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12.8.21

Literatura del escándalo, por Javier Fernández Paupy

 

Todas las noches escribo algo (Mansalva, 2021), libro póstumo de Carlos Correas, se lee como una autobiografía o, por lo menos, da cuenta minuciosa de la vida de un autor inigualable. En este tomo están los elementos para descifrar su obra con más perspectiva. La época en la que vivió, sus lecturas, su derrotero en el universo revisteril de su tiempo, la aventura y el conocimiento de un querer citadino, su soledad, su sexualidad, su afición al diario como un registro y trabajo sobre sí mismo, la práctica de la autobiografía novelada, su amistad con Masotta, sus lecturas de Sartre, Arlt y Borges, sus traducciones de Kafka, Kant, Kierkegaard. Es un contrapunto único para entender la obra de Correas. Compilado por Jorge Quiroga y Federico Barea, el libro está divido en seis apartados. Asistimos a una disección temática de la obra de Carlos Correas.

La literatura de Correas apunta en contra del aburguesamiento. «La literatura agoniza por exceso de críticos» anotaba a sus veintidós años, cuando reseñaba una novela de Valentín Fernando para la revista de Héctor Murena, Las ciento y una. En esa nota que hoy se lee como un manifiesto, el joven Correas proponía su programa de escritura en contra de una literatura anodina: «
Nuestra tarea de escritores debe abarcar la totalidad sintéticamente. Nuestras obras deben asustar, crear dolores de cabeza, preocupar, ponerlo todo en cuestión. Es, por supuesto, una literatura del escándalo. Una literatura de suicidas para suicidas. Podríamos decir, que la nuestra tiene que ser una literatura homeopática, es decir, que cure los males con los males mismos. Y debemos hacerla con todo rigor, inflexiblemente, sin pedir ni dar tregua ya que no tenemos otra manera de amar a nuestro público y este es nuestra única esperanza».

En este libro vemos la transformación de la mirada de un autor. Desde esos textos tempranos y belicosos, al aplomo minucioso y mordaz con el que desacredita malas traducciones, hace exégesis de distintas versiones de traducciones de Marx, elogia casos aislados como la traducción incompleta de El idiota de la familia que hizo Patricio Canto.
Correas se burla de traductores a los que define de “garruleros y botarates”. Con gracejo destruye la impericia de las malas traducciones y de los divulgadores de mala estofa. Así, anota: «La traducción de Manuel Lamana, en 1963, de la Critique de la raison dialectique (edición francesa de 1960), para Editorial Losada, es execrable y sólo puede llevar al lector a la idiotez». También dice con desacato: «De Ruggiero sufre de pereza mental y confusionismo y ramplonería y se desliza al inevitable parasitismo que brota “como hongos” en todo movimiento filosófico que cobra influjo espiritual». Agresión, ironía, burla, sentido profundo, talento.

Para mí, Correas es el heredero absoluto de Roberto Arlt. Carlos Correas es un escritor del futuro. Y las generaciones venideras lo van a seguir descubriendo. Van a encontrar la fuerza y la precisión de su escritura para dar cuenta y reponer las condiciones materiales de una época y su mirada singular de la vida. En una entrevista con Jorge Quiroga, Correas dice sobre Arlt:
«Desde y por Arlt sabemos que hasta ahora no hay cultura argentina posible si no comienza ejerciéndose en el elemento de la violencia opresiva y la prepotencia. Y que toda respuesta a esa situación deberá fundar y practicar la cultura a través de la contraviolencia y la contraprepotencia. Contra los cultos que necesariamente nos violentan y los violentos que necesariamente nos cultivan, no seremos cultos de otro modo ni haremos otra cultura si no violentamos y prepotenciamos a nuestra vez». Correas entiende que «Arlt, (…) nos divulgó que el secreto de la cultura yace en la violencia». La tragicidad de su obra y de su vida aparecen en sus personajes pero también se desliza en sus comentarios críticos. La presencia de la muerte como un reconocimiento ineludible. La posibilidad del suicidio como una voluntad soberana.

