26.5.26

Un viaje al mar en otoño, por Cecilia Bainotto

  

Un camino para llegar a alguna parte. Estaba pensado, visto, planeado y llegar. Quedar unos días para acomodar papeles, clasificar cartas y cambiar las direcciones que hicieran falta. No sé qué pasó con tu reloj o fue el mío que atrasó y no pudimos coincidir. Dejé pasar la hora entretenida con una Vaquita de San Antonio y leyendo unos ensayos “¿Qué sucedió con la puntualidad?”, adiviné tu sinsabor en la pregunta. Esos insectos me encantan, y los ensayos eran necesarios, no lo negaré nunca. Lo cierto es que al vernos vos estabas en un extremo de la explanada de salida y yo en el otro. Quise saber la razón de la ubicación por tus argumentos existencialistas. Pero parecíamos dos estatuas con mueca de pelea esculpida en las bocas.

 

La rareza de uno de mis ojos de estatua era que miraba un tiempo que se fue. Sentí que desde mi otro ojo rodaba una gota por una distancia oceánica. Lo más raro fue no saber bien por qué los labios eran una ranura sellada, con la sal del mar, que balbuceaban pocas palabras. Estoy adentro de la estatua vestida de piedra. Desde ahí viajo a un lugar entre verdes y dorados, ladridos de perros, trote de caballos y siesta. Desde una ventana con las montañas de fondo, el vuelo de los pájaros es más alto. La sensación de reparo se sentía, desde los primeros momentos, como el ropaje sólido que hoy me protege del viento.

 

Lo único era la compensación intangible. Observar con cuatro ojos algunas cosas. Lástima que no se pudiera comprender que hay sueños sensuales que no son eróticos. Que los nombres pudieran ser Manuel, Moisés, Mirta, Carlos o Cristina o Silvia por la importancia. Esos nombres sonaban bien en mi cabeza. Puedo querer a un perro, a una gata, gustar de una torta de cumpleaños, amar una música y al rocío o contemplar la belleza de un volcán en erupción desde lejos. Esto último es contradicción, lo sé. Es un horror por sus efectos desastrosos. Ya ves, la lava del volcán me hizo roca.

 

Quizá fue un sueño osado. Volver la cabeza hacia atrás y querer un paisaje de mar, de nieve, de arenas blancas, de montañas y bosques. Como si toda la geografía de la tierra pudiera concentrarse en un punto. Un Aleph es imposible.

 

Vamos a lo concreto. En cientos de páginas habrás leído lo ideal que precede en este escrito. Todo pasa y nos pasa hasta rompernos como vidrio.

 

No perdimos tiempo. Nosotros nos perdimos en el tiempo y lo mismo da para serendipias en tanto hay espacios que confluyen.

¿Te gusta mi teoría? “Somos nosotros que nos perdemos en el tiempo”.

Buen viaje y a ese mar lo siento próximo aunque no pueda verlo.

Bueno, no quiero ser tan larga. Debo volver a mi condición de estatua. Debo ingresar a la boca de la noche por los pliegues de la piedra y dormir parada. El ruido del tránsito se oye a pocos metros, pero duermo sin escucharlos, y por ahora, sin taparme las orejas.

 

A la mañana siguiente una estatua fue removida de la explanada por entorpecer el tránsito.

 

Siempre

quiero irme

¿Adónde?

“Sigamos, viene fácil la cosa”

Pudo haber pensado M.C. Esther mientras dibujaba sus estructuras imposibles

 

Los caminos, los aeropuertos, las rutas, las vías de trenes que se cruzan, ejercen una fascinación que atribuyo a nuestra memoria ancestral de nómadas. Como direcciones hacia lugares alejados y exóticos pero también tienen el encanto de que alguna de ellas es el regreso a tu casa.

Entre todos ellos, los aeropuertos son la medida de tu insignificancia. Quizá por ser más artificiales. Grandes cubos divididos en otros cubos, escaleras mecánicas, corredores, pantallas, altavoces que vienen de cualquier lado, las largas filas ante los mostradores de las aerolíneas, y desde las ventanas, solo ves pistas de aterrizajes. No hay más que imaginar la inquietud de estar en un aeropuerto y sin el fetiche que es tu teléfono.