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14.9.20

Cuestionario Marcel Proust Sofía Gonzalez Bonorino

 

¿Cuál es el colmo de la miseria?
La impostura.

¿Qué virtud valora más en las personas?
La valentía. 

¿Qué es lo que más le gusta hacer?
Leer.

¿Dónde querría usted vivir?
No pienso en eso.

¿Cuál es su ideal de la felicidad terrestre?
Imagino sociedades formadas por seres más libres, que vivan según su deseo.

¿Con qué errores tiene la mayor indulgencia?
Con los que se desprenden de la verdad de cada uno.

¿Cuáles son los héroes de novela que prefiere?
Los que están vivos.

¿Cuál es su personaje favorito de ficción?
Marcel.

¿Cuáles son sus heroínas favoritas de la vida real?
Las que aman.

¿Su pintor favorito?
Pirozzi.

¿Su músico favorito?
En este momento, Beethoven.

¿Su cualidad preferida de los hombres?
La pasión.

¿Su cualidad preferida de las mujeres?
La misma.

¿Su virtud preferida?
La bondad.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Pensar.

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
Amar y ser amada.

¿Cuál es su miedo más grande?
Perder la vida.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de usted mismo?
La impulsividad.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
Ir de Moscú a Elábuga,  a llevarle flores a Marina Tsvietáieva.

¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
La seguridad en uno mismo.

¿Qué es lo que más le disgusta de su apariencia?
Depende los momentos.

¿Cuáles son las palabras que más usa?
Desde hace un tiempo, “unidad psico-física” según F. M. Alexander.

¿Qué es de lo que más se arrepiente?
De mis actos, cuando estuvieron desconectados de mí.

¿Quién habría amado ser?
Alguien no tocado por la estupidez.

¿El rasgo principal de su carácter?
La rebeldía.

¿Su sueño de felicidad?
Entrar en la estepa patagónica hasta llegar al mar. Caminar por las playas de mi infancia, en Punta Ninfas, bordeando los acantilados. Y dejar que mis sentidos se expandan libres hacia lo desconocido.

¿Cuál sería su mayor desgracia?
Perder la memoria.

¿Su principal defecto?
Desear lo imposible.

¿Eso que querría ser?
Alguien mejor de lo que soy.

¿El color que prefiere?
Con este frío, el rojo.

¿La flor que más le gusta?
Me gusta mucho el olor de los jazmines.

¿El ave que prefiere?
Ninguna.

¿Sus héroes en la vida real?
Los que luchan contra la maquinaria de un pensamiento hecho a la medida de todos.

¿Sus heroínas en la historia?
Lo mismo.

¿Sus nombres favoritos?
Si un nombre me permite inventar algo, ya es mi favorito.

¿Dónde y cuándo es feliz?
En mi escritorio, cuando abro un libro y me encuentro con un pensamiento que me deslumbra.

¿Cuándo miente?
Cuando siento que si digo la verdad le estaría causando un daño al otro.

¿Cuál es su idea de la muerte?
Creo que la condición humana es insoportable. Pero el límite que transgredimos como especie en el siglo XX hace que no pueda quejarme de eso.

¿Qué no perdonaría?
Lo que va más allá de mis posibilidades de perdonar.

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
Escucharme un poco mejor.

¿Para usted qué es un buen insulto?
El que se dice por desesperación amorosa.

¿Cuál es su idea de la fidelidad?
La de Juana de Arco a sus voces.

¿Qué cosas detesta por encima de todo?
La crueldad.

¿Personajes históricos que más desprecia?
Los dictadores.

¿El hecho militar que más admira?
El Sebastopol de Lev Tolstói.

¿La reforma que más admira?
Hablando de Tolstói, la emancipación de sus siervos.

¿El don de la naturaleza que quisiera tener?
La indiferencia por todo lo que no sea mi propio funcionamiento.

¿Cómo le gustaría morir?
De ninguna manera.

¿Estado presente de su espíritu?
Creo que es difícil mantenerse cuerdo. Porque el mundo es un lugar muy injusto y miserable. Y si uno es sincero con uno mismo, adaptarse a él y aceptar sus condiciones es casi como vivir en estado de traición permanente. Trato de estar muy atenta. Creo que la sociedad es un organismo vivo en donde todos estamos enlazados. Si soy cada vez más consciente de mí, eso siempre va a ser bueno para el otro. Pensarlo de esta manera me hace creer que hay una salida. Que es posible, a partir de cada sujeto, hacer del mundo un lugar mejor. Esta convicción me produce, si no estoy escribiendo, mucha ansiedad.


¿Cuál es su frase preferida?
Una de Jean-Francois Revel que leí esta mañana: “Cuanto menos se ama, más se milita.”


26.10.15

Como la música, por Sofía González Bonorino


Sobre La rebelión de los árboles (Leviatán, 2015), de Liliana Guaragno.

Liliana Guaragno escribe como si soñara, con esa libertad e irreverencia del sujeto no sujeto, entregada a una música que le pertenece sólo a ella.

Hay algo de la textura de los sueños en estos relatos, en su ritmo, fijas las imágenes a una rara temporalidad.

Una respiración: la nuestra, la del mundo vegetal, la respiración de las piedras, de los caballos, de los objetos: una mesa, larga, una mujer tirada, boca arriba, sobre la madera.

