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5.8.19

Tierra sin mal (fragmento), por Agustina Quintana




Tadeo empezó a dormir en un sillón de la casa de Pablo y Esther, aunque durante el día no estaba casi nunca y algunas noches tampoco. Era una casita con fotos familiares cuyos escasos metros cuadrados no causaban tensiones sino una sensación de calidez, algo que él nunca había experimentado. Esther llamaba a su hijo “mi vida”, Pablo contestaba con “mami” y él se sentía fuera de lugar, por lo que trataba de no pasar demasiado tiempo ahí.
Evidentemente no había mucho que compartiera con su supuesto gran amigo. El mayor hobby de él además de jugar al fútbol era ir a bailar, pero ¿qué podía tener de divertido encerrarse en un espacio oscuro y lleno de gente? Conocer chicas, decía Pablo, pero a él el sexo le resultaba incomprensible.
A la única persona que visitaba con asiduidad era al Viejo, pero solo porque era viejo y le hablaba de asuntos para él muy lejanos: política, sobre todo. El problema era que el Viejo, entusiasmado de más por las conversaciones, a veces le ofrecía asistir a las reuniones de la Junta Vecinal, aunque fuera para ser testigo de la dinámica del grupo y ponerse al día con los temas concernientes al barrio. Él se negaba, a riesgo de parecer un ingrato, porque no creía tener nada que aportar.
Lo que más necesitaba era encontrar un trabajo. Su experiencia laboral era nula: solo había pasado por una cantina, donde Pablo imaginó que estaría cómodo porque el negocio era manejado por paraguayos, y no duró más de una semana batiendo sangría en un lavarropas. Es que tan poco sentido tenían el vino, la fruta y el hielo en una máquina centrífuga desvencijada como lo tenían los partidos de fútbol con bolsas de basura en canchitas improvisadas y sin embargo ahí, cruzando la Avenida Rawson, todo sentido parecía perderse.
Caminando por el centro, en el subsuelo de una galería, encontró un cartel con una búsqueda laboral. El local era una santería y se llamaba Santa Rita. Estatuillas de la virgen se rozaban con las del Gauchito Gil mientras que en otros estantes se vendían libros de autoayuda, de religión oriental o de autores con nombres como Blavatsky o Gurdjieff. Nada atraía a tantos curiosos, sin embargo, como las letras de acrílico en la vidriera donde se promocionaban servicios de «Control mental», «Oraciones milagrosas» y «Conjuros a distancia». Todo lo religioso le causaba rechazo pero el dueño del local aceptó emplearlo, quizás por el bajo sueldo que él pretendía, y se incorporó al día siguiente.
Con el pasar de las horas se fue dando cuenta de que no había tantos clientes. La gente paseaba por la galería pero para comprar celulares, lencería barata o sacar documentos clandestinos. No tenía nada para hacer y tampoco podía salir, por lo que cuando se cansaba de barrer y sacar las telarañas hojeaba un poco los libros. Mientras tanto por un ventanal que daba a la calle podía ver a los árboles sacudirse como a través de la ventana del instituto, indicando que la realidad no era más que una apariencia.
Cansado de sentirse una carga para Pablo y su familia, juntó el dinero necesario para mudarse a la pensión «Five Star», justo enfrente de la plaza principal. Acomodaba sus pocas cosas en el cuarto cuando entraron dos chicos que tiraron sus mochilas en el piso.
–¡Es una malcogida esa profesora! Eso es lo que le pasa...
–Che, ¿qué tal? – dijo el otro – Yo soy Julián.
–Yo Ricardo.
–Un gusto – mintió él.
Los estudiantes se desplomaron sobre sus camas para estudiar en voz alta. A él no le molestó, lo superaba el alivio de no estar de prestado en ninguna parte. Aun así no le interesaba interactuar con esos individuos y tampoco era agradable ver a las ratas pasear, por lo que agradeció tener un trabajo que le permitiese estar afuera casi todo el día.
Con las semanas se fue instalando la rutina: se levantaba a las seis de la mañana, con suerte pasaba por la ducha compartida, tomaba unas líneas de cocaína en el baño y salía para esperar el colectivo. Entonces el cielo estaba oscuro y la plaza casi desierta excepto por algún vagabundo que dormía y por los folletos y las bolsas que daban vueltas con el aire matinal. Él no corría la mirada del suelo hasta que el vehículo arrancaba su marcha y entonces los kilómetros empezaban a sucederse a través del vidrio, la más delgada de las transparencias que lo separaban de la vida.
Cuando volvía a la plaza al final de la jornada el panorama era distinto. Por lo general había pastores con o sin megáfonos. Alguna que otra vez se quedaba a escucharlos para hacer tiempo, más del que ya había hecho en el trabajo, pero nunca consideró que hubiera verdad en sus palabras; pensaba que debían ser estafadores aunque más mentirosa era su propia rutina, una repetición maquinal de fragmentos que ni siquiera eran fragmentos sino pedazos rotos de un despedazamiento original e imposible de arreglar.
–Dame velas – le dijo un cliente una tarde.
–A ver si quedaron.
–Dale, rápido, que no tengo todo el día.
Él abrió un paquete de velas aromáticas y sacó un encendedor de su bolsillo para prender una. Después dejó, sin expresión alguna, que las gotas de cebo rojo cayeran sobre su brazo sin importarle el dolor que le causaban. El cliente no le quitaba los ojos de encima, y él sonrió de satisfacción.
–Loco de mierda – dijo el hombre, y salió indignado del local.
Esa noche subió por la escalera de la pensión y se detuvo ante un cuarto cualquiera porque un libro que había hojeado en la santería le había despertado una leve esperanza de que algunas cosas fuesen por algo, de que marcando un número aleatorio pudiera darse con alguien importante en la vida de uno, de que todavía hubiera sorpresas. Entonces se apoyó sobre la puerta con todo el peso de su cuerpo y se imaginó del otro lado a todas las cosas buenas que pudieran existir, no solo a sus escasos recuerdos felices sino también a los futuros que imaginaba de niño, tan brillantes como los cielos que los atestiguaban.
–No hay nadie ahí – dijo alguien al pasar.
Él no se sorprendió y volvió a la habitación, donde trató de dormir a pesar de la luz blanca de tungsteno que iluminaba desde el techo.
Se despertó de un entresueño absurdo, en el que se deslizaban por su mente conjuntos de palabras e imágenes sin sentido ni coherencia, por un golpeteo en su hombro.
