8.12.21

Carlos Busqued al borde del abismo, por Emilio Jurado Naón

 

Tremendo acontecimiento

 

La aparición en Argentina, en 2009, del primer libro de Carlos Busqued demostró que aún se podía escribir una novela realista que no fuera un aburrimiento total. Esto fue así al menos para quienes leíamos literatura contemporánea con una mezcla de esperanza y escepticismo hacia la aparición de lo nuevo. El contexto de aquel entonces era muy parecido al actual, primaban en el paisaje novelístico: la primera persona onanista; una identidad confusa y consuetudinaria entre narrador y autor; la hegemonía del cotidiano costumbrista burgués y porteño; la falta de creatividad absoluta para la trama; los personajes anodinos; la corrección política, que era y es garantía de la inocuidad de la literatura; una insidiosa y prepotente naturalización del lenguaje, entendido como mero cristalino canal de transmisión, y las siempre desalentadoras condescendencia y subestimación del lector. Por el contrario, lo más novedoso se estaba dando en el terreno de la poesía y de la narrativa no realista. Entonces apareció Bajo este sol tremendo, atronador desde el título; un intruso en las aguas estancas del catálogo de Anagrama.

Hasta la historia detrás de la publicación hacía de este escritor novel un personaje intrigante: el hecho de que Bajo este sol tremendo no hubiera ganado el premio Herralde, y aun así, por mérito propio de la novela, Herralde hubiese decidido publicarla, refrendaba el dicho de que el mejor libro siempre se lleva el segundo puesto. ¿Quién ganó ese año el Herralde? Nadie se acuerda. O bien, la respuesta es más simple: lo ganó Busqued. Un concienzudo lector de Anagrama, casi un suscriptor si eso existiera, que a los 39 años termina su primera novela y logra incluirla en el catálogo de su editorial preferida. Ese es un origen posible del personaje mitológico que el propio Carlos Busqued, con el impulso que le confirió una relativa celebridad, fue construyendo para su figura de autor a base de apariciones públicas, su blog “borderline carlito” y la cuenta de Twitter “un mundo de dolor”.

Esta imagen autoral, por un lado, y, por otro, la biografía pre-Herralde, reconstruida por amistades y colegas a partir de necrológicas, fueron los aspectos más destacados luego de su muerte, a raíz de un infarto, el lunes 29 de marzo, a los 50 años de edad. Poco se ha escrito, sin embargo, sobre el valor de la corta pero más que suficiente obra de este autor (dos libros publicados: la ya mencionada opera prima y Magnetizado, de 2018). La figura de Busqued se había vuelto, al parecer, un dato que se valía por sí mismo. La propia repercusión de Bajo este sol tremendo y la tan esperada aparición del segundo libro resonaron y resuenan sin que mucha crítica se pregunte por qué su escritura repercute como repercute. Dicho de otra manera, ¿por qué son tan buenos los libros de Busqued? O bien: ¿Qué significan los libros de Busqued para el estado actual de la literatura latinoamericana? Y, en la medida de lo abarcable: ¿Qué enseñan sus libros sobre la práctica de escribir ficción?


El discurso cínico

 

Valgan como coordenadas de vida los siguientes datos: Carlos Sebastián Busqued nació en Presidencia Roque Sáenz Peña (Chaco, Argentina), en 1970; se graduó de ingeniero metalúrgico en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) Facultad Regional Córdoba, donde fue docente de ingeniería y director de Cultura y Comunicación Social; luego se mudó a la ciudad de Buenos Aires, donde trabajó en el área de Pre-prensa y Producción en la editorial de la UTN. En paralelo a su desempeño como docente en Córdoba, Busqued produjo y condujo varios programas en la radio de la Universidad: El otoño en Pekín, Vidas Ejemplares y Prisionero del Planeta Infierno, algunos de los cuales estaban dedicados asesinos en serie y “desviaciones” sexuales, entre otros temas predilectos. Colaboró con la revista El ojo con dientes y, recientemente, con el número despedida de la Cerdos & Peces. Fue también en un taller de la UTN Córdoba, coordinado por Sergio Mansur, donde empezó a vincularse con otras y otros escritores en formación, e integró el grupo literario El Círculo de la Serpiente (junto a Nelson Specchia, Alejandra Zurita, Gustavo Echeverría, Alejandro Jallaza y Leandro Aguirre). Esto último es destacable porque de la formación temprana de Busqued no se conocía mucho más que la de ser un lector devoto de escritores traducidos al castellano, como Emmanuel Carrère, Charles Bukowski y Kenzaburo Oe. En contra del lugar común de que la escritura es un arte solitario (discurso al que él mismo abonaba), el dato de que fue a un taller y formó grupo confirma que la literatura es gregaria, y que ningún escritor (ni el tan pretendidamente misántropo Carlos Busqued) se hace solo.

Mientras todo lo anterior seguía en las sombras para el público general, muy pocos sabían que un chaqueño radicado en Córdoba andaba y desandaba obsesivamente los fragmentos de una novela con la intención de sacarse de sí, como dice en una entrevista, “un clima que tenía adentro”. Una vez lanzada, Bajo este sol tremendo sonó como un cascotazo en las aguas estancas de la novela realista latinoamericana. O más bien habría que hablar de disparos a repetición; tantas y tan tremendas son las variables que Busqued hizo coincidir en su primer libro (como se dice en criollo, puso toda la carne al asador). Están los documentales de calamares gigantes; está el video snuff en el que cinco alemanes le meten un bate de béisbol en el ano a una anciana; está el aire “espeso y con olor a una mezcla de porro, esperma y jabón” en el sótano donde Duarte secuestra personas para cobrar el rescate; están los insectos gigantes y el barro de Lapachito (ambos venenosos); está el cebú fugado de un matadero al que un camión le quiebra la columna; están los dogos violentos que terminan siendo sacrificados de un disparo; están los elefantes enloquecidos a base de descargas eléctricas. Pero, como trasfondo de esta serie de figuras y escenas ominosas, la red que sostiene el “clima” de Bajo este sol tremendo es la convicción de que el odio y el resentimiento son un combustible precioso, incluso necesario, para la ficción.

Porque resulta insondable la psicología del autor, pero, sobre todo, porque carece de importancia para el análisis estético, la pregunta acerca de qué resiente, qué odia la novela de Busqued debe ser respondida estrictamente en términos narrativos. Y es un personaje el que condensa el gran enemigo de Bajo este sol tremendo: Duarte y el cinismo criminal del neoliberalismo en las republiquetas del sur. Este suboficial retirado de la fuerza aérea que trafica herencias, certificados de discapacidad, drogas y personas con la misma naturalidad se mueve como un anfibio entre el vecindario de Lapachito y la burocracia castrense. La construcción de Duarte como personaje es ejemplar no solo por su potencia, sino principalmente por la manera paulatina en que los rasgos de su carácter se van definiendo hacia lo más oscuro.

El arco que une los “dientes podridos [con los] que sonreía como en una propaganda de dentífrico del infierno” y la colección de pornografía hardcore con los planes de secuestro, violación y asesinato que Duarte efectúa con la frialdad de un molusco está eregido sobre un trasfondo histórico y político que lo determina: las desapariciones forzadas y los crímenes de lesa humanidad cometidos por la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Este contexto es, a la vez y paradójicamente, lo más terrible y lo menos explícito del texto; aparece por fragmentos y alusiones, o en el registro testimonial de un archivo fotográfico en la casa de Duarte:

 

Eran las típicas fotos de registro de instalaciones y equipamiento: calabozos, camionetas, una sala de reunión. Eran fotos de operativos rurales, con la mayoría de los milicos vestidos de civil. En una, de fondo se veía una camioneta cosida a balazos. Entre el guardabarros y el comienzo de la caja, que era la porción que se veía, Danielito contó nueve agujeros de un calibre muy grueso. Su padre estaba en cuclillas, descansando sobre la rodilla el brazo derecho con la pistola (la misma pistola con la que él acababa de matar a los perros) en la mano. A su lado había tres personas acostadas, cuyas caras habían sido tapadas con líquido corrector. La última había sido sacada evidentemente de noche: una escena congelada en el fogonazo del flash. De vuelta estaban en el Skymaster. La puerta removida permitía ver el interior del avión. Su padre estaba serio en el asiento del piloto, chequeando los instrumentos. En el asiento de atrás, Duarte miraba a cámara pero sin posar, como si lo hubieran llamado antes de apretar el obturador.