Correas, lector de Kafka, analiza la obra del checo desde categorías singulares: detalle, amor, deseo, clarividencia, alienación, soledad, prostitución, el mundo. Correas afirma que «habría que vivir 300 años para leer todo lo que hay que leer». Y en esa entrevista publicada hace más de veinte años en El ojo mocho muestra sus intereses como lector y sus relecturas. Casi nada de “novedades” y la insistencia de unos pocos autores.
Se podría pensar que el característico y minucioso detallismo de Correas que sugiere con la descripción material la atmósfera moral muestra en sus crónicas de la televisión argentina la decadencia de nuestra civilización. Mariano Grondona, Mario Pergollini son los títeres de turno para mostrar la idiotez de nuestro Gran Guiñol espectacular y sin vida de la decadencia local. Me parece que el lenguaje claro y limpio de Correas, su registro variado y preciso, su tono reconocible, ese es su estilo y lo llevó a todas partes. Hay algo que me parece absolutamente extraordinario en Correas y es su capacidad de decirlo todo en un lenguaje llano no exento de profundidad. Haber dejado por escrito, en clave autobiográfica, lo que cualquier otra persona que aspira a la decencia burguesa se cuidaría en ocultar.

Es un lugar común pero no por eso menos cierto decir que hay editoriales que publican libros para un público que existe, mientras que  hay otras que arriesgan capital económico y también simbólico para un lector que quizás todavía no existe. Habría que decir que los textos que estaban dispersos de Carlos Correas, ahora reunidos en un libro editado por Mansalva, me lleva a pensar en esos lectores y esas lectoras que todavía no existen. Como en su momento fue un hallazgo de la editorial la publicación de Los jóvenes (2012). Estaba faltando este libro que ahora existe con el título de Todas las noches escribo algo. A la vez ya existía pero no en forma de libro sino como una suma de textos dispersos que un grupo reducido de lectores apasionados ya conocía. Es un libro fundamental para nuestro presente y también para las futuras generaciones.

26.10.15

Como la música, por Sofía González Bonorino


Sobre La rebelión de los árboles (Leviatán, 2015), de Liliana Guaragno.

Liliana Guaragno escribe como si soñara, con esa libertad e irreverencia del sujeto no sujeto, entregada a una música que le pertenece sólo a ella.

Hay algo de la textura de los sueños en estos relatos, en su ritmo, fijas las imágenes a una rara temporalidad.

Una respiración: la nuestra, la del mundo vegetal, la respiración de las piedras, de los caballos, de los objetos: una mesa, larga, una mujer tirada, boca arriba, sobre la madera.

Este libro no es, como podría creer un lector apresurado, un relato de sueños.

Hay mucho de onírico, pero podríamos decir, a la inversa  del Funes de  Borges: “Mi vigilia es como el sueño de ustedes”.

Atrapar dormidos eso que se rechaza durante el día. Traer al pensamiento lo que soñamos durmiendo (1) y que Liliana sigue soñando despierta, pero esta vez, en forma de literatura.

Envolver en palabras, en la malla de la escritura, aquello que emerge de lo más hondo de nuestros oídos, como desde un mar profundo. 

Las imágenes se enredan a antiguos sentidos, como a algas sedosas.

Sonidos en nuestros oídos, plenos de significaciones aún por traducir.

Como hilos del más fino encaje, las palabras de Liliana atrapan eso que, una vez escrito, se pierde para siempre.

La escritura- mortaja, paradójicamente,  traerá vida al lector.

La Rebelión de los árboles se da en  ese espacio mínimo, incierto, que separa el sueño de la vigilia.

La narradora observa y describe un paisaje, un clima, una geografía de la que forma parte y de la que, al mismo tiempo- y sobre todo- está excluida.

La exclusión, en estos textos, pareciera ser condición de escritura.

De ahí esa quieta melancolía que se desprende de las páginas del nuevo libro de Guaragno.

Palabras que aluden, pero que parecen no nombrar nunca. Como si la función de cada palabra escrita fuese abrir caminos que no conducen a ninguna parte, pero  que nos llevan, un instante quizá, a esa nada en cuya pureza nos hundimos con culpable felicidad.

Senderos de sentido que se entrecruzan, se enroscan, se abrazan amorosamente para luego separarse, con furia, y caer. Y dejarnos solos, aturdidos, como cuando despertamos de una siesta, en una bochornosa tarde de verano.

Diferentes reflejos se expanden. Una imagen y su doble. Una palabra y su eco. Y el lector, y el cuerpo del lector que se sacude y despierta  a cada frase, como en los brazos de una madre mala, engañadora.

Los objetos emanan como de un sueño, sin causa, caóticos.

Asfixiante promiscuidad.

Una literatura de experiencias. No de argumentos.

