10.2.26

Visitas, por Santiago Armando

  

Mientras más chimpancé es la gente, más ruido hace.

Juan Abreu

 

 

Sin noticias de Boca, sin información de fútbol, el boliche cerrado. Mi hermano manda videos del Chelsea contra el City. Batistuta era mejor que Erling. En fútbol nada me asombra, todo es muy obvio y bobo.

Nos visitan mis hermanas con sus familias, mi hermana mayor con su marido y sus hijos, y la menor con su hijo.

Fumar faso de transa en casa de los padres no va más, mejor bien lejos de todo, en la verde llanura, con la computadora y la casa fresca, el techo alto.

La voz de mi cuñado traspasa el frágil volumen de los ambientes de ladrillo hueco. Es y se hace todo el tiempo el boludo, transpone su pelotudeo con gracia y hace buenos asados, debo respetar a todos los invitados de la casa. Tendría que haberle dicho que por favor se vaya a hablar por teléfono a otro lado. Escucharlo me da cáncer.

 

Jueves 1 de enero. Anoche mezclé vino rosado con cerveza y me tuve que meter en la ducha y tomarme un Paracetamol más las pastillas para dormir, me dio el amarillo por mezclar un vino rosado berreta. Hoy primero de enero, diez grados de temperatura menos, se puede estar.

 

Viernes 2 de enero. Madrugada. Hace un rato el menor de mis sobrinos se encerró en el cuarto y empezó a chasquear la puerta hasta que se trabó con él adentro y tardaron un rato en abrirla, me quedo en el molde porque estoy con el hombro y la rodilla cagados, más la obesidad. Lo sacaría de esta casa de los pendejos del orto a mi cuñado, saca lo peor de mí. Estoy en el cuarto al lado escribiendo y me aturden. Siento que algo pasa cuando termino una oración, no quiero fumar más porro, me droga escribir. Pero puse a germinar una Jack Herer.

En realidad ya no puedo plantar más porque la casa está en venta y la tipa de la inmobiliaria se quejaría. El suizo tiene queso, frutilla y choco. No son buenas para escribir, para escribir eran buenas algunas de las semillas sativas que venían con el prensado. Dani me dijo que el porro me ayude a cagar puede ser la adicción, que simplemente se me afloja el ojete por la droga.

Estoy endeudado con el banco por los regalos navideños. Trataré de seguir con la librería en las redes cuando comience el año. Suena un teléfono en la casa de al lado. Me voy a dormir.

 

Sábado 3 de enero. Todos se fueron a cortar el pelo y yo falté por dormir, lo tengo muy largo. Voy al cajón de la tijera y me lo rebajo mirando el espejo del baño.

Estoy harto de los doblajes mejicanos por todos lados. No los soporto. No tolero el español latino. Hay publicidades de evangelistas y musulmanes en el Facebook. El Facebook y el Twitter son basura. La vida es muy corta para estar chupado por las redes sociales.

Deponen a Maduro al fin, se lo llevan en barco para juzgarlo en New York. En la conferencia de prensa en Mar-a-Lago Trump dice que gobernarán ellos porque no confían en nadie, que Delcy Rodríguez estuvo de acuerdo bajo amenaza de un segundo ataque. La transición tomará un tiempo antes de procurar candidatos confiables, parece. También dijo que repondrán toda la infraestructura para sacar petróleo que estaba inutilizada, y las empresas volverán y recuperarán las ganancias expropiadas por Chávez, que los venezolanos recuperarán su país en paz y que serán ricos. Que es inconcebible lo que les ha ocurrido a los venezolanos. También dijo por segunda vez que Petro debería cuidar su culo porque saben que los colombianos envían cocaína a Estados Unidos. Y lo de Groenlandia. Dinamarca ya desembarcó tropas. No hay chance en Venezuela si la policía y los servicios y los colectivos armados no son dados de baja. Lo mismo pasó en Argentina con la policía, la triple A y el ejército, tardó una generación, el policía que me detuvo en mi última internación lo hizo con una dulzura muy civilizada.

Mi cuñado hizo un asado espectacular, pero sirviendo a punta de cuchillo. No pude brindar por la deposición de Maduro con papá, para no incomodar a mi hermana comunista.

 

Lunes 5 de enero. Vino Matías y fumamos una Champaña colombiana de Black Tuna, un poco pesado el faso con este calor, ya no estoy para esto. El mundo se vuelve bastante pelotudo y todo me irrita, pero por ahora, si no molesto, quiero vivir, la muerte no es un consuelo debido al porro, que me sube la autoestima. No tengo más fuerza, tengo pesadillas malditas, quebrantos nerviosos, falta de salud, de dinero, de amor. Cuarenta kilos de sobrepeso, calor, ladrillos huecos en verano y techo de chapa, piscina de agua turbia, meada, pero la ventisca nocturna se mece suavemente sobre mí.

La Jack Herer me da energía. La energía que necesito para salir a buscar los libros, por ejemplo. ¿Quedó viejo Reinaldo Arenas, más viejo que Pedro Lemebel o Roberto Bolaño? Compré Antes que Anochezca y Viaje a La Habana para una clienta. Tengo que buscarlos a mediodía por Callao y Corrientes.

La Champaña me dio paranoia, y tenía hongos. No confíes en nadie, planta tu propio porro, no te fíes de un transa, fíate de los buenos cultivadores. Híbrida la Blueberry con la White Widow, estabilízala, fuma cuatro pitadas de Cinderella o Jack Herer, mejora tu ánimo en este mundo de mierda. O fuma CBD para aguantar el cuerpo esclavo.

Veo en los reels a mi hermano en una peluquería de Londres, junto a un Hash Bar.

