El silencio que necesitamos para poder escribir no existe. Deambulamos entre rotas cosas queridas y, entre espinas que lastiman, recogemos frutos de aquel parecido sabor.
Tomado de: Diario de Poesía, año 9, n° 32, dic. 1994.-
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El silencio que necesitamos para poder escribir no existe. Deambulamos entre rotas cosas queridas y, entre espinas que lastiman, recogemos frutos de aquel parecido sabor.
Tomado de: Diario de Poesía, año 9, n° 32, dic. 1994.-
Nunca hablé de eso con nadie
Una vez
tuve una idea, sí, lo sé, siete libros sobre la mesa. Tuve una vez al sol antes
o después del mediodía, una visión clara del presente atrás de las cortinas por
donde salían los edificios. Una escalera al medio de la noche sobre los
recuerdos que todavía conservo. Una vez, después de tomar mucho vino, sentí que
mi conciencia me decía algo. Era un mensaje confuso. Pero en líneas generales
me advertía. Era, cuando el alcohol ya había subido a la cabeza, una idea que
me hacía tener miedo de mí mismo. Una vez, en el fondo de la risa, vi una
lágrima escondida. Era mía. Si alguien te juzga que sea por el eco de tu
soledad y por la calidad de tu desesperación. Sí, un rumor esparcido como un
gas me hizo pensar en mí.
Barro
Alguien decía, en mi recuerdo, algo concreto. Pero yo no
lo entendía y contestaba cualquier cosa. Leí que Macedonio tenía un interés
sincero por los demás. Y que todos distinguían eso en él. Las pasiones tristes
tampoco eran lo mío. Aunque no me sintiera bien, seguía. La timidez (o la
soledad) y la orgía social (o el manoseo), dos fuerzas que nunca estaban
separadas. Leí
que Felisberto se enmascaraba para no mostrarse. Que no tenía interés en los
demás. Y que veía como ajenas a sus propias manos. Quizás yo
necesitaba un amigo que nunca tuve. Uno que me ayudara a ser mejor persona.
Estaba sobrio y hubiera querido estar borracho. Todo pendía de un hilo metafísico en el
que podía ahorcarme o limpiarme los dientes.
La pantalla del sueño
Ya casi
los dejo. Pero no para siempre. Necesito estar solo un rato. Pensar sin
distraerme. Puedo darles la paz que no tengo. Creo que mi nuca salió del cuerpo
y que mi cabeza se separó de los hombros. Tengo que ocuparme de eso. Tengo que
dibujar una voz en la pared. Es posible que se parezca a la mía. La vida espera
en otra parte. Nunca la voy a encontrar. Todo duerme ahora. Es que alguien me
despertó también a mí. ¿Vos dormías? ¿Por qué dormías? ¿A dónde enderezás el
camino? Si fuera puro quizás tuviera una visión. Como no soy puro no tengo
ninguna visión. No soy un perro patagónico. Tengo emociones. Suena, a lo lejos,
el silbato del cielo. Entre las nubes, unos gases tóxicos quieren llegar a la
tierra. El túnel del viento atraviesa las fronteras.
¿Vos también?
Sobre el
final de esta historia había una habitación llena de extraños. ¿Quién los
invitó? Había, casi llegando al mismo final, una lotería al lado de un salón
masculino. Noté con horror y pesadumbre que ahora los hombres asistían a
barberías para emprolijar barba y peinados. Como alguien que nacía donde no hubiera
querido nacer. Había ventanas con rejas sin vidrios. Persianas bajas viendo el
sol salir y caer. Y la insipidez de las horas acompañada por una pregunta: ¿Vinimos
por algo o solo para irnos? Había una mentira al lado de una promesa. Sí, otra
más. Pero nunca una mentira es la última de las mentiras. ¿Y esa familia que yo
tanto quise comía esa basura? Las salchichas eran ojos de caballo y grasa de gato
triturada, pero el puré era de papa verdadera. Que las cosas funcionaran, eso
me llamaba la atención, me resultaba fantástico. Después de eso yo ya no tenía
nada más que decir. El crepúsculo de la tarde volvió a infundirme ganas de algo.
Todos querían
entender sus vidas. ¿Por qué no trataban de entender el canto de los pájaros?
Tomado de: Javier Fernández Paupy, Un agujero lleno de basura, Ediciones Del
trinche, Rosario, 2020.-