18.10.18

Nuevas sentencias y apotegmas, por Luciano García del Mar



“En atención a las 1000 páginas de los cuadernos póstumos de Omar Viñole”.


Si la muralla no va al zócalo, cualquier tímpano se hará trinchera.

Ningún negocio de florituras cae con la vejiga encordonada.

Viajé por todas las arenas, puse mi diapasón protervo al servicio de las ojivas de los estúpidos en indivisas caléndulas.

La turbamulta siempre postergará a aquellos que de un lápiz de labios hacen desaparecer un ventrílocuo.

Desprecio a todo aquel que enviste una ojera al azar como si no amaneciera todos los santos días.

El recuerdo repercute en el cerebro como un grisín desnucado.

Sólo quien se permite una madre aprende a repudiar la tormenta detrás de un mostrador. Y cuando la tormenta es eléctrica, dobla las razones.

No es lo mismo nacer en Alemania que torcer el destino de un clavo herrumbrado.

El hombre común no ha nacido todavía. En la forja del hijo próspero cabrestean los electrones libres de la decencia pública. No por nada el ser no es, ni de pañolenci están urdidas las estaciones al alba. 

Sobre mi tumba pasará aquel que no sepa del sueño levantar un acorde con cuarta aumentada para ofrendar su trino baladí al río de los sociópatas.

Icé mi monolito en el mar y lo llamaron iceberg. Fueron los sionistas.

***

La porra de un corazón enfebrecido puede demoler más de 134 tabiques nasales por cada siesta, en término medio.

De cada naufragio recolecto un sufragio sacro.

El pendón de los dramaturgos adolece por donde lo meneen.

Has usufructuado el brillo de tus ojos como fuerza de choque hiperbórea. Ahora siéntate impávido a soportar su ombligo.

Nadie da lo que recibe, salvo quien no lo recibe. Y así acaricia el talante cetrino de la maravilla arropado por el aire detrás de su mampara ansiolítica.

No soy comunista.

El que contrae un nuevo vicio aupado a un desdoro merece con creces ser monitoreado por la CIA desde su última app.

Le dijo la zorra al soldado: “Caerán mil imperios después de que tu ala delta se desplome en alta mar. Y aun así embeberás tu horizonte entre hilos de algodones”.

El hombre es el único instrumento que suena cuando duerme.

No existe el cambio en la sociedad capitalista. Como observó Saramago es más fácil desmontar una antigua verdulería en Ramallo que tipiar un capítulo entero de La República.

La diferencia fundamental entre un hombre noble y un canguro clonado estriba en el punto de paralaje del observador.

Quien no atiende al detalle dispara en las fiestas.

***

He preguntado al hombre sabio acerca de tu mirada. Me ha abofeteado arrodillado y de espaldas.

Sobre un upite que huele bien levanta el canalla un parque temático.

Cuanto más conozco al genoma más medito la Cosa.

El próximo siglo será de los bicípites y alacranados, como fue el anterior un contubernio entre el condón y el polinomio.

El hombre sin mujer es un escorzo fallido del astrolabio. Mas si la mujer que lo abandonó es indogermánica pongamos su tribulación en la cuenta del cagatintas o en el equipaje áureo del hombre rana o buzo militar.

Me has preguntado si soy feliz. Te he llevado a la Montaña y a mi salón de fiestas con pelotero.

Quien espera y se desparrama sabe coaligar el humo con la cigarra.

La nueva narrativa argentina paréceme un retablo davídico con un semáforo dentro y un antropólogo embalsamado en la puerta cortando tickets y haciendo la venia. La nueva poesía argentina paréceme una mercería saqueada en cuya entrada hay un partisano sobre un yunque de pómez sermoneando a un policía sobre la identidad del himen y el ente en sí mismo.

La identidad de género descansa sobre dos pilares. Franco en cambio descansaba con una.

Lo que en Bolivia es un chiste conceptual en Turquía es un gesto indescifrable, en Rumania un ruido, y en el Oriente una plegaria vacía. En el Uruguay es apenas un emblema tenue. En tu boca un canto. Y en mi canto un paredón descascarado, Matilde.

