Te cuento lo que pasa desde que te
fuiste a cuidar campos. Al atardecer, pienso que regresas al pub porque te
gusta ese chill out citadino del After Office.
Todo sigue igual y… no. Llegó la IA más
escandalosa de que la que viste antes de abandonar la red. Mi grupo es
restringido en el pequeño negocio.
Estos son los contactos; serios,
divertidos, poetas, escritores –algunos reconocidos– y fotógrafos. Es más,
mucha gente que antes pasaba por el negocio se mudó a otros barrios. Así nombro
a los muros. Te muestro fotos, escritos, poesías y reels con capturas.
–¿Tu desconfianza por las redes está
latente? Antes te movías como pez en aguas profundas.
Detrás
de los muros veo que en unos y en otros se congrega gente de acuerdo a gustos y
se reencuentran en otros muros parecidos.
Los comentarios o las charlas se
entrecruzan en el transporte de material para el propio. Son iglesias en las
que se convalidan las creencias.
Es más o menos decir “Dios los crea y
ellos se juntan” y no escapamos de ese apotegma.
¡Ah! Aquel del teléfono y luego el
otro... Me habían dicho que gustaban de las playas y buscaban las perlas en las
conchas. Las abrían, las olían, pasaban sus lenguas hasta quedar exhaustos.
Escupían el bivalvo si estaba en etapa reproductiva. Solo la perla era el valor
del collar que se colgaban para la foto.
No los vi nunca más.
A uno de ellos lo recuerdo mucho. Supe
organizarme alrededor de su contorno. Tengo la mirada verde mar y su aliento
pegados en la nuca. Una brisa en el núcleo imprime la mueca de gozo primitivo
en mi cara, inesperadamente, clavando el reloj a la misma hora.
El que trabajaba en el parque de
diversiones, y vendía las anillas de latas de bebidas al odontólogo parece
haberse perdido en el tren fantasma. Pregunté a Daniel, el buscador de autores
en las librerías de viejos.
–Desconozco –respondió.
El parquero era muy preciso en las
lecturas y también en las devoluciones. Por él empecé a leer con interés a Di
Benedetto y lo prefería a Saer. Nos pasábamos recetas de cocina también. Una
amiga se fue de este enjambre siguiendo lo que muchos hacen: tomarse vacaciones
con otros trabajos.
Al ajedrecista lo encontré y no pierdo
la esperanza de retomar clases de ajedrez.
Una amiga hermosa murió y a veces nos consolamos
con Tom, con quien la despedimos en un abrazo de congoja justo el día de la
madre.
–Dale, contame, qué es de tu vida.
–¿Cómo fue tu día de caminata, lo de
las ocupaciones, el descuido del agua y el bonito paisaje?
Entiendo, con esa gente resulta difícil
tratar. Muy metidos en proyectos que le van como anillo al dedo, y encima,
sobornables.
–¿La señora tragasables sigue con el
atragantamiento en el Ayuntamiento?
Lanzás una carcajada mientras mostrás
tu sable de esgrima calificado, datado College, clase burguesa alta.
Te decía que nada diferente en el
negocio. No obstante, pasan cosas. Más con la guerra entre Irán y USA.
Es un video juego de Battlefield casi. Igual con Malvinas y los Sea
Harrier que mirábamos por tevé. Después, la guerra contra el terror en el
Golfo, después la captura de Gadafi, después Ucrania y Rusia...
Las redes arden con imágenes que se
repiten y hasta el aparato es alcanzado por el dispositivo de propulsión. Se
tilda cada tanto.
Los misiles son enormes supositorios u
otra forma más fálica, si se te ocurre. Es un espectáculo dantesco. Cada
explosión es grito, llantos, muerte, destrucción y el silencio que llora un
perro aterrorizado acurrucado en un resto de pared. El bombardeo virtual
trepana las cabezas al igual que los relumbrantes proyectiles transforman todo
en escombros; cuerpos y poblaciones.
¡Cuánta disonancia entre los que están
en la guerra y nosotros aquí, tan cools y para el culo! Contás tu impotencia
que es el moscardón de tu hamacada angustia.
–La historia está entretejida con traiciones –reflexionás medio
filosófico.
Te veo apurar el mate y chupar
ansiosamente. Más serio, decís que existe un gen que nos predispone a la
traición.
¿La epigenética no cuenta?
–Sí –respondés.
Suena el celular y lo apagás
rápido. En el mío entra un audio con un comentario favorable por algo que
hice. Lo comparto para que lo escuches. Decís algo y percibo cierta molestia de
tu parte.
Una sensación de desconfianza con forma
de diablo quisquilloso nació entre nosotros.
De ahí en más, no sé con certeza cuál
es la proporción en cada uno del mecanismo de defensa. El tono de la voz lo
refleja y empezamos una guerra.
No deja de ser pena que la cosa se
resquebraje. Aún sin ser pareja, amigos con sus vidas respectivas, parece que a
veces nos cuidamos para no perdernos el uno al otro. Coincidimos en esto.
Bien, otro día seguiré con el relato si
me abandona el dolor de cabeza y a vos la angustia. O si aprendemos a pilotear
con turbulencias.
–¿Qué podemos hacer? –te envío telepáticamente
la pregunta con intención de aliviar un peso. También sacudirnos polvillo de
molestias.
Al terminar de escribir esto, llega un
mensaje en mi teléfono. Es tuyo. Una foto de advertencias sobre egolatrías y
validaciones:
–¿Te gusta?
–¡Ja!
Un viaje de jubilados (incómodo)
“Un poema es poca cosa...”
¿Es tan poca cosa?
¿Cómo puedo decir lo que siento
cuándo una Hilux impresionante
corre a un perro para matarlo en la
ruta?
¿Cómo puedo decir que a un niño en el
tren
lo transforman en vendedor?
No tiene más de cinco años
Un viejo lascivo le mira la
entrepierna
¡Son todos mis niños!
Lo invita a comer una porción de pizza
y después un helado
Así quiero chiquito, ¡así!
“Un poema es poca cosa…”
¿Cuándo un colibrí provoca tormenta en
las hojas?
Ahí ascienden los versos
pero no se premian esos versos
¿Está de moda la angustia?
Si nada importa…
¡Vamos que nos vamos!
dice el chófer del bondi
El último que subió está en el filo del
estribo
a un minuto de caer sobre la calle
parece un perro medio asustado
y pasa una Hilux impresionante
Es oscura,
igual que la mirada
estrellándose contra el asfalto
“El bosque urbano alberga intenciones aviesas
que no se encuentran en el bosque
natural”
piensa alguien detrás de la vidriera de
un bar
de Rivadavia y Medrano.
La vida tiene un cuchillo que pasa
de mano en mano
son pocos los que no tienen
un oculto cuchillo mezquino
La vida es física pura
y una cosa lleva a la otra:
a una acción un resultado.
–¿Jugamos a ser mariposas?
–¡No te olvides de su aleteo!
–Querido … ¿será posible olvidar
lo inacabable?
Vamos, debo lavar la ropa.