Mostrando entradas con la etiqueta francisco garamona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta francisco garamona. Mostrar todas las entradas

4.11.25

Discotecas encantadas, por Francisco Garamona

 

Homúnculo

 

Dador de doble inexistencia

el homúnculo en su frasco

come un poco de avena,

que una mano servicial

desperdiga sobre su boca.

Es una anciana con un ojo de vidrio

que extrae de su cuenca

y se lo da a chupar.

Después el homúnculo dará

sus primeros, tímidos pasos,

con zapatitos de cáscara de nuez

y ropa de niño mago,

que fue cosida con agujas de oro,

de noche y con la luz apagada,

sirviéndose de la claridad

que emite la luna

entrando por la ventana.

Una gota de sangre en la punta

de una flecha de juguete,

dio vida a su corazón.

 


Una aventura clásica

 

El mago sirvió un vaso de leche

inclinando un cuadro de montañas nevadas,

y a una piedra que estaba pintada

la retiró de la imagen y luego la incrustó

dentro de uno de sus ojos,

que hasta un momento antes

llevaba cubierto con un parche,

igual que un pirata.  

En el escenario la luz se fundía

como un ribete de oro

donde el día le peinaba los cabellos a la noche.

Su gran obra de arte era demostrar

cómo desarrollaba una amistad con sus objetos,

sus animales y asistentes.

Sus manos se prolongaban

en otras manos que sostenían en el aire

el peso de las caricias.

Pensaba en obras prodigiosas con alegría

porque eso lo ayudaba a vivir.

Hacía planos sobre una mesa de vidrio

de máquinas excéntricas para encerrarlas

dentro de sus recuerdos.

 

 

 

Una amiga de Peter Pan

 

Polvo de hadas

polvo de hadas

ella se cortó las venas

y para que no se desangrara

tomó polvo de hadas.

Se hace con las puntas

de sus pestañas arqueadas,

con la microfibra de sus trajes,

con sus dientes transparentes

y con piedras que sus coronas

llevan ornamentadas.

Polvo de hadas

polvo de hadas

temprano en la mañana

ella despertó con las muñecas vendadas.

Ojo que no hablo de una droga

sino de un pacto celeste,

hablo de una puerta

que une mundos invisibles.

Cabello de niña trenzados al cielo

por una escalera que sube a una estrella.

Era polvo de hadas.

¡Era polvo de hadas!

 

 

 

¿Qué les importa la felicidad?

 

Almohadones de palmeras

cara mirando el cielo

escondrijo del ojo

cocodrilo del sexo

que va subiendo las calles

construidas sobre cerros

asfaltaron la montaña

aplastaron el desierto

líneas sobre los pómulos

tiran de caballos muertos

que se arrastran por el suelo

en pendiente y despidiendo

el aire oscuro del puerto

impregnado de gasoiles

que llenan los botes pesqueros

gritan gaviotas agudas

espuma que tumba espanta

gaviotas enganchan nubes

soledad y desconsuelo

sube la yonky desnuda

sus trenzas sobre los hombros

sus ojos bajo la gorra

la sombra sobre los ojos

fuma su pipa de plástico

recostada en una cama  

oh, esos mendigos atroces

que conocen la noche

jugo de fierro caliente

flecha que quiebra dientes

encías truenan molares

ensimismados y ausentes

navío rodilla altares.

 

 

 

Tomado de: Discotecas encantadas, Bahía Blanca, VOX/LUX, 2025.-

 

 

11.9.23

Alrededor de Maryka, por Sebastián Gómez Matus

 

 

(sobre Maryka, de Francisco Garamona, Santiago de Chile, La Calabaza del Diablo, )

 

 

Si el mundo es como la impresión que deja la narración de una historia, la vida es como la impresión que deja la lectura de un poema. A medio camino de la canción y con cierto retinte epigramático, estos poemas de Garamona nos devuelven a lo que antes se conocía como poemas de circunstancia o “a una que pasa”, un tipo de poema que por lo menos acá ha perdido terreno, dando lugar a una poesía de formato y temática. Al contrario, esta poesía escrita en tiempo real, al mismo tiempo que la vida se despliega en un doble movimiento recíproco con la escritura, son poemas sueltos, dicharacheros, llenos de erotismo y camaradería; sabios en su falta de pretensión, surgen del resquicio que se abre entre experiencia y registro. Este hermoso libro es la historia de un amor, de un viaje y una suerte de origen perenne del poema. También es la cartografía de un nombre que responde a una mujer y un territorio.

