15.9.19

Una poética distorsiva, por Jimena Schere



(sobre Sanmierto, de Emilio Jurado Naón, Leteo, 2019)


La literatura cómica tiene un potencial disruptivo, transgresor, corrosivo de los códigos y lugares comunes establecidos o relativamente estables, que la tradición literaria y las literaturas nacionales construyen a lo largo de su historia. El arte paródico imita recreando, reescribe críticamente y profana los textos-modelo, modélicos y consagrados, de ese acervo literario compartido. El arte satírico, por su parte, traspasa de manera directa los límites de la ficción y embiste contra personajes extraficcionales, contemporáneos o históricos, reconocidos y reconocibles en una comunidad. Cuando operan conjuntamente, sátira y parodia se convierten en un potente artefacto poético capaz de reinventar y cuestionar los textos y las figuras que conforman el eje canónico de un imaginario cultural.

El Sanmierto de Emilio Jurado Naón es un libro atípico, paródico y satírico, que reescribe la obra y caricaturiza la figura histórica de uno de los personajes clave de nuestra historia política y literaria, canonizado por el pensamiento liberal.

Ingresemos en el mundo corrosivo del Sanmierto por su título. El nombre del prócer, celebrado por la tradición liberal y escolar, y objeto privilegiado del género hímnico, se transforma mediante la metátesis, el intercambio de sonidos de la palabra, en un santo fallido, en un San Mierto, que ingresa al santoral al mismo tiempo que es expulsado. El padre del aula resulta así rebautizado por nuestro parodista, con evidente cacofonía, para convertirse en el narrador de una serie de reescrituras burlescas que potencian la violencia original del prócer civilizador y ajusticiador de bárbaros.

La poética distorsiva del Sanmierto disloca primero el nombre para seguir avanzando con sus imágenes. La portada nos ofrece un auténtico collage de la época con la imagen de un Sarmiento travestido en dama antigua, espejo deformante del retrato escolar infaltable del hombre que nunca faltó a la escuela, alumno ejemplar y, por eso mismo, modelo opresivo para todos los niños. Esta estampa inaugura la serie de fotos y caricaturas, que retoman la vena satírica de El mosquito.

Trasfigurado el nombre y la figura del prócer, el parodista va por sus textos, un   legado persistente de nuestra tradición literaria. La serie de parodias se inicia con “Visita al calabozo”, que recrea un relato de Recuerdos de provincia en el que un grupo de alumnas sanjuaninas visita al maestro, que se lamenta de su condición de preso político y de su inminente exilio a Chile, y escucha orgulloso las lecciones de sus discípulas. El original comienza con ese estilo sarmientino grandilocuente y severo: “Fue solemne y tierna nuestra despedida”. El Sanmierto de Emilio se inicia en espejo con esa misma frase, pero avanza luego hacia su metamorfosis paródica mediante una añadidura del parodista: “Fue solemne y tierna nuestras despedida, solemne como el mármol de la tumba de Facundo, que resiste todavía los embates de la historia y del viento indolente de la Recoleta”. La escritura del original se transforma, con ánimo revisionista, para dar aparición a uno de los blancos centrales de Sarmiento, el denostado Facundo, que perfora el texto y se revela contra los estigmas de la historia de cuño liberal, contada, trasmitida, novelada por los Sarmiento, por los Mitre, que han construido su propia galería de santos y demonios para las generaciones venideras. El nuevo relato amalgama así fragmentos del modelo con escritura apócrifa en un movimiento distorsivo creciente que pronto pierde su seria grandilocuencia y transmuta la inocente visita de esas jóvenes “cándidas y suaves como los lirios blancos” en una grotesca escena de abuso sexual. La prosa siempre belicosa, exaltada, hiper-expresiva de Sarmiento, que vocifera contra su condición de perseguido político, se retoma en la parodia como una pluma boomerang, que se vuelve y se revuelve contra su propio autor.

El arte paródico tiene la duplicidad bifronte de evocar, rendir cierto homenaje ambiguo y al mismo tiempo destrozar al blanco de burla. La prosa de Sarmiento es un terreno fértil para esa duplicidad paródica: genera en el lector advertido la ambivalencia de encontrarse frente a una escritura vigorosa y cautivante y, a la vez, plagada de brutales inequidades y estigmatizaciones contra sus blancos de furia. Los relatos del Sanmierto se nutren de esa escritura intensa y redoblan su vigor destructivo al mismo tiempo que la corroen. En “Visita al calabozo” se alimentan de ese mundo ejemplar de altos ideales educativos para desidealizarlos y desidealizar al ideólogo.