Ríome de aquel que se baña dos veces en un mismo día. Pero se evapora la risa al toque.


***

La duda es un contrabandista estrafalario que sabe constiparse a la hora señalada.

Así como no necesito tres orejas ni cuatro ojos, dos narices o seis piernas, así tampoco demando que tu rebenque tornasolado flamee en mi buhardilla como un pichón de gnomo beodo asaltado por un inopinado brote psicótico.

Nada debe esperarse de la mano tendida del primate si tu vida es un vano teorema rosa.

Me he refugiado en la soledad para soliviantar la chispa de los equinoccios.

A veces la mera compra inconsulta no es un rapto vertiginoso sino un reto vigoroso para la billetera y su portador.

Antes de fusilar al presidente pensarlo dos veces. Después, dos veces más.

Filósofo con suegra a mano es como micro vacío sin nafta camino al chapista equivocado.


(Escritos en tiempo-record [proeza]: 5 m)

8.10.18

Megan Amram: Carta a mi futuro hijo



Es extraordinario cómo no existís,
cuando he sido ensamblada y puesta en marcha con
tubos esponjosos específicos para parir. Al menos

sería preferible hacer brotar un hijo,
como pétalos emergiendo desde el centro.
Me disculpo profusamente con vos,

pero estoy satisfecha en mi egoísmo y
mi amor por esta muchacha que he creado.
Hoy observé a las abejas alimentarse,

la mezcla perfecta de peligro y música y frenesí,
y sentí que yo también podía revolotear y maniobrar.
Supongo que me recordaron a vos:

tu paso a tropezones, tu modo ausente de mamar,
tu mera adisión al enjambre.
Serías una larva rechoncha en una madreselva,

si llegaras a ser algo, pero no vas a
ser. Es algo que he decidido.
Hay una cantidad limitada de vida; tomaré

dos raciones. El pétalo y el pistilo.
Y por qué no el cáliz. La habilidad de compartir es mítica,
como vos, y ¿quién necesita otra criatura,

otro monstruo marino? Si ya tengo
mi escoliosis en la espalda; tengo mis huesos
por debajo y por encima de la piel

llena de la cantidad ideal de personas:
Una. ¿Cómo podría traer un hijo a este mundo
si lo quiero todo para mí?

La vida -llena de amor, flores, et al.- es ese derecho.
Lo lamento por mí, seguro. Pero sobre todo, abejita,
lo lamento por vos.



Traducción: Nicolás Ricci

21.9.18

Maorí, por Sebastián Pau



La señora alta entró a la disquería tan cautelosa, que recordé a esas personas que vivieron siempre en el campo y llegadas a la ciudad por primera vez, adentro de un negocio curiosean el lugar con un respeto extraordinario. La mujer tenía la piel morena y clara, el pelo llovido de unos dreadlocks muy finos, ropa de invierno marrón y blanco agrisado. Daba pasos largos, dubitativos y le pregunté si necesitaba ayuda. Con un gesto risueño de no entenderme y en un inglés incompleto, me preguntó si hablaba inglés. Dijo que era de Nueva Zelanda y estaba buscando música argentina, cantos de indios, para su hermano músico. Cuando dijo Nueva Zelanda, pensé en mi hermana. Mayte hacía meses que se había ido a trabajar allí y recorrer. ¡Nueva Zelanda! exclamé, mi hermana está allá! ¿Y qué hace tu hermana? Preguntó ¿En qué parte? No supe qué contestar y me fijé en Facebook para leer sus posteos, leí los nombres de sus últimas fotos. La mujer conocía uno de los sitios, el lago Rotoíti. Me llamo Ngaromoana, soy maorí, dijo llevándose una mano al pecho aunque sin tocarlo. Me contó que vivía en una pequeña isla con nombre de pájaro, un pájaro con el pico y las patas negras y que ellos comían lo mismo que esos pájaros. Las palabras en maorí resultaban de una sonoridad tan bella, que al instante de las oírlas yo trataba imitarla. Había en Ngaromoana una resonancia corporal al pronunciarlas, y eso no lo pude asimilar.

