20.5.22

Senza Coloranti, por Ignacio Fagúndez Polo

  

1/

 

Mientras camino la ciudad observo balcones
y ventanas con enredaderas artificiales

Quiero que dejen de existir las flores de plástico
lo único que hacen es contaminar

 

Prefiero las plantas que puedo ver crecer
Si les gusta el lugar que les dí en la casa.

 

 

 

2/

 

Un sr. con jeans celeste gastado y remera
de Pink Floyd habla de la dimensión del río
con su esposa de saco verde y pantalón floreado


La besa a contraluz del sol un mediodía de verano
¿Qué le dirá el momento siguiente al beso?

 

Recibo un mensaje. Almuerzo con mis padres.
Ellos no se besan. Solo se saludan.

 

 

 

3/

 

Compro pastas caseras y me siento orgulloso
escurro los sorrentinos les pongo abundante aceite de oliva


La avaricia no tiene nada que ver conmigo

¿un gesto de sumisión ante el consumo
o un acto revolucionario?

El dinero que gano lo gasto rápido.

 

 

 

4/

 

Pestañeas aunque haya interferencia
derrotamos la distancia de esta ciudad
a través de la pantalla

 

El wifi se corta a cada rato
La luz se corta a cada rato
Empiezo a transpirar

Voy a caminar para serenarme.

 

 

 

5/

 

El domingo reafirmo que el mundo seguirá siendo
un lugar horrible y hay que vivir con eso

No tengo energía para salir a comprar helado
aparecen las ganas; una fuerza más grande se la lleva

 

Cuando contestas mis mensajes mi corazón aumenta sus latidos

 

El domingo reafirmo que tener el trabajo de tus sueños
no te hace necesariamente feliz. Te gusta la persona que vive lejos.

El equilibrio emocional se tensa al máximo.


Escuchar música mientras otros duermen se encuentra satisfactorio
interrumpida por ladridos de perros.


¿Hacer planes tiene sentido? ¿Qué sentido tiene hacer cosas? escucho decir. La vida te recuerda que estás vivo.
Mientras trabajo fumo y me quejo, como y me quejo. Fumo, como y me quejo.

Lleno el cenicero y los basureros hasta el tope.

5.5.22

Versos del amor ciego, de Giovanni Catelli

 

 

 

Nuestra foto feliz

alberga ya fantasmas

no hay más peso en el paso

ya no deja huella

indago aún el aire

tu gesto que falta

 

 

 

 

Apoya tus brazos en el verano

cede ese peso de horas a la estación

te responde luz a cada gesto

el silencio te abre de par en par el horizonte

 

 

 

 

Mientras caminas y sonríes

me rehúye el filo de las aguas

me ciega el sol menguante

olvido la resaca del lago

todo sucede fuera de nosotros

tal vez ya no pertenezcas a esta hora

toco tu mano desde lejos

antes que cruce la línea de las sombras

 

 

 

 

Está mi sombra en tu sonrisa

la distancia de las cosas más allá de tu paso

habitas conmigo el vacío de la fiesta

no tienes respuestas en la luz del lago

todo está más allá de la espera

yo no sé creer en el instante

te sostengo la mano para saber

que de veras contigo estoy perdiéndome

 

 

 

 

Convoco los días con la espera

los espero al acecho del alba

los oigo temblar en los vidrios

como los dedos del verano

las huellas digitales de la luz

 

 

 

 

Qué tarifa de tinieblas

aguardará los vastos días

eterna lluvia lejanía

turbia rampa el porvenir

del perdido leve abrirse

de esa puerta y ese cuarto

la maravilla y el asombro

la juventud incalculable tu risa

 

 

 

 

Te he buscado en los años

en donde aún no estabas

he aguardado tu mano

cuando no me veías

suspendí tu tiempo

para amoblar el futuro

nuestra casa está lista

en un disperso porvenir

 

 

 

Tomados de: Giovanni Catelli, Versos del amor ciego, En Danza, 2021.

 

Traducción de Pablo Ingberg

 

24.4.22

Patti Smith: Edie Sedwick

 

 

No sé cómo lo hizo. Fuego

temblaba sin cesar. Le costó

horas maquillarse, pero lo hizo,

incluso las pestañas postizas

Pidió ginebra con triple lima.

Luego una limusina.

Todos sabían que era la auténtica

heroína de Blonde on Blonde.

Oh, no es justo,

oh, no es justo.

Cómo hacía volverse a los hombres

su pelo de armiño.

Era blanca, blanca

rubia, rubia

y sus largas largas piernas...

Yo quería bailar con ella

pero nunca tuve oportunidad.

Oh, no es justo.

Como se agitaba hermoso,

cortando el aire, su pelo de armiño,

Cómo bailaban con ella

todos los hombres,

Nunca tuve la oporunidad

aunque se lo pedí

desde el fondo de los sueños de verdad,

desde la mente, buscando amor,

Me sumergiría en su movimiento

y daríamos vueltas.

