29.11.12

Plan de operaciones, por Vicente Luy





No hace una hora, intervine un recital de Aristimuño.
Vieja Usina. Entradas agotadas.
Igual, insistí, diciendo que venía a ver a Lisandro
que le traía un libro, que le preguntaran a él.
Vicente Luy; soy el poeta Vicente Luy le dije al sujeto a cargo.
Mi plan era otro.
Yo quería entrar antes; fui una hora antes
para curtir camarines y pedirle que me invite a subir a leer.
Estaba, estoy, muy para adelante.
El tipo no me conoce. Le mandé un libro con Marce
pero no sé si ya lo recibió.
Confío ciegamente en mi poesía
y fui a saludarlo, pero, también, a audicionar.
En síntesis: no me dieron paso hasta empezado el concierto.
Y mientras sonaban las canciones, la ocurrencia fue tomando cuerpo
SE HIZO CARNE EN MI
Esperé a que terminaran los bises y me trepé al escenario.
La gente iniciaba la retirada.
Corrí al micrófono y grité:
Soy el pez
Soy el pez
Soy el pez
el que por la boca muere
pero también/el que nada contra la corriente
Me cortaron el sonido.
Seguí con Venderle el alma al diablo, y vinieron a sacarme
los de la producción.
No me querían dejar terminar el poema del scrabble
me lo quisieron cortar a la mitad.
Ni los miré.
Seguí gritando.
La gente se iba, y todos pasaban en frente mío.
Algunos prestaron atención a este lapso
Pero sólo respondieron cuando dije “usá tu odio para el bien común”.
Como en un ensayo de orquesta, emitieron un sonido.
Igual, se siguieron yendo.
Los productores volvieron a por mí.
Los ignoré.
Dije 4 poemas más y me llevó la policía
Un adicional.
Por suerte, me dejaron ir; me expulsaron.
Llevaba flores empapeladas en la etiqueta.
En un mundo lleno de amor, Lisandro hubiera venido a rescatarme.
En una de esas, con la adrenalina post show, no me oyeron .-


6 de mayo de 2010


Vicente habla con su discípulo

D – ¿A qué aspirás; porque vos vas por todas?
V – A que este libro sea material de estudio en el último año del secundario. Aunque a veces pongo ejemplos de una realidad que no vivieron, con los chicos contacto inmediatamente.
D – ¿Y a qué ardid u ocurrencia recurrirías? Porque eso no se logra sólo con habilidad… ni con contactos.
V – Yo no tengo contactos.
D – Quiero decir, eso va a ser difícil.
V – Lo sé, lo sé. Y me angustia .-


Sigue la caminata

D – ¿Qué busca el libro?
V – Trata de blanquear la guerra.
No estamos de acuerdo con esto, y vamos a hacer nuestra movida .-



En: Plan de operaciones. La única manera de vivir a gusto es estando poseído. Buenos aires, Crack-Up, 2012.

21.11.12

FÉRULA, por Manuel Losada





1.

Resquebrajados los rostros
de polvo.
El árbol caído sobre
la casa.
Labio de filo rojo
cortando la postal descolorida.
Las sillas quemadas
los sentados
detrás de pantallas
blancas.


2.

Acta de muerte
el desnudo colgante
la puerta enmohecida
el humo.
Los que pulen sus dientes
se aferran a las tablas calcinadas
señalando la nieve
del cielo.

3.

A Lezama Lima

Agonía
de la luz
en su
sombra.


4. Djuna Barnes

A victim is a state of decline
La reina
el mendigo
el traidor
el ajusticiado
todos declinando.
Sólo uno
llorado.


5. Elegía a Raúl Gómez Jattin

Un disparo
la dulce caída
mariposa en esplendor
dispersando sus colores en el asfalto
esa muerte
sin luces.
La tela violácea
en tu desnuda cabeza
la burla
el grito
el gemido.


6. Bàrtok

El barco brilla
sepultado por la bruma.
Mandarín de oscuros
violines.


7. Klagende Lied

La vidente percibe
a la princesa sepultada
pudriéndose bajo las ortigas.
Los narcotizados en su vana
espera.
Los huesos diminutos
acusando.


8.

Este es nuestro miedo.
Devorar heces
soliloquio con las moscas
escribiendo pequeñas muertes.
Siguiendo
con la vista
el vacío fulgor de los espejos colgantes
y dibujando en la piel
transparente
qué ser
qué no ser.


9. Tango

La bruma devora
los faroles de la calle
quien busca su luz en ella
muere.
Animales de la noche
extraviados
cantos.
Ese dolor
desnudo
y ennegrecido
clavado
en la vereda.


10. Madame Butterfly

Kimono.
Peluca de muerta.
Suicidada en los lamentos
de seda
aves de la
llovizna.
Flor de nieve quemando
la lengua.

15.11.12

Heidegger y la decapitación, por Luis Thonis


  


¿Qué es el Dasein? Dasein combina las palabras «ser» (sein) y «ahí» (da), significando «existencia» (por ejemplo, en la frase “Ich bin mit meinem Dasein zufrieden” «Estoy contento con mi existencia»). Para Heidegger designa el modo de existencia del ser humano. Pero hay otra pregunta: ¿puede el Dasein socializarse, volverse comunitario y designar el destino de un pueblo? En el famoso discurso de rectorado Heidegger él no deja dudas: “Saber decidirse por la esencia del ser, de acuerdo con el tono de origen, eso es el espíritu y el mundo espiritual de un pueblo que no es una superestructura cultural como tampoco un arsenal de conocimientos y valores utilizables. Sino que, al contrario, es el poder para poner a prueba las fuerzas que unen a un pueblo con su tierra y su sangre como poder del despertar más íntimo y del estremecimiento más extremo del Dasein.”
Estamos en 1933, con los nazis en el poder y con la constitución de Weimar abolida por Carl Schmitt, que cita a Hegel: "Al pasar del feudalismo al absolutismo la humanidad necesitaba la pólvora del cañón y estaba ahí". No quiero ser un fiscal de Heidegger en cuanto a sus intenciones pero este estremecimiento acerca de la sangre y la tierra cabalga directamente en el contexto que la escribe hacia la celebración del Führerprinzip del nacional socialismo. La Universidad alemana debe afirmarse en la “esencia”, sinonimia de la verdad ante un mundo que padece una ausencia de patria. Retórica de lo sublime y abuso del superlativo absoluto. El pensamiento de Heidegger habla de una impotencia absoluta respecto del origen que sólo puede restituirse a sí mismo como simplicidad bajo la forma de lo sagrado germánico. El Dasein se extiende al pueblo pensado bajo las categorías de lo auténtico y lo inauténtico. Estados Unidos sería el colmo de la inautenticidad como lo es la misma democracia. El "origen" de Estados Unidos, lo que lo constituye como pueblo, no hay que buscarlo en los pasajeros del Virgina sino en su constitución. La Revolución de Hannah Arendt examina detenidamente este proceso.  La entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial  es interpretada como “decadencia” no se sabe respecto de qué origen, supongo que el verdadero de lo sagrado germánico ante lo cual todo es herejía. Deshistorización: el mundo sería un jardín de infantes del Ser si no fuera por el bruto yanqui y la maldición de la técnica. La guerra de agresión de Alemania queda del lado de lo auténtico. De ahí la importancia que tiene Heidegger para la intifada “pacifista” de los pensadores deconstruccionistas posmos, esmerados en constituir al zombie planetario: para Alain Badiou, por ejemplo, el nombre judío es en sí mismo “nazi” y Hitler fue quien mejor lo interpretó, superando a Nabucodonosor. El que ha ido más lejos de todos es Shlomo Sand, profesor judío de la universidad de Tel Aviv –éxito en las librerías–  que lleva la intifada deconstruccionista posmoderna a su punto más sublime: el pueblo judío no existe, es según él una invención de historiadores sionistas, carece de origen, son conversiones de conversiones. Se trata de borrar de un trazo todas las líneas de transmisión confundiendo una religión con una raza, al mejor estilo de D’Elía, a la esencia judía con el nombre judío. No existe la "esencia" judía como tampoco la alemana y de ningún pueblo. Y menos del palestino creado tras la derrota de ese intento de genocidio de los estados árabes luego del la guerra de los Seis Días. Aunque se pretende un nuevo Foucault, lo que dice está en las antípodas de las Lecciones para defender la sociedad, donde Foucault considera el relato hebreo como una "objeción" a todas las babilonias del mundo. Pero precisamente para devenir Babilonia –y Bobilonia– el mundo tiene que suprimir esta "objeción". Si Sand, simpatizante de la cultura de cinturones con bombas, enseñara en Palestina o en cualquier estado arabomusulmán y dijera que Mahoma es una ilusión del desierto sería inmediatamente ejecutado. Lo único que le falta es decir que el Profeta fue anterior a Abraham.
Heidegger opone una buena muerte –heroica, garantía de autenticidad– a una mala muerte, al “se muere” anónimo, inauténtico. La muerte estúpida en la cama que sin embargo garantiza la libertad para los otros. Da cuenta también del antisemitismo, aun bajo una forma no voluntaria. El motivo nunca examinado es que el nombre judío ha ganado la guerra del origen, del origen como multiplicidad y transfinito en acto como lo muestra ese conjunto de transmisiones que se llama “la Biblia”. Por eso la Biblia no tiene ningún lugar en el pensamiento de Heidegger como tampoco la novela que tiene una relación de continuo con ella. Thomas Mann prematuramente captó mucho mejor que Heidegger dónde podía llevar ese estremecimiento donde se piensa al origen como algo puro, ario, y no como algo que puede ser constituido retroactivamente por la literatura: “Los travestismos más indignos de su sueño de una germanidad alta y pura con ese mismo sueño que, en el más inmundo espantapájaros que la historia universal haya engendrado jamás, ven al ‘Salvador’ que un poeta anunció (Stefan George), nadan en un exceso pueril de paralelos místicos e históricos, creen ver en él el regreso de Lucero, el hombre demoníaco impulsado por las oscuras fuerzas populares alemanas y rodean con un aura carismática a un impostor histérico, una lamentable nulidad que supo utilizar el desamparo y los problemas de una época ávida de fe con la astuta obstinación de un demente para elevarse a sí mismo.”
El olfato del novelista es más lúcido que el saber del Dasein del filósofo. Interrumpe la retórica de lo sublime. El Hitler de Thomas Mann está en las antípodas del que exaltan Heidegger y Carl Schmitt con la retórica de lo sublime. Es el Hitler que se negará a escapar cuando la batalla de Berlín porque no quiere “morir como un perro” en las calles mientras que la juventud alemana, niños psicotizados por la Kultur, caen como moscas jurando por él ante el Ejército Rojo. Se dará una muerte auténtica a tono con el origen en su búnker.
Heidegger se quedará sólo con poetas como Hölderlin y Rilke de los que hace lecturas en extremo simplificadas, casi cómicas donde los poemas son aplastados por la fetichización de la lengua alemana: lee siempre la Lengua y no el poema aboliendo el sujeto de enunciación. También hay una esencialización de la guerra que en su caso es un combate contra lo empírico.  En Contribuciones a la cuestión del ser, 1955, escribe: "Esto no es una guerra, sino el polemos, que hace aparecer a los Dioses y a los Hombres, los Libres y los Esclavos, en su esencia respectiva, y que conducen a una dis-putación del Ser (tachado). En comparación con eso, las dos guerras mundiales permanecen superficiales". Lo superlativo produce la esencialización... que acusa que la guerra fue perdida.


La literatura abunda en heroínas y sirenas heideggerianas como Matilde de la Mole en Sthendal, joven aristócrata parisina, que rompe todas las convenciones sociales y no para hasta tener la cabeza de su amante  para repetir un mito de origen. No se entrega al primero que viene porque no quiere un amor sin gloria que no repita la historia de la reina Margarita a la que le entregan la cabeza de un familiar lejano.
Ama bajo la forma sublime del superlativo absoluto. Parece apasionada, romántica, despreciativa del qué dirán de la ley de los salones pero su deseo, a veces lo contrario de la pasión, está en otra parte. Estar entre dos mujeres, como sabía Casanova, siempre supone la cabeza en juego. Estar entre el hacha de Matilde y los arrullos de Madame de Renal y sobreactuarlas como autenticidad es una tácita condena a muerte. El deseo de Matilde no es Julián, no el primero que viene sino el advenedizo que encaja a la perfección en su guión, la farsa que él debe representar para que su estremecimiento sea total ante su cabeza decapitada “de acuerdo con el tono del origen” que pavimenta el camino de los futuros demonios.

9.11.12

BUSCARSE LA VIDA EN TIEMPO REAL, por Milita Molina




El cine no es ni fácil ni difícil, es.


