25.8.18

Ataditos de Laura Estrin, por Jorge Quiroga




Entrelazar, unir, vincular, escribir en un movimiento  hacia  el  mundo  personal y el de los otros. Los hilos que el tiempo anilla son destellos, retazos de los días, perdidos en la resonancia que  se va concentrando entre sí. La vida posee esos rasgos que cubren la experiencia de la circunstancia, de esa voz  la  vida se tiñe, invade, se adueña  de esos cambios repentinos de la luz del día. Envuelve y está en todas las cosas y en el tiempo que va pasando. Algunas veces las palabras se acoplan, se juntan, y esa unión las convierte en alertas. Todo continúa y ellas van y vienen, en frases o líneas, que es preciso relacionar, para tratar de entender esa constante sucesión. Las canciones depositadas en la memoria, insisten, surgiendo quizás  de la nada. Los relatos siguen cortados y hay que contar y decir su unidad ilusoria. Todo  torna  a su punto de inicio y hay que impedir que los recuerdos se cierren.

Las cosas son  así y no de otra manera, y el cuerpo, tragado por el tiempo renace en cada palabra. La pérdida es como  una señal, que nos damos a nosotros mismos, cuando estamos despojados. Algunos poemas como cargando cajas de sentido  solo se reconocen en la instancia de una lucha rodeada de silencio. Hay que permanecer atendiendo  a ese fluir de lo que se ausenta en las cadenas perdidas.

Una atmósfera de misterio oculta, en pedazos, aquello que se reitera en las imágenes. Ir y venir es el consuelo. Un libro en fragmentos, se despliega en esos reflejos que hay que reconstruir. Los libros reunidos Ataditos, Anillos y sueños, Notas de poesía, secuenciados mantienen la unidad de tono, el acercamiento a la verdad, la fragilidad y la reflexión interna, sobre los hilos invisibles que unen las cosas a nuestro pensamiento.

Cicatrices y marcas de una vida, anillándose en esos lazos, nuevos anillos, mediante ellos  soñamos y llegamos a ser. Colores, reverberaciones, que indican, entre otros poemas, los lugares a los que nunca fuimos y que nos abandonan. El recuerdo, siempre  presente, persiste entre nosotros, herméticamente guardado.

¿Con  que se sueña? Con las palabras,  las historias, los retornos, los nombres, los entresueños.

La muerte de lo cercano dispone acechanzas, los amigos están, las imágenes también, allí atan la noche, anuncian la claridad. Entonces es posible soñar con “el sol del tiempo” con restos de la mezcla del día y con añoranzas. Lo que permanece perdido, escondido, ausente, puede inmiscuirse en una.

Siempre se quiere decir algo, por eso se escribe, para contar y desdecirse, para entrar en ese mundo  del que deseamos salir y eso es enterante imposible. Una se hace ataditos, el poema es una manera de unir palabras secretas, que no obstante se encuentran para que ella cuente.

El sol cierra  las heridas, y  es imprescindible que nuestro cuerpo brille en la luz. Los olores de las ciudades lejanas, los nombres ocultos, son en verdad nuestro equipaje. Hay que  ser visitante, pensar y soñar al mismo tiempo, concentrándose siempre. Es necesario de todos modos quedarse, y aunque el mundo  se  disipe, el aliento es cada movimiento ante lo que sucede en torno nuestro.

Los poemas de Ataditos están dichos y escritos  de  tal  forma  que  se  hacen interrogación acerca de quién  y  en qué lugar se formulan las preguntas. Ellas  vinculan a un  ser que interroga sobre condiciones de existencia, con un lenguaje elíptico  que se dirige  hacia el  fondo de la experiencia vivida.

Se trata en verdad de una escritura  poética donde  se narra la aventura espiritual que indaga, sin  atenuantes, después del trabajo de depuración. ¿Cuál es su modo sino el de someter al  ensimismamiento que deja el instante? Lo vivido está relacionado con el relato de una inmersión, que limita con la espera. No deben  desorientarnos, los restos de  algo que desconocemos desde el inicio en el espacio de ese nombre claro.

Algunos poemas breves de Ataditos es como si hablaran desde un estremecimiento y ésta es la forma de transmitir esa condición. Las palabras, las imágenes, se suceden en ritornelo, volviendo desde la pausa en que se anuncian. La tristeza parece ser un elemento no previsto que invade la realidad, hace falta ahuyentarla, sofocarla, para que desaparezca. Esas  horas inútiles acechan y  nos  rodean. La tarea de la poesía  consiste  en restañar, logrando que el tiempo continúe  pasando ante nosotros interminablemente.

El sol es un refugio  para el cuerpo, la luz  y el calor del sol, penetra en  todo para hacer vivir y sobrevivir. Los  sueños existen en esta poesía enigmática y secreta, porque los devolvemos, ellos son los que atan los recuerdos para enseguida desvanecerse. El relato está entrecortado, procede con omisiones que perduran. Las palabras a veces  se unen, forman aglomerados, bloques que siguen manteniendo su unidad.

“No se puede recordar ni olvidar“, solo hay que perseguir esos hilos que hacen que el ser se constituya en un movimiento infinito. La poesía es para esta poética la posibilidad de capturar un momento del tiempo, que inevitablemente se pierde. Los días se repiten, las líneas y las frases se interrumpen en un borde silencioso que huye y deja en desasosiego.