 

Martes 6 de enero. Mi vieja se queja porque dejé de tomar la Pregabalina. Para ella estoy en riesgo. Me amenaza. Llamo a la clínica para avisarle a la psiquiatra pero no me atiende nadie. Mando un mail y me duermo. Cancelé los libros de Arenas y le compré uno a mi hermana de terapia con aceites. Se lo había prometido.

Mezclé Schweppes de pomelo con té de Ibiscus y me dio diarrea. Me pasaron el flyer de un transa que vende Kosher Kush, la original de DNA Genetics. Tiene la Chocolate Fondue también, que es Chocolope con Exodus Cheese. Tiene buena puntuación en Leafly. La Kosher es un clásico.

 

Miércoles 7 de enero. Hace dos días que no veo a mi cuñado, el otro día que fumé la Champaña me dieron fantasías de acuchillarlo, por suerte fumé pocas pitadas y no dije nada, pero luché con mis instintos de mandarlo a la mierda. El té frío de Ibiscus me relaja, hoy dormí ligeramente las pesadas horas de la tarde sin ruidos. Mi hermana menor y el hijo no hacen ruido. Ahora está cocinando unas nuggets.

Vinieron todos y están mirando El señor de los anillos.

El Ibiscus o Flor de Jamaica cuesta veinte lucas el kilo.

Puse la Jack en una botella de Coca-Cola grande.

 

Miércoles 21 de enero. Dos semanas enteras sin computadora fumando la kosher kush y la chocolate fondue: La kosher buena, no da euforia, no es demasiado estimulante, pero te hace toser como la puta madre, apenas la podía pasar. La choco fondue un sorete con mucho olor que alertó a mis parientes, pero nada del otro mundo. Me gustan las índicas porque son narcóticas y no dan euforia, son calmantes, hay sativas sin euforia pero no son buenas para escribir a como yo estaba acostumbrado, pero me estuve releyendo y soy un embole, y todo lo que escribí en el cuaderno es una bosta. La que me gusta es la Jack x Blueberry y la White Widow x Blueberry, la Cinderella 99’. Extraño los fasitos que me daban las plantas de mi terraza.

Hice unos poemas que paso a transcribir.

 

La bocina de chata del delta

Y el tren zumba

Los niños juegan a los dados

El cerco auditivo de los grillos

Y unos nidos intranquilos

La paz finalmente

En el ocaso de la pradera

Con las primeras estrellas

 

Rezar, dormir, el viento.

Lo demás es una pesadilla

De joven había que huir de los padres

A la madurez las cotorras huyen

Y las reuniones sin fumar

Callan todos y sopla el viento criollo

Y los tufos del viento norte

Se guardan en los cajones

Lo sabes aguardando la temperatura del mate

 

Los pájaros son

los primeros que callan

en el viento norte

que atiza las casas

de ladrillo hueco

 

La mucama nueva se negó a limpiar mi cuarto y mamá le dijo que no venga más, después fuimos a la psiquiatra, mamá fue a pedir que me internen para poder irse de vacaciones, con el pretexto de que estaba fumando marihuana. Le expliqué que es una índica que me ayuda a la mañana con la resaca medicamentosa y además le dije que saqué la Pregabalina porque me mareaba y perdía el sentido, además me subía la presión, me la cambiaron por Rivotril. Me mandaron a hacerme análisis porque la Risperidona me puede cambiar el metabolismo y subirme la glucemia, que siempre estuvo normal. Lo que me da alto siempre son los triglicéridos.

El rigor de fumar porro todo el tiempo no es para mí. No sé para qué me metí en esto. Ahora no tengo Serotonina y tengo mucha hambre. Las piernas pesadas. Sin fuerza.

 

Viernes 23 de enero. Estoy leyendo las Memorias errantes de Adolfo de Obieta. Si leo de noche con las pastillas, al día siguiente me queda un recuerdo borroso.

 

Volvió mi cuñado y vino mi cuñada con sobrino, la pileta es un griterío, mis viejos duermen con el aire, yo acá arriba cagándome de calor. No tengo fuerza. Le conté a mi hermana de cuando lo vi a Ray Bradbury en la feria del libro, estaba solo esperando que alguien viniera a que le firme un autógrafo y no había nadie con él, lo pude observar perfectamente pero no me animé a hablarle, era enorme, con el pelo blanco y anteojos, la cara grande rosada, con una camisa de jean y caquis. Era un típico yanqui blanco de los de antes, que se están extinguiendo, como los italianos de acá, llamados gringos, o polacos en el interior.

Lo de Macedonio, un escritor metafísico de hace cien años, que cuidaba del cuerpo, parecen buenos sus hábitos de comida, dormir mucho, pero fumaba, le escribe a Ramón Gómez de la Serna que lo compren con cigarrillos. El papá de Borges lo llamaba Macedonio Farniente.

Quisiera no tomar más pastillas. Pero me da dolor de pecho a la noche si no las tomo. Oh, una mujer nueva en mi vida, libros y libros para vender, tomarme el bondi al centro. Ganarme un loto, recuperar la alegría, qué imposible todo. Solo pueden contentarme la Jack Herer y la Cinderella 99’ sin este calor ni las visitas. La verdad es que la venta de libros cayó con la última recesión de Macri y no se recuperó, después vino la pandemia y la mala fama de Scardanelli Libros por poner cosas de la Virgen de la Salette.

 

Sábado 24 de enero. Se fueron las visitas. Todo está tranquilo. No me pude despedir de ellos porque estaba dormido. El chiquito se ponía a gritar en la escalera, a cantar en la mesa, y yo no podía estar en ningún lugar, los ruidos me hacen salir de la piel como un loco. Se fueron silenciosamente. Mi cuñado me dejó el Esquilo y el Sherwood Anderson que le había dado. Todo está en paz. Me hice un mate, regué mi plantita, está nublado.