–Abajo preguntan por vos.
–¿Quién?
–Pablo, dice que es tu amigo – le dijo Julián.
Es que Pablo a veces pasaba por la pensión para saludarlo cuando estaba por ir a un boliche que quedaba a pocas cuadras de ahí. Por supuesto, siempre lo invitaba y él siempre decía que no. Esta vez aceptó por primera vez la propuesta porque no se le ocurría ninguna excusa; al fin y al cabo tampoco podía rechazar con tanta vehemencia algo que no había experimentado.
En la puerta del baile Pablo se reencontró con sus amigos. Esperando su turno con el patovica los jóvenes empezaron a fumar, a reír y a hablar sobre asuntos comprensibles solo para ellos. Él apoyó su peso contra la pared, sintiendo un vértigo extraño que lo paralizó. Pensó en irse pero los hicieron pasar y por inercia siguió a los demás.
–Hoy tocan Los Palmeras – le dijo Pablo.
Él no le contestó, ni siquiera reaccionó, y dejó caer su cuerpo contra la barra. Su amigo se alejó entusiasmado mientras que él se entretuvo por una pelea entre dos borrachos que se había suscitado al lado de las escaleras. A él nunca le había gustado el alcohol, pero necesitaba algo para sacarse esa horrible sensación que lo envolvía, como de mierda recorriéndole las venas.
Subió al baño, tomó unas rayas en un cubículo, miró su cara en el espejo y la sintió como la de alguien más. Su piel estaba entre blanca y amarilla mientras que sus ojos negros expresaban una mirada distinta, como encendida y apagada alternativamente. No se parecía demasiado a su madre; debía parecerse a su progenitor desconocido, lo cual no significaba demasiado. Como le decían en la calle: debe estar bueno robar con vos porque tu cara es muy común.
Bajó con la intención de irse cuando se topó con un hombre al que encontró familiar, y cuyos rasgos eran mucho más distinguibles que los de él.
–Yolanda, te lo dije mil veces, yo con vos no salgo más.
La chica miró a su amigo abrirse paso entre la gente y atinó a seguirlo con un pequeño movimiento de las manos, pero finalmente no lo hizo. Todo en ella era vistoso y colorido: los labios fucsias, la sombra celeste, el pelo rubio oxigenado que caía sobre la remera plateada. Como se le quedó mirando, ella le dijo:
–¿Pasa algo?
–Perdón, le veía cara conocida.
–¿Qué? ¿A mí?
–No, a tu amigo – dijo él, y es que no se discernían muy bien las palabras por el volumen de la música.
–Capaz le compraste en la verdulería.
Entonces él se acordó.
–Lucas, ¿no?
–Claro.
–Le molesta que otros chabones me hablen, ¿podés creer? Es buen pibe, pero viste, es muy celoso. ¡Somos amigos, con qué derecho! En fin, ahora me quedé sola. ¿Cómo te llamás?
–Tadeo, ¿vos?
–A mí me pusieron Flavia Yolanda, pero me dicen Yolanda. ¡Flavia no me gusta!
Él se disculpó para ir al baño, donde tomó otra línea de cocaína: era lo mínimo que necesitaba para poder seguir con la conversación. Cuando volvió ella seguía ahí contra todo pronóstico, y él se dispuso a tomar sus palabras como un reconfortante, aunque en parte incomprensible, ruido de fondo.
–¡O sea que sos de escorpio! Son de carácter fuerte, saben lo que quieren.
–Mirá vos – dijo él, que no se reconocía con ninguna de esas características.
La acompañó a tomar el colectivo porque ella decía que le daba miedo esperar sola, que siempre lo esperaba con Lucas.
Empezaba a amanecer y las franjas rosadas desplazaban a la oscuridad de la madrugada. Él se detuvo a mirar los edificios, pegados al cielo como cartulinas blancas, y sintió otra vez ese vértigo que parecía desprender halos de los objetos, de su propia cabeza, como una fiebre que no era fiebre. El corazón le latía fuerte y no en el buen sentido.
–Es divertido ser peluquera, te hacés amigos, sos un poco psicóloga también. ¿Vos qué hacés?
–Atiendo una santería.
–Qué interesante. Yo hace mucho no le doy bola a Dios... Lo dejé un poco de lado, es que no entiendo cómo permite tantas cosas feas.
–¿Qué cosas?
–No sé, maldades. Por ejemplo, tengo un vecino que es un psicópata, mezcla vidrio con carne picada y lo deja en la calle para matar a los animalitos. ¿Podés creer?
–Qué feo – dijo él.
–¿Tenés mascotas?
–No.
–¡Ah! Yo tengo a Charly, mi gordito divino. Es un gatito siamés. Me hace mucha compañía.
En ese momento llegó el colectivo. Yolanda no se despidió, mas bien subió y lo miró como invitándolo a hacer lo mismo.
Bajaron en la estación de trenes, el final del recorrido. Empezaba a salir el sol con más fuerza pero sin borrar la evidencia de la noche, el olor a alcohol y el olor a cigarrillos. Ella dijo que tenía hambre y le compró unos churros a un vendedor ambulante; él no aceptó ninguno. Después caminaron unas cuadras hasta llegar a un barrio arbolado, en apariencia tranquilo. En efecto, enfrente de la casa de ella estaba el cartel de «Lucas».
–Bueno, gracias por acompañarme hasta acá.
–De nada – dijo él, que nunca había hablado tanto con una mujer.
En el frente de la casa de Yolanda había un jardín que era pura maleza, y las paredes estaban cubiertas de musgo. Ella hurgó en un bolsillo, buscando las llaves, y se alivió cuando las encontró. Una vez atrás del portón lo invitó a pasar, él supuso que por compromiso.
–No, gracias.
–Dale, vení, tomamos unos mates.
En la sala los sillones estaban rajados, las persianas rotas, el piso levemente sucio. Se sentaron en un sillón y ella pidió perdón por el estado de la casa; es que estaba viviendo sola por primera vez, y no sabía manejarlo. Lo más triste del mundo era pasar sola las fiestas, los cumpleaños, o invitar a cualquier desconocido después de ir al baile con el solo propósito de no dormir sola.
Entonces le cayeron unas lágrimas por las mejillas. Él no supo qué hacer ni cómo reaccionar, y solo atinó a buscar un rollo de cocina que estaba sobre la mesa. Ella se secó las lágrimas y se sonó la nariz.
–Disculpame, seguro buscabas otra cosa.
–No, la verdad es que no.
Y es que era verdad: realmente la había acompañado a su casa con la única intención de acompañarla. En el barrio todos hablaban continuamente de “buscar minitas” y eso le daba urticaria, sobre todo considerando el que había sido el oficio de su madre.
Un rato más tarde ella le había contado toda su historia de vida, bastante normal y sin sobresaltos, sin preguntarle nada a cambio. A él le gustó, le pareció reconfortante poder hundirse en los problemas de otra persona, dejar de pensar en él mismo y así, tal vez, soportar un poco más.