Los poemas invariablemente  son  ecos, y en algunos casos impronunciables tristezas. Simultaneidad y contagios en un mundo que no permite más que acercamientos leves. ¿En qué lugar reside ese peregrinar, y ese aliento y color donde se encuentra? La pérdida es un sitio  desde  donde  se parte y se configura  para iniciar un campo posible.

Laura Estrin mediante la interrogación sobre su propia búsqueda escribe  poemas cargados de significación que encierran modos de llegar a sus límites. Cuando  nombra a algún amigo, lo hace como extrayendo algún tipo de conclusión que se le escapa. Los sueños, simétricos. Se asemejan a la vida pero no  la substituyen.

Los pozos y huecos, son hilachas que lo escrito procura juntar. Esta poesía, de íntima soledad,  se vuelca ante el lector atento- ya que medita como hecho insoslayable-, son los rasgos de una visión hacia los otros.

Leerla es asomarse a la entrada de una tarea, que con extremo rigor, nos relaciona con los destellos de una experiencia profunda. La poesía junta, une, esos elementos que se dan, para instalar  las señales dispersas  que se enlazan en poemas que dicen de instantes  pasados, o llenos de sol, o vacíos, lagunas, que se convierten en imágenes que entretejen  un  estado de éxtasis. Convoca a los sueños que se suceden en el brillo. Se anilla, presenta ataditos que la vida brinda para tomarlos y desatarlos, la poesía de Laura Estrin retiene esos hallazgos.                                                      


Poemas
Matan
menos el verso
todo

Versos en una caja
fieles para nada

Dos mariposas blancas de diciembre
una mas grande amarilla

las cosas
las cosas quedan

El momento
un momento
en que todo cae se rompe
sin ajuar sin arrope

Diciembre de pequeñas mariposas blancas

como un campo silvestre y chico
de flores claras blancas
Y de carga vacía

Aprendí
vestido pollera pantalón
un duro jardín de delicias
Soñé que perdíamos
en algún lugar a Leni
Perdimos a Leni
es una tristeza sin irse
Los años son nuevos
los sueños mezclados de la noche
la poesía no se vende

La ajenidad y el cogollo
concurren
fieles
en matete desilusión

Todo raro es
El cuadro cruzado
todo claro

--
Días largos de palmerasavarientas
Hilo tira cortado

Se aparta y tira
el hilo fino vive
tiende y tira

Boca ácida
la ropa
los hilos –Dominique

Agolpan nostalgias puras
                                               enteras.

--

Palabra va y viene
Atadita

que ni una imagen
que ni un consuelo

sostienen al desespero

Que ni madurez
que ni resuello

niegan derecha ausencia
lo que hace
Yo cuento
 
Laura Estrin, (Ataditos, Leviatán, 2017)

15.8.18

Honesta, por Denise Koziura Trofa


Tenía que ser honesta. Mientras tomaba su cartera colorada del montón, y caminaba con paso seguro hacia la puerta de salida, vio venir a los tipos. Y supo, con certeza casi poética, lo que estaban a punto de hacer. Su instinto la impulsó a seguir caminando, con su mejor cara de póker. Fingiendo que no le llamaba la atención que entraran con el cuello polar hasta la nariz. Se abrió paso mientras ellos ingresaban, como distraída, aprovechando el vaivén de la puerta.
Ahora que los flacos estaban atrincherados junto con sus compañeros sentía un poco de culpa. Se persignó al enterarse de su suerte. Se acercó hasta el lugar para hablar con la policía. Temía que la estuviesen esperando. No la dejaron acercarse demasiado, pero desde donde estaba pudo oír los gritos y el eco de los disparos. Todo parecía de lo más irreal. Entre los uniformados había un dejo de tensión, pero para nada se parecía a los operativos que había visto en películas como las de Mel Gibson. No atinó a hacer otra cosa más que quedarse quietita y presionar contra sí la cartera. Apretó los ojos, porque si una bala perdida la encontraba prefería no mirar. Al rato, menos que un minuto, todo fue silencio.
Vio salir a sus compañeras, temblaban. Vio entrar a los policías. No vio salir a los delincuentes, tampoco a Manuel, el chico de seguridad. Lo bajaron apenas entraron, le comentó una de las mujeres. Fue horrible. Que suerte que se te ocurrió salir a comer. Entraron justito cuando vos saliste… Sacó del bolso un paquete de carilinas y se lo regaló. La verdad que ni los vi.   

2.8.18

El último cíber, por Javier Fernández Paupy





Trap                                                                                                           

Si perdiera pulso social, si enfriara la economía, si no supiera.
Si viera los problemas de los productores de maíz, si compitiera con los industriales, si reemplazara mano de obra por tecnología.
Si contara cada hora de mi vida, si desdeñara la cordura, si pensara que todo es posible, si fuera amable con los desagradecidos.
Si pudiera.
Si los que me robaron el perro ahora me pidieran la correa.