Me gustaría poder contar de mi amor por Favio (y digo amor bien adrede porque “yo no admiro, amo”, como dice él), pero me gustaría contarlo “despacito” porque así cree Favio que es el tiempo real: despacito y  al detalle, focal. “Me gusta contar la vida como sucede –ha dicho– lentamente.” Y si por algún motivo me viera llevada a querer gritar –como me pasó de querer gritar la primera vez que vi El Dependiente porque ese tiempo de flotación entre Fernández y la Srta. Plasini no se llenaba con nada, y alguien tenía que llenarlo para dejar de sentir la angustia del silencio más ruidoso y más pesado y mas corpóreo y denso que pueda soportar un espectador, un silencio a los gritos, digamos. Si sintiera la necesidad de pegar el grito de Polín, que es el de la señorita Plasini y también el nuestro, “gritaría despacito”, como siguiendo el ritmo lento y espeso y angustiante del tiempo del Patronato de Menores que, en ese sentido y sólo en ése, tal vez no sea tan distinto del tiempo de cualquier infancia pueblerina (o al menos local, focalizada, delimitada duramente, como si vivir fuera vivir en un cuadrito o en un “cuadrado”, como los chicos de Crónica de un niño solo), vigilada y laxa a la vez y austera, con poquitas cosas para entretener el tiempo (dos o tres juguetes que se recuerdan para siempre) porque las muchas cosas y los juguetes sofisticados y la televisión no formaban parte de la infancia allá en Santa Fe, donde el río estaba tan cerca, donde las siestas y los patios son dilatados y  los juegos se los inventaba uno. Borges decía “la infancia es tímida”  y parece un anacronismo y hasta un disparate recordarlo en un mundo que aprecia el desenfado de los niños. Borges, en verdad, hablaba de un modo del tiempo y de la eternidad y también de la perplejidad: una niñez abandonada a sus propios medios, reconcentrada, imaginativa y desde luego solitaria, diferente de esas infancias satisfechas  de niños glotones que no saben digerir, y van saltando de un juguete sofisticado a otro  tal como yo imagino que hacían los chicos con plata acá en Buenos Aires. No, el tiempo de Favio es de digestión lenta, de quien no confunde el movimiento con el agitar de los brazos, con el estoy tan ocupado mirá, propio de las cosmópolis y tan poco criollo, tan poco vago y mal entretenido, tan poco dichoso en su despilfarro. Porque nos guste o no, gastar el tiempo es una condición del tiempo y por lo mismo alguien puede desear abrir segundos en el tiempo como si lo pudiera estirar y estirar hasta que reviente. En el cine de Favio, el cuerpito de un bicho canasto puede dilatarse como si se abriera paso para crear más tiempo en el tiempo y terminar siendo el Universo, o el tiempo puede espesarse y hacerse eterno en un gota de saliva de quien juega a escupir, o quedar capturado en el demoradísimo cruce de miradas entre La Santita y Lucía o, como le gusta a Favio, puede: “atrapar los tiempos como cuando Gatica tiene el monólogo final en la cantina yendo y viniendo. Amo esa secuencia. Me duele el vértigo del sapito de la televisión”.  Todo el universo podría converger en un rostro (“por allí pasa la vida”), pero también en el repiqueteo de la pelota de cuero que golpea la pared y vuelve a la zapatilla sucia y regastada que más que volverla a patear la está esperando precisa para el rebote, automática, o en la bolita que soplamos tirados en el piso, ahora vos, ahora yo, y la bolita incansable gracias al aliento que le imprime un movimiento perfecto como el ritmo de un reloj; hasta que en un instante el universo ya se concentra sólo en el pie o en la bolita y el resto :la pelota, su trayectoria , la pared, el aliento, los cuerpos incluso, “sobran” , son mucha cosa para digerir. Favio, que ha corrido mucho, que ha escapado, que se ha fugado, no sólo sabe que se corre con la cara como comentó Soriano, sino que sabe que se corre repiqueteando y rebotando, como si correr fuera una pura repetición, la insistencia de un ritmo, no un traslado sino un machacar que nos va llevando lejos a fuerza de insistir. Como esas frases dichas mil veces para lidiar con la suerte a fuerza de darle y darle, como el “Mañana lo mato” o “Para el fin de semana compro coche”, pequeñas consignas que se repiten casi automáticas hasta que la bravuconada se gaste o se cumpla. Que en otro plano es como decir “Siempre hago la misma película” o siempre tengo la fiebre de mirar por los barrotes de la ventana chiquita y preguntarme “¡Puta madre! ¿Cómo estoy acá?”  
Favio recuerda el silbato –ese llamado al orden, esa señal de vigilancia y sometimiento, esa manera de arrearnos al redil–, como una imagen  privilegiada del Patronato de Menores y es de veras atemorizante en Crónica de un niño solo, la secuencia del profesor de gimnasia pegando silbatos a lo loco, con furia, con autoritarismo, mecánico y mortífero y fascista como esos micrófonos pesados y muy grandes que recuerdo de la escenografía del Gatica.  Creo que ese fascismo a pequeña escala que produce el ser “sargenteados” debe ser terrible en el Hogar el Alba, pero no lo es menos en cualquier colegio donde te “verduguean”, porque interrumpir con un llamado al orden es siempre un sobresalto feroz para quien vive en esa temporalidad desparramada de las infancias vagas y mal entretenidas, en las que “sentarse a escuchar el ronroneo de los coleópteros, los moscardones y los cascarudos que van cruzando el polen de flor en flor”, puede hacernos expertos en dejarnos llevar por el espesor del tiempo hasta confundirnos con el tiempo, hasta olvidarnos del tiempo. La infancia es tímida cuando el tiempo se hace sentir y cada uno se reconcentra sobre sí como formando una escenografía propia esculpida sobre un tiempo que sobra, pero también es tímida, me parece, porque aunque Favio dice que hasta los dieciocho años nos creemos inmortales porque no tenemos conciencia de la muerte, el diablo se cuela por la cerradura precisamente cuando más inmortales somos, como si nuestra eternidad supiera más de la eternidad porque está más cerca del Misterio, del Enigma y no sabemos de la Caída. Y es tímida, tal vez, porque como alguna vez dijo Pasolini –que como Favio no dejaba de subrayar su timidez– “quizá soy tímido porque desde niño, detrás de cada adulto siempre veía a un padre o a una madre”. El sentido de lo sagrado es un privilegio,  y me gusta asociar la timidez de Favio con esta reflexión sobre el temor y el temblor del hombre de una fe que, como él ha dicho “nos salva de la autosuficiencia”. En Santa Fe, cuando mi madre me presentaba a alguna de sus amigas yo bajaba la cabeza con ganas de salir corriendo, y todavía recuerdo su “No seas chúcara” y casi no he podido superar esa actitud arisca de bajar la mirada en una suerte de temor reverencial que, por caminos raros, ahora sé que me conectaban con algo “superior”, digamos, al tiempo que mi vida era un estar en vilo,  pendiente del silbato y la burocracia que tiene tantas formas en esta vida que mejor ni hablar y que incluso puede ser más siniestra si es silenciosa, como una monja de mi colegio que para llamar al orden aplaudía en silencio. Agazapada, la muy beata hacía chocar sus manos una sobre otra sin producir sonido hasta que  advertíamos  su presencia, todavía no sé cómo. Lo hacía  para que nuestra culpa por todo fuera mayor y sonreía con sorna cretina, allí parada golpeando sin golpear, esperando para que formáramos fila y nos arrodilláramos para poder controlar el largo del guardapolvo y meternos una amonestación si éramos medio putitas y el largo no llegaba a rozar el piso. Y el llamado a correr y correr y el “¿Nunca vas a parar?” dicho a un Polín agotado de dar vueltas pero que sigue y sigue como un boxeador que no quiere que se pare la pelea.
Así la vida. Nos damos mañas para entretener el tiempo: la maravillosa secuencia de Crónica de un niño solo en la que se muestra a los chicos en estado de ocio (los brazos colgando, la baba cayendo, un pucho que se pasa) se mezcla con el recuerdo de mi padre cuando me llevaba a pescar mojarritas a la laguna, la vista fija en el corchito que cuidado no dejes de mirarlo, los ojos clavados ahí en ese pedacito de mundo que se iba haciendo el mundo entero con su propio espesor de tiempo, y  la mirada amplificada que no quiere dejar pasar el momento exacto en que el corchito se hunde. Hay muchos modos de ser un caballero de la fe, pero esa extrema concentración que nos pone en contacto con algo de otra intensidad, como la casi sagrada concentración de Polín  intentando embocar el cerrojo con la hebilla del cinturón, es una escuela excelente para aprender para siempre que no importa qué cosa se haga sino que se haga bien. Chorro de alma o zapatero o dueño del fabuloso y mítico quiosquito del que no cesan de salir tesoros, pero de alma, de alma, sin quedarse llorando por algún otro destino, sin querer siquiera encontrarle una forma al destino. “Si corrés, no te morís”, como creía el niño allá en Luján de Cuyo, simplemente.
Alguna vez Favio comentó que en el Patronato, en esos tiempos muertos de la nadería, la infancia se desperdiciaba. Yo creo que se derrochaba y que así es la vida también; y pienso que si Favio se diferencia todo el tiempo de los “agazapados” es porque los agazapados no pueden derrochar ni desperdiciar y pertenecen a esa calaña de ávidos y glotones, incapaces de desentenderse de la manía de aprovechar, de capitalizar, de guardar, de reservar. Gente que “compra los muebles antes de casarse” ignorantes de que no se puede pedirle una cita a la muerte ni la muerte nos pide un día libre.      
Tal vez la broma no acaba nunca y los agazapados de hoy se ingeniaban desde chiquitos para no desperdiciar el tiempo, para llenarse los bolsillos y aprovecharlo como si fuera un bien que se puede acumular para cuando no haya y así, de a poquito, se les hizo el hábito de sentir que el mundo está en deuda con ellos y tiene que proveerlos. Hay gente que se inventa su vida y hay otros que le piden al mundo su galas para poder tener una. En cambio, creo que las vidas nunca satisfechas, las vidas de los que “no se la creen”, provienen de una niñez que va haciendo de la timidez su castillo y transcurren en un tiempo hecho de ignorancias y creencias que ojalá no se muriera a manos del hombre de la astucia práctica, el “agazapado”, el que cree que la vida es una cuestión de cálculo y no de instinto y fiebre: de mucha fiebre. ¡Qué asco le tiene Favio a los agazapados, a lo agazapado, a lo que se reserva y pega el salto con oportunismo! No sé si la palabra es asco, porque Favio no juzga y eso es fundamental en su manera de vivir. Favio ama, ama hasta al último extra, por ejemplo, y no les gusta la palabra “extra” porque cada vida es demasiado importante para considerarla “extra” y, para el caso, ama sin lugar a dudas a ese agazapado torpe y vacilante que es el Sr. Fernández, un agazapado indeciso y culposo que a falta de un credo quiere ser rotario, es decir “propietario”. No sé si la palabra es “asco”, pero su sentimiento por los agazapados tiene el gusto de la muerte aunque el veneno no tenga olor. Algunos se buscan la vida del lado de la oportunidad y otros son oportunistas. No es un juego de palabras: son dos actitudes opuestas, dos maneras diferentes de concebir las cosas. Un modo está atento al milagro y al “a cada hora su afán”, y disfruta la felicidad del instante; el otro está sujeto a la aridez de la premeditación y al ansia de dominio y excluye el milagro, el azar, lo eventual. Y no importa si como dice Favio “suelto la paloma pero no me voy con ella”, importa que la soltemos, simplemente.
El  tiempo de los agazapados es lamentablemente lineal y cronológico, un tiempo que no se siente (así de emboscado viene) como el tiempo encubiertamente mortuorio de los relojes de ahora.
“Hace poco me compré un despertador antiguo para oír por las noche el sonido que recuerdo de los relojes de mi infancia: cli-clac, clic-clac, porque los despertadores de ahora son mudos, te traen la hora silenciosos, agazapados, como sabiendo que te llevan a la muerte. En cambio éstos no. ¿Ves? Clic-clac, clic-clac: es como si te anunciaran la vida, como si te dijeran que tenés que estar contento, que estás vivo.”

Favio preserva el espesor del tiempo –después de todo es la materia de la que estamos hechos– en una época acelerada en la que la gente no sólo no se toma tiempo para agradecer y afirmar la vida en detalle, sino que ni se toma tiempo para sufrir, ni para compartir, al borde de la ensoñación, las ganas de “tener tiempo para tomar mate con el abuelito en el cementerio allá en Mendoza”, que dicho así ya es toda una película de Favio que transcurre en una escenografía en la que lo local ya es universal y hasta los vivos y los muertos pueden convivir con el cielo al alcance de la mano.

FOTOS ART

Favio cuenta –“pillado” desde la cuna (un “chico con gracia”), bromista, también– que su primera obra es una foto artística que él mismo pergeñó como autorretrato,  allá en su infancia, en la casa de fotografías del pueblo. La casa se llamaba Foto Art y ahí se disparó la imaginación. Enganchado con eso de “art”, que ligó rápida y obviamente a “artística”, se presentó a averiguar y dijo que quería una foto, artística, de su persona. Como el fotógrafo objetó su idea primitiva de aparecer recitando, alegando que  la foto iba a salir movida, Favio decidió componer una distinta, en la que él aparecía con una vela que iluminaba un libro y  posaba con un dedo en la sien como pensando.
¡Hay qué llegar a tener ese recuerdo!
Si, de veras que hay que ser un extraordinario transformista y creador de la propia vida para tener ese recuerdo. Y no porque el recuerdo no haya sido verdadero y menos por esa banalidad estilo “Favio mejora sus recuerdos”. No se trata ni de verdad ni de falsedad, ni de retoques a la vida que nos tocó: menos. Se trata, en verdad, de no pensar que “nos tocó” una vida, sino de crear y elegir los recuerdos que van a ir haciendo de nuestra vida algo único, singular. Todos los recuerdos de Favio son verdaderos porque son creaciones, elecciones de estilo, digamos. Favio lo hace explícito cuando cuenta que en el Hogar El Alba había dos hermanas que eran celadoras. Una muy hermosa y alegre y otra “que le pegaba con una regla en el culo”. “Yo elegí recordar a la que era hermosa”, comenta. Y agrega: “Me gusta la gente que se crea un estilo de vida”. “Una cosa es el recuerdo y otra el archivo”, piensa, sin confundir los recuerdos estilo ropa colgada en el tendedero con ese poder creador que llamamos recuerdo y que no está en el pasado sino en el presente.
Favio ha dicho que no considera demasiado importante la entrada a esta película que es la vida, es decir que no la considera importante en sí misma sino en cuanto a la singularidad que esa vida pueda manifestar. No importa si se es cineasta, zapatero o panadero o se tiene un quiosquito, lo que importa es que hagamos lo mejor posible eso que va a hacernos excepcionales.  Y sin trampas, sin ser unos “agazapados”, sabiendo “si dimos el caramelo más chico o el más grande”. 
Para tener esos recuerdos hay que saber darle a la propia vida un caramelo tan grande como para recordar el día que volvió a su casa furioso, a los gritos y en llanto, porque a través de un amigo se había enterado de que las madres no eran vírgenes. Y entonces se largó a reprocharle a la suya con  frases desesperadas (se trataba de una revelación) “Usted se acostó con mi papá”... “Usted se acostó con mi papá”. Todo Favio,  con su amor por la Virgen pero también por la redimida esposa de Cristo María Magdalena (sus “putitas” de Mendoza) parecen ya contenido y casi destilado en esa perfomance alucinada. Como si ese niño hubiera podido decir ya entonces  ¿Por qué no me morí?”, como el Aniceto traicionado por Lucia que no es putita (como su recordada Boliviana)  ni Santa como la Virgen, sino una mujer que puede hacer mal, una yegua, en su idioma.