 

Los poetas van hacia Arica, hacia el mar, el desierto, casi se ve el Perú, que es una suerte de espacio connatural del misterio. La sed que hay en los poemas tal vez refiera a una de las posibles etimologías de “ica”, que significaría “tierras secas”. En el título del libro hay una aglomeración de posibilidades nominales que saltan a la vista de cualquier lector conosureño. Marica, mar e Ica, Arica, Mary, etc. No parece arriesgado decir que el título hace compartir nombre a una persona y un territorio, cuerpo y espacio, gesto que de inmediato nos pone en el plano de la metamorfosis y por lo tanto propone una superación de los límites o fronteras, semánticas o políticas. Esta idea se ve reforzada por cierta dicción a la chilena, como si Garamona recogiera cierto tono después de tantos años de flujo y amistad con poetas de nuestro país.

 

Hacia la mitad del libro hay un poema titulado “Nuestros sueños serán sus pesadillas”. Los poemas anteriores abrieron el camino para este poema directamente político, pero donde diga político, por favor, leamos poético. Cito este poema porque hay una delicadeza que hace ese reemplazo de lo político por lo poético sin enunciarlo, sin discurso: “La sombra de un arma será/ más real que el arma misma”. Si antes la poesía comprometida se quedaba en el compromiso y se alejaba de la poesía, en el caso de Garamona el compromiso es con la poesía y su infinita riqueza abandonada aquí recuperada con un “fusil ultraliviano y bacán”, otra metáfora de la escritura y ejemplo de una dicción transcordillerana. Además, este poema incluye lo que Benjamin conceptualizó como “política del sueño”, la que se puede retrucar como “poética del soñador”. El espacio de la mente, hoy más que nunca en disputa, dispone de esta arma tan extraña como secreta. De hecho, más adelante leemos: “Este poema no lo escribí/ lo soñé recién/ y en mi sueño lo escuchaba/ recitado por los labios de una niña”. Ojalá el mundo fuera dictado por esa pibita.

 

En el poema siguiente da cuenta de cómo ve el aspecto territorial mientras viaja y escribe en un solo movimiento, algo fundamental del libro: “La región despierta como un niño/ y se refriega los ojos para alejar/ las visiones terribles de la noche”. Esa región es Arica, ciudad fronteriza marcada en realidad por la cultura andina que la precede, y estos poemas entienden esa herencia en el goce y en la responsabilidad de no automatizar al Otro, pues “No existe posibilidad fuera del amor”. Garamona, poeta de gran trayectoria, a través de estos poemas nos muestra y entrega una claridad, la búsqueda de la claridad, tan requerida por Oppen, señal de plenitud en el arte de la poesía.

 

Por último, quisiera destacar que estos poemas hacen comunidad, hablan de esa comunidad inoperante o desobrada que forman las poetas y los poetas, en instancias como el festival de poesía adonde llegan Maryka, la persona-territorio, y Garamona, el poeta-terrenal. El territorio que cubren los poemas es a la vez geopolítico y el lugar de un sueño, el sueño que se vive en estos poemas absolutamente latinoamericanos que van al encuentro del otro con una poesía celebratoria, feliz, fuerza de la cual en Chile parecemos desconocer su capacidad rebelde, saturados de hostilidad. “Maryka, la poesía está en el aire” nos recuerda una canción, y estos poemas nos recuerdan la alegría de cantar bajo la noche acompañado de un gran amor y vino, mucho vino en lo posible y todavía más amor. “Son días únicos,/ los del amor que se pregunta/ por su flecha indiferente”. Recuerdo que alguna vez Juarroz dijo que todo poema era un poema de amor. Maryka no es un libro temático, pero el amor está al centro de la poesía de Garamona y, si me apuran, la poesía y el amor están al centro de todo, solo que el centro está desenfocado y de la enemistad y la agresión se ha hecho una política portadora de una justicia que no es tal. Así como una vez Whitman dijo que quien tocara su libro tocaba a un hombre, quien lea estos poemas recordará que la amistad existe, que el goce de vivir es una fuente inagotable de subversión, que el pensamiento es comunidad. Siempre atento al presente, el poeta Garamona nos advierte que “Hay coronas de laureles,/ también dosis de cicuta”.