28.11.16

Aída, o la piedad recompensada, por Santiago Sarachi


El amor es un sentimiento, o mejor dicho, un concepto (puesto que éste acarrea consigo muchos otros sentimientos) tan antiguo como el hombre mismo, pero actual y moderno a la vez, que, si bien parece un tema bastante "gastado" aún conserva su validez, y que se va renovando conforme pasan las épocas, pero manteniendo su esencia; es por ello que digo que es antiquísimo y nuevo al mismo tiempo. Las pasiones y sentimientos exaltados que sentían Apolo y Dafne, Rosina y el conde de Almaviva, Floria Tosca y Mario Cavaradossi, Alfonso XII y Mercedes de Orleans, entre muchos otros, son, en esencia, los mismos que sentimos nosotros hoy en día, aunque los tiempos y el contexto hayan cambiado.
  
Como aún no he llegado a la edad de inventar, me limito tan sólo a relatar; a relatar una historia más bien trágica, dramática, triste si se quiere, que sacudió a la aristocracia porteña y conmocionó el mundo operístico del Río de la Plata. El drama de una diva, de sangre romana, que, a principios de este turbulento siglo, supo conquistar el escenario del Colón e innumerables corazones; su vida misma era como una ópera, y terminó siendo una suerte de Floria Tosca porteña, aunque algunos la llegaron a comparar con Felicitas Guerrero, cosa que me parece más acorde; a pesar de las diversas opiniones, todos coinciden en que mientras vivió, no hubo mujer más bella, enigmática, incluso majestuosa en toda la República. Esta es la historia de Aída Spadone.
  
Por diversos motivos, tan sólo yo puedo contar esta historia, puesto que soy el único que recopiló todos los detalles del drama y está en grado de hacer un libro con ella. Y hoy, antes de que mi memoria empiece a fallar y me traicionen los recuerdos, me dispongo a plasmar con la noble pluma esta tragedia de amor y muerte.
Antes de comenzar con el relato veamos, pues, cómo fue que llegaron a mí estos detalles sin los cuales esta historia sería tan insípida y breve como las noticias que salieron la semana del deceso de nuestra heroína:
Era una gris tarde de Junio, del año de nuestro Señor 1916, y un ominoso cielo de tormenta se cernía sobre Buenos Aires.  Sin nada que hacer, y con la lluvia a punto de desatarse, me propuse reorganizar y acomodar toda la casa, que era muy evidente que lo necesitaba, y a falta de servidumbre, tenía que hacer esa tediosa tarea yo mismo. En un rincón de la biblioteca, en medio de ese desorden imperante, hallé un libro que una amiga había olvidado en mi casa hacía ya varias semanas y que no me había molestado en devolver, así como ella en reclamarlo.
Era un viejo tomo de " La dama de las Camelias", de Alexandre Dumas. Es una novela muy bonita en verdad, que trata sobre una entretenida, Marguerite Gautier, su romance con Armand Duval, el intento de rehabilitarse de esa viciosa vida de cortesana, el retorno a susodicho estilo de vida, y finalmente su muerte y redención.
Me puse a hojear el libro y encontré algo que me llamó la atención: la dedicatoria que tenía en la primera página. Escrita con una letra elegante, rezaba lo siguiente:
 
  Para mi querida Aída. Eres para mí lo que Marguerite fue para Armand.
        Eternamente tuyo,
                              Fernando.