Toda esa gente

Sofía dejó de fumar. Marco vendió libros. Susana cuidó a Marla con responsabilidad y cariño. Nacho dibujó por las noches con Alma. Nadia escribió mi nombre en un corazón. Pablo leyó revistas sobre cine y rock. Candela tuvo tres hijos. Sebastián también y, por las noches, miles de sueños; tantos que al despertar se preguntaba si faltaría mucho para alcanzarlos. Joaquín juntó libros de terror y misterio. Laura protegió a Mur. Ana cuidó a Varian. Luis murió sin saber. Federico siguió el consejo de Plinio: «Nulla dies sine linea»; pero a diferencia de la sugerencia del Viejo en su Naturalis Historia, no se ocupó, como Stendhal o Harry Mathews, de escribir una línea por día sino de tomar por lo menos una línea de merca al día. Claudio fumó en ayunas cigarrillos negros armados. José frecuentó el Ejército de Salvación. Barbi hizo zapatos. Gabriel tomó ron en Cuba. Alejandro, cerveza en Chile. Francisco, pisco en Perú. Lidia, champagne en Cagnes-sur-mêre. Valentina, agua en las islas Malvinas. Patricio fue en tren a Sierra de la Ventana. Ariel bailó The Cure borracho. Santiago retrató varones. Mara se mudó a Campana. Jorge compró una casa en Alta Gracia. Estanislao se pintó una uña de negro. Javier recicló basura. Manuel fumó Chesterfield en la cama. Tati armó porros sobre un tractor y repasó la línea de fortines. Bachín chupó cigarrillos electrónicos. Hernán tocó la guitarra en un crucero.



Un equilibrio inestable

La sombra como algo que sale de uno mismo y puede ser inquietante. Porque hay o había o hubo incluso una aparente realidad cifrada en las cosas visibles. Algo que se pudre hay o hubo y críticas encubiertas a las costumbres de una época. Gente caprichosa. Gentuza y frases huecas; un tono que no se burla de nadie. Dado a la disolución como un ballet de sonidos con canciones de letras estampadas que olvidé o recuerdos que creía olvidados y vuelven.



Cierta gracia discontinua

Tatuajes. Un bar en la oscuridad total. El susurro de gas de la estufa. Tiempo gangrenado en las ventanas. El recorrido de las emociones baldías. Un faso con glifosato. Calles sin tanta gente. El dueño de un bar se despide diciendo: «Nos vemos mañana, de acá no nos movemos». ¿Por qué? Porque sí. Napas y napas de nada. Los  gobiernos pasan, la policía queda. Un neurótico más. Un halago abrumador. Un resto de tu espalda yendo de la noche hacia el amanecer. Una casa por la que no pasan mujeres. Una lista de las cosas que hicimos con la mano derecha. Una inquietud flota en el aire. No quiero envejecer aburriéndome entre paredes. No gano nada con mentir. Tampoco me pagan por decir la verdad. El cenicero con media tuca. Latas de cerveza vacías. La música, la atmósfera, el balcón de concreto, las puertas, los parlantes. Ahí aparece el tiempo. Está estancado y avanza. Arrebata las medias y las computadoras. La guitarra muda y los cuadros. Arrebata hasta la electricidad. Y también el ruido sordo de los televisores encendidos. Hasta el murmullo en el calefón. El frío del baño, los ecos de la cocina, incluso el temblor de la heladera.



Martes, 11:30

Unos fantasmas hablan en silencio de todo lo que ven. La calle se llena de autos y motos y camiones y gente multiplicada en tránsito perpetuo. En algún lugar dentro de sus mentes hay ideas. En los bolsillos llevan pequeñas piezas de arte con mensajes exclusivos de mundos antiguos. No se oye nada más que el humo de la sala y en el cielo hay señales.



Bar Oviedo

Una radio muda desde la ventana. Un cuaderno sin sueño ni hambre. Un cuaderno como un grabador. Una ducha caliente y un toallón limpio. El sol pegando en la puerta. El camino de los trenes cargados con su música anodina. El humo de una alcantarilla donde un policía tiró su cigarrillo encendido. Alguien duerme en un terraplén a la noche donde otros esconden lo que no existe. Pájaros cantan desafinados. Ochavas mueren pintadas. El cómic de un gato durmiéndose en la mesa. Las tribulaciones de un niño. Líderes políticos muestran sus sonrisas en las portadas de las revistas. Alguien se regala en un vaso de ginebra. Si todos los suicidios tuvieran un final distinto. Y si las flores no se transformaran en tiempo o silencio. Así sea otra mercancía acomodada en la góndola del porvenir de este supermercado. La miniatura de los días. Una yunta de bueyes en un rancho de Oberá.



Cartel sobre avenida Maipú

Me quedé ahí, solo, escuchando música durante toda la noche. Una luz macilenta caía sobre el tractor de las vías del tren delante del viaducto ferroviario. Un lanchón de la partida, de madrugada, detrás del paredón del cementerio, donde caminan dos personas yendo a la parada del 63. Un puesto de flores con las siglas del PRT pintadas en rojo. Una persona duerme o creo que está durmiendo en el cementerio británico. Pizzerías, farmacias, bodegas y tiendas de cotillón, a esta hora, cerradas. Doce motos y tres taxis estacionados en la Shell, delante de la unidad de viviendas de la calle Maipú y las letras de la palabra flores.