Ella daría vueltas

haciendo volver la cabeza

a toda la ciudad.

Sus trémulos, trémulos

huesos relucientes.

Segunda criatura rubia

después de Brian Jones.

Oh, no es justo,

cómo llegué a soñar con ella

y ella se durmió,

se durmió para siempre.

Y nunca bailaré

con ella, nunca. Se rompió

como un bebé,

se ahogó

como un bebé,

como una niña,

como una dama.

Con su pelo de armiño

Oh, no es justo

y quisiera verla levantarse otra vez

sus blancos, blancos huesos

con el bebé Brian Jones

bebé Brian Jones

como ruborizadas muñecas.

 

Traducción: Ramón de España

*


I don't know how she did it. Fire./  She was shaking all over. It took her hours to put her make-up on./ But she did it. Even the false eye-lashes./ She ordered gin with triple limes. Then a limosine./ 
Everyone knew she was the real heroine of Blonde on Blonde.// oh it isn't fair/ oh it isn't fair/ how her ermine hair/ turned men around/ she was white on white/ so blonde on blonde/ and her long long legs/ how I used to beg/ to dance with her/ but I never had/ a chance with her// oh it isn't fair/ how her ermine hair/ used to swing so nice/ used to cut the air/ how all the men/ used to dance with her/ I never got a chance with her/ though I really asked her/ down deep/ where you do/ really dream/ in the mind/ reading love/ I'd get/ inside/ her move/ and we'd/ turn around/ and she'd/ turn around/ and turn the head/ of everyone in town/ her shaking shaking/ glittering bones/ second blonde child/ after brian jones// oh it isn't fair/ how I dreamed of her/ and she slept/ and she slept/ forever/ and I'll never dance/ with her no never/ she broke down/ like a baby/ like a baby girl/ like a lady/ with ermine hair// oh it isn't fair/ and I'd like to see/ her rise again/ her white white bones/ with baby brian jones/ baby brian jones/ like blushing/ baby dolls


Patti Smith
Seventh Heaven (1972)

 

19.4.22

Yo soy tu proveedora de droga, por Osvaldo Lamborghini

 

Cuando más limpias te parezcan
Las aguas del lago
Y aún cuando creas
Rebosar de plenitud
Igual recuérdame
Yo soy tu proveedora de droga

 

Cuando contemples
Con mirada ascendente y pura
El triunfo de los pájaros
Y la derrota de las olas
Igual recuérdame
Yo soy tu proveedora de droga

Cuando vayas al encuentro
De la amada o el amado
Sintiéndote seguro
Del esplendor de sus pupilas
Igual recuérdame
Yo soy tu proveedora de droga

 

Y no me abandones
Prematuramente
No te comportes
Como un ingrato
Recuérdame siempre
Yo soy tu proveedora de droga


Tomado de: Osvaldo Lamborghini, Poemas 1969-1985, Mondadori, 2012.-

17.4.22

Marc, la sucia rata, por José Sbarra

 Humean montañas de basura a ambos lados de la carretera. Seres andrajosos suben y bajan por ellas. Un adolescente, recostado sobre una pila de cartones y trapos, lee.

Ha encontrado un libro y lo lee con dificultad, pero hechizado.

Para él ha desaparecido el basural, sus manos heladas y sucias pasan las hojas del libro.

El adolescente ha terminado de leer su libro. Se encienden estrellas sobre la basura. Es la primera vez que lee un libro desde el comienzo hasta el final. Es la primera vez que descubre que alguien que no lo conoce y a quien nunca vio, sabe exactamente lo que le pasa y lo que piensa. Aprieta el libro. Llora. O casi. Acaba de comprender que no está solo en el universo.

Hay alguien que lo entiende y se lo ha contado por medio de un libro. Vuelve a la primera página, a la primera frase. Se repite a sí mismo el nombre del autor. Es un escritor de otro país, de Alemania.

A la mañana siguiente le dice a su maestra que ha leído un libro de un escritor alemán y que durante la noche le ha escrito una carta, pero que no sabe a dónde tiene que enviarla para que le llegue. La maestra le pregunta cómo se llama ése escritor. Y él responde que en ese momento no lo recuerda. Entonces le pregunta por el título del libro. El responde que lo tiene en la punta de la lengua pero que no le sale. Ella le pregunta cómo puede ser que le haya impresionado tanto un libro, que hasta lo ha impulsado a escribir una carta y que no retenga el título ni el nombre del autor. El adolescente se queda en silencio. No quiere revelar esos datos por vergüenza. La maestra podría conseguir el mismo libro y sería como si lo espiase a él por dentro. Ella le dice varias cosas. El sólo repara en una; embajada de Alemania.

Se ha aplastado el pelo con agua jabonosa. Trata de no pisar charcos para no manchar las alfombras que imagina detrás de la palabra embajada. Lleva mal abrochado el cuello de la camisa.