22.2.22

Un proyecto de vida, por Lucía Aguirre


Desde hace 20 años, Francisco Garamona viene elaborando una de las obras más sutiles y complejas de la poesía argentina. Apartado de modas y de gestos epocales, sus libros ya se cuentan por decenas, además de sus discos, películas y otros proyectos. Aprovechamos esta entrevista para hablar un poco de su mundo tan inquieto.

 

 

Vos que sos un hombre interesado en distintas disciplinas, ¿encontrás diferencias entre las artes?

La diferencia en el arte sería la del impulso, ya que no es el mismo que se utiliza para construir un pequeño poema o edificar una novela. Hay una araña que trepa por el árbol del lenguaje, que de lejos es invisible pero de cerca da miedo. La mano que hace una escultura es la misma que cava el foso en donde después será emplazada. Como dijo Rimbaud hace más de 150 años, “este es un siglo de manos”. A mí siempre me interesó expresarme de las formas más diversas. Cuando era niño soñaba ser un actor trágico que interpretase su muerte una y otra vez en la televisión, y ahora solo quiero vivir, porque la vida te va llevando, como un río que te arrastra y te deposita en una de sus orillas. La poesía, la música, la pintura, el cine, el teatro, la edición, ¿qué son sino pequeñas actividades del espíritu y participaciones en la vida?

 

A diferencia de El gusanito, mucho gusto, en el que recreaste composiciones de Jorge De la Vega y la orquestación despliega una sonoridad más relacionada con la música de los sesenta, o Los sentimientos, quizás tu disco más roquero, Hemisferio aparte da cuenta de un sonido más cercano al jazz. Canciones de una gran delicadeza en las que suenan trompetas, violines y guitarras eléctricas, además del piano y del contrabajo ¿Cómo concebiste el concepto de este nuevo disco?

Este disco salió sobre todo del deseo de hacer música y llenar el espacio de sonidos. La sonoridad del disco surge de un concepto que hicimos con Ulises Conti y Juan Ravioli, con la intención de darle más naturalidad a la música acústica, y hacer un disco de cámara con violas, violines, contrabajo, pianos. Un disco esencialmente acústico donde brillara la atmósfera de la canción. Alejarme un poco del rock e ir más hacia la música popular e incluso romántica. Canciones que son como fotografías de pequeños instantes. Es muy interesante ver como una canción va creciendo a medida que se le agregan capas de instrumentos, a partir de la colaboración de otras personas, con las que juntos encontramos su forma final. Contó con la participación de grandes músicos y músicas. Entre ellos Melingo, Juan Ravioli, Ulises Conti, Javier Maldonado, Noe Murier, Eugenia Brusa. También participó mi hija Clarisa. Quisimos hacer un disco coral, cantado por muchas personas, con muchas voces en cada canción y creo que lo logramos. Está editado por el sello Metamúsica y también se puede escuchar en garamona.bandcamp.com

 

¿Qué le pedís a una canción?

Que sea como un manto que cae sobre la vida, un momento, y la llena de intensidad, de frescura y de pasión. Además de tener una intención y un deseo de algo transferible, que pasa de mano en mano y continúa. Que la música refleja un momento espiritual y que a la vez sea un vehículo de liberación de la emoción.

 

Este año en tu editorial Mansalva, editaste algunos títulos que son parte esencial del canon de la literatura argentina. Libros como Todas las noches escribo algo, que compila los textos ensayísticos de Carlos Correas que estaban dispersos, o las conversaciones reunidas de Rodolfo Walsh, por ejemplo. ¿Cómo conviven los clásicos de la literatura nacional con la literatura emergente latinoamericana?

En Mansalva siempre quisimos tener un pie en la tradición y otro en el presente. Es así como confluyen Rodolfo Walsh con Mariela Gouric; Carlos Correas con Diego Meret; César Aira con I Acevedo. A la literatura de cerca se la puede ver como todos objetos en sí mismos pero al alejar un poco el lente nos damos cuenta de que es una fuente inacabable donde las partes sueltas conforman un todo. Esa es un poco, para mí, la tarea del editor. Traer al presente voces del pasado y del presente y hacer que esas voces estén más vigentes todavía. A veces me encuentro con personas que me dicen: Gracias por todos los libros que nos hiciste leer. Eso me sorprende. Sin darme cuenta con Mansalva colocamos muchos libros en los estantes infinitos de la literatura argentina. Me alegra encontrarme con esas manifestaciones de cariño que me hacen muy feliz.