Este libro no es, como podría creer un lector apresurado, un relato de sueños.

Hay mucho de onírico, pero podríamos decir, a la inversa  del Funes de  Borges: “Mi vigilia es como el sueño de ustedes”.

Atrapar dormidos eso que se rechaza durante el día. Traer al pensamiento lo que soñamos durmiendo (1) y que Liliana sigue soñando despierta, pero esta vez, en forma de literatura.

Envolver en palabras, en la malla de la escritura, aquello que emerge de lo más hondo de nuestros oídos, como desde un mar profundo. 

Las imágenes se enredan a antiguos sentidos, como a algas sedosas.

Sonidos en nuestros oídos, plenos de significaciones aún por traducir.

Como hilos del más fino encaje, las palabras de Liliana atrapan eso que, una vez escrito, se pierde para siempre.

La escritura- mortaja, paradójicamente,  traerá vida al lector.

La Rebelión de los árboles se da en  ese espacio mínimo, incierto, que separa el sueño de la vigilia.

La narradora observa y describe un paisaje, un clima, una geografía de la que forma parte y de la que, al mismo tiempo- y sobre todo- está excluida.

La exclusión, en estos textos, pareciera ser condición de escritura.

De ahí esa quieta melancolía que se desprende de las páginas del nuevo libro de Guaragno.

Palabras que aluden, pero que parecen no nombrar nunca. Como si la función de cada palabra escrita fuese abrir caminos que no conducen a ninguna parte, pero  que nos llevan, un instante quizá, a esa nada en cuya pureza nos hundimos con culpable felicidad.

Senderos de sentido que se entrecruzan, se enroscan, se abrazan amorosamente para luego separarse, con furia, y caer. Y dejarnos solos, aturdidos, como cuando despertamos de una siesta, en una bochornosa tarde de verano.

Diferentes reflejos se expanden. Una imagen y su doble. Una palabra y su eco. Y el lector, y el cuerpo del lector que se sacude y despierta  a cada frase, como en los brazos de una madre mala, engañadora.

Los objetos emanan como de un sueño, sin causa, caóticos.

Asfixiante promiscuidad.

Una literatura de experiencias. No de argumentos.

El universo de La rebelión de los árboles, es sin tiempo, si ligamos a la idea de tiempo la de  sucesión. Si es que el presente, como una matrona plácida, que nos mirara con dulce sonrisa desde su poltrona, pudiese ser un tipo de temporalidad. 

Estos relatos nos sumergen en un tiempo casi detenido, casi como que no sucede. Como la respiración. Las imágenes nos golpean,  parecen venir de historias que nos preceden, que ya son parte de nosotros, los lectores. Y sin embargo, la narradora no apela a la complicidad. Ella misma está afuera, como dije, casi excluida de su mismo relato. Personaje, la primera persona, vista de lejos, de lejos amada, de lejos compadecida y admirada por una narradora que se desconoce y se desdobla, locamente.

Limitada, a veces, también, a la sola descripción.

Su función consiste, parece, en describir lo que está y lo que falta en ese tan extraño tiempo presente suyo que contiene y anula todos los tiempos.

Escritos en un primer plano-siempre en un primer plano- estos relatos casi cinematográficos, no nos dan respiro: una sucesión, a veces vertiginosa, de sensaciones, sospechas, revelaciones, angustias, deseos y fugaces entregas al otro que, como aparición extraordinaria, nos convoca.

Leer La Rebelión de los árboles es una experiencia distinta.

Intraducible, como la música.

Literatura inspirada, esa que viene quién sabe de dónde.

Del “más allá” dicen algunos.

Escribir porque hay que escribir.

De puro gusto.

En Pasajeros del tiempo la narradora, se entrega, toda, a las sensaciones de estar viva.

Ella es feliz con no poco: una enormidad si amamos.

Cito: Fuimos felices unas dos horas y media, sentados con ropas livianas alrededor de una de las mesitas de la vereda.

O

Era una fiesta la vida.

Estar cerca del cuerpo deseado, dejarse quemar por los ojos que nos miran y dejar que el cuerpo, virgen todavía, vaya tomando su forma. La forma única que adquiere bajo las pupilas del hombre que deseamos.

Hay algo de esto. Y ella, habla, entusiasmada. Y, como siempre, las palabras rompen el hechizo.

Singular e  irreverente, este libro, no deja lugar a dudas sobre la gratuidad de la escritura y el hecho, tantas veces olvidado, de que un escritor, si ejerce su divino don, escribe lo que quiere, como quiere, cuando quiere, sin someterse ni obedecer a nadie.

La libertad, quizá lo más preciado para un escritor, da vuelo, consistencia e identidad a este libro de Liliana Guaragno.

Luego, con la escritura, ella debe someterse, sí: a las voces que surgen del texto. Como Juana de Arco a las suyas.

La fe de Juana no es nada, sus voces son todo,  dice Marina Tsvietáieva.

En La cantante calva, uno de los relatos de este extraño libro, Liliana escribe:

Tanta estupidez rodeándola, hizo que dejara el habla cotidiana para sólo cantar.

La narradora de La Rebelión de los árboles es  exigente, pero sin prejuicios.

Alejada de toda doctrina.

Un corazón joven, capaz de amar.

