8.11.18

Una forma propia, por Mirta Nicolás



Sobre Genios pobres, de Claudio Iglesias (Mansalva, 2018)


Genios pobres, de Claudio Iglesias, es un libro que enhebra discursos múltiples donde convergen anécdotas, reflexiones críticas, descripciones de un ascetismo elocuente y detalles vitales de alto calibre poético que son, además, una clase sobre escritura.
     Quizás lo más asombroso es que la forma y el contenido están tan conectados que ninguno parece supeditado al nivel del otro. Al leerlo asistimos a ese milagro de entender una vida porque se supo contarla. Porque para contar una vida hay que volver contable la vida. Montado sobre datos biográficos, con una enorme capacidad de fantasía narrativa, con reflexiones sobre cuadros y la vida moderna.
     Genios pobres no es solo un libro sino una puesta en valor de la escritura como artificio de orfebrería. Sobresale por su sintaxis desafiante y por la manera en la que están orquestadas sus ocho estampas. Hay descripciones de cuadros, reconstrucción de tradiciones, evocaciones del escenario urbano y de sus mutaciones.
     Claudio Iglesias arma relatos líricos sobre la vida de artistas y después de leerlos sentimos la necesidad de descubrir esas obras. Autores de grupo, escuelas, utopías, nombres periféricos de la pintura local cuya minusvalía escénica es la clave de su grandeza. Tóxicos, solitarios, incomprendidos, perdedores, visionarios, obsecuentes de una sola pasión: expresar una forma propia.
     Retratos oblicuos. Mildred Burton escritora que, de refilón, atraviesa “la dictadura, la democracia, la nueva figuración, la nueva geometría, la hiperinflación”. Leonor Vassena y sus maestros Spilimbergo y Fontana, de los que entiende otra cosa que sus consejos. Carlos Giambiagi y sus sueños “de colores planos”, su amistad con Horacio Quiroga, sus lecturas de Schowb, sus traducciones y el círculo Malharro. Valentín Thibon de Libian, soñador despierto de cafés y bodegones, conversador infinito, observador en los bares. Manuel Musto cocinero. María Laura Schiavoni, “erudita y despabilada”, lectora voraz, precursora de la divisa “la ingenuidad es inteligencia”. Enrique Policastro, jubilado, dedicado al arte de manera exclusiva y a retratar “la malaria del barrio”.
     Un clima de época sobrevuela los medallones: “los hombres se reúnen, beben, sueñan con fundar una escuela o un club”. Vidas sencillas llenas de matices, complicidades y viajes a Europa. Vidas de artistas pobres, bohemios, melancólicos, enamorados y amigos de la noche. Genios sin espacio para desarrollar sus obras. En algún punto son historias tristes, “como la de todos los pobres” Pero Iglesias lo muestra sin atisbos de tristeza. Porque su libro habla sobre la pasión del amistad.
     A lo largo del libro, también es posible leer un elogio encubierto a Manuel Peralta Ramos así como una diatriba solapada contra Jorge Romero Brest y un ajuste de cuentas a la tirria de sus pareceres advenedizos y al modo en el que sus opiniones fosilizaban consenso de manera transparente en la época.
     Genios pobres hace serie con otro libro del catálogo de Mansalva, uno de los más salvajes y singulares de las editoriales argentinas, que ya llegó sus 200 títulos, Vidas epifánicas (2015), de Gustavo Álvarez Núñez. Son libros que prefiguran la distancia que media entre lo que una persona pudo hacer y la vida que lo hizo posible, sin separar a las obras de los artistas, quizá porque nadie puede poner más talento en sus creaciones del que practicó en su propia vida.

2.11.18

Un campo de observaciones, por Natalia Neo Poblet


(Sobre Derrotero Argentino, Palabras Amarillas, 2018)

La poética de Guillermo Neo siempre me sorprende, me convoca y me resuena. Con el lenguaje exorciza la herida original convirtiéndola en cuerpo poético. 