El Intel i5 que me pusieron es del año 2013, y un motherboard Asus que se tilda. Doscientas lucas el arreglo.

Lo del cuaderno que escribí fumado es todo una porquería. No tuve tranquilidad en ningún momento durante el mes pasado. Me la había agarrado con los hijos de puta balzacianos. Odio a Balzac, a Flaubert y a los pelotudos que los leen y que los traducen.

 

Domingo 25 de enero. Matías estaba en su casa y tosió y se cayó al piso por su bloqueo en la columna. No sabe cómo hizo para abrirle la puerta a la ambulancia. Se cagó la columna andando unos metros en skate y se fue a la mierda, tenía cuarenta años, ya casi diez con este asunto. Toma Tramadol y labura todo el día. Yo tengo miedo de irme a la mierda en la ducha, no tengo buena estabilidad con esta gordura.

No quiero escribir así.

5.2.26

Rebelión en la granja, por Paul B. Preciado

 

No produzcas nada. Cambia de sexo. Conviértete en el maestro de tu profesor. Sé el alumno de tu estudiante. Sé el amante de tu jefe. Sé el animal de tu perro. Todo aquello que camina a dos patas es un enemigo. Cuida de tu enfermera. Entra en una prisión y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. Conviértete en el asistente de tu secretaria. Limpia la casa de la señora de la limpieza. Prepara un cocktail para el barman. Cierra la clínica. Llora y ríe. Abjura de la religión que te fue impuesta. Baila sobre las tumbas de tu cementerio secreto. Cambia de nombre. Cambia de ancestros. No busques gustar. No compres nada que hayas visto transformado en ícono en una pantalla ni cualquier otro soporte visual. Entierra la escultura de Apolo. No busques gustar. Haz tus maletas sin saber donde te mudas. Abandona a tus hijos. Deja de trabajar. Entra en un campo de refugiados y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. Prostituye a tu padre. Pasa una frontera. Exhuma el cuerpo de Diógenes. Cierra tu cuenta de Facebook. No sonrías en el momento de la foto. Cierra tu cuenta de Google. Entra en un museo y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. Abandona a tu marido por una mujer diez años menor que tú. Todo aquello que camina a cuatro patas y todo aquello que tiene alas es un amigo. Solicita la clausura de tu cuenta bancaria. Rápate la cabeza. No busques el éxito. Abandona a tu marido por un perro. Redacta una respuesta automática para tu email: “Durante el 2017 y hasta nuevo aviso, contácteme por escrito a la dirección postal 0700465.”. Regala toda tu ropa y comienza un curso de corte y confección. Destruye la carpeta Dropbox de tu ordenador. Prepara una maleta vacía y vete. Pasa una frontera. No hagas ninguna obra nueva. Abandona a tu mujer por un caballo. Abre tu maleta en cualquier calle y acepta aquello que los demás te den. Aprende el griego. Entra en un matadero y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. Cuelga una flor en tu barba. Regala tus zapatos más bonitos. Cambia de sexo. Ningún animal usaría ninguna ropa que no haya confeccionado él mismo. Acuéstate en el suelo de tu oficina y mueve tus pies como si bailaras en el techo. Sal y no vuelvas. Abandona a tu mujer por un árbol. No analices ninguna coyuntura. Exprésate exclusivamente en idiomas que no conoces con personas que no conoces. Pasa una frontera. Deja de votar. No pagues tu deuda. Quema tu carta electoral. Ningún animal mata otro animal. Destruye tu tarjeta de crédito. Valora aquello que los demás consideran inútil. Admira aquello que los demás consideran patético. Busca ser invisible. Intenta no ser representado. Ningún animal dormiría en una cama construida industrialmente. Cambia el objeto de tu libido. Descentraliza el placer genital. Siente placer por todo aquello que trasciende los límites de tu cuerpo. Deja que Gaia te penetre. Adjura de la farmacología. Cambia los ansiolíticos por el pasado. Trenza. Teje. No construyas una casa. No acumules. No comas otros animales. No fomentes el desarrollo humano. No segmentes. No aumentes los beneficios. No mejores. No inviertas. Entra en un hospital psiquiátrico y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. No coordines las acciones. Revisa la basura. No pagues el seguro. No escribas la historia. No organices tu jornada de trabajo. Reduce tu nivel de rendimiento, consciente e inconscientemente. Ningún animal beberá vodka Absolut. No descargues videos de Youtube. Si aun no lo has hecho, no te reproduzcas. No te modernices. No utilices la comunicación de manera estratégica. No preveas el futuro. Intenta hacer lo menos posible durante la mayor cantidad de tiempo. No busques mejorar tu productividad. Entra en un asilo de ancianos y reproduce la escena central de Rebelión en la granja. No rindas cuenta alguna. Admira el saber que los otros no llaman conocimiento. No digitalices nada. No dejes pista. Envía una carta a tus rivales: “Renuncio. Feliz año.”. No aumentes la infraestructura logística. Escoge la vida en vez de escoger la prolongación científica de la esperanza de vida. Todos los animales son iguales.

Barcelona, 24 de diciembre de 2016

  

Tomado de: Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce, Barcelona, Anagrama, 2019; pp.  242-244.

2.2.26

Manual místico para abrir, por Noe Vera

  

(Sobre Las bandidas abren el tesoro, ¡qué suerte!, Bahía Blanca, Vox/Lux, 2025)

 

De Las bandidas abren el tesoro, ¡qué suerte!, de Lucía Caleta, quiero decir poco, porque todo lo que importa pasa cuando se lo lee. Como cuando en la niñez te leen en voz alta algo que te atrapa y no querés que ese momento se termine nunca. Porque es puro disfrute y al otro día pedís que te lo lean de nuevo, lo amás el doble y entrás en el planeta de los sueños con una sonrisa dibujada.