 

Tu obra parece la de una persona incansable. Si no me equivoco, sos el poeta que más libros publicó en la Argentina. Más de 45 libros publicados, 7 discos, 3 documentales realizados. Tus últimos dos libro de poemas, Para siempre, editado por Iván Rosado, y Tener un amor, editado por Arroyo ediciones, dan cuenta de las variaciones y las constantes de tu obra. ¿Tenés algún plan en relación a tu obra?

A veces me sorprendo viendo la cantidad de libros que publiqué. Aunque cuando empecé a hacerlo era difícil porque no abundaban las editoriales independientes. Pero tuve suerte. Mis primeros libros fueron acogidos muy generosamente por Daniel Durand en ediciones del Diego que fue una editorial muy importante de la década de los noventa y los primeros dos mil. Creo que escribí para vivir mis sueños y para alejar mis pesadillas, que a veces son la misma cosa, ¿no? Aunque ahora, a veces, me pregunto el porqué de tanta escritura y proliferación y no sé qué responderme.

 

¿Tenés algún proyecto de escritura?

Ahora estoy terminando mi primera novela y en vez de escribirla, nos juntamos con mi editor, Javier Fernández Paupy, y se la dicto. Cierro los ojos y la acción bajo mis párpados comienza. A veces es graciosa y a veces es tristísima. Yo que soy un hombre de la poesía, a veces me sorprendo de todo lo que hay que hacer para construir un lienzo narrativo.

 

En la película Tertulia N° 250, de Mariano Galperín, se muestra la escena literaria que rodea a la editorial Mansalva y cómo tu librería La Internacional argentina, la editorial y lxs autores y artistas allegados conforman un salón literario contemporáneo. ¿Cómo cambió con la pandemia ese modo de relacionarse?

Es un registro de época y también una fiesta, un documental sobre literatura. Tiene muchas facetas. Pero lo más importante es que es muy divertida. Es una película que habla de la amistad, los sentimientos y la aventura. Participan muchos amigos y amigas. Esa película es casi un registro de otra época, con otros modos de intercambios humanos. Es un testimonio de cómo era la vida antes de todo lo que nos pasó.

 

¿Seguís pensando que la poesía tiene que ser trangénero?

Sí, sigo pensando lo mismo. Porque para hablar de las cosas hay que convertirse un poco en las mismas cosas. Hace poco, Marta Delfino, en un artículo crítico, escribió que mi poesía era neo gótica. Me sorprendió.

 

¿Cómo te encontrás con esa definición de poesía neogótica?

Encuentro que se puede ser neogótico en el corazón aún usando camisas hawaianas.

 

¿El arte tiene secretos?

Sí, muchos. Pero no voy a ser yo quien los devele. Me gusta que la obra de arte se oculte y se reste un poco del mundo para darnos la ilusión, al llegar a ella, de que somos sus descubridores.

 

Tomado de: Infobae Cultura/ 24 de Noviembre de 2021


4.10.21

Cuestionario Marcel Proust a Roberto Papateodosio

¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?
Prefiero la idea de plenitud en la figura de un libro, o una música.

¿Cuál es tu miedo más grande?
Perder mi biblioteca.

¿Cuál es el rasgo que más deplorás de vos mismo?
La ingenuidad.

¿Cuál considerás que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
Si está sobrevalorada no es virtud.

¿Cuáles son las palabras que más usás?
Son tres: “genial”, “imprescindible” e “inhallable”.

¿Qué es de lo que más te arrepentís?
De no haber comprado libros que hoy están agotados.

¿Cuál es tu posesión más preciada?
Tengo varias: obras de Sergio de Loof, o Vicente Grondona. Muchos libros en primeras ediciones; creo que elijo el Fata Morgana de André Breton, ilustrado por Wilfredo Lam. Regalo de Francisco Garamona.

¿Cuál considerás que es la peor miseria?
La mediocridad.

¿Con qué personaje histórico te identificás?
NS/NC

¿Cuál es la cualidad que más te gusta de una mujer?
La lucidez.

¿Cuál es la cualidad que más te gusta de un hombre?
La generosidad.

¿Cómo te gustaría morir?
Cayendo aparatosamente, aferrado a un cortinado de terciopelo rojo en una película de Visconti.

¿Dónde y cuándo sos feliz?
Cuando estoy rodeado de amigxs y libros.

¿Cuál es el rasgo de personalidad que menos te gusta de un hombre?
El egocentrismo.

¿Cuándo mentís?
Cuando es necesario.

¿Cuál es tu idea de la muerte?
Como dormir sin soñar.

¿Qué no perdonarías?
La traición.