Lectura de aura

Las ventanas estarían cerradas con cal. El rocío apareció al borde de la avenida dibujando escalas en el aire. Alguien fue acusado de robar una lata de arvejas en un negocio chino cerca de puente Saavedra. Alguien que dormía en un cajero automático cuando una piedra lo hundió para siempre en el vacío del tiempo. ¿Dónde? En una vida pasada.



Vinilos privados

Mostrame tu próxima canción, esa que vas a grabar antes de olvidar cuáles eran las cosas que más te gustan. Quiero decirte algo en secreto. Hace 36 años que viajo. Estuve siete años perdido en las drogas. Siete años rayado como un disco. Muchas decisiones que tomé, qué amargas, les faltó azúcar. Brillo social de mi estrella en la noche, calle, estómago caliente, alcohol barato. Un viento agrio por los años me llevó. Escondidos tesoros en los libros me esperaban. Como la voz de mi padre en la nave del cuerpo. Ahí está, mi padre, en la puerta estelar. En el bar. En la energía del planeta. En las medias. En los días de la semana. Puedo relatar sucesos de mi vida. Puedo agradecer, insultar, hablar con personas que ya están muertas. Puedo salir de noche y soñar de día. Puedo leer una idea. Cuando no hay ruidos. En los ruidos. En las cosas simples. En el beneficio de la duda.



C

Los Ángeles, California, qué ciudad de mierda. Hollywood, quelle trash. Anoche Flo Homolka y su marido ofrecieron un banquete en mi honor. Había artistas, intelectuales y políticos. Lion Feuchtwanger se sentó al lado mío. Pensé que era Franz Werfel y le hablé mientras le clavaba los ojos, tendrías que haber visto cómo miraba el humo de mi Chesterfield. A medio camino entre un caballo y una lechuza ciega. Noches después cené con los Chaplin. Onna tiene una lengua venenosa. Se puso a contar algo sobre Orson Wells cuando el viejo payaso la interrumpió para hacer su triste y célebre ballet de mesa con los tenedores. Después, unos días en París, donde tarde, tarde en la noche tomé una botella de rum con André Gide y me habló de los últimos días en la vida de Oscar Wilde.



Ciudad tóxica

Otros parían nuestros hijos y nosotros buscábamos algo sin saber qué era, quizás fuera vida. Ahí donde todo volvía siempre a empezar. En los límites de lo que parecía posible. Y las radios revelaban la caricatura de los días. El tiempo era una demora, tormentas, ganas de reír. Me dolía mucho la cabeza, por tantos años de buena música y silencio y teléfonos que soñé y llamadas inesperadas y la usura del instante en lugares donde la luz artificial se mezclaba con las impresiones. Ahora no hay palomas en el cielo y aunque la imagen tendría que darme voluntad o fuerza de constancia, no hace nada. La gente camina por calles derretidas y yo leo una galleta de la suerte que compré en el barrio chino. Memoria de vidas pasadas. Estornudos en la madrugada. Llueve parejo y el aire acondicionado transforma la temperatura en frío artificial. La lluvia paraliza el reflejo plateado de la luna en el cielo. 



De: Javier Fernández Paupy, El último cíber, Ediciones del Trinche, Rosario, 2018.-

18.7.18

Secreto, por Laura Salino



lunes 2 de julio

Recuerdo desde siempre una seria inclinación al enigma, al cifrado, al misterio. Junto con ello, cómo no, una crónica avidez de saber que otros llamaban curiosidad. El secreto me era indispensable.

Habitando la península, supe también que el secreto era una parte del cerdo, comestible. Del cerdo se aprovechan hasta sus andares, dice uno de los tantos refranes españoles que a mi amiga Nieves le fue contando su abuela. Este secreto interrumpió mi elección de no consumir carne roja desde hacía unos años. Soy un ser de lenguaje. Puedo ser terrible.

Generalmente, me abstengo.

Mantengo esa vocación por el secreto. Una parte de mi trabajo consiste en eso: guardar secretos. Por eso mismo tal vez, cada tanto me veo abrumada por la intensidad de esa presión y necesito contar lo aprendido, ponerlo en entredicho, sacarlo de dudas, abrazarlo en público, exponerme inútilmente.

Con el tiempo voy aprendiendo que cualquier relación larga es por definición cruel. Incluso con el secreto. No es el tiempo el que destruye las cosas, sino nuestro paso por el tiempo. Nosotros nos encargamos de destruir el tiempo en que vivimos.

El secreto siempre está en saber leer entre líneas, rehuir a las obviedades. Promover una orgía de grietas. Las hay para todos los gustos. Sin embargo, en algunos casos el lugar del secreto no debe conmoverse demasiado, basta con respetar el enigma. Muchas tragedias se engendraron con la traición de un secreto.

Frente a mi casa había otra casa más antigua, con un habitante más viejo. Siempre me pregunté cómo sería esa casa tan anacrónica por dentro, recorría sus rincones, regaba sus plantas. Este buen señor murió repentinamente, o lo sacaron de la casa repentinamente. El caso es que de un día para otro no estuvo más, con esa contundencia que tienen las cosas cuando se van para siempre. Luego hubo gente visitando el lugar, tapiaron las ventanas y pusieron un aviso de demolición. Durante meses y meses, el cartel de demolición fue la única compañía de la casa cerrada.