Este bello libro de Neo tiene tres planos de lectura: el río, el peronismo y la desgarradura del Ser entre los que propone un dialogo.

Uno como lector navega con el Derrotero en la mano. Derrotero significa la carta que indica el rumbo o la dirección que lleva una embarcación durante la navegación. La propuesta es navegar entre palabras con este Derrotero Argentino en mano, haciendo un puente para arribar a sus dos orillas: el peronismo y el Ser con sus contradicciones ahí donde nunca hay confort.

El Derrotero de Neo está al comienzo del libro en forma de “Instrucciones y Advertencias para su uso”, donde nos advierte de algunas cuestiones para su lectura. Paso a enumerar algunas: “Toda vez que utilice este Derrotero y se compruebe que la ruta a sufrido modificaciones a lo que está aquí escrito, se ruega a los navegantes comunicar cuanto antes cualquier error u omisión o cambio del paisaje”; “A este Derrotero se le han agregado ciertos apéndices peronísticos en forma de apostillas”; “La poesía quedó en la otra orilla”; “Las fuentes históricas utilizadas son de dudosa rigurosidad”; “Es poco probable que luego de la lectura de este “Derrotero”, el lector pueda trazar ningún tipo de cartografía: ni histórica, ni poética, ni náutica”; “El orden de los capítulos del “Derrotero” son casuales y fragmentarios, de ningún modo el lector podrá encontrar un Norte en el trazado de su derrota”.

El Derrotero Argentino propone un eterno movimiento porque todo recomienza con una palabra. Como el río, no hay comienzo, no hay primera vez.

Escribe sobre el río y sus adversidades como un modo de graficar el dolor, pero lo transforma en algo de lo vivo.

En el río del lenguaje, Neo con su escritura traza las orillas y en el oleaje encuentra su modo y nos hace habitar su lengua. Su escritura corre como el agua del río y orillea el agujero de la condición humana. Pregonea entre el remanso y el oleaje, entre el cauce fluido y el peligro.

Y este Derrotero nos lleva a la derrota del Ser y de la humanidad: Al tiempo que transcurre y a la vida que se evapora. A lo que se quiere decir y no se puede. A querer desear y su parálisis. A lo que comienza y termina. También a lo que nunca comenzó.

Lo indomable hace también su aparición. Lo indomable del río, lo indomable de las sensaciones. Lo indomable habita el mundo de Neo pero él doma a la palabra cuando escribe con esa precisión. Doma lo indomable por momentos y en otros momentos lo indomable lo doma a él. 

El agua del río encubre lo que no se sabe: la inmensidad, el movimiento incesante, la fuerza, la naturaleza, la sed, lo desmedido, en definitiva encubre la vida, lo vivo y la creación. El agua también es esa masa de lenguaje que por momentos salva, pero también es lo que nos hunde.

Neo con su Derrotero nos lleva de esta orilla del Ser a la otra orilla: la del peronismo en forma de notas aclaratorias. Neo encuentra en el peronismo la resonancia de su poética: la diferencia de clases, los cánticos que hacen a un pueblo, el ritmo y la lengua de la argentinidad.

Derrotero Argentino es un campo de observaciones minuciosas sobre el caudal del río; las superficies y el fondo del peronismo y el campo de batalla del Ser. Entre esas tres orillas navega Neo, se sumerge y nos propone como lectores dejarnos llevar por ese caudal.  El agua, en este Derrotero, encubre la creación, delinea las orillas, circula entre palabras y se evapora en el aire.  