¿Qué te hace llorar?
La composición The Two Lonely People de Bill Evans.

¿Cuál considerás que es tu mayor logro?
Lograr distanciarme de lxs mediocres.



13.2.21

Pulp, por Francisco Garamona

 

Era una novela barata

donde el tiempo volaba

y también dolía

dejando sobre la cara

la marca de una cicatriz.

Como un amuleto sucio

que colgaba del cuello,

como un diente de tigre

listo para el desgarro.

En sus páginas caía

la tarde sobre los barrios bajos

y en una cordillera de edificios

empezaban a prender la luz.

Él estaba en un retén

controlando unos autos,

porque tenía el dato

de que se iba a hacer

una gran operación.

Claro, un informante

había cantado...

Era un policía de narcóticos

en Mozambique y también

un adicto en Kenia.

Era un drogadicto y un agente.

Sí, lo era, dos personas,

pero que inexplicablemente

eran solo una...

Porque era un ser que alternaba

entre dos dimensiones,

acaso puramente humanas,

habitando dos cuerpos

llenos de odio y fracaso.

Uno se tomaba la fiebre

con un hueso de gallina,

esperando su dosis de veneno,

digámoslo sin asco.

Tenía hijos y vivía en un rancho.

Pero cuando era el otro lo hacía

en un edifico nuevo

de la zona del puerto

desde donde miraba paranoico

esa parte de la ciudad.

No podía dormir, estaba loco.

Había hecho negocios

que salieron mal con gente

del hampa más pesada

que ahora lo buscaba

para matarlo.

¿Y cuando él muriera,

moriría el otro también?

No era seguro, pero igual

muy probable...

Era un policía de narcóticos

en Mozambique y también

un adicto en Kenia,

que se escondía entre bolsas

de basura de las negras, grandes,

para drogarse, lejos de su familia.

 

 

Tomado de: Francisco Garamona, Tener un amor, Ediciones Arroyo, Santa Fe, 2020.

9.2.21

Cuando el lenguaje se aleja, por Javier Fernández Paupy

 


Ayer amanecí tan pensativo, y me decía:/ “Con amor y turismo, con turismo y amor,/ quiero que vayamos a una casa en el campo/ y hagamos las cosas románticas/ y las cosas sexuales./ Tirando maderas a un fuego,/ acostados sobre la piel de un oso/ que murió de viejo y un poco/ también para nosotros/ que dormimos ahí arriba,/ bien pegados”.
Zanjas VIP, Francisco Garamona


Algo en la lírica de Nicolás Moguilevsky recuerda la historieta. Sus poemas van hacia el cómic o vienen de ese choque de hemisferios entre las imágenes y las palabras, en ese pasaje sin determinación de lo narrativo a lo ensoñado. Son poemas sin huellas visibles de intimidad pero donde lo íntimo está en tensión con una miríada de visiones sobre la vida moderna. El poema que despliega Con amor y turismo (Triana, 2020) da cabida a las formas más variadas de la existencia. Un micro a San Luis, carteles que dicen “Nada es gratis” o “Prohibido fantasmear”, trenes, bares, colectivos, helicópteros, hospitales, albergues transitorios al amanecer, contraseñas, “reptiles, insectos y otros seres vivos”, “pequeños animales sin nombre”, “una isla de pájaros”. Y también, o sobre todo, formas abstractas de la vida social, como cesaciones de pago, recibos de expensas, sociedades comerciales, rúbricas, impuestos, sellados, consultorías, documentos no registrados, engranajes de la administración tributaria, “carpetas anilladas con expedientes en tamaño legal”, inanes burocracias, medidas, trabas legales, papeles, firmas, escritorios de jueces y de oficinas inmobiliarias, maniobras bursátiles. Pero esa lírica fiduciaria que recorre el libro muestra algo más, la influencia materialista que niega lo que está más allá de las cosas. Una zona sensible de la poesía argentina contemporánea llena de insultos, gritos y silencios, de representaciones sutiles de las relaciones humanas, de la aventura amorosa y de la amistad, así como de la pasión del arte, vista desde distintas perspectivas: (“En la sala de exhibiciones/ habían montado la muestra de un artista/ que nadie conocía/ (…)/ Se ha dicho que un espacio/ (de esos que cuestan caro)/ si no tiene un público dispuesto/ a pagar lo que piden los jóvenes/ por el arte del futuro,/ no tiene motivo ni destino”, Solo para coleccionistas.)