La figura de Sarmiento, como su obra escrita, es sin duda un Jano de dos cabezas para nuestra historia: fundador de escuelas, impulsor de la educación pública, gratuita y obligatoria y, por otra parte, creador de la “zoncera madre” de todas las zonceras, como la bautizó Jauretche, la zoncera que las parió a todas: “civilización y barbarie”. En su primera Zoncera, Jauretche resume la visión dicotómica de Sarmiento, su esquema de comprensión binario elaborado sobre una serie articulada de oposiciones maniqueas: “Todo lo propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado (…). El espacio geográfico era un obstáculo, y luego (…) también el hombre que lo ocupa –español, criollo, mestizo o indígena– y de ahí la autodenigración”. Así como Jauretche pone en el centro de la zoncera la figura de Sarmiento, clave para comprender nuestra historia, sus lugares comunes y sus resignificaciones del presente, la parodia de Emilio Jurado Naón, por la vía poética, desdibuja las dicotomías ancestrales del prócer, ilumina sus contradicciones de civilizador salvaje, amplificando los rasgos propios del texto parodiado y de la figura satirizada. El primer relato, precisamente, apunta con acierto en el blanco directo de esa cultura escolar liberal, y su versión Billiken de la historia, en la que Sarmiento es el modelo de pedagogo, de asistencia perfecta a clase, del que los niños cobrábamos venganza deformando los himnos en su honor, ese género paródico de la literatura de homenaje, con vida propia en el mundo escolar, que también resuena en el libro de Jurado Naón.

La escritura del Sanmierto nunca pierde su contundencia poética, su potencia expresiva, su audacia experimental; rítmica, arrolladora, desquiciada por momentos, al estilo de la propia escritura sarmientina. El relato “Episodio con Chile” retoma un original de Recuerdos de provincia en el que Sarmiento se autoexculpa de una diatriba escrita contra Chile y recuerda “las muchas palabras descorteses y ofensivas que debieron escaparse de mi pluma, joven, ardiente en la lucha”. El propio Sarmiento describe su estado de desmesura: “Un día la exasperación tocó en el delirio; estaba frenético, demente y concebí la idea sublime de desacierto, de castigar a Chile entero, de declararlo ingrato, vil, infame”. El espejo deformante de Emilio lleva el exabrupto al paroxismo cómico y multiplica los desbordes de la pluma virulenta del modelo parodiado para beneficio del propio texto paródico. Nuevamente, la fuerza de ataque del original se convierte en blanco de sus propias armas. El parodista se vuelve así discípulo y adversario del maestro.

El texto se abre así camino a “pluma y espada” sobre la obra del laudado escritor hasta su relato final “Anécdota sobre el comandante Sandes”, el personaje sanguinario designado por Sarmiento para combatir al Chacho. La sátira reenvía a la doctrina genocida de Sarmiento, que quedó bien plasmada en las cartas que dirigió a Bartolomé Mitre. En ellas recomienda no “
economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”. En 1863 le escribe otra carta en la que justifica la crueldad del comandante Sandes: “Sandes ha marchado a San Luis. Está saltando por llegar a La Rioja y darle una buena tunda al Chacho. ¿Qué regla seguir en esta emergencia? Si Sandes va déjelo ir. Si mata gente cállese la boca. Son animales bípedos de tal perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor”. El satirista exacerba los rasgos físicos y psicológicos de Sandes, que alcanza un semblante monstruoso, y no hace más que dejar expuestos los rasgos de por sí brutales del original. La auténtica foto del personaje nos muestra la imagen de Sandes que ostenta con orgullo su torso desnudo lleno de cicatrices. El relato del Sanmierto describe su llegada “arrastrando desde el sur un enchastre de sangre”. De esta forma invierte el típico retrato sarmientino del enemigo sanguinario, el caudillo bárbaro, el tirano federal, que domina en su obra. El episodio de Sandes disloca la crónica realista del pócer y adopta un carácter fantástico relatando una operación salvaje practicada sobre el cuerpo cocido de cicatrices del comandante. La eficacia ficcionalizadora del texto paródico desenmascara la propia vena ficcionalizadora del original, su apariencia de realismo, siempre tendencioso y distorsivo.

El Sanmierto, en definitiva, reescribe y retuerce la obra del escritor paradigmático del pensamiento liberal decimonónico e ilumina por la vía cómica y ficcional sus contradicciones y dicotomías maniqueas. Así revive y remata su prosa y su ideario con una escritura musical e intensa, sarcástica, plena de fuerza poética antilírica y de una imaginación prolífica, que construye un bestiario caricaturesco y expone por amplificación el costado grotesco del prócer y sus aliados.

Se inscribe así en nuestra amplia tradición de literatura política y la revisa, la discute y ofrece una nueva literatura política, recreada desde una creatividad transformadora y desidealizante. Clava así su dardo en la historia viva de nuestro país, la historia liberal que sigue operando como forjadora de estigmas contra el campo popular, visiones maniqueas, discriminaciones y demonizaciones que reviven y se resignifican bajo nuevas formas en cada periodo en nuestro imaginario político,  social y cultural.



Leído en la presentación de Sanmierto6 de septiembre de 2019, en Acunia, Ciudad de Buenos Aires.-

9.9.19

Kafka, por Alfredo Novelli


¿A quién llamamos Kafka? ¿Al doctor Kafka? ¿A sus escritos? ¿A la lectura de sus escritos? La última pregunta se aproxima a la respuesta. Pero ¿a qué lectura de sus escritos? A nuestras lecturas. Por esa razón somos nosotros que nos llamamos Kafka.


Tomado de: Alfredo Novelli, Un ejemplar de prueba, Buenos Aires, Mansalva, 2019.

1.9.19

Más cerca, por Mauro Haddad




II

No podría explicarlo,
pero lo miro
y pienso así:
este mar es anterior a la naturaleza.