Fuimos hasta la batea de folclore y me senté en el banquito a revisar, consciente de que lo que ella quería, cantos tribales, no existe o no lo teníamos. Ngaromoana permanecía de pie mientras yo separaba discos por el color de la tapa y sus nombres. Le expliqué que en Argentina es más fácil toparte con discos de tribus africanas, conjuntos del Paraguay o marchas alemanas, que con registros de pueblos originarios. Ngaromoana, le dije, nuestros indios no llegaron a grabar, básicamente porque los mataron a todos, lo más parecido a lo que vos buscás son estos descendientes haciendo folklore, aunque todo dentro de un marco andino. Vos querés algo tribal, y eso no hay, igual vamos a elegir varios y los probamos. Le atraían la mayoría de las tapas y de repente me mostraba uno, preguntaba toda feliz: ¿No indios? No, Ngaromoana, ellos tampoco son indios, igual los vamos a escuchar, algo vamos a encontrar, te prometo.

Al final se decidió por dos y propuso que yo eligiera otro. Ya sé lo qué hacer, me dijo. Le alcancé uno bastante menos obvio, de tapa gris con el nombre en el medio y en una tipografía de un bermellón oscuro, descolorido por el tiempo. Lo puso al costado de los demás y alineó a todos dejando un espacio proporcional, como naipes a punto de ser leídos. Te voy a enseñar algo, dijo mirándome de un modo maternal, mirá bien. Reparé en la pulsera de su mano derecha que estaba cerca mío y en el aire como la otra. Esa misma mano que se había llevado al pecho. El aro de cobre tenía dos centímetros de ancho y una ondulación en el medio que terminaba en un vértice redondeado. Ngaromoana se paró frente a los discos y colocó las manos sobre ellos, acariciando las llamas de un fuego invisible, parejo. Los observaba a los tres y sentí que iba a elegir el que le había recomendado. Cerró los ojos. Momentos después conectó agudamente con él, parecía que lo había vuelto a encontrar después de toda una vida. ¡Llevo este!, dijo y por poco salta de alegría con el disco en la mano.

En el mostrador me dio los dos billetes que costaba el disco y otro más, este es para vos, dijo. No, no es necesario. Es que quiero pedirte que le mandes a mi hermano música que creas que le va a gustar. Está bien, pero no hace falta el dinero. Por favor, dijo, y me dio un papelito con el nombre y dirección de su hermano. Le dije que lo buscáramos en Facebook, que viniera al otro lado del mostrador para asegurarnos de que era él. Lo encontramos rápido. En la foto de portada había un centenar de personas reunidas al aire libre, los más viejos sentados adelante. Su casamiento, dijo ella. Y vos dónde estás, pregunté sin lograr identificarla en la multitud. Ngaromoana rió, no salgo en todas las fotos. Sí, me imaginé. ¿Sólo en algunas, no? Sí. ¿Y supongo que no tenés Facebook? No, yo otra cosa. Reímos y sacó un cuaderno dorado de tapa dura para que escribiera mi nombre y email. Le dije que tenía un muy buen cuaderno y mientras ella pasó las hojas buscando una en blanco, noté que escribía bastante. Soy poeta, dijo al indicarme un espacio libre y me extendió el cuaderno. También pinto, aunque estoy acá por mi hijo. Vino a competir a un torneo de taekwondo. Cuando le devolví su cuaderno con mis datos me preguntó la hora. Las doce y media, dije. ¡Me tengo que ir!, ¡Adiós! Salió tan apurada que olvidó la bolsa con el disco.

Tras su partida me quedó una sensación de bienestar, un paisaje de montañas y llanuras que se disolvió en segundos. Asumí que no regresaría, por lo general sucede eso con los turistas que se van a las prisas. De cualquier modo dejé su bolsa en el cajón de las reservas, y le pegué un cartelito de “se lo olvidó”.