  
Esa dedicatoria me intrigó mucho esa semana. ¿Quiénes serían aquellos dos amantes, novios o lo que fueran? ¿Qué historia se hallaría detrás de esa dedicatoria? Ese tipo de dudas me mantuvieron en vilo varios días, hasta que decidí que era momento de devolverle el libro a su legítima dueña, y aprovechar la ocasión para incursionar un poco en los hechos concernientes a susodicha dedicatoria, que era lo que realmente importaba, ya que no me hubiese importado quedarme con el libro, puesto que esa amiga era en realidad una conocida la cual hace mucho tiempo no veía  y no me hubiese sentido culpable por la apropiación.
Por esas fechas, también pensé en la hipótesis de que esa Aída fuese la soprano, la gran diva; y surgió en mí a raíz de que esa semana era el segundo aniversario de su muerte y que la legítima propietaria del libro era íntima amiga de la diva, y mi mente siempre delirante y soñadora fantaseó con la posibilidad de descubrir una historia inédita, y mi corazón, muy curioso como es, me incitó a incursionar en la vida de esta dama.
   
El mundo del teatro es algo que nunca entenderé, qué es verdad, qué no, cuándo termina el drama y empieza la vida real, si es la persona la que habla o el personaje; quizá esté confundido o equivocado en mi percepción de este arte, quizá sólo sea que estoy un poco loco y veo cosas que no son. Por otra parte, admiro mucho el trabajo de la gente del teatro; de hecho mi sueño era ser director de orquesta, pero me vi frustrado por mi incoordinación y absoluta carencia de talento. 
El Colón era mi mayor pasatiempo: todas las semanas iba, y cuando la diva estaba en escena, en especial cuando interpretaba Tosca, su papel favorito, la ocasión era un deleite.
Aída no era como el resto de las personas. Era como un enclave del pasado en el presente; como si el pasado se la hubiera olvidado, para que, con esa elegancia regia que poseía, traernos el esplendor de la Roma pontificia a nuestra afrancesada Buenos Aires; una reliquia áurea y antigua que viene de otra época. Todos los días se paseaba por las barrancas de Belgrano y el bosque de Palermo: se bajaba de su coche en los Portones y caminaba hasta el Rosedal, llevando algún vestido de muselina u otro material ligero blanco o algún otro color claro para las épocas de calor, o alguno de terciopelo cuando hacía frío; un amplio sombrero muy adornado; su abanico ( ella siempre decía que una dama sin abanico era como un caballero sin espada); unas pocas joyas; su chal de Cachemir que le llegaba hasta el suelo y, como siempre, un ramo de rosas, blancas de lunes a viernes, rosas los sábados y rojas los domingos. A veces, detrás de ella venía un criado llevando a su perrita: una terrier escocés de color negro, que ella llamaba Cocó.