 

Milicos de civil, una avioneta sin puerta, rostros borrados con corrector líquido (más las tareas en la selva tucumana a las que alude Duarte unas páginas atrás) son más que suficientes para traer a la memoria los crímenes y criminales de lesa humanidad aún sin juzgar, y los cuerpos de personas que quedan aún sin aparecer. Las tramas de la dictadura, los desaparecidos, la apropiación de hijos, la guerra de Malvinas, no son ajenas a la novela contemporánea; pero sí resulta innovadora la aparición de este trasfondo en una novela cuyas primeras páginas, entre el humo de porro, los sánguches de miga y los documentales de Discovery Channel, parecen apuntar hacia otro lado. De manera lateral pero efectiva (o efectiva gracias a esa lateralidad), la primera novela de Busqued puso la mira, mediante la configuración de Duarte como su personaje estrella, en elementos de la realidad presente que muchas veces, de manera consciente o no, se dan por pasados.

Por supuesto, como se trata de literatura y no de sociología, el material que funge historia con ficción es uno de índole verbal; artificio que, en el caso de la escritura de Busqued, se apuntala en imágenes, acciones y, sobre todo, frases. A través de los parlamentos de Duarte habla el discurso cínico del neoliberalismo (al que Busqued define como “un agujero en el alma”). El autor dice en varias entrevistas que fue una frase que escuchó por ahí la que le permitió terminar de armarse el personaje de Duarte; una frase que, incorporada a la novela, funciona como el clímax del cinismo, referida a las torturas que sufría una elefanta en el circo para que aprendiera a “bailar”. Una persona dispuesta a infringir el mayor dolor posible, pero del que jamás se haría responsable:

 

–Me encanta, me la llevaría a mi casa. Y sabés qué hago: le doy máquina, la cago a palos todos los días. Hasta que llegue la noche en que no aguante más, como los elefantes esos de la India.

–Y usted dice que a ver si el bicho va y algún día le toca la puerta.

–Ha, ha, sí, sí –dijo Duarte–. Lo mismo ésta ya no le golpea la puerta a nadie.

–Y si eso pasa –preguntó el otro–, si va y le toca la puerta, ¿usted le abre?

Duarte soltó una risita.

–No, claro, hehe. Ni en pedo. Nunca. Estás loco vos.

 

Un raro entre los raros

 

Dejar hablar al enemigo, y encontrar en ese habla una riqueza verbal que permita construir un gran personaje y, al mismo tiempo, definir un discurso gravitante de la época es la línea más interesante (y con el trazo más fino) de Bajo este sol tremendo. Leída en ese sentido, también conduce naturalmente al tan esperado segundo libro de Busqued, Magnetizado, en el que “dejar hablar” vuelve a ser la consigna para la construcción de un personaje. Ya no un representante del mal que se esconde en lo cotidiano, sino, muy al contrario, una reconstrucción biográfica que le devuelva la subjetividad a una persona que siempre ha sido tenida por monstruo.

La historia no era tan conocida hasta que la publicación de Magnetizado la volvió a poner en agenda por unos meses: en 1982, Ricardo Melogno, armado con un revólver que le había dado su padre para su seguridad, mató a cuatro taxistas sin motivo alguno (tres en el barrio porteño de Mataderos y uno a pocas cuadras de distancia, pero ya del otro lado del límite con la provincia de Buenos Aires). El asesino tenía 20 años y, desde que fue arrestado hasta la actualidad, pasó su vida dentro de instituciones psiquiátricas y carcelarias. Es irónico que la libertad de Melogno, cuya personalidad ha sido catalogada como limítrofe (borderline), esté en entredicho por un conflicto de límites jurisdiccionales: “–En Capital soy inimputable, no comprendo mis actos. En Provincia comprendo y, en consecuencia, soy responsable de mis actos. Premio Nobel de psiquiatría para la justicia de Provincia, que tiene el remedio para la locura: la avenida General Paz”, explica el propio Ricardo Melogno, con un sentido del humor envidiable, en algún momento de las más de noventa horas de conversación con Carlos Busqued.

Este diálogo, que en principio habría surgido por una recomendación del equipo de psiquiatría como herramienta para que Melogno pudiera reconstruir su historia (ya que, del momento de los asesinatos, él solo tenía recuerdos difusos y entremezclados con la información adquirida por peritos y jueces), encuentra en Busqued una escucha atenta y un concienzudo artesano del texto. No solo es evidente que, por su afinidad a este tipo de casos, es el escriba ideal para contar, en primera persona, la historia del asesino serial más raro de la Argentina (raro dentro de los raros, ya que cometió cuatro asesinatos en un mes y se detuvo); sino que, además, Busqued se preocupa por editar la transcripción de las charlas y realizar un montaje que colabore en función de un objetivo claro y explícito, que aparece hacia el final del libro en palabras de Melogno:

 

La única expectativa que tengo, la única deuda trascendental, es ser una persona. Yo fui cucaracha. Y después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero… ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor. 

 

Esta función ética y política de Magnetizado es singular (por el caso que trata) pero no nueva. Tampoco lo es la técnica que desarrolla, que rápidamente se puede asociar a la escritura de Rodolfo Walsh o Manuel Puig, como referentes locales eximios que han trabajado con la tecnología disponible (el grabador) que permite un corrimiento tanto del narrador como del autor para dar espacio a la voz de los otros marginados. El cut-up de notas periodísticas e informes psiquiátricos al comienzo del libro son otro recurso muy efectivo para enmarcar la biografía de Melogno, hablada por los medios y las instituciones, antes de que él dé su testimonio. Pero, insisto, no hay innovación en estos gestos; a lo sumo, una vuelta a una tradición muy importante de la literatura latinoamericana con un aire renovado (que no deja de ser interesante) por las asociaciones leves con la así llamada “escritura no creativa” abocada, claro, al testimonio.

Lo más destacable de Magnetizado es lo que se puede sospechar de cálculo en relación al, por momentos, tirano sistema editorial y mediático que, en el caso de Busqued, le exigía una segunda novela para ser escritor. Como si con Bajo este sol tremendo no alcanzara, debía publicar más. La aparición de la charla con un convicto (producto, casi, de un trabajo social más que de una investigación novelística), en la que prácticamente no hay narrador, lejos está de la apariencia de una segunda novela. Y está lejos de la forma de una novela también, ya que, cuando Melogno deja de hablar y el micrófono se apaga, apenas está construido el personaje de una trama que terminó antes de comenzar. Nuevamente, y leído en términos de literatura conceptual, todo lo anterior, aunque no es suficiente para armar una novela, es perfecto para un artefacto verbal que no responde a ningún género establecido.

Como en su antecesor, Magnetizado presenta dos niveles fundamentales en su factura que, no solo son poco frecuentes en la actualidad, sino que se vuelven preciosos a la hora de seguir pensando la práctica de la escritura: la conciencia histórica y la conciencia formal.