Hace dedo. Se detiene un Renault color mostaza.

El chico de la basura sonríe. Agradece. Sube al coche. Agradece. En su mano izquierda palpita una página de cuaderno doblada, sin sobre.

La humareda semeja niebla y el día es gris.

–¿Y para qué tenés que ir a la embajada de Alemania?

Para enviarle esta carta a un escritor. Ahí me van a dar la dirección.

–¿Quién escribió esa carta?

–Yo.

–¿Y cómo se llama el escritor?

El adolescente revela por primera vez el nombre del escritor.

El hombre reprime un impulso. Mira a los ojos al adolescente. Siente el humo caliente del basural que entra por la ventanilla. Sonríe ante la asimetría de la camisa del chico. Le dice:

 –Te voy a llevar hasta la puerta de la embajada. Aprieta el acelerador y, poco a poco, el entorno empieza a urbanizarse. Sintoniza la radio en una música alegre.

Intenta imaginar cómo recibirán a ese jovencito en la embajada. Tal vez lo traten con indiferencia –piensa–, tal vez le tomen la carta sin darle mayor importancia o quizás alguna secretaria le diga lo que él no se atrevió a decirle, que ese escritor ha muerto hace ya muchos años.

 

 

Tomado de: José Sbarra, Los pro y los contra de hacer dedo, Ediciones subterráneas La Rata, 1988.-

14.4.22

Cuestionario Proust a Mariana Ruiz Johnson

 

¿Cuál es el colmo de la miseria?
No saber decir gracias.

¿Qué virtud valora más en las personas?
La inteligencia y la curiosidad.

¿Qué es lo que más le gusta hacer?
Leer, dibujar, escribir y charlar.

¿Dónde querría usted vivir?
Buenos Aires es un imán, no me permite alejarme mucho de ella. Así que me gustaría vivir, como ahora, cerca de Buenos Aires, pero en una casa más cómoda con un estudio grande y luminoso que de a un jardín. Y que pueda teletransportarse a otros paisajes cada vez que nos plazca.

¿Cuál es su ideal de la felicidad terrestre?
Clima cálido, alguien interesante con quien charlar, algo bello que mirar, algo rico para comer, algo espirituoso para beber.
O una librería.

¿Con qué errores tiene la mayor indulgencia?
Con aquellos provocados por el despiste y la torpeza. Una vez le mandé a mi hijo para su almuerzo escolar, envuelto en papel de fiambrería, medio kilo de mozzarella en un táper. Confundo fechas de turnos médicos, direcciones, instrucciones. Si no me perdonara esto a mí misma, estaría frita.

¿Cuáles son los héroes de novela que prefiere?
De chica me parecía fascinante la imperfección de Amaranta Buendía.
Hace poco estuve leyendo la Odisea y me llamó la atención Calypso, la diosa del mar que retiene a Ulises seis años porque se enamora de él. Me gusta esa satisfacción caprichosa de su deseo y me gusta su sacrificio al dejarlo ir.

¿Cuál es su personaje favorito de ficción?
En este momento, dos antihéroes alcohólicos de series animadas de televisión, cada uno a su manera: Bojack Horseman y Rick Sánchez.

¿Cuáles son sus heroínas favoritas de la vida real?
Mi abuela Carmencita, que se pintaba los labios de rojo y siempre estaba de buen humor. Ella me dejó el entusiasmo por la lectura.

¿Su pintor favorito?
Hyeronimus Bosch.

¿Su músico favorito?
Charly García.

¿Su cualidad preferida de los hombres?
La ternura.

¿Su cualidad preferida de las mujeres?
El sentido del humor.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Dibujar.

¿Cuál es su miedo más grande?
La tragedia inesperada.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de usted mismo?
La torpeza. La necesidad de aprobación. El terror que me provoca manejar un auto, y que estoy tratando de desenmarañar con mucho esfuerzo todos los días.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
Esta pregunta me deprime un poco: tengo una vida poco atrevida. Pero puedo contar con orgullo que a los 18 años volví sola desde La Paz, Bolivia, por tierra, con 5 dólares en el bolsillo.

¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
La ambición.

¿Qué es lo que más le disgusta de su apariencia?
La piel grasa e irregular que no mejora ni con cremas costosas ni con tratamientos naturales. Y que ahora tiene más lunares y arrugas. La panza que después de dos hijos no volvió a ser la misma.

¿Cuáles son las palabras que más usa?
Tres palabras con LL.
Maravilla.
Brillante.
Pesadilla.

¿Qué es de lo que más se arrepiente?
De ser siempre tan condescendiente.

¿El rasgo principal de su carácter?
Soy fantasiosa. Soy desprolija.
Soy hedonista, tiendo a buscar el bienestar, la comodidad y el placer todos los días.

¿Su principal defecto?
La ansiedad.

