27.5.18

Semana Santa, por Santiago Erausquin





“A los insectos no les atrae la llama de las velas, sino la luz que está más allá del fuego. Sin embargo se consumen en un chisporroteo por su ansiedad de llegar al otro lado”
Michael Cunningham, Cuando cae la noche, 2010. 


Me casé y me divorcié demasiado joven. A los 23 ya estaba pegado a Claudia y esperando hijos. Claudia ―ahora mi ex― estaba embarazada de mellizos. La conocí en el secundario y fuimos novios desde entonces. Fuimos prolijos y constantes. Con ella egresé del colegio, con ella me salvé de la colimba, con ella me convertí en historiador y con ella fui el autor de dos pequeños delincuentes. No lo digo en broma. Con ella conocí Nueva York y armamos una casita por Temperley, con kichenette, patio trasero y un perro al que llamamos Iván, porque destrozó todo lo que tuvo a su alcance. Tuvimos amigos en común que finalmente se quedaron de su lado y que no tardé mucho en dejar de extrañar. Tampoco extrañé a mis suegros que, como era previsible, acabaron por odiarme. Ella, aunque se tentó por incursionar en otras profesiones (medicina, abogacía, administración de empresas), terminó recibiéndose de psicoanalista y enganchándose con su terapeuta. Tuvo suerte. Con la mía sólo conseguí acumular deudas y culpar a todo lo que me rodeaba de mis propias limitaciones. Abandoné el tratamiento cuando me sugirió una psiquiatra equis y una batería de antidepresivos. Me separé en mi mejor momento: 1) el bigote me quedaba fantástico. 2) Los chicos, saludables y prometedores, empezaban su primer grado. 3) En el instituto donde trabajaba me habían ascendido a coordinador de área y 4) contaba con un pequeño excedente de dinero que me habían dado mis padres. Habían vendido la casa en donde crecí y se instalaron en un chalecito mucho más modesto en Bahía Blanca, cerca de una de mis hermanas. Pero esos logros los disfruté, por decirlo de alguna manera, a solas: me mudé a un departamento de dos ambientes en el centro y mis ahorros y mi sueldo fueron para que Claudia educara, alimentara y vistiera a Juan y Martín, los mellizos. Eso según ella, porque los chicos, ya van a ver, carecieron de esos tres principios ―y de otros. Uno de los cuartos iba a ser para ellos, pero se fue llenando de otras cosas, como por ejemplo un ventilador chueco y ruidoso, una tele que había que reparar, sillas plegables que no usaba, una valija con ropa, una bici desinflada y un inflador retro entre otros objetos que eran todos promesas incumplidas. A los chicos los vi muy poco porque Claudia acaparó la tenencia durante mucho tiempo. Me perdí toda su primaria y buena parte del secundario. Hoy ya cumplieron los quince y están terminando tercero. En rigor están tratando de terminar tercero por segunda vez porque repitieron. Son todo un caso, o mejor dicho, dos. Fui a alguna que otra reunión de padres o ceremonia de fin de año, pero como pasaba desapercibido, dejé de ir. Pero en fin, hablo con mucho encono al respecto, y me lo permito, porque nunca quedaron bien las cosas con los chicos, con Claudia, ni con Matías, el terapeuta con el que se volvió a casar. La perversa me mandó la invitación por correo con el claro pedido de que no vaya. En ese casamiento tocaron Los Pericos, un grupo que según tenía entendido, Claudia detestaba. Como notarán, descubrí mucho en esos años. Pero hay más. Durante esos diez años viví una vida chata y mediocre. Ni siquiera común, porque común o normal implicaría un tipo de convencimiento, cosa que en mi caso no sucedió. No hasta mucho tiempo después. En esa época no tenía ganas de nada y ni siquiera tuve la iniciativa de poner cable en el departamento. Viví distanciado de todo y en una nube errante que no hacía más que aislarme de lo que me rodeaba. Me dejé la barba y cuando se volvió insoportable me la corté a tijeretazos limpios. En el trabajo puse el automático y fui cumplidor sin llamar la atención. Si Claudia o Matías me traían a Juan y Martín era porque irremediablemente ellos no podían cuidarlos durante alguna salida y conmigo los pobres se aburrían tanto que al rato estaban pidiéndome irse a la casa con excusas absurdas, como que tenían que hacer el entrenamiento o los deberes para el colegio, algo absolutamente inverosímil, porque todos sabíamos lo mal que les iba por ese lado. Una vez, haciéndome el interesado, les pedí el cuaderno