Pero Favio no es sólo creador de recuerdos  sino que dispone de una habilidad más enigmática, más cercana al arte según mi entender, más afortunada, menos electiva, dispone de una inmensa libertad para tratar con la creencia, el malentendido, el equívoco, el  error, el mito, cosa mucho más difícil que llegar a saber algo, porque la ignorancia, el desconocimiento, la perplejidad no parecen cosas que se puedan elegir ni aprender. Sin embargo, Favio ha dicho “es mejor no conocer tanto”, lo que me hace pensar que tal vez hasta nuestra ignorancia y nuestras pifiadas tienen algo  de elegido, como si también nos fugáramos de los rostros arteros, mezquinos y retorcidos de los Doctos que miran a Jesús en el cuadro de Durero, con falsía. “Favio, por suerte no es un intelectual” ha dicho de sí, y tal vez ése es el carozo de su genio: recordarnos que siempre estamos al borde de esa ignorancia de la infancia, de esa torpeza, de ese salvajismo, de esa profunda libertad que todavía no sabe de sí demasiado.
Cuando yo estaba en la escuela primaria la maestra preguntó cómo se le decía a la persona a quien se le había muerto el papá y la mamá. Yo, levanté la mano contenta de saberlo y dije : guacho. El silencio fue mortal, al menos para mí, porque todo se había hecho negro, había quedado al descubierto no sólo mi ignorancia sino algo más: mi manera de escuchar, de creer, de torcer lo que era, de distorsionar, de trasponer. Recibí el consabido “Guachos son los animales” y mi vergüenza fue enorme.
Pero hasta el día de hoy bendigo esa ignorancia, porque a mí me parecía que “guacho” era más correcto aunque estuviera “equivocado”, pero como el manto bochornoso del error cayó sobre mí –la infancia es tímida–  no pude decir que “huérfano” era una palabra tan elegante, tan inadecuada y sosa para referirse a alguien sin padre ni madre, para nombrar un dolor que ni podía imaginar, pero que reservaba para la gente terriblemente desdichada, para la gente “guacha”.
No sé si cuando Favio le dijo a un médico que le dolían “los ovarios”, para no decir “los huevos” (porque le parecía feo) y “testículos tienen los animales”, estaba en mi exacta situación, pero sí estoy segura que no hay nada mas saludable que un buen error, una buena pifiada, un descuido, una ignorancia disparatada que nos hace conocer las cosas por otras vías. Si Favio hubiera dicho testículos o huevos, o si yo hubiera dicho huérfano, se hubiera acabado la gracia, no hubiera pasado nada, estrictamente. Es en la eventualidad perfecta de esas torpezas, de esas distracciones, de esos desvíos, donde el malentendido feliz tiene más chances.     

PASARSE LA POSTA DE ALGO QUE NOS HACE BIEN AL ALMA.

Favio dice “siempre me inhibió lo puro”,  al tiempo que se refiere con inmenso amor y alegría a sus recuerdos de las “putitas” allá en Mendoza, especialmente, donde el aire es tan puro, tan puro, que devuelve los olores, no como Buenos Aires, acá, que huele a nada.  Allá donde los olores y los ruidos son un don que el aire puro no espesa ni oculta en la asquerosa humedad portuaria. Tal vez lo puro nos inhiba, sencillamente porque no es humano y tiene el rostro liso, llano, sin ninguna herida. Y, aunque no tengo brújula en estos temas, creo que un católico ama lo impuro porque en ese bodrio que es el hombre se pone a prueba la virtud cristiana por excelencia: el amor. Cuando un hombre del genio de Favio, que puede ir de lo más concreto a lo mas abstracto casi con brutalidad,  manifiesta: “Uno tiene que hacer su obra sin pudor, sin medir cada paso que da. Uno podría decir que cambiarle la letra a Rigoletto (en Nazareno) es una irreverencia  total, pero pienso que todo es válido... Tenés que apelar a todo... tenés que ser impudoroso... Si lo hacés bien podes hacer todo. Como dice San Agustín “Ama y haz lo que quieras” y el cine es un acto de amor”; deberíamos tomar el amor impudoroso como libertad pura y entender que para la fantástica libertad del gusto, no hay jerarquías ni valores previos al momento de cazar al vuelo la oportunidad de afirmar que eso nos gusta, y no importa de dónde proviene, ni si es propio o ajeno, o culto o popular o bueno o malo. “No soy tímido en el cine”, ha aclarado, “soy tímido en la vida” y la aclaración refuerza que si el cine de Favio y sus canciones son pura libertad es porque hay un hombre tímido que se toma muy en serio los privilegios de esa libertad. Ser libre no es cagarse en todo: al contrario. Favio es un hombre que no le hace asco a nada y que se preocupa por el amor que es siempre concreto aunque aspire a lo universal, lo que suena o muy moderno o muy antiguo según cómo se vea, pero que no goza de prestigio entre los intelectuales que  son más dados al juicio, a la responsabilidad, a la opción, a las causas generales donde el hombre queda perdido y chiquitito, pero no por su propia conciencia de finitud y de eventualidad, sino perdido como si su singularidad  importara un carajo. “Pasar la posta de algo que nos hace bien al Alma” dice Favio, como las mujeres de la casa allá en Mendoza pasaban los dedos por las cuentas del rosario y el murmullo de las voces creaba un espacio y un tiempo propio, una red de intercambio de cosas buenas para el alma.
Entre los estudiosos actuales,  lo “impuro” (pongamos Vivaldi y la cumbia, por ejemplo) no asusta a nadie, está de moda incluso,  y los más avezados se llenan la boca con sus elogios a las estéticas de la mezcla, de lo diverso, de lo múltiple, por lo cual Leonardo Favio puede ser un objeto de culto y presidir con algunos de sus films y con su vida entera el panteón de la libertad de la mezcla. Pero estas especulaciones teóricas no tienen importancia ya que no están confrontadas en ninguna experiencia de vida, no están sostenidas en una vida a la altura de esa libertad y, según parece que van las cosas, dentro de poco habrá muchos libros o muchos cuadros o muchas películas, pero ninguna existencia para vivir esa impureza brutal que es la vida y, no juzgarla, afirmarla y, aún, crearla, como ha hecho Leonardo Favio. 

Una vez un madrileño me dijo que había estado en Méjico y que todo le había resultado medio fuerte. “Méjico es mucho Méjico”, agregó. Me dio mucha risa esa frase y cuando me puse a escribir sobre Favio la frase volvía, insistía: “Favio es mucho Favio”, mientras recordaba que él había inspirado algunas de mis modestas fotos art, ésas que constituyen mi vida y no figuran acá. Me animo a confesar una. En el año 70 y pico me casé en Santa Fe siendo muy joven, por Iglesia, de largo,  todo muy formal aunque no habíamos comprado los muebles antes. Se me ocurrió –no tengo idea cómo llegué hasta ahí pero sé que amaba esa música– pedirle a un grupo de integrantes del coro polifónico y a un amigo pianista que, en vez de la clásica marcha nupcial, ejecutaran  la música del Moreira, pese a los reparos que ya había puesto el padre de la Iglesia del Carmen cuando le pedí autorización. Los músicos se lanzaron como locos y fue maravilloso. El casamiento ése terminó mal, pero como los recuerdos se eligen, recuerdo la música del Moreira que para mí era  sinónimo de Favio  y vuelven  esa libertad y esa alegría que hacen bien al Alma.

Nota: Los dichos y anécdotas de Leonardo Favio recordados en este trabajo están tomados de distintos reportajes al autor y tramados con  parlamentos de sus películas. Especialmente agradezco el extenso reportaje de Adriana Schettini publicado como libro por editorial Sudamericana con el título Pasen y vean. En cuanto a sus películas me he concentrado especialmente en Crónica, El Aniceto y El dependiente sin dejar de recordar muchas cosas de Nazareno, Moreira, Soñar-soñar y el Gatica.                                   



Este texto fue publicado inicialmente en Favio. Sinfonía de un sentimiento. Malba, 2007.

3.11.12

La mañana sol de limón (VI), por Hugo Savino





Harán todo para que no escribas estas notas. La nota, la impresión rápida es lo censurado.

Mejorar el garabato, sólo eso. No tener miedo de la repetición. Ese miedo esconde pereza, miedo a seguir. Muchos toques porteños. Es importante saber elegir las compañías mientras uno escribe una novela.

No acompaña, está ahí como conciencia crítica, por favor, detestables las conciencias críticas.

La fuerza en la palabra composición.

Todavía me zumba en los oídos el piojo que habló y habló. Piojo a jugo de zanahoria.

Traducciones para llegar a poner unos pesos en el bolsillo, mostrar una cara social. Mis feroces amigos de la generación no perdonan el fracaso social. No me olvido que casi todos escriben para un público. Chamuyan para un público. Llenan sus bolsillos con chamuyo de manual. Y menos perdonan mis borradores dopados. O acelerados. ¡Mierda! a la palabra generación. ¿Qué hace ese yuta en nuestra mesa? ¿Por qué pierdo tiempo con ese mitómano filosófico? Taimado. O turrito. A ese tipo sólo le interesa alguien del otro lado de la mesa. ¿Qué hago perdiendo el tiempo con mi generación? ¿Con estos maestros ciruelas? Tipos correctos. Que leen libros por la mitad. A mí me interesa la resaca, la soledad, el silencio, los amigos discretos, el secreto.

Hay que ir a más soledad, hacia lo desconocido. Inspirarse de los que exploraron esa caricatura que es el mundo real de una generación. Esos tipos que metieron el lenguaje debajo de la alfombra. Los relatos argentinos de Eduardo Wilde.


Los claros de luna. Poner muchos claros de luna.

Desertar de qué, de dónde. Es difícil saberlo. Es un impulso. Pero desertar. Y lo primero que se me ocurre es: ¿por qué discuto con ese ignorante acerca de un escritor al que nunca leyó? Usa la palabra desacato. ¿Qué sabe del desacato? Desertar de las ideas generales, en  principio. ¿Me asusta ir a un vivir invisiblemente? Conozco a algunas personas así. Invisibles amigos. Amigos secretos que no presento. Hay que merecer amigos impresentables. Nos vemos  cada tanto. Vivir de manera invisible es una posibilidad.

Tener presente que esto es trabajo: componer. No perder de vista ese verbo.

Espero saber qué debo.

Quiero que la mañana se coma el día.

Reducir a nada la vida social. Apenas un gesto. Cara social. Siempre todo bien. Apenas un gesto para calmar los celos.

También: desertar de la gente que no tiene pudor, que nos meten en sus historias de bombachitas. Caranchos de la amistad.

Escribir en cada libro mis memorias. Dioses de la Memoria: por orden de aparición: Cardenal de Retz,  Duque de Saint-Simon, el general Lucio V. Mansilla, Carlo Emilio Gadda, Jack Kerouac.

No ceder a los que piden narración. Que la escriban ellos. Que la lean ellos. No escuchar a nadie en materia de literatura.

Trenes de carga. Vagabundos viajeros. Linyera porteño.

Sí: carajo de carajo de carajo: que esto se vuelva imposible. Oscuro. Sonido. Desconocido como el desconocido de esa esquina de acá que me saluda: ¿hablaremos alguna vez?

No me decido a comprar una gorra inglesa: me miro al espejo. Me sobresale la nariz.

Hay cosas que no deben filtrarse, hay frases que no pueden caer en manos de cualquiera.


Lola, después de tomar sorbitos de té: ¿amor? un clavo saca otro clavo. Y lo miró ojos acabo de dejarte. Solo se escucha el perro de Amanda.

Libreta de notas en el bolsillo. Anoto los gestos de Lola, los esbozo, los agarro en el aire, me los llevo a un aguantadero secreto, los miro, los escucho hablar. Lola escucha la visión, yo transpongo, ella se reacomoda en la silla, ni se baja la pollera, no se toma el trabajo, qué miren para otro lado o no. Tengo que escribir cinco libros a la vez. Y veré las ensoñaciones. El perro de Amanda ladra en el traspatio.

No frecuentar a las “hormiguitas de la palabra”.

Evitar los nombres y alusiones a ex-amigos. ¿Por qué? Nombres: es obvio. Pero: alusiones, ¿por qué no? No: evitarlo. ¿O no?

Autoestima: baja. ¿La literatura como oficio? Oficio galgueante. En tres años apenas si gané para pagar la luz. No mostrar mucho el fracaso social. Insisto. Envenenar el concepto de amistad. No existe. Es un sentimiento insípido. Las grandes sentimentales y su maldad.

No haré más: leer lo que no me interesa, escuchar música con la etiqueta: moderna, escuchar monsergas políticas, no tomaré mucho vino, detesto el culto al vino, descartaré la carne poco hecha, no comeré riñoncitos, me dan asco, como la polenta, no leeré diarios. No escucharé más: a los que participan en polémicas, no  hocicaré frente a escritores de renombre, me cago en el concepto escritor de renombre, no curtiré con escritores que me hacen el numerito de la pobreza, de la vida interior, no perderé un minuto con los que predican “el kitsch soviético de la pobreza” como dice Lorenzo García Vega, no refrendaré la mitomanía, no comeré con filósofos baratos que no saben quién es el Cardenal de Retz, más rápido, no me sentaré a tomar ni un café con un filósofo.

Siempre detesté la escuela. Desde el primer día. No era para mí, para bien de la escuela, que nunca me reclamó.

Desolación: ¿cómo poner esa palabra en una frase? ¿Cómo no dar risa?

¿Dosis de desconexión? Máxima. ¿Mundo exterior?: para mí: imposible.

Única ciudad.

Acepto la queja de la investigadora: acá no pasa nada, y la queja de la profesora: me repito. Agrego: la ubicación es indeterminada, apenas personas que se cruzan. Todo sale de la nada. Acepto: acá no pasa nada.

Baño en tacho en la piecita del fondo. Una vez a la semana. Tal vez ese rasgo conventillo hace que mis casas abandonadas se llenen de polvo. Acepto.

La mirada de Lola: hace lo que quiere con sus ojos, mata o resucita o te hace nacer y te mata o te abre el infinito o te descarta.

Desalojo del año 46. Ahí veo toco psicologista en puerta. Es la tentación. Mejor es éxodo. Lista de nombres, infinitamente infinitamente. La dirección es salida difícil, complicada, repeticiones, letanía, mucha letanía, medio éxodo, medio encantamiento, ningún avance, morderse la cola. O acaso ¿no es nuestra historia de mudanzas?: salidas complicadas, juicio incluido, desalojo, a los tumbos. El toco sentimental está ahí, al alcance de la mano: niño que nace unos meses antes de la partida,  a las 3 de la mañana, llueve, la familia y los vecinos están en el patio, debajo de la galería. Tal vez hubo truenos. Primavera. Llega sin pan, la familia no pedirá mudanza, salen empujados por un de oficial justicia de la fábrica Alpargatas, argentina. Nace en tierra de desalojo. Está todo listo para novelón de premio. ¿Qué otra cosa haría falta? No tengo a mano ningún novelista de trama. Pero esta mudanza no durará tres días, por la Avenida Montes de Oca, cruzando el puente, por Avda. Belgrano, por Lavalle a la derecha, por Paláa a la izquierda, y paramos en la mitad de cuadra. También otro día, el camioncito, con lo que quedaba en la calle Olavarría, tomará Patricios hasta California y saldrá a Montes de Oca. Un solo día de los tres.