¿Eso que querría ser?
Me gustaría ser más temeraria, más deportista, más adrenalínica.

¿El color que prefiere?
El amarillo. El rojo.

¿La flor que más le gusta?
El hibisco: me hace acordar al jardín inglés de mi abuela y a las casitas con techo de tejas en 4 Ilhas, Santa Catarina, Brasil.

¿El ave que prefiere?
En las aves valoro la rareza, la distancia morfológica que las separa de nosotrxs, los humanos.
El flamenco, porque es rosa y se para en una pata.
Y el Casuario, porque tiene el ojo amarillo y la cabeza azul y con su cresta parece un dinosaurio que ha sobrevivido.

¿Sus héroes en la vida real?
Quino.
Luis Alberto Spinetta.

¿Sus heroínas en la historia?
La gran María Elena Walsh.
Vivian Gornick, quisiera ser su amiga.

¿Sus nombres favoritos?
Pedro y Félix, los nombres de mis hijos.
Ana y Sara, porque se dicen brevemente y con la boca abierta.

¿Dónde y cuándo es feliz?
En las librerías, en los museos, en los viajes, en los conciertos, en las fiestas.
También los sábados tranquilos a la noche, cuando escucho a mis hijos riéndose en sus camas  y tengo tiempo para leer en el sillón.

¿Cuándo miente?
Cuando quiero esquivar el dolor y el conflicto.

¿Cuál es su idea de la muerte?
Muerte = c’ est fini.

¿Qué no perdonaría?
La violencia física.

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
Hacer lo que me gusta y que mucha gente valore lo que hago.
Criar también es uno de mis grandes logros.

¿Para usted qué es un buen insulto?
Inútil.

¿Cuál es su idea de la fidelidad?
La fidelidad es con una misma.

¿Qué cosas detesta por encima de todo?
Los caramelos de anís y las cerezas al marrasquino.
Hablando en serio: la agresividad.

¿El don de la naturaleza que quisiera tener?
Volar (sepan disculpar el cliché).

¿Cómo le gustaría morir?
Después de haber hecho muchas cosas en la vida, agradecida, acompañada, sin dolor en ningún sentido.

¿Estado presente de su espíritu?
Esta tarde, calmo, con un dejo de tristeza.

¿Cuál es su frase preferida?
Carpe diem. 

23.3.22

Boeing, por Jorge E. Bustos

  