Estos poemas hablan del vértigo de la vida urbana, sin regodeos en la copia o traslación de la trama semanal de las ciudades, sino más bien desde el punto de vista de una parodia épica a la modernidad, segundo a segundo cambiante y, por eso, evanescente o vencida en las leyes de su propia decrepitud. El título del libro, quizás tomado de los versos del artista y conspirador asociado Francisco Garamona, nos recuerdan un cruce entre el collage y la materialidad milimétrica de la experiencia de vida. Sentimiento y sentido de la aventura como una forma de medir la emoción.

El poema de Nicolás Moguilevsky (“un poema/ que se escribe/ mientras se piensa”, Avistaje) compone un guión enloquecido de la vida moderna y está gobernado por un orden diferente al de las representaciones miméticas. No está basado en la razón sino en la libre asociación y en la sugestión sutil, componentes sin fecha de vencimiento de la alquimia verbal. La presencia de la ciudad es un pretexto para montar esa escenografía paranoica de fondo que hace de infinito en los poemas. Un pretexto y no un motivo. Un viaje y no un destino pactado de antemano. Es posible que la poesía ya no pueda describir un paisaje inocente a partir de una intimidad imposible de nombrar. Quizás de ahí venga la pulsión de Moguilevsky por generar una yuxtaposición de planos y secuencias mentales que ocultan su intimidad. Algo en sus poemas me recuerda esos versos de Zona, de Apollinaire: “Al final estás cansado de este mundo antiguo/ (…) Acá hasta los automóviles parecen antiguos”. En los poemas de Con amor y turismo, las preguntas sobresaltan como intrigas: (“¿Quién va a responder si no hay quien pregunte?”, La llamada exterior; “A la hora de la droga: ¿dónde se encuentran/ los químicos en su vía de incidencia/ sobre los pasillos del cerebro?”, El amigo oscuro). Hay, también, recursividad y movimiento que bordea lo tautológico: (“la vida lo es todo mientras la vida sea todo”, La llamada exterior; “pidan la palabra y el consejo del Consejo”, Sentencias bajo un nogal; “(…) Taya talla una estatuilla/ y sí, talla también un estallido”, El amigo oscuro).  

Artista plástico, músico y editor, el autor de Con amor y turismo destila en dosis justas sentencias epigramáticas (“Siempre se puede bailar/ si no se puede entender”, En todo el resto del espejo; “La escritura es la pintura del pensamiento”, Sentencias bajo un nogal; “El problema es siempre  de los otros”, El amigo oscuro) con pasajes líricos (“Mientras dormía su familia/ mientras su pequeña infancia/ se montaba en lo que posteriormente/ sería su juventud,/ una imagen de sí mismo/ mirando un noticiero,/ solo y tarde en el sillón,/ recorría su recuerdo/ esa noche en la ciudad”, El amigo oscuro). Son narraciones verticales de largo aliento que sostienen su ritmo y lo aumentan verso a verso. Los paréntesis, recurrencia formal que atraviesa el libro, ramifican un hilo narrativo que no se puede sintetizar a partir de lo que cuentan porque estos poemas enmascaran, en el fragor de sus múltiples acciones, más de una interpretación. Como un caleidoscopio que muestra distintas perspectivas de una misma historia. Y donde el lenguaje, antes de acercarnos a las cosas que nombra, pareciera que las vuelve más difusas y lejanas. (“Y también hay alguien como Jaime,/ alguien que no existe pero habla y balbucea/ en su delirio de pasiones”, El amigo oscuro). Como si la relación entre el lenguaje y lo que nombra no fuese convencional sino mágica, ilocutiva, personal. 

1.10.20

Mi primera banda punk, por Francisco Garamona

 

 

 

Era como si la niebla…

 

Era como si la niebla que cubría ese muelle de cemento fuera una instalación en la que él debía acercarse hasta donde estaba ella saliendo de atrás de unos tachos de basura para decirle algo, mostrarle el hueso de su sensación. Y entonces hablaron, se dijeron cosas y cuando dirigían sus ojos al lecho negro del río veían formas semihundidas que se dejaban arrastrar por la corriente igual que ellos, entre manchas de aceite que parecían burbujas de historieta donde se quedaban grabadas las palabras de todo lo que se habían dicho antes.

   Entonces se aplicarían a otros sistemas, para empobrecerse y abandonar. Porque buscaban una ecuación que diera cero: la cifra más ansiosa, con un estado de ánimo parecido al del amor.

