Mostrando entradas con la etiqueta emilio jurado naón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta emilio jurado naón. Mostrar todas las entradas

17.1.25

Cuando la novela es el poema, por Javier Fernández Paupy

 

Existe la saga de los Glass que inventa J. D. Salinger. Es el universo de Buddy Glass, hermano de Seymour, y sus textos sobre la familia, compilación de diarios, cartas, así como las ficciones de Buddy que podemos pensar que son las que leemos en los Nueve cuentos. Existe la saga de los Duluoz, de Jack Kerouac, quien aclara en la introducción de Big Sur: “Mi obra comprende un vasto libro como el de Proust, excepto que mis recuerdos están escritos sobre la marcha en lugar de después, en una cama de enfermo”. En ambos casos, un grueso de textos funciona como un solo gran libro. Emilio Jurado Naón evoca ese gesto proustiano de la narración de largo aliento y del programa narrativo. Sus títulos se enmarcan en una serie mayor. Así, en El tópico de los dos viajeros (Palabras amarillas, 2020) despliega las bases de su poética de saga en dos narraciones. Una ucronía sorprendente, “Las espigas de trigo”, por su capacidad de actualizar y desarmar la moda pueril de la autoficción, y otra, “Sobremesa” que parece tomarse en serio esa broma de Osvaldo Lamborghini: «Una literatura familiar: el deseo (y también las ganas) de prolongar indefinidamente la sobremesa». (Conversación con Luis Thonis). En el poema Zanja grande (Fadel&Fadel, 2021) aparece en primer plano la música del siglo XIX, como en esas páginas abigarradas de Joyce que hay que escuchar en voz alta para entender el modo en que forma y contenido son la misma cosa; un poema para escuchar con los ojos, un poema que habla sobre los silenciados de la historia oficial. Como si el poeta pudiera reproducir el fluir de la conciencia de un trabajador del siglo XIX que cavó la zanja de Alsina, como si emulara la voz de un ser humano/animal de carga. Así también, en Los Pincén (Omnívora, 2022) Jurado Naón explora, entre otros géneros, una serie de cartas que reconstruyen una historia familiar y en las que aparecen Felisa Shoo, esposa de Agustina Roca, Vicente Pincén y Carlos A. Roca.

Emilio Jurado Naón escribe sobre el pasado, desde el presente fugitivo, proyectado hacia el futuro, en un acto de solidaridad histórica. Orfebre del lenguaje, recupera el átomo de un tiempo perdido en su saga de los Roca y los Yo. Evoca cantones, ejércitos y gestas más o menos heroicas. Agustina Paz (Emecé, 2024) es la historia de un comienzo. La trama de la novela despliega la campaña del exgobernador Javier López contra el gobernador de Tucumán, Alejandro Heredia y el fusilamiento de López y de Heredia. De no haber sido por la hija del ministro Juan Bautista Paz, Agustina Paz, el padre de Julio Argentino Roca hubiera sido fusilado. Ubicada en Tucumán, alrededor de 1836, Jurado Naón hace de un episodio perdido de la historia argentina, una novela histórica que se lee como un largo poema en prosa. Una ficción arcaica, que remite al origen. De los comienzos de la historia nacional y del arranque de la propia saga del escritor. Emilio Jurado Naón rastrea en las sombras del pasado las tinieblas de nuestro tiempo.Quizás el argumento sea un pretexto para desarrollar una política de escritura. Este libro sirve de ejemplo. Su narradora discute sobre recursos de la narración, a medida que su recitativo avanza. Un relato lírico que reflexiona sobre el lenguaje y sus usos: “Comparar es señal de pereza además de un hábito que obtura la inteligencia sobre las cosas del mundo. Costumbre perniciosa, a veces inmotivada, que justamente por surgir de manera automática amerita el esfuerzo de aniquilarlas. Las comparaciones engañan la imaginación aunque aleguen asistirla; mientras más rica la comparación, mientras más original, más lejos se descarría la comprensión de los asuntos”. Agrega: “La metáfora es un salvajismo”. Según la protagonista, la prosopopeya amenaza con parasitar su narración. Porque es un personaje con una consciencia aguda del poder de la expresión, como cuando dice: “(...) ignoro si las palabras tienen, en efecto, un sentido específico, o al contrario, se ven sujetas siempre, como nuestro ánimo, al flujo cambiante del propósito con que se pronuncian”. En una trama de rancios abolengos, rangos, distancias y jerarquías, con pocos personajes, Agustina Paz repone la historia de un desvío, de un plan delirante de rescate.

Juan José Saer sugiere que la ficción supone una posibilidad de enriquecer la realidad. No sería una reivindicación de lo falso: “La paradoja propia de la ficción reside en que, si recurre a lo falso, lo hace para aumentar su credibilidad” (“El concepto de ficción”). Agustina Paz juega con formas del anacronismo, en un gesto que aparece en otras de sus obras, como cuando en su Sanmierto (Leteo, 2019) elige a Juan Bautista Alberdi, asaz increíble, como el remitente que desde los umbrales le dedica la obra al autor. Un desfasaje voluntario con el propio tiempo que quizás muestre cómo nos devora la fiebre de la historia y la forma en la que tenemos que rendirle cuentas. En ese sentido Jurado Naón resulta un autor contemporáneo, por lo inactual del mundo que evoca y reconstruye. Como si buscara en ese pasado histórico la metáfora de un presente no menos tenebroso.

Emilio Jurado Naón escribe para el oído. Engarza con maestría piedras preciosas de lenguaje en un poema novelado. Hay un despliegue visual y el poema en la página ocupa el espacio de grandes bloques. Oraciones con subordinadas hábilmente enlazadas. Frases rítmicas de largo aliento. Perlas de lenguaje. Como si el argumento de la novela estuviera en un segundo plano y la apuesta por la vibración del idioma fuera lo que realmente importa. La filigrana verbal e inteligencia narrativa de Emilio Jurado Naón consiste en usar modelos de la tradición letrada para innovar y crear una novela con la música del siglo XIX. Hay una apuesta barroca en su fraseo así como una aventura de lenguaje. A veces, un poeta se mide por las palabras que sabe usar. La prosa, cuando tiene fuerza, es poema. En tiempos en los que la escritura pareciera someterse a un mandato servil de legibilidad vacua, transitable y cómoda, es decir, un fiasco superficial con pretensiones de adaptación al mercado, los libros de Jurado Naón escandalizan por su inadecuación. El arte de narrar, en el autor de A rebato, supone la transparencia irreductible del lenguaje así como sus matices y complejidades semánticas. Por todo esto es posible leer Agustina Paz como un poema novelado, tesoro de la lengua, lírica histórica, moroso teatro de nuestro idioma argentino.

