Mi abuela era la mujer que amortajaba a los cadáveres en un
barrio lleno de chimeneas.
A ella la buscaban los que no podían poner las ropas blancas
en la carne fría.
Era viuda, mi abuela.
Su oficio fue ser madre, abuela,
hija abandonada desde los 4
años, y por lo tanto
sirvienta desde los 4
años.
Esposa de un borracho,
obrera mal pagada,
madre de mate y de silencio
y de polleras negras, de olor a orín en las polleras.
No sabía leer y recitaba poemas vascos como una maestra.
Yo leía, le leía a mi abuela las noticias del mundo dando
vueltas,
en un diario de la tarde cerca de una ventana abierta.
Dos veces las gitanas le leyeron las manos
y le anunciaron muertes, antes de que la muerte apareciera.
No creía en la esperanza.
Creía en el ayer y en el hoy.
Abuela estaba de ojos verdes,
y era de puntillas, de colchas tejidas,
de sobres con pelos de sus hijas muertas.
Mi abuelo el borracho, él que le cantó una serenata en un
tiempo de flores
y de cansancio y de luchas anarquistas
para elevar el nivel de la vida cotidiana,
murió de una infección en su trabajo
en el tiempo que no existía la penicilina.
El nombre de mi abuela era Josefa, y le decían Pepa.
Yo le decía Abuela Pepa, Pepota, Pepona. Cuando era joven le
decían Pepita, y sonreía la Abuela Pepa
Participó de las luchas por elevar el nivel de la vida
cotidiana
desde un rincón de la cocina hablando la hermosura de las
cosas cerca de mi cabeza.
Participó y lucho como nadie,
más que mi abuelo y que mi padre que fue su hijo.
Desde el rincón de la cocina y de la historia
Trabajaba cuando el capitalismo la necesitaba
como obrera–esposa–madre–hija,
y cuando el capitalismo la necesitaba menos
trabajaba de esposa–madre–abuela.
Mi abuela era mujer.
Mujer quiere decir “trabajar 16
horas diariamente y a veces
8 horas solamente le pagarán en un salario de miseria”.
Las otras ocho las dona gratis
o con prepotencia
o con propaganda
para mantener el sometimiento de la vida cotidiana.
Mi abuela que reía con sonrisa de flores eléctricas no tuvo jubilación
propia,
porque no hubo quien creyera en sus palabras, en su trabajo
realizado para que se la dieran.
Sin embargo, mi abuela hizo muchos trabajos;
me enseñó a pensar con libertad
me enseñó a luchar
me pintó los mapas de la escuela
cocinaba baratamente.
Sabía de medicinas caseras, de partos,
de cuándo hay que poner las semillas en la tierra,
de la cantidad de agua que necesitan las plantas.
Acompañaba el crecimiento de los árboles,
la marcha de las gallinas cluecas.
hablaba con los pájaros, sabía el momento de la lluvia y
adivinaba
las tormentas.
Hacía el trabajo invisible que hacen todas
las mujeres y que es
el 67% del
trabajo que se hace en toda la humanidad
y que es gratis
y QUE LO HACEN SOLAMENTE
LAS MUJERES.
Mi abuela no estudió porque era pobre, pero si hubiera
tenida acceso
a la riqueza, no hubiera podido, porque hubo un tiempo en
que
a las mujeres no se les permitía ir a la escuela.
Josefa Olea había nacido en 1878,
vivió la tristeza de barcos llenos de inmigrantes.
El hambre, el tiempo de las fábricas y de sus chimeneas.
Templó su espíritu fabricando chocolates y fósforos.
Era Anti-Totalitaria.
No creía en milagros, creía sólo en su fuerza.
Hubiera votado por don Hipólito Yrigoyen, pero no pudo,
Porque hubo un tiempo en que los políticos pensaban que las
mujeres no tenían cabeza.
Josefa Olea, mi abuela, aplaudió por las calles a las
mujeres que pelearon por el voto femenino,
aunque su padre, su marido y su hijo se rieras de ella.
Yo escuché conversaciones sobre los hombres de la casa
hablaban de la necesidad de la existencia de las prostitutas para evitar las
violaciones de menores.
Y yo escuché cómo mi abuela ase rebelaba contra tanta
miseria.
Y yo escuché cómo mi abuela les decía a las mujeres de la
casa
“que nunca una mujer debía hablar así de otras mujeres”.
Ella decía “Nadia está libre de ser puta en este mundo
desgraciado”,
y decía –hay que ver, hay que ver por qué una mujer es puta,
y decía –del árbol caído todos cortan hojas.
y decía –que nunca una mujer hable de otra.
y decía –las mujeres tendrían que salir a la calle y darles
tundas a los que las molestan.
Y decía otras cosas hermosas, que tenían el olor de la
libertad.
Ella, mi abuela, se sorprendió hasta el miedo cuando el
primer tranvía eléctrico cruzó las calles del Barrio de Barracas.
Le tuvo miedo al teléfono.
La televisión era como magia para sus ojos de verde
y sus manos arrugadas en la plancha.
Ella decía que de tanto planchar su piel se puso vieja.
Abuela Pepa, tu trabajo nunca terminó. Terminó el día de tu
muerte y yo lamento no haber estado cerca.
Estoy alegre porque algunos de tus sueños fueron posibles.
Algunos los tocaste con tus manos viejas. El día que votaste
abuela, hablaste todo el día de tu emoción y de lo contentas que estaban las
otras mujeres haciendo colas en la calle y comentando el gran momento.
Abuela, en tu caminar de reuma,
de tus piernas con muselinas negras
reconocí a tu tiempo de mujer y al mía.
Abuela yo te recuerdo atada en delantales.
Atada en la economía de los zapallos,
en la economía de las sopas agonizaba tu alma de juglar, tus
manos de música y poemas.
Peleabas con la escoba contra gatos y arañas descubiertas
los domingos.
Yo viví tu tiempo de mujer y el mío desde la ventana
abierta.
Hasta ahí me llevaste y soltaste mi cuerpo a correr por las
calles donde vos caminabas solamente.
Yo defendí a los 9 años a
una mujer apaleada en la calle por su marido empujada por el hermoso sol de tus
ideas.
Tu premio fue un beso y un –bien hecho–.
Abuela, he bajado a la calle desde la ventana abierta.
No sé si estarías de acuerdo totalmente por las cosas que
ahora peleamos las mujeres,
pero yo sé que podríamos discutirlo, y que vendrías abuela a
la lucha y que contarías tus historias
para que bajen a la calle todas las mujeres de la tierra.
Tomado de: Por el camino de Newark y otros poemas, Martha Ferro, compilación de Juan Queiroz, prólogo de Adriana Carrasco, Buenos Aires, Nebliplateada, 2024.-