El universo de La rebelión de los árboles, es sin tiempo, si ligamos a la idea de tiempo la de  sucesión. Si es que el presente, como una matrona plácida, que nos mirara con dulce sonrisa desde su poltrona, pudiese ser un tipo de temporalidad. 

Estos relatos nos sumergen en un tiempo casi detenido, casi como que no sucede. Como la respiración. Las imágenes nos golpean,  parecen venir de historias que nos preceden, que ya son parte de nosotros, los lectores. Y sin embargo, la narradora no apela a la complicidad. Ella misma está afuera, como dije, casi excluida de su mismo relato. Personaje, la primera persona, vista de lejos, de lejos amada, de lejos compadecida y admirada por una narradora que se desconoce y se desdobla, locamente.

Limitada, a veces, también, a la sola descripción.

Su función consiste, parece, en describir lo que está y lo que falta en ese tan extraño tiempo presente suyo que contiene y anula todos los tiempos.

Escritos en un primer plano-siempre en un primer plano- estos relatos casi cinematográficos, no nos dan respiro: una sucesión, a veces vertiginosa, de sensaciones, sospechas, revelaciones, angustias, deseos y fugaces entregas al otro que, como aparición extraordinaria, nos convoca.

Leer La Rebelión de los árboles es una experiencia distinta.

Intraducible, como la música.

Literatura inspirada, esa que viene quién sabe de dónde.

Del “más allá” dicen algunos.

Escribir porque hay que escribir.

De puro gusto.

En Pasajeros del tiempo la narradora, se entrega, toda, a las sensaciones de estar viva.

Ella es feliz con no poco: una enormidad si amamos.

Cito: Fuimos felices unas dos horas y media, sentados con ropas livianas alrededor de una de las mesitas de la vereda.

O

Era una fiesta la vida.

Estar cerca del cuerpo deseado, dejarse quemar por los ojos que nos miran y dejar que el cuerpo, virgen todavía, vaya tomando su forma. La forma única que adquiere bajo las pupilas del hombre que deseamos.

Hay algo de esto. Y ella, habla, entusiasmada. Y, como siempre, las palabras rompen el hechizo.

Singular e  irreverente, este libro, no deja lugar a dudas sobre la gratuidad de la escritura y el hecho, tantas veces olvidado, de que un escritor, si ejerce su divino don, escribe lo que quiere, como quiere, cuando quiere, sin someterse ni obedecer a nadie.

La libertad, quizá lo más preciado para un escritor, da vuelo, consistencia e identidad a este libro de Liliana Guaragno.

Luego, con la escritura, ella debe someterse, sí: a las voces que surgen del texto. Como Juana de Arco a las suyas.

La fe de Juana no es nada, sus voces son todo,  dice Marina Tsvietáieva.

En La cantante calva, uno de los relatos de este extraño libro, Liliana escribe:

Tanta estupidez rodeándola, hizo que dejara el habla cotidiana para sólo cantar.

La narradora de La Rebelión de los árboles es  exigente, pero sin prejuicios.

Alejada de toda doctrina.

Un corazón joven, capaz de amar.

Los relatos de L.G. nos introducen en un mundo en el que la muerte está más que presente, pero ha perdido sus rasgos cadavéricos.

Cito: Ante la Muerte suenan otras campanas, no dulces ni graciosas, suenan oscuras e infinitas, suenan por todos nosotros.

Y luego, en ese mismo relato: Y en este junio, exactamente el día 9, mi hermana Inés dejó este mundo y lloré por ella, y lloré por mí- que nunca fui ni seré una campanita como mi amiga- Lloré por la muerte propia mientras tañían todas las campanas del mundo. (Campanita)

La muerte, esa música.

En Verde verano,  la narradora se da cuenta de que todos están muertos, ella inclusive. Y lo dice de un modo casual, sorprendido, como nos ocurriría si, al salir a la calle, nos diéramos cuenta de que nos pusimos el saco al revés.

Darle vueltas a la muerte. Perderle el miedo. Y hacerle frente,  a través de la escritura.

La muerte ha perdido su ferocidad. Cubre como un cálido y compasivo velo  nuestros alucinados ojos de lectores.

En La Rebelión de los árboles, el lenguaje escapa a su uso convencional. Arma un mundo de exaltación y capricho, en el que, una vez que entramos, deseamos quedarnos.

El texto de Liliana respira por y a  través de su lenguaje: organismo vivo, pleno de deseo.