30.10.18

La amistad y los libros, por Susana Campos


(Sobre El Andante, de Bettina Bonifatti, El Amarre, 2016)


La novela de Bettina Bonifatti narra una historia de amor de una manera escurridiza, bastante particular, que se escabulle permanentemente a los lectores. Sin embargo, mediante un trabajo minucioso con el lenguaje, la narradora protagonista nos va acercando esta historia y también a su musa: un hombre, el Andante. Ella ha encontrado una manera muy personal de hacerlo llegar: “Llevaba una paz nada obediente”, “la boca tenía infancia y hombría”, “él parecía mitad cóndor mitad vicuña”. La descripción (por llamar de alguna manera el modo en que este personaje va penetrando en la historia, en nosotros) parece estar siempre a milímetros de la contradicción o a algo parecido al oxímoron. Sin embargo, no se trata exactamente de eso. Es algo menos clasificable, menos definido: especie de tironeo o de rodeo en el que lo material del Andante nos revela su sombra y la sombra nos devela a la vez su materialidad. Es un tironeo que no genera tensión sino que revela como, cuando desde lo abisal, una fuerza empuja para que algo salga a la superficie.

Se dijo ya que la musa de la novela de Bettina Bonifatti es el Andante. La voz que narra es la de una mujer singularmente femenina. Se trata de una voz que al lector sólo le arrima trazos —ciertamente inesperados—, ningún lugar común.  No hay descripción convencional: “Entró tranquilo, de una manera liviana y hablante” o “su costado era para una mujer”. Estos instantes, como tantos otros, parecen construidos con palabras que pronto habrán de levantar vuelo para dejarnos acá, de este lado de la página, como lectores a los que el Andante también se les ha escurrido y sin embargo… La “forma” de él no es fantasmal, sino absolutamente real aunque indefinida, compleja, nunca del todo descifrable como, en definitiva, somos todos los seres humanos.

El escamoteo es una característica importante en El Andante, aunque no obstante comienza con una certeza: “En Salta tiene que pasarme algo y no me voy a ir hasta que me pase”. Sin embargo, una vez más, esa certeza no es del todo descifrable: “yo tenía que procurar el hecho que esperaba (pero no sabía qué era)”. Como otros personajes de la literatura (Zama, por ejemplo), la narradora espera. Su espera no es pretenciosa, espera sin certidumbre, sin imaginario previo: “¡Que entre lo que tenga que pasar!” Señales o indicios que podrían pasar desapercibidos para el ojo (o el espíritu) con poca disponibilidad, para ella resultan fundamentales: “un cubo blanco”, “la hamaca roja”, “la casa en miniatura”. Es así como encuentra lo que no sabe que busca.

El Andante no sólo nos lo revela a él sino también (y mucho) a su narradora, capaz de arribar a algunas conclusiones que no se presentan como sentencias: “Pensando en no dirigir la vida. Hacer cosas con la muerte, y tras ella. No pensar en lo que uno se merece o no se merece.” Y Bettina Bonifatti, de manera sutil y profunda, nos cuenta esta historia conmovedora, emotiva y, sobre todo, vital. Encontró para ello las palabras, la sintaxis, el desorden que le permitieron componer esta novela  que nos demuestra, una vez más, que no hay una forma única de amor. Afortunadamente.

18.10.18

Nuevas sentencias y apotegmas, por Luciano García del Mar



“En atención a las 1000 páginas de los cuadernos póstumos de Omar Viñole”.


Si la muralla no va al zócalo, cualquier tímpano se hará trinchera.

Ningún negocio de florituras cae con la vejiga encordonada.

Viajé por todas las arenas, puse mi diapasón protervo al servicio de las ojivas de los estúpidos en indivisas caléndulas.

La turbamulta siempre postergará a aquellos que de un lápiz de labios hacen desaparecer un ventrílocuo.

Desprecio a todo aquel que enviste una ojera al azar como si no amaneciera todos los santos días.

El recuerdo repercute en el cerebro como un grisín desnucado.

Sólo quien se permite una madre aprende a repudiar la tormenta detrás de un mostrador. Y cuando la tormenta es eléctrica, dobla las razones.

No es lo mismo nacer en Alemania que torcer el destino de un clavo herrumbrado.

El hombre común no ha nacido todavía. En la forja del hijo próspero cabrestean los electrones libres de la decencia pública. No por nada el ser no es, ni de pañolenci están urdidas las estaciones al alba. 