LUEGO DE LA QUEMA, del otro lado de los primeros árboles del bosque, está el río que es más bien un arroyo barroso que en baja se puede cruzar con el agua a las rodillas y le sigue el bosque más denso, húmedo y oscuro. A veces, cuando salen a perderse por las vías muertas hacia el Aeropuerto Internacional, cruzan el río por un puente y a poco de andar comienzan a ver colgando de los árboles cadáveres podridos de humanos –machos y hembras– que quedaron ahí, chorreando grasa y gusanos en un charco inmundo. Los Oficiales de Justicia Militarizados que custodian el Aeropuerto Internacional patrullan el bosque denso y también lo usan como campo de ejecución. Las ejecuciones se practican en cualquier lugar del bosque denso, en cualquier momento del día o de la noche y pueden ser uno o más los afectados por ellas, los ejecutados. A esto lo saben porque los cadáveres que cuelgan del mismo árbol o de árboles vecinos están en el mismo punto de putrefacción. También se cruzan en su andar enloquecido por el bosque denso con cadáveres amontonados pudriéndose en zanjas sin tapar, hechos una gelatina inmunda, irreconocibles: son los que cayeron fusilados por metralla. A veces se acercan al montón y con palos escarban esos restos que desprenden un olor fuerte a tierra muy vieja; lo hacen así con la intención de encontrar algo valioso entre la podredumbre, algo que brille. El Aeropuerto Internacional también militarizado limita con el bosque y éste con la quema y luego viene el rancherío. Todos los que viven en los últimos ranchos del rancherío que limita con la quema trabajan en la quema, varones y mujeres de todas las edades adormecidos por el humo y la hediondez que escarban con rastrillos improvisados la basura en busca de metales o de algo valioso para vender. Cada tanto, como único entretenimiento que los saca del sopor imbécil, ven a escasa altura los Boeing que despegaron de o aterrizarán en el Aeropuerto Internacional. Es raro porque aún sin saber qué ocurre en el interior de esas máquinas enormes que estremecen todo a su paso, cuando las ven sobrevolarlos inmediatamente sueñan con los uniformes impecables de los pilotos y de las azafatas del Boeing. También los ranchos son estremecidos por el estruendo exasperante de las turbinas del avión que rasa la quema como rasa la imaginación de los rebuscadores entre la basura de alguna basura valiosa. En los ranchos los latones vibran con la misma vibración que sacude al Boeing y a las azafatas y a los pilotos uniformados. Desde el Boeing de día y a velocidad, depende del ángulo de visión y de la luz, de todo eso se ven brillos y unos charcos donde se reflejaban las nubes y el sol; unos charcos que desde lo alto se ven impecables pero que al ras se ven como juntaderos infectos de mugre y cadáveres de perros y cuises Así es lo que se ve: aparente. Nada de eso los rebuscadores saben pero ocurre mientras escarban con un fierro como rastrillo improvisado la basura. De la venta de lo rescatado, metales sobretodo, producirán un poco de azúcar, grasa, harinas y estimulantes, los necesarios para sobrevivir el día. El revendedor de esos productos al menudeo tiene arraigado su negocio en un rancho en las orillas y especula acumulando billetes mugrientos y rotos entre las bolsas de cincuenta quilos de mercancías. También esa tapera vibra con el paso del Boeing, pero el ensueño allí es mucho más ambicioso, profundo: no se oye. El revendedor de azúcar, grasa, harinas y estimulantes acopia cantidades de todo eso en estanterías y bolsas que se amontonan en pasillos y cuartuchos pero vive austeramente con su esclavo. Él atiende el mostrador y vende y cobra y trata con los mayoristas los precios; compra, cuenta y guarda el dinero, mientras el esclavo carga las bolsas, acarrea el carbón, mide vino y querosén en botellas de un cuarto, medio y litro, también azúcar, yerba, fideos, harina. A todo eso lo hacen desde muy temprano: pesar, medir, comprar, vender, pagar, cobrar, y al mediodía descansan sentados en tachos, mientras comen pan con fiambres y beben vino blanco helado de caja. A veces cuando el calor es bochornoso y los techos de chapas arden al sol se echan a dormir en cuero sobre el piso de cemento alisado y húmedo. Cuando el frío es de terror encienden carbones en un brasero y beben vino del pico de las botellas de litro, envueltos en frazadas de lana. Cuando están borrachísimos, el revendedor de mercancías porque sí muele a palos al esclavo, lo desnuda y en seco se lo recoge hasta quedar exhausto; después duermen espalda contra espalda en un catre que huele fuerte. El esclavo es apenas más joven que el revendedor de mercancías pero ambos son casi niños. Lo que más le gusta al revendedor es clavarle la pija hasta el fondo del culo al esclavo y acabarle bien adentro: siente como el culo del esclavo lo absorbe todo, como si estuviera nutriéndose hasta que se confunden. Les encanta ese estado de confusión. Otras veces pasa al lado del esclavo que está en pantaloncito corto nada más, de cuclillas envasando carbón en bolsas, y como el esclavo lo mira con cara de cogeme lo agarra por atrás del cogote, le baja el pantaloncito y lo tantea con dos dedos en el orto pero nada profundo, después los saca y los huele. Si el olor es dulce, lo recontrarecaga bien a palos, al esclavo, con bronca, hasta que sangra mucho por la nariz y levemente por las orejas y después se lo lleva al catre y se lo coge sin asco, sin siquiera escupirle un poco el culo para lubricárselo, aunque el esclavo sufra, no le importa nada. A veces cuando lo muele a palos al esclavo siente que podría hacerlo pulpa inerte pero sabe que no es necesario matar al esclavo porque igual ya está muerto y también siente que lo resucita a palos y pijazos luego. El esclavo también siente que él, el revendedor, está muerto y que resucita cuando le acaba un chorro grueso de leche en lo más profundo del orto: en esa sensación están hermanados. Casi todo el tiempo de todos los días y noches están solos, absortos en sus rutinas brutales, pero a veces se tornan peligrosamente sociables y sin entender por qué pero sabiendo muy bien para qué, invitan a otros de por ahí a los que conocen del boliche a una juerga de comida, bebida y naipes en la casucha, donde improvisan una timba. Chupan