Ngaromoana y su hijo volvieron horas después. Sonreían desde la puerta y salí con él disco. Mirá sus medallas, dijo ella radiante, él es el campeón. El adolescente parecía un rugbier y lo saludé. Respondió con los ojos, un ligero movimiento de los labios.
Y entonces Ngaromoana dijo “he is soft, he doesnt speak, but his soft”. Él es suave, él no habla, pero es suave. Y le acarició el hombro. El segundo suave no significaba suave sino tierno y traté de no sentir compasión. Le pregunté al chico si podía escuchar. Asintió con su cabeza y el grueso cuello. Lo felicité por las medallas y di unos puñetazos al aire, vi su sonrisa. Saqué tres fotos para que por lo menos una quedara bien. Nos abrazamos y se fueron con el disco.

7.9.18

Símbolo patrio, por Adrián Minzi






Elegía

Cito al poeta de las achuras:
¡Mente supina!
¿Si el arte no drenó al Riachuelo
dónde está?

¡Riacho falso!
¿Por qué de nuevo por milésima vez?
los animales me ven pasar como sombra
Yo soy parte y todo de tu inmundicia
Vos, el asilo de la desesperación
y tu vinagre.

Naciste para ser el descarte
de la civilización y barbarie
tu línea internacional divisoria de aguas
tiene más cadáveres
que los que mandan llamar los de traje.

Esas voces que se escuchan sin sol
 lo que vos sabés
dicen que en tus aulas hay una lucha
desde que Dios es Dios:
trabajo, no vengo, repito.
¿Y de cuanto sirve tu idioma
cuando nadie lo habla?

Conteneme amigo
dame un lugar donde estar
no quiero la calle,
ni olerte a la mañana.
¿Me das una vieja?
Hay muchas en la escuela
pero su cabeza es una olla conteniendo el guiso
que da de comer al progreso.

Juana faltó otra vez
¿Y qué querés?
Fue a la playa de la Matanza.
Vacaciones regaladas
en la arena negra adornada con tolueno.
Pide vasos de soda caústica
Y ve el reflejo de la luna enturbiada,
en las napas sulfatadas.

Ya la oscuridad se apoderó del lugar.
El agua se mimetizó y solo la diferencia el olor
mierda por sangre.
Nuevas criaturas emergen y abren sus ojos
¿Esto no es Argentina?

Madre explica:
“No salimos en el diario hijo”
“¿En policiales tampoco Ma?”
“Solo si matás un cheto,
Beto.
¿Miento?
¡Quieto!”

Les presento a Olga
Un velero uruguayo partió su cabeza al medio
Habría que llevarla a la nueva unidad de atención médica
pero no hay taxi ni plata.
Vamos a tener que ir reptando.

Hijo exclama:
“¡Personas nadando con trajes espaciales, Ma!”
“Son los superhéroes del tercer mundo, hijo
tirales piedras hasta reventarlos”

¡Ay!
En tu superficie hay silicio,
hay furanos,
hay cadmio, niquel, arsénico, selenio
hay restos de barcos, autos e inodoros
hay quienes dicen que si te sumergís en el fondo
podés juntar un ejército infinito:
desde comechingones, pampas,
ingleses con aceite hirviendo,
latifundistas, desertores,
malos amigos, una locura.
Se dice que te recibe Solís.
Están esperando el anillo de poder
Cuando llegue, van a salir a vengar todos los pecados que se cometieron
No vamos a quedar ni uno solo.


Yanis

Yanis perdió el auto
nadie alcanzó su mano.
Salió de Arenales al 300
desbocado, ojos saltando
corrió y tres gavilanes pispeaban la esquina
miró una vidriera de glamour
vió su cara fuera de su cara
¡Fash! ¡Pash!
Fue un stockeo de farofa

A la ciudad se le perdió una yanta
chivos vendiendo
cintas rojas revolucionarias
las barras vendían entradas
el trapo, el cartón y la pickup
más varios clavos enlatados
saturaban la mañana
los perros vendían amor
despellejaban, los reventaban.

Yanis se cagaba
encima tenía la carga
dos sirenitas refractaron en sus ojos
llamaban por la Coca
tres veces gritó su nombre
pidieron llamados por coaxil
via libre, viaje al mundial
No, no estaba para vos
era una marcha contra la avaricia.

La regla era negarla pero la cosa
se ponía áspera y no había
tiempo para changas.
El Hada cartones no proveía los elementos
en la cancha mojaban con arsénico recién sacado
del riacho turbio
¡qué linda era Buenos Aires!