Los relatos de L.G. nos introducen en un mundo en el que la muerte está más que presente, pero ha perdido sus rasgos cadavéricos.

Cito: Ante la Muerte suenan otras campanas, no dulces ni graciosas, suenan oscuras e infinitas, suenan por todos nosotros.

Y luego, en ese mismo relato: Y en este junio, exactamente el día 9, mi hermana Inés dejó este mundo y lloré por ella, y lloré por mí- que nunca fui ni seré una campanita como mi amiga- Lloré por la muerte propia mientras tañían todas las campanas del mundo. (Campanita)

La muerte, esa música.

En Verde verano,  la narradora se da cuenta de que todos están muertos, ella inclusive. Y lo dice de un modo casual, sorprendido, como nos ocurriría si, al salir a la calle, nos diéramos cuenta de que nos pusimos el saco al revés.

Darle vueltas a la muerte. Perderle el miedo. Y hacerle frente,  a través de la escritura.

La muerte ha perdido su ferocidad. Cubre como un cálido y compasivo velo  nuestros alucinados ojos de lectores.

En La Rebelión de los árboles, el lenguaje escapa a su uso convencional. Arma un mundo de exaltación y capricho, en el que, una vez que entramos, deseamos quedarnos.

El texto de Liliana respira por y a  través de su lenguaje: organismo vivo, pleno de deseo.

Las imágenes, inesperadas, salen a la superficie del sueño-vigilia para poblar el espacio casi mágico que abre la escritura.

Cito: Alma, el carnaval no termina nunca.

Y el amor:

El literario, ese que se profesa a ciertos escritores,  y el otro, el de aquel Florencio de En la letra.

Cito: Le enviaba por año, aproximadamente, un cuento, o dos. Jamás respondió, tal vez porque ardía en las letras ese amor imposible. Siempre tuve amores imposibles de carne y hueso, pero esa etapa ya terminó. (…) Y luego: 
Florencio era mi único amor, sólo pensado, ni siquiera pensado, era una flecha siempre detenida en el aire, lanzada, que cruzaba el espacio pero nunca llegaba al blanco. Increíblemente el amor mío crecía, y el fracaso me llenaba de felicidad.

La realidad se transforma en una película que no tiene fin. Jardín y noche se superponen, en dos planos simultáneos, que se abrazan y confunden, como amantes que anhelan fusionarse.

La conocida geografía de todos se anula, revelándose, de pronto, absurda.

La narradora se mueve, y nosotros con ella, en un mundo de figuras agazapadas. Afina la vista, intentando ver. Pero, dice: sólo veía sombras.

La voz es un faro que guía, aunque al principio sea una voz dormida, que se despierta, penosamente. Cito: Una voz que se despereza.

Y la escritura.

Encerrada en el cuaderno de notas- esa caja del tesoro- recuperada cuando el encanto se ha roto y se siente, dice: la pesadez de regresar, ese cuaderno sin el cual nada, ni la película, ni el aire enajenado, ni la liviandad seductora, ni la fiesta de colores, hubieran sido posibles.

A veces, como en Entrecine, el duelo se abre, inesperado. La realidad de celuloide parece abrazar a la protagonista, contenerla entera, a ella y a su vigilia. Con los ojos vueltos hacia adentro, ella ve claramente lo perdido. Sabe que el hombre buscado es el que se fue para siempre, el que ella, habitante de un tiempo cinematográfico, ahora plenamente lúcida, va a añorar hasta el fin de sus días.

Arriba, los pasos del muerto sobre la madera.

Fuera de la película, la mujer entra en la realidad del sueño.

En La rebelión de los árboles, los lazos se han roto. El cuerpo está demasiado cansado: una generación en la otra, superpuestas como capas de células en la misma piel.

La narradora-tía de Transformación, afirma: Ya soy libre, libre de mi historia, libre de mí.

Cierta quietud aterida, tensa, salta sobre el cuerpo desnudo que nos sorprende al comienzo del relato, gordo, blanco, pesado sobre las baldosas, con eso de grotesco que tienen los cuerpos cuando el lenguaje se ha perdido para siempre, y la carne, sin discurso,  se vuelve como de piedra.

La muerte tira al suelo a la protagonista de esta historia. La vence, sin combate.

La muerte, encapsulada en esa vida como en una nuez, se libera.

La escritura de Liliana se nos escapa detrás de múltiples veladuras.

Cito: Pero en el comedor o en la legión, una luz me atraviesa y es el don de Dios que disipa esos temblores que mi cuerpo manifiesta cuando estoy en casa. Como si en la casa quedaran los resabios de una nerviosa vid, abundante de odiosas memorias, a las que intento apartar para no volver con el recuerdo, aunque a veces alguna flecha golpea mi pecho.

Ligada al placer,  la escritura de Liliana Guaragno no busca más que persistir.

Para romper la completud que tiene lo no dicho.

Esa completud mortífera.

Liliana escribe en Quilmes, mirando el cielo por sobre los techos, con los ojos lejos, siempre.

Ella, y el  solo y pavoroso tiempo de la escritura.

La Rebelión de los árboles se saca de encima la experiencia cotidiana. La narradora está fuera del tiempo de los otros.

Cito: Tengo el pálpito de que personifico un papel en una película de la que quisiera huir.