Malestar: imposible de aplacar. Consuelo, menos. Y el último y tardío aprendizaje: escribir sin esperanza. Limar el resentimiento de la soledad, las púas del resentimiento de la marca en el orillo, “hasta el resentimiento”, siempre el mismo ritornello: obvio y sí, y variado. Esto no tiene nada que ver con la claridad, con las ramas de lo claro y no pienso pasarlo en claro. Ya no pienso pasar nada en claro. El carancherío quiere claridad, realismo y su yuta: la proporción, para qué, si no lee. No me voy a ir de la escena, no estuve nunca, así que no me tengo que ir. No se puede anudar ninguna amistad.

Sólo me gustaría sentarme y contar todo el dolor que tengo y que alguien escuche y no diga nada. Que no me diga que me va bien, que conozco alguna ciudad, que escribo como pocos –eso lo sé, de memoria, no, necesito alguien que escuche un poco, sin consejos, sin comprensión, odio la comprensión. Repetición, amo la repetición en todas sus variantes. Leo una novela y reviento de angustia. La angustia: dónde ponerla. Y me vuelvo supersticioso, inmóvil, me quedo ahí, atado al terror. Ataques de terror mudos. No digo nada. No se lo cuento a nadie. No puedo. No puedo contarle nada a nadie. Necesito estar con gente sobria, aguda, rápida, voy al bar y me junto con la banda. Vistean y no me dicen nada. Un café. Es todo. Sigue la ronda de la conversación. No hablo mucho. No sumo. Pero me alivia. – En la otra punta, Raúl escucha. Sabe algo, sacó la cabeza de la concha de la literatura y arrancó. Jerry dice que Raúl escribe caravanas de conversaciones en argentino sonoro, masas de sonido en expansión.  Registro sonoro volado. Por eso me tendió el cable, no pregunta nada, me llama y me ayuda. Cero comprensión. Un día fuimos a ver una ópera de Mussorgsky, era mi cumpleaños y Raúl sacó dos entradas, Boris Godunov, y pizza en Guerrín y empezó nuestra amistad. El único escritor callado que no pide permiso. Nunca habla de lo que escribe. Es un escritor demasiado bueno. No necesita recargar con paráfrasis tediosas lo que hace, no escucha el eco pelotudo de  las glosas, no anda con letanías de escritor quejoso. No necesita autoelogiarse. Todo lo pone ahí. El que quiera escuchar que escuche. Salón del fondo. Y sala de billar. A perderse. Horas ahí.


Camina contra el reflejo de luz de la mañana. Hijo de un llegado a la Boca, a los tres años, en el culo del tiempo, visiones de recorrido, y las ensoñaciones de la vida, ¿cuándo empezaron? ¿a qué edad? no hay respuestas, pero el reflejo encandila fuerte a eso de las once y entra en la luz de la ensoñación, o sea, en su ruina, obstinada y personal, social, porque nunca creyó que haya un horizonte insuperable de escritura, nunca lo creyó, siempre hay una voz, en algún lado, es verdad que uno dice ruina y alguna idiota escuchará algo filosófico, porque tiene el oído congelado en lo que le enseñaron, porque nunca pudo ir más allá, tratará de herir con su mala leche, y sólo puede dejar la marca de su odio, de mano atada, su mano de envidia que no tiene sonido, pero ya no importa, todo  eso, ahora él, ya a la mierda filósofo, poeta, escritor, ensoñado, camina hacia la mañana del olvido de todos los odios, hacia la soledad, unas papas en la olla, zapallo, apio, a esperar, notas en la libreta, copia frases de Ruth Klüger, asocial, que salvó su alma de los fanáticos – aprendo a blindarme leyéndola.

De padre de la ensoñación a hijo de la ensoñación a familia de la ensoñación. Pero estuvieron los años de miseria. ¿O pobreza? ¿Lo poético y la pobreza? ¿Permitido, no permitido? Eran cazadores de fragmentos de la eternidad, Irma aprendía a hablar escuchando a Ignacio Corsini, lo voy pensando mientras me voy a encontrar con la banda en el Santa Lucia, un bar de Florida. Planeo de paranoia, todo el miedo de la paranoia imposible de contar, la paranoia es mi alimento, cómica.

La ensoñación no es imitable. Machaca contra lo social. No hay escuelas de la ensoñación, como puede haber escuelas de otras cosas, escuelas filosóficas, cosas así, autoayuda disfrazada de sabiduría. Ensueño la caminata por Salta y Caseros en futuro de la perdición. Pierdo lo que pierdo. Y pierdo mucho en la ensoñación. Que no tiene que ver con la poesía, la poesía no es ensoñación, es una actividad para gente con los pies sobre la tierra, hijos de rentistas que son más o menos parásitos y les encontraron un lugar social: poetas. Ahora hay muchos hijos poeta. No sigamos. Hay gente que se enoja. Pero es un lugar social.

Aníbal escribe poemas incontables: sobre nada, nanookes reventados que van de un libro a otro, sin género, gente que trata de orientarse en la selva del lenguaje, tipos que están por nacer, que miran por los huecos, que murmuran insultos. Su novela: James Fenimore Cooper: secuencias desatadas en un paisaje de nieve.

La novela es una larga carta a un amigo (¿quién lo dijo?).

Mandelstam era un vagabundo. No lineal.

Los estigmas del nacimiento: el más doloroso: tampoco tuve juventud. El reputísimo trabajo a los dieciséis años. Todo se cagó ahí para siempre. Línea divisoria.

No necesito comprensión: o plata o nada. Sigan su camino.

Lo blando de los hermanos de clase, la mierda solidaridad de la clase. Dos categorías: los que trabajan a los 16 años y los que van al colegio. Nunca se encontrarán. O al final fatalísimo desencuentro.

No explicar nada: ¿me quedan amigos que fueron a trabajar, que encallaron  a taller o en la sedería? 
El único hilo, pero retorcido: laberinto, conventillo de chimentos, escándalo en la familia, es la mudanza.

Mantenerse en: plata o nada: seré pobre pero leí a Proust, y hay que ser muy pelotudo lector para después de siete tomos seguir creyendo en la amistad. O en sus derivas confesionales.

Paranoia, sí, se come todo, pero ahí está. Pide todo y más. Pero ahí está. Boletos a perdedor, en tandas o de un saque,  por derecha fondo sepia pizzería de La Boca, pasado perdido. ¿Y si todo empezó el 9 de mayo de 1906?

Madre de Roque Juan, madre italiana: ¿qué pensaba camino a Buenos Aires? Barco Minas. María Zimariello. 33 años, pelo en rodete. Vio la luz de la mañana entrando al puerto, la luz de la mañana de siempre, inmutable luz de la mañana de 1906 tornasolada como hoy o como cuando Gaboto bostezó en Barracas prisma de la esperanza acogotada en la esquina.

Poner la calle en movimiento, darle todo la sonoridad, la sonoridad de las vibraciones. María caminaba en el culo del tiempo. Alguno la miraba, como si fuera de Longone. Iba con alguna amiga, en murmullo de sueños, palabras rengas, entrecortadas, distraídas. Las miran caminar, pasa un carro, las llena de polvo, se agarran los sombreros, se sacuden los vestidos, siguen por la no Longone como chicas de Carlo Emilio Gadda. No es verano y no muestran los brazos.

Los nombres: cinco en tapete verde rascado. Trastienda de tabaquería. Escena a tiempo ido. Quilmes. Es el fondo del tiempo. Roque Juan viernes a la noche de todo el año. En ese cuartito más o menos preparado. Mesa ratona al costado – para whisky y vasos. Entra pibe Silva – y no pasa de largo. Se sienta atrás de Roque Juan. Y atrás de todos la cortina dorada que separa el cuartito de la tabaquería. Todo visto de frente. Jugador de la izquierda, un tipo desconocido, capote de carrero azul anegrado. Atrás de él, hombro izquierdo contra la pared, el padre de pibe Silva, traje gris a rayas,  cruzado de brazos, cigarrillo en la boca. Espera. Jugador de la izquierda, Américo, sombrero y sobretodo azul cruzado. Al lado de la cortina un cuadrito con foto del padre del padre pibe Silva. Más a la izquierda, repisa con jarrón vacío. Acá nada es transitorio. Acá se mata el tiempo para siempre: se juega, señores. Estos cinco están fondeados en el amarillo provincia de Buenos Aires. A un día del domingo. Pero la eternidad está acá. Todos nos vinimos a vivir aquí. A esta pieza del fondo. El pibe Silva está destinado a quiebre. Madre inglesa y padre con tabaquería entregada al tapete. Ruina. Sequía. Mira a estos tipos de día viernes. El futuro se le anuncia empleado de saco gris fábrica de Suárez y Herrera. Acá nadie ilumina a nadie. Es el juego a secas. Estamos de espalda. Al mundo. Para ninguno de estos tipos el dinero es un anzuelo de la infancia. No hubo infancia. Y menos un anhelo. Y menos un objetivo. Todo en las cartas. Llegarán se irán, se desarmará la mesa tapete verde, quedará ahí, quedaré inaudible, se irán la partida terminada, los bolsillos secos, uno solo saldrá alegre contenido, pudor en el gesto. No había promesas, no hubo promesas cumplidas. Un poco de desilusión. Apenas.

Victorino, saco gris de invierno, pantalón azul, sobretodo negro colgado en la percha está solo en Barracas. Es viernes, pero no fue a Quilmes. En la tartamudez del invierno julio.

Acá nadie saca la cabeza a flote. Nadie va más allá de lo que puede. Acá nadie puede mucho. Estos no fueron más allá de esa línea del rebusque a changa.

Veremos si acá se mantiene la esperanza, si alguien sale adelante. ¿Rechazos? Veremos. Hay y no hay.

Lugar es una palabra. Nada más.

La luz fría de junio está colgada de esos carteles en la Avda. Mitre, en el presente de este pasado ellos vienen de una casa de inquilinato de madera y van a otra casa de inquilinato de cemento, ¿un progreso?, la de ahora, luces modernas que tapan todo el pasado, los desalojan para siempre, sólo queda acá, y no sé. Pero el que te hostiga te vigila, remaldito ideólogo, quiere que lo escuchen. Salimos vigilados y no nos dieron nada, fuimos allá, cruzando el puente sala grande dividida por un tabique, cocina de chapa afuera, cocina de kerosén. ¿Queríamos irnos? No nos dejaron partir, nos echaron. No fue un camino de tres días. Todo el bagayo en camioncito y en un día. Nadie nos esperaba. Fue la primera vez que nadie esperaba nada. Nadie se acorazó, no daba ni para eso. Nos desparramamos. Rengos de pata y brazo. Ese día no vimos la cosa de cada día en su día. ¿Nos bañamos? ¿O estábamos algo olorosos? Paquetes entre la mañana y el cielo envueltos en papel de diario bultos de lona atados con sogas de los camiones de Barracas, prestadas, la lona y la soga. Mañana soleada de febrero.  ¿Quién dijo?: había que salir de allí. ¿Mateo? De debajo de esas chapas.  Estaban todos cansados, sordos de cansancio. ¿Cuántas familias? Veníamos de casas distintas. Todos en desalojo raquítico. Teníamos los labios sellados. Matasello orden de desalojo. Atrás no quedaba nada. Rescoldo. La pava quedó en el fogón.  El único olvido. Y no fueron tres días en el desierto. Fue camino de un día.

Nadie nos ayudó.  No quedó registrado.

¿Dónde leí: no miran las palabras mentirosas? Con esos dos no tendré sobreentendido.

¿Lola vuelve a su ciudad?  Dijo: no lo descarto.

Mejor hacer tomas, no en el sentido cine, no, en la vía jazz, aunque suene remanido, o repetitivo, como dice mi falso amigo: qué carajo me importa si es repetitivo. Los policías confunden repetición con lugar común, no pueden escribir y se ponen a limar las repeticiones, algo les mató el oído, se les ensordeció adentro, y viven de mañas teóricas.

¿Qué realidad? ¿La tuya? ¿O la mía?

En el comienzo, el remiendo: durante cinco meses cadete compañía de seguros –nombre griego–, llevaba correspondencia a los hoteles de la zona. Tipos de provincia o extranjeros en trajes impecables, que iban a los bares de Carlos Pellegrini o de Paraguay y Florida, a esos restaurantes cajetillas de Reconquista o Charcas. Cadete de oficina, último orejón del tarro. Por esas calles, horas haciendo trámites.

Los estigmas del nacimiento: ¿origen?, no, no me parece, por ahí no, los estigmas son las heridas, las puñaladas dostoievskianas de los jefes y compañeros, el salario de mierda. El único origen: a los 16 a la oficina, el origen es humo, chamuyo. Acá se trata de patio, de inquilinos, cuchara, sopa, culo en la silla. Trabajo. Lo siento. Plata, falta de plata. Trapo rejilla. En fin: se trata de filtrar el tiempo. Las heridas están en el bolsillo, como las citas, todo en el desierto. Pero en el desierto de Henri Meschonnic.

A rastrojero, años después – ¿color? – ¿El que estuvo por hundirse en Santa Teresita?

Desalojo – alquileres – inquilinos – zarpazos – Troilo: asesinado en homenajes, evocaciones. Asesinato repetido. Los rentistas del homenaje.

No olvidar: el relato borra el recitativo.

Tenía un título del que estaba enamorado – lo demolieron con saña. Veremos cómo me las arreglo con la saña. Por ahora me puede.

Carnaval de 1950: estoy parado en Paláa y Berutti, otra vez, unos meses después de la llegada, de atravesar el desierto, no el de los tres días. Un día de la mañana a la caída de la tarde. Todo en esas horas o se hace humo la mínima cacerola.

Lola saca libros de la biblioteca de la calle Berutti. Saca La mujer  de treinta años. Lola tiene treinta y dos. Lánguida treintañera algo atorranta que se come a los tipos.

¿Lola también?

Se va por la calle barranca abajo mira la marquesina de la esquina de reojo estrenan película de un seductor camina chueca y simple no la tendré la miraré será mi cleves infinita todavía no acepto la pérdida y hago mal en el arco del tiempo sigo entre los bagayos viajando a Avellaneda por Barracas saco la cabeza me escondo me destroza el alma ¿qué me pertenece? ni la pobreza  le invierto la pregunta a Lebris y Lola no se cansa de soñar.

Calles de Barracas. Nombres y recorridos. Puente a Constitución y a la Boca.

Amo a los escritores argentinos que supieron poner la palabra pava, que la inventaron. Un recitativo con pava, ropero y mate es lo maestro consumado. Es como poner taconeo o traqueteo. Saber hilarlo en una frase.