vermuts dulces con hielo y vino de damajuana, comen chorizos secos salados y pan, o por ahí unos huesos grasientos con apenas carne que asan sobre brasas de rama en una parrilla de fierros oxidados, ellos invitan. Corren las barajas, los billetes, el fumo. En distintos momentos salen y entran y aparecen y desaparecen frenéticos en la oscuridad, algunos porque van a mear o a cagar, otros porque jalan o se pican o fuman y se cruzan ahí en el patio o en el fondo o en la letrina y algunos se miran mal y se provocan nada más que para joder y terminan moliendo a golpes al primero que ven indefenso para después ensartarlo o cogérselo. Cuando acaban y ya no saben qué pasó, entran como si nada a la casucha y siguen así, comiendo, bebiendo y fumando, hasta que caen sentados o se echan sobre el piso de cemento alisado en rincones, estúpidos, dormidos. El revendedor y el esclavo entonces cuando cayeron los últimos, escarban en los bolsillos, entre la ropa y los huevos y en el orto de algunos de los curdas y les afanan todo lo que encuentran: billetes, monedas, cigarros, fumo, que el revendedor esconde inmediatamente entre las bolsas de cincuenta quilos de mercancías y después los despiertan y les dicen que se vayan, a los gritos, que ellos tienen que descansar porque tienen que atender temprano el boliche y los sacan a los empujones. Cuando los curdas se van ellos se acuestan cansadísimos en el catre y se duermen profundamente. Ese rato no cogen, por ahí se hacen una paja, pero no siempre porque efectivamente necesitan descansar y se duermen escuchando los ladridos de los perros y el griterío que viene de los ranchos donde viven Los Zorros. Apenas amanece despiertan y lo primero que hacen es limpiar el quilombo de la noche anterior mientras toman una infusión azucarada de café mezclado con yerba mate y comen pan solo. Cuando terminan de ordenar se sientan en tachos, enfrentados, desparraman en el suelo todo lo afanado y lo analizan, separando por grupos para determinar el valor de cada cosa. Una vez clasificadas de acuerdo al valor, el revendedor a su vez las agrupa en otros tantos grupos que tiene resguardados en distintos escondites en distintos lugares del rancho. El esclavo sabe muy bien cuáles son esos lugares y sabe exactamente no sólo qué hay en cada escondite sino a quién y en qué momento se lo afanaron. Son pertenencias íntimas vinculadas a la excitación que le produce robar: cuanto mayor es el riesgo, más lo calienta. Sobre todo porque si justo cuando lo están hurgando se despierta, no queda otra que clavarlo, al curda, o degollarlo y tirarlo en el fondo, con algún cogido y muerto a palos que seguro hay, como vestigios de la marejada de la noche, o en el pozo donde se acumula la mierda del retrete. Al esclavo lo recalienta todo esto pero lo que más lo calienta es degollar, por eso a veces provoca que el curda se despierte, como por descuido, nada más que para pasarle la cuchilla por el cogote mientras acaba como en sueños. Al revendedor de mercancías no le interesa ese juego pero se calienta hasta la asfixia con el robo. A veces la excitación que acumula es tan fuerte que acaba en seco en cuanto detecta entre las ropas o hecho un canuto en el fondo del zapato los billetes del que duerme y que tal vez nunca más despierte. Esa idea lo saca: que el curda dormido esté totalmente indefenso a lo que a ellos les dé la gana: robarlo, degollarlo, cogérselo muerto. Otras veces reciben a Los Amigos Parcos, que siempre llegan sin avisar. Con ellos comen guiso, conversan y se emborrachan. Inmediatamente llegados, todo el tiempo posterior están ansiando que se vayan pronto porque saben que Los Amigos Parcos son peligrosísimos y que no hay que descuidarse. Estar en alerta es una sensación natural que les brota desde las entrañas pero ante ellos es mucho más intensa y varias veces sienten el impulso irrefrenable de liquidarlos y ya, inmediatamente, como protección. No lo hacen porque un profundo respeto difícil de explicar los alía, nada más. En un momento de la alta noche más oscura, ebrios e inconscientes piensan insistentemente en que ya se tienen que ir porque ya todos están extenuados y no pueden coordinar frases ni nada y todo está en peligro. Temen, con un temor profundo, reverencial, que los Amigos Parcos se saquen por alguna cosa de nada, de puro tensos, y que en un descuido los degüellen y se queden con la tapera, las mercancías, la guita, lo afanado, y además se los cojan muertos y que luego descuartizados los echen en el fondo de pozo profundísimo donde se acumula la mierda de la letrina; entonces se apresuran en despedirlos, porque son precavidos y astutos, y los saludan con abrazos fraternos, hasta nunca, desaparezcan. Y Los Amigos Parcos se van satisfechos porque saben que pueden volver siempre que necesiten allí pasar un rato a chupar vino, comer fiambres salados, fumar y hablar de transas. Una vez despedidas las visitas, se echan en el catre fatigadísimos, y se duermen: ni cogen ni se hacen la paja, nada más oyen el insistente ladrido de los perros y los alaridos y aullidos que vienen del lado de los ranchos de Los Zorros y exhaustos desfallecen, mueren. En cuanto aclara abren los ojos y se incorporan inmediatamente a las rutinas y así. A veces, los días que hartos deciden no atender el negocio por menudeo porque están repodridos de repetir siempre las mismas situaciones estúpidas, quieren irse, desaparecer del boliche, olvidarse, y enfilan para el lado de las vías muertas por el sendero entre yuyos y cardales que los lleva hasta el terraplén de tierra reseca y agrietada, hasta las vías muertas que recorren desde el rancherío pasando por la quema, y después el arroyo o qué llamado río para luego penetrar en el bosque primero y en el bosque denso luego para llegar al alambrado final desde donde se ve la pista del Aeropuerto Internacional, pasan muy cerca de los ranchos de Los Zorros, un laterío clavado en estacas de sauce apenas enterradas, donde se apiñan en el piso de tierra sobre colchones y mantas hediondas a meo, guasca y flujo de concha Los Zorros que son como veinte, no veinte, seguro, hembras y machos ninguno con más de treinta, muchos, como seis u ocho, son pendejos chicos de menos de siete que viven mugrientos siempre.  