Jorge Quiroga (1943-2025), escribió en Literal, El ojo Mocho, entre otras revistas. Se exilió durante la última
dictadura en Brasil donde trató a Perlongher. Estudió Ciencias de la Educación
en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Amigo de Horacio González,
Germán García, Ricardo Zelarayán y Roberto Raschella.
Jorge
Quiroga: ¡Alta chismografía se ha dicho!, por Laura Estrin
(Porque
si le dicen literatura a cualquier cosa –como escribe Christian Ferrer,
puedo llamar chismografía a mi memoria).
Les voy a contar una historia, para dejarla
escrita, para que no me la cuenten otros, para que no me tomen la sopa –como
escribió Néstor Sánchez–, para que no me metan la mano en el bolsillo –como
escribió Savino– y porque las historias se bancan bien, mejor que otros
discursos menos amables, y prometo que voy llegar a Jorge Quiroga.
En el año 1991 un grupo de amigos despide en
Chacarita a otro, a un tipo singularísimo, que escribía genial y que cuando lo
leí no me permitieron editarlo… Ese grupo de amigos, imagino que en subte
por Corrientes, se fue a tomar un café: nacía el encuentro de El Estaño, el
encuentro de Café Premiere.
Raschella, Savino, Miriam Kulesz y pocos más
empezaron a juntarse los sábados apenas pasado el mediodía en la Avda. Corrientes,
primero al lado de Librería Fausto. Hacia el 95- 96, Milita Molina me invita a
ir. Fuimos casi 25 años sin interrupción y lo fuimos abandonando cuando Savino
se fue a Madrid.
No era un café literario, eso creen los que no escriben
(y no escriben todos, escriben algunos entre todos –como dice Tsvietáieva).
Por ese café, a veces, aparecía algún periodista o un intrigante perdido, o llegaba
algún schollar norteamericano, boludos contentos, conspicuos talleristas
o escribientes que hasta propusieron poner una vela en nuestra mesa porque
“sentían” que les faltaba algo con que entender la cosa.
Una vez, es un gran ejemplo, convencí a Hebe
Uhart de ir, un sábado llegamos, casi todos tomábamos café, Noemí Ulla,
imperial, pedía té, si mal no recuerdo, y había uno que pedía y teorizaba lo
qué era una lágrima. Hebe miraba con distancia mal sentada: el mal-estar
sentada, el verdadero malestar en la cultura –diría Nicolás Rosa. Sigo
contándoles y les recuerdo que en ese tiempo la cerveza no tenía la fama de estos
años, y Hebe pidió cerveza mientras miraba inquieta y preguntaba con un
poco de desazón de qué iba la juntada. No pudo seguir viniendo, quizá porque
como entendió Milita, el café era una mecánica, como si dijéramos un
funcionamiento –eso podría acercarnos Meschonnic.
Al Estaño y luego a Premiere, cuando aquel cerró
por reformas, venían algunos hermanos y algunas hermanas (sí, la cosa
siempre es religiosa), pero sobre todo amigos de amigos, también venía un genio
amable, simpatiquísimo, yo lo tenía por marinero pintor que en esos años escribió
una novela que me encantó: El amor de los amigos, no sé por dónde andará
ahora Carlos Moreira. A ese café venía, también, siempre sentadito y
sonriente, siempre amistoso, sin ningún aspaviento, Jorge Quiroga: lo veo en una
punta de la mesa, algo de costado, diciendo asintiendo, siempre con su típico “¡¡¡¿¿¿ehhhh!!!!???”,
su inclusivo question tag.
Por ese entonces, mientras Hugo Savino me había
conseguido el teléfono, Jorge Quiroga me empezó a acompañar en la dificilísima
empresa de aguantar a Zelarayán, porque, un poco, él y yo lo trajimos a
Premiere. Así, Ricardo llegaba hacia el mediodía, antes que nosotros, a veces
con Margarita, y almorzaba con una copa de vino. Ricardo Zelarayán quedaba de
ese modo sentado al lado pero en otra mesa, luego empezaba a perorar parándose para
sentarse al borde de nuestro encuentro, donde a veces éramos varios y otras
solo 3 o 4. Zelarayán se enojaba, se encabritaba pero trataba de participar
sobrellevando mal su sordera, nos pasaba papeles con poemas, recortes de
suplementos literarios que lo mencionaban y hasta carpetas con traducciones
inéditas.