Alta y delgada hasta la exageración, Aída poseía en sumo grado el arte de hacer desaparecer aquel olvido de la naturaleza con el simple arreglo de lo que se ponía, todo tan hábilmente dispuesto que ni el ojo más exigente hubiese podido hallar algo que criticarle.
Como he dicho ya, era una mujer de gran belleza. Su cabeza era una maravilla y objeto de gran coquetería; era como si hubiese sido tallada por Miguel Ángel sobre el más fino mármol blanco. De forma ovalada, de una gracia indescriptible, en su hermosa cara brillaban dos ojos azules como zafiros, coronados por dos cejas perfectas de un arco tan puro que parecía pintado; sus rosadas mejillas, y su piel en general, eran como de porcelana de Sèvres; su nariz, obra maestra por sí sola, fina, perfilada, con dos ventanillas un poco abiertas por una ardiente, sensual respiración; los dientes, como perlas, los labios de rubí. Sus cabellos, castaños, ondulados, cuando estaban sueltos le llegaban hasta el pecho, ese pecho ardiente y poderoso el cual le suplía de aire para entonar las dulces notas que emanaban de esa boquita  escarlata y que resonaban por toda la sala, desde la platea al paraíso, cautivando a toda la audiencia y emocionando a todo aquel que la escuchara. Y vale decir que su voz no era el único causante de esto, si no también su expresión "virginal, incluso infantil", de la cual no hay mucho más que agregar.
*
Violeta Della Valle, ése era el acertado nombre de la mujer en cuestión, mi amiga, o conocida mejor dicho, la legítima dueña del libro y la que esclarecería todas mis dudas.
Era una mujer de unos cuarenta años, algo voluminosa ( digo "algo" por pudor, puesto que en realidad estaba bastante excedida de peso), siempre alegre y optimista, con un aire de campesina más que de ilustre dama porteña, con la cual no había que tener mucha diplomacia para que te dijese lo que querías saber; pero, aún así, era mejor ser precavidos en esta cuestión. Se corría el riesgo de ofender a la dama.
Me atrevo a decir que la dama era una de esas encantadoras señoras hechas casi por encargo para ser madre, si bien su esposo nunca se había dignado en concederle esa gracia. Víctor, que así se llamaba el marido, era todo lo contrario a Violeta, oscuro, un poco depresivo, siempre con cigarro en mano, cosa que Violeta odiaba.
Exactamente una semana después de haber hallado el libro, me presenté en su casa. Me abrió la puerta el ama de llaves y me condujo hacia el salón.
–Ah querido amigo, no lo esperaba. Qué grata sorpresa. ¿Cómo está? Hemos pasado muchas semanas sin vernos... –me dijo al verme.
–Bien, por suerte. He venido a devolverle algo que es suyo y que no me había percatado de que estaba en mi poder.
–Sí, cómo no. Siéntese.
El petit hôtel de Violeta era un encanto. Tenía vistas hacia el Castillo de los Leones, y contaba con un precioso jardín.
–¿Y qué es lo que me quería dar?
–Este libro –y le entregué el tomo en cuestión.
Pareció que ésto la turbó, puesto que se quedó atónita por un instante.
–Sí, no me había dado cuenta de que no lo tenía.
–Lo encontré el otro día. De haber sabido antes que lo tenía, se lo habría traído hace mucho.
–No se preocupe, gracias por traerlo.
–Disculpe mi atrevimiento, pero estuve leyendo el libro y quisiera que me hablara de él.
–No sea tan formal al tratar nimiedades como ésta, no soy la infanta Isabel de Borbón. Ahora le cuento todo lo que quiera saber. Es un libro muy lindo. Lo escribió Alexandre Dumas, basándose en una entretenida de verdad, Alphonsine Plessis. ¿Gusta de un café?
–No, gracias
–Yo pediré que me preparen un té. Espéreme un segundo.
Por suerte la señora tenía el mismo buen humor de siempre. Volvió al cabo de unos minutos, con un criado detrás que portaba una bandeja con el té y masas finas. En ese momento llegó Víctor:
–Buenos días, señor Della Valle, ¿cómo se encuentra? _ le dije.
–Muerto –me respondió, de una manera no muy educada. Mas yo no me ofendía, pues ese era su usual comportamiento.
–Por favor, discúlpelo –replicó Violeta–. ¿Y qué era lo que me quería preguntar?
–Sobre la dedicatoria de la primera página.
–Sí, ¿qué sucede con eso?
–Bueno, hábleme de ella...
–Ay, es una historia antigua... Es mejor no perturbar a los fantasmas del pasado...
–Se lo ruego, esa dedicatoria me tiene muy intrigado.
Después de meditarlo un poco, finalmente dijo:
–Bueno, está bien.
–¿Quién es esa Aída? –pregunté, casi al instante.
–Aída Spadone.
–¿La gran diva?
–¿Y quién más podría ser?
–¿Y ese tal Fernando?
–El marqués de Calatrava
–¿Marqués? ¿Y qué relación tenía con ella?
–Era su amante.
–¿Amante?
–Novio, en realidad.
–No sabía que tenía uno.
–Fue el segundo que tuvo. Luego hubo un tercero, el último.
Violeta se levantó y se dirigió hacia la chimenea, donde tenía un cuadrito con la foto de la diva y otro en el que estaban ellas dos, el marqués y otros más. Me pareció ver que una lágrima descendía sobre sus mejillas.
–Ésa sí que fue una gran amiga. Lo suyo fue en verdad una tragedia.
–Creo que debería irme ahora.
–No, está bien. ¿Acaso no quería saber la historia?
Asentí con la cabeza, aunque sentía que, un poco, me aprovechaba de la buena predisposición de la señora, y estaba incómodo al poder hacer brotar dolor de heridas aún no cerradas.
–Entonces voy a contársela. Dígame, ¿Piensa escribir algo?
–Quizá.
–Entonces creo que también tendría que hablar con el marqués y otras personas más, si quiere el relato completo.
–No lo sé, nunca conocí a un marqués.
–No tenga miedo –respondió ella con su tono de madre– es un hombre muy sencillo, pasaría desapercibido como si fuera un plebeyo más en esta olla a presión que llamamos Buenos Aires. Va a venir a cenar mañana con un amigo. Podría venir usted también y así tendría el puntapié inicial para comenzar a recolectar los testimonios para reconstruir la historia.
–¿Está segura? No quisiera ser indiscreto... –respondí.
–De no estarlo no se lo habría propuesto.
Y así nos quedamos hablando toda la tarde, de la vida y demás cuestiones. Si bien se habían confirmado algunas de mis dudas, la curiosidad aún me mantenía en vilo y no podía esperar a cenar con esa gente y saber por fin cómo fue el drama. Ya en mi casa, los nervios no me dejaban dormir y pensaba en la diva.

Aída había nacido en Roma. Por aquel entonces la familia había adquirido una villa fuera de la urbe, en el Gianicolo, no muy lejos de las murallas. Su padre era un hombre de negocios, su tío era cura y tenía una tía abuela en Venezia. La madre falleció al poco tiempo del parto, entonces ella encontró en su abuela Diana la mujer que la criaría, una mujer de presencia majestuosa, casi como una princesa, antigua y elegante, que inspiraba el mayor de los respetos, como si fuera una Orsini; parece que de allí Aída sacó su presencia regia. Cuando tenía cuatro años, su padre, por negocios, dejó muy a su pesar la Ciudad Eterna y se trasladó a la muy noble y muy leal ciudad de Buenos Aires, llevándola consigo, y también a la abuela ( su abuelo había muerto hace tiempo), e instalándose en un hôtel particulier en Recoleta. Los primeros seis años aquí los pasó en esa casa. Todas las tardes escuchaba a la abuela tocar en el piano hermosas melodías, de Bach, y de Mozart, y alguna que otra de Tchaikovsky, y veía, maravillada, cómo sus dedos se deslizaban por el teclado de marfil del viejo piano alemán, cosa que después la inspiró a aprender ese arte. A los diez años se mudaron a un caserón en el bajo San Isidro, con un gran jardín con vista al río, aunque conservaron su residencia de Recoleta. Desde muy temprana edad, Aída ya manifestaba predilección por la música, en especial la ópera, y su padre decidió mandarle a un conservatorio de música, donde aprendió a tocar el piano, y a cantar. Su talento fue tal que con sólo veinte años, y a dos años de la apertura del teatro, conquistó el escenario del Colón siendo ovacionada como ninguna otra diva que haya pisado ese lugar. A los pocos meses, el padre sufrió un accidente montando a caballo que le causó la muerte y ella quedó sola, con su más que octogenaria abuela.
La herencia dejada por su padre era bastante substanciosa y la carrera operística le dejaba cuantiosas ganancias. Pero, por más adinerada que fuese, no gustaba de hacer mucha ostentación de su dinero ni era vanidosa, al contrario, era una mujer bastante sencilla. 
La rutina de la diva era bastante monótona, pero ella al menos era feliz. Dividía su tiempo entre la abuela, el piano, caminar por Palermo, estar con Violeta y Víctor, y  Christian ( su mejor amigo, del cual hablaré más adelante), y el Colón. Ésa era su gran pasión, interpretar toda esas óperas, en especial Tosca. Se identificaba a tal punto con la protagonista de esa magnífica obra del gran compositor Giacomo Puccini que sus colegas del teatro comenzaron a apodarla Floria. Si hubiesen sabido de su final, la habrían apodado Felicitas.
Cabe destacar que Aída era también una mujer muy pía y devota. Iba a misa todos los domingos, rezaba todos los días, daba dinero a los pobres, llevaba flores a los altares, e incluso, en innumerables ocasiones donó de sus joyas para el manto y la corona de la Virgen.
Ella no podía comprender que existiera gente sin religión y que se atreviera a cuestionar la existencia de Dios y a la Santa Romana Iglesia; es más, ella siempre decía: "Con todos esos perros agnósticos, enemigos del Santísimo Gobierno, no hay que meter baza".