 

20.11.22

¿Qué es o qué no es Los Pincén?, por Nadia Gómez

La historia del indio mestizo trabada con la historia de los antepasados familiares, los Roca y los Shoo, podría ser una novela de aventuras desopilante y sangrienta, un western criollo en clave de parodia, podría ser una tragedia política de ajuste de cuentas con la historiografía oficial-familiar y en ese sentido sí,  progre, higiénica, digamos justa pero

 

Los Pincén (Omnívora, 2022) hace una pirueta alternativa al maniqueísmo  y se entrevera en un entremedio incómodo para implosionar discursos heredados. Quien escribe el libro, personaje, narrador e investigador del texto pertenece a un clan  cuyo abolengo y hazañas militares sabemos, hemos leído, sentaron, torcieron la identidad patria. Carlos Roca, el tío abuelo Bebi, escribe a su hermano Quique una serie de cartas en las que se propone reconstruir la historia familiar. En la portada de su proyecto, una foto de Segundo Roca, padre de Julio Argentino. La aventura mnemotécnica de tío Bebi es el punto de partida, una de las excusas, Dónde está la tumba del cacique legendario, otra excusa que pone en marcha este gran artefacto narrativo-poético que es Los Pincén.

 

Todo el libro se lee como una novela en la que cabe todo, tal como se leía antes del siglo XIX, libertad compositiva, alternancia de narración y digresión (o, si se prefiere, de narración y reflexión) mezcla de géneros.

 

De  un experimento que trasvasa fronteras para enrostrarnos un berenjenal discursivo,: testimonios orales de la familia, lo que escribió Dionisio Shoo Lastra, el pariente por  el lado de los Shoo que publicó El indio del desierto, La lanza rota y Alarido, fuente del tío Bebi en su Los Roca y los Shoo que lo lee y lo recita y lo desvía, las conversaciones con Taretita, la abuela centenaria más los desvíos que el autor  propone en lo que lee de Bebi, y en lo que Bebi no escribió y no podría haber escrito y por eso mismo exige que alguien lo escriba

 

Relato de intereses diversos empezado con un tono, engordado a pedido.

 

Año 2016: Milagro Sala es detenida por instigadora del orden social, el mismo verano que se empieza a escribir Los Pincén.

 

Leemos en página 83: “Yo no quiero contar historias de indios. Yo voy a contar historias de indios. Yo no soy indio, qué te creés. Ese es indio, me dijo. Yo no quiero contar las historias de los sin voz., de los que fueron acallados. Sí me gustaría contar de los que se callaron por propia voluntad, pero como no hablaron, no hablaron porque no quieren, no sé qué podría decir”.

 

Hablar de y no por, modular una voz en una lengua que no le ha sido robada ni suprimida sino que al contrario detenta y ostenta es tomar posición.

¿Por qué escribir sobre ese indio, terror de los fortines al que el coronel Villegas le perdona la vida y Ataliva Roca le concede el derecho a un rancho en tierras pampas ya repartidas? ¿Por qué escribir sobre el periplo vital de ese indio con todo lo que  en ese nombre regurgita de la herida patria se postula como cosa distinta al progresismo en su sentido acomodaticio y servil a las buenas conciencias? Tal vez esa sea la gran pregunta que vertebra el libro, e  instala, quien escribe, en el medio como un carozo de  fruta despeluzado, agrietado y  en confesa descomposición. 

 

Leemos en página 100: “Yo quería hechos y verdad la verdad de los hechos los hechos de verdad. Yo quería a la bisnieta de Pincén (...) Yo quería pedir perdón por mi familia pero sin decir la palabra perdón”.

 

En el Prefacio a Metahistoria, Hayden White identifica estrategias que los historiadores emplean para obtener “efectos explicativos” de los datos del pasado, esas estrategias serían lo que emparenta la labor historiográfica con la literatura, organizar en una estructura narrativa hechos acontecidos supone una configuración que se vale de moldes del lenguaje, tropos, propone White,  y  por eso esa configuración sería de naturaleza poética.

 

Leemos en nota al pie de página 70: “Buscarle la vuelta a la prosa para buscarle la vuelta al tema para buscarle la vuelta al libro de Bebi, que se mostraba ahí, imperturbable, como origen negro del neoroquismo que estábamos sufriendo en el país”.

 

La historia como poética, decía.

 

Un epígrafe del Popoh Vulh, el origan como postulación fabulosa, irremediablemente incorroborable.

 

Boroas, pueblo migrante que llega de Chile hasta tierras pampeanas cuyos caciques supieron tener cautivas españolas , mezclas étnicas, alianzas, sangre. Periplo de migración  y muerte que   se narra con el carácter hipotético de un recuerdo imaginado en vidas pasadas.  Seis veces se arranca con quizá o se obtura una frase con ese adverbio sospechoso. Y cada largo párrafo empieza con un “O no”, una conjunción negada, una unión que levanta sospecha sobre la información. Cito: “El origen detrás del origen detrás del origen del nombre” hay que leerlo al pie de la letra, Valle verde es Carhué, y la historia de ese poblamiento no es vana llega hasta Los Pincén. Una historia en la que los boroganos fueron  también realistas y patriotas, aunque distinto. En cualquier caso, no se trata de “hacer hablar a los indios” aunque sí, aunque no. La deriva terminológica del nombre boroas, borogas, boroganos condensa: exterminios, huidas, asimilaciones, nuevas mudanzas forzadas. La palabra como documento encriptado y aproximado de vida.

 

Y ahí el discurso historiográfico se vuelve música. La sintaxis hace rodeos impensados. Frases que duran más de lo que se llega poder decir con una sola toma de aire y cuya excesiva prolongación atenta contra el sentido que se va armando por decantación inversa, como ocurre con la rumiación,  Los Pincén nos exige una lectura enrevesada, de idas y vueltas acaso un procedimiento que coincide con una escritura que parece pensada frase a frase sin ninguna improvisación cuyos matices s se esculpen con técnica.