Las imágenes, inesperadas, salen a la superficie del sueño-vigilia para poblar el espacio casi mágico que abre la escritura.

Cito: Alma, el carnaval no termina nunca.

Y el amor:

El literario, ese que se profesa a ciertos escritores,  y el otro, el de aquel Florencio de En la letra.

Cito: Le enviaba por año, aproximadamente, un cuento, o dos. Jamás respondió, tal vez porque ardía en las letras ese amor imposible. Siempre tuve amores imposibles de carne y hueso, pero esa etapa ya terminó. (…) Y luego: 
Florencio era mi único amor, sólo pensado, ni siquiera pensado, era una flecha siempre detenida en el aire, lanzada, que cruzaba el espacio pero nunca llegaba al blanco. Increíblemente el amor mío crecía, y el fracaso me llenaba de felicidad.

La realidad se transforma en una película que no tiene fin. Jardín y noche se superponen, en dos planos simultáneos, que se abrazan y confunden, como amantes que anhelan fusionarse.

La conocida geografía de todos se anula, revelándose, de pronto, absurda.

La narradora se mueve, y nosotros con ella, en un mundo de figuras agazapadas. Afina la vista, intentando ver. Pero, dice: sólo veía sombras.

La voz es un faro que guía, aunque al principio sea una voz dormida, que se despierta, penosamente. Cito: Una voz que se despereza.

Y la escritura.

Encerrada en el cuaderno de notas- esa caja del tesoro- recuperada cuando el encanto se ha roto y se siente, dice: la pesadez de regresar, ese cuaderno sin el cual nada, ni la película, ni el aire enajenado, ni la liviandad seductora, ni la fiesta de colores, hubieran sido posibles.

A veces, como en Entrecine, el duelo se abre, inesperado. La realidad de celuloide parece abrazar a la protagonista, contenerla entera, a ella y a su vigilia. Con los ojos vueltos hacia adentro, ella ve claramente lo perdido. Sabe que el hombre buscado es el que se fue para siempre, el que ella, habitante de un tiempo cinematográfico, ahora plenamente lúcida, va a añorar hasta el fin de sus días.

Arriba, los pasos del muerto sobre la madera.

Fuera de la película, la mujer entra en la realidad del sueño.

En La rebelión de los árboles, los lazos se han roto. El cuerpo está demasiado cansado: una generación en la otra, superpuestas como capas de células en la misma piel.

La narradora-tía de Transformación, afirma: Ya soy libre, libre de mi historia, libre de mí.

Cierta quietud aterida, tensa, salta sobre el cuerpo desnudo que nos sorprende al comienzo del relato, gordo, blanco, pesado sobre las baldosas, con eso de grotesco que tienen los cuerpos cuando el lenguaje se ha perdido para siempre, y la carne, sin discurso,  se vuelve como de piedra.

La muerte tira al suelo a la protagonista de esta historia. La vence, sin combate.

La muerte, encapsulada en esa vida como en una nuez, se libera.

La escritura de Liliana se nos escapa detrás de múltiples veladuras.

Cito: Pero en el comedor o en la legión, una luz me atraviesa y es el don de Dios que disipa esos temblores que mi cuerpo manifiesta cuando estoy en casa. Como si en la casa quedaran los resabios de una nerviosa vid, abundante de odiosas memorias, a las que intento apartar para no volver con el recuerdo, aunque a veces alguna flecha golpea mi pecho.

Ligada al placer,  la escritura de Liliana Guaragno no busca más que persistir.

Para romper la completud que tiene lo no dicho.

Esa completud mortífera.

Liliana escribe en Quilmes, mirando el cielo por sobre los techos, con los ojos lejos, siempre.

Ella, y el  solo y pavoroso tiempo de la escritura.

La Rebelión de los árboles se saca de encima la experiencia cotidiana. La narradora está fuera del tiempo de los otros.

Cito: Tengo el pálpito de que personifico un papel en una película de la que quisiera huir.

La pasión por la mudanza, el leve y veloz desplazarse del ojo y de la palabra, como pájaros las letras, de frase en frase.

Un fuego (de amor) (de creación) pone en movimiento las energías del lenguaje.

Cierta ebriedad, propia de la escritura de este libro, en el que las imágenes excitan los sentidos, no nos dan tregua, y antes de poder pensarlas nos entraron por los ojos, los oídos, ya nuestros dedos las rozaron, y ya nuestro olfato percibió el olor del eucaliptus.