El breve paso de Ricardo Melogno por el Servicio Militar Obligatorio, donde aprendió a disparar y a armar un fusil con los ojos vendados; su coincidencia con la guerra de Malvinas, en la que no combate por estar sujeto a juicio sumario; el hecho de que, en el período de los asesinatos, fue visto por sus vecinos vistiendo uniforme militar (todo esto en época de dictadura); son viñetas que el texto, sin agregar interpretaciones, administra de manera tal que reconstruye el contexto histórico y crea sentidos por yuxtaposición al relato de la vida del protagonista. Hacia el final del libro, la psiquiatra entrevistada ensaya algunas hipótesis al respecto, que señalan la posibilidad de que el servicio militar, en la experiencia de Melogno, haya funcionado como contención y garantía de orden, pero luego, al volver a su vida civil, el contraste con la falta de un orden externo haya colaborado con el brote psicótico que condujo a los cuatro crímenes. Magnetizado tiene mucho de relato policial; es, como acota el propio Busqued en una de las últimas secciones del libro, un “crimen sin resolver” en el que “el asesino está preso, están claros el dónde, el cuándo, el cómo, el quién, pero falta el por qué”. No es directa ni enfatizada la relación entre dictadura militar y asesino serial, pero resulta destacable el continuo contrapunto con el contexto social e histórico. Busqued no deja de lado esta dimensión sustancial como podría haber hecho cualquier otro novelista sensacionalista en que hubiese caído la tarea de retratar a un “psicópata” –sinónimo, cuando lo cuenta Hollywood, del mal absoluto, atemporal, inefable e individual.

La consciencia formal, lo que hace que Magnetizado no sea una simple transcripción, no reside solo en la selección y el montaje, sino principalmente en la sutil y única aparición del narrador, al final del libro, en el capítulo “Electricidad y magnetismo”. Este gesto u operación quirúrgica supone una lectura precisa sobre el material con el que trabaja (el relato de la vida de Melogno), el objetivo y la ética con la que se encara Magnetizado. En virtud de ocupar el punto ciego del relato, Busqued echó mano a un dibujo de M.C. Escher, “Galería de grabados”, cuyo centro, como la memoria de Melogno, está ocupado por un círculo en blanco de contorno difuso. El artista holandés puso su firma en ese punto ciego; pero hace unos años unos matemáticos completaron lo que Escher había dejado sin dibujar, y el resultado fue una puesta en abismo o efecto Droste, en la que la galería de grabados y la ciudad que la contiene se continúan una dentro de la otra hasta el infinito. La traducción a texto y en clave magnetizada dice así:

 

Desde el espejo retrovisor, unos ojos extraños lo miran fijamente y de manera muy intensa.

Mientras dura congelado el instante, se produce una correspondencia entre esas dos miradas. En la película acuosa que recubre los ojos que miran desde el espejo, se refleja convexa y oscuramente el interior del taxi. En particular, chiquito sobre el centro de las pupilas, se puede ver el rostro del joven pasajero que mira hipnotizado hacia el retrovisor, como un ciervo que es iluminado por un reflector que se enciende interrumpiendo la oscuridad de la noche. Si se pudiera hacer un zoom a las pupilas de ese rostro, se verían reflejados otra vez los ojos que miran desde el espejo retrovisor. Adentro de esos ojos, nuevamente el rostro del joven, y así sucesivamente: una imagen dentro de otra imagen, una continuidad de reflejos que se enfrentan. La realidad misma volviéndose cada vez más chica.

 

La apropiación de este recurso le permite a Busqued, con la súbita aparición de un narrador, reconstruir el primer asesinato de un taxista y subsanar el espacio vacío en la “trama” con una puesta en abismo en la psiquis de Ricardo Melogno, cuya noción de realidad se jibariza a pasos acelerados. Solucionar una falta con la profundización de esa carencia: herramienta a considerar, propia de una estética singular y bien nuestra, del arte en las periferias.

 

Morir justo a tiempo

 

Carlos Busqued no necesita más libros que sus dos libros publicados para ser un escritor singular. De hecho, ya con Bajo este sol tremendo habría sido suficiente. No parecía estar ajeno al gran problema de todo novelista: ¿Qué publicar después? Angustia que es tan inocua como real. Y que cada escritor o escritora resuelve a su manera. En el caso de Busqued, se resolvió así, con una muerte temprana. Temprana para la persona, pero no para el autor. Quedan sus dos libros y, seguramente, lo que se rescate de una novela inédita sobre criptonazis en Córdoba –de la cual, adivino, forma parte la entrevista, acaso ficcional, “Jim Jones en la puerta de tu casa con un mono en la mano”, que salió publicada en la Cerdos & Peces Nº 60.

No me refiero a leyendas ni mitos ni a la ya tan aburrida figura del escritor maldito. Muy al contrario, Carlos Busqued era una persona corriente (gran conversador y muy amable, hay que decirlo) que escribió dos libros muy buenos, que cualquier lector o lectora más o menos curioso puede disfrutar y de los que cualquier escritor o escritora con ansias de pensar la práctica literaria puede aprender mucho.

 

Tomado de: Revista Casa de las Américas, # 302-303 – enero-junio 2021pp. 162-169.


1.12.21

La máquina pluvial del peronismo, por Guillermo Saavedra

  

(A propósito de La resistencia ordena de Facundo Ruiz, Ascasubi, 2021)

 

Escribir, entendido como acto creativo, implica poner en relación cosas que, hasta el momento de la escritura, no estaban vinculadas entre sí. Supone propiciar la feliz vecindad de palabras oriundas de diversos barrios semánticos y el convivio provechoso de hechos aparentemente inconciliables. Hacer consonar, en suma, modos de lo real y de lo imaginario que, antes del gesto inaugural de la escritura, contribuían por separado al runrún del mundo ignorándose unos a otros.

 

Escribir, creativa, intencionadamente, es proponer una sintaxis nueva, una forma inédita de articulación que obligue a respirar de otra manera, a cambiar el paso, a ejercer la voluntad de decir como una natación a ciegas.

 

Escribir, como auténtico acto de poesía, consiste siempre –antes y después de Lautréamont– en el necesario arte de zurcir el paraguas a la mesa de disección; o, para ser fieles a la tradición cultural en la que se inscribe este nuevo libro de Facundo Ruiz, en el drástico e imprescindible oficio de atar la Biblia al discepoliano calefón.

 

Quien escribe, en definitiva, busca saltar la zanja que se abre entre el mundo y las palabras que, al nombrarlo, firman su acta de defunción. Y, al mismo tiempo, intenta mitigar fugazmente la herida del yo, siempre extraviado entre la tiendita del horror de la Historia y el húmedo desván de su propia miseria.

 

Escribir poesía es, para acercarnos aún más al objeto de estas palabras, hacer llover, desde el cielo de la página a su suelo siempre arenoso, las coreografías inestables de aquellas suturas, cuya intención solo se va revelando a medida que se rebelan contra el sentido común.

 

La resistencia ordena pone a trabajar juntas dos realidades históricas reconocibles, aparentemente disímiles e incluso divorciadas pero que, en virtud del feliz concubinato que les impone el autor, van poniendo de manifiesto sus íntimas, solapadas equivalencias. Me refiero a la épica colectiva de la llamada Resistencia peronista y a la empresa solitaria de Juan Baigorri Velar, un hombre que tuvo períodos breves pero ciertos de celebridad gracias a una misteriosa máquina de su invención que era, según él, capaz de hacer llover en zonas agobiadas por la sequía.

 

Atento a las múltiples resonancias de las palabras y al modo sesgado que tienen las cosas para ser y estar en el mundo sembrando incertidumbre, Facundo Ruiz investigó ambas realidades: la gesta popular del peronismo proscripto y perseguido, fusilado y difamado, y la aventura singular del hombre que creyó haber inventado una máquina detectora de minerales valiosos y terminó proclamando con orgullo la invención de un artefacto capaz de la improbable alquimia que convoca las agujas del cielo, en el decir de Juanele Ortiz o, para nombrarlo como González Tuñón, que hace sonar  todos los violines de la lluvia.