Aída era también una persona muy melancólica, con tendencias hacia la depresión, aunque no lo demostrara e intentara estar, o al menos parecer, siempre alegre. Gustaba mucho de la música napolitana y española, además de la ópera. Muy seguido se la veía apoyada en el alféizar de la ventana, entonando las estrofas de la canción "¿A dónde vas Alfonso XII?":

De los árboles frutales
Me gusta el melocotón
Y de los Reyes de España
Don Alfonso de Borbón
¿Dónde vas Alfonso XII?
¿Dónde vas triste de ti?
Voy a buscar a Mercedes
Que ayer tarde no la vi
Si Mercedes está muerta,
Muerta está que yo la vi.
Cuatro duques la llevaban
Por las calles de Madrid...



25.10.16

Pedarquía, por Emilio Jurado Naón



Los cerámicos rebotaban a cada flanco: color crema sucia. Abajo, las baldosas del piso eran marrón musgo; rebotaban también con cada paso a la carrera, pero de adelante para atrás. No entraba el cielo raso en el paraguas visual cuyo eje constituía la puerta del aula cada vez más pronta, más nítida, más amenazadoramente neta.
Mara se frenó en el umbral, respiró, al celular le sacó el sonido, miró los cerámicos crema sucia por enésima vez sin dedicarles ningún pensamiento específico y produjo, hacia la puerta, un rictus apático, severo. Ángulos y diagonales hervían atrás del vidrio esmerilado. Se filtraban risotadas, murmullos y cuchicheos, movimientos rápidos, espásticas preparaciones de un grupo estudiantil pospúber que ya intuía la presencia de la profesora en las inmediaciones. Mara entró –le brillaron los dientes redondos filosos. Los pupitres contenían con prolijidad cada cuerpo de cada alumno y ellos, a su vez, contenían el aliento, subrayadamente alegres. Sobre la mesa de la profesora, dulce de leche y brillantina goteaban encima de una chocotorta.
¡¡¡Ffffffff
                eeeeeeeeh
                               liiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
                                               eeeeeeliiiii
                               cuuuumm
                                               ffffffeeeeeee
                                                               pleeeeaaaaaah
                aahhh                   ñoooooooo
                                                                              cuuuumpleeaaaahh
                                                               feeeeH!                               oooossss
                                                                               oooooossssssss                 !!!
Natalicio de Mara.
No estaba sorprendida por la sorpresa, sí por la organización.
¡¡¡Queeeeeeeeeeeee
                                               loooooooooooossscuuuuuumh..!
No hace falta, no hace falta, ¡gracias!, cortó en seco con el brazo alto y la palma visible: plano recto contra sus facciones adolescentes.
Ellos respetaron; truncaron el canto. Fue hasta la chocotorta pensando que tenía que fingir una alegría para con. Los illuminati seguían sus movimientos en silencio expectorante. Qué raro esto de la torta, del dulce cobrizo manchador de superficies y pegote, ¡hasta unas servilletas descartables al lado, prepararon! Poco predecible por parte de una turma que apenas recordaba las tareas de un día al otro, que se amuchaba con el timbre de recreo todos atobillados en el marco de la puerta (¡tan estrecha!), y rezongaban y tropezaban y hacían castañetear metálicos sobredientes. Se sentó, Mara, dejó el bolso en el suelo. Los estudiantes inflaban ojos aerostáticos; y nadie notaba nada raro en el escuálido tilo que, a través de la ventana, empezaba a bambolearse contra un cielo limpio, crudo. Adentro, era calor en los sobacos –algo que todos coincidían en experimentar– y un hegemónico olor a hormonas condensándose en el aire. Cortarlo con cuchillo. Battaglia, de la primera fila, de esclerótica columna, le alcanzó un cubierto chato: lo arrastró con el índice sobre la fórmica.
¡No voy a ser yo!, Mara hizo un quejido, ¡la misma cumplañera! No, seño, tiene razón, se atajaron los estudiosos, que corte Battaglia ¡Si yo ya le di el cuchillo..!, Battaglia argumentó. Es verdad, ella le había alcanzado el plástico; irreprochable. La vaga de Battaglia. ¡Orden! El de la esquina: Alfonso, haga los honores. Juajuajuahaaha. ¿A qué se debe? Se llama Fonzio, Adolfo: no Alfonso. A eso denominamos “contracción”, de paso aprenden. Fonzzio, los honores.
Fonzio, Adolfo, restregó las suelas sobre el piso vinílico (con aroma a goma eva; más para Gimnasia que para Prácticas del Lenguaje), se avino a la chocotorta e irguió el utensilio en mano. Con los dedos se sostenía a la fórmica para no caer, que su estructura ósea era esquiva y frágil –consecuencia de escaso aire fresco y un onanismo vernáculo. Apuntó, dio en el centro, delineó un círculo como con compás. La brillantina maravillaba.