Sobre mi tumba pasará aquel que no sepa del sueño levantar un acorde con cuarta aumentada para ofrendar su trino baladí al río de los sociópatas.

Icé mi monolito en el mar y lo llamaron iceberg. Fueron los sionistas.

***

La porra de un corazón enfebrecido puede demoler más de 134 tabiques nasales por cada siesta, en término medio.

De cada naufragio recolecto un sufragio sacro.

El pendón de los dramaturgos adolece por donde lo meneen.

Has usufructuado el brillo de tus ojos como fuerza de choque hiperbórea. Ahora siéntate impávido a soportar su ombligo.

Nadie da lo que recibe, salvo quien no lo recibe. Y así acaricia el talante cetrino de la maravilla arropado por el aire detrás de su mampara ansiolítica.

No soy comunista.

El que contrae un nuevo vicio aupado a un desdoro merece con creces ser monitoreado por la CIA desde su última app.

Le dijo la zorra al soldado: “Caerán mil imperios después de que tu ala delta se desplome en alta mar. Y aun así embeberás tu horizonte entre hilos de algodones”.

El hombre es el único instrumento que suena cuando duerme.

No existe el cambio en la sociedad capitalista. Como observó Saramago es más fácil desmontar una antigua verdulería en Ramallo que tipiar un capítulo entero de La República.

La diferencia fundamental entre un hombre noble y un canguro clonado estriba en el punto de paralaje del observador.

Quien no atiende al detalle dispara en las fiestas.

***

He preguntado al hombre sabio acerca de tu mirada. Me ha abofeteado arrodillado y de espaldas.

Sobre un upite que huele bien levanta el canalla un parque temático.

Cuanto más conozco al genoma más medito la Cosa.

El próximo siglo será de los bicípites y alacranados, como fue el anterior un contubernio entre el condón y el polinomio.

El hombre sin mujer es un escorzo fallido del astrolabio. Mas si la mujer que lo abandonó es indogermánica pongamos su tribulación en la cuenta del cagatintas o en el equipaje áureo del hombre rana o buzo militar.

Me has preguntado si soy feliz. Te he llevado a la Montaña y a mi salón de fiestas con pelotero.

Quien espera y se desparrama sabe coaligar el humo con la cigarra.

La nueva narrativa argentina paréceme un retablo davídico con un semáforo dentro y un antropólogo embalsamado en la puerta cortando tickets y haciendo la venia. La nueva poesía argentina paréceme una mercería saqueada en cuya entrada hay un partisano sobre un yunque de pómez sermoneando a un policía sobre la identidad del himen y el ente en sí mismo.

La identidad de género descansa sobre dos pilares. Franco en cambio descansaba con una.

Lo que en Bolivia es un chiste conceptual en Turquía es un gesto indescifrable, en Rumania un ruido, y en el Oriente una plegaria vacía. En el Uruguay es apenas un emblema tenue. En tu boca un canto. Y en mi canto un paredón descascarado, Matilde.

Ríome de aquel que se baña dos veces en un mismo día. Pero se evapora la risa al toque.


***

La duda es un contrabandista estrafalario que sabe constiparse a la hora señalada.

Así como no necesito tres orejas ni cuatro ojos, dos narices o seis piernas, así tampoco demando que tu rebenque tornasolado flamee en mi buhardilla como un pichón de gnomo beodo asaltado por un inopinado brote psicótico.

Nada debe esperarse de la mano tendida del primate si tu vida es un vano teorema rosa.

Me he refugiado en la soledad para soliviantar la chispa de los equinoccios.

A veces la mera compra inconsulta no es un rapto vertiginoso sino un reto vigoroso para la billetera y su portador.

Antes de fusilar al presidente pensarlo dos veces. Después, dos veces más.

Filósofo con suegra a mano es como micro vacío sin nafta camino al chapista equivocado.