Empecemos por el título, que transmite una alegría niña. Te dice desde el principio que algo termina ¿o empieza? Muy bien. Hay un tesoro y va a ser abierto por las heroínas. ¡Qué suerte! Desde el primer poema, además, sabremos que nuestras bandidas van calzadas, toman a su paso lo que quieren sin tener que hacer ojitos, son centauras, motomamis, pistean a la par que cuidan la montaña. Esa es su misión. Y una vez que el tesoro les es dado, lo liberan: lo dejan al viento, lo llevan de paseo en sus naves majestuosas.

Liberar el tesoro, vaya consigna política para un día como estos que nos tocan. Todo lo que ellas hacen tiene un sentido trascendental. Las bandidas viven en una casa grande todas juntas y actúan guiadas en pos de un bien que es colectivo, nunca individual. Guardianar la montaña de la contaminación capitalista villana es una tarea que les fue asignada por una voz divina. La del mismo tesoro que además les pide que creen una canción, una que pueda cantarse por todos los “yoes” del mundo. Quienes tengan el poder, en esta poética, van a tener que incluir.

Y ¿quiénes tienen el poder y la suerte en esta historia? Las pandilleras que son mil y están rotas pero juntas y se la juegan. Juntas no temen. Se llevan bien, son guarida, una máquina de hacer justicia o hechizos, que es lo mismo.

En otro poema hay unas lobeznas huérfanas que son alimentadas por humanas, una reversión del mito de Rómulo y Remo, lobitas nutridas por unas poetas nodrizas, quedan piponas. Cuando se despiden, las nodrizas, se pronuncian así: “Para no perder tu / animal / aprender a domar / no está mal / no quererlo todo / disciplinar a la fuerza/ desconocida/ no está mal / no quererlo todo.” Esto les dicen cual oráculo a las bandidas. Y ellas maman de todo ese manantial lácteo verbal. Se fortalecen, toman las palabras de aquellas en quienes creen como hoja de ruta, camino a seguir, plan sagrado. De eso habla este libro.

Hay mucha mística y algunos poemas en primera persona que hurgan en el origen de la fe, una suerte de memorias sobre personajes y momentos que hicieron prender una llamita interna, una manera de escuchar y de ver que tiene que ver primero con creer. Me gusta pensar que estas memorias, estas historias, pertenecen al pasado de algunas bandidas. Como la máquina de los conjuros que es una señora que enseña a una niña a curar. O esas adolescentes que se arman frente al espejo (como todas las adolescentes) y que se miran sosteniendo un arma, posando juntas y viéndose poderosas por primera vez. O como la virgen que se fuma un pucho que es una mancha de humedad que una de las amigas ve abajo de su cama y a la que le trae suerte. Las amigas hacen fila para verla cada día, la ven linda, la ven sonreír, podría ser una de ellas. Y si no la ven, practican, se aprenden oraciones para atraer la aparición. Porque un golpe de suerte así, se parece a renacer y en estos poemas se dice que nacer es espectacular.

Las heroínas de estas historias son renacidas, se aventuran a un mundo que va creándose a su paso, leyendo los mensajes que traen las piedras, los animales, las nubes y por qué no sus corazones que también son sagrados. Me atrevo a decir que Las bandidas… es el segundo libro de una saga que empezó en Una reacción en cadena y un conjunto (Palabras amarillas, 2022) donde asistimos a los efectos de un big bang que instala una especie de mito fundacional para tiempos venideros, un mundo nuevo, en grado cero. Las protagonistas de estos poemas bien podrían ser las habitantes de ese mundo y vienen a desplegar, horizontal, una épica coral creativa y renovadora.

“Si cuento una buena historia, las personas me respetarán más” dice el epílogo de este libro que es un manifiesto de ternura y se llama “Dónde depositás tu fe”. Y yo, quiero que sepa, Lucía Caleta, que la mega mil respeto.

Lo último: este libro dan ganas de leerlo en voz alta a nuestras ídolas en común. Porque, de alguna manera, está escrito con ellas, gracias a ellas, para ellas. Se lo leería a Donna, a Úrsula, a Rosalía, a Terry, a Liliana, a Lucrecia, a Lucía, a Björk, a Pedro, a Tamara. La autora de Las bandidas… se atreve a preguntarse si seremos todas unas hermanas galácticas de otros tiempos y espacios. Puede ser, hay personas de esta lista que ya no viven. Lo que sé es que lo escucharían hoy, en 2025, con un brillo en los ojos, lágrimas chochas y la misma sonrisa en la cara que tuvieron de chicas. Y pedirían más, ¡otra vez! Porque estos poemas, llenos de musiquita y ritmo duro, de rimas graciosas y elegantes, de aventuras y fantasías, nos recuerdan que a cualquier edad leer puede ser un placer y un mimo.

26.1.26

El río, por Cecilia Bainotto

Pocos saben cuál es el río de mi pueblo/ y hacia dónde va/ y de dónde viene/ y por eso, porque es de menos gente/ es más libre y más ancho el río de mi pueblo…

Alberto Caeiro

 

Meses atrás le mostraba fotos a una amiga. Eran fotos del río que pasa por mi ciudad. El río de día y el río de noche. Un camino de agua sinuoso o recto que fluye entre los árboles y un tronco en primer plano parece viajar con él. Mi amiga de inmediato me recuerda “El Tajo”, un poema que Fernando Pessoa firma con su heterónimo Alberto Caeiro, y me dice: “Leelo, lo ha escrito para vos”.

Así era. El sentimiento del poeta se parecía al mío y es cuando una cosa es parte de tu historia y jamás se va de la cabeza. Un torbellino de emociones alborotó con los versos, gajos que se desprenden del tronco del poema, millones de gajos por lecturas semejantes.