A Los Zorros les dicen así porque llevan el pelo rojizo, con reflejos de paja reseca y polvorienta, todos dados a la riña, el descontrol y el afano. A algunas de las pendejas de Los Zorros, no importa cuál pero siempre entre las que ya caminan , las conocen bien porque muchas veces que van a comprar al boliche querosén o azúcar suelta o yerba o salame para sánguches o cualquier otra cosa y van solas y no hay nadie, las hacen pasar atrás del mostrador y les meten dedo en la concha y el culo o se hacen chupar la pija , no se las cogen porque no quieren desgarrarlas ya que los zorros grandes, los machos, son temibles con el machete cuando es que quieren cogerse a sus pendejas, y no quieren quilombos. Prefieren si van a cogérselas porque los recalienta la pendeja atacarla cuando anda boludeando en el borde último de luz tenue de vela o de fogata o de luna y ellos la eligen, la siguen con sigilo y en un descuido la atrapan al toque la llevan hasta un yuyal y mientras la pendeja patalea asfixiándose les van metiendo cuando pueden los dedos en la concha y el culo y también la chupan si pueden y después la tiran en el suelo y se la recogen por la concha y el orto hasta partirla a vergazos y después la liquidan de una patada en la cabeza, o se la aplastan con una piedra, lo que tengan a mano, y otra vez se la cogen, pero la zorrita no reacciona ya porque tiene la cabeza hecha pulpa de sesos y sangre con los huesos a la vista, y de tan calientes se pajean sobre esa masa que ya no late y acaban mientras oyen los alaridos de Los Zorros que ya salieron a buscar a la que notaron que falta, a la que no supieron cuidar y que ahora está masacrada. Entonces huyen, impasibles, para el lado de las vías muertas hacia el bosque y de ahí hasta el alambrado que les corta la llegada al Aeropuerto Internacional, borrándose hasta que a Los Zorros se les pase la furia, ellos también recontra cogiéndose y masacrando a cuanto pendejo del rancherío se les cruce para vengar a la pendeja zorra muerta, y así, hasta que se tranquilizan. Eso llevará un tiempo, lo saben, pero igual van a estar pegando la vuelta cuando la luna baje un poco, porque tienen que descansar para atender el boliche luego, pero ahora, mientras caminan insomnes por las vías muertas echando un vapor de hielo por las narices, con las pijas duras con restos de leche pastosa, y con las pelotas hinchadas, huelen en las manos cuando se manosean la chota, y lo huelen, el olor de la sangre de la pendeja reventada y un poco de olor a concha y ansían cruzar el puente de vías por encima del río (o arroyo), para después meterse en la picada de yuyales altos entre los primeros árboles del bosque y ahí hacerse una paja antes de lanzarse enloquecidos en lo más denso del bosque denso, donde cuelgan los cadáveres a veces frescos a veces putrefactos en distintos grados depende del momento en que fueron colgados, y también los pozos con restos de los ejecutados por la metralla de los Oficiales de Justicia Militarizados que custodian el Aeropuerto Internacional. Todo eso en un frío aterrador, pero no lo saben, de tan enloquecidos e imperturbables, da lo mismo, hasta que en un momento, ellos no saben cuándo pero lo ansían, se detienen en seco, mudos, cuando escuchan las turbinas y ven también lejísimo como un punto incandescente la luz del Boeing que está a punto a aterrizar en el Aeropuerto Internacional. Así también lo ven acercarse hasta que ya lo tienen encima. Por lo general el lugar donde quedan paralizados coincide con un punto que les permite ver entre el ramaje de los árboles altos del bosque denso las particularidades de los rostros de los pasajeros del Boeing que miran desde las ventanillas la oscuridad cuando pasa rasando las copas de los árboles, ya que están capacitados para recibir y apreciar en éxtasis esas imágenes. El bramido ensordecedor del Boeing al paso hace temblar sus cuerpos dislocados y se sienten como si estuviesen enfermos. Cuando pasó, desfallecen sobre la hojarasca pero inmediatamente salen del trance entre convulsiones y se reincorporan y vuelven a correr enloquecidos y jadeantes por un sendero invisible de fosforescencias que los conducirá indefectiblemente al lugar exacto desde donde cuerpo a tierra se encuadrarán con la línea de la pista del Aeropuerto Internacional, un buen rato, casi siempre hasta que vean aterrizar cuatro o cinco, no más, porque tienen que pegar la vuelta para descansar y atender el boliche. Nunca dormitan ni duermen ahí, ya que están ahí para ver aterrizar a los aviones desde la última línea del alambrado de púas, el último límite que nunca cruzaron y que jamás cruzarán porque no les interesa. Eso hacen y nada les importa porque llegaron a destino. A veces cuando andan en esa de escabullirse de Los Zorros por haber masacrado una zorrita, o no, porque nada más salieron a perderse, se cruzan con la patrulla de los Oficiales de Justicia Militarizados que patrullan o ejecutan en el bosque y en el bosque denso. Los Oficiales de Justicia, a pesar de tener órdenes estrictas de ejecutar inmediatamente a cualquier individuo que merodee o se encuentre allí, en cuanto los reconocen los saludan secamente y con respeto.  Ellos también porque casi siempre la patrulla está integrada en su mayoría por los Amigos Parcos. Así brevemente porque ellos tienen sus asuntos y los Oficiales de Justicia deben seguir patrullando el bosque, se convidan cigarrillos, fuman e intercambian novedades y partes. Antes de terminar los cigarrillos se despiden, siempre con la promesa de encontrarse a cerrar transas en el boliche, en cualquier momento. Eso es cuando van y a veces también cuando vuelven, pero no siempre, sólo a veces, hacia o desde el Aeropuerto Internacional. Las veces cuando vuelven siempre es con la excitación de haber recibido el impacto en el pecho de la vibración de las turbinas del Boeing, el aturdimiento total: regresan ajustados, de alguna manera renovados; eso y también todavía con la hediondez encima de los cadáveres podridos de humanos machos y hembras cuyos sesos y vísceras vieron desparramados también en distintos grados de putrefacción siendo devorados por los pájaros y los gusanos y demás vida del bosque denso: hasta los árboles, les consta, se nutren de esos restos y el follaje late.