(Escritos en tiempo-record [proeza]: 5 m)

8.10.18

Megan Amram: Carta a mi futuro hijo



Es extraordinario cómo no existís,
cuando he sido ensamblada y puesta en marcha con
tubos esponjosos específicos para parir. Al menos

sería preferible hacer brotar un hijo,
como pétalos emergiendo desde el centro.
Me disculpo profusamente con vos,

pero estoy satisfecha en mi egoísmo y
mi amor por esta muchacha que he creado.
Hoy observé a las abejas alimentarse,

la mezcla perfecta de peligro y música y frenesí,
y sentí que yo también podía revolotear y maniobrar.
Supongo que me recordaron a vos:

tu paso a tropezones, tu modo ausente de mamar,
tu mera adisión al enjambre.
Serías una larva rechoncha en una madreselva,

si llegaras a ser algo, pero no vas a
ser. Es algo que he decidido.
Hay una cantidad limitada de vida; tomaré

dos raciones. El pétalo y el pistilo.
Y por qué no el cáliz. La habilidad de compartir es mítica,
como vos, y ¿quién necesita otra criatura,

otro monstruo marino? Si ya tengo
mi escoliosis en la espalda; tengo mis huesos
por debajo y por encima de la piel

llena de la cantidad ideal de personas:
Una. ¿Cómo podría traer un hijo a este mundo
si lo quiero todo para mí?

La vida -llena de amor, flores, et al.- es ese derecho.
Lo lamento por mí, seguro. Pero sobre todo, abejita,
lo lamento por vos.



Traducción: Nicolás Ricci

21.9.18

Maorí, por Sebastián Pau



La señora alta entró a la disquería tan cautelosa, que recordé a esas personas que vivieron siempre en el campo y llegadas a la ciudad por primera vez, adentro de un negocio curiosean el lugar con un respeto extraordinario. La mujer tenía la piel morena y clara, el pelo llovido de unos dreadlocks muy finos, ropa de invierno marrón y blanco agrisado. Daba pasos largos, dubitativos y le pregunté si necesitaba ayuda. Con un gesto risueño de no entenderme y en un inglés incompleto, me preguntó si hablaba inglés. Dijo que era de Nueva Zelanda y estaba buscando música argentina, cantos de indios, para su hermano músico. Cuando dijo Nueva Zelanda, pensé en mi hermana. Mayte hacía meses que se había ido a trabajar allí y recorrer. ¡Nueva Zelanda! exclamé, mi hermana está allá! ¿Y qué hace tu hermana? Preguntó ¿En qué parte? No supe qué contestar y me fijé en Facebook para leer sus posteos, leí los nombres de sus últimas fotos. La mujer conocía uno de los sitios, el lago Rotoíti. Me llamo Ngaromoana, soy maorí, dijo llevándose una mano al pecho aunque sin tocarlo. Me contó que vivía en una pequeña isla con nombre de pájaro, un pájaro con el pico y las patas negras y que ellos comían lo mismo que esos pájaros. Las palabras en maorí resultaban de una sonoridad tan bella, que al instante de las oírlas yo trataba imitarla. Había en Ngaromoana una resonancia corporal al pronunciarlas, y eso no lo pude asimilar.

Fuimos hasta la batea de folclore y me senté en el banquito a revisar, consciente de que lo que ella quería, cantos tribales, no existe o no lo teníamos. Ngaromoana permanecía de pie mientras yo separaba discos por el color de la tapa y sus nombres. Le expliqué que en Argentina es más fácil toparte con discos de tribus africanas, conjuntos del Paraguay o marchas alemanas, que con registros de pueblos originarios. Ngaromoana, le dije, nuestros indios no llegaron a grabar, básicamente porque los mataron a todos, lo más parecido a lo que vos buscás son estos descendientes haciendo folklore, aunque todo dentro de un marco andino. Vos querés algo tribal, y eso no hay, igual vamos a elegir varios y los probamos. Le atraían la mayoría de las tapas y de repente me mostraba uno, preguntaba toda feliz: ¿No indios? No, Ngaromoana, ellos tampoco son indios, igual los vamos a escuchar, algo vamos a encontrar, te prometo.

