Claro; traductor de La casa de hojas de Mark Z. Danielewski.
Declaraciones tomadas por Nathalie Jungerman.
Edición del 13 de septiembre de 2002.
Claro ha traducido, entre
otros, a Thomas Pynchon, Salman Rushdie, William T. Vollmann, Dennis Cooper y
tres grandes novelas extranjeras de la temporada, entre ellas El corredor de tabaco de John
Barth (publicación el 18 de septiembre de 2002 en El Serpiente a Plumas) y Habitus de James Flint (Ed.
Au Diable Vauvert). También es escritor y ha publicado varios libros, entre
ellos Libro XIX
(1997) y Enfilades
(1998) en Verticales. Su última novela, Carne
eléctrica, aparecerá en enero de 2003 en Verticales.
N. J.: ¿Cómo se traduce una
novela que ofrece tantas variaciones textuales, tantas capas narrativas y
códigos, que mezcla varios géneros literarios y cuya estructura es
deliberadamente desconcertante? En una nota, usted escribe que no pudo trabajar
con el autor…
Claro: Es cierto. El autor
prefirió que su traductor desentrañara por sí mismo los distintos hilos que
componen la trama de su novela. De modo que hubo que entregarse a un
desciframiento en toda regla, pasar, por así decirlo, del estatuto de ocupante
del terreno al de arquitecto. Ése es uno de los grandes placeres de la
traducción: convertirse en falsificador. No se trata de jugar al discípulo
fiel, sino de ingerir el texto y, sobre todo, digerir sus intenciones, sus
impulsos. No significa traicionar, sino disimular la traición (porque
necesariamente hay traición: se eliminan todas las palabras originales para
sustituirlas por otras, ¡y eso no es poca cosa!) y dar al lector la ilusión de
que el texto que lee ha “nacido” una segunda vez, en francés. En el caso del
texto de Danielewski, y con su acuerdo, se trataba de incorporar la etapa de
traducción en la propia locura de la novela. Jugar con los diferentes niveles.
Pero lo más difícil en la novela de Mark eran esos códigos ocultos, esos
cifrados, como en la extraordinaria carta de la madre internada (págs.
636-638), donde, tomando la primera letra de cada palabra, el lector descubre
otro sentido, terrible, conmovedor.
Las múltiples
líneas narrativas —la historia de Zampanò, sus poemas, las cartas de la madre
de Johnny Errand, el ensayo sobre The
Navidson Record que constituye la trama principal, los apéndices e
incluso las notas al pie que pertenecen a diferentes voces: la de Johnny
Errand, la de Zampanò, la de los editores o la suya propia— adoptan cada una
una tipografía o una disposición particular. ¿Cómo abordó esta reescritura,
estas decisiones, y cómo trabajó con el editor o el maquetista?
Claro: Al pasar del inglés al
francés suele producirse un fenómeno llamado “dilatación”: el texto crece en
número de caracteres. Aquí hubo que conservar más o menos las mismas densidades
de texto, y a veces la regla graduada servía tanto como el diccionario. Con el
maquetista (el genialísimo Paul-Raymond Cohen) tuvimos que hacer, por así
decirlo, una “segunda traducción”, esta vez a nivel visual. Primero tracé el
terreno, identifiqué los distintos niveles de narración con diferentes tipos de
letra. Paul-Raymond se plegó después a todas mis exigencias: si yo le decía
“quiero que este bloque de texto mida ocho centímetros por diez”, “quiero que
esta palabra se corte aquí”, “quiero que entre las palabras se distinga la
forma de una cerradura”, él lo hacía. Y cuando tienes textos en dos columnas,
textos impresos en espejo, textos superpuestos, hay que aferrarse bien. Nos
lanzamos de lleno al desafío, y el resultado está ahí, del que estoy muy
satisfecho.
Mark Z.
Danielewski plasmó visualmente el silencio, las pausas, el vacío, la confusión,
el movimiento, la dilatación, la fractura, la linealidad… Esta puesta en escena
del texto recuerda a veces la prosa poética de André du Bouchet o la poesía
cubista de Gertrude Stein… ¿Qué aporta, en su opinión, esta factura textual,
esta “composición plástica”?
Claro: La maquetación que
decidió Mark busca un efecto cinematográfico. A menudo, la página se concibe
como un plano. Es un espacio con una temporalidad particular. ¿El pasillo por
el que deambula Navidson se estrecha? También lo hace el bloque de texto.
¿Zampanò lo pierde a uno en una glosa sobre laberintos? Notas dentro de notas
lo extravían en un malicioso dédalo. Es una dimensión física de la literatura
que con frecuencia se olvida o se descuida. Sin embargo, esta materialidad se
encuentra en muchos textos: desde el Talmud
hasta Apollinaire, pasando por e. e. cummings y otros. Y quienes ya están
habituados a navegar por Internet, a leer de manera ramificada, también se
sentirán en casa. Mis hijos leyeron varios pasajes de Mark y les encantaron:
para ellos, este juego de disposición en la página no está tan lejos de su
forma de pensar; ellos saben bien que se puede escribir en todas direcciones…
¿Podría
hablarnos de las distintas fuentes literarias y espirituales que alimentan este
libro laberíntico?
Claro: Más que de fuentes,
habría que hablar de parentescos, de capas subyacentes, de recuerdos. Es tarea
del lector reencontrarlos, reinventarlos. Pero no está de más leer o releer a
Borges, Edgar Allan Poe, Lovecraft… Glas
de Derrida. Apollinaire, por supuesto. También se podría recomendar escuchar
música: Berg, Haydn, Sonic Youth… Dicho esto, la fuente más inmediata es la que
todos hemos experimentado de niños cuando nos levantábamos de noche y
tanteábamos en la oscuridad. Porque el mundo es como una casa-libro que hay que
habitar y leer, y la novela de Danielewski juega con experiencias
fundamentales. ¿Es demasiado estrecho el lugar donde vivimos? ¿Demasiado
grande? Cuando volvemos a ver una habitación que conocimos de niños, parece más
pequeña. Cuando releemos un libro diez años después, ha cambiado… Todos hemos
vivido eso. Con La casa de
hojas, el efecto es inmediato, vertiginoso, desconcertante. Apenas
uno empieza a releerlo, ya ha cambiado…
¿Qué
interpretación daría usted a este intento de describir un universo más grande
por dentro que por fuera?
Claro: Las interpretaciones son
múltiples, incluso infinitas, y el autor se ha divertido en incluirlas en su
libro, para que el lector se vea obligado a sustituirlas por otras más
secretas, más personales. Pero la idea de un espacio más grande interiormente
que exteriormente es, por excelencia, la definición de un libro. De la lectura.
Convertirse en lector, reaprender a leer con cada libro, es experimentar un
espacio en perpetua expansión, con todo lo que ello implica de miedos y de
júbilos. El significante, la carcasa de la palabra, es una vasta casa, y
aventurarse en ella es aceptar empujar los muros del significado. Ése es el
verdadero sentido de leer: perderse. Tome la palabra “casa” en el texto:
siempre aparece impresa en azul. ¿Por qué? Cada cual encontrará su respuesta,
pero piense un momento en las pantallas azules que se usan en cine para los
efectos especiales, y verá que La
casa de hojas es también una sesión de cine. Leer es ver.
Entrevista realizada por Nathalie Jungerman.
Traducción: Mirta Nicolás