Es tan extensa la sombra de ese árbol como el cielo al que llegan los ojos. El poema del que cada cual se adueña con derecho porque es su río. El que cada uno reconoce como un personaje amable, a veces torrentoso, bordeado de moreras, sauces, cortaderas y pastizales. El río que te trae las vivencias o las reaviva cuando ves a dos chicas que navegan con piragua y los cabellos largos y mojados, pegados sobre las espaladas.

Emilio, el padre de Mirta, diciendo desde la orilla: “Ustedes sigan que yo espero en el balneario. Cuídense, estén atentas”. Teníamos más o menos 14 años. Muy menores para la época. Nos sentíamos acompañando a Tom Sawyer en sus aventuras. La travesía incluía tramos donde las copas de los árboles son frondosas y el río se angosta. Allí el silencio es más profundo con el paisaje de frente y donde solo caben el sonido que hacen las palas de los remos y el de los pájaros.

Después llegar al balneario, dejar la piragua, y que los ingentes chorros de agua que largaban las bocas abiertas de las compuertas, golpearan los cuerpos acalorados. Era la segunda parte de la aventura, pero más ruidosa. Había otros bañistas y algunos parecían salmones saltarines que se sumergían y emergían de los chorros. “Mirá cómo lo hago”, “Dale, tirate ahora” ¿Imprudencias? Y sí… pero los jóvenes no nos hacíamos caso y menos a los mayores con advertencias. La sirena lastimera de los bomberos, cada verano, era la vocera de que algo había sucedido y el pueblo se vestía de luto. Pero eso pasaba y la atracción seguía latente.

Con el tiempo las cosas se transforman y lo que rodea al rio no escapa a esa perogrullada.

La ribera se pobló de zonas parquizadas y juegos para niños. Los clubes con sus piletas, canchas de tenis, paseos, bares y el puente de arcadas de hierro contorneadas por luces púrpuras, azules y verdes, son imágenes de lo nuevo que no borran el sentimiento que genera nuestro personaje acuoso.

De hecho y con derecho a ese espacio, por más pileta que tengas en tu casa, el rio nos sigue congregando. Más contemplativos o más activos. Caminado, ejercitando el cuerpo, durante las noches del verano es remanso y el fuego controlado en fogones tiene algo de tribal con acordes de guitarra y leve sonido de agua. Es placentero sentir la armonía de los dos elementos.

Esto es solo una parte del río de mi pueblo. El que tiene un nombre aborigen “Ctalamochita” y otro nombre, “Río Tercero” para los mapas. El que baja de las montañas, el que llega a la llanura y al unirse al rio Carcarañá pierde identidad, se hace uno, y el  caudal alimenta al del Paraná y éste a su vez desemboca en el Río de la Plata.

“Todos los ríos van al mar” como dice la Biblia en el Eclesiastés 1:7. Tan vasto el mar y tan extraño para los que nacen a orillas de un hilo de agua.

Tal vez ese sentimiento de ajenidad con respecto al mar se haya olvidado por lo turístico. Tal vez el desgaste que deviene de lo naturalizado nos arrebate el asombro del imparable viaje que hace nuestro río.

Inmutable en su aspecto pero nunca el mismo.

Por la apariencia de inmutabilidad una le pregunta: ¿Dónde está Mirta? ¿Qué fue de Hugo y de Laura? ¿Marta vive en Brasil? ¿Marcelo es periodista? ¿Y el Chico de ojos verdes? ¿Las mateadas y las charlas? ¿La preparación de las previas a marzo? ¿El paseo con los perros y el olor a la quema de hojas cuando llegaba el otoño?

Por lo segundo en su inherente devenir una se reserva las preguntas ante el cambio de las cosas.

 

 

Mudanza real vs mudanza virtual

En las mudanzas siempre se extravían cosas y otras directamente se rompen por impericias del mudancero o de una misma. Por más refuerzos de las cajas, por más cinta de embalaje y precaución.

Quien se ha mudado de casa varias veces, por razones que no vienen a cuento, sabe de esta cuestión. Como también que, en los últimos minutos, pues el camión está en la puerta con estridentes bocinazos, hay corridas porque todavía quedan en un rincón un toallón, la plantita del balcón, el cuenco de la mascota y algún otro elemento que se oculta rápido para no ponerte colorada.

A todos los prolegómenos y en proporción de tiempo y relación vecinal, una avisa a algunas personas que deja el lugar para siempre con los saludos formales y si lo amerita, pasa la nueva dirección.

Y algo de mudanza hay cuando una cambia de cuenta en Facebook. Es otra dirección y las acciones son réplicas de esos cambios que suceden en la realidad: avisar a los amigos virtuales el nuevo perfil, recoger algunos contenidos, en fin...

También algo se pierde en estos cambios, como amigos virtuales que una ya no ha podido ubicar o ellos no te encuentran a vos.

Por suerte he rescatado a algunos. 

Se pierden fotos, textos compartidos y sobre todo un tono que no volverá a repetirse. 

Hay bastante semejanza entre una y otra mudanza solo que la de la realidad   te cuesta dos ojos de la cara y la otra, en apariencia, no te cuesta nada.

Es un click, un enter, un send y listo.

12.1.26

Desde el otro lado del aula, por Laura Cilento

  

(Sobre Tenemos Química, de Esther Novik de Wolf con puesta en texto de Paula Labeur, Buenos Aires, MareMiun, 2024)

 

La experiencia de los estudios de nivel medio, secundario, o como nos guste llamarlos se asocia en parte a la edad de oro de nuestras vidas y en parte a la burocracia educativa. A su vez, equivalen a una especie de Edad Media de nuestros trayectos educativos, pero en esa versión oscurantista de la Edad Media, época bárbara entre la ultraclásica y refinada Antigüedad y las luces de la Modernidad racionalista. En la Edad Media y en la Escuela Media hay que atravesar momentos de pocas luces, síndrome de la baja atención del adolescente conocido en otras épocas como “edad del pavo”, sopesar los aprendizajes de la vida que compiten muy ventajosamente a veces con los del aula, y administrar el estudio de materias de formación general que muchas veces los adultos que acompañan dicen que “hay que pasarlo” para “después llegar a hacer lo que verdaderamente te guste”.

