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27.5.24

La escapada (1898), por Mariano Ruiz Montani

Al abandonar del Partido de Santa María de las Conchas Don José Bazzano se metió por el Camino Real a partir de Punta Gorda.Con los ojos entrecerrados, el viejo comendador miraba la polvorienta ruta y en su lugar veía los antiguos palacios de su Liguria natal. En uno de ellos, cerca de las playas de Savona, no muy lejos de la Fortaleza Priamar, construida en el siglo XV, estaba el escudo de gules y oro de los Bazzano. Don José, que había abandonado la tierra en la que todo excitaba a la impetuosa vanidad de la sangre, se había trasladado al Río de la Plata, al otro extremo del mundo. Había triunfado allí, rico y honrado por los grandes del Partido de las Conchas, y volvía ahora a Monte Grande para comprar una gran quinta y vivir junto a su mujer Doña Josefina Muslera y Álvarez y sus hijos. 

Cerca del mediodía, luego de andar casi toda la noche sin respiro, Don José divisó un puesto de correo con una cuadra para los caballos y un colmado. El lugar se hallaba en la cima de una de las barrancas que miraban al río. Así que aflojó la marcha, giró hacia la izquierda y encontró un sitio para el coche muy cerca de una pequeña alameda en la que una joven mestiza lavaba la ropa y la tendía sobre las ramas de un ibirapitá. Salió del coche y tuvo un momento de vacilación. ¿Detenerse allí por un buen rato y almorzar o no? Por fin el hambre lo echó para atrás y se dirigió hacia el puesto. Encontró allí el colmado, una mesa y una silla libres, un lavabo para refrescarse, todo lo necesario para justificar la posta. Comió, bebió, fumó un cigarro y fisgoneó casi una hora, sin adentrarse mucho en las barrancas. Una planicie sin fin se esparcía por doquier, a manera prologación reseca del río color león. Aquí allá, como penachos prietos, runflas de durazneros blancos cortaban la monotonía taciturna del paisaje.

Comenzaba ya a fastidiar el calor cuando volvió a la alameda para irse. La cuadra para los caballos seguía allí, lo mismo que la mestiza y sus atados de ropa, pero no estaba el coche. Experimentó cierto aturdimiento y luego una duda. ¿De veras lo había dejado allí? Comenzó a observar el galpón de los caballos. No encontraba nada. Era una calamidad. Allí estaban sus maletas, sus papeles, el cofre, todo con cuanto contaba para su próspero retorno. ¿Qué debía hacer? Regresó al colmado sacudiendo la cabeza dejando ver con su actitud toda la contrariedad que le causaba aquel suceso. La joven mestiza lo detuvo:

–¿ Busca usted su coche?

–Sí. ¿ Sabe usted si me lo han robado?

–No, pero sé dónde puede hallarlo.

–¿Quiere decir que usted sabe dónde está?

–Sí. Al otro lado del Camino de las Carretas. ¿Viene usted del Partido de las Conchas y va hacia Monte Grande?

–Sí.

–Pues está usted del lado equivocado. Debe cruzar el camino.

José Bazzano se lo agradeció como como si le devolviera la vida y se abalanzó hacia la margen derecha. Al otro lado, cerca de la pequeña alameda, una joven mestiza lavaba la ropa y la tendía sobre las ramas de un ibirapitá. Pero su coche estaba ahí, con sus caballos, fieles y remozados.

Al acercarse vio su imagen reflejada en el agua de los bebederos. Estaba tranquilo, todo se hallaba en orden, su semblante gentil, la gallardía de su raza antigua remozada por el aporte de sangres nuevas pero mimada por la remota nobleza de su origen, la fortaleza con la que labraría una fortuna en tierras y ganados. Pero de repente toda esa expresión de tranquilidad en su rostro desaparecía. Porque se acababa de dar cuenta de un detalle extraño, inquietante; la barba, el bigote y las arrugas que marcarían su rostro aún no estaban. El hombre que se reflejaba en el agua era él, indiscutiblemente. Pero no había rastros prematuros de vejez.

La vida era bella si no la miraba ahora con demasiada atención, si no estudiaba el revés de la trama. Faltaban todavía cuarenta años para que emprendiera el viaje de retorno hacia Monte Grande. Aún podían acontecer cosas extraordinarias, maravillosas. Solamente en la vejez debía temer el final de la vida.

 

Tomado de: Miralrío (historias de una quinta de San Fernando)

 

4.12.23

Irreversible, por Mariano Ruiz Montani

 