 

Hijo de las vanguardias pero ajeno a su optimismo utópico, heredero de las astucias e ironías de la gauchesca y también de las aventuras musicales de la lírica modernista, poeta concreto por necesidad pluvial y no por un disecado exhibicionismo tipográfico, ecléctico pero nunca posmoderno, Facundo Ruiz ha elaborado un objeto que es al mismo tiempo oral y escrito. Un dispositivo que pide ser leído con la vista y recitado de viva voz, haciéndolo actuar simultáneamente en el cuerpo que lo declama y en el que lo asimila, como un suero, a través de la lectura silenciosa, convirtiendo así, a su receptor, en una especie de San Agustín en el preciso e improbable momento de descubrir el pasaje de un tipo a otro de lectura.

 

Con astillas de la historia clandestina, aquella de los militantes peronistas obligados por los agentes de la revolución fusiladora a la escansión sottovoce de la gran lírica del movimiento popular; y, con esquirlas de la biografía de un inventor bígamo, mitómano y escurridizo que afirmaba haber contribuido, parafraseando a Cooke, al chaparrón maldito del clima burgués, Ruiz construyó esta aventura lírica atonal, que pide ser leída, más que de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, como quien ve llover; o, mejor dicho, como un japonés leyendo una lengua que aprende a llover.

 

“¿Llover?” Más bien “yover”. Yover, yover, yover, yovía… Yo ver que yo veía, se dice a sí misma la voz cantante de este texto, como el Tarzán interpretado por César Llanos en aquellas tardes de Radio Splendid de los años 50, auspiciadas por un popular cacao en polvo. Y es que de las percepciones del yo se trata, también, en este libro. De lo que se intuye o se sospecha entrecerrando los ojos para hacer foco en esos deslices de la lengua oral y escrita en los que las homofonías, los retruécanos, los calambures, los caligramas, los esbozos de guion cinematográfico y hasta los caudalosos versos en patrióticos decasílabos, infrecuentes tridecasílabos o solemnes hexadecasílabos son estaciones o andenes donde la palabra poética recrea una historia, la de la militancia reprimida y el inventor réprobo volanteando su verdad, proclamando sus consignas y sus fórmulas para subvertir el orden seco, mortuorio, de un gorilismo hipócrita a través de una metafórica de doble valencia: el peronismo como una máquina capaz de hacer llover el amor y la igualdad en el desierto roquista; Juan Baigorri Velar como un Perón que logra poner en ridículo la meteorología oligárquica.

 

Obra en progreso del progreso de una obra, la del peronismo entendido como aluvión pluvial, ya que no zoológico, y la del inventor filoperonista con su máquina de llover a cántaros, La resistencia ordena es un canto y es al mismo tiempo la partitura de ese canto: el de la lengua siempre mestiza, siempre resistente al orden que intenta ordeñarla, como si fuera una vaca en el latifundio ubérrimo de Lugones, cuando en verdad es una chúcara inquietud sembrada, vuelta nube y, finalmente, inevitable, irrefrenable, innumerable y resistente lluvia.

25.11.21

Cuestionario Proust a Cristino Bogado


¿Cuál es el colmo de la miseria?
Ver tv, series.

¿Qué virtud valora más en las personas?
Que no militen por abstracciones, fantasmas.

¿Qué es lo que más le gusta hacer?
Perder el tiempo.

¿Dónde querría usted vivir?
En Lambaré, donde vivo actualmente.

¿Cuál es su ideal de la felicidad terrestre?
Que nadie me moleste.

¿Con qué errores tiene la mayor indulgencia?
Con ese que busca el reencuentro con la vida, pujando por obtener en cada intentona la perla de los Gnósticos.

¿Cuáles son los héroes de novela que prefiere?
Watt de Beckett, cualquiera de Los posesos de Dostoievski, Jorge Malabia de Onetti, Dagoberto bizco, monópodo y folísofo de Murena. Tyaratyondyorondyondyo, joven de extraordinaria belleza que según un cuento herero fue asesinada por la envidia de las otras jóvenes igualmente bellas, pero, como dicen los pastores, Tyaratyondyorondyondyo sobresalía como el dedo del medio entre las demás. (Antología negra, Cendrars).

¿Cuál es su personaje favorito de ficción?
Ese Archibaldo de la Cruz noir de Obsession (Hidden room) de Edward Dmytryk, 1949, se trata de un marido cornudo que decide disolver al amante (su amigo) de su bella e infiel esposa.

¿Cuáles son sus heroínas favoritas de la vida real?
Las mujeres cheyennes tiernas y amables madres y esposas en la vida diaria- salen con cuchillos para mutilar los cuerpos de los enemigos muertos.

¿Su pintor favorito?
Los trogloditas que pintaron los caballos de Chauvet

¿Su músico favorito?
Cualquier músico africano, el tecladista etíope Hailu Mergia, el antropólogo y cantautor camerunés Francis Bebey o Traoré Amadou llamado Ballaké (Burkina Faso).

¿Su cualidad preferida de los hombres?
El silencio. 

¿Su cualidad preferida de las mujeres?
“Una mujer con quien beber y morir”.

¿Su virtud preferida?
Virtud del rey Arturo para ver el miligramo milagroso.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Que en la monótona e interminable serie de vocablos carentes de sentido‚ en determinado punto‚ encuentre la palabra mágica‚ aparentemente similar a todo el resto

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
No salir nunca de la pobreza, venero de la fantasía.

¿Cuál es su miedo más grande?
Un planeta donde se prohíba tomar cerveza y coger con mujeres.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de usted mismo?
La curiosidad.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
Ninguno.

¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
La indignación digital.

¿Qué es lo que más le disgusta de su apariencia?
Su virilidad hirsuta y heathcliffiana.

¿Cuáles son las palabras que más usa?
Nambré (no me vengas con eso)

¿Qué es de lo que más se arrepiente?
No haber aprendido a andar en bici y nadar y manejar un coche.

¿Quién habría amado ser?
El viento en un bosque de b0ambú y tacuaras.

¿El rasgo principal de su carácter?
La inconstancia.

¿Su sueño de felicidad?
Que el canto de mis luchas cotidianas, no muera. Que sea cantado siempre y viva más tiempo que todos los reyes y tiranos y héroes.

¿Cuál sería su mayor desgracia?
Haber nacido.

¿Su principal defecto?
El aburrimiento, todo termina aburriéndome.

¿Eso que querría ser?
Yo a los 16 sin granitos en la cara.

¿El color que prefiere?
El rosicler, el rosado del amanecer.

¿La flor que más le gusta?
Las de los cactus.

¿El ave que prefiere?
El chingolo lugonesiano o el colibrí (mainumby o mainó) mbya guarani.

¿Sus héroes en la vida real?
Arecayá, Guyraverá, lideres de las rebeliones indígenas de los siglos XVII.

¿Sus heroínas en la historia?
Fanni Kaplan.

¿Sus nombres favoritos?
Agripina, Eleuterio, Anastasia.

¿Dónde y cuándo es feliz?
Cuando duermo y sueño.

¿Cuándo miente?
Todo el tiempo, ahora.

¿Cuál es su idea de la muerte?
Para los vivos la muerte no existe; en cuanto a los muertos, no existen ellos.

¿Qué no perdonaría?
No dejarse matar por las tres obras que veneras.

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
Jugar el juego de la vida hasta la última baraja o pieza, a pesar de su manifiesta trampa y final cantado.

¿Para usted qué es un buen insulto?
Anus Caín, la de Céline contra Sartre.

