16.10.26

África como concepto, por Ulises Levinson Rezzónico

  

Hace 534 años, el 12 de octubre de 1492, un europeo de tez blanca arribó a las tierras que rodea el Mar Caribe e inició el proceso que, más adelante, se llamaría colonización, en honor a su nombre. Durante siglos se dijo que Cristóbal Colón descubrió el continente americano, aquel 12 de octubre, frase cuya épica esconde su verdadero sentido: la pretendida revelación de que existen descubridores y descubiertos. Como toda disyuntiva, carece de sentido, puesto que la Biología determina que las mal llamadas “razas humanas” en verdad no existen y, por lo tanto, un intento de jerarquizar a las personas de un lado y del otro del Atlántico resulta absurdo. Dicha jerarquía, sin embargo, existe, y existe porque fue construida por las mismas personas que desde tiempos antiguos posicionaron nuestro planeta en el centro del universo y, más adelante y hasta nuestros días, a Europa en el centro de los mapas. El poder que el continente europeo decidió otorgarse a sí mismo para explotar e invadir las Américas, porque fue una invasión y es importante empezar a llamar las cosas por sus nombres, no tiene justificación y no merece nuestra atención. Sin embargo, son más que claras sus intenciones de aquel momento y también lo son ahora.

 

América fue siempre rica en recursos naturales y humanos y Europa, cuna del extractivismo y el capitalismo, sistemas basados en el afán de lucro y la acumulación de riquezas, halló en el territorio americano imperios enteros para someter y saquear; y los pueblos originarios de nuestras tierras, hábiles en ciencia, naturaleza y cultura, no fueron competencia para el desarrollo armamentístico de la Europa de los siglos XV y XVI. De esta manera, inicia el exterminio de los pueblos a manos de los poderosos, el cual, con otras herramientas y con otros tiempos, se sigue sucediendo hasta el día de hoy.

 

¿Cuáles son esos exterminios? Si queremos hablar de colonización y conquista, no basta con hablar del 12 de octubre de 1492. A finales del siglo XIX, el Estado argentino, usurpado por el Partido Autonomista Nacional, y de la mano de Julio Argentino Roca, llevó a cabo la Campaña del Desierto, que en realidad fue un genocidio de los pueblos originarios que aún sobrevivían en nuestra Patagonia y la Selva Chaqueña. El Plan Cóndor, dirigido desde los EEUU en la segunda mitad del siglo XX, implantó las más sangrientas dictaduras a lo largo y ancho de Sudamérica con el fin de exterminar toda forma de disidencia popular y mantener en claro qué países mandan y cómo el Sur Global ha de ser doblegado por ellos. Hace tan solo menos de 15 días, la Corte Suprema de Justicia, cuyos integrantes no son elegidos de forma democrática, decidió facilitar la compra ilimitada de tierras argentinas a empresas y privados extranjeros, lo cual debilita nuestra soberanía sobre nuestros propios recursos y nuestra propia tierra. Estos ejemplos no son un intento de convencer a nadie de nada. Son hechos históricos que hilan la trama de un norte global que logró desarrollarse mediante la extracción de recursos y el sufrimiento humano del Sur Global.

 

Cuando me senté a escribir estas palabras estaba decidido a abordar la mayor cantidad de injusticias que este tópico y la coherencia textual me permitiesen. Y resonando en mi cabeza, la mayoría de los días, aparece África como concepto. ¿Alguien puede explicarme por qué nos pasamos tres años del secundario estudiando las guerras mundiales y la Guerra Fría en vez de conocer la historia fraternal que compartimos con el continente africano? De alguna manera, África es un espejo de América 300 años más tarde. En 1885, las potencias europeas, en una crisis de sobreproducción, se reunieron en lo que se llamó la Conferencia de Berlín para dividirse los territorios de África como si fueran porciones de una torta de cumpleaños y así explotar sus recursos y personas, ya como engranajes del capitalismo que sigue causando estragos en los tiempos que corren. Por supuesto, Francia y Reino Unido se quedaron con la mayor cantidad de superficie, pero Alemania, Bélgica, España, Italia, Países Bajos y Portugal también son cómplices y culpables. África habla las mismas lenguas que Europa y que América, pues juntas, las tres, forman una suerte de triángulo, en el que Europa ha impuesto su voluntad por sobre los demás continentes y el lazo fraternal entre estos últimos parece desdibujado. ¿Acaso hay alguien que pueda nombrar más de 5 países africanos? ¿Acaso alguien ha estudiado los procesos independentistas de África, ocurridos en los últimos 100 años? ¿Acaso alguien conoce los conflictos que hoy se dan en la región del Sahel? ¿O estamos todos y todas inmersos en los conflictos que los algoritmos, que son de origen europeo y estadounidense, han decidido mostrarnos? Rusia, Ucrania e Israel también se ubican al norte del Ecuador.