La pasión por la mudanza, el leve y veloz desplazarse del ojo y de la palabra, como pájaros las letras, de frase en frase.

Un fuego (de amor) (de creación) pone en movimiento las energías del lenguaje.

Cierta ebriedad, propia de la escritura de este libro, en el que las imágenes excitan los sentidos, no nos dan tregua, y antes de poder pensarlas nos entraron por los ojos, los oídos, ya nuestros dedos las rozaron, y ya nuestro olfato percibió el olor del eucaliptus.

Los textos de La Rebelión de los árboles se pueblan de frutos maduros, higos dulces que cuelgan de dulcísimas higueras, tallos encorvados por el peso de las vainas,  y el tacto que nos deja percibir fragmentos de cuerpos sólo conocidos por ese deslizar de los dedos sobre la piel de los objetos: el fruto de la higuera no es áspero.

Y los olores:

Extraño el perfume intenso de los jazmines, dice en Ángela.

Palabra en mano, con pulso firme, Guaragno va creando la forma necesaria a cada frase. O mejor dicho, de un modo proustiano: va dejando nacer la forma: arranca del  tiempo lo que fluye, lo que se escapa, lo que deja miles de grietas y silencios, y nos lo ofrece bajo la delicada forma de una frase. (Proust diría de una metáfora)

En este mundo de la Rebelión de los árboles, no hay realmente  imposibles. Porque el imposible pierde ese lacerante e inconsolable  dolor que sienten los que lo padecen, para provocar en la narradora una exaltada alegría.

Hay una nostalgia, sí, pero  desprovista de  tristeza. 

La narradora sabe, como Ofelia, y como el mismo Hamlet, que la vida es un juego perdido de antemano.

Acá, la pérdida tensa el hilo que recorre cada uno de los  milagrosos relatos de este libro.

La narradora se niega a llorar por eso, por lo que sabe.

Angela, ¿piensas a veces en mí?, pregunta inútil, tristemente.

El pasado, a veces, aparece como una construcción en ruinas, que amenaza derrumbarse y dejarnos solos, sin poder defendernos, ante la voracidad de  la muerte.

Mi tiempo es un lento pasajero, dice en algún lugar la narradora. Pasajera ella también, de un mundo que le corresponde sin pertenecerle. Un mundo siempre por conquistar.

La escritura se respira.  Es condición de vida.

La narradora, a veces, deja caer los velos.

Cito:

Con él supe de mi ignorancia: una vez, viajando en el colectivo, me preguntó qué música me gustaba, le dije: el jazz.
-          ¿Pero qué clase de jazz?
-          El tradicional, contesté.
-          ¿A quién escuchás?
-          No sé.
Me miro irónico. Pero era verdad que yo escuchaba jazz (…) Lo único que me importaba, concluye, era perderme en la música.

La narradora desprecia ese saber que viene de afuera, que es de todos. Hay más verdad en esas horas frente al Winco, en ese perderse para encontrarse otra: la música como columna vertebral, sostén y sentido. Qué importancia tienen los triviales datos del saber musical, ese que se lee en los suplementos culturales, en los libros especializados, propiedad de cualquiera, accesible a la curiosidad o incluso, a la pasión intelectual. La narradora se mueve en otros mundos, otras frecuencias. Por eso el extrañamiento. La sociedad, lo exterior, la desconciertan, con sus nimiedades, sus intrascendencias.

Y lo dice, claramente:

No hay caso. El exterior me cuesta horrores.

La narradora de La Rebelión de los árboles, siempre la misma quizá por el tono, por la alusión a lugares compartidos, paisajes, estados de la mente, del cuerpo- ella sabe, lejos de la tragedia, que la vida es un bien para disfrutar.

Por eso la muerte, de nuevo, como En Verde verano, es un estado casi natural, pero del que no se sale.

Lo peor, sí: haber entrado en la muerte junto a aquel que no amamos, condenados por siempre al desamor.

Cito: “supe que allí, donde habíamos llegado, éramos una apariencia sin tiempo y que desde ahora tendríamos que seguir juntos los dos en la misma habitación por siempre”

Eucaliptos, araucarias, alerces, escondidos tras la magnolia. Tres cipreses iguales, como hermanos, asomando detrás de la casa vecina, los diferentes verdes, escondidos en macetas, palmeras que rodean la fábrica abandonada. Me dejo yo también encandilar por el tono vegetal, el mismo que deslumbra a la narradora.

La Naturaleza anida en el barrio.

Pájaros que pían el bicho feo, cito: sobre los cables que salen de la casa y se pegan al taller vecino y siguen por el pasillo costeando la casa de adelante hasta la calle. Los acompañan otras aves: torcazas, horneros, calandrias.

Y el otro, siempre, los otros, tan ajenos:

Adelma: la envidia.

Cito: Pero ese techo que se ve adelante es realmente horrible.

Con una sola frase, lapidaria, Guaragno pone en escena la violencia que nos produce el otro, sólo por ser otro.

Escribe: En ningún momento sonrió ante a la belleza de esa mañana encendida que yo sentía como un privilegio. Algo le molestaba, intuía cierta sospecha de desavenencia en la mirada de la que había sido invitada a conocer mi nueva casa. Esa casa que ahora me ofrecía  privacidad e intimidad, circunstancias que eran promesa de lecturas sin interrupciones, de limpieza sin horarios, de goce de la contemplación del paisaje que la rodeaba.