VI

Cinco chicos saltan desde el puente al agua.
Son felices: hacen lo que temían hacer.


XIII

La arena que había imaginado
es esta.

Escupo sobre ella la sal del mar.


XXI

El silencio de las calles
es igual al sol
o al viento.

Ninguno es en realidad
necesario para mí.


XXIV

Vi a Dios:
abrazaba a una mujer
en una fotografía en México,
en la década de mil novecientos y veinte.

Ella vestía de blanco.


XXV

Media hora limpia para estar sentado
y escribir.

Intento ver:
las líneas de mi mano,
dos personas a lo lejos.

No hay nada por encima de lo que hay.


XXVIII

Recuerdo todo lo que hice hoy:
caminé,
tomé agua,
comí y nadé en el mar.

No fumé,
no hablé con nadie.


XXIX

La luna en el cielo:
ella me usa para conocerse.


XXXI

Barrio de Santa Teresa,
veintidós y treinta horas:
escucho más de lo que hablo.


XXXV

El rumor de la vida profunda.

Lo escucho.


XXXVI

Dilapido mis energías pensando.


XXXVII

Leer en este idioma es lo más parecido a olvidarme de mí.


XXXVIII

La confirmación del estereotipo de una lengua erótica.
El calor de una mujer a la que ayudé sin pérdida de momento.
La sonrisa de un hombre al que no escuché en vano.

Y muchas cosas más
(pequeñas dosis de riesgo imaginado)
muchas cosas menos.


XXXIX

Río de Janeiro era en definitiva
lo que había venido a buscar:

un lugar desconocido
                    más allá del placer
y la ilusión de la libertad absoluta
al caminar por las calles.








11.8.19

Postal de navidad de un puto en Merlo*, por Ioshua


Che, Emanuel, estoy rehabilitado y viviendo en la calle nueve junto al negocio de libros porno en la avenida del centro. Sí, paré con la falopa y dejé de tomar whisky y mi tipo toca la guitarra y trabaja manejando una camioneta. Dice que me quiere y me regaló un anillo que era de su madre y me lleva a recitales cada sábado a la noche y che, Emanuel, siempre pienso en vos cuando paso por la estación Once y paso por la esquina del departamento de ese tipo con el que solías vivir y yo todavía tengo ese disco de los Redonditos de ricota pero alguien me robó el tocadiscos, qué te parece eso?
Che, Emanuel, casi me vuelvo loco cuando atraparon a Rodri así que volví al Tigre a vivir con los míos pero todos aquellos que conocía estaban muertos o presos así que volví a Merlo y creo que esta vez me voy a quedar.
Che, Emanuel, creo que estoy feliz por primera vez desde mi "accidente" y desearía tener toda la guita que solía gastar en falopa. Compraría una tienda de discos usados y no tendría que vender ninguno, tan sólo escucharía un disco distintos cada día dependiendo de cómo me sintiera.
Che, Emanuel, por amor de Dios ¿querés saber la verdad? No tengo un marido, él no toca la guitarra y necesito dinero prestado para pagarle al dealer y che, Emanuel, voy a estar libre este sábado a la noche, por favor vení a verme.