En esos brillos casi me pierdo, se despabiló Mara, concentración, no pierdas lo atenta. Al fondo, atrás de Fonzzi, unas curvas se mueven. Líneas blandas, líneas duras. Mara se puso de pie para rebasar al estudiante –¡justo uno alto!– y pescar a esos movedizos del fondo. ¡Allá! ¡Atención! La tropa reaccionó unmediata poniéndose de pie también: no dejaron ver. Los movimientos del fondo se fragmentaron. ¡¡Heil, Mara!! Trentaiún cuadros formados en rectángulo: brazo derecho levemente sobre los noventa grados respecto del cuerpo, mueca austera anuncio de sonrisa, medio chiste medio en serio, uniformidad como síntesis probable de un grupo éticamente heterogéneo. ¡¡Heil!! Descansen, replicó Mara (automática). ¿Cuándo les había enseñado esto? ¿No fue al quinto año del año anterior?
Alto, anunció. Fonzio, al banco, gracias.
No era algo bueno. Con el quinto había salido horrible; se había desplazado fuera del control relativo del aula, y la experimentación –posestructuralista en principio– había contraído una disforma fascistoide no deseada, no calculada, irregular, extrema, independentista o arcaica. No lograba decidir el término: el justo término.
¡Alfonsooooww!, se oyó en falsete entre las filas. Burlesque pronto reprimido con amonestación gestual (rubias cejas juntas y, en la vista, brillo glasé). Alto, reincidió Mara, torta entre paréntesis, ¿de dónde sacaron el “Heil”? Risas, más risas, nunca nos alejaremos lo suficiente de las risas, ni reclusa en escafandra lograría amortiguar la estridencia en eco de estas sus risas de cristal chirrioso.
¡Profeeeh!, sonreía Yen, Graciela, la más recta de los brazos en salvecésar. Nos muestra a todos el control de sí, la autoconciencia física. Ha de ser genial en el salto en largo. Gorjeo cristalino. Los dedos juntos y su almohadillada palma, ni restos de tinta. Falta hacerlos escribir. ¡Saquen hoja! ¡No, profeeh! Descansen. Todos se sentaron menos Graciela, que se explayó: Vos nos enseñaste, Mara, la formación. Hoy para tu cumplaños la practicamos. ¡Heil!, hipó y de vuelta al pupitre. ¿No vamos a comer la torta?
Mara decidió doblegar el temple: dispensar una hora libre. La turma celebró brevemente y se acercaron los bancos centímetros, arrastrando, en torno al escritorio, patas de fierro que rebotaban en el suelo de goma, clac, clac, ploc, un metálico ahogo de ronquidos. Paz. Organización. Se anunció Evaristo y luego se puso a repartir servilletas sobre cada banco. Allí irían a parar las porciones que aún se demoraban, anche listas para la deglución en su bandeja matriz.
Un brumbrum del estómago le escandió los pensamientos. Meditaba en amplia silla barniz oscura, meditaba y los miraba hacer. Calibraba la serenidad de sus gestos hasta hace días histéricos y desmedidos. Un cambio; había devenido un cambio. Pero las causas no eran claras; más bien un fondo denso turbio, nubarrones, neblina, detrás de la que esquivas figuras ensayaban el baile amorfo de una explicación. Brumbrumm, hambre matutino: se acercaban las once. Poco había comido. ¿Una manzana? ¿Leche? Tostadas, sí, no; habían quedado en la cocina enfriándose, endureciéndose, perdiendo vapor a hilos porque el reloj ya marcaba. Las iba a encontrar, seguro, a la vuelta, incomibles. ¿Apagué la hornalla? Heil, ¿cuándo les había dicho lo del Heil? No era este grupo, no. Está en este grupo Evaristo, de familia judía; nunca hubiera.
¡Evalisto!, clausuraron los graciosos de la esquina norte, siemprevivos siemprelistos para la práctica de juegos con nombres y eso. Con éste estrenaban chiste: Evalisto. Evaristo había terminado de repartir servilletas y porciones, y ya acercaba la que le correspondía a Mara, con un M&M verde en medio. Un tic en los labios de Evalisto al arrimar el prisma chocolatoso, queriendo ser sonrisa. Flequillo mustio y azabache portaba, como siempre, cubriendo un ojo: el otro de lívido celeste, escondrijo. En la comisura, más cerca, la profesora captó un dejo de ironía. La ironía, pensó, pibes y pibas adictas a la ironía pero cuya presencia en el discurso siempre fracasan en identificar. No se puede ser irónico con ellos porque la comunicación se quiebra, aparece una grieta aparentemente generacional pero efectivamente institucional, de roles. Y cuando son ellos los que enuncian, la ironía sale para todos lados: como una excreción, detritos, un sudor irónico. ¡Baño de sarcasmos les debería dar! ¡¡Qué se limpien!!
Recibió el bloque, pesado, en un hueco hecho con las manos. Lo elevó para mirarlo al ras. Capas tectónicas de chocolinas humedecidas con Nesquick, dulce de leche como lava, fluye densa y en evoluciones fractales. Si fracasa la ironía, ¿a qué nos atenemos? No podría ser siempre explícita, presumió Mara para adentro, me secaría y lo que se seca después se agrieta: como las patas de pevecé de la silla que puse, un verano, en el balcón, intemperia. Se quebraron, se quiebra, requiebros. ¿Qué le pasa?