¿Cuál es su idea de la fidelidad?
La del escritor a su escritura.

¿Qué cosas detesta por encima de todo?
La obsesión por los fantasmas en el hombre moderno.

¿Personajes históricos que más desprecia?
Papa Inocencio VIII, perseguidor de la magia popular.

¿El hecho militar que más admira?
La de Gral. Díaz en la batalla de Curupayty, la única victoria paraguaya de la Guerra Guazu.

¿La reforma que más admira?
Las leyes germanas que protegían a las mujeres: “El que corta la cabellera de una jovencita, esta condenado a pagar sesenta y dos monedas de oro; el ingenuo que ha apretado la mano o el dedo de una mujer de condición libre, es punido con una enmienda de quince monedas de oro; de treinta, si le ha apretado el antebrazo, y de cuarenta y cinco si le ha tocado el seno (si mamillam strinxerit)”.

¿El don de la naturaleza que quisiera tener?
El del chamán, todo lo que toca es más bello, sano, grande y fabuloso.

¿Cómo le gustaría morir?
Cogiendo se dice en Paraguay, tatuári.

¿Estado presente de su espíritu?
Zen, Tao.

¿Cuál es su frase preferida?
Macht kaputt, fue euch kaputt macht! (Destruye eso que intenta destruirte). ¡Que es, por cierto, el estado actual de mi WhatsApp!

7.11.21

Bumba meu Boi, por Carlos Rosendo Quiroga

 


El Atelier del Mestre Lua queda a media cuadra del corazón del Pelourinho, en San Salvador de Bahía, sobre una callecita lateral que desemboca en una plaza seca (hay tantas plazas como iglesias en Bahía). Llegué hasta allí viajando, había estimado en cuatro meses el tiempo necesario para recorrer los más de ochocientos kilómetros que separan la ciudad de Recife, en el estado de Pernanbuco, con la ciudad de San Salvador de Bahía, la capital del estado de Bahía, desde donde tenía el vuelo de vuelta, viajaría sentido al sur. Ir de pueblo en pueblo, de playa en playa y sin ningún itinerario establecido era todo el plan. Si la estaba pasando bien me quedaba y si no seguía viaje. El centro de la Ciudad de Bahía y el Pelourihno son destinos obligados para cualquier viajero que pase cerca y que tenga tiempo. Fue así que me encontré recorriendo sus callejuelas laberínticas y sus becos, sintiendo el calor abrasador del sol en la suela de las ojotas que se me derretían bajo la planta de los pies, sobre los adoquines calientes. No recuerdo exactamente qué fue lo que me llevó a entrar al atelier del Mestre Lua, pero entré. Quizás me llamó la atención que se tratase del taller de un Luthier de instrumentos de percusión, estaba lleno de ellos, quizás solo buscaba refugio del sol, lo cierto es que entré. Luego descubriría que Mestre Lua era mucho más que un luthier. Durante un buen rato miré los instrumentos colgados en las paredes y nadie vino. Materiales vírgenes por doquier, maderas, hierros, flejes de acero enrollados, rollos de cuero. Materias primas, pensé. Se destacaba la variedad de pandeiros, los había con parches de cuero de vaca, de reptil, con aros de madera, lisos, grabados, con chin chines dorados o chin chines negros. También había tumbadoras de varios tamaños y diámetros, congas y requintos por todos lados. No toqué ninguno, solo imaginaba como sonarían. Pasado un buen rato seguía solo y como estaba cómodo e interesado no me importó. Creo que cuarenta minutos después apareció desde atrás de una cortina un flaco, alto, desgarbado, de pelo muy corto, de modales temblorosos y mal quemado por el sol, que en un dubitativo portuñol intentó venderme algo.

–Hablo español. Lo interrumpí.

–Ah, bueno, ven vámonos, ¿Cómo andas? Soy Mosquinha. Se presentó y  me dio la mano.

–Vamos a tomar una pinga al bar do Guma, ahora Mestre Lua está encerrado trabajando y no hay que molestarlo.

Hasta ese entonces solamente conocía las pocas manzanas que rodean la entrada al Pelourinho y los alrededores de la estación del ascensor Lacerda. Mosquinha empezó a caminar para el lado contrario, bajando la ladera, alejándose de la ciudadela, en dirección al mar. El Pelourinho está arriba de un morro, es por eso que hay que tomar un ascensor comunitario de una sola estación que transporta a la gente desde el nivel del mar, donde se halla casi toda la ciudad de Bahía, hasta la ciudadela colonial en la cima, el Pelourinho. En los alrededores viven mayoritariamente quienes trabajan en este circuito turístico. Desde los empleados de hoteles y restaurantes hasta guías  personales o traductores ocasionales a la pesca de alguna oportunidad. La situación me inquietó, no es recomendable caminar por lugares desconocidos, en país ajeno y recién llegado, pero la confianza de Mosquinha me animó a seguir. Caminábamos rápido y de cabeza gacha, casi no hablamos en todo el trayecto hasta llegar al bar, otro bar más en Brasil, pero en este nos recibieron con los brazos abiertos. Por la forma en que Mosquinha saludó a todos hacía tiempo que se conocían.

–Hace casi dos años pasé por acá y me quedé trabajando para el Mestre Lua –me dijo, y se tomó el primer trago de un sorbo. Tomábamos pinga (cachaça) cortada con un chorrito de Martini. De una y sin sal. Yo necesité tres o cuatro sorbos para terminar el mío. Se siente cómo el alcohol recorre el esófago por dentro y lo va quemando mientras baja hasta el estómago,  genera una contracción en los músculos del cuello y escalofríos en la nuca. Pero a Mosquinha no parecía causarle el mismo efecto. Después supe que para él era la cuarta ronda del día antes de planificar lo que haría a la noche.

Nos llevamos bien de entrada. Hablamos largo y tendido mientras atenuábamos el sacudón del Rabo de galho con cerveza fría.

–Tenés que conocer Arembepe. ¡Flipante!

Le hice caso y fui, pero esa es otra historia.

Me contó sus viajes y yo los míos, que eran menos y mucho menos interesantes. Había nacido en Barcelona pero hacía bastante tiempo que no volvía a España. Así, sin arraigo en ningún lado, se dedicaba a viajar por el mundo. O por esta parte del mundo. Estaba cómodo y ocupado en el Pelourinho trabajando para Mestre Lua y con eso que ganaba alquilaba una pieza a pocas cuadras del bar.

–Cuánto más te alejas del centro, más barato es el hospedaje –me decía.

Quedamos en vernos al otro día en el taller para ayudarlo con el trabajo que Mestre Lua le había encomendado.

Amanecí con dolor de cabeza, mucho dolor de cabeza, tanto que me costó más de lo habitual recuperarme. Llegué justo al mismo tiempo que Mosquinha salía para la calle de las telas a comprar retazos o cualquier cosa que sirviera para darle vida y color al toro. Sin más preguntas lo seguí, antes de llegar hicimos una parada táctica en lo de Guma. Conseguimos unas bolsas con retazos de Lycra de colores brillantes y unos apliques de fantasía con espejitos dorados y miniaturas de ángeles y santos, todo finamente engarzado en una cadenita de plata. Con todo eso encima volvimos al taller, pasamos directamente al fondo y vimos que Mestre Lua había salido hacía poco, el barril de aceite donde templaba los aros de acero de los tambores todavía humeaba.

–Ya volverá. Venga tío, vamos a trabajar.