Al café El estaño, al café Premiere, además, venía
un muchacho apocado, muy de otro planeta, Gabriel Arévalo, y un hombre muy de este,
es decir, de la Universidad (de la facu –como decía burlón Zelarayán), era
el verborrágico pero buen Zoppi, los queríamos a ambos. Eran tipos singulares,
Gabriel era el palenque –como diría mi abuelo–, por esos años, de Milita, Zoppi
había sido librero de Fausto. Y también venía otro librero de Fausto,
alambicado sonetista y sabedor de ingentes locuras del saber, Aquiles el de “La
Paragráfica”, todos ellos armaban la mesa. Alguna vez la alegraron también Juan
Lagomarsino, el autor del Miserere y algunitos más. En ese singular
zoológico el único que casi siempre se reía era Jorge Quiroga, no siempre
participaba o si lo hacía, discutía algo chiquito, como agregando azúcar al
mate.
Repito que no hablábamos de “Tema Literatura”
(como si dijéramos el escolar “Tema Mis Vacaciones”), hablábamos de los días de
la vida “o de qué otra cosa” –como nos gritó a Milita y a mí, golpeando la
mesa, Raschella, una tarde en que fuimos quedando solos los tres. Hablábamos de
los días de la vida misma mientras hacíamos literatura en casa. Hacíamos
literatura en casa, cada uno solito-su-alma –como escribió Savino y copió
Milita– pero así, ahí, en el café, armamos una amistad llena de complicidades, con
ingentes variedades de entre nos y cantinelas que había que aguantar. Creo que
llevábamos lo mejor de nosotros al café, eso que pocos aguantan. Pienso que lo
que llevábamos era tiempo, lo único que hay que dar a los amigos.
Ahí, además, estaba, estaba siempre, el gran
secuaz de Milita, Milton Rodríguez, y el señor (como lo llamaba la misma
Milita) Alejandro Sosa Díaz (o el “señor Marcelo”, recuerdo que le decía,
seguro aludiendo a algo que no conozco… ¿una película? no sé). Creo que allí
empezaron los poemas-diario de Milton, el genio ensayístico y poético,
uruguayo, de Sosa Díaz queda para otro costal. Y de Quilmes llegaba hacia la
tarde Liliana Guaragno, siempre tratando de entender lo que ya había pasado.
Muy pronto, en todo tiempo, Jorge Quiroga, que
armaba una revista tras otra, convidó a Bella Andahazi, buen poeta que también
andaba en el café, a Hugo y a mí, a editarnos en su BCZ Editores (que en la presentación
del Olivari de Jorge, en diciembre último, ¡descubrí! que era una
editorial que no le pertenecía sino que era de un amigo suyo, de Daniel Botino –y
es Marta Rosendo la que me recuerda su nombre). Primero, en realidad, Jorge había
propuesto una página para editarnos juntos a los cuatro –de eso quedó una foto
no digital, es decir, vieja, en la que tengo un saquito bordó y el pelo mojado.
Pero esa página que pensó para nosotros pronto derivó en la publicación de Cuadernos
del siervo de Andahazi, de Las otras historias del propio Jorge y de
Álbum, mi primera serie de poemas, que yo había llamado Album pobre
amazona y Claudia Schvartz, con oreja, cortó sin más. Era 1999. Hugo
Savino, como siempre, se corrió.
Luego vinieron mil presentaciones en el
Descartes, Germán García quería mucho a su compañero de exilio brasilero
Quiroga y se prestaba a cuanta propuesta Jorge hacía. Y vinieron además ciclos
de locuras que el otro amigo de exilio brasilero, Horacio González, con buen ánimo
permitirá mil veces en la Biblioteca Nacional. Entonces Jorge, con su perenne alegría
joven, inventaba una serie que llamamos “Desterrados” y ahí leíamos sobre
Correas y, años después, con Bernardo Carey y el mismo Jorge, entregamos a la
BN los manuscritos de Los jóvenes de Carlos Correas.
Jorge Quiroga era capaz de armar, imaginar y
llevar a cabo, moviendo montañas, casi todo, por eso pudimos hacer el Zelarayán
y además pudo hacer el Literal y ¡cuánto más! Tantas veces fuimos a
la BN, como la vez que súper contentos vimos juntos la hermosa muestra de
dibujos y pinturas de Ricardo (Zelarayán) Horacio Pilar.
