3.8.23

Fabián Polosecki: el silencio y la furia, por Juan Cruz Carrique

 

 

A mí me gusta escuchar, me parece que el día tiene 24 horas

de inteligente silencio y hay que saber interrumpirlo con

 algo que pueda mejorarlo. Pero casi nunca se lo logra.

Fabián Polosecki

 

Comencemos por el final: el 3 de diciembre de 1996, pasadas las ocho de la noche, Fabián Polosecki se arroja debajo de un tren del Ferrocarril San Martín a pocos metros de la estación Santos Lugares. Su cuerpo, arrasado por la locomotora, yace sin vida sobre los rieles. O quizás sobre los pastizales que bordean las vías. Poco importa. Lo que sí importa es lo que deja atrás Polosecki: una hija de dos años, una mujer a la que ama, pero cada vez ve menos, la angustia de vivir, los discos de Nick Cave y The Cure, la Olivetti verde, muchos amigos, miles de ideas, miles de proyectos. Y una obra sin precedentes. Artística. Periodística.

Gustavo Fabián Polosecki, o simplemente Polo, como lo llamaban todos, nació el 31 de julio de 1964 en el barrio porteño de Belgrano. Tercer hijo varón de un matrimonio judío de filiación comunista, con sólo diez años comenzó a transitar la redacción del diario Clarín. Su hermano mayor, Claudio, trabajaba en la sección “Gremiales” del diario y durante los fines de semana, cuando le tocaba hacer guardia, lo llevaba con él. Allí, Polo aprendió a escribir a máquina, algo que lo apasionaría hasta el final. Unos años después, cuando a su hermano ya lo habían echado de Clarín y a un primo suyo lo había secuestrado y asesinado la dictadura militar, ingresó a la Federación Juvenil Comunista. Militó desde principios de los ochenta hasta los inicios de la democracia, hasta que se cansó de que lo quisieran convencer todo el tiempo de algo. Polo quería escuchar, aprender, conocer, no que le dijeran cómo hacer las cosas. También comenzó a estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires, pero al poco tiempo abandonó la carrera. Su vocación era otra; él quería ser periodista, como su hermano.

Con veintiún años comenzó su carrera en el periodismo gráfico en la revista Radiolandia, orientada sobre todo a temas de la farándula que Polo detestaba. Allí conoció al escritor Pablo De Santis, quien tiempo más tarde sería guionista de El otro lado y El visitante, los dos programas de televisión que lo volvieron célebre. Tras más de cuatro años en Radiolandia, harto ya de hacer notas y entrevistas de una frivolidad exasperante, consiguió trabajo en la revista Fierro, donde nació su pasión por las historietas; pasión que luego trasladaría a El otro lado.

Poco tiempo después, en el año ‘88, participó por primera vez de un diario de tirada nacional, Sur, financiado íntegramente por el Partido Comunista. Su experiencia en Sur fue corta ya que el diario cerró al año siguiente debido a la disolución de la Unión Soviética y la caída del régimen comunista. Durante el conflicto por el cierre, Polo fue delegado sindical, y aunque ninguno de sus compañeros fue indemnizado al menos lograron rescatar, a modo de pago, las máquinas de escribir del diario: todas Olivetti de primera calidad. En Página/12 estuvo poco tiempo, ya que en 1992 logró que le hicieran una prueba en Rebelde sin pausa, el programa de televisión que conducía Roberto Pettinato en ATC. Esta primera experiencia fue el punto de partida para todo lo que vino después. La prueba consistía en hacer una entrevista a quien él quisiera para una futura sección que trataría sobre personajes de la noche; Polo eligió al portero de un bar de prostitutas y quedó. Al año siguiente, Gerardo Sofovich, por ese entonces interventor del canal, le ofreció hacer su propio programa: El otro lado.

Aquí comienza nuestra historia… 

Incubado en los bares de la calle Corrientes e inspirado en sus personajes, El otro lado irrumpe en la televisión argentina como un fenómeno periodístico extemporáneo: no está claro si pertenece al pasado o al futuro; de lo que no quedan dudas es que está fuera de su tiempo. Un guionista de historietas –personificado por el mismo Polosecki– sale a recorrer las calles de la ciudad en busca de historias que le sirvan de inspiración para su trabajo. Historias extraordinarias de gente ordinaria. El historietista se encuentra así con una multiplicidad inaudita de personajes urbanos –travestis, carniceros, maquinistas de tren, ladrones– a los que entrevista, mientras su voz en off reflexiona sobre su propio oficio, su vida y la de los demás. El resultado de este experimento televisivo es un inédito compuesto de ficción y realidad que, lejos de pretender alcanzar o transmitir una verdad, se limita a contar las historias de la gente “común” oscilando sutilmente entre el relato fantástico y el periodismo testimonial. Luego, que cada espectador saque sus propias conclusiones.

Polosecki se instala, de esta manera, en un punto intermedio entre el periodismo bohemio de fines de siglo XIX –representado por la paradigmática figura de Matías Behety[1]– y el slow journalism norteamericano de los años 2000. Amante de la noche, curioso por sus personajes, sus hábitos, sus vicios, durante el primer año de El otro lado, Polosecki hace de la calle Corrientes y sus alrededores su estudio de grabación. En una época donde los periodistas se vuelven celebridades televisivas, él retorna a los bajos fondos de la ciudad para hacer sus entrevistas. Entrevistas que, justamente, rompen con el molde de una televisión que comienza a estar cada vez más acosada por el rating; tienen otro tempo, otro ritmo, otra cadencia, marcada fundamentalmente por el silencio y la escucha. En palabras del mismo Polosecki: “En las entrevistas no hay una cosa premeditada. No me siento apurado por preguntar. Sabemos que hay que tomarse su tiempo. Nosotros ponemos la cámara, grabamos, charlamos, nos ponemos cómodos, chupamos si hay que chupar y… adelante. Es como tiene que ser. No podemos transformar los tiempos de la gente a las necesidades de la televisión. La televisión tiene que acomodarse a los tiempos de la gente.”[2]

El éxito, como podemos imaginar, es algo secundario en su vida y su trabajo. Si bien en 1993 y 1994 es premiado con tres Martín Fierro (“Revelación” y “Mejor programa periodístico”), Polosecki reniega del reconocimiento público y poco a poco comienza a aislarse de su familia, sus amigos y de la televisión. A lo largo de estos años ha incorporado el dolor de mucha gente y ahora necesita volver sobre sí mismo para reencontrarse: “Hay algo peor que la angustia de la página en blanco. Algo peor que no tener ninguna historia que contar: es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas”[3].