Como de verdad la vida va pasando, y la posta de las responsabilidades y de los placeres ganados a pulmón en otras etapas de la vida nos ponen en otra óptica, la secundaria termina siendo un rescate emotivo de ese laboratorio de relaciones humanas al que, a esa edad, seguramente no podríamos haber accedido de otra forma (excepto quienes tempranamente entraron al mundo del trabajo).

Desandar estos estereotipos del imaginario colectivo es muy difícil, y tal vez no haga falta para aceptar nuestras realidades personales del presente, pero quién nos dice que tal vez revisando algo de esa etapa oscura y medieval no descubramos algo mucho más que lo puramente divertido o lo más pelmazo… Algo que tiene sentido haber hecho. Con este libro podemos, cualquiera sea nuestra condición de adultos-as, desviar la mirada interna de nuestro ser alumno-as y conocer la voz y el relato de una actora social que estuvo en la trinchera, pero supuestamente del otro lado: nada más y nada menos que la profesora… y¡¡ de Química!!

Si bien leyendo hacia el final de Tenemos Química entendemos por qué aparece un póslogo que sintetiza lo narrado como “Autorretrato coral de una profesora”, confirmamos también que lo que habremos leído durante 165 páginas participa de ese gran género de la Historia (¡¡el único!!!) que a todos nos pica con curiosidad que es la biografía, sumada a que está contada por su propia protagonista (después volveremos a lo coral). Esther entra a la Historia por la Química, y entra por ser profesora y por ser Esther: así funcionan los géneros biográficos, con un pie en una vida humana, esa vida, pero otro pie abriendo una ventana a las memorias, género vecino y más expansivo: de paso que conocemos una vida entendemos algo de la época en la que le tocó transitar, contra qué lo tocó chocar y desde dónde pudo tomar posición.

Si Pablo Neruda terminó popularizando Confieso que he vivido ya que así se titulan sus memorias, Esther debería imponer algún subtítulo como “Informo que he vivido”. El lapso que se abre entre 1960, año en el que se recibe de profesora de Química en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González y 2007, año de su jubilación de la docencia, ya impresiona por el arco temporal que traza, pero estas evocaciones no están al servicio de confesar nada que muestre un lado oculto, sino para dar cuenta de en qué empleó sostenidamente el tiempo. No hay revelaciones de hechos atroces, de traiciones, de desamor ni de venganza. Es la acumulación de laburo docente que tuvo -y tiene- tanto sentido, que acomodó el rumbo propio y el de quienes se cruzaron con ella, en esas cápsulas de tiempo adolescente que son cada clase de cada materia, cada día. No hay secretos que necesitaran ser revelados, solo informar todo lo resuelto, desde el llanto de la recién recibida a la que le cuesta mantener sus primeros y provisorios cursos hasta la autora de materiales didácticos y la capacitadora docente.

Narrativa sumaria, sin resuello para la larga disquisición o la lenta creación de atmósfera. En realidad la atmósfera sale de lo que se hizo y se dijo, porque esta vida de Esther está llena, repleta, de años y de personas. Pasan los años como relámpagos.  El placer de leer de corrido tiene el efecto de que imaginemos que se vivió así de corrido, y como es de esperar está apuntalado desde las artes de la puesta en texto. Algunas veces, ese relato se interrumpe, y llegan documentos y testimonios. Entre los primeros, recomiendo detenerse en el recorte de La Nación del 25 de septiembre de 1960, para descubrir a la joven Esther N. de Wolf en retrato de sociedad (atención, que su imagen está solo muy alusiva en la solapa izquierda y hasta ahí llega, así que recomiendo analizar bien el retrato de prensa). Luego recomiendo divertirse con las autoevaluaciones de alumnos-as, o las letras de canciones donde los nervios ante la imponente Esther se transforman en una celebración por tener una profe tan exigente.

Los testimonios también están intercalados con la voz relatora de Esther, son sus exalumnos.as, ayudantes de laboratorio y colaboradores que fabricaron su propio relato, resucitaron algunos fantasmas de sus adolescencias o juventudes escolares. Son Andrés Kreiner, Laura Barnator, Gustavo Noriega, Elsa Drucaroff, Daniel Kestelman, Sandra Leschiutta, Laura Lande, Susana Adonaylo, Judith Gociol, Jorge Muntané, Karen Scheps, Magalí Bialer, Florencia Naftulewicz, Verónica Llinás. Ese estar intercalado es todo un desafío: enriquecen varios aspectos que Esther venía presentando, pero la voz de Esther retoma tan campante como quien estuviera ajena a ese montaje, la deja tan plenamente consciente de lo que hacía o decía, que son ellos los que parecen estar previstos por ella.

Tomo por caso una de las piedritas de colores que arman la sección “Caleidoscopio”:

X. Día del estudiante. Me enteré hace poco de que alguien contó, en el grupo Whatsapp de ex alumnos del Pelle de la promoción 1984, que yo les había tomado prueba sorpresa un día después del día del estudiante. Puede ser que la haya tomado, pero es imposible que haya sido sorpresa.