Otra escena que quiero contarles es cuando Jorge
me dijo que con Martín Carmona hacían una película imposible, documental
–digamos, de la calle Corrientes, con eje en Néstor Sánchez y con la estampa y
la voz de Zelarayán, entre pocos más, y yo, sin más dato ¡¡¡¡se la propuse a
Nicolás Rosa para que la pasáramos en las clases de Teoría Literaria en Puán!!!!
Y fue un miércoles o un viernes inolvidable, tarde a la noche, en un aula
cualquiera, en la que tuve que mediar entre dos monstruos amigos, que en este
caso no componen oxímoron.
Pero sigamos, Jorge también hizo, entre otras,
la hoja pasquín, preciosa, “La bicicleta”, con nuestros poemas que podía
mezclar con los de algún grande de Boedo. A Jorge solo había que prestarle
atención, él la reclamaba bastante, y allá nos llevaba, o allá íbamos, con Noemí
Ulla y Liliana Guaragno que también andaban o se dejaban llevar en esas locas
lides. Conté en la presentación del Olivari cuando Jorge le dijo a Lily
que yo era apolítica para que no siga rezongándole cuando él la
martirizaba, porque Liliana creía que solo con ella hablaba mil horas de
peronismo de allá y sindicalismo de acá. Entonces, también, además, encima,
íbamos a FM “La tribu” donde por décadas Quiroga hizo su programa “Litertango”,
con Fernando Coringrato y Ana Paruolo que en muchas cosas lo secundaba. Y, así,
las siestas del Domingo se poblaban de risas contenidas porque las hueveras de
las paredes de la radio no podían obligarnos a hacer imposible silencio cuando
Jorge tiraba al aire, por ejemplo, para enojarme, chanzas contra Savino, y
Milton o Aquiles se hacían pasar por oyentes comunes de San Cristóbal o Balvanera
y respondían el cedazo dejando mensajes al programa.
Jorge siempre se reía y en su risa tenía lugar
la ironía y la inteligencia que ponía en todo; hablábamos de los hermanos
Lamborghini, él había tratado sobre todo a Osvaldo pero bancaba más y mejor la
literatura de Leónidas. Aunque con Zelarayán a ninguno de los tres la parodia
nos iba… Fueron 30 años armando ese enjambre de escritura y de amistad
porque Jorge acompañaba a sus amigos, mucho más, les daba cauce y lugar a sus
escritos, inventando revistas, encuentros y editoriales para hacernos lugar.
Luego vino el desarme y el desierto volvió a
abrirse, volvió un poco del descampado que hay siempre pero que el amor de los
amigos tapa en parte. Hugo ya en Madrid, Roberto añoso, Szpunberg, García
y González idos pero Jorge seguía traqueteando propuestas y apuestas. A las
perdidas, con Riquelme, Milton, Cesario y el traqueteante Jorge nos
encontrábamos en El Británico y siempre sus proyectos de libros y sus poemas
aparecían. Por esos últimos años estaba muy contento con la reunión de sus
poemas en El que recuerda, como de los tratos y encuentros que seguía
armando sin parar.
Hacia 2011, en mi libro de poemas Ánimas (inédito)
escribí de Jorge Quiroga:
Un hombre
Jorge Quiroga sonríe
quiere hablar
pregunta y acentúa la e
la alarga.
Espera
hizo lugar.
Pinta
no le importan los puños
los lleva abiertos.
Huésped bueno de cielos
infelices
–vieja cita de una rusa
desconocida.
Jorge siempre está ahí
recordando
mientras repite bajito.
Insiste
cuando escucha
queda un poco en el aire.
Vuelve a sonreír
Jorge trata
ordena
sabe
salva.
Desamparo claro elegido.
Jorge mira bien
sin particular fuerza.
Y dice.
Escribe o piensa
se
demora en las letras.
Camina a trancos
y descubro que es bárbaro tirano
pero me regala sus pinturas
y una vez dijo:
San
Libertella –como nadie.
(En 2003 Jorge me pintó un retrato de Héctor con
un aura que dice San Libertella. Pero ya me había empezado a regalar sus
pinturas cuando presentamos Álbum con Zelarayán en el Descartes. Las
pinturas de Jorge llenan mi casa, incluso Javier me regaló un Kafka de Jorge y
cada vez que lo visitaba me regalaba o me hacía elegir algún retrato de
escritores que hacía).