En 1996, ya separado de su mujer, alejado de su hija y peleado con varios de sus amigos, se instala en el Delta del Tigre. Tiene ofertas de trabajo, pero nada le convence. Su cabeza está en otro lado, quién sabe dónde. La tragedia, como en los escritores bohemios de fin de siglo, está ahí, esperando su momento. Y finalmente llega.

Una muerte terrible. Una muerte grandiosa. Pero que en sí misma no vale nada. Una muerte grandiosa sólo porque su obra lo fue. Y lo sigue siendo.



[1] Si bien Behety es el mayor referente de este “movimiento”, Jorge Rivera también destaca a Juan Chassaing, Gervasio Méndez, Jorge Mitre y Adolfo Lamarque como los escritores –poetas y periodistas– bohemios más recordados de aquella época. Jorge B. Rivera: “El escritor y la industria cultural. Un camino hacia la profesionalización”, en Historia de la literatura argentina, CEAL, Buenos Aires, 1980, p.327.   

[2]http://tierraentrance.miradas.net/2014/11/portadas/la-mirada-perdida-entrevista-recuperada-a-fabian-polosecki.html

[3] http://www.pagina12.com.ar/2001/suple/Radar/01-06/01-06-17/nota1.htm

31.7.23

La enfermedad de escribir, por Charles Bukowski

  

Charles Bukowski a A Joyce Fante

 

18 de Diciembre de 1985

 

Siento que me preguntaras por el libro de John; me he pasado varios días y noches pensando en cómo contestarte y no me queda otra que decirte que no me gustó, ni tampoco el siguiente. 

Es posible mostrarse rencoroso con estilo y también ser un amargado divertido, pero esos dos libros me dejaron mal sabor de boca. Causar estragos no está mal si implica cierta valentía, pero causar estragos sin más, porque sí, pues no sé, eso pasa a diario en nuestras vidas, en las autopistas y en los callejones de nuestras idas y venidas y esperas.

John fue mi principal influencia literaria junto con Céline, Dostoievski y Sherwood Anderson, y escribió algunos de los libros más emotivos de los tiempos modernos, pero creo que hubiera sido mejor no publicar estos dos libros. Podría equivocarme, claro está. Muchas veces me equivoco.

Conocer a mí héroe (si me permites que lo llame así) al final de su vida y en circunstancias de lo más dolorosas fue triste y maravilloso a la vez. Y espero que lo poco que hablé con John le ayudara en medio de aquel terrible infierno.

Siempre recordaré Pregúntale al polvo, para mí la mejor novela de todos los tiempos, una novela que seguramente me salvó la vida, por si sirve de algo.

Nadie escribe una obra maestra tras otra, es imposible. John estuvo muy cerca de conseguirlo. 

Viviste con un hombre amargado que superó esa amargura gracias a un amor que teñía y llenaba y transformaba cada palabra en un milagro inolvidable que decía

 

sí a pesar de todo

sí por todo

que decía

sí sí sí

 

y que continuaba diciéndolo incluso cuando lo conocí moribundo.

Nunca habrá otro John Fante...

Era un bulldog con corazón en el infierno.

 

 

Tomado de: La enfermedad de escribir, Anagrama, Barcelona, 2021.
Edición y traducción: Abel Debritto
Título de la edición original: On Writing, Eco, Nueva York, 2015.


18.7.23

400 fósforos de madera, por Lucía Aguirre

 

 

–¿Qué es lo más bajo que harías por dinero?

–Cualquier persona tiene derecho a sentirse decepcionada por sus ídolos, últimamente estuve muy concentrada en eso, es casi en lo único que pienso.

–¿Estás loca?

–No me acuerdo.

–¿Fumás mucho?

–Si se cumple sería un sueño, un sueño hecho realidad.

–¿Sabés silbar?

–No tengo.

–¿Cómo identificás una rata?

–Estoy acá ahora, acá afuera.

–¿Te resultó nocivo ingerir materia fecal?

–Lo mismo que a cualquiera.

–¿Qué es lo más feo que dijiste a otra persona?

–Cuatro páginas como máximo.

–¿Percibís sagrado al semen?

–No soy racista.

–¿Charles Manson o Jesucristo?

–Mi útero es hermoso.

–¿Estás diciendo estupideces?

–Lo que es justo es justo.

–¿Te gusta el latín?

–Se dice solución.

–¿Cuántos años te gustaría vivir?

–Chicharrón.

–¿Cuántos años tenés?

–Estoy tratando de resolver mis problemas.

–¿Cómo recibiste la noticia de la muerte de tu padre?

–No pregunté.

–¿Defecás a diario?

–Porque perdería la gracia.

–Cuántas horas dormís por día?

–Estaba cansada.

–¿Cuándo mentís?

–Para tener conciencia del margen de maniobra con que cuento.

–¿Qué es lo que más te gusta hacer?

–Como un mantra.

–¿Sos tímida?

–Respeto las normas de tránsito.

–¿Cómo es tu nombre completo?

–A veces me gustaría estar jubilada y no tener que madrugar.

–¿No volviste a tener mascotas?

–Me gusta tomar agua por las mañanas.

–¿Qué querés decir?

–Voy a tener una muerte tranquila.

–¿Con qué miserias ajenas tenés mayor indulgencia?

–Nos volvemos eso en lo que pensamos.

–¿Recordás tus sueños?

–Tengo el cerebro totalmente desarrollado.

–¿Cuál es tu principal defecto?

–La personalidad de mis hijos.

–¿Cuál es tu mayor deseo?

–Como alguien que se dispone a emprender un viaje.

–¿Cuál es tu idea de la felicidad terrestre?

–No soy adicta.

–¿Eso que querrías ser?

–Avanzo mejor en lápiz.

–¿Sos feliz?

–Hay que proponer alternativas en vez de ser amenazante.

–¿De qué hablaban tus padres durante las comidas?

–Ahora no.

–Si fueras un superhéroe, ¿qué súper poder te gustaría tener?

–A nada le tengo menos miedo.

–¿Qué te hace sentir realizada?

–Estar cadavérica.

–¿Qué te divierte?

–No me culpo.

–¿Cómo te ves en relación a los demás?

–Lo acepto.

–¿Cómo te describirías en tres palabras?

–Nunca tengo dinero.

–¿Qué te incomoda?

–El futuro, el misterio, la insatisfacción.

–¿Cómo reaccionás frente a las situaciones de stress?

–Hay una parte de mí que nunca sabe bien dónde está.

–¿Cómo definís al éxito en tu vida?

–Lo devolví sin leer.