 

De esta manera, el primer ejercicio es entender que seguimos colonizados y, quizás, el segundo ejercicio sea reconocer a los cómplices de la colonización. El sistema capitalista, impuesto en prácticamente todo el mundo por la influencia ejercida desde EE UU, prioriza el rédito económico inmediato e individualista y fomenta estas necesidades en los colonizados, mientras que las construye como deseos egoístas en los colonizadores. Sin embargo, esta disyuntiva no sería posible sin los grises, es decir, quienes se autoperciben colonizadores y ejercen ese autoritarismo sobre sus supuestos pares. Simone de Beauvoir dice “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”, y esta frase sintetiza el contexto político actual de nuestro país, de Sudamérica toda y, quizás, del mundo entero.

 

Por otro lado, hay un dato curioso que me gustaría compartirles. El 12 de octubre es celebrado en España como el Día de la Hispanidad, en un sutil pero efectivo intento nacionalista de conmemorar aquellos tiempos en los que el Imperio Español supo ampliarse y expandirse, en detrimento de los territorios y las personas que integraron sus colonias. Con esta idea quiero decir que, de alguna manera, ellos seguramente sepan, pero intentan ocultar, que la expansión de su lengua y costumbres, que ellos celebran en términos de unión entre pueblos, fue en realidad una imposición y que el mundo entero debiera condenarla.

 

Para ir cerrando, me gustaría transmitir, o aunque sea intentar transmitir, lo que me provoca entender que en los últimos cinco siglos, a pesar de que los mecanismos sean otros, los descubridores y los descubiertos seguimos siendo los mismos. Bolívar y San Martín, cuando lideraron los procesos independentistas de estas tierras, no soñaban con nuestro presente. Supieron soñar con una Patria Grande, una Latinoamérica unida en términos de lucha y de culturas fraternales. Ellos guiaron a los pueblos de este rincón del Sur Global hacia la independencia y expulsaron el dominio europeo que durante mucho tiempo nos ubicó como colonias dependientes de una metrópoli. Hoy, el norte sigue ejerciendo ese poder imperialista y colonizador y lentamente destruye la constitucionalidad, y por consiguiente la democracia, de muchos de los Estados sudamericanos. No lo permitiremos. El pueblo de Sudamérica tiene memoria porque ha caminado sin piernas y ha construido sus imperios con las manos.

 

Hoy, en el 12 de octubre de 2026, nuestra tarea, quizás, sea recordar eso. Nada más que recordar. La memoria es una de las herramientas más poderosas que tienen los pueblos. Recordemos que en cada noticia difundida por las redes sociales, en cada decisión económica y política y hasta en cada programa de estudios, detrás de ello operan las máquinas de la colonización y se ejerce un poder de descubridores sobre nosotros y nosotras, los supuestos descubiertos. Dejemos en claro que nadie descubrió estas tierras, sino que fueron saqueadas y lo siguen siendo hasta el día de hoy. Puede ser que con este conocimiento en nuestras mentes y mediante el ejercicio de la verdad y la memoria no transformemos el sistema verticalista en el que nos hallamos, basado en la explotación del ser humano por la mera explotación; pero de a poco, muy lentamente, se encenderán luces que en algún momento, juntas, brillarán más que toda la riqueza material que acumulan allá arriba.