               

En el centro del taller se erguía un gran Toro que dominaba toda la escena, estaba construido con el cuerpo de un viejo sillón de mimbre, una calabaza seca con dos pedazos de cuero a los costados que hacían de orejas, dos zanahorias de cotillón como cuernos y un rabo de tela desflecada. El trabajo consistía en hacer pasar un hilo entre la trama del mimbre y atarle tiritas de tela sujetas desde una punta y repetir esta acción todo alrededor del cuerpo, de modo que al moverse bruscamente de un lado a otro, generara un efecto de movimiento solapado. Los espejitos, los colores brillantes de la Lycra y el sonido de los Chin Chines de chapa completaban la ilusión.  Pasamos toda la tarde tomando cerveza y atando tiritas de tela y cadenitas de fantasía al cuerpo del toro. Le hicimos una montura de cartón y cuero, cubrimos la parte de abajo con una esterilla de mimbre para que no se vieran los pies de quien lo guiaba.  Llegó la hora de irnos al bar, pero esta vez nos fuimos con la conciencia tranquila de haber terminado el trabajo para Mestre Lua. Esa noche entendí que en realidad habíamos hecho un trabajo para toda la comunidad. Pedimos otro Rabo de galho y lo tomamos de un sorbo. Esta vez sí pude. Hacía cuatro días que estaba en Bahía y todavía no conocía la playa.

Es el día de Bumba meu boi y todo está listo. Una cachaça, una cerveza y Mosquinha se perdió para siempre bajo el toro. Salimos del taller. En la puerta un nutrido grupo de gente nos esperaba, turistas, curiosos, varios con tambores, birimbau o simplemente cotillón. Ni bien vieron asomar los cuernos del toro los niños comenzaron a correr alborotados alrededor, orgullosos de poder desafiarlo, saltando y esquivando los embistes. Había empezado. Entre cantos y plegarias recorrimos durante horas las calles del Pelourinho, dando vueltas, pasando varias veces por el mismo lugar, riendo, cantando y esquivando las embestidas de un toro que no se cansaba en sus intentos de conseguir cornear a alguien. Mosquinha soportó estoico toda la noche hasta que paramos en una plaza y se armó una ronda. Cantos de Birinbau, temblores de Caxixi, la danza de los que luchan. Así como lo hicieran siglos atrás los habitantes negros del Recóncavo Bahiano, con Besouro como guía y un infierno en sus espaldas curtidas a cuero y planazos.

La ronda siguió toda la noche, y probablemente toda la mañana siguiente, pero yo me fui a dormir. Cuando me acerqué a despedirme de Mosquinha le dije que había decidido irme a Arembepe, decisión que festejó y me invitó a beber una vez más. Antes de irme, alguien me tomó del brazo y me dijo al oído en un susurro:

Lembre desta noite, vai levar con você a Exu a vida toda.

No alcancé a verlo del todo, sólo un reflejo de luna sobre la frente y los hombros. Se mezcló entre los capoeiristas que cantaban y reían mientras se tiraban patadas forzadas e imposibles de descifrar.

Y me fui.

6.11.21

Al filo del tiempo, por José Fraguas

(Sobre El pasado irreal de Jorge Quiroga)


De nada puedo hablar o pensar si no es existencia, estado, y no es existencia lo que nunca estuvo en mi sensibilidad como imagen o afección.

Macedonio Fernández


¿En qué consiste la irrealidad del pasado a la que hace referencia el título del último poemario de Jorge Quiroga? ¿Es irreal porque es construido y por eso inventado y quizás literario? ¿Será real entonces el presente? O se tratará más bien de un tiempo verbal nuevo, un pretérito que no es perfecto ni imperfecto sino irreal. Quiroga no da una respuesta o da muchas y logra que la poesía hable como ella sabe de cosas como el tiempo, el espacio y la memoria.

Para Quiroga el pasado es un conjunto de fragmentos que como los trozos del vidrio roto de la ventana de la cocina que aparece en uno de sus poemas: “se mantienen en un equilibrio inestable / pueden lastimar / o quedarse inmóviles”. Y su poesía explora con sobriedad porteña los bordes dentados del fragmento: “Los restos tienen una fuerte atracción”, la recurrencia de lo que no está y sin embargo persiste negado con inquietante intensidad: “Teresa está en algún lado de la casa / y ya no dirá lo sabido / porque no espera en la puerta / como siempre”.

La percepción tiene sus tiempos.  Al mirar involuntariamente, poco antes de dormir o medio ya sumergiéndose en el sueño, se capta algo, de súbito y tan solo un instante: “Hay un momento/ que esa presencia / asoma prendida / por alguien / que entorna una puerta / estremecida y solitaria”. También en la  morosidad del recién despierto aparece una mirada nueva que se detiene en la actitud de los muebles o el modo en que entra la luz a la habitación de siempre.

Soñadores, insomnes, locos, videntes y alucinados  pueblan la poesía de Quiroga. “Qué ve que nosotros no vemos”, es el primer verso de uno de los poemas.  En lo no dicho, lo presentido, lo sospechado, lo silenciado parece haber algo más significativo que cualquier afirmación directa pero esa huidiza verdad solo permite ser entrevista, rodeada.

 

El pasado irreal efectúa también un asedio poético de los espacios, privados y públicos, íntimos y compartidos así como de las fronteras más o menos borrosas que los separan. Hay una exploración recurrente de los lugares, la ciudad, las calles, la casa, la habitación. Desplazarse por la vereda es como pensar, hablar o escribir. A veces se camina sin sentido como quien divaga pero también se toma contacto con el afuera, con los otros a los que se observa y registra. En algunos textos las individualidades se diluyen en un conjunto de siluetas: “se aglomeran en la calle estrecha/ todo tipo de vagos”.  Pero de vez en cuando alguien recibe una luz cenital que lo vuelve personaje, una nena que juega sola, un anciano que se protege del sol. Hay algo de Van Gogh en el modo en que son retratados esos seres, por las pinceladas espesas pero también por la capacidad de entrever y mostrar su pulso interior. Alcanzan dos palabras para definir a un personaje, “maestro insólito”, por ejemplo.

 

Hace siglos un poeta español afirmó que ante la fugacidad del tiempo, si juzgamos sabiamente, “daremos lo no venido por pasado”. La poesía de Quiroga lejos de ver pasado en el futuro, encuentra en lo vivido, a través de los diferentes modos del recuerdo y del olvido pero también en la rica diversidad de miradas posibles, desde el registro objetivo al delirio, un material que relampaguea iluminando lo sentido, lo vivido y lo posible.

 

Tomado de: Escritos en las mangas

 


17.10.21

Revelación de un mundo, por Ezequiel Alemian

 


(Sobre
Informe sobre Moscú, de José Sbarra, Palabras amarillas, 48 páginas)

A fines de 1990, José Sbarra (1950–1996) se encuentra en la Unión Soviética. Viajó hasta allí para terminar el guión de una película que se hará con su novela Marc, la sucia rata (1988), y para negociar la traducción al ruso de ese libro y de dos de sus títulos infantiles. Lo entrevistan para el Pravda, ofrece conferencias de prensa, es invitado de honor en estrenos diversos, se aloja en hoteles históricos y pasea en comitiva, con un intérprete, por Moscú y Leningrado, o Petersburgo, porque entonces nadie se pone de acuerdo sobre el nombre de la ciudad.


En la televisión escucha repetirse todo el tiempo una palabra: “perestroika”. El ruso le suena a música. Escribe un diccionario fonético en el que anota cada término que aprende. “Pañiatna, pañiatna, spasiva” (“Entiendo, entiendo, gracias”). Se inyecta opio con una jeringa de quince centímetros, toma unos hongos que le regala una pareja de artistas y fuma marihuana para no aburrirse.

Su amante ha preferido quedarse en Buenos Aires. Sbarra lo extraña, se mortifica con la idea de que su pareja esté con otro, presiente una ruptura. La situación, la distancia que los separa, lo atormenta. “Todo Moscú con sus cuervos y su nieve, con sus ramas dolorosas, me recita a los oídos: suicídate.”