9.7.23

West Flügel, por Santiago Armando

 



Cancillería


Cayetana, Duquesa de Alba

iba a acostarse con Putin 

en Corfu

y me dijo

que por favor fuera,

y salí de las Islas Orcadas

en mi Escualo de Plata

y lo amarré a un diente de su quijada

sobre el que descendí

por un escalón de sarro

y caminé al hotelito enfrente

último piso, 

balcón al agua,

ella vio al Escualo

con las gafas especiales que le di

y subí

ella me veía en plata

estaba en bolas

con un tul naranja

y Vladimir detrás,

desnudo,

apoyándosela,

ella se bajó

y acometió el pene del calvo

pero no había caso,

y le dije

con telepatía

que procediera

como yo le enseñara,

y se limó

la uña del dedo gordo,

y le dijo

ponete en cuatro, pelado

y el dedo le fue enterrando

con cuidados de alfarera

cronometrados,

para dejársela dura

y deslecharlo al rato.




Crostas del Neutrinario


Norma Allons Poe de Plá

me trae caramelos, pucho no

caramelos para el mate

caramelo marrón duro 

que se hace naranja

como el ambar cretácico de hash

de fumar previo

al fondo de la yerma

que no es lucecita de cebo 

ni tampoco un relámpago 

como arreglo de las cerámicas rotas 

con oro 

de los japoneses

es como 

la velocidad infinita

del horizonte de la luz

que abrasa


Pacos Haitianos en Marte

tumbados

en la puerta del Starlink Cetrogar

un porro mbappean

se lo pasan,

cortesía de Elons

para el divague y no comer

con traje de letras

y la Mascarilla de Carité

de orificios angostos,

contra el tacho de titanio con fuego

porque la dominación del calor ayuda

a la gravedad ajustable al croto

fumamos 

y mate con azucar, guitarreada

de noche jugo y alcohol fino,

el hombre, les digo,

el hombre reunido al fuego

desaparece, se cambia

por la acción individual

en su pantalla LED,

por eso me paga Elons estadía

de croto criollo en Marte,

pero,

ya habíamos estado aquí

con trajes de arena

y máscaras vietnamitas

con los alazanes naranjas.


Soré y Resoré 

se han posado en los pastos

de las canchas 

del predio de la AFA en Marte, 

Dioscuros pampeanos,

para los campeóns, 

de las canchas que cortó 

y puso el pasto 

Carlos Salvador Bilardo


Con el fusor Mbappé

y la mascarilla de carité

en el visor, 

el depredador de lunas

en eles tinajas

bebe del pico Tudor


For space 

we need 

a

guitar solo skin

an Apple Vision Pro,

vaping,

and thats it,

ain’t it, 

@elonmusk? 

–Got it, Victor

 

Orgasmo de Frankenstein 

y toca el ano en cuatro con interruptor, 

cuando Tesla atendió a Frankenstein todo cambió, 

don Tesla era amigo de Wassilly Kandinsky 

y habían hecho ciudades azules estudiando 

a Hieronimus Bosch, esa es la Buenos Aires 

que veo yo 

desde que trajimos la copa.


Los Hawks 

acaban de bombardear 

el choriducto entero 

de la Arizona,

vamos a rellenarles 

un poco de mierda 

a los de Tenochtitlán, y

luego apoyar 

la nariz

en el cariz blanco 

de la estatua de la libertad 

y llevarla a órbita baja 

y ahí dejarla, ahicita

con flotador espacial




Poemas profilácticos


el ácido semen corroe la goma

del forro lavable


el librero masturba el sifón

en la sangría con sida

y se come la sandía

con gamuza


el haiku obsceno simple

como un glande de aforismo

se corta

con el pucho

del verso

y cabecea

mi verga al bolsillo


Trazos de ninjas blancas antiforro

en las permanentes formaciones de soldados

y en la marejada 

pañales y pañuelos

del paisaje mejicano.

Diego Rivera fue a Rusia

a babear el habano 

a la Siberia,

el gordo se plantó

en un dispenser del gulag

a patear la máquina de Manaos

y se escucha en el estadio

la platea norcoreana

en coreografía:

¡hay coca ay-có!



Del obelisco salen 

metatrones para Malvinas,

ahí se coje lindo unas pelirrojas 

que conocí del bitcoin, 

y el flujo de taiwanesa de Londres 

con el molusco abierto acelerando 

tres de fugazzeta Match 5 

en las Islas Orcadas de Seineldín,

donde bajan los pilotos

de los F35.



Forro gamuza y tecno

y un bosque de cedro azul 

con minas 

birra

y porrito

en la hora naranja

del campari con guasca

y pasan los Hawks

al abismo Nicaragua



Vuelven los preservativos lavables

en packs de 9 Gamuzas

de concha orto y sandía

y lavo cada cual cuando llego

tengo primero que hacer

un descanso en pajas

con el forro puesto,

una siesta y

después pongo 

el agua en la olla 

y todo el biznike marmolado dentro

sin dejar que hierva

lo cuelo y

abono el porro

y ahicitas quedan

junto a las plantas 

as gamuzas colgadas

del tender al viento



Metatrón de la Armada 

en tierra se endroga, 

el viento es droga 

y con el forro en pena 

peina esperma 

dentro del tacho 

y la criptografía 

en grafica cartesiana 

flexible y plateada 

suave,

de gamuza y tecno.



Pedos con cricket a gatillo

con tanquecito de nafta,

una herramienta nueva

de los paraguas.

Las ninjas blancas

bajan de los cerezos

y les maquillan sangre

con guascas



Me he quedado sin cigarros

obrero portuario

matasoldanes naval

me queda solo

escuchar Radio Alquitrán

en el submarino de plata


Forro da Gama: el ácido semen 

no corroe la goma 

del forro lavable. 

Forro Galcostra: el librero 

masturba el sifón. 

Forro Red Dragon: sandía con sida. 

Forro Pequod: se come la sandía 

con gamuza, y 

Forro de Nácar: 

un haiku obsceno 

corta el bolsillo.


Y pasan

boquitas pintadas

con vestiditos ligeros

llegando la hora naranja

del Campari con guasca oh

Vivir sin una mujer

sin volver al vitro

de la pizarra

de mi amada 

en piyama

con descanso

de cigarro

en la ventana,

mejor el balcón con terraza


Suela de titanio flexible 

y traje gravitatorio 

de poros celestes encendidos

como hornallas de gas

para volar 

sin carbonizarse 

con el rostro de ocres caretites 

bajo la máscara

de conservar 

el rostro al socializar 

con muérdago plateado 

y fuego de quebracho 

en el rancho de Juliana con 

océano y acantilados leds 

en Marte


El artesano global chino

en el laboratorio de pestes y leches

saca

las gripes customizadas

de los 100 barrios porteños

y solo se salvan

con su antídoto

los putos sidosos

(señoras batatonas),

que compraron sus hijos

en un supermercado genético

que el padre de Macri

vendió a los chinos

cuando le pusieron WIFI.