Estoy escuchando los mazazos ahora. Lo hacen a mano. Un hombre destruye la obra de otro hombre, en otro tiempo. La casa perdió su techo, sus muebles, sus paredes, los esqueletos de las plantas que el hombre cuidó, y los golpes se escuchan ahora contra la fachada. El rostro de la casa se desdibuja frente a mi ventana opaca de polvo demoledor.

No es este un secreto que quisiera guardarme. No quiero que este secreto se me seque dentro como las plantas de la casa vacía que el hombre ya no pudo cuidar.


17.7.18

Charles Bukowski: dog




dog


a single dog
walking alone on a hot sidewalk of
summer
appears to have the power
of ten thousand gods.

why is this?





De: Charles Bukowski, Love Is a Dog from Hell. Poems 1974-1977

18.6.18

Cuestionario Marcel Proust a Ulises Conti


               

¿Cuál es el colmo de la miseria?
El capitalismo.

¿Qué virtud valora más en las personas?
El silencio, la bondad, el erotismo.

¿Qué es lo que más le gusta hacer?
Caminar y escuchar.

¿Dónde querría usted vivir?
Dentro de un campanario.

¿Cuál es su ideal de la felicidad terrestre?
Lo extraterrestre.

¿Con qué errores tiene la mayor indulgencia?
Con los financieros.

¿Cuáles son los héroes de novela que prefiere?
Ya no leo novelas.

¿Cuál es su personaje favorito de ficción?
El eternauta.

¿Cuáles son sus heroínas favoritas de la vida real?
Mi madre.

¿Su pintor favorito?
Debussy.

¿Su músico favorito?
Brahms.

¿Su cualidad preferida de los hombres?
La amistad.

¿Su cualidad preferida de las mujeres?
El rigor.

¿Su virtud preferida?
La telepatía.

¿Cuál es su ocupación preferida?
Coleccionar secretos.

¿Cuál es su miedo más grande?
El miedo es el mejor amigo del hombre.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de usted mismo?
La honestidad.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?
Pegarle a una anciana.

¿Cuál considera que es actualmente la virtud más sobrevalorada?
La falsa izquierda.

¿Qué es lo que más le disgusta de su apariencia?
Parecerme a alguien que no puedo nombrar.

¿De qué se arrepiente?
De haber matado a mi padre.

¿Qué habría amado ser?
Afilador.

¿El rasgo principal de su carácter?
Ser un cabeza dura.

¿Su sueño de felicidad?
Viajar con mis padres, mi hermana y mi hijo.

¿Su principal defecto?
Ser agresivo pasivo.

¿El color que prefiere?
El azul.

¿La flor que más le gusta?
La que llevo ahora en el bolsillo de mi saco.

¿El ave que prefiere?
Ninguna, todas pelean por una migaja.

¿Sus héroes en la vida real?
Algunos amigos.

¿Dónde y cuándo es feliz?
En la cama.

¿Cuál es su idea de la muerte?
La muerte del amor es la verdadera muerte.

¿Qué no perdonaría?
Es algo personal de lo cual prefiero no hablar.

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?
Ser un resentido social.

¿Para usted qué es un buen insulto?
Robar sin que te descubran.

¿Cuál es su idea de la felicidad?
Ganar una pelea.

¿Qué cosas detesta por encima de todo?
La gente pobre de espíritu.

¿Personajes históricos que más desprecia?
Margaret Thatcher.

¿El hecho militar que más admira?
El anhelo por la destrucción.

¿Cómo le gustaría morir?
Haciendo un striptease.

¿Estado presente de su espíritu?
Esclavo.