¿Dónde está el escritor? Sbarra ha superado, o ignorado, esos ilusionismos formales. Su escritura es de una observación casi pura, no en el sentido descriptivo de los naturalistas, sino en el sintético que adquieren las imágenes en la mejor poesía.


“Informe sobre la situación en Rusia”
 es el título que encabeza este texto brevísimo: veinte páginas, escondidas en veintitrés incisos y un epílogo. Informe sobre Moscú es el título que figura en la tapa del libro. Son formulaciones similares pero distintas: una hace referencia a lo general del contexto, la otra puede pensarse más en términos personales. “Informe” puede leerse bajo dos acepciones: como “noticia sobre algo” o como “sin forma”, o “de forma vaga”, pero en este caso en particular, las acepciones deben combinarse: “Noticia sobre algo, de forma vaga”.


Sobre la escritura del texto, Enrique Symns elogió que le resultara ingenua, obvia y enunciativa. Es que, de manera refleja, cuando uno lee ficción, espera encontrar en el texto un espesor literario, una suerte de intermediación estetizada que nos detenga en el saber hacer del escritor, en los devaneos de la velocidad enunciativa. No encontrar ese espesor nos decepciona. ¿Dónde está el escritor? Sbarra ha superado, o ignorado, esos ilusionismos formales. Su escritura es de una observación casi pura, no en el sentido descriptivo de los naturalistas, sino en el sintético que adquieren las imágenes en la mejor poesía. Informe sobre Moscú parece un texto escrito hoy por un joven de veinticinco años. Ha triunfado el capitalismo, y lo que campea a su alrededor es “el horrible estilo de los que han dejado de amar”.



Tomado de: Los Inrockuptibles, abril, 2014.-

4.10.21

Cuestionario Marcel Proust a Roberto Papateodosio

¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?
Prefiero la idea de plenitud en la figura de un libro, o una música.

¿Cuál es tu miedo más grande?
Perder mi biblioteca.

¿Cuál es el rasgo que más deplorás de vos mismo?
La ingenuidad.

¿Cuál considerás que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
Si está sobrevalorada no es virtud.

¿Cuáles son las palabras que más usás?
Son tres: “genial”, “imprescindible” e “inhallable”.

¿Qué es de lo que más te arrepentís?
De no haber comprado libros que hoy están agotados.

¿Cuál es tu posesión más preciada?
Tengo varias: obras de Sergio de Loof, o Vicente Grondona. Muchos libros en primeras ediciones; creo que elijo el Fata Morgana de André Breton, ilustrado por Wilfredo Lam. Regalo de Francisco Garamona.

¿Cuál considerás que es la peor miseria?
La mediocridad.

¿Con qué personaje histórico te identificás?
NS/NC

¿Cuál es la cualidad que más te gusta de una mujer?
La lucidez.

¿Cuál es la cualidad que más te gusta de un hombre?
La generosidad.

¿Cómo te gustaría morir?
Cayendo aparatosamente, aferrado a un cortinado de terciopelo rojo en una película de Visconti.

¿Dónde y cuándo sos feliz?
Cuando estoy rodeado de amigxs y libros.

¿Cuál es el rasgo de personalidad que menos te gusta de un hombre?
El egocentrismo.

¿Cuándo mentís?
Cuando es necesario.

¿Cuál es tu idea de la muerte?
Como dormir sin soñar.

¿Qué no perdonarías?
La traición.

¿Qué te hace llorar?
La composición The Two Lonely People de Bill Evans.

¿Cuál considerás que es tu mayor logro?
Lograr distanciarme de lxs mediocres.



4.9.21

Todos los días en la vida de una mujer, por Pablo Moreno

Apuntes  a la ligera sobre Ash is a purest white (2018) de Jia Zhangke

 

 

Sound affects


En Ash is a purest white (2018), último opus del realizador chino Jia Zhangke, los miembros del jianghu se reúnen a mirar películas de triadas hongkonesas. Más precisamente The Killer (1989) de John Woo. Rituales de representación que llegan del cine, lejos de la acción a gran escala de la narrativa cine del propio Woo  (o de Johnnie To), aquello que se importa es el gesto de camaradería. Gánsteres de poca monta liderados por Bin, un afable mediador que regentea un club de baile de salón y que por supuesto, no llega a tener el anonimato de una discoteca, en donde los habitúes se entusiasman con YMCA de Village People. En Unknown Pleasures (2002) retrataba la discoteca con idéntica alegría con una cita a Pulp Fiction de Tarantino. En Mountains my depart (2015), Tao (Zhao Tao) liberaba sus frustraciones, la definitiva separación de su hijo, bailando bajo la nieve al compas de Go West de Pet Shop Boys. La jianghu de Ash… lima sus asperezas y sellan la amistad brindando una mezcla de bebidas que cada miembro arroja en una fuente de plástico. Entonces la banda de sonido arroja la melancólica canción de The Killer interpretada por Sally Yeh.  Y en ese gesto, Zhangke aleja al film de un mero retrato de mafias de la China continental.


Todo lo sólido se desvanece en el aire

El marco de Ash… es la ciudad de Datong, una ciudad minera en vías de desaparición. Culpa de la baja del precio del carbón y de los negociados que ejercen las autoridades locales, que el padre de Qia denuncia en la radio local, extenuado y alcoholizado, una voz que resuena sin que nadie la escuche. El acelerado proceso capitalista produce ciudades fantasmas.

Ciudades que terminan sumergidas como Fengjie en Still Life/Dong (2006), díptico de ficción y documental, en donde se narra la desaparición de la mencionada ciudad por la monstruosa construcción de la represa de las Tres Gargantas.

La ciudad del parque temático de The World (2004) es el telón de fondo del hiperdesarrollo y la industrialización que hacía trizas toda posibilidad de afecto.

En Platform (2000), un grupo de artistas de un colectivo que trata de adaptarse  a la privatización de las prácticas heredadas de revolución cultural china. Los cambios se manifestaban casi imperceptiblemente, Desde las temáticas de las obras, el vestuario y la música hasta que  la ciudad impone toda su presencia.

Lugar común es señalar que Zhangke es el gran narrador de la transición al mundo capitalista de China. En estos films los cuerpos son sometidos al plano general. Solo los primeros planos nos recuerdan que quienes habitan ese espacio son obreros. Y que esos rostros anónimos son avasallados por el peso de la Historia, un espacio que narra, un espacio que disemina figuras en un paisaje que todo lo avasalla, que provoca migraciones internas, que destruye comunidades, que la experiencia moderna de la China contemporánea es la vulnerabilidad ante la fuerza del cambio.


Esta salvaje oscuridad

Desde Unknown pleasures, la violencia en el cine de Zhangke era un estado latente con ribetes trágicos. En A touch of sin (2013) lo implícito cede a un realismo desbordado, a una puesta visceral. Imposible que la china contemporánea no haya transmutado a una ferocidad salvaje.

La jianghu de Ash…sucumbe ante la furia de nuevos grupos que buscan controlar una ciudad ya corrompida. Uno de los miembros es asesinado por oscuros negocios inmobiliarios. Bin primero es advertido con un golpe hecho con caño de plomería. Los jóvenes encarnan ese panorama brutal tratando de desbancar a un Bin mira el presente con cierta perplejidad e ingenuidad. Llevar un arma no implica emplearla. Luego será desfigurado por un grupo de motociclistas en una emboscada. Quien entiende esos cambios es Qia. Un disparo en el medio de la noche impide que maten a Bin. El arma es ilegal. En ese acto, Tao ingresa al jianghu, en el silencio, en no delatar a su amado. La cárcel implica asimilar el código.