Caretite


comparecer

con mis gasas de alivio

de drakkar momia de hash

a la perlitas mejillas de 

Juliana Awada

como el rostro de Moria

afilado de

tirar la goma



Lleno el tacho dron y

todo criptografiado y entregado 

a las ninjas blancas y las taiwanesas 

en vestiditos azules de Londres,

las miro y espero, 

pero ya no quiero clavar 

desde que me fue la polaca. 

Ahí me traen la plata…



Las nuevas balas

con munición de Radio

matan la transmisión fluible

del metal del Terminator,

cualquier objetivo puede ser holográfico

si nos vemos los aliendst as pestañas

con persiana al moco gorogoro,

como hacían los primos de Star Wars.




Sueño das crostas


me llegaba a refrescarme 

a las aguas 

para mi baño flotable 

de inmersión mínima

y apenas rebotaba mi cuerpo 

ya me veía 

por los velámenes 

marróns dorados das costas

a soñar con mi ópalo

y sentir el agua como la piel

en mis paños menores de Sumo, 

escucho el rasguido 

de un cangrejo 

y la polvareda acuática

y pling, abro los ojos

y el baño es 

como un bautismo

y mi son se renueva


Mónica Gutiérrez 

riega sus afganas de invierno

como hacían en Baires 

con el vino patero

en la continuación del Garage,

con REPROCANN

gracias a la DEA

y a la Metropolitana Catedral


Anubis en Crostax, Samborombón, 

come su dulce de batata 

en la hora naranja, y aterriza el caza 

maniobrando bien 

por el barro henchido, 

Anubis se pone su máscara marciana 

de realidad mixta 

con fusor Mbappé, 

y se lo chupa una luz de neutrino.


En la habitación de mis viejos llega

a los naranjas del yermo,

el rubio niño 

en el colchón acostado 

con el cobertor naranja 

niño naranja… 

yo era como Lorenzo

y su colchón en el solar yermo

con ocres caretites,

y un Fitito yacarado

(nacarado-yacaré)

como el de Al Di Meola

con jeans blancos

y blancos mismos zapatitos 

de chachachá

en Las solaris crostas de Marte




Cancillería II


La venta de Disney

fue cuantiosa, fue

vendida a un hombre 

de gafas oscuras,

alto, de pelo cano,

nadie sabe su nombre

un hombre parecido a Samuel Beckett

con un gin tonic 

con rodaja de limón

siempre en la misma pose 

en esas fotos de El Pentágono,

con el antebrazo colgando hacia afuera

como diciendo

"y qué querés que le haga"

y el vaso largo de cristal 

pinzado por sus finos dedos,

el pucho 

y la camisa blanca abierta, flaco

en fiestas,

el mismo 

que compró la cadena Fox

para que ya no salga hablando

el anaranjado Donald Trump,

nadie sabe quién es

aquel tipo que tumbó, también

a Bolsonaro y a Milei,

y se está chupando el Twitter.




Un porro de Larry


En joggings blancos,

depilado, se pinta y entalca

tetillas y labios de azul

y Juliana Awada

le manda su 

maquilladora y sombrerera

y los vestiditos

de una modista 

de Daisy Chopitea,

y se pone la peluca

de rulos finos, y termina

la noche fumada

mirando la nada en la cama

pensando:

yo solo era un simple 

coimero rastrero

pero nací en Recoleta

y me gustaba mirar

a las señoras coquetas


Gorositho Larry

de acá para allá,

pero más para allá

en Subte

al domo

de Plaza Constitución 

a ver

al peluquero dominicano

que chupa

debajo

de la manta blanca

de los cortes

chupa chupa y 

caen pelitos

con loción

engominados

con guasca


Mi poema está en el tórax

como un riel de tren

de sueño

debajo

de la vieja San Isidro kafkiana

se ha

roto

el paso de adoquines

hay un agujero

como un faltante 

trozo de panal

y bajo

al poema-sueño

subo y bajo

los adoquines

y el tren

tatá-tatá, tatá-tatá

de sueño

del mundo

subadoquín

con un mástil de guitarra

por donde pasa el tren

cogido 

sostenido

por las letras, el sueño, esto

mal digerido

mal respirado

tatá-tatá, tatá-tatá

en el tórax

despierto, fumo, escribo

recuerdo, revivo

me empastillo 

y corrijo




Ejercicio primario 


Mejor venir acá

a escuchar los goteritos

por la ventana

sobre la chapa de plástico

del vecino

se va el chubasco y

queda

el hilo de aguas

de la gárgola,

en tirabuzón,

en cadena nucleica

y truena un bombazo:

adjetivo el oído

y vuelve

el chaparrón sobre el plástico,

mastruena

como bomba subterránea

y a cada escribiente sus palabras:

de la lluvia

el meloso smeerle

das cubiertas de auto

sobre asfalto mojado,

truenos lejanos

con barba,

goteróns nuevos

y krakatoas

que lleva el viento,

parece haber

una nota

para cada gota

y en el compás

de oído y teclado

olvido algo, y ahora sí

llueven pianos

acá abajo

golpean cabezas de enanos

y más truenos

como aviones de pasajeros,

unos refucilos opacos

titilaron

contra el costado

de la casa del vecino

que desde arriba enfrente

yo escucho y miro,

pero se va todo

y pasan aviones y autos,

y el aire grueso.

con tabaco.




Veo el salto del gato a la terraza sin gato y vuelvo, veo una rata transparente, ahora estoy bajo el pico de plata de un nido negro, perdí lo que decía, un tecleado flexible de perogruyos terminales, el pico me ladra que escriba con las costuras negras rotas y mis letras de plata escupidas en gráfica cartesiana y flexible olvido.