13.6.18

William Carlos Williams: Asfódelo, esa flor verdosa




Libro I


Del asfódelo, esa flor verdosa,
                      como una caléndula
                                              sobre su tallo bifurcado,
(sólo que verde y leñosa),
                      vengo, querida,
                                              a cantarte.
Vivimos juntos mucho tiempo
                      una vida llena,
                                               si querés,
de flores. Por eso
                      me alegré
                                               apenas supe   
que había flores también
                     en el infierno.
                                               Hoy
estoy lleno del recuerdo borroso de esas flores        
                     que los dos amamos,                  
                                               incluso el de esta pobre
cosa descolorida
                     (la vi
                  cuando era chico)
poco apreciada entre los vivos
                        pero que los muertos ven,
                                               preguntándose entre sí:           
¿Qué es lo que recuerdo                       
                         moldeado                    
                                               con forma parecida?        
mientras nuestros ojos se llenan
                          de lágrimas.
                                                Del amor, duradero amor             
estará hablando
                           aunque un débil baño carmesí                        
                                                 la coloree
para hacerla totalmente creíble.                                    
                           Hay algo
                                                  algo urgente
que tengo que decirte
                            y sólo a vos
                                                  pero debe esperar
mientras me embriago en                                  
                            la alegría de tu proximidad
                                                  quizás por última vez.
Y entonces
                            con miedo en mi corazón
                                                   me extiendo
y sigo hablando
                            sin atreverme a parar.
                                                   Oíme mientras hablo        
contra el tiempo.
                            No será
                                                     por mucho.
He olvidado
                             y sin embargo veo bastante claro                      
                                                     algo
central para el cielo
                             que se ordena alrededor.     
                                                      ¡Un olor
emana de eso!               
                             ¡Olor tan dulce!
                                                      ¡Madreselva! ¡Y ahora
llega el zumbido de una abeja!
                             ¡Y una oleada             
                                                       de memorias hermanas!
Sólo dame tiempo,
                             tiempo para recordarlas
                                                       antes de hablar.
Dame tiempo,
                             tiempo.
Cuando era chico
                             guardaba un libro                         
                                                        al que, de tanto
en tanto,
                             añadía flores prensadas              
                                                       hasta que, tiempo después
tuve una buena colección.
                             El asfódelo,
                                                        como un presagio,
entre ellas.
                              Te traigo,
                                                          revivido,
el recuerdo de esas flores.              
                          Eran dulces
                                                          al prensarlas
y conservaron
                          algo de su dulzura
                                                          un tiempo largo.          
Es un olor curioso,
                          un olor moral,
                                                          que me trae
cerca tuyo.
                          El color
                                                          fue lo primero en irse.         
Tuve que enfrentarme
                          a un desafío,
                                                          a tu querida persona,
mortal como yo era,
                         ¡la garganta del lirio
                                                          ante el colibrí!
La riqueza infinita,
                         pensé,
                                                          me tendió sus brazos.
Mil trópicos
                         en la floración de un manzano.
                                                          La propia tierra generosa                 
se entregó con ganas.               
                        ¡El mundo entero
                                                         se volvió mi jardín!
Pero el mar
                        que nadie cultiva
                                                      también es un jardín
cuando le pega el sol                                                               
                         y las olas
                                                      se despiertan.
Yo lo he visto              
                         y vos también
                                                      cuando deja a las flores
en ridículo.                           
                        También, hay una estrella de mar             
                                                      tiesa por el sol,
algas marinas
                        y otros yuyos. Sabíamos eso
                                                       tanto como el resto         
porque nacimos junto al mar,
                         sabíamos de sus cercos rosados
                                                       al borde mismo del agua.
Ahí crece la malva rosa
                         y en temporada,                        
                                                      frutillas,                         
y ahí, más tarde,
                         íbamos a juntar
                                                      ciruelas silvestres.
No puedo decir
                         que fui al infierno
                                                      por tu amor
pero muchas veces
                          me vi en él  
                                                      buscándote.
No me gusta
                         y preferí estar
                                                       en el cielo. Escuchá todo.       
No te alejes.

Aprendí mucho en mi vida
                        de los libros
                                                      y fuera de ellos
sobre el amor.
                        La muerte
                                                      no le pone fin.
Hay una jerarquía
                         que se puede alcanzar,     
                                                      creo,              
al servirlo.
                         Su galardón,
                                                      una flor mágica;     
un gato de veinte vidas.
                         Si nadie se atreviera a intentarlo
                                                      el mundo
saldría perdiendo.
                         Ha sido
                                                      para vos y para mí
como vigilar una tormenta         
                         flotando sobre el agua.
                                                      De pie             
año tras año
                         frente el espectáculo de nuestras vidas
                                                      con las manos juntas
La tormenta se despliega.
                         El relámpago
                                                       juega con los bordes de las nubes.
Hacia el norte el cielo
                         es plácido,
                                                       azul en su resplandor
mientras la tormenta se prepara.
                         Es una flor
                                                       que pronto alcanzará
la cúspide de su floración.                                                
                         Hemos bailado
                                                       en sueños,
y leído un libro juntos.             
                         ¿Te acordás?
                                                       Un libro serio.
Y así los libros
                         entraron en nuestras vidas.
¡El mar! ¡El mar!
                         Siempre
                                                       que pienso en el mar
viene a mi mente
                         la Iliada
                                                       y el desliz público de Helena
que engendró el poema.
                         Si no hubiera sido por eso
                                                       no habría habido
poema y el mundo,
                          si hubiésemos acaso recordado,
                                                       aquellos pétalos carmesí
desparramados sobre las rocas,
                             lo habría llamado simplemente
                                                       asesinato.
La orquídea sexual que entonces floreció
                             mandando a tantos      
                                                       hombres
apáticos a su tumba
                            le dejó su memoria
                                                       a una raza de tontos      
o héroes
                            si el silencio es virtud.
                                                       Sólo el mar              
con su multiplicidad
                            sostiene la esperanza.
                                                       La tormenta  
fue abortada               
                           pero seguimos                                   
                                                      tras los pensamientos que suscitó
reconstruyendo
                          nuestras vidas.

