18.3.26

Entre moros y muros, por Cecilia Bainotto

 

Te cuento lo que pasa desde que te fuiste a cuidar campos. Al atardecer, pienso que regresas al pub porque te gusta ese chill out citadino del After Office.

Todo sigue igual y… no. Llegó la IA más escandalosa de que la que viste antes de abandonar la red. Mi grupo es restringido en el pequeño negocio.

Estos son los contactos; serios, divertidos, poetas, escritores –algunos reconocidos– y fotógrafos. Es más, mucha gente que antes pasaba por el negocio se mudó a otros barrios. Así nombro a los muros. Te muestro fotos, escritos, poesías y reels con capturas.

–¿Tu desconfianza por las redes está latente? Antes te movías como pez en aguas profundas.

Detrás de los muros veo que en unos y en otros se congrega gente de acuerdo a gustos y se reencuentran en otros muros parecidos.

Los comentarios o las charlas se entrecruzan en el transporte de material para el propio. Son iglesias en las que se convalidan las creencias.

Es más o menos decir “Dios los crea y ellos se juntan” y no escapamos de ese apotegma.

¡Ah! Aquel del teléfono y luego el otro... Me habían dicho que gustaban de las playas y buscaban las perlas en las conchas. Las abrían, las olían, pasaban sus lenguas hasta quedar exhaustos. Escupían el bivalvo si estaba en etapa reproductiva. Solo la perla era el valor del collar que se colgaban para la foto.

No los vi nunca más.

A uno de ellos lo recuerdo mucho. Supe organizarme alrededor de su contorno. Tengo la mirada verde mar y su aliento pegados en la nuca. Una brisa en el núcleo imprime la mueca de gozo primitivo en mi cara, inesperadamente, clavando el reloj a la misma hora.

El que trabajaba en el parque de diversiones, y vendía las anillas de latas de bebidas al odontólogo parece haberse perdido en el tren fantasma. Pregunté a Daniel, el buscador de autores en las librerías de viejos. 

Desconozco –respondió.

El parquero era muy preciso en las lecturas y también en las devoluciones. Por él empecé a leer con interés a Di Benedetto y lo prefería a Saer. Nos pasábamos recetas de cocina también. Una amiga se fue de este enjambre siguiendo lo que muchos hacen: tomarse vacaciones con otros trabajos.

Al ajedrecista lo encontré y no pierdo la esperanza de retomar clases de ajedrez.

Una amiga hermosa murió y a veces nos consolamos con Tom, con quien la despedimos en un abrazo de congoja justo el día de la madre.

–Dale, contame, qué es de tu vida.

–¿Cómo fue tu día de caminata, lo de las ocupaciones, el descuido del agua y el bonito paisaje?

Entiendo, con esa gente resulta difícil tratar. Muy metidos en proyectos que le van como anillo al dedo, y encima, sobornables.

–¿La señora tragasables sigue con el atragantamiento en el Ayuntamiento?

Lanzás una carcajada mientras mostrás tu sable de esgrima calificado, datado College, clase burguesa alta.

Te decía que nada diferente en el negocio. No obstante, pasan cosas. Más con la guerra entre Irán y USA. Es un video juego de Battlefield casi. Igual con Malvinas y los Sea Harrier que mirábamos por tevé. Después, la guerra contra el terror en el Golfo, después la captura de Gadafi, después Ucrania y Rusia...

Las redes arden con imágenes que se repiten y hasta el aparato es alcanzado por el dispositivo de propulsión. Se tilda cada tanto.

Los misiles son enormes supositorios u otra forma más fálica, si se te ocurre. Es un espectáculo dantesco. Cada explosión es grito, llantos, muerte, destrucción y el silencio que llora un perro aterrorizado acurrucado en un resto de pared. El bombardeo virtual trepana las cabezas al igual que los relumbrantes proyectiles transforman todo en escombros; cuerpos y poblaciones.

¡Cuánta disonancia entre los que están en la guerra y nosotros aquí, tan cools y para el culo! Contás tu impotencia que es el moscardón de tu hamacada angustia.

La historia está entretejida con traiciones –reflexionás medio filosófico.

Te veo apurar el mate y chupar ansiosamente. Más serio, decís que existe un gen que nos predispone a la traición.

¿La epigenética no cuenta?

–respondés.

Suena el celular y lo apagás rápido. En el mío entra un audio con un comentario favorable por algo que hice. Lo comparto para que lo escuches. Decís algo y percibo cierta molestia de tu parte.

Una sensación de desconfianza con forma de diablo quisquilloso nació entre nosotros.

De ahí en más, no sé con certeza cuál es la proporción en cada uno del mecanismo de defensa. El tono de la voz lo refleja y empezamos una guerra.

No deja de ser pena que la cosa se resquebraje. Aún sin ser pareja, amigos con sus vidas respectivas, parece que a veces nos cuidamos para no perdernos el uno al otro. Coincidimos en esto.

Bien, otro día seguiré con el relato si me abandona el dolor de cabeza y a vos la angustia. O si aprendemos a pilotear con turbulencias.

–¿Qué podemos hacer? –te envío telepáticamente la pregunta con intención de aliviar un peso. También sacudirnos polvillo de molestias.

Al terminar de escribir esto, llega un mensaje en mi teléfono. Es tuyo. Una foto de advertencias sobre egolatrías y validaciones:

¿Te gusta?

–¡Ja!

 

 

 

Un viaje de jubilados (incómodo)

 

 

“Un poema es poca cosa...”

¿Es tan poca cosa? 

¿Cómo puedo decir lo que siento 

cuándo una Hilux impresionante

corre a un perro para matarlo en la ruta?

¿Cómo puedo decir que a un niño en el tren

lo transforman en vendedor? 

No tiene más de cinco años 

Un viejo lascivo le mira la entrepierna 

¡Son todos mis niños!

Lo invita a comer una porción de pizza

y después un helado

Así quiero chiquito, ¡así!

“Un poema es poca cosa…”

¿Cuándo un colibrí provoca tormenta en las hojas?

Ahí ascienden los versos 

pero no se premian esos versos

¿Está de moda la angustia?

Si nada importa…

¡Vamos que nos vamos!

dice el chófer del bondi

El último que subió está en el filo del estribo

a un minuto de caer sobre la calle

parece un perro medio asustado

y pasa una Hilux impresionante 

Es oscura, 

igual que la mirada

estrellándose contra el asfalto 

“El bosque urbano alberga   intenciones aviesas

que no se encuentran en el bosque natural”

piensa alguien detrás de la vidriera de un bar

de Rivadavia y Medrano.

La vida tiene un cuchillo que pasa

de mano en mano

son pocos los que no tienen  

un oculto cuchillo mezquino

La vida es física pura 

y una cosa lleva a la otra:

a una acción un resultado.

–¿Jugamos a ser mariposas?

–¡No te olvides de su aleteo!

–Querido … ¿será posible olvidar

lo inacabable? 

Vamos, debo lavar la ropa.