Cancillería


Hay un lugar en Buenos Aires que es una ciudadela política de descanso, con esos hoteles coloniales boutiques en los viñedos de Mendoza. Edificios de conferencias de paredes de cal y carpintería esmerada, algo rústicos, muy iluminados, con tipas y cules de saq retirados, residenciales. Como una Recoleta con parques entreverados. Ahí encontré a Javier Milei, acabado. Había hecho un desastre, se había vendido y transformado en vergüenza nacional. Estaban sus últimos colaboradores viendo videos de Phil Collins y Simple Minds, los Benegas Lynch, y me cruza Lilia Lemoine de salida. Estaba Maslatón también, los únicos. Yo llegaba con mi campera de aviación Jack Herer azul, y veo que Maslatón tenía una igual pero gris. Y empecé a convencer a Milei. Había un G20 también. Estaba el servicio secreto con senadores norteamericanos. Le decía a Javier que lo único que quedaba era salir a dar discursos incendiarios y decir estos y aquellos sin parar hasta las PASO. Y fue rápido el asunto, el último discurso dinamitó a la nación y ganamos, y se me acercó Maslatón a preguntarme quién era, le dije mi nombre, secundario completo y pensionado por invalidez (PNC), y algo dijo de mis amigos que aparecieron, El Piña y El Checho, comentarios retóricos, dije que eran hermanos de la infancia. Después de la victoria Joaquín Benegas Lynch me pidió que no le tapara la televisión que mostraba a Phil Collins tocando la batería, Joaquín lo imitaba con los mismos sonidos y movimientos de antebrazos cruzados que hacía en la secundaria, y comiendo un alfajor me senté en un sillón sobre la campera gris Jack Herer de Maslatón, volcándole unas migas, éste me miró con expresión sorprendida de "¿qué hacés, boludo?" para hablarme. Le dije que tenía que ser Canciller y luego Ministro de Economía, tal como Domingo Cavallo, y que el Banco Central debía ser preservado porque iba a ser beneficioso en el futuro, que lo que en realidad había que volar era La Aduana, y dejarla al cuidado del Ministerio de Defensa, para cuestiones de terrorismo, bombas, armas químicas y espías. Y Javier parecía un niño díscolo pero inofensivo en Navidad rodeado de regalos.


3.7.23

El periodista cultural por encargo, por Román Bay

Escribe sobre cualquier cosa por un poco de dinero. El mundo de la cultura tampoco es muy exigente. ¿Quién se toma en serio al periodismo cultural? La cultura es ingrata. El periodista cultural por encargo es una hormiga insignificante en un bosque de símbolos. El billete medra. El periodista cultural por encargo nunca se apasiona. Le solicitan antologías sobre autores que desconoce y se pone a trabajar sin quejas o entusiasmo verdadero. No le importa si es Olga Orozco, Balzac, Ovidio, Chaucer, Nicanor Parra, Virginia Woolf o El círculo hermético. El periodista cultural por encargo puede abordar cualquier tema. Triste abnegado, su mayor desgracia es que nadie se alegra al verlo llegar. Sartre se acerca a una definición cuando consigna en El idiota de la familia: «Los críticos son hombres que no han tenido mucha suerte y que, en el momento en que estaban al borde de la desesperación, han encontrado un modesto puesto tranquilo de guardián de cementerio. El crítico vive mal, su mujer no le estima como convendría, los hijos son ingratos y los fines de mes resultan difíciles». El periodista cultural por encargo se empecina en frecuentar los espacios en los que la orgía social de artistas, escritores y escritoras se pavonean. El periodista cultural por encargo no tiene amigos pero sus críticas sesgadas simulan que conoce de primera mano cierta escena. Sus interpretaciones son superficiales o se equivocan. Es difícil hablar con el periodista cultural por encargo cara a cara sin sentir asco a lástima por los pelos que asoman de sus narinas. El periodista cultural por encargo prospera y languidece por los lugares en los que puede conseguir algún rédito. Se blinda a los desprecios o, mejor dicho, tiene un doctorado en desprecios. Las burlas que lo denigran a sus espaldas no pueden importarle. Vive la vida vicaria de los autores y las autoras sobre quienes escribe juzgando a través de análisis poco convincentes y desde su limitada perspectiva escasa de argumentos. Las reseñas de hoy son el caldo de cultivo con el que los clones discursivos del pensamiento algorítmico tejerán sus mentiras mañana.

20.6.23

Acá y allá, por Javier Fernández Paupy

 



Víktor Shklovski: «Es cierto que la gente no vive para que de ellos se escriban libros. Pero de cualquier manera, mi relación con la gente es siempre productiva, yo quiero que ellos estén haciendo algo.»

Nací en el sanatorio Antártida, un hospital que en 1981 quedaba sobre la avenida Rivadavia. Mi madre biológica me tuvo esos nueve meses de gestación en la caverna de su panza y después, entró a un convento. Veintisiete años después hablamos por teléfono y casi nos vemos personalmente pero un mal entendido, de esos que no existen, lo entorpeció.

Leí algo sobre-la-resignada-aceptación-de-la-absuridad-de-la-existencia-humana pero ahora no me acuerdo bien qué decía.

La pija de mi padre era grande, gorda y oscura. Yo me acostaba en la cama matrimonial donde dormían mi madre y mi padre. Apoyaba mi cabeza en su barriga y escuchaba los ruidos intestinales de su panza. Era un eco que parecía el de una cañería. Veía sin prestar atención los programas periodísticos que ellos miraban en la televisión. En mi recuerdo siempre estaban mirando lo mismo, a Bernardo Neustadt y Mariano Grondona. De noche mi padre usaba calzoncillos cortos. Yo espiaba su pija. Veía el vello de su pubis. Unos pocos pelos blancos. Ahí estaba su entrepierna por donde asomaba su pene flácido inclinado hacia un costado.

Nacho empezó a comprar obras de arte. ¿De dónde sacaba plata? Sin su consentimiento desguacé su colección de cómics. Un mal día el pasado se volvió impredecible. Cuando éramos chicos, recortábamos del diario caricaturas políticas dibujadas por Carlos Basurto y hacíamos interactuar los recortes conformando secuencias. Años después, íbamos
juntos al Parque Rivadavia, los domingos. Buscábamos vida y música en cassettes, CD’s y discos de vinilo.

En esa época yo vivía con la sensación de estar a la pesca de algo para cronicar. No hacía otra cosa que escribir. Tenía por toda divisa una idea de Kafka en la cabeza: «No escribir una biografía, sino investigar y averiguar los detalles más pequeños posibles».

Patricio había dejado de ser gordo. Pero para mí siempre sería el Gordo. Él dice, por ejemplo, que izquierda y derecha son circos para incautos o habla sobre Donald Trump o Pedro Varela Cassei. Yo no puedo interesarme en eso. A veces me parece que repite frases hechas que escuchó decir a otros. Es una de las personas más importantes en mi vida. Como un gurú involuntario.
Como una frase que hoy significa una cosa y mañana otra. La primera vez que el Gordo tomó merca le convidó su hermano. Peinó unas líneas sobre el Kiss Alive III y tomó un poco. Tenía trece o catorce años. No distinguió muy bien lo que sintió en ese momento porque fue poca la cantidad y porque era la primera vez. Pero entendía por su hermano que era algo divertido y que personas mayores lo prohibían. Probó para sentir o para saber que había probado. Cuando éramos chicos, el Gordo me llamaba The Critic por mi tendencia a la crítica y la maledicencia. El show de la usura izquierda-derecha, como la llamaría más de veinte años después, lo interpelaba. ¿Pero qué parte lo interpelaba de esas abstracciones? Empezó a interesarse cada vez más en astrología, terraplanismo, comida consciente, primados negativos, veneno en las vacunas, cábala, tarot.