de comunicaciones y como me lo negaban esperé a que se distrajeran para robárselo de sus mochilas. Los desgraciados venían falsificando mi firma desde abril. ¿Cómo Claudia no se había dado cuenta? El hecho es que los vi muy poco y fueron demasiado crueles conmigo, no sólo por lo de las firmas. Los turros vendieron por Internet los juguetes que les había comprado para Navidad o el cumpleaños. Operación, El Estanciero, el Simon, unas cartas Tope y Quartet, los temerarios, todo, absolutamente todo lo hicieron plata. Ellos me lo contaban con cierto orgullo, como que era algo que habían aprendido con Matías y los hijos que Matías había aportado al nuevo hogar. Decían que generaban sus propios recursos. “¿Y qué hacen con lo que juntan?” pregunté. “Nada” dijo primero Juan. “Compramos boludeces, ¿no?” agregó Martín cómplice. “Sí, pero de las buenas”. También era frecuente que se olvidaran de mi cumpleaños y del día del padre. Me llamaban a los dos días sin disimular en lo más mínimo que “mamá nos pidió que te llamáramos”. Los mellizos tuvieron que adaptarse a una nueva dinámica familiar, con medio hermanos, hermanas y una nueva figura paterna que nada tenía que ver conmigo, llena de estrategias y propuestas lúdicas que toleraba fracasos escolares y conductas cuestionables. No puedo juzgar a Matías, no sé qué hubiese tenido que hacer yo si hubiera figurado más. Claudia y Matías dejaron de mandarme a los chicos cuando se enteraron que tenía porro guardado en la heladera, dentro de una cajita de madera hermosa, tallada a mano, que había comprado con ella, en un viaje que habíamos hecho a El Bolsón, para guardar cualquier otra cosa menos porro. Fueron mis propios hijos los que me delataron, la sangre de mi sangre, la carne de mi carne, ellos que eran más adictos que Bob Marley a la marihuana, y que se notaba a la legua que ya habían probado el éxtasis y el MDA. ¡Las veces que habrán venido con los ojos afrutillados y colgados en una nube de risas absurdas! Por eso se redujeron aun más nuestros encuentros y se estableció un vínculo muy raro que volvió  todo forzado y denso. Me miraban como si estuvieran delante de una fotografía con el retrato de un pariente lejano que tiene algún parecido acá o allá, pero cuestionable, frío, irreal. La de ellos era una curiosidad efímera, fácilmente reemplazable por la tele, la Play o cualquier celular con el Candycrush instalado. Me debían algo de respeto, y lo manifestaban pálidamente, aunque enseguida pasaban a cualquier otra cosa. Nos veíamos a la salida del colegio cuando los iba a buscar para llevarlos a una terapia de grupo que les aconsejó la psicóloga que los atendía y a las mil y una actividades extraescolares que Claudia y Matías los habían inscrito para tenerlos aturdidos y ocupados. Claudia no hacía más que complicarme la agenda para liberar la suya y entonces cuando le venía bien me mandaba un mensaje para estuviera a su disposición como un esclavo de la colonia. No crean que pude aprovechar para acercarme a los chicos y recuperar la relación. Yo también lo creía así, pero nada que ver. Nunca estuvieron más distantes. En cada encuentro les descubría un tatuaje nuevo, un piercing más o un corte de pelo extraño, con mechones coloreados de fucsia o azul metálico que se negaban a comentar. Se vestían como linyeras y hasta emanaban un olor nauseabundo. Hablábamos muy poco y si lo hacían era porque querían algo de dinero para cambiar el celular o que los ayude a faltar a esas actividades insoportables. En eso era lo único en que estábamos de acuerdo. Supe que a Juan le interpelaban los juegos electrónicos y que alguna vez aventuró un futuro por ese lado, en cambio Martín era más proclive a lo artístico y me parece que se quiso comprar, en algún momento, una Fender. Nada más. Nunca acerté con ellos. Cuando les regalé una chomba a cada uno me miraron con una desilusión que me partió el alma. Y cuando sugerí comprarles un skate dijeron casi al unísono “como al pelotudo de Nahuel”. No sabía bien qué corno hacer cuando estaba con ellos. En el trabajo no me iba mucho mejor. Lo único que esperaban de mí era una eficacia mínima para repartir aulas, programas, recursos y horarios. Aproveché todas las licencias posibles y hasta mentí más de una vez para extenderlas. Ser coordinador no era nada complicado. Me habían ofrecido alguna suplencia en los seminarios, cosa