Al final se decidió por dos y propuso que yo eligiera otro. Ya sé lo qué hacer, me dijo. Le alcancé uno bastante menos obvio, de tapa gris con el nombre en el medio y en una tipografía de un bermellón oscuro, descolorido por el tiempo. Lo puso al costado de los demás y alineó a todos dejando un espacio proporcional, como naipes a punto de ser leídos. Te voy a enseñar algo, dijo mirándome de un modo maternal, mirá bien. Reparé en la pulsera de su mano derecha que estaba cerca mío y en el aire como la otra. Esa misma mano que se había llevado al pecho. El aro de cobre tenía dos centímetros de ancho y una ondulación en el medio que terminaba en un vértice redondeado. Ngaromoana se paró frente a los discos y colocó las manos sobre ellos, acariciando las llamas de un fuego invisible, parejo. Los observaba a los tres y sentí que iba a elegir el que le había recomendado. Cerró los ojos. Momentos después conectó agudamente con él, parecía que lo había vuelto a encontrar después de toda una vida. ¡Llevo este!, dijo y por poco salta de alegría con el disco en la mano.

En el mostrador me dio los dos billetes que costaba el disco y otro más, este es para vos, dijo. No, no es necesario. Es que quiero pedirte que le mandes a mi hermano música que creas que le va a gustar. Está bien, pero no hace falta el dinero. Por favor, dijo, y me dio un papelito con el nombre y dirección de su hermano. Le dije que lo buscáramos en Facebook, que viniera al otro lado del mostrador para asegurarnos de que era él. Lo encontramos rápido. En la foto de portada había un centenar de personas reunidas al aire libre, los más viejos sentados adelante. Su casamiento, dijo ella. Y vos dónde estás, pregunté sin lograr identificarla en la multitud. Ngaromoana rió, no salgo en todas las fotos. Sí, me imaginé. ¿Sólo en algunas, no? Sí. ¿Y supongo que no tenés Facebook? No, yo otra cosa. Reímos y sacó un cuaderno dorado de tapa dura para que escribiera mi nombre y email. Le dije que tenía un muy buen cuaderno y mientras ella pasó las hojas buscando una en blanco, noté que escribía bastante. Soy poeta, dijo al indicarme un espacio libre y me extendió el cuaderno. También pinto, aunque estoy acá por mi hijo. Vino a competir a un torneo de taekwondo. Cuando le devolví su cuaderno con mis datos me preguntó la hora. Las doce y media, dije. ¡Me tengo que ir!, ¡Adiós! Salió tan apurada que olvidó la bolsa con el disco.

Tras su partida me quedó una sensación de bienestar, un paisaje de montañas y llanuras que se disolvió en segundos. Asumí que no regresaría, por lo general sucede eso con los turistas que se van a las prisas. De cualquier modo dejé su bolsa en el cajón de las reservas, y le pegué un cartelito de “se lo olvidó”.

Ngaromoana y su hijo volvieron horas después. Sonreían desde la puerta y salí con él disco. Mirá sus medallas, dijo ella radiante, él es el campeón. El adolescente parecía un rugbier y lo saludé. Respondió con los ojos, un ligero movimiento de los labios.
Y entonces Ngaromoana dijo “he is soft, he doesnt speak, but his soft”. Él es suave, él no habla, pero es suave. Y le acarició el hombro. El segundo suave no significaba suave sino tierno y traté de no sentir compasión. Le pregunté al chico si podía escuchar. Asintió con su cabeza y el grueso cuello. Lo felicité por las medallas y di unos puñetazos al aire, vi su sonrisa. Saqué tres fotos para que por lo menos una quedara bien. Nos abrazamos y se fueron con el disco.