Melo

Los rostros del melodrama hongkonés configuraron el melodrama del cine Wong Kar Wai. Un sistema basado en la fidelidad a los actores que encarnaban esas historias. Tony Leung y Maggie Cheung encarnaron el tríptico conformado por Days of Being Wild (1991), In the mood for love/Con ánimo de mar (2000) y 2046 (2004). Los años transcurridos entre una obra y otra no imposibilitó que la historia de esos personajes se siguiera escribiendo en el tiempo.

No es osado decir que Zhangke haya construido una idea de reformulación del melodrama a partir de la historia de la China contemporánea. Qia es un rostro joven, novia de un mafioso en Unknown pleasures (2000). Luego aparece tratando de comunicarse con Bin en la represa de las Tres Gargantas en Still Life (2006). Aquella comunicación que parecía truncada reaparece en Ash… (2018). Qia es enviada a la cárcel. Vuelve a buscar a su amado, es engañada por una pasajera, embauca a un empresario en un hotel, sufre y sobrevive. Qia es encarnada por Zhao Tao en todos estos films. Su personaje es el punto donde confluyen todas las perspectivas del melodrama y que ya confluían en el protagonista  de su film anterior Mountanis my depart, su primera incursión en el género y obviamente también protagonizado por Zhao Tao, quizás uno de los rostros más bellos y expresivos de lo que podríamos denominar como una cierta idea de cine contemporáneo, porque Jia Zhangke es un narrador de cine y no un formulador de nuevas narrativas. La familiaridad del personaje de Qia nos dice: la Historia como un melodrama y el melodrama como Historia. Tamaña ambición de contar a través de un género popular la vida en la china contemporánea no solo refleja un gesto inusual del cine político de Zhangke (sí, Zhangke hace films políticos). Da un paso más allá que narrar el estado de las cosas. Es narrar la vida de una mujer. Una sensibilidad cargada de futuro.

12.8.21

Literatura del escándalo, por Javier Fernández Paupy

 

Todas las noches escribo algo (Mansalva, 2021), libro póstumo de Carlos Correas, se lee como una autobiografía o, por lo menos, da cuenta minuciosa de la vida de un autor inigualable. En este tomo están los elementos para descifrar su obra con más perspectiva. La época en la que vivió, sus lecturas, su derrotero en el universo revisteril de su tiempo, la aventura y el conocimiento de un querer citadino, su soledad, su sexualidad, su afición al diario como un registro y trabajo sobre sí mismo, la práctica de la autobiografía novelada, su amistad con Masotta, sus lecturas de Sartre, Arlt y Borges, sus traducciones de Kafka, Kant, Kierkegaard. Es un contrapunto único para entender la obra de Correas. Compilado por Jorge Quiroga y Federico Barea, el libro está divido en seis apartados. Asistimos a una disección temática de la obra de Carlos Correas.

La literatura de Correas apunta en contra del aburguesamiento. «La literatura agoniza por exceso de críticos» anotaba a sus veintidós años, cuando reseñaba una novela de Valentín Fernando para la revista de Héctor Murena, Las ciento y una. En esa nota que hoy se lee como un manifiesto, el joven Correas proponía su programa de escritura en contra de una literatura anodina: «
Nuestra tarea de escritores debe abarcar la totalidad sintéticamente. Nuestras obras deben asustar, crear dolores de cabeza, preocupar, ponerlo todo en cuestión. Es, por supuesto, una literatura del escándalo. Una literatura de suicidas para suicidas. Podríamos decir, que la nuestra tiene que ser una literatura homeopática, es decir, que cure los males con los males mismos. Y debemos hacerla con todo rigor, inflexiblemente, sin pedir ni dar tregua ya que no tenemos otra manera de amar a nuestro público y este es nuestra única esperanza».

En este libro vemos la transformación de la mirada de un autor. Desde esos textos tempranos y belicosos, al aplomo minucioso y mordaz con el que desacredita malas traducciones, hace exégesis de distintas versiones de traducciones de Marx, elogia casos aislados como la traducción incompleta de El idiota de la familia que hizo Patricio Canto.
Correas se burla de traductores a los que define de “garruleros y botarates”. Con gracejo destruye la impericia de las malas traducciones y de los divulgadores de mala estofa. Así, anota: «La traducción de Manuel Lamana, en 1963, de la Critique de la raison dialectique (edición francesa de 1960), para Editorial Losada, es execrable y sólo puede llevar al lector a la idiotez». También dice con desacato: «De Ruggiero sufre de pereza mental y confusionismo y ramplonería y se desliza al inevitable parasitismo que brota “como hongos” en todo movimiento filosófico que cobra influjo espiritual». Agresión, ironía, burla, sentido profundo, talento.

Para mí, Correas es el heredero absoluto de Roberto Arlt. Carlos Correas es un escritor del futuro. Y las generaciones venideras lo van a seguir descubriendo. Van a encontrar la fuerza y la precisión de su escritura para dar cuenta y reponer las condiciones materiales de una época y su mirada singular de la vida. En una entrevista con Jorge Quiroga, Correas dice sobre Arlt:
«Desde y por Arlt sabemos que hasta ahora no hay cultura argentina posible si no comienza ejerciéndose en el elemento de la violencia opresiva y la prepotencia. Y que toda respuesta a esa situación deberá fundar y practicar la cultura a través de la contraviolencia y la contraprepotencia. Contra los cultos que necesariamente nos violentan y los violentos que necesariamente nos cultivan, no seremos cultos de otro modo ni haremos otra cultura si no violentamos y prepotenciamos a nuestra vez». Correas entiende que «Arlt, (…) nos divulgó que el secreto de la cultura yace en la violencia». La tragicidad de su obra y de su vida aparecen en sus personajes pero también se desliza en sus comentarios críticos. La presencia de la muerte como un reconocimiento ineludible. La posibilidad del suicidio como una voluntad soberana.

Correas, lector de Kafka, analiza la obra del checo desde categorías singulares: detalle, amor, deseo, clarividencia, alienación, soledad, prostitución, el mundo. Correas afirma que «habría que vivir 300 años para leer todo lo que hay que leer». Y en esa entrevista publicada hace más de veinte años en El ojo mocho muestra sus intereses como lector y sus relecturas. Casi nada de “novedades” y la insistencia de unos pocos autores.
Se podría pensar que el característico y minucioso detallismo de Correas que sugiere con la descripción material la atmósfera moral muestra en sus crónicas de la televisión argentina la decadencia de nuestra civilización. Mariano Grondona, Mario Pergollini son los títeres de turno para mostrar la idiotez de nuestro Gran Guiñol espectacular y sin vida de la decadencia local. Me parece que el lenguaje claro y limpio de Correas, su registro variado y preciso, su tono reconocible, ese es su estilo y lo llevó a todas partes. Hay algo que me parece absolutamente extraordinario en Correas y es su capacidad de decirlo todo en un lenguaje llano no exento de profundidad. Haber dejado por escrito, en clave autobiográfica, lo que cualquier otra persona que aspira a la decencia burguesa se cuidaría en ocultar.

Es un lugar común pero no por eso menos cierto decir que hay editoriales que publican libros para un público que existe, mientras que  hay otras que arriesgan capital económico y también simbólico para un lector que quizás todavía no existe. Habría que decir que los textos que estaban dispersos de Carlos Correas, ahora reunidos en un libro editado por Mansalva, me lleva a pensar en esos lectores y esas lectoras que todavía no existen. Como en su momento fue un hallazgo de la editorial la publicación de Los jóvenes (2012). Estaba faltando este libro que ahora existe con el título de Todas las noches escribo algo. A la vez ya existía pero no en forma de libro sino como una suma de textos dispersos que un grupo reducido de lectores apasionados ya conocía. Es un libro fundamental para nuestro presente y también para las futuras generaciones.