El primer sonido es el de vidrios rotos: una botella. El estallido me llega lejano, atemperado en el espacio. Sólo unos segundos después percibo claramente el repercutir de algunos cubiertos; su estrépito acerado retumba en el silencio. Casi sin intervalo se suceden otras detonaciones: ahora se trata de un pequeño ventilador, una radio portátil y algunas herramientas. Sus desmembraciones se multiplican en infinitos crujidos y mandobles. Por alguna razón que no alcanzo a explicar esto ha devenido en hábito, es el modo en que comienzan mis días. Tampoco deseo recapacitarlo. Porque cuando aún no han dado las cinco y media y toda la ciudad se dispone por fin a despertar yo estoy, medio desnudo y muerto de frío, asomado por fin al ventanal. Desde lo alto de esta torre y en dirección al patio de luz arrojo con furia cuanto esté a mi alcance. Al precipitarse los objetos chocan y hacen cimbrar las cajas metálicas de los aparatos aclimatizadores. Sólo Dios sabe por qué disfruto y sufro al hacer esto. Tras la brevedad del arrebato cierro la ventana y siento de vuelta el exceso de calefacción del interior. Una lágrima se me escapa de los ojos, mansa. Atrapado en la turbulenta corriente del cambio, busco con desesperación un punto estático, la inmutabilidad feliz que me sirva de descanso. Entonces la veo dormir. Es en ese instante cuando amago con hacer lo de costumbre, regresar y tenderme junto a ella. De esta manera tendré la certeza de que en unas horas me despertará y yo me sentiré aliviado, agradecido de estar a salvo a su lado. Como olas, los días se han repetido así, uno tras otro, desde el verano. Sin embargo hoy algo varió, algo cedió por fin en mi ánimo. Toda la noche he observado la extinción paulatina de las luces en las ventanas del hotel de enfrente. Aquí, en este edificio emplazado en una esquina de la Avenida de Mayo, bajo la aparente quietud que me rodea se gesta un cambio. Acaso también esto, esta falsa impresión de disponibilidad, sean parte de lo que dejo. Veo un ortóptero trepar sobre una taza vacía, veo las paredes vacías. Vivimos en un departamento desmantelado, en una compresión imposible, en medio del desorden. Nos arrinconan las cajas, la ropa y el bagaje tecnológico. Hace cinco años, cuando la conocí, me manifestó su posición, el porqué de su despreocupación por el entorno. ‘Todas las cosas’ –me dijo– ‘desde el virus más diminuto hasta la mayor galaxia son, en realidad, no cosas sino procesos. De esta forma el día y la noche, el verano y el invierno, la vida y la muerte, juntamente, forman la única realidad que siento: disonancia, contrariedad, discordia, la realidad que es y que no es. La lucha es el principio de todas las cosas’. Ahora así, acostada y rendida sobre el colchón en el piso, la observo. Ni sombra de la vorágine en que se sume a diario. Claro está que no faltarán al promediar la tarde las llamadas telefónicas, el curso de innumerables invitaciones, el cumplimiento exasperado de la lista. Finalmente la noche. La noche en los clubes nocturnos es otra historia. El humo, la música estruendosa, la gente, toda esa atmósfera intoxicada la muestra seductora, desenvuelta. Tal vez me haya hartado de eso, de su trabajo, de sus forzados coqueteos, de la lascivia nocturna, de la adicción a cáusticos ajenjos. O a lo mejor sea desengaño; hace tiempo creí haber encontrado una verdad que ya no tengo. Quizá la verdad consista en buscar la verdad. -‘Pecas de vanidoso. La falta de gratitud, la incredulidad o los celos hacen de tu existencia un lamento’–me hizo notar cierta noche en la discoteca. Yo me rehusaba a cruzar siquiera una palabra con un antiguo amante suyo. Le argüí que así como las montañas bajo la influencia de la nieve, de las lluvias, de la erosión, cambian lentamente de aspecto permaneciendo las mismas; y un árbol crece sin cambiar de identidad, el individuo humano conserva su personalidad en el flujo de los procesos orgánicos que constituyen su vida. ‘Sabemos que cambiamos, que no somos idénticos a lo que éramos en otro momento, y sin embargo somos siempre el mismo ser'. –'He visto el mundo a mi alrededor, la gente, sus caras y sus vicios. Y he visto mis pensamientos en mí. Y todo pasa sin dejar rastro sino este pasar mismo y este continuo quemarse’–me contestó. ‘La misma persona no tomó dos veces mi cuerpo, ni el mismo pensamiento dos veces mi alma. Nadie se baña otra vez en el mismo río'. Poco a poco rescato mis ropas de entre el desorden que me rodea y me visto. Desde el exterior el ruido del tráfico anuncia el advenimiento de una nueva jornada. Agitación, movimiento, velocidad. Aquí dentro la decisión es una sola y sobra tiempo. Ni asombro, ni furor, ni lágrimas. ¿Es esta una nueva encrucijada? Comprendo el desinterés, el desencanto, incluso la falta de todo compromiso. Pero, ¿dónde han ido a parar nuestros sentimientos? –'Niegas al mundo que es lo que vemos', me replicó. –"Suprimes el ser que es lo que entendemos’, le contesté. Yo la observaba hablar, moverse, exhibiéndose como presa ante las fieras, escudriñando a través del espejo cientos de miradas cazadoras provenientes de la pista de baile. -'La noche ha remplazado al día, el invierno al verano. La muerte hace lo mismo con la vida, y la vida de nuevo con la muerte. Ser es remplazar. Renovarse es vivir’. Amortiguados por los muros, recojo el rumor de los ascensores y el golpeteo de puertas de los departamentos contiguos. Es hora. Estoy enmudecido, el lenguaje me ha abandonado. No vale la pena despertarla, jamás encontraría las palabras adecuadas. De todas formas, quien dice todo lo que sabe, muchas veces dice lo que no conviene. No se trata de recriminaciones, tampoco de confesiones, sino de decir adiós. Prefiero un final doloroso a un dolor sin final. Al salir del edificio siento el frío del invierno. Dejo atrás cinco años, vividos sin saberlo. Camino animadamente por la Avenida de Mayo, atisbando la silueta del Congreso recortada entre los plátanos. Cualquier intento de enmienda equivaldría ahora a un doblegamiento, a una pérdida de libertad, a una amenaza de descomposición. Cerca del pasaje Barolo saludo al hombre del puesto de revistas. Me responde atento, haciendo un gesto con la mano. En la esquina de San José aguardo la luz del semáforo. Algo permanece, algo me sostiene todavía, algo cuya identidad aún no alcanzo a precisar. Súbitamente levanto la vista y miro hacia el cielo: un sol tibio acaricia mi cara.