Luego del Hilo de la bobina, novela familiar en donde la tragedia de vivir se resiste a quedar sólo en eso, L. G. nos sorprende con este nuevo trabajo, en donde la angustia se ha transmutado en juego y placer.

(1)    Kierkegaard   (El erotismo musical)




23.3.14

La neutralización preventiva, por Luis Thonis



(Sobre la lectura de Quintín sobre Arno Schmidt de Mariano Dupont)


La trascendencia, la metapolítica y los mercados cautivos

Un nuevo ataque de Quintín a Mariano Dupont: ya no se sabe si se trata de su novela Arno Schmidt, del autor o qué. Quintín “pasa un rato” leyéndolo como si no leyera, no sea que pueda perderse en la lectura. Disfruta de las primeras páginas y luego comienza a amargarse. Hay que imaginarlo abandonando el libro antes de que lo atrape y dando vueltas como turco en la neblina: ¿qué es lo que me está pasando? El título de sus notas lo dice todo: “Intrascendencias”.

Quintín ya tenía esta idea fija sobre Dupont y quiso reconocerla, la novela lo atrapa y ya deja de leer. No dice qué es lo trascendente para él; aparentemente, las novelas que tienen un “mensaje profundo” y que estarían fuera del mercado: “El desprecio de Dupont a quienes desprecian el mercado es una tontería porque el mercado es despreciable aunque eventualmente haga ricos o prestigiosos (el prestigio también es una variable del mercado) a algunos cuya obra merece leerse. La maniobra de Dupont suena a ponerse del lado de los ganadores para no quedar como un mal perdedor.”

No hace mucho achacaba a Dupont escribir para los amigos. Esto en un sinsentido en sí mismo. Se puede escribir a una desconocida y hacer una gran obra, se puede escribirle a Dios y decir sandeces. Quintín desconoce olímpicamente algo elemental: que nadie escribe  para los amigos (o los enemigos) cuando trabaja en los límites del lenguaje, sino para un Lector hipotético.

A veces, como Beckett, tarda años en conseguir un editor que abra un mercado hasta entonces inexistente. Después, como señala el narrador de Arno Schmidt, Beckett es Beckett, diga lo que diga. Quintín abandonó a las pocas páginas y no llegó a ese pasaje. Parece que cree que la literatura es equivalente a un aviso o a una nota periodística. Si un estilo logra constituir ese lugar hipotético que no es de nadie, después –subrayo– surgen los amigos, los lectores, los enemigos que pueden transformarse unos en otros. El gordo Lezama aparece en sueños y recuerda que el mulo sigue su paso hacia el abismo. Pero Quintín siempre es igual a sí mismo, una tautología viviente. Pero ahora resulta que Dupont abandonó a los amigos para entregar su alma al mercado, que no es otra cosa que un conjunto de informaciones sobre los precios y no está afuera: somos nosotros mismos en tanto sujetos de oferta y demanda. Si Dupont hubiera publicado la misma novela en una edición de autor o en una de las cuatrocientas editoriales independientes, no habría habido tantos aspavientos.

Al hacerlo en un sello internacional, escapó sin aviso de los controles de los mercados cautivos y sus perros guardianes. Quintín, como tantos otros, es un idólatra del mercado, y al mismo tiempo, un iconoclasta de sus espejismos. No me propongo defender la novela o proponer mi lectura en este contexto, sino señalar algunos efectos de neutralización preventiva sobre el fondo de las imposturas de la tribu cultural.

Quintín se refiere al mercado como se lo hacía en los setenta: era el lugar del Mal en vez de un conjunto de informaciones. Esto no era tan grave como el Bien que se traían tras su supresión: un campamento militar como es Cuba hoy. ¿No nació la literatura moderna al mismo tiempo que el mercado que fue liberándose de las amarras del feudalismo? En las sociedades sin mercado –Zimbawe, Corea del Norte, Bielorrusia–, la literatura no existe y el precario mercado cubano está vigilado por la Seguridad del Estado.

La Argentina es un mercadito insignificante, necesita como el pan un mercado de capitales y salir de la bomba de tiempo de los “precios justos”, pero esto es chino básico para los que quedaron atrapados en los clichés marxos de los setenta. Para Quintín, la trascendencia no es otra cosa que la ideología argentina –la Quinta– y sus mercados cautivos: aquí sí la economía se encuentra con la literatura.

Los mercados cautivos no sólo refieren a la burguesía prebendaria y parasitaria, cáncer argentino, sino a los mercados cautivos ideológicos literarios que son su complemento fetiche. No tienen la menor exigencia literaria, sólo piden que la obra se ajuste a su bienpensante cautividad. Que sea una prebenda más entre un Estado mafioso y sus intérpretes encubridores.