 

Sentido, decía que  vamos armando con el ojo en una lectura abductiva, podemos dar por cierto un fondo, aunque lo que se arma desde ese fondo materialmente corroborable empieza a ser un desvío probable, si, una serie de desvíos que nos convencen de que así podrían haber sido las cosas después de todo.

 

Una genealogía india que  sirve para ir abriendo relaciones entre Pincén y los Roca, en este registro particular que abre Jurado Naón en la reescritura, comentario , enmienda a Los Roca y los Shoo de Bebi, ese texto que el nieto lenguaraz le roba o le toma prestado o le plagia  y le oye decir  palabra por palabra  y del que se repetirán con fuerza alucinatoria segmentos en conversaciones seniles y que se van ordenando como una impostura a lo largo del libro como hipótesis y desvíos. Notas al pie de palabras robadas de contexto, contextualizadas, re contextualizadas.

 

Felisa Shoo esposa de Agustín Roca  dormía en su estancia cuando un malón al mando de Vicente Pincén casi se la lleva cautiva. Ese episodio le deja una afección cardíaca, Felisa Shoo, sin embargo, pudo haber sido secuestrada, como otras que sí lo fueron, una biografía hipotética que nos entretuvo insufriblemente con la fuerza centrípeta de una escritura envolvente  y aditiva sin puntos, literalmente, una extensa oración con acontecimientos posibles que se extiende tres páginas y que de alguna manera, tangencial y burlona, exhibirían el miedo, el gran miedo del tío abuelo Roca de quedar del otro lado de la frontera, fuera de casa, allá lejos en la intemperie sin la luz dorada de los candelabros y el tapiz antiguo en los pies y de lo que ese casi cautiva  que retardaría el traqueteado corazón de Felisa hubiera supuesto para la parentela bien. Procedimiento que se replica en el final del libro  pero en el siglo XX, cronología de las acciones probables.

 

Emilio Jurado Naón juega con la memoria familiar y al completar en un registro potencial  las opciones que la escritura del pariente obturada por la propia posición social, las posibilidades que la  historia fáctica no arrojó, las posibilidades que la propia imaginación demencial permiten postular hace estallar el referente, nos enrostra que la historia  es, sobre todo, relato. 

 

“Los Pincén representan tres escalones descendentes de una historia de salvajes.” Escribe , el tío abuelo, Carlos A. Roca, y Emilio Jurado Naón se lo imagina mientras escribe con la ansiedad de subir la escalera pisando aquellos tres escalones, cada escalón una cabeza de indio.

 

No se trata de negar la referencialidad de los hechos para dejar todo en el limbo de la especulación del lenguaje sino subrayar que a la hora de escribir, se sabe, sabemos, los acontecimientos pasan por un tamiz y esa modulación es una manera de entenderlos, de ofrecerlos a los otros. Cito: “Representar es realizar una interpretación e interpretar se vuelve un acto de representación.” (p. 72) También Ricoeur sumó un aporte a la discusión sobre el discurso historiográfico y ahí aparece lo de la manipulación de los documentos, eso del archivo al que se hace hablar.

 

En cualquier caso, de eso se trata Los Pincén, ¿no es cierto? Un artefacto curioso que deliberadamente explora diversas estrategias para mostrar el envés del relato cronológico,, para hacer polvo el documento, para jugar con la enunciación ajena, ideológicamente marcada, desmarcándola con una nueva enunciación. 

 

Leemos en la página inicial: “el odio es debería ser combustible”. Podríamos seguir jugando con las asociaciones paradigmáticas a la que prestan las palabras así combinadas, odio como  deseo que lubrica los intersticios de los discursos pacatos, ideológicamente tramposos y enmascarados tras la pose objetiva y neutral,

 

El odio deseante y explosivo que recorre una escritura  llena de humo radas para hacerse leve, eterna y opaca. 

 

El gesto es revolver el cajón de las medias del tío abuelo disfónico, de las joyitas heredadas, de la opulencia complicada de ese apellido que se abraza como deleitable al mismo tiempo que se reconoce como criminal. Qué voz propia se modula, se posiciona, digamos, en el conjunto de esos puntos de partida, cada nombre elegido supone una forma de reimprimir al referente.

 

Charqui o charque, carne sometida a un largo proceso de deshidratación para ser un comestible duradero, una analogía con la escritura,  desnaturalización de la lengua, extrañamiento..  Una disquisición, digresión, diatriba contra, cito: “Una prosa pobre o devaluada que apareció bajo la hipótesis de la sinceridad y contra la hipocresía”

 

Deleitarse, entonces, con las frases que escribió tío Bebi, fuera de la prosa historicista, es también una posición no hipócrita. Abrazar el cuento del pasado que llega de las mujeres de la familia, como las nanas infantiles entrañables, a la vez que terroríficas, nanas del pasado familiar cantado por estas señoras que podían despreciar a la chusma misteriosa y a sus lanzas dispuestas a penetrar en el patio, en la alcoba opulenta, en la comodidad del hogar amoroso. Abrazar esas nanas para desafectarlas, quitarles el afecto y mostrar qué dice la voz entrañable de los parientes, oficiar como el lenguaraz Vargas, un traidor sonriente, el allegado a los Roca que sabe la lengua pampa, ese problema de tener un secreto en la lengua, una papa caliente entre los dientes, porque decir y no decir es mucho más que pronunciar una frase, es decidir un destino, desviarlo, hacerle justicia o no.

 

El mestizaje, después de todo, por la sangre compartida y derramada, la sangre que supo pisarse después de descabezar salvajes, mestizaje por usurpación material de tierras, de nombres, el mestizaje, ese cruce entre fronteras territoriales, étnicas, lingüísticas  es el gran tema de Los Pincen.

 

En “Consejo y Confidencia”, Mansilla elige un epígrafe que menciona al primer naturalista que hizo avances en la anatomía comparada y dice : “Cuvier ha podido reconstruir todo un mundo de animales fósiles mediante algunos huesos y dientes. Pero con algunas ideas y frases apenas se puede bosquejar imperfectamente un carácter.”   Una charla en la que Mansilla,  discurre, alrededor de cuatro párrafos, acerca de las correspondencias entre la obra y su autor.

