¿Con cuántos saludos
nos deja colgados la vida? Serios, sonrientes, tontos. A ver antes del clic ¿por
qué no cometer y acometer con la distorsión del tiempo? Después el hipérbaton y
el recurso de la ironía u otras analogías ante la huida o la indiferencia. Cuando
la mañana cabe en un pocillo de café y acordamos la tregua que tiene la carcoma,
la primavera, una luz de bengala o una vuelta en campana.
¿Listos para la foto? A ver ¿y cómo
hacemos un sabotaje a los relojes para
que el final del juego no perturbe cuando quedamos fuera del próximo cuadro?
Soñé que estábamos
vos y yo cuando ocurrió el primer milagro de la avenida Corrientes. Las marcas
en las muñecas y tobillos no eran cuerdas humanas. Eran rastros de los grillos
invisibles con los que el Subterráneo encadena a sus deidades. El hombre, que minutos antes estaba tirado
sobre el asfalto rodeado de patrulleros y forenses, se puso de pie con la
lentitud de quien despierta de una
siesta a medianoche. La sonrisa que desconcertó a la policía ahora
iluminaba el asfalto. Los vecinos, amontonados detrás de las cintas rojas y
blancas dejaron caer sus teléfonos, las bolsas de compras y se postraron de
rodillas sobre las baldosas. El oficial a cargo no alcanzó a desenfundar su
arma. El magnetismo de los ojos del
resucitado lo obligó a imitar el ruego de la multitud, mientras los semáforos
de la esquina comenzaban a titilar caóticos. El oficial no fue el único en
ceder. A lo largo de tres cuadras, el sonido sordo de los motores apagándose en
seco fueron el primer acorde del festejo. Las radios de los taxis atrapados en
el embotellamiento dejaron de emitir noticias para transmitir un pulso de
tambores que nadie había oído jamás.
El resucitado dio el
primer paso y el invierno de Buenos Aires retrocedió. De las alcantarillas y
bocas de tormenta del Subte no brotó vapor sino un aire caliente con olor a
pólvora y a carne. Una vecina de setenta años, todavía de rodillas, comenzó a
reír con llanto mientras se arrancaba el tapado de lana, revelando una piel que
brillaba con escarcha de purpurina. La locura corrió como un fusible quemado:
los taxistas saltaron sobre los techos de sus autos y bailaban a un ritmo
frenético, los forenses arrojaron sus guantes de látex al aire como si fuesen
papel picado y las luces de los teatros de la avenida se encendieron
proyectando sombras de gigantes que danzaban en las fachadas. Corrientes ya no
pertenecía al orden de los hombres; la deidad de los túneles había despertado,
y la orden invisible era que la ciudad bailara hasta extenuarse en cinta de
Moebius hasta la próxima vuelta.
Vos y yo, mirando
como Fanny y Alexander desde la ventanita de un subsuelo —que era una ranura a
ras de la vereda—, cuando dijiste, con ese patrón tuyo que se repite de querer
trepanarnos las cabezas y que estaría presente mientras durara el carnaval “las
historias desaforadas no nos pertenecen”. Algo atragantado bajaba hacia las piernas
para que nos quedáramos quietos, y a la medianoche me diste un beso angélico en
la frente.
De la murga callejera y el alboroto quedaron
restos en la calle y gente durmiendo en los autos, despatarrados como gatos. El
resucitado dejó un aliento raro tendido sobre la arteria, con la cabeza apoyada
en el Bajo y los pies en Chacarita. Regresé a casa con ganas de hablar, pero no
te encontré. Peor aún, no te vi más, y eso no es sueño.
Habíamos entrado en la Cuaresma, y te imaginé
con una guirnalda de olivo bailando el hula-hula o un reguetón en un pub para
cien personas. Siempre a destiempo, o serán los sueños nomás que en el prefacio
nos ponían en lugares diferentes.
COMUNIÓN
El humo
de los cigarrillos se pegaba a la lona del techo como una gasa gris. El bar
olía a desinfectante y cerveza rancia. Sentirlo raspaba la garganta. Hoy había
caído en ese lugar remoto. Era necesario reiniciar el tiempo. Volver a rayar
vitrales de iglesias para tener una comunión menos vergonzosa.
El
crujido de la puerta fue una fricción con chispas. El aire de la calle olía
mejor. Caminé con las manos en los bolsillos y sentía el peso muerto del buril.
También llevaba un marcador grueso desde hacía meses, esperando el momento
exacto de asfixia.
La
parroquia de San Judas erguía la cúpula como un puño de piedra contra el cielo
nocturno que se veía desde varias manzanas a la redonda. No buscaba perdón, ni
agachar la cabeza. Necesitaba estirarme para tocar el techo. Escalar la reja
lateral fue un acto mecánico aprendido en los juegos con Tommy y Raulito cuando
saltábamos la verja de las casas para jugar con las chicas del barrio.
Al
llegar a la cornisa, el gran vitral quedó a la altura de mis ojos. Desde
adentro, una luz mortecina de velas teñía el vidrio de un azul puro. En el
centro, la silueta de un santo de mirada severa parecía juzgar la calle. No
escapé a mi imagen tomando por primera vez la hostia dulce. En verdad la
mastiqué como un caramelo. El cura Roberto me observaba y después me dio un
baile adentro del confesionario. Recuerdo que corrí desesperado a casa con las
piernas ardidas y lloré en mi cuarto. Por un tiempo estuve al borde de salir
con una rosa en la boca.
Viejas historias que hoy quiero sepultar con una
segunda comunión, pero a mi modo. Apoyé la punta del marcador contra los
pliegues de la túnica de vidrio del santo. El trazo chirrió rompiendo el
silencio sagrado. Dibujé grietas sobre las líneas de plomo. Rayé venas sobre la
piel translúcida del mártir. La santidad pulcra se había transformado en algo
herido y terrestre.
Tomé mi
segunda comunión cuando el marcador se gastó y usé el buril para tallar el
vidrio. Quedaron cicatrices blancas que la luz del sol, horas más tarde,
obligaba a verlas con una mirada más religiosa. No había necesidad de
confesionarios.