* Adaptación del poema POSTAL DE NAVIDAD DE UNA PUTA EN MINNEAPOLIS de Tom Waits

Tomado de: Ioshua, Guarda bien este secreto, Subpoesía, 2015.-

5.8.19

Tierra sin mal (fragmento), por Agustina Quintana




Tadeo empezó a dormir en un sillón de la casa de Pablo y Esther, aunque durante el día no estaba casi nunca y algunas noches tampoco. Era una casita con fotos familiares cuyos escasos metros cuadrados no causaban tensiones sino una sensación de calidez, algo que él nunca había experimentado. Esther llamaba a su hijo “mi vida”, Pablo contestaba con “mami” y él se sentía fuera de lugar, por lo que trataba de no pasar demasiado tiempo ahí.
Evidentemente no había mucho que compartiera con su supuesto gran amigo. El mayor hobby de él además de jugar al fútbol era ir a bailar, pero ¿qué podía tener de divertido encerrarse en un espacio oscuro y lleno de gente? Conocer chicas, decía Pablo, pero a él el sexo le resultaba incomprensible.
A la única persona que visitaba con asiduidad era al Viejo, pero solo porque era viejo y le hablaba de asuntos para él muy lejanos: política, sobre todo. El problema era que el Viejo, entusiasmado de más por las conversaciones, a veces le ofrecía asistir a las reuniones de la Junta Vecinal, aunque fuera para ser testigo de la dinámica del grupo y ponerse al día con los temas concernientes al barrio. Él se negaba, a riesgo de parecer un ingrato, porque no creía tener nada que aportar.
Lo que más necesitaba era encontrar un trabajo. Su experiencia laboral era nula: solo había pasado por una cantina, donde Pablo imaginó que estaría cómodo porque el negocio era manejado por paraguayos, y no duró más de una semana batiendo sangría en un lavarropas. Es que tan poco sentido tenían el vino, la fruta y el hielo en una máquina centrífuga desvencijada como lo tenían los partidos de fútbol con bolsas de basura en canchitas improvisadas y sin embargo ahí, cruzando la Avenida Rawson, todo sentido parecía perderse.
Caminando por el centro, en el subsuelo de una galería, encontró un cartel con una búsqueda laboral. El local era una santería y se llamaba Santa Rita. Estatuillas de la virgen se rozaban con las del Gauchito Gil mientras que en otros estantes se vendían libros de autoayuda, de religión oriental o de autores con nombres como Blavatsky o Gurdjieff. Nada atraía a tantos curiosos, sin embargo, como las letras de acrílico en la vidriera donde se promocionaban servicios de «Control mental», «Oraciones milagrosas» y «Conjuros a distancia». Todo lo religioso le causaba rechazo pero el dueño del local aceptó emplearlo, quizás por el bajo sueldo que él pretendía, y se incorporó al día siguiente.
Con el pasar de las horas se fue dando cuenta de que no había tantos clientes. La gente paseaba por la galería pero para comprar celulares, lencería barata o sacar documentos clandestinos. No tenía nada para hacer y tampoco podía salir, por lo que cuando se cansaba de barrer y sacar las telarañas hojeaba un poco los libros. Mientras tanto por un ventanal que daba a la calle podía ver a los árboles sacudirse como a través de la ventana del instituto, indicando que la realidad no era más que una apariencia.
Cansado de sentirse una carga para Pablo y su familia, juntó el dinero necesario para mudarse a la pensión «Five Star», justo enfrente de la plaza principal. Acomodaba sus pocas cosas en el cuarto cuando entraron dos chicos que tiraron sus mochilas en el piso.
–¡Es una malcogida esa profesora! Eso es lo que le pasa...
–Che, ¿qué tal? – dijo el otro – Yo soy Julián.
–Yo Ricardo.
–Un gusto – mintió él.
Los estudiantes se desplomaron sobre sus camas para estudiar en voz alta. A él no le molestó, lo superaba el alivio de no estar de prestado en ninguna parte. Aun así no le interesaba interactuar con esos individuos y tampoco era agradable ver a las ratas pasear, por lo que agradeció tener un trabajo que le permitiese estar afuera casi todo el día.
Con las semanas se fue instalando la rutina: se levantaba a las seis de la mañana, con suerte pasaba por la ducha compartida, tomaba unas líneas de cocaína en el baño y salía para esperar el colectivo. Entonces el cielo estaba oscuro y la plaza casi desierta excepto por algún vagabundo que dormía y por los folletos y las bolsas que daban vueltas con el aire matinal. Él no corría la mirada del suelo hasta que el vehículo arrancaba su marcha y entonces los kilómetros empezaban a sucederse a través del vidrio, la más delgada de las transparencias que lo separaban de la vida.
Cuando volvía a la plaza al final de la jornada el panorama era distinto. Por lo general había pastores con o sin megáfonos. Alguna que otra vez se quedaba a escucharlos para hacer tiempo, más del que ya había hecho en el trabajo, pero nunca consideró que hubiera verdad en sus palabras; pensaba que debían ser estafadores aunque más mentirosa era su propia rutina, una repetición maquinal de fragmentos que ni siquiera eran fragmentos sino pedazos rotos de un despedazamiento original e imposible de arreglar.
–Dame velas – le dijo un cliente una tarde.
–A ver si quedaron.
–Dale, rápido, que no tengo todo el día.
Él abrió un paquete de velas aromáticas y sacó un encendedor de su bolsillo para prender una. Después dejó, sin expresión alguna, que las gotas de cebo rojo cayeran sobre su brazo sin importarle el dolor que le causaban. El cliente no le quitaba los ojos de encima, y él sonrió de satisfacción.
–Loco de mierda – dijo el hombre, y salió indignado del local.
Esa noche subió por la escalera de la pensión y se detuvo ante un cuarto cualquiera porque un libro que había hojeado en la santería le había despertado una leve esperanza de que algunas cosas fuesen por algo, de que marcando un número aleatorio pudiera darse con alguien importante en la vida de uno, de que todavía hubiera sorpresas. Entonces se apoyó sobre la puerta con todo el peso de su cuerpo y se imaginó del otro lado a todas las cosas buenas que pudieran existir, no solo a sus escasos recuerdos felices sino también a los futuros que imaginaba de niño, tan brillantes como los cielos que los atestiguaban.
–No hay nadie ahí – dijo alguien al pasar.
Él no se sorprendió y volvió a la habitación, donde trató de dormir a pesar de la luz blanca de tungsteno que iluminaba desde el techo.
Se despertó de un entresueño absurdo, en el que se deslizaban por su mente conjuntos de palabras e imágenes sin sentido ni coherencia, por un golpeteo en su hombro.