 

Para Mansilla memorias, autobiografías, retratos, reportajes serían géneros de interés, confesiones públicas de sus autores aunque no necesariamente un aporte al conocimiento humano.  Las afirmaciones, claro, empiezan a enrarecerse, a salirse de la recta, bifurcar la pregunta inicial o por lo menos de la invitación del título que no termina de resolverse del todo sino que da paso a un ejercicio   un poco egotista en el que el autor nos  da una clase acerca de la necesidad que tuvo de ser sincero, de mostrarse tal cual es y ofrece un semblante medio delirante acerca de sí mismo al punto de afirmar que es un violento, tan violento que podría descender a uno de los escabrosos embudos de Dante aunque con un consuelo: no haber sido hipócrita sobre la tierra. Pese al didactismo y a ese juego indagatorio sobre su persona que rápidamente nos preguntamos hacia dónde va, el ejercicio es bastante entretenido.

 

Algo de ese ejercicio egotista al que no le podemos creer del todo explota en Charque, en lo que tiene de diagnóstico de época, de indagación sobre la propia lengua y la historia familiar. Anatomista de los cadáveres familiares, los huesos del árbol genealógico se van poniendo de pie en una versión fantástica e  incorroborable de la historia de los Roca y los Shoo.

 

Cuvier con algunos dientes y huesos erigió la hipótesis de una civilización animal demencial, inmensa, ¿bastan algunas frases e ideas para reconstruir un carácter? La carne que le falta a los huesos de la parentela nuclear  despunta en  un documento escrito del tío abuelo Bebi compuesto a su vez  de las historias oídas por Papá Marcos, por  todas las disquisiciones que Bebi, Papá Marcos, las tías y los menos famosos de la familia grande van armando en torno a las andanzas de los Roca hasta llegar a un Pincén siglo XX, carne que ahora Emilio, un carroñero profesional, vivisecciona , rellena y coce como un matambre tremendo y sazonado. 

 

No es discreto. No es amable. No es tierno. No se lee rápido. No se lee de un tirón. 

No pide lectores amistosos. ¿Qué relación se tensa entre la cultura, el negocio de lo cultural, la enunciación de una época, las  políticas de la amistad literaria en este libro que coquetea con las contradicciones?

 

Volver en el final sobre el aviso de comienzo del libro  que firma el autor y que hace al montaje atado con alambre de eso que él confiesa haber estirado y que con alambre atado, un alambre que en “Charque” se hace púa nos hace pensar en una deliberada apuesta por la por exhibir un posicionamiento que arde, que va saltando como si el piso se hiciera de lava que no quiere escribir sobre indios porque no es indio porque no hace hablar lo que no es y porque en eso hay una genuina voluntad de no violentar una traducción. 

 

Hay sí un regodeo, obsceno y juguetón en torno a la lengua del enemigo, digamos, la lengua que en el propio seno familiar ha sostenido las historias en torno a la Familia Grande y que es la propia lengua que se ama y se fisura, se puebla de llagas, se hace doler. Este libro en el que Emilio Jurado Naón investiga su lengua, la somete a una vivisección voluntaria, la despelleja, la ve de atrás para desandar un carácter, una voz que no busca en los bordes de la  verdad, que no tiene miedo a recorrer la sombra del relato, incluso ridiculizarse, crecer egóticamente hasta parecer invencible, derrapar. Ese gesto, exhibir en los reveses de la lengua la sombra de la historia con y sin mayúscula conjura, con alambre, el cinismo de la cultura  y de nuestra época.

16.2.22

Una década a diario, por Emilio Jurado Naón

 

(Sobre Diario, de Alejandro Rubio, Buenos Aires, Palabras Amarillas, 2017)


El 
Diario de Alejandro Rubio se anuncia como la reedición del «clásico de culto oculto chileno» ya que había sido publicado en Chile en 2009 pero no llegó a integrar las páginas de su poesía reunida, La enfermedad mental (2012). ¿Qué pasa cuando un texto “exportado” vuelve a publicarse, diez años después de su escritura, en el sistema local? ¿Cuál es la vieja y nueva noticia del Diario? Como anuncia la contratapa, viene a «confirmar que no hay guerra externa, solo interna».


Estética y política forman la pareja que se entrelaza, baila, discute y consensúa a lo largo de toda la obra de Rubio. Cada poema es un ensayo de las posibilidades de este binomio, pero en el caso de Diario (que sigue la «línea experimental» de otros artefactos verbales como FoucaultFalsos pareados y Samuel Horribly), el ensayo se somete a constricciones estrictas: entradas breves de una misma jornada, anotadas sobre un cuaderno Avon. Por acumulación, estos párrafos cortos y frases contundentes van dando forma a una mente que no deja escapar detalle, que observa el entorno, oye, analiza los discursos y humores sociales, para garabatear, como de paso, las líneas de un borrador que se quiere perfecto. Porque la guerra es interna, también, a cada entrada del diario, y sus batallas se dan en el terreno de la lengua.

La escritura de Rubio se despliega según la ética de la precisión, la efectividad y el riesgo: «7 mayo 2007/ Una sola, última, digna frase antes de que se estrelle el avión». Y en esa misma línea se conjuga (con el eco de la didáctica de Pound) su enemigo: «7 mayo 2007 / El lenguaje nebuloso de las clases fraudulentas sirve sólo a un propósito temporario». Los propósitos de esta prosa, en cambio, no son temporarios: son insistentes. Se trata de un texto cansado del tiempo, de sus reiteraciones y farsas:


7 mayo 2007

El siglo XXI recién comienza, pero no veo la hora de que se termine. Es un embole pasatista y letal, una pesadilla de aire acondicionado en un país escaso de energía. No me alcanzan los dedos de las manos y los pies para contar todos los retornos surgidos hasta el momento: retorno de Marx, retorno del folk, retorno de la música disco, retorno del rock de los 70, retorno de Silvia Pérez, retorno del cine negro, retorno de la moral trascendente, retorno del tercermundismo... Vuelven todos a una casa vacía que conoció épocas mejores y se sientan a la mesa a esperar que aparezca una sierva y les cocine.