que rechacé de plano por no salir de esa comodidad a la que me había acostumbrado. Cumplía mi horario apoltronado en mi escritorio. Vi cambiar varias autoridades de turno y personal temporario. Viví la mudanza del edificio y el cambio de reglamentos. También despedí a quienes se jubilaron con cierta envidia. No muy convencido, llegué a salir con alguna bedel que estaría aburrida esperando de mí a un seductor escondido, pero no pasó nada. O sí: terminé siendo señalado además de como un coordinador inepto como un impotente. Qué años grises, estancados, eternos sino fuera por la aparición divina de Sebastián. Somos pareja desde hace dos años. Entró al instituto en el área de archivos y enseguida reparó en mi estado deplorable. Con la excusa de cambiar horarios y facilidades se metía en la oficina y me hablaba de cualquier cosa. Me desafiaba haciéndose el cancherito con su simpatía tan adecuada. Sebastián es sociólogo y vino para llevar adelante una investigación sobre la pobreza en algún cordón de la provincia de Buenos Aires. Se la pasaba diseñando encuestas, mapas y estadísticas. Armaba equipo con otra gente y a veces salían a hacer estudios de campo. Sebastián era gay desde chiquito y aunque siempre fue muy discreto, había algo que lo delataba. Igual, eso no lo preocupaba en lo más mínimo. Era diplomático, educado y muy cortés. Usaba perfume y no decía malas palabras. Aunque teníamos la misma edad parecía más chico porque se vestía muy bien. Sabía combinar colores y texturas, como decía él. Estaba en forma pero tenía la cabeza rapada porque prácticamente se estaba quedando pelado. Yo no, tenía en ese entonces una porra abundante y enmarañada. Sebastián me tiró onda al toque y empezamos a salir. No tengo muy claro cómo se dio ese proceso, pero se dio de manera clara y ascendente y un día, quiero decir, una noche, en el cine nos dimos la mano y terminamos a los besos en el ascensor de su edificio. En un punto me rescató, me salvó y agradezco que aún no cambie de parecer. Tiene auto, le gusta salir a acampar y fuimos varias veces a Chascomús, a Entre Ríos y a Corrientes porque es fanático del agua, de los esteros y de los animales. Yo sigo siendo un gruñón, un acomplejado y sólo puedo admitir que me encanta estar con él, porque no sólo no me causa ningún problema sino que todo lo que genera son fantasías para que las cosas, las que sean, fluyan y circulen. Me emborracha con licores caseros, me deja fumar como un empedernido y hasta me está por convencer de empezar un postítulo. Pero ni loco. Gracias a él descubrí que tengo un oído casi arruinado y que pronto voy a tener que adaptarme a un audífono. Toma cualquier circunstancia con naturalidad y tiene la manía de celebrarlo todo. “Brindemos por tu oído sano” dijo en esa oportunidad. Sebastián me cuida con una obsesión tolerante, le interesa lo que soy y lo que fui. Está particularmente desesperado por conocer a los mellizos y estoy seguro que con ese don que tiene y su capacidad innata podría motivarlos y pulirlos hasta que brillen. Claudia y Matías no saben que estoy con él y la verdad, a esta altura, no me importa. Que espabilen. Por eso esta Semana Santa decidí llevar a Juan y a Martín de campamento al Palmar y pasar allá, los tres, sin Sebastián ni acompañantes, un fin de semana sólo para nosotros, relajado y tranquilo, con el único plan de resolver en el momento lo que haya que resolver según nuestras ganas, dependiendo de lo que vaya surgiendo. Voy a dejar que hagan lo que quieran. Y de última, si no da, nos volvemos. Les compré una carpa iglú que si quieren se la van a poder quedar y unas bolsas de dormir que son de una tecnología sublime que parecen sarcófagos egipcios, súper acolchados y a prueba de balas. Voy a esperar el momento adecuado para contarles que estoy con Sebastián, que el auto es de él, que quisiéramos vivir juntos y que si lo desean pueden venirse con nosotros. Que sólo tendríamos que respetar algunas normas comunes porque Sebastián es recontra ordenado y es un gay de pura cepa, y que yo estoy todavía aprendiendo, pero que no lo dejaría por nada del mundo. Los invité por msn y le pidieron permiso a Claudia, que supongo que harta de estos adolescentes inadaptados, y con mil cosas que hacer en la casa, asintió complacida. Los chicos también aceptaron la salida lo más bien, con la condición de que los dejara