–Abajo preguntan por vos.
–¿Quién?
–Pablo, dice que es tu amigo – le dijo Julián.
Es que Pablo a veces pasaba por la pensión para saludarlo cuando estaba por ir a un boliche que quedaba a pocas cuadras de ahí. Por supuesto, siempre lo invitaba y él siempre decía que no. Esta vez aceptó por primera vez la propuesta porque no se le ocurría ninguna excusa; al fin y al cabo tampoco podía rechazar con tanta vehemencia algo que no había experimentado.
En la puerta del baile Pablo se reencontró con sus amigos. Esperando su turno con el patovica los jóvenes empezaron a fumar, a reír y a hablar sobre asuntos comprensibles solo para ellos. Él apoyó su peso contra la pared, sintiendo un vértigo extraño que lo paralizó. Pensó en irse pero los hicieron pasar y por inercia siguió a los demás.
–Hoy tocan Los Palmeras – le dijo Pablo.
Él no le contestó, ni siquiera reaccionó, y dejó caer su cuerpo contra la barra. Su amigo se alejó entusiasmado mientras que él se entretuvo por una pelea entre dos borrachos que se había suscitado al lado de las escaleras. A él nunca le había gustado el alcohol, pero necesitaba algo para sacarse esa horrible sensación que lo envolvía, como de mierda recorriéndole las venas.
Subió al baño, tomó unas rayas en un cubículo, miró su cara en el espejo y la sintió como la de alguien más. Su piel estaba entre blanca y amarilla mientras que sus ojos negros expresaban una mirada distinta, como encendida y apagada alternativamente. No se parecía demasiado a su madre; debía parecerse a su progenitor desconocido, lo cual no significaba demasiado. Como le decían en la calle: debe estar bueno robar con vos porque tu cara es muy común.
Bajó con la intención de irse cuando se topó con un hombre al que encontró familiar, y cuyos rasgos eran mucho más distinguibles que los de él.
–Yolanda, te lo dije mil veces, yo con vos no salgo más.
La chica miró a su amigo abrirse paso entre la gente y atinó a seguirlo con un pequeño movimiento de las manos, pero finalmente no lo hizo. Todo en ella era vistoso y colorido: los labios fucsias, la sombra celeste, el pelo rubio oxigenado que caía sobre la remera plateada. Como se le quedó mirando, ella le dijo:
–¿Pasa algo?
–Perdón, le veía cara conocida.
–¿Qué? ¿A mí?
–No, a tu amigo – dijo él, y es que no se discernían muy bien las palabras por el volumen de la música.
–Capaz le compraste en la verdulería.
Entonces él se acordó.
–Lucas, ¿no?
–Claro.
–Le molesta que otros chabones me hablen, ¿podés creer? Es buen pibe, pero viste, es muy celoso. ¡Somos amigos, con qué derecho! En fin, ahora me quedé sola. ¿Cómo te llamás?
–Tadeo, ¿vos?
–A mí me pusieron Flavia Yolanda, pero me dicen Yolanda. ¡Flavia no me gusta!
Él se disculpó para ir al baño, donde tomó otra línea de cocaína: era lo mínimo que necesitaba para poder seguir con la conversación. Cuando volvió ella seguía ahí contra todo pronóstico, y él se dispuso a tomar sus palabras como un reconfortante, aunque en parte incomprensible, ruido de fondo.
–¡O sea que sos de escorpio! Son de carácter fuerte, saben lo que quieren.
–Mirá vos – dijo él, que no se reconocía con ninguna de esas características.
La acompañó a tomar el colectivo porque ella decía que le daba miedo esperar sola, que siempre lo esperaba con Lucas.
Empezaba a amanecer y las franjas rosadas desplazaban a la oscuridad de la madrugada. Él se detuvo a mirar los edificios, pegados al cielo como cartulinas blancas, y sintió otra vez ese vértigo que parecía desprender halos de los objetos, de su propia cabeza, como una fiebre que no era fiebre. El corazón le latía fuerte y no en el buen sentido.
–Es divertido ser peluquera, te hacés amigos, sos un poco psicóloga también. ¿Vos qué hacés?
–Atiendo una santería.
–Qué interesante. Yo hace mucho no le doy bola a Dios... Lo dejé un poco de lado, es que no entiendo cómo permite tantas cosas feas.
–¿Qué cosas?
–No sé, maldades. Por ejemplo, tengo un vecino que es un psicópata, mezcla vidrio con carne picada y lo deja en la calle para matar a los animalitos. ¿Podés creer?
–Qué feo – dijo él.
–¿Tenés mascotas?
–No.
–¡Ah! Yo tengo a Charly, mi gordito divino. Es un gatito siamés. Me hace mucha compañía.
En ese momento llegó el colectivo. Yolanda no se despidió, mas bien subió y lo miró como invitándolo a hacer lo mismo.
Bajaron en la estación de trenes, el final del recorrido. Empezaba a salir el sol con más fuerza pero sin borrar la evidencia de la noche, el olor a alcohol y el olor a cigarrillos. Ella dijo que tenía hambre y le compró unos churros a un vendedor ambulante; él no aceptó ninguno. Después caminaron unas cuadras hasta llegar a un barrio arbolado, en apariencia tranquilo. En efecto, enfrente de la casa de ella estaba el cartel de «Lucas».
–Bueno, gracias por acompañarme hasta acá.
–De nada – dijo él, que nunca había hablado tanto con una mujer.
En el frente de la casa de Yolanda había un jardín que era pura maleza, y las paredes estaban cubiertas de musgo. Ella hurgó en un bolsillo, buscando las llaves, y se alivió cuando las encontró. Una vez atrás del portón lo invitó a pasar, él supuso que por compromiso.
–No, gracias.
–Dale, vení, tomamos unos mates.
En la sala los sillones estaban rajados, las persianas rotas, el piso levemente sucio. Se sentaron en un sillón y ella pidió perdón por el estado de la casa; es que estaba viviendo sola por primera vez, y no sabía manejarlo. Lo más triste del mundo era pasar sola las fiestas, los cumpleaños, o invitar a cualquier desconocido después de ir al baile con el solo propósito de no dormir sola.
Entonces le cayeron unas lágrimas por las mejillas. Él no supo qué hacer ni cómo reaccionar, y solo atinó a buscar un rollo de cocina que estaba sobre la mesa. Ella se secó las lágrimas y se sonó la nariz.
–Disculpame, seguro buscabas otra cosa.
–No, la verdad es que no.
Y es que era verdad: realmente la había acompañado a su casa con la única intención de acompañarla. En el barrio todos hablaban continuamente de “buscar minitas” y eso le daba urticaria, sobre todo considerando el que había sido el oficio de su madre.
Un rato más tarde ella le había contado toda su historia de vida, bastante normal y sin sobresaltos, sin preguntarle nada a cambio. A él le gustó, le pareció reconfortante poder hundirse en los problemas de otra persona, dejar de pensar en él mismo y así, tal vez, soportar un poco más.