 

Pero la escritura de Rubio hace apropiación de ese tedio del tiempo, para asegurar que la poesía dé en el blanco: «7 mayo 2007 / Una rosa a repetición». Se podría afirmar que gran parte de toda pedagogía se basa en repetir y reformular, una y otra vez, hasta que el estudiante se harte (o aprenda); bajo restricciones claras, el texto de Rubio se pone a escandir el pensamiento en unidades textuales mínimas que varían sus puntos de vista, tonos, estilo y género, pero sin correr la mira del asunto central: una ética del escritor que apunte a desarticular el conformismo, la hipocresía y el cinismo en el lenguaje.

Las frases que recopila el Diario abordan la crítica a los medios masivos y sus trending topics (el paco aparece como protagonista de los comentarios televisivos; dato que muestra, a los ojos de hoy, cómo a pesar de que los problemas sociales no cambian, sí lo hace la agenda mediática); la semblanza de personajes barriales; los juegos de palabras, furcios, malentendidos y palabras sueltas, registradas por su eufonía («7 mayo 2007 / Apodíctico.»); imágenes objetivistas («7 mayo 2007 / Veinte monedas de un peso en un frasco de mayonesa.», «7 mayo 2007 / Envolturas de celofán por todas partes. Envolviendo cebollas.»); y frases barrocas, ceñidas a la melodía y el ritmo («7 mayo 2007 / En la base rufa, en el sucio suelo, alguna, quemando todavía, brasa que desciende a chispa y cuando cae la primera gota se apaga.»); también indagan en el ensayo, la sátira, el rol social de la poesía y, de manera lateral, en el entorno doméstico del diarista.

Pero el mínimo común múltiplo de la jornada «7 mayo 2007» consiste en la torsión que produce el lenguaje para pensarse a sí mismo. Sin discriminar su objeto –del vecino que remodela la casa con la plata del hijo traficante a la blancura en los dientes de Washington Cucurto; desde una crítica sobre el «american psycho» hasta los poetas entrerrianos que leen a Li Po–, el texto de Rubio formula la relación entre preciosismo verbal y toma de posición política no sólo como una posibilidad sino, más bien, en términos de necesidad.

 

 

Tomado de: BazarAmericano/Actualización septiembre - octubre 2017

8.12.21

Carlos Busqued al borde del abismo, por Emilio Jurado Naón

 

Tremendo acontecimiento

 

La aparición en Argentina, en 2009, del primer libro de Carlos Busqued demostró que aún se podía escribir una novela realista que no fuera un aburrimiento total. Esto fue así al menos para quienes leíamos literatura contemporánea con una mezcla de esperanza y escepticismo hacia la aparición de lo nuevo. El contexto de aquel entonces era muy parecido al actual, primaban en el paisaje novelístico: la primera persona onanista; una identidad confusa y consuetudinaria entre narrador y autor; la hegemonía del cotidiano costumbrista burgués y porteño; la falta de creatividad absoluta para la trama; los personajes anodinos; la corrección política, que era y es garantía de la inocuidad de la literatura; una insidiosa y prepotente naturalización del lenguaje, entendido como mero cristalino canal de transmisión, y las siempre desalentadoras condescendencia y subestimación del lector. Por el contrario, lo más novedoso se estaba dando en el terreno de la poesía y de la narrativa no realista. Entonces apareció Bajo este sol tremendo, atronador desde el título; un intruso en las aguas estancas del catálogo de Anagrama.

Hasta la historia detrás de la publicación hacía de este escritor novel un personaje intrigante: el hecho de que Bajo este sol tremendo no hubiera ganado el premio Herralde, y aun así, por mérito propio de la novela, Herralde hubiese decidido publicarla, refrendaba el dicho de que el mejor libro siempre se lleva el segundo puesto. ¿Quién ganó ese año el Herralde? Nadie se acuerda. O bien, la respuesta es más simple: lo ganó Busqued. Un concienzudo lector de Anagrama, casi un suscriptor si eso existiera, que a los 39 años termina su primera novela y logra incluirla en el catálogo de su editorial preferida. Ese es un origen posible del personaje mitológico que el propio Carlos Busqued, con el impulso que le confirió una relativa celebridad, fue construyendo para su figura de autor a base de apariciones públicas, su blog “borderline carlito” y la cuenta de Twitter “un mundo de dolor”.

Esta imagen autoral, por un lado, y, por otro, la biografía pre-Herralde, reconstruida por amistades y colegas a partir de necrológicas, fueron los aspectos más destacados luego de su muerte, a raíz de un infarto, el lunes 29 de marzo, a los 50 años de edad. Poco se ha escrito, sin embargo, sobre el valor de la corta pero más que suficiente obra de este autor (dos libros publicados: la ya mencionada opera prima y Magnetizado, de 2018). La figura de Busqued se había vuelto, al parecer, un dato que se valía por sí mismo. La propia repercusión de Bajo este sol tremendo y la tan esperada aparición del segundo libro resonaron y resuenan sin que mucha crítica se pregunte por qué su escritura repercute como repercute. Dicho de otra manera, ¿por qué son tan buenos los libros de Busqued? O bien: ¿Qué significan los libros de Busqued para el estado actual de la literatura latinoamericana? Y, en la medida de lo abarcable: ¿Qué enseñan sus libros sobre la práctica de escribir ficción?


El discurso cínico

 

Valgan como coordenadas de vida los siguientes datos: Carlos Sebastián Busqued nació en Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco, Argentina), en 1970; se graduó de ingeniero metalúrgico en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) Facultad Regional Córdoba, donde fue docente de ingeniería y director de Cultura y Comunicación Social; luego se mudó a la ciudad de Buenos Aires, donde trabajó en el área de Pre-prensa y Producción en la editorial de la UTN. En paralelo a su desempeño como docente en Córdoba, Busqued produjo y condujo varios programas en la radio de la Universidad: El otoño en Pekín, Vidas Ejemplares y Prisionero del Planeta Infierno, algunos de los cuales estaban dedicados asesinos en serie y “desviaciones” sexuales, entre otros temas predilectos. Colaboró con la revista El ojo con dientes y, recientemente, con el número despedida de la Cerdos & Peces. Fue también en un taller de la UTN Córdoba, coordinado por Sergio Mansur, donde empezó a vincularse con otras y otros escritores en formación, e integró el grupo literario El Círculo de la Serpiente (junto a Nelson Specchia, Alejandra Zurita, Gustavo Echeverría, Alejandro Jallaza y Leandro Aguirre). Esto último es destacable porque de la formación temprana de Busqued no se conocía mucho más que la de ser un lector devoto de escritores traducidos al castellano, como Emmanuel Carrère, Charles Bukowski y Kenzaburo Oe. En contra del lugar común de que la escritura es un arte solitario (discurso al que él mismo abonaba), el dato de que fue a un taller y formó grupo confirma que la literatura es gregaria, y que ningún escritor (ni el tan pretendidamente misántropo Carlos Busqued) se hace solo.