Si en los testimonios transcriptos alumnos-as y colaboradores ponen en valor intelectual y afectivo a la profe, y la refieren, ella también los refiere cuando sigue, en la actualidad, patrullando esos recuerdos y poniendo en claro cuáles eran sus reglas de juego. Negociando (y concediendo) la exigencia, pero no la traición.  Esther dicha por otros en los testimonios es quien también usa la palabra en su libro para decir a los otros. Incluyendo además lo mucho que aprendió de todos ellos. Esas microhistorias, dentro del gran relato biográfico, también un flash, son a veces pequeños relatos que degustamos como literatura, breves cuentos bien construidos desde juegos narrativos. “Correo sentimental”, “Caleidoscopio” son algunos de los ejemplos.

Esther hipercapacitada pero nunca jamás pasiva receptora, y menos repetidora; respetuosa de los criterios científicos, pero echando mano a soluciones improvisadas para el aquí-y-ahora-del aula con tal o cual alumnado. La estrategia de las evaluaciones de fin de año con encuestas donde hay que terminar un comienzo de oración sugestivo es un ejemplo. La lucha para imponer que la práctica de laboratorio estuviera en manos de los chicos y las chicas, que tuvieran su momento de teoría, de preguntas y de hipótesis, pero que llegaran a ese final de camino que implicaba dejar de escuchar y de mirar y empezar a arremangarse.

Pero además, y fundamentalmente, es la autobiografía profesional de una profesión poco visibilizada como tal. Esta es la ventana abierta a las memorias. Enterarse de cómo funcionaban los tanques editoriales nacionales (Kapelusz, Colihue), a los que se subió y aprendió a manejar. O las vacaciones tiliingas de ciertas familias durante los 90, que sacaban a los chicos del estudio por obra de la liquidación de un shopping en Miami. Y es relevante, para contarles cómo hay que desplegar el libro para sacarle provecho, que la perspectiva sorprendida de la profe (por ejemplo, cuando le dicen en Kapelusz que quieren que publique materiales para docentes, ella no lo puede creer, pero enseguida larga la gran idea de los cuadernillos de trabajos prácticos) cuando cuenta, pero recordemos también que es contada, sutilmente, por la puesta en texto de Paula, que monta el énfasis, al dejar desnuda y muy visible la anécdota, en las capacidades, la praxis y la visión de una profesional de la educación. Por eso Paula no solo pone en texto, sino que pone en valor a través de, sin filtrar su voz autorizada de especialista de primera línea en didáctica de nivel medio, como si nos dijera, escrito en tinta invisible, solo para cómplices lectores, “miren de lo que era capaz esta profe”, “miren el conocimiento auténtico que genera el trabajo en el aula, por más capacitaciones y prescripciones ministeriales que se crucen en el camino”.

Me hizo saber que se dice verter y no vertir”, “me hizo saber que, si ella había sido importante para mí, de alguna manera, la inversa también era cierta”, “sabe mucho y quiere que sepamos mucho”, “me hizo dar cuenta de que podía hacer esas materias que me daban temor”: son otras tantas formas de hablar de, pero sin usar el verbo “enseñar”. Por si dejamos de notarle la importancia que tiene y pudiéramos pensarlo usando unas palabras más firmes, más duras, pero más sinceramente apasionadas, “hacer” y “saber”, está esta vida de Esther que nunca será más oportuno que corramos a leer, antes de que no solo volvamos a la Edad Media, sino de que terminemos volcando en algún tacho paleolítico.


4.1.26

Un trayecto urbano, por Javier Fernández Paupy

 

Bajo del 152 en la puerta del salón Pueyrredón. La cara pintada de Santiago Maldonado. El puente y el cielo. La avenida atravesada por colectivos y autos, motos, camiones. Un minuto en la pared de una pizzería en Santa Fe, esquina Godoy Cruz. Veo pasar colectivos de líneas 39, 55, 60, 59, 161, 68, 108, 139, 67, 194, 12, 29. Es un afluente de colectivos, ruido de motores, frenos, chirridos metálicos. El espacio está saturado de olores mecánicos, de personas en tránsito continuo.

Santa Fe y Juan B. Justo. Estación Palermo. Línea San Martín. Próximo tren 13 minutos destino PILAR. Un croto entra en los baños. Un guardia de seguridad apostado en la puerta del baño. “LIBROS A PRECIOS MUY BARATOS”. El vendedor pelado con barba blanca, absorto en una fotocopia, con un resaltador en la mano. Este hombre que ahora veo concentrado leyendo Alexis de Toqueville y que después, en una conversación que ahora no viene al caso, compararía el estilo del aristócrata francés con el de Karl Popper; prosa racional y organizada, mirada analítica sobre la sociedad, estilo demostrativo, casi didáctico.

Camino el andén. 11:10 de la mañana llega el tren. Desde la estación Palermo, en donde estoy, son seis estaciones por delante antes de Caseros. Por la ventanilla veo una perspectiva de carteles. Anuncian espacio disponible para publicitar y ofrecen un número de teléfono. El cielo cubierto de nubes. Hay asientos libres en el vagón.

Conversan en el asiento de al lado. Risas. El lento rumor de sus conversaciones. Más de ocho personas absortas en sus auriculares. Cuatro con anteojos de sol. El tren llega a la estación Villa Crespo. Movimiento. Una madre con su bebé, qué frágil y, a la vez, poderosa parece con su hijito a cuestas.

Entre los demás pasajeros que van y vienen por los pasillos del tren, dos caras de aburrimiento, aisladas en las pantallas de sus celulares. Personas solas. Cinco guardias del tren vestidos con pantalones y chombas negras, en un asiento doble, enfrentados, uno de pie. Risas y anécdotas, viendo el paisaje por la ventanilla.

Una chica ofrece: “¡Chipas 2 x 1.000 las chipas!”. “¡Buen día, chipas!”. Desde la ventanilla, tanques de agua, terrazas recubiertas con membrana, techos de chapa. El tren pasa por un cementerio, entre las estaciones Villa Crespo y La Paternal.