Al centro, tercera hilera, uno de los illuminati se doblaba por la altura del vientre. Boqueaba con la cabeza abajo del pupitre y se escurría las rodilleras del pantalón gris uniforme. Solo se le veía la giba de la espalda, el suéter mostaza del colegio corcoveando. Pelusas amarillentas danzaban en el aire. Algodón de azufre. ¿Y a ese qué le pasa? Mara sentía entre los dedos el áspero papel tissue. A ese, ¿qué le pasa? El resto de la turma, inmutable. Lo miran, al compa tembloroso, resquebrajarse. Resto de chocotortas, intocadas, sobre pupitres, prístinas bajo los tubos de luz que eliden toda sombra. Las porciones permanecen sin mella menos una: la del tembleque. En ella se evidenciaban las incisiones del glotón, el que no esperó, el del sapo en el vientre. ¿Será eso? Eso lo que lo tiene temblequeante, un sapo; que no son requiebros amorosos, de sapo príncipe. Descreo. ¿Croa?
La cabeza del pupilo dio coletazo inesperado para atrás y quedó su pecho en contracciones, la pera lábil en punta y hacia arriba. No es nada, seño, saltaron en coro las chicas zona sudoeste –grupo de tres solícito. Con cada semana que pasa más se parecen a sus madres, más base en el cutis y menos, más reducido lo espontáneo y verduril de sus semblantes. Debe ser alergia. ¡Sí!, afirmaron otros del medio, Lucio es siempre alérgico al todo, todo el tiempo. La totalidad, Mara largó el aire contenido por uno, dos, tres segundos largos: el suspiro se deslizó en su dentadura. Así que ese es Lucio el que croa sobre la cruz, sobre la cruz de torta. Echagüe, Lucio. Dos bien, un excelente y un nueve. Más, más, menos en la planilla diaria. Tareas adeudadas: nulo. No habla mucho, no juega al fútbol. Cada tanto un comentario sobre Historia vinculada, mal o bien, a los rudimentos pertinentes. ¿Alergias? ¿Alergia a qué? ¡Al pasto! Al polvo, a los ácaros en el polvo –las respuestas se acumulaban en barahúnda; ese hábito insidioso de dialogar como masa, desde la masa e intramasa. A la tinta. Al chocolate, ¡claro! Alérgico a la vida, latigueó uno de los humorísticos. A la larga, ¡alergia a la alegría! Casi: batata macabra.
Lo rodearon. Cenital, el eléctrico candor irradiado por los tubos lo ruborizó, le dio mejillas. Respira. Rastros de chocolate le marcaban el rostro. Burbujas de dulce de leche blo-blo-bloqueaban la boca. Un frío le recorrió a Mara la columna, las vértebras una/ a/ una/, Ijijijiiih, expulsó un quejido equino. Los illuminati la miraron. Eso, ahí, por un instante: guedejas de ironía. Tengo que recomponerme, no flaquear, ellos miran, pensó en breve Mara y decidió sonar convincente: A la vicedirectora, rápido, Graciela, llamá a la vice. Pero, proooh, ¡si ésa..! ¡Nada!, cortó en seco el capricho, ¡La buscan! No, no, atajaron dos de los de la zona norte, la humorística, ácida, el incansablemente jodón distrito del chiste, No-no, ya lo llevamos. A la enfermería, pobre Lucho, Lucy, Lucichagüe. Siempre alérgico al todo, todo lo alergia, siempre. Lo conocemos. Va: hamaquita de oro y derecho a la salita. Nosepreocupeprofe, es común; común a él, a lo poco común de sí propio.
Entre ellos, Campos, con esas compradoras cejas de “parezco más grande de lo que soy”, “gasto más plata de la que tengo”, “lo de morocho se me pega por tennis y pileta”. El porte, los hombros, deliciosos hombros y un par de clavículas que se parten solas. Vaya, Campos, vaya. Llévelo a Echagüe a donde quieran, a donde quieran y como quieran. Llévense a ese Echagüe Lucho a la enfermería, por la cañería, con sus ausencias, silencios, alergias e incoherencias. Elévenlo y llévenselo, que quién lo va a extrañar, ¡que quién si ni en el pubis tiene pelos! Campos & Cía. dejaron cerrar la puerta con delicadeza y por el pasillo se oyó cómo sostenían a Echagüe en andas, ataúd de carne, a lo largo y lo ancho: hacia la enfermería.
Agua oxigenada. Cloroformo. Formas dobles, triples se superponen y hacen transparente lo traslúcido; deshacen lo lúcido y lo vuelven opaco. Jabón de azufre. Yodado de sodio, caladril, éter, no, eso no. Es otro el olor: colonia, esperma seco, colonia espermática. No. Una zapatilla de lona quedó a medio camino de la puerta. Rápido desapareció arrastrada por la punta de una bota con plataforma que pisó cordón y escondió el vestuario tras bambalinas, contra la pared, entre mochilas. Mara supo pero miró a otro lado y trinó, tres veces trinó con risa infantil. Loca sí, boluda no. Se dijo. Pasó una servilleta por el pupitre de Echagüe. Quedaron en el papel marcas marrones: fue a rebotar dentro del tacho. Devolvió los ojos, irisada, en ronda a lo largo y ancho de la turma, que espiaba desde sus asientos. Aprendices simétricos, atornillados, endémicos. Ni una gota bajo el puente. Madera que cruje en los marcos de la ventana. Un soplo brama frío pone a prueba al tilo. Pero no lo oímos, sólo podríamos adivinar el ruido por los movimientos que hace. Se lo ve sonar.