 

 

 

 

Te acordás de ese cantante…

 

¿Te acordás de ese cantante que escupió sangre sobre el público en un recital en Villaguay? Bueno, era yo, pero no quise decírtelo cuando te conocí…

   No es que tuviera alguna enfermedad respiratoria, sino que había dormido en el suelo junto a una chica al amanecer –de ansia y spleen– muertos de frío y de tanto apretar los dientes las encías me sangraron. Y creía reconocer mientras soñaba a esa pandilla punk exterminada con sus crestas hundidas en el barro, pero ahí, otra vez, ellos tendían hacía mí sus manos, para convidarme cigarrillos bolivianos bajo una cierta espesura fantasmal que era el fulgor de esa provincia.

 

 

 

 

No creo que pueda seguir…

 

No creo que pueda seguir viviendo así por mucho tiempo más, te dije mientras señalaba las paredes de la caverna en donde nos habíamos instalado. Las estaciones pasaban, dejando apenas un polvillo fino que alcanzaba para medir sus duraciones. El aire húmedo tonificaba los bronquios de mi amiga y daba elasticidad a sus membranas.

   Cerca del amanecer, ella sacudía de nuestro camastro los insectos aplanados, y tejía unas canastillas con filamentos vegetales que yo le ayudaba a extraer machacando plantas contra unas piedras.

Y así, ella generaba nuevos fantasmas y los dotaba de nombres para lo que sería una larga convivencia. La luna refulgía como una moneda de plata encontrada en la ciénaga, de la que extraíamos cadáveres de osos, para utilizar los huesos de sus garras…

   En la tumba de los días yo sumía mi cuerpo. Carne de sexo, antípodas misteriosas que se unen y separan. Quemaba a la mariposa, a la libélula ensangrentada apuntando al pabellón de ojos de mosca: aquellos perros que ladran siembran el deseo de huir por los campos cubiertos de maleza. Manos ahuesadas, pinzas de colibrí sobre las piernas.

 

 

 

 

Levantamos muros…

 

Levantamos muros de sólida piedra, con paja y desechos orgánicos para formar una pasta que no se debilita ni se ablanda, con la que también fortalecemos nuestros ranchos. A mí me nombraron

albañil especializado, a vos maestra mayor de obras en etapa de construcción. No me gusta la sidra dulce y negra que hay para tomar una vez terminada la jornada. Pero sí el pan ácimo y las uvas tornasoladas que destruyo con la lengua presionándolas contra el paladar.

 

 

 

 

La noche era rosa

 

La noche era rosa, color de chancho, de sexo. Mendigas montevideanas daban vueltas por el Parque Rodó y una se detuvo para hacer gestos. Iba arrastrándose por las lomas del parque, persiguiendo a unos jóvenes enamorados. Y aquella situación duró lo que tuvo que durar para datar finalmente a unos espectros.

   Los enamorados eran pequeños y de ojos claros y cuando la mendiga los llamaba ellos se tiraban a sus pies como perros. –¡Fuera, fuera! –les gritaba–, y el sonido horrible de esa voz se tendió sobre sus cuerpos. Y ellos la miraron con sus ojos azules llenos de lágrimas inconsolables

de una pureza helada. Y la mendiga de golpe empezó a alejarse. Y en medio de su marcha toda una carga pesada la inmovilizó. Los brazos le colgaban al costado del cuerpo como dos ramas secas.

Entonces los enamorados aprovecharon para huir de ella, queriendo intentar otra vez un intercambio de fluidos.

   Y ahora seguro habría unas manchitas flúor sobre el césped quemado. Y lugares aplastados, aplanados. Y aguzando la vista se los podría ver caminar tomados de la mano, más allá de los árboles, por donde termina la ciudad y empiezan las primeras quintas…

 

 

 

 

Te besé en la boca…

 

Te besé en la boca, muchas veces. Y la ciudad se llenaba de sombras que se multiplicaban entre ellas. Acerqué mis manos, tu talle estaba tenso, ya no sobraba por ahí ese viejo pulóver que usabas la noche en que te conocí. En torno a la lámpara volaban unos insectos a los que la lluvia había obligado a buscar refugio dentro de la casa. “Matalos”, me dijiste y yo te miré a los ojos pero no hice nada. Aunque me acerqué hasta ellos sabiendo que no había posibilidad por fuera del amor.
En la calle los autos resbalaban sobre el pavimento mojado y había como unos estiramientos para arrancar la maleza del aire con repulsas de otros signos, para decir, aún no empieza a salir de nuestros esqueletos la piedra que entre dos junturas viene a moldearnos la carne.