Cuando Donald vivía en Misiones pensaba que solo conservaba el recuerdo de amigos que ya habían mutado. A veces le dolía mucho la espalda porque desmalezaba medio monte él solo. Andaba en moto o a caballo por los caminos de su chacra. La vida no era
como el grito aterrorizado de un animal salvaje pero todos juntábamos nuestra propia podredumbre para saber hasta dónde llegaba la montaña de mierda. Después de años de vivir como un paisano en su rancho de Misiones, puso en venta el terreno. Se fue a vivir a Alemania con Lisa. Vivió varios años en San Martín de los Andes. Nació en Catamarca.

Bachín estaba ahí, siempre tan parecido a sí mismo. Vivimos juntos unos meses en el departamento que él alquilaba, sobre la calle O’Higgins, en el año 2016. Era el mismo Dorian Gray de toda la vida, con la televisión prendida todo el día. Pero ahora la cama se había vuelto un sofá de cuero reclinable, con control remoto y una pantalla que había crecido en pulgadas. Es un lama que vive en el presente y no se deja amedrentar por el pasado. Conocimiento de la noche, algo del síndrome de Peter Pan, gran conversador de pocas palabras.

Un sueño recurrente de Juaco, noches antes de salir a tocar, es que algo suena mal en los ensayos o que pifia las notas. Lo asusta, siempre lo asustó, escuchar el chirrido de la costura del tiempo. Metrónomo humano. A los doce empezó a tomar clases de batería. Tenía veinticinco años recién cumplidos cuando abrió su propio estudio de grabación. No le gusta lavar los platos. Le encanta conversar y criticar. Siempre se interesó por los avances tecnológicos. Stephen King, café caliente, mariguana dulce. Quizás todavía piense que el mundo se divide, en parte, entre los que le gustan los Beatles y los que no. Y que si su hijo nacía del lado de los que le gustaban los Beatles, tenía allanado gran parte del camino. Trent nació del lado correcto. ¿Te gusta Devo?, le pregunté una tarde. Te la debo, contestó. Enmascara su ternura con un revestimiento de dureza. Propenso a la alegría y la euforia. Piensa que la tristeza profunda pasa y en algún momento se acomoda, como todo, como una tristeza constante y llevadera.
Como si la vida fuera una obra sobrevalorada que no merece reimpresiones. A los 39 años escuchaba Wos, Trueno, Nicky Nicol, Casu. En el estudio de Fede, en ese departamento de planta baja de la calle Zapiola donde pasé tantas noches cuando vivían ahí Barbi con Francesca, lo escuché decir, a las 3:30 de la mañana: «Estamos condenados a ser destruidos  y al mismo tiempo, a ser felices».

Fede se cuidaba de no consumir pero cuando caía la noche sentía que los demonios bajaban y siempre estaba a un mensaje de texto de comprar droga. Una tarde lo escuché tocar en el piano Gerswhin delante de unas partituras y después con su voz de barítono versiones chamánicas de
When the music is over y Five to One.

Gustavo fue testigo del comienzo de los años de la peste desde Italia. En Nápoles, sin dinero, sin pasaje de vuelta y con su perra Chicha. No podía volver a Buenos Aires y tampoco seguir en Nápoles. El vuelo con escalas que le ofrecieron era inaceptable porque era peligroso para Chicha. Langostino, rabas, calamares, pulpo, toque de queda, lluvia y viento. Sin grandes cenas italianas. Tenía todo listo para volver pero había un problema con las vacunas de Chicha. Nueva sepa, cerradas las fronteras. Necesitaba dinero. El pasaje de Chicha, el exceso de equipaje, la noche en Roma, el remise al aeropuerto. Un pedazo de manteca, dos sándwiches de jamón y queso, una barra de cereal, bananas. Se anunciaba nieve en Roma el día del vuelo.  

Fran, que alguna vez firmó Cisco, fue mi salvoconducto para entrar a la tumba. Él trabajaba en el penal desde hacía años, también había dado clases para hipoacúsicos. Alguna vez le pareció poco ético que yo usara un grabador para registrar la memoria coral de mi vida en la que sus opiniones o comentarios pudieran tener alguna gravitación. A Nadia le pasa lo mismo. Me odia cuando la grabo sin avisar. Si no fuera por Cisco no hubiera podido escribir Devoto. Lo hice en el piso diez de Acevedo, en el segundo piso de Juan José Cruz, en la planta baja de Vernet, en el primer piso de Edison. Cinco años cuatro mudanzas.

Pablo ya no sigue en este mundo en el que de alguna manera vivimos. Le gustaba esa escena del Ulises en la que Stephen Dedalus está en un aula dando clases. ¿Se sentiría identificado? Nunca más voy a escucharlo hablar de Rastros de carmín de Greil Marcus o de la biografía de Edie Sedgwick de Jean Stein o de Ejércitos de la noche de Norman Mailer. La amistad de Guy Debord, rápida como una carga de caballería ligera, de Bessompierre, fue el primero de una larga serie de libros que hubiera querido hablar con él, prestárselo, que lo leyera, reclamarle que me lo devolviera.
Una noche, en el departamento que alquilaba en Boedo, cerca del video club donde por entonces trabajaba, sobre la calle Campichuelo, escribió, en un cuaderno de hojas rayadas de 8 x 12 cm que yo tenía siempre en el bolsillo, una lista con música que yo tenía que escuchar para mi formación espiritual: «Nick Cave and The Bad Seeds: “The Lyre of Orpheus”, “Abattor blues”, “The Boatman’s Call”; New Order: “Low Life”, “Substance”; Cat Power: “The Greatest”; N.E.R.D.: “In the Search of”, “Fly or die”; The Magnetic Fields: “i”, “69 love songs”; The Flaming Lips: “Yoshimi pink the robots”, “The Soft Bolletin”; Aphex Twins (afx): “I care because Y do”; Kings of Convinience: “Riot on an Empty Street”; Elliott Smith: “Figure 8”, “Either/or”; Brian Eno: “Here Come Warw the Jets”, “Taking Tiger (by Mountain), “Before and after Science”; David Bowie: “Low”, “Lodgets”, “Heroes”, “Scary Monsters”; Nick Drake: “Pink Moon”, “Way to Blue”; Roxy Music: “Roxy Music”, “For your Pleasure”, “Stranded”; XTC: “Lemon and oranges”; The Charlatans: “Up at the lake”; Tom Waits: “Rain Dogs”; Talking Heads: “Remain the Light”; The Fall: “Middle Class Revolt”; Mar Hollis: “Shame”; R.E.M.: “Murmur”, “Automatic for the People”, The Beach Boys: “Pet Sounds”; Brian Wilson: “Smile”; Jim White: “Drill a Hole in that Subratrate and Telle Me What You See”; Sonic Youth: “Sonic Nurse”; Brian Ferry: “Frantic”; Benjamin Biolay: “Négatif”; CAN: “Future Sounds”, “Soundtracks”; Patti Smith: “Horses”; Joni Mitchell: “The hissing of Summer Lawns”, The Grateful Dead: “Live Dead”; Pulp: “This is Hardcore”»