También escribí para Jorge este otro poema en Ánimas:
Recuerdos que se pierden
Como vuelven las palabras
como monedas, como en la fábula
pero hoy gané un cielo
con todo su aparato
con toda una corte de milagros
con risa
recuerdos
cierta rara paz y no
querer.
Jorge
Quiroga (y cito en una de sus
mejores frases):
El poema,
se sabe,
indica una distancia,
y una buena defensa.
Y uno último dice:
En Santa Fé
-dice Milita mirando mi
terraza,
la mata de cretona era
enorme.
Jorge me contó que
“pobre como una araña”
era un dicho del campo
y que había que seguir
~a veces~
el anhelo del río.
Laura Estrin, 14 de marzo de 2026
*
Jorge Quiroga, una coherencia perfecta, por Javier
Fernández Paupy
La misteriosa frase que abre el primer libro publicado por Jorge Quiroga funciona
como clave de lectura de toda su obra: “El
que recuerda difícilmente aparece y cambia un lugar por otro.” Jorge
Quiroga hace del recuerdo un procedimiento. Su escritura se organiza alrededor
de lo que falta. La memoria aparece como una forma de convocar lo ausente. En El
que recuerda. Poesía completa [1969-2016], (Instituto Lucchelli Bonadeo, 2017), que reúne su obra poética,
esa operación se vuelve visible desde el título.
Cuaderno nocturno (El juguete rabioso, 1991) instala un clima
espectral. La ciudad, el cuerpo y el tiempo se superponen. No hay relato, hay
estados. La prosa poética de Jorge Quiroga arma escenas mínimas, detenidas en
el tiempo o sin tiempo: “El tiempo
sobrevive, cansa en el horror de la infancia.” La ciudad no es un
escenario externo sino un espacio mental. Un lugar donde la memoria vuelve
sobre sí misma: “Mientras tanto la
ciudad creció como obedeciendo a su desaparición”. En ese registro
aparecen definiciones casi aforísticas: “La
muerte es sólo un instante construido.” El pasado no se recupera como
historia sino como aparición o fragmento, como visión o relámpago: “Hay que dejar que la memoria devuelva el
instante.” Hay abstracciones en Cuaderno nocturno. Silencio,
tiempo, memoria, luz, vigilia, destrucción, claridad. Quiroga las trata como si
tuvieran peso material. “Un cuerpo es
la respuesta de su respiración.” El poeta condensa percepción y
pensamiento: “la memoria se asfixia”, “el
silencio se deforma”, “el tiempo juega en una lentitud.” Frases breves.
Secas. Climas. El tiempo no avanza como narración: “Ahora puede detenerse el tiempo.” La luz que atraviesa los poemas
de Cuaderno nocturno es urbana,
artificial, fría. Los espacios son cerrados, habitación, cuarto, ventana,
pieza. Incluso la ciudad aparece como si fuera un interior amplificado. En su
primer libro predomina la indeterminación y la negación: “no se cierra nadie”, “no pueden vivir ni
pueden dejar de vivir”, “no es la soledad…” El tono es grave. Filosófico
sin tesis. Sensorial sin el chantaje de la sensualidad. En los poemas de Quiroga
la memoria no organiza un pasado. La memoria en su obra produce atmósferas.
Los poemas de Las otras historias (BCZ editores, 1996) mezclan misceláneas
urbanas con una sensibilidad por el fragmento.
Caen
sobre la noche que entra
luces brillantes y viejos
destellos de paisajes desenterrados.
La calle se pierde inevitablemente.
Su tono es sobrio, también
crepuscular. La noche y la calle, la desaparición, lo evanescente, lo que no
está, la desorientación que produce el hueco de una ausencia o una falta que
titila en la memoria. Jorge Quiroga lleva al extremo una insistencia. La identidad
en disolución, la ciudad fantasmática, la persistencia de la infancia, el
lenguaje abstracto vuelto materia. No relata nunca acontecimientos “significativos”
sino estados de conciencia. Escenas mínimas, como fotos detenidas en el tiempo,
recuerdos discontinuos que aparecen y se van. Una economía de imágenes
abstractas vuelven una y otra vez. Jorge Quiroga insiste en darle forma al tiempo,
al silencio, al cuerpo, a la memoria. Hace suyos unos pocos motivos. Las
calles, las casas, la noche, la infancia, lo ausente. Una atmósfera opaca y reflexiva.