Mientras todo lo anterior seguía en las sombras para el público general, muy pocos sabían que un chaqueño radicado en Córdoba andaba y desandaba obsesivamente los fragmentos de una novela con la intención de sacarse de sí, como dice en una entrevista, “un clima que tenía adentro”. Una vez lanzada, Bajo este sol tremendo sonó como un cascotazo en las aguas estancas de la novela realista latinoamericana. O más bien habría que hablar de disparos a repetición; tantas y tan tremendas son las variables que Busqued hizo coincidir en su primer libro (como se dice en criollo, puso toda la carne al asador). Están los documentales de calamares gigantes; está el video snuff en el que cinco alemanes le meten un bate de béisbol en el ano a una anciana; está el aire “espeso y con olor a una mezcla de porro, esperma y jabón” en el sótano donde Duarte secuestra personas para cobrar el rescate; están los insectos gigantes y el barro de Lapachito (ambos venenosos); está el cebú fugado de un matadero al que un camión le quiebra la columna; están los dogos violentos que terminan siendo sacrificados de un disparo; están los elefantes enloquecidos a base de descargas eléctricas. Pero, como trasfondo de esta serie de figuras y escenas ominosas, la red que sostiene el “clima” de Bajo este sol tremendo es la convicción de que el odio y el resentimiento son un combustible precioso, incluso necesario, para la ficción.

Porque resulta insondable la psicología del autor, pero, sobre todo, porque carece de importancia para el análisis estético, la pregunta acerca de qué resiente, qué odia la novela de Busqued debe ser respondida estrictamente en términos narrativos. Y es un personaje el que condensa el gran enemigo de Bajo este sol tremendo: Duarte y el cinismo criminal del neoliberalismo en las republiquetas del sur. Este suboficial retirado de la fuerza aérea que trafica herencias, certificados de discapacidad, drogas y personas con la misma naturalidad se mueve como un anfibio entre el vecindario de Lapachito y la burocracia castrense. La construcción de Duarte como personaje es ejemplar no solo por su potencia, sino principalmente por la manera paulatina en que los rasgos de su carácter se van definiendo hacia lo más oscuro.

El arco que une los “dientes podridos [con los] que sonreía como en una propaganda de dentífrico del infierno” y la colección de pornografía hardcore con los planes de secuestro, violación y asesinato que Duarte efectúa con la frialdad de un molusco está eregido sobre un trasfondo histórico y político que lo determina: las desapariciones forzadas y los crímenes de lesa humanidad cometidos por la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Este contexto es, a la vez y paradójicamente, lo más terrible y lo menos explícito del texto; aparece por fragmentos y alusiones, o en el registro testimonial de un archivo fotográfico en la casa de Duarte:

 

Eran las típicas fotos de registro de instalaciones y equipamiento: calabozos, camionetas, una sala de reunión. Eran fotos de operativos rurales, con la mayoría de los milicos vestidos de civil. En una, de fondo se veía una camioneta cosida a balazos. Entre el guardabarros y el comienzo de la caja, que era la porción que se veía, Danielito contó nueve agujeros de un calibre muy grueso. Su padre estaba en cuclillas, descansando sobre la rodilla el brazo derecho con la pistola (la misma pistola con la que él acababa de matar a los perros) en la mano. A su lado había tres personas acostadas, cuyas caras habían sido tapadas con líquido corrector. La última había sido sacada evidentemente de noche: una escena congelada en el fogonazo del flash. De vuelta estaban en el Skymaster. La puerta removida permitía ver el interior del avión. Su padre estaba serio en el asiento del piloto, chequeando los instrumentos. En el asiento de atrás, Duarte miraba a cámara pero sin posar, como si lo hubieran llamado antes de apretar el obturador.

 

Milicos de civil, una avioneta sin puerta, rostros borrados con corrector líquido (más las tareas en la selva tucumana a las que alude Duarte unas páginas atrás) son más que suficientes para traer a la memoria los crímenes y criminales de lesa humanidad aún sin juzgar, y los cuerpos de personas que quedan aún sin aparecer. Las tramas de la dictadura, los desaparecidos, la apropiación de hijos, la guerra de Malvinas, no son ajenas a la novela contemporánea; pero sí resulta innovadora la aparición de este trasfondo en una novela cuyas primeras páginas, entre el humo de porro, los sánguches de miga y los documentales de Discovery Channel, parecen apuntar hacia otro lado. De manera lateral pero efectiva (o efectiva gracias a esa lateralidad), la primera novela de Busqued puso la mira, mediante la configuración de Duarte como su personaje estrella, en elementos de la realidad presente que muchas veces, de manera consciente o no, se dan por pasados.

Por supuesto, como se trata de literatura y no de sociología, el material que funge historia con ficción es uno de índole verbal; artificio que, en el caso de la escritura de Busqued, se apuntala en imágenes, acciones y, sobre todo, frases. A través de los parlamentos de Duarte habla el discurso cínico del neoliberalismo (al que Busqued define como “un agujero en el alma”). El autor dice en varias entrevistas que fue una frase que escuchó por ahí la que le permitió terminar de armarse el personaje de Duarte; una frase que, incorporada a la novela, funciona como el clímax del cinismo, referida a las torturas que sufría una elefanta en el circo para que aprendiera a “bailar”. Una persona dispuesta a infringir el mayor dolor posible, pero del que jamás se haría responsable:

 

–Me encanta, me la llevaría a mi casa. Y sabés qué hago: le doy máquina, la cago a palos todos los días. Hasta que llegue la noche en que no aguante más, como los elefantes esos de la India.

–Y usted dice que a ver si el bicho va y algún día le toca la puerta.