Los textos de La Rebelión de los árboles se pueblan de frutos maduros, higos dulces que cuelgan de dulcísimas higueras, tallos encorvados por el peso de las vainas,  y el tacto que nos deja percibir fragmentos de cuerpos sólo conocidos por ese deslizar de los dedos sobre la piel de los objetos: el fruto de la higuera no es áspero.

Y los olores:

Extraño el perfume intenso de los jazmines, dice en Ángela.

Palabra en mano, con pulso firme, Guaragno va creando la forma necesaria a cada frase. O mejor dicho, de un modo proustiano: va dejando nacer la forma: arranca del  tiempo lo que fluye, lo que se escapa, lo que deja miles de grietas y silencios, y nos lo ofrece bajo la delicada forma de una frase. (Proust diría de una metáfora)

En este mundo de la Rebelión de los árboles, no hay realmente  imposibles. Porque el imposible pierde ese lacerante e inconsolable  dolor que sienten los que lo padecen, para provocar en la narradora una exaltada alegría.

Hay una nostalgia, sí, pero  desprovista de  tristeza. 

La narradora sabe, como Ofelia, y como el mismo Hamlet, que la vida es un juego perdido de antemano.

Acá, la pérdida tensa el hilo que recorre cada uno de los  milagrosos relatos de este libro.

La narradora se niega a llorar por eso, por lo que sabe.

Angela, ¿piensas a veces en mí?, pregunta inútil, tristemente.

El pasado, a veces, aparece como una construcción en ruinas, que amenaza derrumbarse y dejarnos solos, sin poder defendernos, ante la voracidad de  la muerte.

Mi tiempo es un lento pasajero, dice en algún lugar la narradora. Pasajera ella también, de un mundo que le corresponde sin pertenecerle. Un mundo siempre por conquistar.

La escritura se respira.  Es condición de vida.

La narradora, a veces, deja caer los velos.

Cito:

Con él supe de mi ignorancia: una vez, viajando en el colectivo, me preguntó qué música me gustaba, le dije: el jazz.
-          ¿Pero qué clase de jazz?
-          El tradicional, contesté.
-          ¿A quién escuchás?
-          No sé.
Me miro irónico. Pero era verdad que yo escuchaba jazz (…) Lo único que me importaba, concluye, era perderme en la música.

La narradora desprecia ese saber que viene de afuera, que es de todos. Hay más verdad en esas horas frente al Winco, en ese perderse para encontrarse otra: la música como columna vertebral, sostén y sentido. Qué importancia tienen los triviales datos del saber musical, ese que se lee en los suplementos culturales, en los libros especializados, propiedad de cualquiera, accesible a la curiosidad o incluso, a la pasión intelectual. La narradora se mueve en otros mundos, otras frecuencias. Por eso el extrañamiento. La sociedad, lo exterior, la desconciertan, con sus nimiedades, sus intrascendencias.

Y lo dice, claramente:

No hay caso. El exterior me cuesta horrores.

La narradora de La Rebelión de los árboles, siempre la misma quizá por el tono, por la alusión a lugares compartidos, paisajes, estados de la mente, del cuerpo- ella sabe, lejos de la tragedia, que la vida es un bien para disfrutar.

Por eso la muerte, de nuevo, como En Verde verano, es un estado casi natural, pero del que no se sale.

Lo peor, sí: haber entrado en la muerte junto a aquel que no amamos, condenados por siempre al desamor.

Cito: “supe que allí, donde habíamos llegado, éramos una apariencia sin tiempo y que desde ahora tendríamos que seguir juntos los dos en la misma habitación por siempre”

Eucaliptos, araucarias, alerces, escondidos tras la magnolia. Tres cipreses iguales, como hermanos, asomando detrás de la casa vecina, los diferentes verdes, escondidos en macetas, palmeras que rodean la fábrica abandonada. Me dejo yo también encandilar por el tono vegetal, el mismo que deslumbra a la narradora.

La Naturaleza anida en el barrio.

Pájaros que pían el bicho feo, cito: sobre los cables que salen de la casa y se pegan al taller vecino y siguen por el pasillo costeando la casa de adelante hasta la calle. Los acompañan otras aves: torcazas, horneros, calandrias.

Y el otro, siempre, los otros, tan ajenos:

Adelma: la envidia.