diciembre 2016/febrero 2017



(Tomado de: Boeing, Jorge E. Bustos, Ascasubi, 2019)

21.3.22

Seis poemas, por Jacqueline Golbert

 

 

1

Ando en una
bici naranja
no me canso
¡bendición!

Espero horas con el celular
casas enfiladas.

La gente tiene
el alma naranja, yo misma
he parido ayer una
d’s mío, naranja.

Las bicis no alcanzan
miles somos
en la calle no se puede 
caminar.
Iría hasta el centro
del centro nadando 
pero tampoco hay
salida al mar.

Bicis enfiladas bicis
enfiladas bicis enfiladas
naranjas bicis naranjas

¡D’s mío! 
La gente ya tiene piernas 
cansadas y cajas cuadradas 
en sus espaldas.



2

Tus piernas son dos macetas
escuché decir a mi familia
tenés las piernas paternas
un día que usé pollera corta
escuché a dos machos ante una puerta
llamarlas gambetas también decir maradó

no usé malla en la playa
como hasta los 20
y en la pileta siempre usé short
una vez me hice tirar vestida al agua
poliedros cachazudas machacón
paso a paso peor
las masajeé enteras
una esteta me dijo sos dos personas
de arriba de la cintura una, de abajo otra

siento pirámides densas, enterradas
amaría ser atleta
de mi cuello crecieran zancos
retengo todo el desierto santo 
araña calavera jirafa grulla avestruz

a veces las beso para que me perdonen
por tanta humillación. Ahora quizás es menos peor
porque las piernas grandes son tendencia
me siento acompañada gracias nati maria beyonce. 


3

No future
no hay en el presente
se te caen los dientes
se termina tu muestra
no pagás tu casa
no tengo más plata
mi amor se va como la carnada se pierde
si una presa no pica 
el culo te pica
sé de dónde sacar dinero
pero no tengo tiempo
vence todo
se pudre.


4

Me fumé para escribir
les digo a otros qué escribir
y yo ni siquiera doy en la tecla 
el lápiz me rasca la espalda.

5

Con Mozart al palo
para tapar los ruidos
de una construcción 
en un espacio de 2x2
pasa la vida
una princesita
entre libros y cafés
entre tierra y algodón 
qué tipo de engendro puede
injuriar a una librería
más chica que su cocina
y más grande que su corazón?

6

La pintura de las palomas 
una encima de la otra
comiendo en la vereda
con luces y sombras
bien realista
soy la persona 
más feliz
del mundo 
mi novio me maltrata
antes de irse a dormir
parece que se emborracha
en la noche pierde el rumbo
soy la persona más infeliz
las migas en el asfalto
el brillo sobre el pelaje
no quedaron verosímiles
en la pintura
que pinté
soy la más infeliz vs. la más feliz
vs la más miserable
vs la más tonta
y a mi novio no lo puedo dejar 
vs la más entregada
¿Será que no ve mi belleza?
¿Cómo hacer para que
me respete acaso
no soy digna de tanto amor?

Me entrego rápido
como las migas al pico
como el pico a la cerveza
soy frágil y fácil y rápida
me siento tan triste como una paloma
tan cansada como mi novio

¡Qué mal inventado está todo!
y qué poca paciencia tengo
para hacer que algo cambie.