–Ha, ha, sí, sí –dijo Duarte–. Lo mismo ésta ya no le golpea la puerta a nadie.

–Y si eso pasa –preguntó el otro–, si va y le toca la puerta, ¿usted le abre?

Duarte soltó una risita.

–No, claro, hehe. Ni en pedo. Nunca. Estás loco vos.

 

Un raro entre los raros

 

Dejar hablar al enemigo, y encontrar en ese habla una riqueza verbal que permita construir un gran personaje y, al mismo tiempo, definir un discurso gravitante de la época es la línea más interesante (y con el trazo más fino) de Bajo este sol tremendo. Leída en ese sentido, también conduce naturalmente al tan esperado segundo libro de Busqued, Magnetizado, en el que “dejar hablar” vuelve a ser la consigna para la construcción de un personaje. Ya no un representante del mal que se esconde en lo cotidiano, sino, muy al contrario, una reconstrucción biográfica que le devuelva la subjetividad a una persona que siempre ha sido tenida por monstruo.

La historia no era tan conocida hasta que la publicación de Magnetizado la volvió a poner en agenda por unos meses: en 1982, Ricardo Melogno, armado con un revólver que le había dado su padre para su seguridad, mató a cuatro taxistas sin motivo alguno (tres en el barrio porteño de Mataderos y uno a pocas cuadras de distancia, pero ya del otro lado del límite con la provincia de Buenos Aires). El asesino tenía 20 años y, desde que fue arrestado hasta la actualidad, pasó su vida dentro de instituciones psiquiátricas y carcelarias. Es irónico que la libertad de Melogno, cuya personalidad ha sido catalogada como limítrofe (borderline), esté en entredicho por un conflicto de límites jurisdiccionales: “–En Capital soy inimputable, no comprendo mis actos. En Provincia comprendo y, en consecuencia, soy responsable de mis actos. Premio Nobel de psiquiatría para la justicia de Provincia, que tiene el remedio para la locura: la avenida General Paz”, explica el propio Ricardo Melogno, con un sentido del humor envidiable, en algún momento de las más de noventa horas de conversación con Carlos Busqued.

Este diálogo, que en principio habría surgido por una recomendación del equipo de psiquiatría como herramienta para que Melogno pudiera reconstruir su historia (ya que, del momento de los asesinatos, él solo tenía recuerdos difusos y entremezclados con la información adquirida por peritos y jueces), encuentra en Busqued una escucha atenta y un concienzudo artesano del texto. No solo es evidente que, por su afinidad a este tipo de casos, es el escriba ideal para contar, en primera persona, la historia del asesino serial más raro de la Argentina (raro dentro de los raros, ya que cometió cuatro asesinatos en un mes y se detuvo); sino que, además, Busqued se preocupa por editar la transcripción de las charlas y realizar un montaje que colabore en función de un objetivo claro y explícito, que aparece hacia el final del libro en palabras de Melogno:

 

La única expectativa que tengo, la única deuda trascendental, es ser una persona. Yo fui cucaracha. Y después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero… ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor. 

 

Esta función ética y política de Magnetizado es singular (por el caso que trata) pero no nueva. Tampoco lo es la técnica que desarrolla, que rápidamente se puede asociar a la escritura de Rodolfo Walsh o Manuel Puig, como referentes locales eximios que han trabajado con la tecnología disponible (el grabador) que permite un corrimiento tanto del narrador como del autor para dar espacio a la voz de los otros marginados. El cut-up de notas periodísticas e informes psiquiátricos al comienzo del libro son otro recurso muy efectivo para enmarcar la biografía de Melogno, hablada por los medios y las instituciones, antes de que él dé su testimonio. Pero, insisto, no hay innovación en estos gestos; a lo sumo, una vuelta a una tradición muy importante de la literatura latinoamericana con un aire renovado (que no deja de ser interesante) por las asociaciones leves con la así llamada “escritura no creativa” abocada, claro, al testimonio.

Lo más destacable de Magnetizado es lo que se puede sospechar de cálculo en relación al, por momentos, tirano sistema editorial y mediático que, en el caso de Busqued, le exigía una segunda novela para ser escritor. Como si con Bajo este sol tremendo no alcanzara, debía publicar más. La aparición de la charla con un convicto (producto, casi, de un trabajo social más que de una investigación novelística), en la que prácticamente no hay narrador, lejos está de la apariencia de una segunda novela. Y está lejos de la forma de una novela también, ya que, cuando Melogno deja de hablar y el micrófono se apaga, apenas está construido el personaje de una trama que terminó antes de comenzar. Nuevamente, y leído en términos de literatura conceptual, todo lo anterior, aunque no es suficiente para armar una novela, es perfecto para un artefacto verbal que no responde a ningún género establecido.

Como en su antecesor, Magnetizado presenta dos niveles fundamentales en su factura que, no solo son poco frecuentes en la actualidad, sino que se vuelven preciosos a la hora de seguir pensando la práctica de la escritura: la conciencia histórica y la conciencia formal.

El breve paso de Ricardo Melogno por el Servicio Militar Obligatorio, donde aprendió a disparar y a armar un fusil con los ojos vendados; su coincidencia con la guerra de Malvinas, en la que no combate por estar sujeto a juicio sumario; el hecho de que, en el período de los asesinatos, fue visto por sus vecinos vistiendo uniforme militar (todo esto en época de dictadura); son viñetas que el texto, sin agregar interpretaciones, administra de manera tal que reconstruye el contexto histórico y crea sentidos por yuxtaposición al relato de la vida del protagonista. Hacia el final del libro, la psiquiatra entrevistada ensaya algunas hipótesis al respecto, que señalan la posibilidad de que el servicio militar, en la experiencia de Melogno, haya funcionado como contención y garantía de orden, pero luego, al volver a su vida civil, el contraste con la falta de un orden externo haya colaborado con el brote psicótico que condujo a los cuatro crímenes. Magnetizado tiene mucho de relato policial; es, como acota el propio Busqued en una de las últimas secciones del libro, un “crimen sin resolver” en el que “el asesino está preso, están claros el dónde, el cuándo, el cómo, el quién, pero falta el por qué”. No es directa ni enfatizada la relación entre dictadura militar y asesino serial, pero resulta destacable el continuo contrapunto con el contexto social e histórico. Busqued no deja de lado esta dimensión sustancial como podría haber hecho cualquier otro novelista sensacionalista en que hubiese caído la tarea de retratar a un “psicópata” –sinónimo, cuando lo cuenta Hollywood, del mal absoluto, atemporal, inefable e individual.