Cito: Pero ese techo que se ve adelante es realmente horrible.

Con una sola frase, lapidaria, Guaragno pone en escena la violencia que nos produce el otro, sólo por ser otro.

Escribe: En ningún momento sonrió ante a la belleza de esa mañana encendida que yo sentía como un privilegio. Algo le molestaba, intuía cierta sospecha de desavenencia en la mirada de la que había sido invitada a conocer mi nueva casa. Esa casa que ahora me ofrecía  privacidad e intimidad, circunstancias que eran promesa de lecturas sin interrupciones, de limpieza sin horarios, de goce de la contemplación del paisaje que la rodeaba.

Luego del Hilo de la bobina, novela familiar en donde la tragedia de vivir se resiste a quedar sólo en eso, L. G. nos sorprende con este nuevo trabajo, en donde la angustia se ha transmutado en juego y placer.

(1)    Kierkegaard   (El erotismo musical)




11.12.11

Cosa por cosa, por Laura Estrin




(Libro de Sombras de Mariano Massone)

Eso es lo que he aprendido en mi profesión de autor; no importa cómo se digan las frases. Lo que importa es lo que quieres decir. Lo que sale del corazón va al corazón. El resto son voces extrañas.

David Mamet.


1– La foto en el puente (?) es linda, la de la viñeta de la solapa, pero ahí Mariano se hace el vivo, el interesante –como se decía antes. Yo soy seria. A los dos, con eso, nos va bien y mal. Hablo de mí. Hablo de mí pero hablo del libro de Mariano, no se confundan. Y me dicen que esto lo pone Shklovski en una biografía de un amigo…


2– El epígrafe de Nicolás –que es un documento de amor entre nosotros… ¡¡¡¡cómo de un padre malo salieron tantos hijos buenos!!!!– creo que viene de un tiempo anterior: tiempo de fractales, de suspensión. Una historia que va pasando. Lo que vos decís que podé Mariano... ¿A dónde vas Mariano? Y Mariano sabe: le teme a lo que funciona, esa quietud máxima, fracaso certerísimo del escribir que es, en cambio, siempre, un seguir, nunca un funcionar.


3– Entonces respondo que el autor del libro es Mariano Massone, respondo su interrogante inicial. Acá se puede elegir: yo elijo. Y es de Mariano aunque sea nebuloso arriba y de tinieblas en el subsuelo: aunque ni siquiera eso que escribe ahí lo hace un libro negro, pero sí herida... tal vez sea eso el libro… algo que pasó… una experiencia… no es poco, es lo único que hace a un libro real, realísimo.


4– "Cuando escribas algo que entienda..." –me amenazaron hace un tiempo...–. Pero hay experiencias desesperadas y desesperaciones herméticas, y hay diarios, están acá, en este libro, las dos cosas. No voy a decir que se miran como espejos, porque lo digo, sin embargo sé que sólo algunos escriben diarios (esto lo dice Tsvietáieva para la amazona, no hace falta que me lo recuerde…). Libro mezclado –supongo y anoto si hablo de Libro de sombras–. Libro de amor: acerca el pensamiento al sentimiento y teje las trizas de ese encuentro, él mismo lo dice más o menos así.


5–"Velan por el limite/ los que debajo del sol esconden"... ¿De qué hablan los versos? Hablan de acá, de nosotros, no voy nunca más lejos porque la literatura no va a buscar nada, grita acá. "Las campanas doblan por ti"... Película y frase que Milita Molina después inmortalizó cercana en “Ni en Polonia”...


6– Libro expuesto, quizá un verso lo salve del escarnio. Libro sin reparos –palabra de mi abuela–, y, ¿cómo entonces de sombra si nada lo cubre, nada lo guarda, nada se pone a resguardo en él?
Pero una singular inversión ocurre entre una y otra cara, entre verso y anotación, una es futura, otra pasado. Una vaticina, espera, ¿piensen cuál?: "es la voz de otro que espera" –registra un verso–…
Y yo creía que me gustaba más la página que es crónica cuando no me gusta otra cosa que la frase conseguida.


7– Mariano es un radar que sintoniza rápido, mira bien y se ríe, siempre o casi siempre se ríe, oportuno-inoportuno, también es un hombre inteligente. Por desatinado. Así escribe. Ana dijo que había una palabra de él en el libro: "fluidos". Mariano estuvo de acuerdo. Sabemos a qué tradición nos lleva, saben lo que digo de ella a veces... Pero también por un delicado saber no fluido los versos se escurren, escapan, una y otra vez en la lectura. Y se salvan de devenir. ¡Gracias a Dios! Y el libro vuelve a empezar cuando me lleva a escribir esto, ¿hay otra cosa para decir de un libro?