7.9.18

Símbolo patrio, por Adrián Minzi






Elegía

Cito al poeta de las achuras:
¡Mente supina!
¿Si el arte no drenó al Riachuelo
dónde está?

¡Riacho falso!
¿Por qué de nuevo por milésima vez?
los animales me ven pasar como sombra
Yo soy parte y todo de tu inmundicia
Vos, el asilo de la desesperación
y tu vinagre.

Naciste para ser el descarte
de la civilización y barbarie
tu línea internacional divisoria de aguas
tiene más cadáveres
que los que mandan llamar los de traje.

Esas voces que se escuchan sin sol
 lo que vos sabés
dicen que en tus aulas hay una lucha
desde que Dios es Dios:
trabajo, no vengo, repito.
¿Y de cuanto sirve tu idioma
cuando nadie lo habla?

Conteneme amigo
dame un lugar donde estar
no quiero la calle,
ni olerte a la mañana.
¿Me das una vieja?
Hay muchas en la escuela
pero su cabeza es una olla conteniendo el guiso
que da de comer al progreso.

Juana faltó otra vez
¿Y qué querés?
Fue a la playa de la Matanza.
Vacaciones regaladas
en la arena negra adornada con tolueno.
Pide vasos de soda caústica
Y ve el reflejo de la luna enturbiada,
en las napas sulfatadas.

Ya la oscuridad se apoderó del lugar.
El agua se mimetizó y solo la diferencia el olor
mierda por sangre.
Nuevas criaturas emergen y abren sus ojos
¿Esto no es Argentina?

Madre explica:
“No salimos en el diario hijo”
“¿En policiales tampoco Ma?”
“Solo si matás un cheto,
Beto.
¿Miento?
¡Quieto!”

Les presento a Olga
Un velero uruguayo partió su cabeza al medio
Habría que llevarla a la nueva unidad de atención médica
pero no hay taxi ni plata.
Vamos a tener que ir reptando.

Hijo exclama:
“¡Personas nadando con trajes espaciales, Ma!”
“Son los superhéroes del tercer mundo, hijo
tirales piedras hasta reventarlos”

¡Ay!
En tu superficie hay silicio,
hay furanos,
hay cadmio, niquel, arsénico, selenio
hay restos de barcos, autos e inodoros
hay quienes dicen que si te sumergís en el fondo
podés juntar un ejército infinito:
desde comechingones, pampas,
ingleses con aceite hirviendo,
latifundistas, desertores,
malos amigos, una locura.
Se dice que te recibe Solís.
Están esperando el anillo de poder
Cuando llegue, van a salir a vengar todos los pecados que se cometieron
No vamos a quedar ni uno solo.


Yanis

Yanis perdió el auto
nadie alcanzó su mano.
Salió de Arenales al 300
desbocado, ojos saltando
corrió y tres gavilanes pispeaban la esquina
miró una vidriera de glamour
vió su cara fuera de su cara
¡Fash! ¡Pash!
Fue un stockeo de farofa

A la ciudad se le perdió una yanta
chivos vendiendo
cintas rojas revolucionarias
las barras vendían entradas
el trapo, el cartón y la pickup
más varios clavos enlatados
saturaban la mañana
los perros vendían amor
despellejaban, los reventaban.

Yanis se cagaba
encima tenía la carga
dos sirenitas refractaron en sus ojos
llamaban por la Coca
tres veces gritó su nombre
pidieron llamados por coaxil
via libre, viaje al mundial
No, no estaba para vos
era una marcha contra la avaricia.

La regla era negarla pero la cosa
se ponía áspera y no había
tiempo para changas.
El Hada cartones no proveía los elementos
en la cancha mojaban con arsénico recién sacado
del riacho turbio
¡qué linda era Buenos Aires!

Una patota las encaró en la calle mientras
ahuyentaban mosquitos armaron
abrigos con sachets de leche.