Si Dupont hubiera querido entrar en la familia, ya lo habría hecho hace rato, escribiendo una nota elogiosa sobre alguno de los escritores reverenciados. “Fogwill, la irreverencia fundadora”, por ejemplo, este trabajo lo hubiera catapultado. Dupont no era un advenedizo, ganó sin palanca el premio Emecé con su novela Aún, y luego publicó en Santiago Arcos la novela Ruidos (que primero rechazó Emecé) y el extenso poema –vía Ascasubi– Pampa Trunca, además de otros libros de poemas en su sello artesanal Ediciones cada tanto. Digamos que venía más que bien, pero a la Familia no le gustan ciertas bromas, y mucho menos los “ruidos”. También escribió la serie de reescrituras de Figuras (que nadie quiso publicar y terminó subiendo a un blog), inventando un género nuevo: el diálogo con la filosofía a través de la parodia y la risa. Por último, tradujo y difundió autores que son ilegibles para el minimiserabilismo reinante. No es una vedette literaria sino un laburante: no miente cuando dice que es un obrero de la sintaxis.

Quintín ni por un momento imagina que Dupont, en vez de incorporarse a la Familia –que bien puede ser representada por los enanos de Ruidos–, quiso hacer rancho aparte donde mete presión la intemperie. No es tan difícil inferir que no desea lo mismo que los estafadores de la masividad. Nada que ver con la metapolítica, que esencializa a la literatura desde una supuesta política. Quintín no advierte que el mejor modo de entrar en el mercado es pagarle un peaje a la Familia, una corporación que, lejos de ser ajeno a él, lo sobredetermina a través del complejo medios-universidad para convertirlo en cautivo. No hacerlo es herejía.

Imagina un “Círculo rojo”, parafraseando a la Reina Batata, sin tener en cuenta el peso de esas palabras. Ve una conspiración simplemente porque hay libros que no reflejan esa ideología (que no es sino idolatría). Esos libros lo intranquilizan. Dupont sería uno de los conspiradores, hay otros sospechosos, ya es un mal perdedor antes de entrar en combate, pero al revés de Simone Weil –otra que no midió el peso de sus palabras al decir  que “la justicia huye del campo de los vencedores”–, se pasa al campo de los ganadores.

Mussolini y Hitler fueron vencidos, ¿la justicia se refugiaría en ellos, según Weil y Quintín?

Hay que decir que en la Argentina los perdedores son los ganadores para la perdición de todos. Mussolini no ha sido vencido del todo, vive en las leyes sindicales y el fascismo ha adoptado la lengua mongo de la izquierda progre y Hitler reaparece mediante los naziislamitas que los diversos Gelman victimizan.

Las crisis argentinas se deben a los perdedores, a los industriales parasitarios que no pueden competir y que son financiados por las megadevaluaciones de un Estado mafioso que expropia simultáneamente a los sectores productivos y a las mayorías sustrayéndoles el salario mediante el impuesto de la inflación. No por eso dejan de ser multimillonarios. Al contrario. Quiebran luego de enviar la mitad de lo que reciben a cuentas del exterior, son licuados con la plata del laburante que se levanta a las seis para trabajar y tiene además que escuchar que Capitanich le diga que el ahorro promueve la avaricia –uno de los máximos insultos que recibió el soberano–, mientras que los vanguardistas oficiales lo llaman tendero y hasta facho.

Esto, por cierto, no puede trasladarse a la literatura, pero en ella los ganadores, los que reciben premios y prebendas, son precisamente los lameculos del Estado.

El ataque preventivo a un libro es un hábito de la ideología argentina a través de sus  comentaristas mediáticos para los cuales pensar es ser hablados previamente por el espectáculo: una inmensa residencia Arno-Averno experimental donde se intenta dar a luz a un zombi definitivo. Sólo cuando Israel se defiende, Tartufo se vuelve humanitario y firma manifiestos (como ayer las vedettes de Fidel Castro); los demás tienen vía libre para asesinar poblaciones enteras.

Ahí está el trasfondo del mercado cautivo de la ideología argentina –una Quinta custodiada por un ejército de perros guardianes– donde nadie habla sino es formateado por el Espectáculo de la metapolítica que sólo tolera enunciados sin riesgo, en diferido y seguros. Por eso, luego de medio siglo, todavía algunos balbucean en reconocer a Cuba como una dictadura y se emocionan con el chavismo.

La llanura de los chistes está en la Quinta de Quintín, y ni bien llega, ya se instala en la residencia Arno Schmidt. Dupont está en otra frontera, no fue uno de los lameculos de los farsantes de este sistema que se presenta como antisistema.

Los escritores de la Arno Schmidt son engranajes de la maquinaria literatura-espectáculo, reciben todas las vivas y están insatisfechos: quieren más y más y más espectáculo, tanto como lo que abdicaron del deseo. Erika es una aliada implícita en la novela: cada vez que aparece hay un cambio climático. A Dupont no le doblaron el brazo para imponerle una temperatura entrópica, qué se le va a hacer, no todo bicho va a parar al asador del incesto colectivo. Como karateka, trata de disuadir la llegada de Tokuro, y como budista, situarse como extranjero a lo irreal mundano. No pertenece a la orden de las señoras comunistas –hombres y mujeres–, que funcionan hace décadas como un sistema de delación en los medios, esperando a un Castro más que a un Moisés o a un Godot.

Basta leer lo que escribió sobre mí Alejandro Rubio para ver que este sistema que viene de los ochenta sigue todavía aceitado: “Luis Thonis, un disidente radical de la cultura de izquierda argentina”. ¿Y si esta cultura fuera fascista, como afirmó prematuramente Pasolini de Fidel Castro? Los máximos impostores fueron dotados de no sé qué superioridad moral, aunque nunca asumieron un solo acto o enunciado como responsables. Disidente es un término que se aplica en las dictaduras como Cuba, donde no hay derecha ni centro y la “izquierda” es una nomenklatura criminal. Disidente radical: no se escuchan hablar.