Me pierdo en paranoias. Me pierdo. Me pierdo. Quiero conocer a esos tipos que están ahí, sentados, en la vereda, con el pasado en el bolsillo, horas ahí, en la mesa del café, tengo que volver al café. Olvidarme de los tarados del reconocimiento.

Nacimiento: pieza de Olavarría. ¿Lo conté? No importa.

¿Qué pensaba Irma en 1945?

Nada funciona – nada, pero ella estaba parada ahí, a la luz del día – ¿qué hora precisa? – luz del día de 1945, a la espera de un nacimiento.

A la mierda los que dicen cómo se debe hacer el hacer. Hay que incrustar repeticiones.

La alegría está en lo miserable impúdico de un inquilinato, también está, te hace salto de mata y te ponés a reír, te olvidás del papel de pobre al que te condena,  y te la cobran.

La desilusión. Maldita. Qué es: los que te olvidan, no el odio, el olvido, cuando no llega ni el grito de un canario, mi voz a balbuceo por el bosque de las visiones, correrse de esa luz, muy visible.

Tarde tarde me enteré: que no podía ganar – es imperdonable ese error en la  cadena del tiempo, te deja frágil a punto cruel. Nadie te dice nunca: estás solo. Y estás solo. Puedo ganar o puedo perder: pero qué: tocos de reprobación en nombre de la poesía o de alguna añoranza sepia. Y nos vamos renegados de alguna profesión a la pieza del fondo: el misterio de los misterios siempre fue la pieza del fondo, ensoñación a la ventana del depósito de las bolsas de arroz apiladas, salto y ya del otro lado, lugar seco, entran los retazos de sol, camino por los pasillos de las pilas bolsa de arroz en esta mañana matizada mañana de la claridad viento del este dónde te metiste, no hay ningún maestro no lo hubo lejos de la zarpa le doy todas las vueltas posibles ya que hablamos de soledad y los desamores tal como los esperaba esperan a la vuelta de la esquina.

La gente efimerísima de mi infancia. Condenados de la soledad. En el pozo más pozo. Reventados de un pisotón, novela de arrinconados, de réprobos.

Ventanas, escenas de recuerdos, incrustaciones. Por la ventana del traspatio se va el depósito de las bolsas arroz o café – y ahí, a la espera.

La suspicacia.

Y la aflicción. Y la soledad. Y la sopa 10 de la noche. Y el diario La Razón. Y la oscuridad del patio. Y la estufa gas en el living. Y todos apretados. Y el café de la noche. Y antes, esos sándwiches de queso fundido con qué fiambre. Y algo de conversación. Y se hacían las doce. Y un día todo eso siguió sin Roque Juan. Putísima madre a la noche del tiempo a nadie. Y todo siguió rengo, tartamudo y desesperado.

El drama de esos años: la futilidad, la pérdida de tiempo en la amistad como sentimiento, eso es una futilidad – sí, pero ¿cómo escribirla? Todo a desplome.

Luces de la mañana de Octubre.

El putísimo trabajo. Boca de sapo predicante de laboriosidad. Putísima poesía sobre la clase trabajadora.

Horas de lectura: dos a la mañana – dos a la tarde. En el medio: yugo. Estudiar inglés.

Indiferencia es reaseguro.

Retrocedo hasta el momento en que percibí por primera vez a un poeta argentino – y fue la suma del sonido, no, sólo de su sonido, no, fue la liberación del sonido: vibraciones como diría Sunny Murray, y empecé a escuchar.

Es ida, es vuelta, es atravesar el riachuelo, es del lado de Avellaneda, del puente al club de Remo. Escribir fragmentos de vibraciones de sonidos chispas de taconeo Lola entrando en mi casa.

Ahí estábamos todos nosotros – metidos en el infinito – puntos perdidos en la luz de la mañana.

¿Qué ficción? Yo no escribo ficciones. ¿Es sordo ese tipo?

No me concentro en las comidas de conversación. ¿Falta de plata? No, eso es crónico. No me banco a los amigos con plata y situación. No me los banco. Hablan de cosas que no puedo comprar.


Como dice uno de mis santos predilectos: sólo libros contados a los amigos, los que se leen los que se escriben: ¿hay otros libros pregunta ese sordo? El mismo de las ficciones. No creo.

Mi costado Barracas ropa regalada, ¿qué origen? Había una lucarna en la casa de la calle España, empecemos por ahí y después vemos qué queda.

28.10.12

Horror a la lápida, por Mariano Dupont


Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ése era todo su patrimonio.
Rafael Sabatini


Cada tanto hay que volver a Leónidas Lamborghini. A sus libros, me refiero. Me lo digo a mí: hay que volver a lo que hizo Leónidas con el lenguaje. A su trabajo. A su trabajo con el lenguaje, con la risa. Siempre se aprende algo nuevo volviendo a Leónidas. Precisamente porque él, a lo largo de sus libros, de su vida literaria, no ha hecho más que esto: volver nuevo lo viejo. Lo ajeno y lo propio. Es decir, reinventar, reiventarse. Una y otra vez. Un constante desenmascaramiento, digamos: “y quién soy/ y dónde estoy se pregunta” el extraviado en “Una canción”, el primer poema de El riseñor. Y en SEOL: “el ruido de lo roto en el trono de la identidad”. Lo dejó claro, sobre todo, en su prólogo a Carroña última forma, cuando explicó por qué había elegido ese “disímil collage de sus disímiles textos” a la Obra completa propuesta por Adriana Hidalgo. “Porque le tengo horror a la lápida”, escribió. Horror a la lápida. “Horror como terror”, agregó. Toda la obra de Leónidas Lamborghini está atravesada por ese horror a la lápida. A la propia, sí. Horror a cosas como “poeta nacional”, por ejemplo. Horror a quedar abrochado a un rótulo de esa índole. A cualquier rótulo, en realidad. Horror al museo de la literatura nacional. Horror a convertirse en un emblema. En un modelo. Horror a todo eso que, ahora que está muerto, quieren endilgarle. Pa, pa, pa. Dos, tres, cuatro parrafitos. Listo. El busto de bronce bien lustrado. Con bigote y todo. Para que después, desde el cielo, lo caguen las palomas. Como si una muerte no alcanzara, quieren regalarle otra. Por su bien. Aparentemente. Con buenas intenciones. Pero nunca se sabe. Hay que desconfiar de los seres humanos, ya lo dijo Céline. Son ladinos, calculadores, pesados. Sobre todo pesados. De todos modos, por más que las intenciones, supongamos, hayan sido buenas, no importa. Las peores cosas salen de ahí, de las buenas intenciones, eso se sabe. En este caso: nuevas maneras de no leer, de no ser afectados por la belleza revulsiva de sus libros, por “la risible Belleza de la Belleza de la risible risa del riseñor”. Por su libertad. Que su libertad no nos toque, que no nos modifique. Que sus libros dejen de interpelarnos. Listo, poeta nacional. Una institución, como se dijo. Ya está, ¿para qué seguir leyéndolo?, ¿para qué volver a abrir sus libros si vamos a encontrar, ahí, al Leónidas Lamborghini de siempre, al mismo inofensivo “gigantesco” poeta nacional? Al mismo con variaciones, como dijo otro sordo. Cada época tiene sus sordos. Con sus operaciones, las operaciones de los sordos. Un sordo siempre viene con una operación bajo el brazo. No falla. O varias, varias operaciones. Llegado el momento las sacan a relucir. Siempre muy parecidas, las operaciones, ésa es la verdad. Nada cambia, insisto, hay que insistir, no hay que olvidarse de eso, de que siempre fue así. La especie humana es muy predecible. Y los sordos ni hablar. Los jodidos de siempre. Los jodidos que joden, para decirlo con Leónidas.

Horror a la lápida propia, decía. Pero también a la lápida del lenguaje. A los lenguajes lapidarios, de lápida. A las frases que pesan doscientas toneladas. Desde acá, desde esos lenguajes muertos, desde el trabajo con esos cadáveres, hay que pensar las reescrituras lamborghinianas, las de El riseñor y las otras. Todas. Incluidas “El combate” y “Eva Perón en la hoguera”. (En una entrevista que le hicieron Guillermo Saavedra y Américo Cristófalo, y que salió en el número 3 de la revista Las ranas, Saavedra le pregunta: “¿Tu crítica al peronismo en tanto modelo cristalizado, ¿está cifrada, sobre todo, en los poemas de El riseñor?”. “Yo creo que sí”, responde Leónidas. “Ahí reescribí, como dije antes, la marcha peronista y el himno nacional argentino porque sentí precisamente que se trataba de un modelo que se venía abajo desde adentro, se destruía, se disgregaba, se atomizaba. Sentí, para decirlo sin vueltas, que nos íbamos a la mierda”.) Las reescrituras, entonces, como un cuestionamiento de los modelos (literarios, políticos) y de los lenguajes normativizados, cristalizados, doctrinarios (literarios, políticos), que esos modelos implementan para poder legitimarse y perpetuarse. No como una transgresión de los códigos o valores establecidos. (“¿Es esto iconoclastia? ¿Falta de respeto?”, se pregunta en El jugador, el juego. “No es mi intención. Por otra parte, pienso, no hay mayor escándalo que convertir al Modelo en una momia célebre, pero momia al fin y al cabo”.) Tampoco hay que pensarlas, me parece, como un asalto a las propiedades de la lengua, de la literatura, de la cultura, o de lo que sea. Esas son meras consecuencias; resultados, diría. Efectos secundarios, rebotes del trabajo. Ecos. “La fractura no se elige, se lleva adentro.”

En el origen, entonces, sí, una descolocación. El loco, el “colo”, el solicitante disgregado que pone en evidencia la violencia del Modelo devolviendo la distorsión. Como un boomerang. Multiplicada gracias a la risa, que todo lo multiplica. Hay intrusión, penetración, sí. Y duele, un poco siempre duele. Una penetración que revela aquello que el Modelo quiere ocultar (pero también revelar): su propia imperfección. (“Cuando hablamos de modelos”, dice en la entrevista de Las ranas, “como ya dijimos, estamos hablando también de modelos políticos. Aunque no se pueda salir de él, al modelo hay que criticarlo constantemente porque, de lo contrario, se instala y uno se pasa mil años diciendo que la Tierra es el centro del universo.”) Una chaveta perdida que revela, de golpe, la locura de la máquina. “La risa como una de las expresiones más frecuentes de la locura”, decía Baudelaire. El descolocado que ríe, entonces. Como el que va riendo solo por la calle tratando de entenderse. ¿De qué?, ¿de qué se ríe?, ¿por qué ríe ese señor? Andá a saber. No hay nada de qué reír, nos dice el Modelo. Es todo muy serio. Vamos ganando. La risa del loco, del “colo”, como respuesta a la seriedad violenta, paralizante, tediosa, del Modelo. El “colo” manipulando –harto, poseído– un par de electrodos, uno en cada mano. Un shock eléctrico a las palabras del rebaño, al cadáver flácido de la lengua. Una corriente eléctrica que despierta a los muertos. Poniéndoles los pelos de punta (como esa reseña de Las patas en las fuentes, que terminaba con: “No lo compre”). Un shock al Modelo. Una interrupción de la siesta que el Modelo propicia. Un sacudimiento al Modelo de la muerte, de los muertos, del lenguaje muerto que utilizan los muertos. Al Modelo y sus voceros, sus defensores, sus boy-scouts; que nunca faltan. Nunca faltan los boy-scouts defendiendo la causa noble del Modelo. Hay que mantener el orden. Edificar, educar, hacer el bien. Gente proba, gente buena, gente seria. Los “charlatanes de la gravedad”, los llamó Baudelaire. De hoy y de siempre. Los clones de Pedro Goyena que recorren todas las épocas.

Un shock eléctrico al Modelo, decía. O de otro modo, lo mismo pero parecido: destrucción y negación. Sin las cuales, se sabe, no hay creación. Ya se dijo. Destrucción y negación del Modelo a través de la risa, la parodia. Leónidas: “Pero, en el fondo, ¿no es la Parodia un decidido intento dirigido a la destrucción lisa y llana del Modelo? ¿A la negación del Modelo, y de todo Modelo, como si éste no fuera, en el fondo, no pudiera ser otra cosa que su propia Caricatura?”. Lo dice acá, en El riseñor, al final, en “El Estro Paródico”, una breve arte poética, una de las tantas que aparecen desparramadas por su obra. No hay más que abrir sus libros. La poesía, la literatura de Leónidas Lamborghini, nunca dejó de comentarse a sí misma, de volver sobre sus pasos e inventar, así, su propio lenguaje. De ahí, como dice Esteban Bertola, la dificultad de referirse a “una obra que sólo se deja hablar con un lenguaje propio”.

Pero hablaba de la caricatura, de la caricatura del Modelo. El trabajo del poeta, entonces, como un decidido intento por mostrar que el Modelo no es, al fin de cuentas, otra cosa que su propia caricatura. Un trabajo que tiene antecedentes allá lejos, en lo que había hecho el Dante –ese Dante “extraviado”, como se lo llamó, poco conocido, anterior a la Vita nova y a la Comedia– en el poema Il Fiore con el modelo del Roman de la Rose. Dante toma el poema alegórico de Lorris y Meun y, lamborghinianamente, lo vulgariza, lo reescribe en clave burlesca, paródica. Una reescritura mitad intrusiva, mitad tangencial (para usar las palabras de Leónidas), cómica y procaz, que pone en evidencia lo que el modelo ocultaba (pero en el fondo quería revelar): su propia caricatura.

No hacemos más que reescribir. Reacomodamos, disponemos las palabras en nuevos ordenamientos. Cuando hay suerte. A veces ni siquiera. Leónidas lo sabía mejor que nadie: somos simples combinadores en el hospicio del lenguaje. El lenguaje, ya no como morada del poeta, sino como su hospicio. A veces pasa algo a través de los barrotes de la celda. A veces algo llega. Pero muy de vez en cuando. Mientras tanto, el poeta urde, confabula, combina. Leónidas: “El Combinador, inclinado, más bien, a agrupar las palabras en elementos como ellas deseen o revelen desear agruparse antes que como él desee agruparlas” (“El Combinador”). Es que el lenguaje también quiere decir lo suyo, porque el lenguaje, como lo sabe cualquiera que alguna vez haya intentado escribir un poema, trabaja en “abierto misterio”. Ser el instrumento del instrumento. El lenguaje, entonces, como un juego del que se desconocen las reglas. Otra vez Leónidas, ahora en una entrevista que le hicieron Juan Desiderio, Mario Varela y José Villa: “Estuviste jugando pero no sabías a qué jugabas. (…) La apuesta es a lo desconocido. Y ahí puede haber un fracaso. Pero ¿en qué sentido? Yo me quedo con este fracaso, antes que el acertar de gente que sabe a lo que está jugando. (…) En ese jugar se está jugado.”