30.7.19

Virginie Despentes: Tenientas corruptas (fragmento)



Escribo desde acá, desde las invendibles, las torcidas, las que tienen la cabeza rapada, las que no saben qué ropa usar, las que tienen miedo de tener mal olor, las que tienen los dientes podridos, las que no saben cómo hacerlo, esas a las que los hombres no les hacen regalos, esas que cogerían con cualquiera que quisiera hacerlo con ellas, las más turras, las putitas, las mujeres que siempre tienen la concha seca, las que tienen el vientre abultado, las que querrían ser hombres, las que se creen hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les dan igual los hombres pero le interesan sus amigas, las que tienen el culo gordo, las que tienen el vello duro y negro que no se depilan, las mujeres torpes, ruidosas, las que lo rompen todo cuando pasan, a las que no les gustan las perfumerías, las que llevan los labios demasiado rojos, las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse como perritas calentonas pero que se mueren de ganas, las que quieren vestirse como hombres y llevar barba por la calle, las que quieren mostrarlo todo, las que son púdicas porque están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las que encierran para poder domesticar, las que dan miedo, las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que no tienen a nadie que las cuide excepto ellas mismas, las que no saben cuidar, esas a las que sus hijos les dan igual, esas a las que les gusta tomar hasta caerse al piso, las que no saben guardar las apariencias; pero también escribo para los hombres que no tienen ganas de cuidar a nadie, para los que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran fácil, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, los que son vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa antes que ir a trabajar, los que son delicados, pelados, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que se los cojan por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos.


Tomado de: Virginie Despentes, King Kong Théorie, Éditiones Grasset & Fasquelle, París, 2006. 

Traducción: Mirta Nicolás.

24.7.19

Seis poemas, por Pedro Spinelli




¿Y AL SOL?

¿y al sol?
los lagartos y las margaritas

pero es lo mismo porque todos quieren ser de agua
y la razón es que, peltre o fritolin, todos son de agua




A MOE SZYSLAK

Moe a veces invita rondas enteras

Moe es bueno con los morosos incobrables

Moe es bueno

Moe es leal

Y todos sus amores terminan mal

Moe, qué es la legalidad

Moe, tus Playboy duras,
Ciertas pastillas que te recetó Dr. Hibbert,

Tu piel ceniza huele a mueble de aglomerado,
Tu primera mojarra pescada en el lago Michigan

Vamos, Moe, No juegues a ese rifle,
Mañana tal vez sea distinto

Pero, decime, ¿qué música escuchás, Moe, para desgarrarte o soñar?

Contá de tus grandes años, Moe.
¿Qué fueron?
¿Quién congeló?
¿Fue tiempo?

Con vos, Moe, no habrá ley seca

Cierto hastío ¿Cierto hastío? Cierto béisbol

Guardás el recorte de una foto familiar que no es la tuya,
debajo de tu cama,
tres tablitas con una feta de salame encima
Y jugás con la luz apagada a que tenías otra vida

Moe a veces invita rondas enteras

Moe bueno con los morosos incobrables
Moe bueno
Moe leal
Moe amores terminan mal




ACASO LA RUINDAD

acaso la ruindad
fue al principio
un tierno llamado
desde el lado
del agua




AVENIDA BELMONT

Un monje enseñó
al que quisiera escuchar
Se necesitan
Una mesa vieja como el aglomerado
Una silla nueva como el perdón
La birome, las hojas
y la cosa con sabor a éxtasis
una vez a cada tanto




EPITAFIO ESCRITO CON RESINA

Ignoró el mundo
Salvo la miel
Sobre la herida




LINIERS

La reina nos recibe con palco oficial
Para la última pelea de la noche

En la esquina roja un cuello flamante de Brahma
En la esquina azul una ninja pierna derecha

Brahma aspira a sostener el título de la paz de su puesto de comida
y todo el resto en el barrio bolivariano de Liniers