En La casa abandona (BCZ editores, 2000) las escenas escuetas aparecen puestas en duda. Hay marcas de incertidumbre. Preguntas: “¿quién la
protegerá…?”, “¿pero quién dice que tienen razón…?”, “¿quién puede hablar sino
nosotros?”, “¿qué le pasa a un hombre…?”. El sujeto aparece desplazado,
expuesto a fuerzas que no controla, en un límite de conocimiento. Otra vez la
ciudad, el tiempo, la memoria, la muerte. Otra vez el espacio es urbano y hay
una presencia marcada por los espacios interiores. Habitaciones, hospitales,
calles, estaciones, cafés, parques. Son superficies donde se manifiestan
pérdidas, desapariciones, decisiones irreversibles. Muchas escenas de La casa abandona sugieren situaciones
extremas. Caídas, suicidio, enfermedad, abandono. Pero ninguna de estas
circunstancias es tratada con una dramatización explícita. No son pretextos de
narración. Algunos poemas presentan figuras que ya no se reconocen: “No
consigue recomponer su imagen en el espejo” dice el quinto poemas del libro. La
pérdida de un lugar en la ciudad o vidas que se viven recluidas en la memoria. Jorge
Quiroga en sus poemas no explica, describe. Hay gestos, cosas, como un
inventario desapegado de percepciones. Los poemas de Jorge Quiroga ponen en
duda la capacidad del lenguaje para entender lo vivido. Las preguntas en La
casa abandona funcionan como un procedimiento que abre el texto
hacia lo incierto y mantiene suspendida cualquier interpretación definitiva.
En El puente suburbano (La bicicleta, 2010) aparecen fragmentos de una única experiencia de la memoria,
donde los escenarios, los lugares y las voces aparecen desordenados. Restos de
una historia que no se termina de recomponer. El poeta vagabundea entre recuerdos de paisajes urbanos y de amigos
y de mujeres y de niños y de desconocidos, y cada fragmento funciona como una instantánea emocional. Nunca un relato
completo en la poética de Jorge Quiroga. Son imágenes como destellos de percepción. La lluvia,
los puentes, las casas, las fotos, el río, la noche. Jorge Quiroga arma
atmósferas donde el pasado aparece siempre parcialmente velado. Otra vez la
ciudad, las cartas, el recuerdo. Esas insistencias refuerzan la idea de que la memoria es fragmentaria y está hecha de
restos. El que recuerda evoca retazos, nunca el relato completo. No hay
relato. Hay esquirlas líricas de un discurso, chispazos de memoria que el lenguaje
recupera del abismo del olvido.
Los poemas de El pasado irreal (Palabras amarillas, 2015) presentan escenas breves y fragmentarias que
recorren, con tono contemplativo,
paisajes rurales, ciudades, interiores domésticos, recuerdos familiares. Cada poema
aparece como un cuadro donde aparecen objetos cotidianos, una ventana, un
cajón, una calle, una foto, y personajes aislados, niños, ancianos, vecinos, personas
solitarias. Calles, estaciones, barrios de Buenos Aires, se mezclan con
momentos íntimos y familiares, generando un efecto en el que la experiencia
individual parece ligada a espacios y
objetos que conservan un registro del pasado. Son imágenes elementales
que buscan captar gestos mínimos, silencios, estados anímicos. El poema 5 del
libro dice:
El pasado nos asombra
con su carga medida,
aparece en el centro de la oscuridad
es preciso ausentarlo,
pero no se rinde, nos violenta
y no nos permite dormir.
En el insomnio ciertos rostros
se adueñan del espacio
desmoronando cada latido,
entonces en el borde de la cama
un hombre casi sin aliento recuerda
ata su respiración al vacío
con la persiana semicerrada
mirando la zanja de tierra
el descubrimiento se detiene,
las sombras se retiran,
y lentamente se recupera
sin siquiera molestar a nadie
sin volver a pensar.
Es una escena
concentrada, mínima, en el teatro de la mente. El poema
escenifica el momento en que el
recuerdo irrumpe en la conciencia. El pasado aparece primero como una
fuerza abstracta porque “violenta”, “no (...) permite dormir” pero después se vuelve
materia concreta. Una persona en el borde de la cama, con la persiana
semicerrada, respira con dificultad. Esa progresión que va de lo conceptual a lo material atraviesa la obra
de Jorge Quiroga. El pasado deja de ser una idea y pasa a sentirse en el
cuerpo, en la respiración. El recuerdo se personifica, la vida se vuelve una
niebla que solo pesa en la gravitación de la memoria.