Rubio la emprendió conmigo preventivamente ni bien salió Milagro infame, novela que pone en escena la guerra misma de los mundos, donde el nihilismo va ganando por robo: no importa el libro, la crítica preventiva funciona como un alerta rojo para denunciar al hereje. Rubio desde los noventa me sigue los pasos, tiene, como dijo alguien, un “romance patológico conmigo”. Quiere la literatura atestada de los zartistas de la cultura puñetera que describe el libro. Cuando aparece un libro no esperado, comienza una campaña en contra, decía Flaubert. Lo mismo pasa con la novela de Dupont: del mismo modo que se me atribuían las ideas de un solo personaje y de un solo texto, algunos confunden la “intrascendencia” –los estereotipos progres y vanguardistas– de algunos personajes con el autor.

Quintín no se cansa de anticiparse preventivamente a la lectura que pudieran hacer Fulano o Mengano. A diferencia de Rubio conmigo, Quintín no odia a Dupont, tiene una relación de odioenamoramiento y no deja de confesarlo. Alerta verde. Pero su ataque preventivo es mala leche: el odio es más profundo que el amor, dijo Freud. No es un estalinista radical como Rubio, ha quedado a medio camino de los traumas argentinos; aturdido por los escribas de la masividad, se refugia en su quinta y vive en el conjuro a la sombra de los neomatriarcados.

Dupont, como Rabelais con los sabelotodos, se ríe de lo que no hay que reírse: he aquí lo que le amarga el placer a Quintín. Su acto político es no hacer metapolítica, escribe para no incluirse en ella.

Si a Quintín la novela le resulta una calamidad, está en su derecho decirlo y punto. Pero ha quedado atrapado en el laberinto de la novela y sus espejismos. Dupont exportó la llanura de los chistes a una zona que podríamos llamar consistente y cuyo símbolo es el témpano, con temperaturas que llegan a sesenta grados bajo cero y que escarchan la misma lengua.

El pampero da besitos en comparación con las guampas de un ventisquero. Aparentemente, ahí resulta más difícil hablar estupideces cargadas de nacionalismo –¡Argentina, Argentina, Argentina!– que al acumularse lentamente producen una catástrofe en la llanura: a largo plazo, un plazo que suele acortarse súbitamente. Me refiero a La causa justa de Osvaldo Lamborghini, el punto narrativo de la inflexión: chistes que no son tales en términos freudianos porque no hay un Tercero que los sancione. La llanura de los chistes no responde a un lugar geográfico, éste es uno de sus espejismos, está aquí y ahora, en el mismo discurso, el de la ideología argentina, que entre chistes que no son chistes, cabalga hacia un imperativo de terror que la sobredetermina.

Dupont trabaja su frontera y no veo que sus sarcasmos  tengan que ver con el infantilismo lúdico de Libertella, que en 2002 actualizó y adaptó a los que escribían en Literal con pasamontañas de piqueteros en tiempos de la megadevaluación de Duhalde que dejó como resto a los ladrones santacruceños que la metapolítica presentó como ex combatientes.

La vanguardia, de tanto aturdirse con Cage o Barinsky, no caza una: sin brazo militar queda reducida a un jardín de infantes. Desesperada porque la letra y el lugar coincidan, no oye ni ve nada. Ni ganadores ni perdedores: ahí se trata de salir de la repetición compulsiva de la ideología argentina y el imperativo de terror que la sustenta.

Mientras la carne argentina está fuera del freezer, del frigorífico ante la política suicida del Estado que perdió millones de cabezas –pronto no habrá asado ni para escupir–, las neuronas de Quintín, atornilladas a la llanura como los chajás a los pajonales, se van congelando en el ártico para que la letra y el lugar finalmente coincidan en un silencio soberano.  

Quintín debe pensar que la literatura se agota en la Familia y el “mercado” está fuera de ella. Supone, negando las posiciones, las lecturas y las traducciones de Dupont, que éste quiere entrar en ella, y más que un investigador como  Sherlock Holmes, se transforma en el mastín de los Baskerville.

La Familia está completa aunque sean un montón de sujetos gagás que tratan a duras penas de levantar fetiches oxidados. Piglia postulando a Guevara como “lector” es una confesión indirecta de que esta cultura agoniza; tal es así que Piglia se emociona con el chavismo y se convierte en un poeta cortesano que suspira por la Reina Batata. No son ajenos al mercado sino gestores de un mercado cautivo que, a través de las décadas, apunta a imbecilizar a los sujetos.

Lo contrario de lo que hace Dupont, que gasta vena satírica contra los buzones y espejitos de colores. Como los fetiches ya no fascinan y se venden cada vez menos porque se están oxidando, la voz de Dupont se nota en demasía y puede ser deseada por nuevos lectores y darle un golpe letal a los precios justos y cuidados de un mercadito. No hay que condenar a Dupont por estar en él como tantos hijos de vecino, hay que elogiarlo por su tentativa involuntaria de abrir uno nuevo, ajeno a la servidumbre voluntaria.