manejar en la ruta. Les dije que sí, pero que como el auto no era mío sólo lo podrían hacer en algún lugar muy descampado y seguro. Me pusieron una carita triste pero al toque escribieron “Bueno, está bien” y ayer se aparecieron con sus mochilas escolares Stronghorse negras, escritas con biromes y liquid paper prácticamente vacías o sin lo mínimo para el campamento. Entraron cansados (Juan tiene esa manía de arrastrar los pies como si tuviese mil años y Martín bosteza con la discreción de un hipopótamo) y fueron directo a tirarse en mi cama a ver tele. Ponen esos programas de crímenes y asesinatos que después no los dejan dormir. Les llevé los regalos. Los agradecieron con algo de escepticismo tal como era de esperar. “¿Qué van a llevarse?” pregunté desde lejos. Me señalaron desde la cama sus celulares, cargadores y auriculares que habían desplegado sobre el acolchado. Me pareció muy bien porque así podrían hacer lo que quisieran sin molestar a nadie. Después pedimos un par de pizzas y los dejé tomar un poco de cerveza. Hablaban entre ellos de cosas que no entendía nada pero no me preocupé. Utilizaron un argot típico de ellos, indescifrable, que adquirieron desde hacía tiempo y compartían con algunos compañeros. Supuse que serían cuestiones del colegio o de alguna serie que verían en la tele. Ya me enteraría. Se levantaron de la mesa para tirarse en mi cuarto y seguir viendo tele otra vez. Les advertí que saldríamos al día siguiente muy temprano y no comprendí qué dijeron, si “Ufa” o “Dale”. Me vibró el celu. Sebastián me acababa de mandar un mensajito por whatsapp recordándome no olvidar el tupper que había dejado en la heladera con unos sánguches de miga caídos del cielo ni de las cosas que dejó empaquetadas en el baño con shampoo, jabón y otros artículos muy oportunos. “Y el repelente” puso entre signos de admiración. Un santo. Cerró el diálogo virtual con unos labios y un corazón lanza-destellos. Yo también. Los chicos apagaron la tele y se quedaron dormidos; mientras, yo me quedé terminando de armar los bolsos en el comedor y cuando tuve todo listo me acerqué a la ventana y me prendí un cigarrillo. Ya era tarde y estaba todo en calma, detenido, húmedo. Confundí una estrella fugaz con un avión. Después me tiré en el futón y dormí profundamente. Soñé con Iván, el perro que tuvimos con Claudia antes que nacieran los mellizos y con Damián, el hermano menor de Claudia, o sea, mi ex cuñado, que, después de bastante terapia, lo entendí como un antecedente de lo que vino después con Sebastián. Me ignoraba de una manera grosera y yo, sin embargo, hacía hasta lo imposible por caerle bien. Nunca supe qué fue de él desde que viajó a España. Tendría que preguntarles a los chicos. En el sueño estaban, además, unos niños mirando por la ventanilla del 130, porque íbamos en un colectivo por Libertador. No eran ni Juan ni Martín, eran otros. Se ve que era Navidad y uno le decía a otro mientras señalaba a un Papá Noel enorme que aparecía en una publicidad “Ahí está el viejo otra vez, haciendo de modelo, ¿viste?” “En esta época trabaja un montón” razonaba el otro. Me desperté justo un minuto antes de que sonara el despertador del celular. Me incorporé y preparé un desayuno abundante antes de salir. Afuera apenas había luz. Repasé los hechos y me excitó suponer cómo reaccionarían los chicos con todo el asunto de Sebastián, qué cara pondrían, qué preguntas harían o cómo se lo tomarían. ¿Los angustiaría? A lo mejor no les importaría en absoluto y demostrarían su indiferencia una vez más, quién podría saberlo. Terminé de hacer el café y me vestí. Pero esa mañana el consternado fui yo. Porque cuando los fui a despertar, los encontré abrazados, haciendo cucharita, completamente dormidos y en paz. Me quedé helado. Juan abrazaba a Martín como si estuviera protegiéndolo de algo, de algo que no se sabe, que podría estar por venir en cualquier momento. Y Martín sostenía la mano de su hermano como si estuviera soldado a ella o besando un rosario. No me atreví a interrumpirlos. Los observé un poco más. Respiraban con el apuro de un caracol. Parecían eso, caracoles. Cerré despacito y me fui a la cocina sin hacer ruido. Después de esperar unos minutos los llamé por sus nombres de manera clara y nítida, con una voz limpia y nueva, prometiéndoles un fin de semana espectacular.  

Mar del Plata, diciembre 2017