“Buen día, permiso. Son dos resaltadores, dos lapiceras y un liquid paper. Son cinco artículos FILBOX por 1.000 pesos”. La vendedora camina por los pasillos. “Por mil pesos nada más”, repite, tambaleándose por el pasillo. Veo pintadas en los bordes del andén. Construcciones precarias a la vera del tren. Pintadas en los túneles de La Paternal.

Una vendedora de colitas de pelo avisa posibilidades de pago: “¡Transferencia, Mercadoooooo!”. Lleva un carrito plegable con gomitas de pelo. Un señor con una visera dada vuelta, orejas salidas, parece de más de 70 años, ofrece estampitas asiento por asiento.

11:22 AM suena la sirena y se abren las puertas del tren. Después suena un silbato y otra vez la bocina eléctrica. Estación Villa del Parque. Pizarra eléctrica del otro extremo del vagón. “Usted está en estación Retiro. Combinación con las líneas C y E del subterráneo. Estación terminal. Todos los pasajeros deben descender de la formación”. Después aparece la leyenda en inglés. “All passengers must get off the train”.

Pasa una vendedora que dice: “Para proteger la pantalla de tu celular. Vidrios templados”. Lleva una caja y muestra los protectores. Después recorre el pasillo otro vendedor: “Alfajores con dulce de leche bañados con chocolate”. Ofrece, cuando llegamos a la estación Sáenz Peña: “Riquísimos alfajores… Todos con fecha de vencimiento…”.

El tren deja la estación. A las 11:32 AM llega a Santos Lugares, justo cuando un vendedor deja entre los asientos una bolsa con bandas elásticas para el pelo. Enseguida un vendedor de chocolate dice: “Vale 1.000 pesos nada más” y agrega: “Una delicia de chocolate”.

11:30 el tren llega a la estación Caseros. 11:32 AM camino por el andén. Lo recuerdo. Lo había olvidado. Hasta la salida, donde marco la tarjeta SUBE, así como la hice en la entrada, me desplazo con naturalidad. El viaje cuesta $720.

Camino por el espacio que rodea la estación. Delante del kiosco de diarios y revistas intervenido y pintado con el estilo del fileteado porteño. “Para vos canilla”, dice sobre un fondo negro, en una especie de escudo sobre una superficie verde. “Sos el estribillo de un tango que arranca… allá entre las teclas de una redacción”.

Atravieso la Plaza de la Unidad Nacional. Cercado por rejas negras, dos banderas y un cartel que dice: “CASEROS MONUMENTO AL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN 1892 – 23 DE FEBRERO DE 1992”. En esta plazoleta se encuentra el archivo histórico de la municipalidad de Tres de Febrero.

Tomo la calle Juan Bautista Alberdi, desde el 4.888. Las calles transitadas. Instituto Abate José Rey. Tienda de artículos para el hogar Easy, a la izquierda. El paredón de la Planta Industrial Caseros, Klaukol. “CON LOS JUBILADOS NO”, dice en letras blancas y celestes en el muro que separa la calle de la fábrica. La fábrica Silka. La fábrica de ginebra Llave. Otra pintada que dice “CON LOS JUBILADOS NO” y lleva como firma la leyenda PJ BETTY NUÑEZ.

Después, retomo el camino, siempre por la calle Juan Bautista Alberdi.

12:22 estoy en la estación Caseros para volver a Palermo. “Vení, abuela”, dice un niño con guardapolvo escolar. Hay muchas personas en el andén. En los cortes de pelo, en el estilo de los tatuajes, en el tono de sus voces, alguien podría establecer matices y diferencias entre las personas con las que comparto el andén y las que había en la estación Palermo.

Todos los asientos ocupados. Treinta personas de pie alrededor. Un hombre lee; una chica teje sentada al lado de una señora que mira alelada la pantalla de su celular. Una mujer con un bebé upa parece más indefensa, a la vez más libre y desprovista de mochilas, bolsos y atavíos que los demás pasajeros. Miradas cansadas de adultos con gorra. Agotamiento en sus miradas y en la postura de sus cuerpos, espaldas encorvadas.

Celulares, auriculares, anteojos negros. Desde la ventanilla se ven formaciones de trenes abandonados en las paralelas. El tramo entre la estación Caseros y Santos Lugares dura 7 minutos. Una persona, reducida en su butaca, duerme con la boca abierta.

Al lado mío veo a tres personas estupefactas frente a las pantallas de sus celulares. Una serie o una película a la derecha; un chat a la izquierda. Paisaje agreste desde la ventanilla. Imágenes en movimiento. Pequeños desplazamientos en el pasillo.

Estación Sáenz Peña. 12:33 AM. Dos minutos después el tren llega a la estación Devoto. “Jesús, una iglesia para todos”. Zinguería. Villa del Parque. Un vendedor ambulante discapacitado hace un esfuerzo por dejar una banda elástica en el respaldo de cada butaca. Camina con dificultad.

Una nena que no parece tener más de cinco años sostiene con sus dos manos un teléfono celular y lo mira, abismada. La Paternal. Cielo gris. Seis personas pasmadas delante de sus pantallas. La persona que dormía con la boca abierta sigue durmiendo pero ahora con la boca cerrada. Una chica reconcentrada se mira reflejada en la pantalla con la cámara invertida.

Villa Crespo. El estadio de Atlanta. Caras expectantes, caras cansadas, hartazgo del viaje. Camino por el tren en movimiento. A medida que me acerco al vagón furgón, el clima cambia. La música cambia. “Amigo, ¿tenés mujer?”, me dice un niño tocándome el brazo y mostrándome un volante que ofrece servicios sexuales.

12:53 llegamos a la estación Palermo.