Una cosa que me gusta de
mi heladera es que nunca tiene mal olor.
Una cosa que me empezó a
pasar a partir de cierta edad es que se me intensificó el sentido del olfato. Por
qué, no sé. Tener el olfato más fino puede ser causa de burlas por melindroso o
de reproche incluso, como si fingiera oler lo que aparentemente solo yo huelo
para obtener una ventaja en una situación equis: un cambio de ropa, la limpieza
de un objeto, que abran una ventana, un tragaluz aunque sea, caprichos que
justificaría con la excusa del olor.
Una cosa así puede ser
causa de hostigamiento también. Las diferencias de percepciones exasperan a
algunas personas.
Una cosa como esta me
hace pensar en otras características, inclinaciones y hasta dolencias que
llegan o se van sin explicación.
Una cosa o algo.
Una cosa por ejemplo que
empecé a tener en un momento de mi vida, otro momento, es asma. Yo siempre digo
que me hice asmático por Proust, puede ser una simple fórmula con pretensiones
de gracia o puede ser verdad. Lo concreto es que por esos años estaba leyendo
La recherche.
Una cosa quería decir: es
tarde, me voy a acostar.
Una cosa más: durante
mucho tiempo me fui a acostar temprano.
Una cosa que extraño de
cuando era chico son las sillas en la vereda. Hay gente que todavía lo hace,
muy poca, sacar una silla a la vereda y sentarse a tomar fresco. Tengo varios
puntos en el barrio para sentarme a veredear: umbrales, bancos improvisados, las
vías. Aunque las vías ya no porque las sacaron para hacer ese tren elevado
horrible. Era mi lugar preferido. Alrededor había escombros, pasto, pintadas, y
de tarde, al fondo, según la época del año, se veía la puesta de sol. Con esos
caños para sentarse arriba y apoyar los pies abajo que resultaba en una postura
muy cómoda. Cuando pasaba el tren, retumbón y arrastrando el viento, había que
agarrarse fuerte como en un precipicio, por miedo a caerse o a querer tirarse
abajo.
Una cosa que siempre
hago cuando paso adelante de alguien sentado en una vereda es saludar. Y siempre
me devuelven el saludo, sin falta.
Una cosa que estoy
pensando hace tiempo es comprarme una silla de playa plegable amarilla de
aluminio y sacarla a la vereda para sentarme al solcito en invierno y de noche
en verano. Dejar de pasar y ser el quieto que devuelve el saludo.
Una cosa es una cosa es
una cosa es una cosa.
Una cosa no nace, se
hace.
Una cosa, dice la vecina
sin sacar la cadenita de la puerta, es que se me pase medio minuto el pollo, y
otra que haya que abrir todas las ventanas de todos los pasillos del edificio, hasta
la puerta de la terraza, porque hay un poco, un poco, dice más alto, de olor.
Una cosa trae la otra.
Una cosa que nunca le
contaste a nadie.
Una cosa sucia, inmóvil
y ovillada en el umbral, que a medida que me acercaba iba cambiando de sentidos
posibles: caja descuajeringada, hatajo de ropa vieja, montículo de restos de
comida en mal estado, linyera durmiendo la mona, entrevero de ramas y hojas de
una poda, mastín muerto, encomienda sin destinatario ni remitente y varias cosas
más.
Una cosa estética es
tétrica.
Una cosa: un caso: un
caos.
Una cosa, una casa, un
ocaso, un escaso, uno cose, una caza, un acaso, un casi, un acá sí, un acá se acosa,
acusa, acuosa, uno saca un saco, una sota, una seca, un saque, un queso, uno cata
una tuca, una seta, una única uña uncida, torcida, uno ha sido un asco, un
asceta, casto, una costra, un castor, una torcaza, una orca, un ahorcado, una
roca, una rata, un toro, una tara, un rata, una rana, una máscara cara, una
col, una coz, un coso, un corso, un acodo, un ácaro, un actor, una canta, uno
acecha un coche, una cucha, uno escucha, uno acata, uno acaba una cosa.