                                              Es la mente                          

la mente             
                          la que tiene q curarse
                                                      poco antes que la muerte        
intervenga                              
                         y el deseo volverá a ser
                                                      un jardín. El poema
es complejo como el lugar que en nuestras vidas    
                         hemos hecho               
                                                      para el poema.               
El silencio puede ser complejo, también
                          pero no se llega lejos
                                                      con silencio.
Empieza otra vez.
                         Es como el catálogo de barcos
                                                      en Homero:           
ocupa el tiempo.                                               
                         Hablo en forma figurada
                                                      suficientemente bien, los vestidos
que usás son figuras también,
                         de otro modo no podríamos
                                                     encontrarnos. Cuando hablo
de flores
                         es para recordar
                                                     que una vez
fuimos jóvenes.
                         No todas las mujeres son Helena,
                                                     lo sé,
pero llevan a Helena en sus corazones.
                         Querida,
                                                     vos también, así            
te quiero
                           y no podría quererte de otro modo.
                                                     Imaginá que ves      
un campo hecho de mujeres         
                           todas de un blanco plata.
                                                    ¿Qué habrías hecho
sIno quererlas?
                           ¡La tormenta estalla
                                                     o se disipa! No es
el fin del mundo.
                           El amor es algo más,
                                                     o eso creí,
                           un jardín que se expande,
                           aunque te conocí como mujer               
                                                      y nunca te vi de otro modo,
hasta que el mar entero
                           haya sido ocupado        
                                                     y todos sus jardines.
Era el amor al amor,
                           el amor que todo lo devora,
                                                     amor agradecido,                 
amor a la naturaleza, a la gente,
                           a los animales,
                                                      amor que engendra               
dulzura y bondad
                          el que me conmovió        
                                                     y eso vi en vos.
Debería haberlo sabido,
                          pero no lo sabía,
                                                     que el lirio del valle
es una flor que enferma            
                          al que la huele.
                                                     Tuvimos nuestros chicos,
rivales en el asalto general.
                         Los hice a un lado,
                                                      aunque cuidé de ellos
tanto como un hombre                
                        podría cuidar a sus hijos
                                                      en la medida de mis luces. 
Vos sabés,
                        tenía que encontrarte
                                                      después de lo que pasó
y todavía tengo que hacerlo.
                         Amor
                                                      al que reverenciás también              
igual que yo -                                                                                       
                         una flor,
                                                      la flor más frágil,                                             
será nuestro aval   
                         y no porque
                                                     seamos débiles  
para arreglarnos de otro modo
                          sino porque
                                                      en la cima de mis fuerzas
arriesgué lo que debía
                          para probar así
                                                      que nos amamos    
mientras mis huesos mismos transpiraban          
                        que no podía llamarte
                                                     en pleno acto.              
¡Del asfódelo, esa flor verdosa,
                          vengo, querida
                                                       a cantarte!                                                         
Mi corazón se enciende
                             al pensar que traigo noticias 
                                                    de algo
que te atañe
                             y atañe a muchos hombres. Mirá
                                                    lo que suele pasar por nuevo.
No lo encontrarás ahí sino en      
                             poemas despreciados.
                                                    Es difícil
sacar noticias de un poema                   
                             aunque los hombres mueren miserablemente cada día
                                                    por falta
de lo que ahí se encuentra.           
                            Escuchá todo                                          
                                                    puesto que a mí también me atañe,
como a cualquier hombre             
                            que quiera morir en su cama            
y en paz.


Versión: Gabriela Goldberg

El lenguaje modificado por su entorno, la lengua familiar, el tipo de conversaciones con las que uno crece, lo americano como el nombre de lo particular, mi idioma americano, frases del autor que desafían el intento de versionarlo en un español neutro, y la necesidad de un asfódelo para compartir con amigos. Un acercamiento a un poema largo, signado por graves problemas de salud, que se compone de 3 libros y una coda, y forman parte de Viaje al amor, dedicado a Flossie, su esposa.
G.G.