La pierna protege su cinturón de locura, sería su defensa número 19

Fulgen los metales

El armisticio tarda en llegar cuatro segundos

Y cada uno camina para su lado diciendo cagón


23.7.19

De gira, por Tálata Rodriguez


Porro y champán en Zárate
Porro y champán en Campana
Porro y champán en Valencia
Porro y champán en Zaragoza
Porro y champán en Baradero
Porro y champán en Cariló
Porro y champán en Medellín
Porro y champán en Roma
Porro y champán en Tapiales
Porro y champán en San Martín
Porro y champán en Aschwitz
Porro y champán en Beijing
Porro y champán en Mataderos
Porro y champán en Solano
Porro y champán en Bogotá
Porro y champán en Milano
Porro y champán en Esquel
Porro y champán en Posadas
Porro y champán en Casbas
Porro y champán en Cali
Porro y champán en Barcelona
Porro y champán en Siberia
Porro y champán en Catamarca
Porro y champán en Australia
Porro y champán en Trenquelauquen
Porro y champán en Necochea
Porro y champán en Mardel
Porro y champán en Resistencia
Porro y champán en Valladolid
Porro y champán en La Plata
Porro y champán en Fiorito
Porro y champán en Amberes
Porro y champán en Berlín
Porro y champán en Amsterdam
Porro y champán en Lima
Porro y champán en Flores
pero en tu casa:
agua


Tomado de: Tálata Rodriguez, Soy tu perro y otros poemas de grupi, Belleza y felicidad, 2016.-

3.7.19

Cambiarlo todo, por José Fraguas



(Sobre Apuntes para las militancias. Feminismos: promesas y combates, de María Pía López)


El libro Apuntes para las militancias. Feminismos: promesas y combates de María Pía López fue publicado en febrero de este año por la editorial Estructura Mental a las Estrellas, un sello independiente de La Plata, y forma parte de la colección que lleva el morenista nombre de Plan de Operaciones y que, como explicita una nota editorial, se propone reunir ensayos sobre cultura latinoamericana que aborden y sean ellos mismos formas de desafío a la gramática de los poderosos concibiendo a la escritura tanto una vía de pensamiento como una práctica emancipatoria. Creo que el libro de María Pía encarna muy bien esa idea de escribir como una forma de pensar y un modo de intervenir porque es una reflexión sobre feminismos contemporáneos que es también manifiesto y arenga.


El análisis se contamina del entusiasmo y la energía del surgimiento de un nuevo sujeto político que dice “basta” como una de sus primeras palabras. La autora propone: “Pidamos a la palabra que se abra para ver qué arrastra, qué bolsa de significados tiene la tan escueta, qué quiere decir en su altisonancia y en su secreto”. El discurso de María Pía explora la fuerza de ese “basta” como término performativo, palabra que dice y hace al mismo tiempo, y en esa búsqueda extrema las posibilidades que brinda el estilo acercando el registro ensayístico al de la poesía. Esa confluencia genérica parece mostrar mejor la urgencia, la fuerza vital, la contagiosa vibración que transmite esa palabra fundamental que es el basta. La llama entre otras cosas “trazo tajante”, “nuestro ábrete sésamo”, “brasa incandescente”.

Y lo del lenguaje no es algo menor en todo esto porque los  feminismos vinieron a desestabilizar también el sentido de muchos términos. La misma palabra mujeres está en cuestión, no puede dejar de verse como construcción política que incluye lesbianas, travestis y trans. Como señala la autora son los feminismos trans los que mejor mostraron que el cuerpo es construcción política y que solo asumiendo ese carácter y deconstruyéndolo se puede asumir y construir auténticamente la propia identidad. Las discusiones en torno a la organización de un paro de mujeres obligó a pensar en las concepciones del trabajo y la necesidad de que sus formas contemporáneas tengan modos propios de representación y participación.

El texto es autorreflexivo. Dice de sí mismo: “Este es un libro que no quiere ser libro, sino material de agitación”. Y da cuenta del pasaje mismo de la experiencia a la escritura, de la vivencia a la idea, y la visión de los entretelones de ese ir haciéndose transmite inmediatez y autenticidad: “Estas páginas son panfleto urgido y esfuerzo de traducción, apuesta política y cajita de herramientas. Mis propios balbuceos intentando nacer como argumentos…”. Como escritura viva no reniega de los momentos de conciencia de la dificultad y el esfuerzo que demandan tareas como la invención política. Dice: “anoto esto mientras sé que no es fácil, que es laboriosísima construcción de lo que adviene. ¡Uf!”

Esa misma preocupación por no restarle vitalidad a la reflexión hace que se evite el academicismo, la abstracción o el mero juego teórico. Cuando afirma por ejemplo que la irrupción de este nuevo sujeto político no es azarosa sino que hay condiciones de posibilidad amasadas históricamente pide disculpas por tanta sociología. Pero sin embargo es necesario pensar y tratar de comprender esas condiciones y los catalizadores de estos acontecimientos. María Pía señala entre otras cosas la permanente labor de activistas, la educación sexual integral en las escuelas, los proyectos educativos, los libros y los programas alentados por un clima cultural y político democrático y expansivo que vivió nuestro país muy diferente al desalentador y represivo que venimos padeciendo desde finales del 2015.