Una patota las encaró en la calle mientras
ahuyentaban mosquitos armaron
abrigos con sachets de leche.

Son los 50 palos que se llevaron
son todos una manga
de ladrones
estos son capos
del endraguetta

San ex-pedito
liberanos de nuestros males
o sacristanos
liberanos de nuestros malos

Yanis perdió
Yanis encontró la banca de la justicia
Divina, anti real
a los pocos o a los muchos
de los jóvenes
que son muerte o botón.

¡Ya Ya!, ¿no viste nada?
Vos lo viste y no lo querés decir
tu estirpe lo vió y no lo quiere decir
Yanis, no te pierdas.

La sociedad de mudos anónimos
balbucea, pedidos de alplax a los gritos
en el paraíso somos todos iguales
no marchen
no cuelen 
abriguen que viene el invierno.

Fa, fa,
no es una nota
Yanis se volvió a perder
sin dientes
quedaron vidrios rotos
y cortes en la calle.


Cardonio

El cactus extiende su parénquima hacia el sol y abre para el viento sus espinas.
Cada uno de los granos de arena que lo rodean quiere pegarse
pero la misma correntada que los atrae tan cerca de su Meca
donde podrán depositarse
en la única alfombra verde, en varios kilómetros a la redonda
que los remueva
de la monotonía, constituido por ese tallo que pronto se secará con ellos encima,
se lleva alejando,
tal vez escondiéndolos por debajo de otros competidores que aplastan.
Y mientras Cardonio Floranga observa la escena
o parece que la observa,
arriba de un Camelisoforme rescatado de la sed mensual a la que fue condenado
por robarse un fardo repleto de lilas, que tan tentadoras le resultan
(y pecaminosas)
al nivel de perder el control de sus jorobas por ellas,
empiezan a aparecer las nubes
en la línea lejana que separa tierra de cielo.

Los pantalones de cuero que sirven de límite piel de piel con pelo
son agitados por el mismo proceso que acerca las gotas evaporadas,
ansiosas de condensarse para perderse en la superficie y correr tan rápido
como puedan. El objetivo: las napas subterráneas. Tan difíciles de alcanzar
cuando cualquier organismo obstaculiza la llegada, absorbiéndolas
en su propio beneficio.
Cardonio Floranga permanece inmutable. Intenta recordar a sus amigos
pero no puede.
Perdido en la mata de sus pelos crespos, a medio viaje entre la selva y el polo
parásitos chupasangres lo sorben
creciendo, multiplicándose y volviendo a sorber.
Él los llama huéspedes de honor en tamaño desierto.

Camelisoforme rebuzna, grita y ladra por sus tres bocas
aproximando la situación espasmo entre medio epiléptico
medio maricona.
Golpea su torso con las espuelas de gomaespuma al punto que hace sentir su talón.
Avanzan dando pasos de otra época pero sin el cactus superado
no queda nada.

La piedra pómez como collar
recubierta de un apóstol eternizado a través de su hemolinfa
manchándola y aportando su cuota de eucaristía
es también el golpe de gracia que domina la fotografía.

Para cuando se haya advenido el ocaso
los recuerdos deberán volver.
De otra manera, perderá el control y se irán esfumando
invasores sorpresivos y predecibles
no hay piedra pómez que pueda con ellos.
Mundo, rayos, espadas, lunas y una antigua baraja de cartas
¿Qué son si no?
Cardonio desmonta, desarrienda Camelisoforme y come una almendra
¿Para qué si no?
 La lluvia acaba de empezar y el festejo es exiguo
¿Cuánto más si no?
Pigmeos materializándose envueltos en togas coloradas emergen
de abajo o de arriba
beben probables aguardientes en cráneos, profiriendo una lengua muerta
como ventrílocuos hablan mientras toman
con sus vejigas natatorias saturadas.
Floranga los espera apaciguado, ya los conoce, en parte los extrañaba
son lo que hay
lo que le queda una vez que Camelisoforme salió arando con sus jorobas.

En cruz sentado
él en el centro espera con el viento furioso que arrasó con el agua
arrasó con la arena
pero esquiva su tacto.