Los poemas de La memoria infiel (2017)
muestran acciones que podrían resultar imperceptibles en la conciencia. Caminar,
esperar, mirar por una ventana, atravesar una calle o recordar algo que se
desvanece. Habitaciones, barrancas, ríos, rutas o playas aparecen envueltos en
una atmósfera brumosa. La ciudad misma se vuelve un espacio de extrañamiento y
vacío: “La ciudad está lejos, apura ese instante, es nada más que una
permanencia en los cuartos vacíos”. Los personajes de La memoria infiel
atraviesan esos espacios como figuras desorientadas, sumergidas en un estado
intermedio entre la memoria y el olvido, “cubiertos por una niebla, que los
invita a pensar”. Quiroga insiste en imágenes que dan cuenta de un derrumbe. Polvo,
ceniza, lluvia, viento, sombras. El libro trasunta un cansancio existencial,
como si la experiencia quedara reducida a lugares de abandono y recuerdos
inestables, tanto que “los nombres se borran y los recuerdos son inhallables”.
A diferencia de los títulos anteriores, que muestran
escenas aisladas dominadas por la irrupción del pasado y una atmósfera
opresiva, los poemas de La voz de Marta (2017) se organizan alrededor de
la recurrencia de una voz que articula memoria, intimidad y vida cotidiana. Los
poemas se despliegan como fragmentos breves que registran escenas de la vida diaria,
viajes, paseos por la ciudad o recuerdos compartidos. La experiencia ya no
aparece marcada por la violencia del recuerdo sino por una persistencia
afectiva que atraviesa el tiempo. La repetición de la voz de Marta funciona
como un eje en el poemario. Es presencia o llamado que permite ordenar
evocaciones dispersas, “se difunde tu voz / por todos los rincones” y convertir
la casa, los amigos, los animales o los lugares visitados en una memoria
compartida. Esa voz convoca además recuerdos comunes, como cuando los sujetos
del poema “pensemos casi juntos / en un país en el que estuvimos”, y vuelve
posible una experiencia del tiempo sostenida por la convivencia. En ese marco,
la intimidad doméstica se presenta como un espacio de resguardo, “el cuarto es
nuestro refugio”, donde la memoria se vuelve habitable. En lugar de la tensión
que predominaba en los libros anteriores, en esta serie aparece un tono más
contemplativo, donde el paso del tiempo, la rutina y las pérdidas se integran
en una reflexión más serena. La voz misma parece garantizar esa continuidad
afectiva, porque “la voz es lo único que no tiene ausencia”.
Los poemas de Escenas del barrio (2017), el último de los libros que compila El que recuerda, prolongan
los rasgos centrales de sus libros anteriores. Una escritura fragmentaria. La memoria es la protagonista central del poema.
Escenas breves donde predominan los espacios cotidianos del barrio, la
estación, el terraplén, el río, las casas. Como en sus libros anteriores, es
una escritura sensorial y atmosférica,
en sus poemas se respira la siesta, el viento, la lluvia, la luz del atardecer,
sonidos lejanos. Una poética de la
reminiscencia y de la pérdida, donde las escenas reaparecen como
destellos incompletos. Los amigos que ya no están, los juegos, las estaciones,
las casas y los gestos familiares se presentan como fragmentos de un mundo
desaparecido que persiste únicamente en la memoria y en la contemplación
reflexiva del presente.
Leída en su
conjunto, la obra poética de Jorge Quiroga muestra una coherencia perfecta. En sus libros, que están fuera
del tiempo, el poeta vuelve una y otra vez sobre los mismos motivos y hace con
esos temas, también en sentido musical, una línea reconocible y rigurosa. Si las voces que aparecen en sus poemas configuraran
algún tipo de identidad, se trata de una identidad negativa, que se disuelve y
desaparece. Su escritura no narra historias sino que fija
atmósferas donde la memoria aparece como una forma de conocimiento incierto,
metafísico, iniciático, hecho de fragmentos y de apariciones. En esa obstinación
a unas pocas imágenes fundamentales reside la genialidad de su obra.