Son los 50 palos que se llevaron
son todos una manga
de ladrones
estos son capos
del endraguetta

San ex-pedito
liberanos de nuestros males
o sacristanos
liberanos de nuestros malos

Yanis perdió
Yanis encontró la banca de la justicia
Divina, anti real
a los pocos o a los muchos
de los jóvenes
que son muerte o botón.

¡Ya Ya!, ¿no viste nada?
Vos lo viste y no lo querés decir
tu estirpe lo vió y no lo quiere decir
Yanis, no te pierdas.

La sociedad de mudos anónimos
balbucea, pedidos de alplax a los gritos
en el paraíso somos todos iguales
no marchen
no cuelen 
abriguen que viene el invierno.

Fa, fa,
no es una nota
Yanis se volvió a perder
sin dientes
quedaron vidrios rotos
y cortes en la calle.


Cardonio

El cactus extiende su parénquima hacia el sol y abre para el viento sus espinas.
Cada uno de los granos de arena que lo rodean quiere pegarse
pero la misma correntada que los atrae tan cerca de su Meca
donde podrán depositarse
en la única alfombra verde, en varios kilómetros a la redonda
que los remueva
de la monotonía, constituido por ese tallo que pronto se secará con ellos encima,
se lleva alejando,
tal vez escondiéndolos por debajo de otros competidores que aplastan.
Y mientras Cardonio Floranga observa la escena
o parece que la observa,
arriba de un Camelisoforme rescatado de la sed mensual a la que fue condenado
por robarse un fardo repleto de lilas, que tan tentadoras le resultan
(y pecaminosas)
al nivel de perder el control de sus jorobas por ellas,
empiezan a aparecer las nubes
en la línea lejana que separa tierra de cielo.

Los pantalones de cuero que sirven de límite piel de piel con pelo
son agitados por el mismo proceso que acerca las gotas evaporadas,
ansiosas de condensarse para perderse en la superficie y correr tan rápido
como puedan. El objetivo: las napas subterráneas. Tan difíciles de alcanzar
cuando cualquier organismo obstaculiza la llegada, absorbiéndolas
en su propio beneficio.
Cardonio Floranga permanece inmutable. Intenta recordar a sus amigos
pero no puede.
Perdido en la mata de sus pelos crespos, a medio viaje entre la selva y el polo
parásitos chupasangres lo sorben
creciendo, multiplicándose y volviendo a sorber.
Él los llama huéspedes de honor en tamaño desierto.

Camelisoforme rebuzna, grita y ladra por sus tres bocas
aproximando la situación espasmo entre medio epiléptico
medio maricona.
Golpea su torso con las espuelas de gomaespuma al punto que hace sentir su talón.
Avanzan dando pasos de otra época pero sin el cactus superado
no queda nada.

La piedra pómez como collar
recubierta de un apóstol eternizado a través de su hemolinfa
manchándola y aportando su cuota de eucaristía
es también el golpe de gracia que domina la fotografía.

Para cuando se haya advenido el ocaso
los recuerdos deberán volver.
De otra manera, perderá el control y se irán esfumando
invasores sorpresivos y predecibles
no hay piedra pómez que pueda con ellos.
Mundo, rayos, espadas, lunas y una antigua baraja de cartas
¿Qué son si no?
Cardonio desmonta, desarrienda Camelisoforme y come una almendra
¿Para qué si no?
 La lluvia acaba de empezar y el festejo es exiguo
¿Cuánto más si no?
Pigmeos materializándose envueltos en togas coloradas emergen
de abajo o de arriba
beben probables aguardientes en cráneos, profiriendo una lengua muerta
como ventrílocuos hablan mientras toman
con sus vejigas natatorias saturadas.
Floranga los espera apaciguado, ya los conoce, en parte los extrañaba
son lo que hay
lo que le queda una vez que Camelisoforme salió arando con sus jorobas.

En cruz sentado
él en el centro espera con el viento furioso que arrasó con el agua
arrasó con la arena
pero esquiva su tacto.