*


Asphodel, That Greeny Flower


Of asphodel, that greeny flower,
                               like a buttercup
                                                               upon its branching stem-
save that it’s green and wooden-
                               I come, my sweet,
                                                               to sing to you.
We lived long together
                               a life filled,
                                                               if you will,
with flowers.  So that
                               I was cheered
                                                               when I came first to know
that there were flowers also
                               in hell.
                                                               Today
I’m filled with the fading memory of those flowers
                               that we both loved,
                                                               even to this poor
colorless thing-
                               I saw it
                                                               when I was a child-
little prized among the living
                               but the dead see,
                                                               asking among themselves:
What do I remember
                               that was shaped
                                                               as this thing is shaped?
while our eyes fill
                               with tears.
                                                               Of love, abiding love
it will be telling
                               though too weak a wash of crimson
                                                               colors it
to make it wholly credible.
                               There is something
                                                               something urgent
I have to say to you
                               and you alone
                                                               but it must wait
while I drink in
                               the joy of your approach,
                                                               perhaps for the last time.
And so
                               with fear in my heart
                                                               I drag it out
and keep on talking
                               for I dare not stop.
                                                               Listen while I talk on
against time.
                               It will not be
                                                               for long.
I have forgot
                               and yet I see clearly enough
                                                               something
central to the sky
                               which ranges round it.
                                                               An odor
springs from it!
                               A sweetest odor!
                                                               Honeysuckle!  And now
there comes the buzzing of a bee!
                               and a whole flood
                                                               of sister memories!
Only give me time,
                               time to recall them
                                                               before I shall speak out.
Give me time,
                               time.
When I was a boy
                               I kept a book
                                                               to which, from time
to time,
                               I added pressed flowers
                                                               until, after a time,
I had a good collection.
                               The asphodel,
                                                               forebodingly,
among them.
                               I bring you,
                                                               reawakened,
a memory of those flowers.
                               They were sweet
                                                               when I pressed them
and retained
                               something of their sweetness
                                                               a long time.
It is a curious odor,
                               a moral odor,
                                                               that brings me
near to you.
                               The color
                                                               was the first to go.
There had come to me
                               a challenge,
                                                               your dear self,
mortal as I was,
                               the lily’s throat
                                                               to the hummingbird!
Endless wealth,
                               I thought,
                                                               held out its arms to me.
A thousand tropics
                               in an apple blossom.
                                                               The generous earth itself
gave us lief.
                               The whole world
                                                               became my garden!
But the sea
                               which no one tends
                                                               is also a garden
when the sun strikes it
                               and the waves
                                                               are wakened.
I have seen it
                               and so have you
                                                               when it puts all flowers
to shame.
                               Too, there are the starfish
                                                               stiffened by the sun
and other sea wrack
                               and weeds.  We knew that
                                                               along with the rest of it
for we were born by the sea,
                               knew its rose hedges
                                                               to the very water’s brink.
There the pink mallow grows
                               and in their season
                                                               strawberries
and there, later,
                               we went to gather
                                                               the wild plum.
I cannot say
                               that I have gone to hell
                                                               for your love
but often
                               found myself there
                                                               in your pursuit.
I do not like it
                               and wanted to be
                                                               in heaven.  Hear me out.
Do not turn away.
I have learned much in my life
                               from books
                                                               and out of them
about love.
                               Death
                                                               is not the end of it.
There is a hierarchy
                               which can be attained,
                                                               I think,
in its service.
                               Its guerdon
                                                               is a fairy flower;
a cat of twenty lives.
                               If no one came to try it
                                                               the world
would be the loser.
                               It has been
                                                               for you and me
as one who watches a storm
                               come in over the water.
                                                               We have stood
from year to year
                               before the spectacle of our lives
                                                               with joined hands.
The storm unfolds.
                               Lightning
                                                               plays about the edges of the clouds.
The sky to the north
                               is placid,
                                                               blue in the afterglow
as the storm piles up.
                               It is a flower
                                                               that will soon reach
the apex of its bloom.
                               We danced,
                                                               in our minds,
and read a book together.
                               You remember?
                                                               It was a serious book.
And so books
                               entered our lives.
The sea!  The sea!
                               Always
                                                               when I think of the sea
there comes to mind
                               the Iliad
                                                               and Helen’s public fault
that bred it.
                               Were it not for that
                                                               there would have been
 no poem but the world
                               if we had remembered,
                                                               those crimson petals
spilled among the stones,
                               would have called it simply
                                                               murder.
The sexual orchid that bloomed then
                               sending so many
                                                               disinterested
men to their graves
                               has left its memory
                                                               to a race of fools
or heroes
                               if silence is a virtue.
                                                               The sea alone
with its multiplicity
                               holds any hope.
                                                               The storm
has proven abortive
                               but we remain
                                                               after the thoughts it roused
to
                               re-cement our lives.
                                                               It is the mind
the mind
                               that must be cured
                                                               short of death’s
intervention,
                               and the will becomes again
                                                               a garden.  The poem
is complex and the place made
                               in our lives
                                                               for the poem.
Silence can be complex too,
                               but you do not get far
                                                               with silence.
Begin again.
                               It is like Homer’s
                                                               catalogue of ships:
it fills up the time.
                               I speak in figures,
                                                               well enough, the dresses
you wear are figures also,
                               we could not meet
                                                               otherwise.  When I speak
of flowers
                               it is to recall
                                                               that at one time
we were young.
                               All women are not Helen,
                                                               I know that,
but have Helen in their hearts.
                               My sweet,
                                                               you have it also, therefore
I love you
                               and could not love you otherwise.
                                                               Imagine you saw
a field made up of women
                               all silver-white.
                                                               What should you do
but love them?
                               The storm bursts
                                                               or fades!  it is not
the end of the world.
                               Love is something else,
                                                               or so I thought it,
a garden which expands,
                               though I knew you as a woman
                                                               and never thought otherwise,
until the whole sea
                               has been taken up
                                                               and all its gardens.
It was the love of love,
                               the love that swallows up all else,
                                                               a grateful love,
a love of nature, of people,
                               of animals,
                                                               a love engendering
gentleness and goodness
                               that moved me
                                                               and that I saw in you.
I should have known,
                               though I did not,
                                                               that the lily-of-the-valley
is a flower makes many ill
                               who whiff it.
                                                               We had our children,
rivals in the general onslaught.
                               I put them aside
                                                               though I cared for them.
as well as any man
                               could care for his children
                                                               according to my lights.
You understand
                               I had to meet you
                                                               after the event
and have still to meet you.
                               Love
                                                               to which you too shall bow
along with me-
                               a flower
                                                               a weakest flower
shall be our trust
                               and not because
                                                               we are too feeble
to do otherwise
                               but because
                                                               at the height of my power
I risked what I had to do,
                               therefore to prove
                                                               that we love each other
while my very bones sweated
                               that I could not cry to you
                                                               in the act.
Of asphodel, that greeny flower,
                               I come, my sweet,
                                                               to sing to you!
My heart rouses
                               thinking to bring you news
                                                               of something
that concerns you
                               and concerns many men.  Look at
                                                               what passes for the new.
You will not find it there but in
                               despised poems.
                                                               It is difficult
to get the news from poems
                               yet men die miserably every day
                                                               for lack
of what is found there.
                               Hear me out
                                                               for I too am concerned
and every man
                               who wants to die at peace in his bed
                                                               besides.