 

 

 

 

Hoy no puedo escribir…

 

 

Hoy no puedo escribir, porque me falta la constancia del trabajo sistemático. Vos eras un punk, salías con otros punks, dormían en un anfiteatro abandonado, en huecos dentro del cemento de las gradas. Y ahí fumaban marihuana, aspiraban pegamento, miraban a lo lejos los autos que pasaban por una avenida bordeada de plátanos. Y salían a buscar cualquier cosa que pudiera aportar algo a esa hermandad errante a la que habían bautizado “Sedante Sangre”. Publicabas poemas punks en fanzines de la movida, que eran muchos, bajo el seudónimo de Patricio Morandi. Tus amigos se llamaban Gaviota, Falopín, Arrancadedos, Moribundo Michael, Pibe Pelusa, Materia…

   Eran todos muy jóvenes, adolescentes, y vivían, como vos, una vida inútil, al margen de la sociedad. Hace poco te encontraste con Falopín. Y cuando lo saludaste con un enfático ¡Falopín!, él te dijo, mientras miraba paranoico para todas partes: “Callate, que ahora me dicen Kinoto.” No pudiste reprimir la risa y te reíste en su cara. Eso fue todo. Kinoto se alejó caminando rápidamente, mirándote con cierta amargura y desprecio. Jóvenes –niños monstruos de nuestro tiempo– ¿dónde están ahora? Dispersos, destrozados, con gestos fantasmales trepando a los trenes que pronto pulverizarían sus huesos contra los hierros de las vías… Hoy el recuerdo de sus rostros trae de golpe la constatación del paso de los años... Te encontrabas en la vieja peatonal Córdoba, antes escenario de tus correrías, y ahora la veías cambiada, completamente muerta y ese contraste se volvía doloroso. En esa época también formabas parte de un grupo musical llamado “Los médicos”. Hacían hardcore, música industrial, tocaban re mal.

    La banda estaba armada así: Alejo tocaba el bajo; el Flaco Plescach la guitarra, Leandro azotaba la batería y vos la guitarra y cantabas. ¿Te acordás? A veces los acompañaba en la trompeta Sebastián Salami.

    (Contar otra vez la triste historia de Salami sería muy fácil, sus cimas de perversión y enfermedad, pero eso ya lo hice en una novelita llamada “Los Patos”, que publicó Eloísa Cartonera en el 2004, con dibujos de Max Cachimba).

   Una vez después de un recital que estaban dando en la Cantina de Ramón Merlo, se acercó una mujer de unos treinta años y te dijo: “Qué bárbaro que con esa voz tan chillona puedas cantar, parecías una rata pisada por las ruedas de un colectivo”. Vos no le contesté nada, pusiste los ojos en blanco, y juntando las manos en una actitud budista le hiciste una mueca rara (yo desde el público reía).

   Los recitales por esos años eran más bien un pretexto para que el público se desahogara de sus propias frustraciones. Siempre había golpes, gente que se daba con todo. Un capítulo aparte después de esos recitales eran las guerras que se daban entre punks y heavys. Eran ruinas, y encima de las ruinas, otras ruinas más nuevas las que quedaban después de esas batallas. Parecía como que se olían, buscándose por las calles vacías de la madrugada. Una vez emboscaron a un grupo de heavys en un barrio proletario. Los estaban esperando y se la tenían jurada. Arriba el cielo rosado del amanecer con bandas azules y detrás fábricas amontonadas y después el campo que empezaba a entrar en la ciudad. Les dieron sin parar, les rompieron los huesos, les quitaron sus armas y clavaron en la tierra una navaja dorada. En un momento en que le pegaste una patada en la cabeza a uno de los melenudos que estaba tirado en el piso, escuchaste cómo se le destrozaban los huesos de la mandíbula. No sé, pero ahora pienso que capaz que lo desfiguraste para siempre.

 

 

 

 

Una poesía…

 

Una poesía de hierro, otra suave para seducir. Una poesía para causar miedo como un lobo rollendo el torso de un hombre que agoniza. Una poesía personal, para leer iluminados con la tranasparencia de los órganos internos. Una poesía que hable de la ciudad donde escribí bajo los árboles que parecían cerrarse a la violencia del verano.



Tomado de: Francisco Garamona, Mi primera banda punk, por Francisco Garamona, Buenos Aires, Nulu Bonsai, 2014.