8– Libro de sombras, pese al título, pese a la tapa medieval –como me explica Mariano: hay cosas que por suerte no sé, eso aclara mi pertinaz soberbia–, repito que pese al título y a la estampa, Libro de sombras es un libro moderno. Mariano es un chico moderno y también alguien que se sabe rezagado: eso también lo salva. Eso es un reaseguro involuntario. Como dice Rosset siguiendo a Pascal: "hay todo por ganar si, solo Si, parece que se está perdiendo", yo antes hubiera citado el triunfo del fracaso... de Kierkegaard. Lo digo de otra manera: Libro de sombras es un libro religioso porque cree en lo imposible, lo sigue buscando.


9– Mariano Massone, además, en el libro, me regala un mundo… vaya regalo… al nombrar Magadán, que es un lugar de Siberia, que para él, parece, es un apellido familiar... Los nombres se agradecen, no sé si son destinos como dijo el gastado escritor argentino, creo que son magias y violencias, vienen de atrás, no callan nunca. Los nombres son piedras ("el que está libre de culpa que tire la primera piedra" –me jugó Mariano en una clase hace poco–), piedras que pueden ver: "cuánto espacio hay en lo que no se recobra..." –como dice justo un verso suyo. A veces se recuerda no por nostalgia sino porque el tiempo se nos va sin poderlo creer entonces nos repetimos, tiramos piedras, escribimos, conservamos.


10– A Mariano, y ese fue su primer gesto de mágico encuentro para conmigo, le gusta Libertella, y Libertella anda en las sombras muy claras de este libro: es el ojo ciego que decide no ver tanto y se divierte en lo oscuro (así parafraseo de memoria recuerdos de libros de Héctor).
Mariano escribe acá que hay mil voces, yo creo que las voces que hablan en nosotros se pueden contar, nunca son muchas… eso sí, cambian… tampoco tanto… vuelven, eso también. Pero se me hace que es una sola, algo variopinta, que nos sigue hasta el final…


11– Y cuando un libro cuenta de sí, verdaderamente, verdaderamente enseña algo, "nos llevamos algo a casa" como dijo alguna vez Juan Lagomarsino de las clases de Nicolás Rosa. Mariano Massone habla de sí, de un tiempo que tuvo, de cosas que hizo, eso escribió en Libro de sombras.


12– Y locos, imprevistos, caprichosos, son los diagramas que incrusta en un libro todo incrustado, ¿qué le tocó de Bulgakov a Mariano? La fantasía de algunos es su necesaria realidad, lo digo mejor: ¡para ser fantástico hay que ser hiperreal! Así un ruso puede vivir en un libro nuestro. Acá mismo, en este Libro de sombras.


13– Versos modernos, dije, ahora agrego, despatarrados que interceden por nosotros, para que aprendamos a esperar que todo al final se aclara. Y sino, fíjense como cierra algunas páginas en perfectas repeticiones de palabras, como "arrimo", o cómo marca aquello que uno hereda de una madre.


14– Suspiros, cicatrices, un guiño, flores o yuyitos. Lo dice él. Por ahí va. Pero también va por los recuerdos de la literatura, cuando lo releo (¡ya sin poder podarlo!, ajetreada soberbia…) entreveo tonos antes que ocurran, vaticino un tono o una velocidad Link y Link, citado, aparece luego, muy rápido. Y los encuentros, algunos recuerdos, son milagros, lo vengo repitiendo... También Mariano insiste en ser un baqueano del tiempo, ¿a qué recuerdo obliga? Mariano Massone se quiere gaucho y se quiere provinciano. Ahí también hace algo distinto. Un poco, vamos a ver…


15– Creo que el libro es potente, tanto que mata algunas zonas propias que intentan llevárselo: no hay ausencia, no hay nebulosa, hay tanteo y pelea. Mariano tiende una pelea porque está en ella, la guerra de seguir, de reír, de ser impertinente, de ser un desconcertado como cuando dice al escucharnos: “mirá, mirá”, y la literatura es de los buenos descarados, de los que pierden las formas porque buscan, rebuscan y, a veces, pueden dar a leer, publicar.