Un noche de invierno del 2017 le escribí a Ariel: «Autumn Song: October, The Seassons, Op. 37a Tchaikovsky.
Réquiem de la salud mental, música clásica de la solitaria y ruidosa paz, el mundanal ruido de las personas agobia tanto, quien pudiera retirarse de todo, lodo orgiástico de gente, podrido lodo, berenjenal y murmullo de cada día. Me alegra saber que estás bien aunque todavía no estés del todo recuperado. En la vía de ser paté yo también declaré ser contenido de algún recipiente. Cada cual tiene una silla donde engordar el culo. Sigamos sin quejarnos, apenas en la senda de la descripción». Las frases nos aman, contestó. Cuatro años después, Ariel seguía estudiando Letras en la universidad. Hasta que un día se recibió de Licenciado y Profesor. Seguía trabajando en una librería. Se preocupaba mucho por mantenerse joven. Iba al gimnasio. Usaba cremas. Estaba interesado en la noción de libro único que tomaba de Roberto Bazlen. Según Calasso, alguien que «no pretendía ser escritor de una obra sino que una obra (ese libro único) se había servido de él para existir». Ariel piensa que el suyo no es un libro sino apenas unas pocas páginas. Se equivoca. Es el libro que más quiero publicar en el mundo. Ariel ama la poesía de Hölderlin pero también la de Pity Álvarez. Admira a Morrisey pero también a Rimbaud. Ahora estudia italiano para leer Dante de primera mano.

José frecuenta el Ejército de Salvación y saca fotos de los objetos que para él son curiosidades o tesoros visuales. Tiene una manera de dejar los ojos entrecerrados, un segundo o dos, durante la conversación. Los animales que más le gustan son los que viven en la Mesopotamia argentina: el yacaré, las luciérnagas y el carpincho. Escribió, como Saint-Beuve,  retratos de mujeres en un castellano perfecto. Su padre fue carpintero. Su risa es contagiosa. Sin una gota de resentimiento o estúpido rencor. En su mirada hay un empuje de observación e interpretación que resplandece por fuera de las especulaciones tristes. Zorro en el zoodíaco precolombino. Rata en el chino.
No es una persona irracional pero tampoco es su fuerte lo racional. Tiene algo muy mental, que lo hace parecer virginiano. Aries. Dice, por ejemplo: Con un amigo desarrollamos un concepto… y el concepto sale del uso determinado que le dan a una palabra. Algo de niño en su forma de ser, algo muy zen y tierno con cierta ingenuidad auténtica mezclada de adultez sin nada de cálculo mezquino. Algo de tolerancia radical. Un interés por las cosas más diversas lo imbuye en todo. Escritor de letra chica. Gitano. No cree que la poesía pueda ser enemiga de la filosofía sino, cada vez más, que es lo mismo visto desde otro lado.

Juan nació en Mendoza y vivió en Irlanda, Holanda, China, Londres y África, donde dio clases de francés. Sabe que para estudiar un idioma hay que ser constante, metódico. Su abuelo se llamaba Dalmiro, le decían el negro Dalmiro; era futbolista, nadador a lago abierto y boxeador, también dirigente formado en el socialismo y después devenido peronista, intendente de General Alvear, Mendoza, desde 1974 hasta 1975.

Marco cree que lo perdurable también es efímero. Gran lector. Cree que la amistad es una forma de la eternidad. Conejo en el horóscopo chino. Subrayó presionando apenas el grafito del lápiz en un libro de Jim Dodge: «Quizás la aceptación esté cerca de la beatitud. (…) Solo había siete cosas que requería un ser humano para vivir feliz en este planeta: comida, agua, hospedaje, amor, verdad, sorpresas y secretos».             

Sebastián dice que no sabe si puede leer bien una película. Aunque se dedica al cine dice que no sabe si puede leer bien una película. Vive en General Pico. Pero con la imagen se siente cómodo. Cree que el documental se parece más a la poesía y que la ficción está más del lado de la prosa. Cree estar lejos de entender la poesía y que es un placer para él disfrutar de las cosas que no entiende. Se dice a sí mismo: Tal vez algún día escriba un poema. Le importa disfrutar un lenguaje incluso sin entenderlo. Su dedicación a las imágenes viene de una relación conflictiva con las palabras. No le gusta, por ejemplo, usar la palabra “yo”. Cuando era adolescente había escrito poemas que después tiró a la basura. A veces extrañaba a sus amistades de Buenos Aires. ¿Qué soñaba por las noches? Y cuando estaba de la nuca, ¿qué sentía exactamente? Ilusiones tendría. Encuadres. Miradas. Nunca fue muy académico. Escuchaba música a todo volumen.

En otoño del 2016 Alejandro me dijo: «Aprovechá cada milímetro de tu experiencia para escribir, los escritores tienen que escribir y el mercado argentino no da para cobrar cien lucas de derechos de autor y dedicarse al dolce far nente». Quizás pensara de mí que yo era un blandengue porque no sabía cómo mataron a Tosco. Disentíamos en que no le gustaba lo que había alrededor de la palabra bohemia. Me decía: «La bohemia es Baudelaire y estamos en el siglo
XXI». Era o se mostraba conmigo como un enemigo acérrimo de toda idealización. Macri y Tinelli son culpa de los argentinos, le dije. No hay culpa, contestó, esto es política. Estás pensando en términos morales.