Ahí está el motivo de que algo amargo empañe las amables tertulias e Quintín. Los escritores para él deben ser los que militan en los medios para el rebelócrata o el zartista consumidor.

Su ideal literario son las ex flacas masseristas reconvertidas en gordas cristinistas, pitonisas si las hay de la servidumbre voluntaria. Otra vez: el antisistema que es el sistema. La Gorda –muñeca inflable de la ideología argentina– y su metapolítica, que actualiza sin elaborar temas de hace medio siglo.

Ni noticia de que algo se escribió en la Argentina. No pasó por el Sueño de la Razón de Murena y transforma a Savino en un gurú. ¿Qué hizo usted en la guerra del lenguaje, Don Quintín, salvo aliarse a las neomatriarcas del populismo?

Savino es uno de los pocos que no se ha arrodillado ni orado –para citar a Joyce– en el templo de la santísima simplicidad de la Santa Sordera. Uno de los pocos que pensó y escribió algo: “El comunista le puso la grampa a Marina Tsvetáieva en el sentido de Cézanne y después le puso el gancho en la pared para que se colgara. El burgués ahora se hizo comunista, le pasa ayudas al poeta, subvenciones. Le da una limosna en nombre de la poesía.”

Lo que Hugo Savino escribió en Salto de Mata vale por todo lo que en su vida dijeron los clowns posmodernos. No estamos hablando de la literatura como placer –la literatura y un helado son lo mismo–, sino en torno a lo que se enuncia en los límites del lenguaje. De la integridad de unos pocos sujetos en un contexto donde nadie resiste el menor archivo, de algo que no tiene que ver con la solemnidad ni con la trascendencia sino con una ética abrahámica de la vida que no excluye el humor y se niega a entrar en una Familia de muertos vivientes o participar del suicidio colectivo.

La irrupción de una voz disuelve por un instante la corporación, muestra que en ella las diferencias están digitadas y que, tras un conjuro preventivo, siempre vuelve a fusionarse con fingida pasión. Todo lo que no es Familia colectiva, es decir, incesto, para Quintín es mercancía, y a cada una su etiqueta. Un vaciamiento del sujeto, del lenguaje, de la historia y la política. Alienado a la metapolítica: la búsqueda de la trascendencia va de la mano de la esencialización.

Se nota en el déficit de su humor: comparar a Dupont con Sábato no llega a ser una injuria ni un chiste. Es un mal chiste del que no se ríe nadie, ni en la Antártida ni en Santos Lugares. Ni sabe de lo que se trata, patalea para no enterarse.

Rettung der Vergangenheit es la expresión que utiliza Walter Benjamin para hablar de la salvación del pasado, de sus usos, de la redención por el  recuerdo. Esta tempestad que sopla desde el paraíso, este futuro que irrumpe desde el pasado, no trae necesariamente la promesa de un futuro feliz como creen algunos que se empeñan en ignorar que el estalinismo no está en el pasado, sino en el presente y amenazante en el futuro. Lo mismo sucede con el montaje para una segunda Shoá por el que trabajan laboriosamente las universidades y gran parte de los escritores de los que Dupont no cesa de burlarse.

Quintín necesita un tratamiento acelerado, urgentes lecturas de Meschonnic, de Simon Leys, de Jean-Claude Milner, los tres tomos de Nadezhda Mandelstam, para no volverse Romain Rolland… No, me parece que ya es demasiado tarde: una inmensa serpiente blanca vino desde la Antártida, irrumpió sin permiso en la Quinta, y por lo que se lee, congeló las pocas neuronas que quedaban.

Para leer Arno Schmidt hay que perderse en su encanto narrativo: no hay detalle que el narrador no capte en un contexto separado de lo cotidiano donde prevalecen la literatura y el arte sobre el fondo de una naturaleza loca. Su mejor metáfora no es la rata en el laberinto en que ya algunos se han extraviado, sino el lápiz quebrado en un vaso de agua que hace al montaje de las voces en un contexto donde ya todo está escrito para los becados para escribir. La actitud del narrador no es precisamente la de un creyente. Entra en conflicto con los cultos de los escritores que concurren a la residencia experimental: “¿John Cage? Tengo que decirlo, nunca me tragué su falsa sabiduría, su cerebralismo, sus ‘provocaciones’ vanguardistas. Y su música aleatoria es inescuchable, dejémonos de joder.”

Así ocurre con otros bluff de culto. El narrador es una voz solitaria: el antifetichismo es su política y su arma el oído. Que el personaje se llame como el autor es otro cazabobos: podría llamarse Juan Pérez. Hay que olvidarse de Dupont-Dupont y entregarle los oídos a esa voz que se resiste a hablar la lengua de los clichés y los guiños de culto legitimados, a los que se sustrae con un humor sutil. La novela te lleva de la mano con una abundante paleta de recursos y prodigalidad verbal. Hay escenas desopilantes, como el discurso del director Picot a propósito de la muerte de Cy Adams y otras tantas revelaciones. Hay que olvidar todo lo que previamente se dijo del autor y de la novela y entregarse a la lectura en un mundo de ilusiones y espejismos para captar la longitud de onda. El estilo es la luz que atraviesa las distintas capas de temperatura y se refracta sobre la más cruda realidad, de la cual cultores y estetas no quieren saber nada.