“Hay que apostar, aunque la apuesta sea la Nada.” El poeta como jugador, como equilibrista en la Casa de juegos de la literatura. El poeta como un payaso loco que juega el Juego del Modelo y se divierte “martirizando un poco el lenguaje”, como decía Eduardo Wilde. Jugar sin red, por supuesto. Siempre. Si no, no tiene gracia. El poeta “como el que vive internándose en la mente de un loco”. O “como el que nunca pudo dejar su infancia” o “matar al niño de su infancia”. “Como el que de la mano de ese niño ha de entrar en el infierno.” Su moral, sin embargo, es la del bufón. La del homo parodicus. La del hombre que ríe. “La poesía fue hecha para alegrar el corazón del hombre”, decía Pound. No sé si la poesía, la literatura de Leónidas Lamborghini alegra el corazón del hombre. Sería ir demasiado lejos. Sería como decir, por ejemplo, que Céline nos alegra la vida. Y no es así. Al menos a mí no me la alegra. Pero sí podríamos decir, en cambio, que tanto Leónidas, como Céline y muchos otros, forman parte de esa raza única de escritores que nacieron con el don de la risa, y con la intuición de que el mundo estaba loco, y que gracias a eso nos ayudan, y supongo que nos seguirán ayudando, a salir del desbarranco.


Leído en la presentación de El riseñor (1975; Editores argentinos, 2012), de Leónidas Lamborghini, el 12 de septiembre de 2012.

22.10.12

Carlos Correas: una literatura destructiva, por Jorge Quiroga


La cualidad de lo arltiano


Hablando de Silvio Astier, Carlos Correas plantea que es “precisamente toda nuestra injustificabilidad, puesta en él , nuestra angustia de la cual huimos, nuestra abyección, que nos avergüenza, nuestra contingencia, nuestra muerte absurda”, la supresión bajo la forma de la imposibilidad de ser hombre, y el martirio que después será doloroso, rige esta lógica de tensiones, tribulaciones diría Correas, que marcan el destino testimonial, con  el que todo suicidio irrumpe en el mundo de los vivos para decir, estos son los límites de la imposibilidad y a ellos se rinde, cada uno que enumera los vínculos con la muerte.

Se ha quebrado la relación con “el otro del otro”, aquello que se deposita en lo ajeno del ser, extraño para sí mismo,  logrando así que  se vuelva imprescindible ese paso en la angustia de lo que soy para todos , lo que hago presente en un gesto por el que me veo inerme, contemplando casi en una ensoñación  que soy ajeno, y en ese instante mi decisión es lo único que puedo mostrar, con  la supresión de la realidad, donde me encuentro, en el último gesto imposible.

Una forma de morir  es la elegida, dice Correas, está señalando lo necesario, absurdo y relevante, que estoy enunciando en su contundencia: un pensamiento de la angustia y del dolor de mi circunstancia, que está allí para los que la quieran ver, envuelta en la trascendencia del suicidio. Ahora podemos preguntarnos de quién se habla cuando se interpela a la muerte, y hasta  qué punto el juego de identidades se retrotae a una reflexión que va en proceso de confundirse con la propia historia, y es sabido que escribir de Arlt, o de Silvio, Erdosain, Balder, etc., presupone un movimiento de búsqueda acerca de cierta cualidad de la escritura o de la literatura, que se refiere internamente a situaciones por lo menos tensionantes, alarmantes, porque comprometen todo el sentido del ser en cuestión , en el momento de unas crisis de existencia, que está instalada en el lugar donde reside la negación y el testimonio.
“Erdosain construye  verbalmente su sufrimiento para sí y para el Cronista Comentador, y el estilo de Arlt no se priva de hablar dolientemente del dolor y de “dolorizar” al lector o, por lo menos, de no suscitarle goce a través del contenido particular de las palabras”. Esa estrategia del sufrimiento construye un éxtasis que únicamente puede medirse con  un exceso, una humillación redoblada, el intento de ser otro, con lo que se busca padecer. El interés por Arlt tratando de comprender como se organiza ese lenguaje,  que ve como plebeyo, formando una constelación de sentidos. Acaso “una pasión de entrega al otro o de agresión defensiva: mágico a su manera, contagia el apasionamiento o provoca estupor o consternación”, es decir que el intento lleva agresividad para corroer el sentido común, e investir de cierto misterio, y de situaciones límites de las cosas.

Erdosain es santo, porque vive su dolor en su propia palabra, que quiere diseminar  para que los otros comprendan el camino que los separa y los distingue, para Erdosain: “Esa santidad si existe llega a la locura”, dice este santo maltrecho. Es sabido también que para llegar a esa condición, es necesario someterse a humillaciones, y que estas deben ser tan evidentes hasta llegar a negar al mundo, o simplemente para que se vea  allí, que el que está sufriendo y vive su destino  no sólo es mártir, Erdosain no llega a la locura porque se detiene antes, allí se  traiciona como tocando fondo en su humillación, evitando  de este modo  el  poema de muerte, pero no se siente poderoso, decide escindirse de los  otros.

Ese gesto solitario, ensimismado,  sin embargo rompe imaginariamente con  la dependencia en la que vive, por lo que dice ser otro, primero en las caja negra de la masturbación, que lo lleva a la irrealidad, pero siempre está allí desgarrado, la angustia es solo un modo de decir el mundo es doloroso, por lo tanto comprende, imagina. Correas en la  procura de percibir lo “arltiano”, quiere sorprender esto  en su manifestación más directa, en la peculiaridad de su aparición,  en su irrupción, sin esperar modificación alguna, en una soledad comparable a su aislamiento.

Tomar para permanecer separado, ajeno,  sobretodo de sí,  aunque parezca escaparse de la vileza del mundo, es un gesto que lo que hace es escindirme internamente, resquebrajar mi historia en la que aún no soy del todo. Entonces esa vida, canalla, de los otros, es preciso mostrarla como una constatación: ella  se da de una determinada forma para mí y para los demás, es el momento en el que el personaje arltiano se da cuenta que él es un sujeto que debe soportar el mundo tal como es.


La otra literatura de Carlos Correas

La angustia “que es una especie de miedo incomunicado”, y la literatura como “aniquilación de la realidad dada “, son desde el principio las ideas convocantes con las que Carlos Correas construyó una poética narrativa corrosiva. El lenguaje plebeyo se asocia a la polémica, porque en verdad se trata de un uso destructivo, residual, de cierta atmósfera que se percibe en lo real, y que hay que expresar en su extranjería. Desde “La narración de la historia”, lo aparente es reproducir la experiencia vivida pero para rodearla, recortándola, en el impulso de apartarla de la conciencia, como si todo fuera muy lejano, negando casi su sentido.

Sobre todo es la obtención de un clima espeso, irreal,  que se cuela en las tensiones del lenguaje donde lo vicioso es minúsculo, atravesado, y está en la misma respiración narrativa, como si se tratara de una voz que llega tarde, desde el fondo mismo de una  mínima historia agobiante, perturbadora, porque de lo que se habla es de la imaginería  y de los restos que ella provoca. Son “pequeñas memorias” autobiográficas de índole fraudulenta, son historias escritas bajo el signo de la desesperación, espectrales, oscuras y siniestras, ferozmente insalvables.

¿Dónde ubicar esta escritura enigmática y tan personal. Sin fórmulas corteses de tolerancia, como si el desafío formara parte de una estrategia de seducción y de rechazo. El deambular ocioso, los encuentros y amistades mitológicas son simples operaciones desubicadas, en la indigencia de un mundo vacilante, rancio,  con gotas de aceite grasiento, reciclado,  crudos hechos del pasado,  bajo el tamiz de una escritura sinuosa. Anotaciones, reportajes clandestinos, una furiosa necesidad de narrar, escribiendo una literatura empeñada en mostrar los últimos recursos, demoliendo la realidad, siendo de alto voltaje expresivo y desacostumbrado. Como venciendo el miedo, al no poder ahuyentar los “problemas morales”.

¿La cualidad de lo arltiano es una condición o un límite? Carlos Correas escribe su obra narrativa vinculado contradictoriamente a esa doble tensión que por ser autobiográfica , aunque lo quiera ser en forma velada, ingenuamente tergiversada, es existencial, por lo tanto utilizará el procedimiento de la confesión como recurso, para contar su extenuación más vacilante. Su concepción de la literatura, a veces es explícita o con una oscilación entre lo pleno y lo destructivo, en un movimiento que es agónico y definitorio. “Aniquilación de la realidad” dice, se trata de un proceso en el que se  amula aquello que abrume la existencia, con una lengua “flamígera” y desfalleciente. Aún cuando habla de otros (Arlt, Kafka, Massotta, etc.), en verdad, está hablando de sí mismo, de lo que el llama sus miserias, son “operaciones” que realiza para reducirse. La “pura disolvencia y la destructividad” lo acosan. Quisiera “construir un mundo” y en esas comuniones que son alegría y éxtasis, y belleza autónoma, es vencer y dar un sentido a su vida.

Esa epifanía parece estarle negada,  porque como en la cualidad arltiana es respuesta y asunción “dentro del sistema de la miseria”. Tempranamente en “La narración de la historia” (1959)  aparece como un elemento ficcionalizado la referencia a Erdosain, y a su lucha promiscua con  su propia historia, que caracteriza su flujo existencial y de escritura. Porque todo se da casi alo mismo tiempo, como algo persecutorio y obsesivo. “Pues si yo soy los otros, confesarme es declararme y declararme y declarar los hombres en mí” Esto lo lleva por vías indirectas, porque lo hace por un retórico pseudónimo, llegando al lugar inhóspito del “hombre del subsuelo”, al universo dostoievskiano de los hombres escondidos que profetizan, entre otras cosas su propio itinerario y su infortunio. Por eso mismo eso lo, conduce a la cualidad arltiana, que está erosionada en la confesión, porque aquel que entra a ese territorio ya comenzó a destruirse y a desmoronarse.

Lo primero es esta pregunta constante sobre la aniquilación de la realidad, esa aventura que se va cuestionando en forma introspectiva. La literatura es un remedo de plenitud, de entrada en “la alegría de vivir arltiana”, y al mismo tiempo es devastación, la realidad destrozada, todas estas instancias son múltiples y no llegan a satisfacer. Si la literatura construye un mundo imaginario, también puede destruirlo. Este vaivén continuo, patentiza una situación irrisoria. Se trata entonces de fragmentos autobiográficos, que se van desprendiendo. Si en  Arlt la masturbación despliega la invención, y las equivalencias se dan entre este movimiento, el robo, la escritura literaria, y  el placer deleitoso de masturbarse (el mundo de la Belleza al que se accede por medio de los placeres que lo vuelven irreal).
No es por casualidad que Correas, insista varias veces, inclusive sobredimensionando el vínculo, con la pequeña perversidad, que se logra en el instante en el que algunos seres se unen  y se aíslan, como posibilidad  de un acercamiento. He aquí un revolver, este revolver: juguemos con él : se tratará de empuñarlo, soasarlo, apuntar a talo o cual objeto transformado en blanco, gatillarlo , contemplarlo en nuestra mano, sentir su brillo duro, su frío mecanismo inexorable; es un juguete para nosotros, puesto que nos entretenemos con él y experimentamos cierta plenitud de fuerzas, pero si cargado , un juguete rabioso: hay que cuidarse  estar alerta, saber:  manejarlo; en cualquier momento puede perder una bala y matar matarnos. La escritura ficcional  de los relatos de Carlos Correas, y también su libro de ensayos “Arlt literato”, convocan a cierto límite suspendido de la muerte, en sus variadas intromisiones: el juego rabioso con ella, el asesinato o el suicidio. La supresión de la realidad, cortando el delgado hilo que nos une a los otros, con un revólver (con  el que puedo ser a través del crimen, o con  un sombrero que se presta a un adolescente, o con el que me siento como un gangster de Chicago que juega y se mira en el espejo, por el cual soy real e imaginariamente, como el mundo de los hampones. Que se ven en los films, que repiten imágenes fascinantes, que me sacan un segundo de la muerte y la vida siniestra, como sabemos lo más familiar.

Si El juguete rabioso se iba a llamar La vida puerca, identificando la existencia  con abyección y miseria, Correas incorpora este sentido como arma cuya pertenencia ofrece cierta plenitud y confianza. Convierte en objeto a la rabia, como Arlt lo hizo con el asesinato de la bizca, la amenaza a Barsut, o el suicidio de Erdosain, ya agotadas las furias de ser un delincuente, su odio de ser un humillado más. El arma transmite un poder y una forma distinta, porque es meramente irreal, y además casi procaz, irreverente, cruzada y envuelta por hechos morales, cuyo significado último ignoramos. La vida de algunos personajes arltianos es imposible, Silvio Astier (suicidio frustrado), Erdosain inexorable suicida,  la sirvienta de “Trescientos millones, se suicida para imaginar. Estas permanencias persiguen a Correas, aún cuando no las nombra, lo cierto es que se va  las ahuyenta, como si simplemente se tratara de constataciones. En verdad su literatura está poblada de pobres diablos desterrados la principal existencia arrancada de cuajo de la realidad. Correas  es quien se confiesa, la suya es una alegoría autobiográfica ,  donde los dobles se apretujan, Correas, Massotta, Arlt, etc., todos los aislados, que son conducidos al fracaso de la sexualidad vista como excrecencia, como destino de deambular por la ciudad.

