, ya adentro de sus ojos, engualichado por su voz, Daniel come la hamburguesa, pide una cerveza, Lola sigue pasando por el agujero del tiempo inmediato, Lola no sabe nada de la cachimba de Pipa e´moco, qué puede saber una treintona para cuarenta, tampoco me ocupo del espíritu del lugar, del barrio, horrible el barrio, qué es eso, no, prefiero los lazos oscuros del afecto, una desesperación poco ruidosa, apenas perceptible, pero el barrio, no, sólo la memoria, el recontracaminar de Lola con esa bolsa, ahora una bolsa celeste Decatlhon de plástico, por la otra vereda, me está enloqueciendo, me saco su imagen de la cabeza y me pongo a escucharme los ecos de los ecos remanidos de una escritora que le dice a otra escritora, qué retahíla de mujeres escritoras que se pasan los dimes y diretes cayol, y yo que escucho ecos, no quiero, te cagan, los ecos, pero la vanidad, maldita vanidad del eco, ahora que voy por el fragmento III de un cuaderno publicado, esa escritora me aprueba sin que yo le pida aprobación, me perdona la vida, pero tiene que leer de nuevo, no le puede gustar lo que yo escribo, ya no, que no me lea más, que no me apruebe más, no le gusta lo que escribo, que se resigne, ahora llovizna y Daniel pide café, hablamos un rato, tenemos pacto de conversación, no es poco, vive en la otra punta del puente y yo bajo cada tanto, por Barracas a Mitre izquierda a Avda. Belgrano, Plaza Alsina al lado de la casa de Barceló, viejísima historia borrada, Sixto Palavecino no es mío pero lo escucho, no me lo robo, no, lo escucho, el padre de Daniel se parece a Don Sixto, hay un gran orfebre de la voz que lo puso en frases de las barrancas de Juan de Garay y no jodan más, no lo evoquen más, suelten, están sus libros, sus libros sublimes están ahí.

Caminamos por esa plaza eterna como la lluvia, Alsina, Daniel saluda al payaso del colegio y de las fiestas infantiles que está haciendo trámites. Plaza Alsina donde nunca me faltan tramoyas que me atraen - no está la Catedral –demolida, o se cayó o se esfumó–, no está, hay otra, moderna, creo que me gusta, vamos despacio de Lavalle a Alsina, rebaño católico mejor que rebaño de sociedad, me entiendo, tomo nota, registro la palabra lobo, registro algo sobre el rencor, esta cita: “El resentimiento es la flor más preciosa de la pobreza. Eso es.”, anoto la palabra amargura, me recuerdo un lema: no contar confidencias sólo te pagan con sentimientos, a nadie, tres veces a nadie, los monstruos del sentimiento acechan, no te dejan ir, te ponen el gancho, no te dejan solo, al final encuentran la herida y ya está, te sueltan con desplantes, no te cruces en la línea de tiro de esos furiosos, odian las ciudades, los cafés ruidosos, y yo amo el ruido, y los cafés con música y esos donde la gente ve partidos, no me molestan, mugrientos cafés de alguna lejanía, exhibiciones de billar, ¡oh lo perdido! ¡que nunca tuve! marca en el orillo de heridas que no valen una confesión, grisalla del pasado monocromía, queda el traje medio crema de Lalo, saldo de tienda en Pacífico, eso es el culo del tiempo se entiende, ese traje en monocromía repetida, pero no creo que se entienda, yo había llegado ahí en la somnolencia del mediodía, ¿de ahí el amor a la luz alimonada de la mañana?

Me gusta repetir nombres, lugares escenas, me gusta porque me gusta y me gusta porque molesta a la autoridad de las palabras, los que leen por palabras se irritan, toman nota, sacan el lápiz, corrigen en el aire, toman el té en compañía de otros policías de la literatura, los pobres hacen gesto de náufrago, sus marcas son marcas en el agua, ¿habrá que quedarse con los enemigos de mis amigos que serán mis amigos? y sí, las mejores lecturas las hace el oído del enemigo, los que tachan palabras, duermen parados, carajo de carajo a esos mancos, mejor los amigos ocupados que te olvidan despacio, imperceptiblemente, ya ni te leen, no tienen tiempo, sí, mejor, se pierden en sus sueños nubosos de la novela que no les sale, dimos toda la vuelta y al fin nos alejamos, ¿cuándo nos olvidamos mutuamente? es una bendición no verlos más, lejos el balbuceo mitómano de sus citas de manual, de sus libros leídos por la mitad, pero ya no importa, en este mundo de imbéciles llenos de ideas generales me protejo en el secreto, ¿qué nos separa? los viejos proyectos fracasados, casas derrengadas, mudanzas interminables, en rastrojeros arruinados, ¿qué realismo quieren? ¿el lavado y organizado? ¿o ese medio fantástico de caballos que hablan con el gaucho? ¿el de denuncia? para mí, ningún realismo, apenas notas registradas así, como vienen, desencajadas de otras lecturas, tarados del realismo límpido y decente abstenerse, si quieren la soledad lúcida de la lectura, no jodan, lean al novelista que se ocupó de la gente que pataleaba en el fondo del agujero o a ese otro que es el mejor novelista del amor.

Aquiles Ferrario tiene esa frase bendita sea, esa que necesito para enfrentar a los sinceros a los malhumorados a los trágicos a los que te responden desde su putísimo humor de arrogantes: hoy no quiero mañana no sé veremos te cuento te digo perdón: “No necesito tu sinceridad”. Así, corta, sin un gracias, sólo la fuerza de ese no necesito, no me la des, no te la pido. Mi gusto por las rupturas. El sincero hurga en tu intimidad, olfatea tu grieta, te la hace presente, te pone su caca de pájaro educado en la familia de escritores, te reconviene, te difama a la hora del té, te invita a volver a la familia, llora lágrimas de cocodrilo por nada, te supone feliz, su drama único está en el carnaval de su sinceridad, de su desplante, se escuda en la palabra malentendido. Mueve mi paranoia, la pone activa, huyo, me protejo, me hago clandestino, me va a leer, no puede con la curiosidad, querrá ver si escribo cada vez peor, si me repito, lo confirmará, se quedará tranquilo, lo contará por teléfono en el acto, mostrará mis cartas, el teléfono es su estupidez, correrá la bola, tratará de que esto no se edite, lo quemará en los círculos. Pero yo vuelvo a la cocina y agarro la silla y sigo. En el fondo de lo negro de la pared se ve a Lola, anda por ahí, no busca nada, aprendió a esperar en todo lo que perdió, no llora, hay que mirarla varias veces, escucharla, que camine adelante, mirarle el culo, está ahí, en esfumato, sigue pasando, creí que se había ido, sigue pasando, bolsa de red, vestido de tirantes, escote fatal, lo chueca del caminar me pone en la madeja de los celos, agranda el abismo, miro al tipo que lee el diario, lo envidio, está ahí metido, bien vestido, entra la rubia alta que se parece a Sandrita, se sienta, compañera de oficina, agarra el otro diario, todos van de Lola a ella, la rubia, guerra de las mujeres, en el otro rincón, la grandota de la valija sigue con sus papeles, se hizo casi invisible, las reglas literarias son moscas negruzcas que se paran en el terrón de azúcar, insistentes, entran por la ventana, planean y ahí están, no se quedan en su rincón, pegajosas, las espantamos, seguimos nuestra charla.