28.10.26

Festejos de carnaval, por Cecilia Bainotto

  

¿Con cuántos saludos nos deja colgados la vida? Serios, sonrientes, tontos. A ver antes del clic ¿por qué no cometer y acometer con la distorsión del tiempo? Después el hipérbaton y el recurso de la ironía u otras analogías ante la huida o la indiferencia. Cuando la mañana cabe en un pocillo de café y acordamos la tregua que tiene la carcoma, la primavera, una luz de bengala o una vuelta en campana.

¿Listos para la foto? A ver ¿y cómo hacemos un   sabotaje a los relojes para que el final del juego no perturbe cuando quedamos fuera del próximo cuadro?

 

*

 

Soñé que estábamos vos y yo cuando ocurrió el primer milagro de la avenida Corrientes. Las marcas en las muñecas y tobillos no eran cuerdas humanas. Eran rastros de los grillos invisibles con los que el Subterráneo encadena a sus deidades.  El hombre, que minutos antes estaba tirado sobre el asfalto rodeado de patrulleros y forenses, se puso de pie con la lentitud de quien despierta de una  siesta a medianoche. La sonrisa que desconcertó a la policía ahora iluminaba el asfalto. Los vecinos, amontonados detrás de las cintas rojas y blancas dejaron caer sus teléfonos, las bolsas de compras y se postraron de rodillas sobre las baldosas. El oficial a cargo no alcanzó a desenfundar su arma.  El magnetismo de los ojos del resucitado lo obligó a imitar el ruego de la multitud, mientras los semáforos de la esquina comenzaban a titilar caóticos. El oficial no fue el único en ceder. A lo largo de tres cuadras, el sonido sordo de los motores apagándose en seco fueron el primer acorde del festejo. Las radios de los taxis atrapados en el embotellamiento dejaron de emitir noticias para transmitir un pulso de tambores que nadie había oído jamás.

El resucitado dio el primer paso y el invierno de Buenos Aires retrocedió. De las alcantarillas y bocas de tormenta del Subte no brotó vapor sino un aire caliente con olor a pólvora y a carne. Una vecina de setenta años, todavía de rodillas, comenzó a reír con llanto mientras se arrancaba el tapado de lana, revelando una piel que brillaba con escarcha de purpurina. La locura corrió como un fusible quemado: los taxistas saltaron sobre los techos de sus autos y bailaban a un ritmo frenético, los forenses arrojaron sus guantes de látex al aire como si fuesen papel picado y las luces de los teatros de la avenida se encendieron proyectando sombras de gigantes que danzaban en las fachadas. Corrientes ya no pertenecía al orden de los hombres; la deidad de los túneles había despertado, y la orden invisible era que la ciudad bailara hasta extenuarse en cinta de Moebius hasta la próxima vuelta.

Vos y yo, mirando como Fanny y Alexander desde la ventanita de un subsuelo —que era una ranura a ras de la vereda—, cuando dijiste, con ese patrón tuyo que se repite de querer trepanarnos las cabezas y que estaría presente mientras durara el carnaval “las historias desaforadas no nos pertenecen”. Algo atragantado bajaba hacia las piernas para que nos quedáramos quietos, y a la medianoche me diste un beso angélico en la frente.

De la murga callejera y el alboroto quedaron restos en la calle y gente durmiendo en los autos, despatarrados como gatos. El resucitado dejó un aliento raro tendido sobre la arteria, con la cabeza apoyada en el Bajo y los pies en Chacarita. Regresé a casa con ganas de hablar, pero no te encontré. Peor aún, no te vi más, y eso no es sueño.

Habíamos entrado en la Cuaresma, y te imaginé con una guirnalda de olivo bailando el hula-hula o un reguetón en un pub para cien personas. Siempre a destiempo, o serán los sueños nomás que en el prefacio nos ponían en lugares diferentes.

 

COMUNIÓN

 

El humo de los cigarrillos se pegaba a la lona del techo como una gasa gris. El bar olía a desinfectante y cerveza rancia. Sentirlo raspaba la garganta. Hoy había caído en ese lugar remoto. Era necesario reiniciar el tiempo. Volver a rayar vitrales de iglesias para tener una comunión menos vergonzosa.

El crujido de la puerta fue una fricción con chispas. El aire de la calle olía mejor. Caminé con las manos en los bolsillos y sentía el peso muerto del buril. También llevaba un marcador grueso desde hacía meses, esperando el momento exacto de asfixia.

La parroquia de San Judas erguía la cúpula como un puño de piedra contra el cielo nocturno que se veía desde varias manzanas a la redonda. No buscaba perdón, ni agachar la cabeza. Necesitaba estirarme para tocar el techo. Escalar la reja lateral fue un acto mecánico aprendido en los juegos con Tommy y Raulito cuando saltábamos la verja de las casas para jugar con las chicas del barrio.

Al llegar a la cornisa, el gran vitral quedó a la altura de mis ojos. Desde adentro, una luz mortecina de velas teñía el vidrio de un azul puro. En el centro, la silueta de un santo de mirada severa parecía juzgar la calle. No escapé a mi imagen tomando por primera vez la hostia dulce. En verdad la mastiqué como un caramelo. El cura Roberto me observaba y después me dio un baile adentro del confesionario. Recuerdo que corrí desesperado a casa con las piernas ardidas y lloré en mi cuarto. Por un tiempo estuve al borde de salir con una rosa en la boca.

Viejas historias que hoy quiero sepultar con una segunda comunión, pero a mi modo. Apoyé la punta del marcador contra los pliegues de la túnica de vidrio del santo. El trazo chirrió rompiendo el silencio sagrado. Dibujé grietas sobre las líneas de plomo. Rayé venas sobre la piel translúcida del mártir. La santidad pulcra se había transformado en algo herido y terrestre.

Tomé mi segunda comunión cuando el marcador se gastó y usé el buril para tallar el vidrio. Quedaron cicatrices blancas que la luz del sol, horas más tarde, obligaba a verlas con una mirada más religiosa. No había necesidad de confesionarios.