Ese mundo clandestino de las maricas, que se oculta en los extramuros  suburbanos del sur de Buenos Aires, sitios sepultados, donde se dan todas esas aventuras,  secretamente escondidas. “Las maricas eran sus nombres, y sus nombres cualidad  ocurrencias, revelaciones, sobre sí mismas, ficciones, seres mitológicos, remedos, destinos funestos o brillantes, títulos de nobleza”. La ciudad del 50 en esta literatura se encuentra retratada como un lugar desierto, con hombres acosados, en una búsqueda incesante y angustiosa, impregna la vida de los seres en vilo, iguales y distintos. Porque el doble Correas/ Correa, entraña una figura que se confunde e invierte,  se fusiona, en el trayecto que los lleva a ellos mismos. ¿Un problema moral? ¿La vida es algo más que esa constatación violenta y conmovedora? Entre las caminatas y las  derivas por la ciudad, como una frontera que siempre se desplaza, el encierro o la detención que provoca claustrofobia, con  mareos alcohólicos, y el otro encierro que significan los viajes y estadías en pequeños pueblos de provincia, la vida de Correas paulatinamente se destruye a la manera de la torsión arltiana, que es esa pregunta constante sobre las condiciones de la existencia.
Intencionalmente, la literatura de Correas, es un libro de viajes  por una ciudad desaparecida, donde se descubre algo nuevo, pero fuera del tiempo real, el finge o se engaña, de que esas circunstancias  son actuales, cuando no son nada más que el signo  de su anacronismo, el  empecinamiento de una personalidad perdida disuelta en la vida, y severamente dañada en su ser. “Arlt en sus libros se inventa y nos inventa a nosotros “, dice Correas, esta interacción, este doble vínculo, es inexorable si queremos entrar en su mundo, lo que es lo mismo que decir que debemos hacerlo nuestro-“ Arlt: todos nosotros”: esta frase implica un movimiento donde la lectura se hace identificación, que borra los límites entre dos sujetos. Porque Correas puede decir Erdosain soy yo. Erdosain/Correas es un espejismo, que parece volverse muy real, como esos indicios indelebles de las imágenes oníricas, que traen horror y espanto. Correas procura en esa dirección, tratando de encontrar a su ser, a su propio sentido, repartiendo y concentrándose en  pedazos, quizás por eso escribe nouvelles, un paso intermedio entre la novela y el cuento.

Si pensar es además dolorizar, y uno siente repugnancia de su propia presencia, a Correas no le queda otra, que entender  mezclando “repulsión y embeleso “, las violentas conmociones que les suscita Arlt. Los dos extremos, los dos polos de la belleza, o de una rabiosa concepción de la literatura. Lo que elimina y destruye con su carga de negatividad, se contrapone a la búsqueda de plenitud y el deleite posible, dos caras de una misma situación. En términos arltianos, las humillaciones de la existencia, donde los seres de “la conciencia extraviada” no tienen otro recurso que la autodestrucción. La literatura crea mundos, en los que están depositados, los sueños e invenciones, pero más que nada significa que ese mundo se revela dentro de uno, para que la modificación se cumpla sin riesgos .Pero como también ella trae peligros, es necesario transitar un camino muy abrupto. Para Correas entonces escribir es indagarse,  y mostrar las señales de esa reflexión. Lo que añade es una ficcionalización  de sus  afanes, a sus textos narrativos, los convierte en relatos situados, en diferentes tiempos y espacios.

A su manera, es un humanista, que se horroriza con la vida y el país que le tocó, y no soporta en su pestilencia, por eso llega a decir, lo que otros no se deciden a hacerlo, acaso con la impunidad de su destiempo, que él cree terminal, y que en verdad es coherente con su actitud estética desesperada. En algún momento, pudo contraer, la enfermedad de la sinceridad, pero estaba demasiado al margen de los hechos de las vida, porque siempre estuvo, fuera de juego. Lo que logró  percibir, es que la inhumanidad, rige los rasgos de lo feroz de la gente, y comprobó que él mismo era parte. Silvio Astier traiciona para alcanzar “la alegría de vivir”, Erdosain “no deja de sentirse transido de la presencia fantasmal”, en el mismo sentido, Correas lo sabe, pero también entiende, que la muerte carcome las existencias, con las cuales, tiene puntos de contacto y de distancia. Son personificaciones de índole literaria, donde se encuentra la clave de una poética, tanto atribulada como aterrorizada. La obra de Correas, se concentra en ciertas secuencias, en gestos,  es singular la necesidad que tiene, de datarlos, como si  en ese acto de poner fecha a la experiencia, se pudiera leer algunos hitos, de nuestra historia reciente y de los débiles y vulnerables pasos que hemos dado.

Atracción por la bajeza, por lo canallesco y repulsivo, por un lastimoso erotismo, cargando las tintas sobre el ambiente desolador. Cambiar la máscara, debido al otro que me fascina y el  rechazo asqueado de uno mismo, resaltando los rasgos violentos y grotescos, puede ser una estrategia miserable. La descripción de los hombres solos, que habitan tugurios baratos y mórbidos, cines siniestros y promiscuos, delatan su inadecuación a la realidad. Hombres vacíos y obscenos: “La miseria, la más exacerbada   y a la vez más resistente al curso del tiempo, ha acosado mis sueños, mucho más que la riqueza de los barrios y suburbios residenciales”. Como si el eje norte/sur de la ciudad, más que una cosa comprobada, fuera la extensión de una duda. La angustia,  se experimenta a cada momento, la geografía amenazante de miseria, (lo que sería la causa más visible), está en el paisaje del sur, allí situado, como si fuera un imán. El dilema moral: “¿Qué hacer en un mundo, podrido hasta en los huesos? ¿Cómo vivir en él? Construye el motivo principal de la búsqueda a ciegas, que es la escritura de Correas, entre las encrucijadas que trata de sortear, para iniciarse como literato. La asfixia en un pequeño pueblo, la náusea persistente, el agobio y el aburrimiento, una condición que sólo trae dejadez, dice que la vida corriente ahoga. Tener familia es embeberse de nostalgia y abandono, apelmaza las imágenes vacías de contenido, los discursos falsamente argentinistas, todo cabe en ese cofre del ostracismo de un profesor de provincia. Allí se puede correr por una calle oscura sin rumbo fijo, perder pié y estar cerca de la locura, vomitar hastío y debilidad. Los padres están viejos y enfermos, en esa casa aislada, el calor hace volver la rutina.

Luego “El último recurso” es un relato ambientado, en la Facultad de Filosofía y Letras, con fechas precisas: “Jueves 24 de mayo de 1973”, esas horas tan significativas del advenimiento del camporismo, profesores jóvenes que plantean líneas de acción, cambio de modelos, la configuración de “un nuevo tipo de hombre”, la parejita diseña militancias, en ese momento, en que el poder político-estudiantil, parecía estar cerca de profundas transformaciones. Una ola de ironía,  y escepticismo se le cruza al profesor-protagonista Chaneton, que observa todo desde su íntima  soledad, preocupado por sus asuntos urgentes, que tienen que ver con cuestiones de un individuo en blanco. A quien parece rondar el fracaso, y la huída crucial de sí mismo, que habla de un sujeto atontado, del subsuelo. Hay un lado “académico”  de su vida, el “ser alguien”, respetable, con la frivolidad que a veces lo rodea, lo que podríamos llamar el rango de señorito, (que quizás es una maniobra para envilecerse), lo que no deja de ser sumamente irrisorio. Un hombre que sigue sus exploraciones, esos pequeños viajes de sabiduría urbana, que son en realidad la práctica del vagabundeo. No es casual que aparezca en algún momento, la foto de Arlt, con ese rostro plebeyo y acosado, emblemático de toda una forma de ser, muy atractivo y romántico pero sin ninguna actualidad. El día anterior a la asunción del gobierno popular de  Cámpora, Chaneton/Correas seguirá siendo un paria, un descentrado,  que desea una adolescente. (Entre memorias homosexuales y amoríos con mujeres pendularía su vida de desterrado.) Profesor universitario sin sustento, “Pero en qué clase de hombre me estoy convirtiendo”, piensa apesadumbrado, rozando un abismo. Ya lo tenemos como un señor maduro, que desatiende las inevitables intrigas políticas, chicos y chicas peronistas, justamente tienen tratos con él “un liberal de izquierda” desarraigado. La “chatura del momento” (o de siempre) es un alerta, se trata del tiempo de los ideólogos latinoamericanos, comisarios del pueblo. Hora por hora, minuto por minuto ese singular y largo día es invocado, en la languidez del tiempo  que se escapa, las  amigas tiradas en el suelo, atosigadas de problemas y tranquilizantes, borracheras, drogadicciones menores, se suman y se extravían. Un hombre en solitario, en lenta extinción, “no puede ser nuevo”, nada tiene que ver con  ese advenimiento, en él que no cree, o que le es indiferente, únicamente embebido en su sin sentido, aunque se reconoce parte del proceso, lateralmente, con su circunstancia de sujeto inadaptado, a los vientos de la historia.

“La operación Massotta” es después, un libro tan original como lapidario, una biografía que casi no es tal, restringida, dueña de toda una posibilidad y desgano. Con el conocimiento de Sebreli acabó la soledad, dice Correas, y de Oscar dirá, esto que parece sencillo pero es muy hondo: “Con su muerte morirá la sobrevida o el sentimiento  de aquella sonrisa socarrona  que me venía de costado en una noche porteña”, sonrisa que era una mueca triste, un rictus en ese rostro, que parecía arrastrar su pasado (agregamos nosotros). Desde “el sadismo de pacotilla”,  de los años juveniles, hasta la imagen alucinada de un Oscar vencido, transcurre todo un trayecto, que debe hipotetizar. Correas enuncia una frase contundente, de impacto, de cross: “La degradación subversiva del peronismo y el terror militar han contribuido a ese retardo provinciano en nuestra intelectualidad y al correspondiente y ávido progreso en la corrupción”. El tiempo los fue separando aunque Correas no se percate, y tenga con Oscar una relación tan estrecha, como si considerara, que allí se deposita, el sentido mismo de su vida. Y que en la cadena de arltianos, (recordemos la síntesis de experiencia vinculada con la angustia existencial, de la Conferencia de Massotta: “Roberto Arlt, yo mismo” para medir esa distancia), hay una continuidad. Lo cierto que la biografía, que es autobiografía, avanza en ese curioso texto,  como si ese amigo “que murió mal”, provocara la escritura de otro que la expresa y que también morirá  mal. El “cagador” candoroso Massotta, abre el prólogo-prólogo, invalidado, desastrado, como ese trío de juventud ya terminado (Sebreli, Oscar, Correas) llenos desde el inicio de miserias , de orígenes vulgares, sin prosapia, y con una procedencia de inmigrantes rencorosos, que por eso debían hundirse en el horror argentino, grotesco e implacable que a ninguno iba a perdonar, carcomiendo todo.

La violencia y la contraviolencia, tiñeron la caída de Perón, comenzará un nuevo ciclo, donde el acercamiento nunca llegó, por los caminos de acceso, y por diversas causas ninguno de los tres llegó a ser militante. Correas dice que la desesperación activa (en política y en el sexo no los abandonó), esos seres, sin tradición alguna que contar, continúan deambulando. Carlos  vivía en la calle, reivindicando  el mito, que junto con Oscar repetía, de hallarse más cómodo, e interesado, si frecuentaba chorros y putas, antes que intelectuales , él agregaría: y  maricas. Sólo Arlt y Borges, estaban en sus preferencias de literatura argentina, ajenos a las retóricas, causas nacionales. Pensaban una literatura de la subversión, que infunda felicidad en sus lectores, pero con una manera de verla, que   fuera consciente de las humillaciones, en suma que contuviera los horrores de la existencia social, una literatura que en esa época destruiría lo que ellos mismos son : al pertenecer a la burguesía. Querían ser escritores, intelectuales totales. Uno terminó mantenido por el “lumpenaje artístico” intelectual de la bohemia del 70 (Oscar), otro, Carlos hundido en su soledad., apartado de todo, aunque creyera que era “académicamente oficial” y por eso “era alguien”, se había recibido. Oscar era el outsider para su raro criterio. Los fuera de lugar,  en verdad  eran los dos amigos, ya extrañados y ausentes de la vida. Los dos sordos, se complementan y repelen, son tipos sin órbita, desarmados. Muchachos barriales y exóticos. Para uno la glorificación de Lacan es un límite, el ser así, triunfante y autónomo como Oscar una desmesura. El resultado de la operación, es esa última imagen borrosa, trajeado en el fondo de un coche policial, donde los dos necesitan no reconocerse. Aunque Carlos Correas píense que el tiempo no pasó, añore esas circunstancias míticas, de los años de la juventud.

Uno de los libros de Correas publicado póstumamente reúne en el final, relatos de la época primera, (“Revólver” y “La narración de la historia”.) El revólver otra vez, el que puede cortar la vida del otro, la vieja hembra y sus hedores, está tirada en la cama, ya entonces, no aguanta más, el mundo como comedia, como simulacro,- Tal como pensamos y sabemos, un tema netamente arltiano que lo acosa. La vieja madre lo asquea y lo apiada. Es necesario en ese destino siniestro, que el revólver sirva para matar  al sobrino, un cuerpo joven. El plan es preciso y frágil, la bala matará, pero el final ambiguo lo despedaza.
Por otra parte, “La narración de la historia”, es el cuento mítico que Correas  escribe como iniciación en la Revista “Centro”, de la Facultad de Filosofía y Letras, y cuya censura y  posterior represión, lo sumó en una exclusión solitaria, que de alguna forma lo persiguió siempre. La pequeña historia de Ernesto, y el morochito de Constitución, es un viaje y un  encuentro bajo un cielo desfondado, atravesando arrabales  que se suceden en color sepia, una mínima historia de despedidas, dónde el protagonista se siente transportado y cambiado hasta renovar las costumbres de su aparente clase. Todo termina cuando Ernesto vuelve a su vida y al estado común. Lo importante, aquello que Correas quiere contar, es el hecho de cómo el mundo “en situación de calle”, y en muchos otros escritos esto es palpable, es “otro”, casi un “enemigo”, que siempre atrae, y del que es preciso ausentarse, a riesgo de perder.

En otro relato, el doctor Manty, es un personaje desmesurado, con la misma edad, la misma vejez, con que prepara médicos jóvenes, se alcoholiza y sabe de la tortura y de los atroces suplicios de otrora, un viejo donjuán empedernido, un deshecho degradado que aparece constantemente en nuestra literatura (en una novela de Luis Gusman, en los cuentos de Andrés Rivera) con insistencia y despojo.
Otra zaga, la pareja indisoluble y simbiótica, de la Madre y el hijo, es otra secuencia y motivo en la  narrativa de Correas. La madre muriente, excremencial, vomita continuamente, resume y se nutre con la vida del hijo, tiene un cáncer terminal. La manipulación del cuerpo muerto, su higienización y la detención de sus flujos, forman un ritual sagrado, que se cuenta con esmero y detalle. Como las prácticas rutinarias anteriores: ver programas de televisión, concurrir a los recitales de la vieja cantante, visitar los vejetes amigos, que son de su círculo, compulsar el aburrimiento de trabajar en un banco. En resumen, la soledad entre dos, y la decrepitud, de quien ya conoce una muerte incuestionable. En verdad, las sordideces del envejecimiento, constituyen las verdaderas obsesiones  de Correas, un auto cuestionamiento interior  que conduce a desmembrar su existencia  en pequeños nudos que se repiten. El diálogo entre el viejo pícaro y el hijo, se mueve en instancias e interrogaciones tan desafiantes, que patentizan un conflicto de intereses, que remedan cobardías provocativas, en  un espectro de desequilibrios. Picardías  alegóricas, cuando el hijo es visto como apache, y reaparece el famoso sombrero, resto de la vestimenta del 30/ 50.La muerte de la madre, alevosamente  se presenta en esas transacciones. Todo termina en el disparo fogonazo que anuncia el fin, definitivo.

