5.4.25

El silencio que necesitamos, por Juan Manuel Inchauspe



El silencio que necesitamos para poder escribir no existe. Deambulamos entre rotas cosas queridas y, entre espinas que lastiman, recogemos frutos de aquel parecido sabor.


Tomado de: Diario de Poesía, año 9, n° 32, dic. 1994.-

2.4.25

Un agujero lleno de basura, por Javier Fernández Paupy

 

 

Nunca hablé de eso con nadie

 

Una vez tuve una idea, sí, lo sé, siete libros sobre la mesa. Tuve una vez al sol antes o después del mediodía, una visión clara del presente atrás de las cortinas por donde salían los edificios. Una escalera al medio de la noche sobre los recuerdos que todavía conservo. Una vez, después de tomar mucho vino, sentí que mi conciencia me decía algo. Era un mensaje confuso. Pero en líneas generales me advertía. Era, cuando el alcohol ya había subido a la cabeza, una idea que me hacía tener miedo de mí mismo. Una vez, en el fondo de la risa, vi una lágrima escondida. Era mía. Si alguien te juzga que sea por el eco de tu soledad y por la calidad de tu desesperación. Sí, un rumor esparcido como un gas me hizo pensar en mí.

 

 

Barro

 

Alguien decía, en mi recuerdo, algo concreto. Pero yo no lo entendía y contestaba cualquier cosa. Leí que Macedonio tenía un interés sincero por los demás. Y que todos distinguían eso en él. Las pasiones tristes tampoco eran lo mío. Aunque no me sintiera bien, seguía. La timidez (o la soledad) y la orgía social (o el manoseo), dos fuerzas que nunca estaban separadas. Leí que Felisberto se enmascaraba para no mostrarse. Que no tenía interés en los demás. Y que veía como ajenas a sus propias manos. Quizás yo necesitaba un amigo que nunca tuve. Uno que me ayudara a ser mejor persona. Estaba sobrio y hubiera querido estar borracho. Todo pendía de un hilo metafísico en el que podía ahorcarme o limpiarme los dientes.

 

 

La pantalla del sueño

 

Ya casi los dejo. Pero no para siempre. Necesito estar solo un rato. Pensar sin distraerme. Puedo darles la paz que no tengo. Creo que mi nuca salió del cuerpo y que mi cabeza se separó de los hombros. Tengo que ocuparme de eso. Tengo que dibujar una voz en la pared. Es posible que se parezca a la mía. La vida espera en otra parte. Nunca la voy a encontrar. Todo duerme ahora. Es que alguien me despertó también a mí. ¿Vos dormías? ¿Por qué dormías? ¿A dónde enderezás el camino? Si fuera puro quizás tuviera una visión. Como no soy puro no tengo ninguna visión. No soy un perro patagónico. Tengo emociones. Suena, a lo lejos, el silbato del cielo. Entre las nubes, unos gases tóxicos quieren llegar a la tierra. El túnel del viento atraviesa las fronteras.

 

 

¿Vos también?

 

Sobre el final de esta historia había una habitación llena de extraños. ¿Quién los invitó? Había, casi llegando al mismo final, una lotería al lado de un salón masculino. Noté con horror y pesadumbre que ahora los hombres asistían a barberías para emprolijar barba y peinados. Como alguien que nacía donde no hubiera querido nacer. Había ventanas con rejas sin vidrios. Persianas bajas viendo el sol salir y caer. Y la insipidez de las horas acompañada por una pregunta: ¿Vinimos por algo o solo para irnos? Había una mentira al lado de una promesa. Sí, otra más. Pero nunca una mentira es la última de las mentiras. ¿Y esa familia que yo tanto quise comía esa basura? Las salchichas eran ojos de caballo y grasa de gato triturada, pero el puré era de papa verdadera. Que las cosas funcionaran, eso me llamaba la atención, me resultaba fantástico. Después de eso yo ya no tenía nada más que decir. El crepúsculo de la tarde volvió a infundirme ganas de algo. Todos querían entender sus vidas. ¿Por qué no trataban de entender el canto de los pájaros?

 

Tomado de: Javier Fernández Paupy, Un agujero lleno de basura, Ediciones Del trinche, Rosario, 2020.-