Manuel se sentía cansado, despojado de ilusión, cuando le pasé el cuestionario Marcel Proust para que lo respondiera, cosa que al final prefirió, a la Bartleby, no hacer. A la pregunta: ¿Qué cosas te gustan hacer?, había contestado: “Algo”. Como si con ese “algo” pudiera expresar que con tener una ocupación cualquiera él estaba hecho. Pero no era conformismo, sino otra cosa.

Toto se hizo gnóstico. Hablaba de salir de los sistemas. El asqueroso sistema alimenticio. El asqueroso sistema educativo. El asqueroso sistema financiero. La pregunta que se hacía y me hacía a mí mismo al escucharlo era: ¿Por qué estás viendo lo que estás viendo? Tu mamá sos vos, me decía una y otra vez. Me recomendaba hacer alguna oración antes de salir a la calle, algún mantra. Me recomendaba las conferencias y apuntes de Ouspensky reunidos con el título de El cuarto camino, como salvavidas psíquico. En una carpeta de papeles viejos donde guardaba partituras encontró unos textos míos. Palabras, palabras, palabras. Hacía frío cuando todavía no había amanecido y miraba colores en el cielo antes de llevar a sus hijos a la escuela.  

A Nadia le gusta lo truculento, visceral y morboso de la condición humana. A veces dice que necesita leer en voz alta algunas noticias escabrosas para liberarse de esa energía parapolicial. Escorpiana.
Su boca, su piel, sus tetas, su depilación definitiva. Flaca, piel suave, piernas largas, pelo negro, lacio, finito, el flequillo le cubre la frente. La cabeza ovalada, las narinas grandes, la nariz redondeada. Cuando se ríe muestra sin miedo los dientes. Le gustan las uvas. Escuchar ópera la tranquiliza. El reggae le parece monótono. No le gusta Manal. Cuando nos conocimos yo vivía bajo la influencia del error. En el éxodo de las convicciones armamos una comunidad-circo-de-pulgas-plan-cósmico-misión. Temblamos juntos delante de Vicente y Vera.   

El sonido influye y modifica mi sistema nervioso, incluso los órganos del cuerpo. D’Arienzo, Otis Reding, Sonny Boy Williamson, la contaminación auditiva de la avenida Rivadavia cuando Vicente tenía unos pocos meses. Me gusta el rarismo de Frank Zappa. Escuché Lonie Jhonson, que durante los años 50 había trabajado de conserje en un hotel, sin cansarme nunca, con esa pasión que viene o que va de la música que escuchamos con locura. ¿A dónde se había ido el tiempo? Era eso. Y quizás no fuera nada más que eso. Como Papa’s Got a Brand New Bag sonando en la cocina. La vida pasa sin que lo notemos, como un poema en el que las frases se van juntando una atrás de otra
. ¿Por qué vendí esos CD’s de Alice Cooper? ¿Por qué me deshice de ese libro sobre el tarot egipcio? Era el foco de un pensamiento torcido. Palabras y acciones.

El fantasma de Hermes Trimegistro apareció una madrugada de luna llena en el balcón del departamento que alquilábamos con Nadia en esos años. Me explicó, en un idioma gestual y secreto, sin palabras, que una guerra nuclear había destruido miles de planetas. Dijo que éramos instancias de una misma vida. Y agregó: Dogma político y religioso, la raíz de los conflictos de esta especie. ¿Sería así? ¿Habría entendido bien su mensaje?

Vicente jugaba con una mochila y un monopatín y un triciclo y una pelota desinflada. Vera se trepaba a la mesa. Me identifiqué con Landrú, con Robert Crumb, con Thomas Ott. Hubo un tiempo en que pensé que antes o después iba a volverme loco. Después me calmé. Pero quizás alguna chispa de frenesí me quedó en la cabeza. Las personas envejecen y no toman agua. Marchitan.

Yo escribo los reportajes para un libro hecho de retratos.

¿Una novela de apuntes?

Una línea de investigación demostró que relatar recuerdos de diferentes formas puede cambiar nuestra propia percepción de los sucesos del pasado. Nuestros recuerdos no son confiables. Para retener información precisa y detallada hay que trabajar el recuerdo. Hay personas, no obstante, que son incapaces de distinguir entre una maceta y un poema.

J. R. Ackerley: «La cronología aparentemente desordenada de estas memorias tal vez requiera una explicación. La explicación, me temo, está en el Arte.»
 
Quisiera decir ahora dos o tres cosas sobre mí.
Escribo por necesidad. El colmo de mi posible alegría es aferrarme a la vida en un mundo sin sentido. Mi mayor defecto es la impaciencia. Quizás porque soy ardilla en el horóscopo maya, el final del otoño es mi estación del año preferida, mi color es el verde limón y mi verbo, comunicar. Las ardillas somos las más parlanchinas del zodíaco maya. No sabemos guardar un secreto, somos sociables por excelencia y excelentes para las relaciones públicas. Activos, podemos hacer varias cosas al mismo tiempo. También cambiamos de opinión muy rápido.

A los 17 años
escribí una novela de ciencia ficción en la que unos extraterrestres, que se llamaban TDK y Sony, conducían taxis y hablaban con sus pasajeros de cualquier cosa. Ese era el argumento. No había otra estructura ni conflicto.

Escucho When the Hurt is Over, de Mighty Sam Mc Clain, una canción triste que habla de alguien que dejó al amor perdido en la lluvia. Ahora estamos esperando, dice, ¿por qué tendríamos que dejarlo pasar? La canción parece mostrar que lo único que podemos llegar a saber es que cuando el dolor pasa, pasa. Es difícil entender que algo así sea a la vez una forma de vida y un método de trabajo. Todo lo que significa Bach para mí. ¿Cómo podría explicarlo alguna vez?

Un arte que no sirve para sanar no sirve para nada. Un grupo de intelectuales con discursos empalagosos-marxo-sartreanos sobre lo desintegrado-desintegrante. Eso fue lo peor de la universidad. La pedantería, el tedio de lo cultural, las largas explicaciones técnicas que nunca me sirvieron para nada. Entré a esa fábrica de cigarrillos con veinte años y la dejé con más de treinta. La juventud se fue como una luz que alguien apaga sin que nos demos cuenta. Como contemplar un cuadro con los ojos semicerrados. Como si no lo supiera.

Cuando escribo esto tengo 42 años. Podría, como Proust en el último tomo de En busca del tiempo perdido, mentir y decir: «En este libro donde no hay ni un solo hecho que no sea ficticio, donde no hay un solo personaje “con clave”, donde todo ha sido inventado por mí según las necesidades de mi demostración (…)». Pero prefiero aclarar que lo escribo desde el parasitismo de la anécdota y en la distorsión del recuerdo.