Por último, “Un trabajo en San Roque”, es el periplo de un profesor universitario ya vencido (otro sosías)  y en ruinas, en busca del  sustento que da el trabajo.  Nuevamente un lejano pueblo del interior, dominado  por un psicópata  dueño de todo lo que vuela allí. El profesor desquiciado por el aburrimiento, ya parece un ex hombre de estos tiempos. Gretel la Secretaria, y de múltiples tareas, es una más, de esos personajes femeninos aplastados. Rearte, el periodista cultural- dueño, es un oso, los alumnos son inexpresivos y enigmáticos Rearte comisario retirado, y ahora docente- periodista, rumia su visión estrafalaria  e irónica del país y de la quebradura nacional. Hay en el relato, borrachos de diverso tipo, empezando por el relator de la historia. El mandamás está enamorado de Mora, la novia del hijo Tomy, pero esto no es cierto del todo. Condenados al clandestinaje y lo trucho, ese pueblo es una metaforización de hasta donde el país ha llegado .Las genealogías se confunden, y los parentescos se cruzan. Son tipos aislados, atados a su suerte, que quisieran ver muertos al jefe, Chaneton resurge, pero es un suicida que se confiesa. Todo se cumple en la retórica de la “causa nacional”. Rearte rearma discursos periodísticos, y también filosóficos, para justificar la desidia. El profesor relator encuentra un cuerpo caído, es el de Juana Dominga, y aparece un automóvil que avanza unos metros, y se la llevan de mala gana, al Hospital Municipal. En los enredos amorosos, “el Jefe”, debe entregarse, quiere la cárcel, y el profesor desea volver a Buenos Aires: “Allí el hastío es mejor de sobrellevar”. Esta fábula se encierra sobre sí misma, el grotesco con el que Correas busca separarse, paradojalmente lo involucra, casi lo arrastra. La construcción de esas imágenes, que seguramente rechaza, lo invalidan para seguir pensando. La literatura se va convirtiendo en un camino sin salida.

Las geografías, por las que ha andado su imaginación, siempre fueron territorios frágiles, el sur porteño, una vaga zona que lindaba con su angustia, un espacio inventado para forjar su propio dominio, que sin embargo terminaba siendo el triunfo de Carreras, un hombre con los pies en la tierra y embebido de violencia cruda. Los otros espacios ocupados por su imaginario, son a veces recintos clausurados y apremiantes, que causan rutina, asfixia, y náuseas, o sino remotos pueblos del interior, con su lógica o de exilio interior, o de delirio decadente. El camino de Carlos Correas, es una continua ausencia de lugares de pertenencia, por lo que siempre está como suspendido y a la deriva, no se reconoce en ninguna de las figuras que evoca,  su anacronismo es residual, poco a poco se va separando de todo, como si nada le perteneciese enteramente. Ni la ciudad, ni la intelectualidad, ni el pensamiento, lo salvan de ese derrumbe .Se siente extraño y con miedo, ante el destino que lo aísla, y desde el inicio no comprende su sitio. De ninguna manera es la falta de un proyecto de vida, porque Correas apuesta desde el vamos a la literatura, que es su principal razón de ser. (O de no ser). Para él “Pues si yo soy lo que son los otros, confesarme es declararme, y declarar a los hombres en mí” Como el hombre del subsuelo se instala en la confesión, aunque sabe que no podrá verse.  La literatura, es de algún modo esa  exposición, y ello lo excede.

La “literatura destructiva” aniquila la realidad, en el fondo deja en la nada, todo ese movimiento  que busca acercar a la narración lo confesado. En este circuito no hay ninguna posibilidad  de entrega. Refiriéndose a la literatura de Kafka, y al intento de totalización que implica, el ejercicio de lo literario en el escritor dice Correas que “esta totalización había de ser perseguida y conquistada con un trabajo que es a la vez de destrucción y construcción”. Ese movimiento contradictorio pero fértil, aunque se base en el desierto de la imposibilidad y del fracaso. De nuevo con Kafka, hay una corriente, y una confluencia de intereses y preocupaciones, es decir de concepción acerca de la literatura, en ese péndulo que la reconstituye en su peculariedad. Su libro Kafka y su padre, al tratar de descubrir la esencia y la cualidad de la escritura de Kafka, y sus vínculos existenciales con la realidad, siempre habla de otra cosa, que lo conmociona.

La narrativa de Correas, tiene al país como principal motivo de atención, desde su soledad el escritor deambula por terrenos resbaladizos que lo comprenden, que son el apoyo de su peregrinaje. Hay una procura por el sentido, que está presente, en sus inconvenientes para integrarse con la ciudad que le es hostil. A cualquier lado que lleve su cuerpo siempre cansado. Correas es un apesadumbrado y arrastra su pasividad en todos los rincones donde habita. La realidad lo abruma y lo acosa, parece estar de más en cada situación, escribe destruyéndose. Lo dice expresamente en el prólogo: “hablar de Kafka hablando de Argentina, y de hablar de la Argentina hablando de Kafka “¿Pero en qué momento esto se cumple? Porque lo que se desarrolla en el libro es algo así como una fenomenología y una agonizante.

Descripción de la literatura kafkiana. Por lo que se puede deducir o presumir, también se provee de elementos de reflexión, para pensar la propia literatura, vista como actividad imaginativa  y perentoria. Esa lucha de Kafka de y contra de su intransferible  condición de existencia, sería desde el inicio el no ser, el sentirse extenuado, en una situación que lo sobrepasa. El fracaso literario, y el de vida, están en el fondo de todo este mundo de contradicciones y hallazgos. La literatura es invención, en el sentido que crea rumbos imaginarios, que se someten a una lógica de opuestos. La negatividad de ese impulso .por el que se destruye, y se arma un vínculo de “continuo sostenimiento de la invención “, y donde la literatura es plenitud postergada. “En la esencia de la literatura está la soledad del escritor”, y únicamente se trata de peculiares soledades en curso, en las cuales el que escribe se encierra en sí mismo. Este movimiento de clausura es evidente en las construcciones vacilantes de la obra de Correas. Hay demasiadas equivalencias y correspondencias, entre el estado kakfiano y la corrosión que sufre Correas, por lo tanto la identificación no es un momento de frivolidad o de esnobismo, sino la comprobación de una semejanza de destierros. La fascinación ante el gigantesco padre, y una inevitable estrategia de integración, en Correas acaso, será la constatación de un padre ausente y la búsqueda constante de substitutos concretos, que en Correas provoca una confesión, y una parodia en la figura del doble. La madre deteriorada y pestilente, ocupa ese siniestro lugar, de lo existencial  terrorífico. Las imágenes se reemplazan, pero cunde una situación donde la repulsión se concentra en el cuerpo cadavérico  y corrompido materno.

Una literatura, sobre todo atenta al horror del mundo, que incuestionablemente lo conducirá a “encrucijadas morales”, que le harán preguntarse por el sino de esa inseguridad que  lo pospone. El melodrama de Correas, consistirá en su falta de ubicación, frente a cada circunstancia. El éxtasis, que es el instante pleno, (de la alegría del mundo y del vivir), lo encontrará con un razonamiento divergente, que lo dejará cada vez más silencioso y anacrónico. La zona borrosa, donde colocar la producción narrativa de Correas, será la de un exilado  de su particular causa, y de su inerme inadecuación. El cariz totalizador que vimos, lo entiende Correas, como el cometido de toda escritura literaria. Dice: “esta totalización había de ser perseguida y conseguida con un trabajo que es a la vez de construcción y de destrucción”. En esa dirección, la alternancia es rigurosamente necesaria, ,y es dudosa, y puede hacer acceder al escritor a la impotencia, y al hombre al fracaso y  la imposibilidad. El círculo no se establece del todo, prevalece cierta ambigüedad, en la que los sujetos desaparecen. Correas ensaya una escritura aparentemente “realista”, cuando lo narrativo lo abruma, no consigue ningún límite o frontera. Más bien se somete a esa lógica de la realidad. En ese mundo de los horrores diarios.

Lo “puro, verdadero e inmutable”, se parece mucho en Correas a lo simulado, los personajes de su literatura, son casi todos desdoblamientos, de su permanente ensoñación, viven con intensidad lo que les pasa, y no hallan en ningún punto, la auténtica esencia, de aquello que se manifiesta en los hechos.  Chaneton  joven, no comprende si busca a alguien, en su interminable caminata por el sur de Buenos Aires, el profesor recluido en su matrimonio pueblerino, no conoce quien es él en verdad, el maduro profesor de la época “del asalto al cielo” no puede ser “nuevo”, ni que hablar del vencido profesor del final. que ya se ha casi rendido. Es decir que Chaneton/Correas, y todos sus dobles atraviesan los horizontes, que le anuncian de diversas formas que su trayectoria viene invalidada de entrada, y que nadie puede trastocar esa situación incontenible. Si “ser un todo por sí mismo”, significa que el escritor debe recluirse en sí, y que la realidad nada  más  que una circunstancia totalmente lateral a esos desfasajes. La reclusión y la soledad de Correas, son hechos inevitables, y que están operando, para pasar de cierta pasividad, que es la condición  de existencia, que es totalmente  atendible. “Las búsquedas  morales “, se renuevan en las nuevas causas, que van apareciendo, pero el sujeto Kafka/Correas/ Arlt,  siempre es aquel que es “desterrado” ,y que sabe que su exilio interior, es el verdadero sentido, que se desplaza, en otras oportunidades que brinda la vida, manteniéndose distante, a esos problemas, como si no le pertenecieran. Hay una necesidad y un deseo, de no ser indiferente a los sucesos, que van cambiando, cumpliendo una lógica actual, que no coincide, con el anacronismo del personaje central autobiográfico  construido.
El mundo de Correas, en parte, fue el mundo de la calle,  de un cierto margen  clandestino, soterrado, y del encierro después en imaginarios pueblos de provincia,  que corroen  a aquellos que lo habitan, como transición y como ocaso. El  último significado de esto, acaba en San Roque, donde la alegoría del destierro, y del sin sentido ya se ha consumado.  Asistimos al derrumbe de todas las ilusiones, luego de la devastación que dejó la dictadura. Son tiempos difíciles, de los cuales se podría decir, que se quiebran, y se reproducen en vidas anónimas, que niegan el pasado. En los cuentos y novelas de Andrés Rivera, Luis Guzmán, Ricardo Piglia ,Carlos Correas, entre otros, se trata la narrativa de ese tiempo histórico, definitivamente signado, por una furia, que se corresponde con la perplejidad, que encontramos, en ese clima de incerteza ante lo emprendido, representado por seres como el Doctor Manty, o Rearte,(ambiguamente los culpables civiles.) El éxtasis, el fuera de sí, que despliega la literatura, no restaña esas heridas incrustadas en los cuerpos, en el horror de una insanía desmesurada, “la belleza absoluta” y su autonomía  relativiza sus efectos, cuando todo es resto de experiencia demolida. Concuerda esta caída de lo social,  esa agonía preanunciada en la matanza, con el sin salida de la existencia lastimada  de los personajes de la narrativa de Correas.

¿Qué hay que contar, en esa situación de almas, que sólo soportan el mundo de los hombres? La literatura no redime, no justifica esas alternativas, más bien demanda  nuevos silencios, y cualidades que únicamente da el asombro. Abrumados por la propia angustia, los seres y el no ser, que atraviesan la literatura de Correas, se vinculan con otros condenados a arrastrar su indeciso pasado, por entre los escombros, de una maligna indiferencia social. A la cualidad arltiana, de la poética de Correas, se suma entonces ese virtual hechizo kafkiano, que se infiltra en la sociedad argentina, haciendo permeable y poroso, el sufrimiento. Es un mundo desintegrado, en fragmentos, que a veces semeja una mueca, otras una verdadera farsa, el mundo y la realidad no es posible, ni puede darse. La literatura: “ese sabor perfecto de alegría y potencia” no es más que un mero espejismo, que nos aísla, mucho más en nuestro núcleo, y que ni siquiera provoca hilaridad. No nos une con nada, porque lo real, ha sido absolutamente diezmado,  por los hombres. ¿Entonces en que puede creer Correas, si ya blanqueó sus certezas? Entiende, eso sí, que ser arltiano es lastimoso, pero es lo único, a lo que accede. Acosado  como  está, por un sentimiento, que lo despoja de todo. Esta desposesión, lo entrega, sin fuerzas, al dominio de lo que no consigue refrenar, (ese tipo anticuado, se quedó en una época detenida) Respira apesadumbramente, sin ubicación ni sirve de testimonio. Y su literatura se deshace lentamente, lo destructivo de su impulso se vuelve sobre sí.

Dice hablando de lo siniestro en Kafka: “la repulsión, sacudimiento profundo de la consciencia en presencia de un determinado otro, goza las cualidad de evidencia y adecuación.” Esta aparente ortodoxia  existencialista: “El infierno son los otros”, le sirve para medirse en la repulsión que  causa a su misma y malherida persona, exageradamente sufriente,( por omisión de causas), pero con persistencia de equívocos vitales. El suicidio será su último y secreto pasaje, a otro mundo de pureza absoluta. Esta oscilación constante, este espacio de contrastes, envuelve toda su existencia, en un torbellino de aciertos y torpezas, y en el final lo desampara, lo deja a la deriva. Involucra a ese no ser entero, (el estado kafkiano/arltiano) forma “conciencias perturbadas”, dificulta la salida vital, frente a toda esa miseria moral enclavada en la realidad.

El camino está tapado por esas cristalizaciones que encallan el alma de Correas. Se encuentra en la negatividad, y no sabe como salir de ella, su desesperación es evidente, en las páginas de su narrativa postrera. Los altos y bajos de la cualidad arltiana, esa mirada atravesada por las circunstancias de un mundo desquiciado lo aterran. Quizás no pudo hacer más, sobretodo para sí mismo,  y después para los demás su espíritu no bastó.

Indudablemente,  Carlos Correas es el heredero auténtico, de las conciencias en crisis en el límite de la desagregación, que la  narrativa arltiana inaugura y consolida para la literatura argentina, inclusive en la versión grotesca, sentimental y plebeya de estilo, que se actualiza en la escritura de esta soledad.



Publicado inicialmente en: Decirlo todo: escritura y negatividad en Carlos Correas, José Fraguas y Eduardo Muslip (compiladores), Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento, 2011.