Entiende que como todo sujeto político los feminismos no puede estar exento de conflictos o disidencias. Su fuerza y lucidez se juega en su capacidad de atender esa conflictividad, de asumir la opacidad y densidad propias de lo común. El desafío es, dice la autora, construir hospitalidad para la querella. Celebra la irrupción del movimiento, trata de mostrar su particularidad sin dejar de vincular lo a otras respuestas frente a la opresión, otras rebeliones y luchas. Y esa es justamente una de las promesas que como señala el subtítulo del libro llegan con estos feminismos, el movimiento traería también una nueva capacidad de comprender el padecimiento y el legado de otras, las brujas, las indias, las africanas, las obreras. La autora señala la importancia del carácter popular de estos feminismos, la necesidad de que sean efectivamente plurinacionales, conventilleros, inquilinos, que se recuerden afros e indios, cabecitas y migrantes, provincianos y portuarios.

María Pía señala es cierto que parece demasiado lo que se le pide a los feminismos pero hay que asumir lo que implica afirmar como posible y necesaria una transformación que nos acerque a la justicia social. Y los feminismos populares de hoy tienen un proyecto radical, se proponen cambiarlo todo. De modo que hay infinitas y urgentes tareas por delante. Una de las cuales es narrar la historia de lo ninguneado,  de lo negado, y aunque se recuperen nombres y acciones no se trata de hacer un panteón de figuras notables sino una historia del silenciamiento y de sus quiebres: “narrar la ruptura, el vínculo entre movilización social, aparición de sujetos colectivos y modificación de los campos del conocimiento y de la producción estética”.

Pensar el quiebre que suponen los feminismos que están insurgiendo es precisamente lo que hace este libro que recupera también el legado de otros libros como el de Flora Tristán que en 1843 señaló el lugar clave que tiene la opresión de género en la desigualdad. Retomando esa certeza nuestra autora afirma hoy: un proyecto de emancipación no puede desoír las prácticas y saberes que encarnan los feminismos.

8.6.19

Lift, el descenso a la adultez, por Laura Salino



No nos sorprende que Radiohead sepa hacer con las metáforas del mismo modo que Thom Yorke hace con la voz.

El video de Lift comienza en el piso 18, lugar adonde los adultos hemos llegado alguna vez y que debimos atravesar, solos, con nuestras pequeñas bolsitas y los compañeros de viaje ocasionales de cada momento vital.

La puerta del ascensor se abre y entran dos jóvenes con aire despreocupado y adolescente que, al descender, generan y encuentran desorden: la más joven apoya su palma abierta y deja marcados todos los pisos ante la sorpresa molesta de Yorke, que ahora deberá detenerse en cada piso; la otra encuentra una planta en el suelo. Juventud, divino desorden.

A continuación, una anciana con un carro de la compra (lleva más cosas que los otros) deja atrás más macetas en el suelo, entra y mira con desconfianza, aferrada a su carrito. Otro curioso pasajero, a medias entre yuppie y homeless entra y desciende en un piso derruido y caótico.

You've been stuck in a lift
We've been trying to reach you, Thom

La anciana atraviesa la puerta en el piso 13, donde todo está patas arriba, la música se tensa, el escenario vuelve a mutar.

Hombres con trajes y corbatas apretadas, sin pelo, encierran a Thom en el centro del cubículo, ahora la cámara es aérea, toda la escena se ve desde arriba, las calvas lustrosas se mueven y discuten con papeles en las manos.

The smell of air-conditioning
The fish are belly-up
Empty all your pockets
'Cause it's time to come home

La música vuelve a calmarse cuando la tropa de calvos desciende y Yorke queda solo con uno de ellos, que baja directamente en un cuarto de baño cuyo mingitorio lo recibe apenas cruza la puerta.

Nuestro hombre sigue bajando solo y la puerta vuelve a abrirse, esta vez en el interior de un comedor donde una pareja mayor reunida en la mesa, mira y es mirada hacia y desde el ascensor.

La música vuelve a tensarse mientras muestra a nuestro personaje impaciente, la puerta vuelve a abrirse: un anciano camina con bastón por un largo pasillo hacia el ascensor cuya puerta se cierra antes de que pueda alcanzarlo.

Otra vez la vista aérea y un niño juega con un coche de juguete, otro joven bebe el agua de la pecera con los peces dentro, un perro, mujeres en corro que piden ser miradas y una foto para la ocasión, un técnico que desmonta el cielorraso, alguien trapea el suelo.

Yorke se disminuye ante un enorme negro que come y ambos observan el espacio de una mujer que descansa rodeada de libros y discos, el hombre negro y enorme desciende en un contraste de luz.

Nuestro personaje vuelve a quedarse solo.

Estamos ya casi al final del recorrido. Piso 01. La puerta se abre y vemos la duplicación de nuestro personaje tras ella, de espaldas. El mismo atuendo, las mismas bolsas.

Thom va al encuentro de “su otro yo”, digamos. Le toca el hombro. Lo desenmascara: es un calvo. Pero el otro yo de Thom mira a la vez hacia atrás donde nuestro personaje sigue ahí, nunca se movió de su lugar. 

Today is the first day of the rest of your days
So lighten up, squirt.

La puerta se cierra.




Lift, dirigido por Oscar Hudson.