La consciencia formal, lo que hace que Magnetizado no sea una simple transcripción, no reside solo en la selección y el montaje, sino principalmente en la sutil y única aparición del narrador, al final del libro, en el capítulo “Electricidad y magnetismo”. Este gesto u operación quirúrgica supone una lectura precisa sobre el material con el que trabaja (el relato de la vida de Melogno), el objetivo y la ética con la que se encara Magnetizado. En virtud de ocupar el punto ciego del relato, Busqued echó mano a un dibujo de M.C. Escher, “Galería de grabados”, cuyo centro, como la memoria de Melogno, está ocupado por un círculo en blanco de contorno difuso. El artista holandés puso su firma en ese punto ciego; pero hace unos años unos matemáticos completaron lo que Escher había dejado sin dibujar, y el resultado fue una puesta en abismo o efecto Droste, en la que la galería de grabados y la ciudad que la contiene se continúan una dentro de la otra hasta el infinito. La traducción a texto y en clave magnetizada dice así:

 

Desde el espejo retrovisor, unos ojos extraños lo miran fijamente y de manera muy intensa.

Mientras dura congelado el instante, se produce una correspondencia entre esas dos miradas. En la película acuosa que recubre los ojos que miran desde el espejo, se refleja convexa y oscuramente el interior del taxi. En particular, chiquito sobre el centro de las pupilas, se puede ver el rostro del joven pasajero que mira hipnotizado hacia el retrovisor, como un ciervo que es iluminado por un reflector que se enciende interrumpiendo la oscuridad de la noche. Si se pudiera hacer un zoom a las pupilas de ese rostro, se verían reflejados otra vez los ojos que miran desde el espejo retrovisor. Adentro de esos ojos, nuevamente el rostro del joven, y así sucesivamente: una imagen dentro de otra imagen, una continuidad de reflejos que se enfrentan. La realidad misma volviéndose cada vez más chica.

 

La apropiación de este recurso le permite a Busqued, con la súbita aparición de un narrador, reconstruir el primer asesinato de un taxista y subsanar el espacio vacío en la “trama” con una puesta en abismo en la psiquis de Ricardo Melogno, cuya noción de realidad se jibariza a pasos acelerados. Solucionar una falta con la profundización de esa carencia: herramienta a considerar, propia de una estética singular y bien nuestra, del arte en las periferias.

 

Morir justo a tiempo

 

Carlos Busqued no necesita más libros que sus dos libros publicados para ser un escritor singular. De hecho, ya con Bajo este sol tremendo habría sido suficiente. No parecía estar ajeno al gran problema de todo novelista: ¿Qué publicar después? Angustia que es tan inocua como real. Y que cada escritor o escritora resuelve a su manera. En el caso de Busqued, se resolvió así, con una muerte temprana. Temprana para la persona, pero no para el autor. Quedan sus dos libros y, seguramente, lo que se rescate de una novela inédita sobre criptonazis en Córdoba –de la cual, adivino, forma parte la entrevista, acaso ficcional, “Jim Jones en la puerta de tu casa con un mono en la mano”, que salió publicada en la Cerdos & Peces Nº 60.

No me refiero a leyendas ni mitos ni a la ya tan aburrida figura del escritor maldito. Muy al contrario, Carlos Busqued era una persona corriente (gran conversador y muy amable, hay que decirlo) que escribió dos libros muy buenos, que cualquier lector o lectora más o menos curioso puede disfrutar y de los que cualquier escritor o escritora con ansias de pensar la práctica literaria puede aprender mucho.

 

Tomado de: Revista Casa de las Américas, # 302-303 – enero-junio 2021pp. 162-169.


21.4.20

Cuestionario Marcel Proust a Emilio Jurado Naón



¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
No despertarme o, en caso de estar despierto, no darme cuenta.

¿Cuál es su miedo más grande?
Ser injusto.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de usted mismo?
La autoexigencia.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
No sé, tal vez no haya llegado todavía mi mayor atrevimiento en la vida.

¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
La productividad.

¿Qué es lo que más le disgusta de su apariencia?
Los hombros caídos.

¿Cuáles son las palabras que más usa?
Creo que van cambiando por temporadas. Hoy serían "terrible", "increíble", "buenísimo", "absolutamente”, todas muy tremendas y totalizantes.

¿Qué es de lo que más se arrepiente?
De no haber disfrutado un poco más mi adolescencia, apurado como estaba por abandonarla. 

¿Cuál considera que es su estado actual de ánimo?
Hastío general con períodos aislados de buen ánimo.

¿Cuál es su posesión más preciada?
Mi bicicleta, aunque tengo que inflarle las ruedas.

¿Cuál considera que es la peor miseria?
El sentido de superioridad moral.

¿Con qué personaje histórico se identifica?
Ho Chi-Minh.

¿Cuál es la cualidad que más le gusta de una mujer?
La misma que la de cualquier ser humano, su percepción singular de las cosas y de la vida.

¿Y en un hombre?
Lo mismo.

¿Quién es su héroe de ficción?
Van cambiando. Hoy creo que sería Leopoldo Bloom, del Ulises, porque es una persona ordinaria.

¿Cómo le gustaría morir?
Durmiendo.

¿Qué apodos tiene?
Mono, mono loco, Emily, Mel, Milio.

¿Dónde y cuándo es feliz?
En la playa, en cualquier época del año.

¿Cuál es el rasgo de personalidad que menos le gusta de un hombre?
El frío cálculo.

¿Qué o quién es el más grande amor de su vida?
Mi compañera, la Mona.

¿Cuándo miente?
Cuando la mentira es para ayudar a alguien o a algo.

¿Cuál es su idea de la muerte?
Desenchufar la máquina.

¿Qué no perdonaría?
La traición o el desconocimiento.

¿Qué le hace reír?
Lo ridículo de cada un* de nosotr*s.

¿Qué le hace llorar?
Lo ridículo de cada un* de nosotr*s. 

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
Optar por lo que me hace bien.

¿Para usted qué es un buen insulto?
Ese que desnuda al enemigo.