1/
Relación Fantasmagórica a distancia
El
pasado es una habitación olvidada llena de bártulos, trastos, personas y
fantasmas.
Si abrís una puerta y te metés adentro, te empezás a golpear con esas cosas, y
si tratás de adentrarte, se te van incrustando en el cuerpo, hasta dejar
marcas.
Savino anduvo merodeando el pasado y lo transformó en otra cosa: una especie de
presente continuo del pasado a través del tamiz de La mañana sol de limón. Pero ese mismo tamiz por el que pasó varias
cosas, no opera como reducto, sino como un artefacto que es como tener en la
mano algo más que un libro: un cubo mágico que hay que ponerse a girar
combinando los colores hasta que encastre. El problema con el libro de Savino
es que no encastra en ningún lado.
Bendita palabra y maldita a la vez: porque el resultado de eso es algo mágico,
una anomalía, una singularidad en el espacio-tiempo de nuestra época.
El pasado y sus bártulos. Están ahí, ya estaban, pero no estaban hasta que te
ponés a hacer las nomenclaturas, y hay cosas que se inventan en esos
inventarios infinitos. Hacer eso es salir de una reclusión, es sacar al pasado
y ponerlo en órbita presente continuo, una órbita que es un dialecto más que un
lenguaje.
Einstein negaba que las partículas separadas pudieran estar tan conectadas y
entrelazadas que, al medir una partícula, la otra se viera influida al
instante, independientemente de la distancia. Formuló en base a esto dos ideas.
Una, la famosa frase que es axioma de esto: que Dios no podía haber jugado a
los dados con el universo. La segunda, es que la teoría cuántica necesitaba una
Relación Fantasmagórica a distancia para funcionar.
Años más tarde, experimentos como el gato de Shrodinger vivo y muerto a la vez
antes de abrir la caja, o el patrón de interferencia entre electrones y
partículas, que implica que una partícula puede estar en dos lugares al mismo
tiempo, desmitificarían las hipótesis de Einstein.
Savino y sus bártulos a la distancia. Savino que hace años que articuló su
éxodo sutil de guantes blancos ensuciados por desalojos y mudanzas. Savino
nunca dejó de estar en Barracas, en Avellaneda, en el Café Turin de Boedo, en
Buenos Aires. Savino está y no está al mismo tiempo.
La mañana sol de limón es un
artefacto para viajar en el espacio-tiempo, y es un experimento tan lúcido como
luminoso, que no se puede mirar de frente por las refracciones.
Savino también anduvo aplicando su física de correspondencia con fantasmas. Su
edad se lo permite. Pero mientras otros escritores con experiencia (la mayoría
de ellos) se envuelve en un manto de piedad parecido a la nostalgia y la
melancolía, pedorreos de los que no pueden desembarazarse, Savino esquiva el
bulto poniendo este terrible manifiesto
arriba de la mesa, lleno de luz diurna, calles, colores, que es este libro.
Apropiarse – Desprecisar
– Desvalijarse, como dice Savino en su ensayo sobre Marina Tsvetáieva, del
Cuaderno 14. Habrá que desvalijarse, a través de los dialectos de La Mañana sol de limón y las
incrustaciones del pasado como forma de desvalijarse, de desalojarse: no como
si escribiera con melancolías berretas algún escritor prefabricado con ganas de
mostrar su experiencia de vida desde la edad madura.
Este libro de Savino es la historia de un éxodo contado en modo desalojo.
Ninguna parafernalia literaria, nada de
adornos sintácticos ni rellenos. Eso a secas. Pocos adjetivos. Mucho verbo.
Cambiar de piel y mandarse a mudar: eso es desalojo en el dialecto Mañana sol de limón.
Así de crudo como un viejo jazz, o como el viento blizzard.
2/ Dialectos y cuchillos
El
cuchillo de bolsillo del lenguaje Savino. Todavía nos lo estamos tratando de
sacar por alguno de los dos flancos, izquierdo o derecho, ahí entre el estómago
y las costillas.
Como suele decirse, pero muy mal aplicado al caso: el cadáver todavía está
fresco. Digo, con esta cosa morbosa de casi mal gusto: el cadáver de nosotros
todavía está fresco. Terminamos de leer el libro y todavía no sabemos bien qué
es lo que nos pasó por encima: nos queremos sacar el cuchillo que nos clavó La mañana sol de limón pero hacer esto
resulta una operación tan ingenua como prematura e inútil. Habría que haber
consultado con algún especialista, haber ido a algún hospital. Hubiera sido
mejor que otro nos ayudara a sacarlo. Un clavo saca otro clavo, pero un
cuchillo no saca otro cuchillo. No. Menos cuando no abundan los
libros-cuchillos.
El libro-cuchillo es un artefacto letal, único, casi una anomalía en nuestros
tiempos. Savino no tiene la culpa de haber escrito un libro-cuchillo. Ahora el
elemento punzante lo llevamos adentro.
Como le gusta decir a él o no puede evitar poner de otro modo, se nos incrustó.
Con suerte, quedará incrustado. Y esa herida sangrará a borbotones si
intentamos quitarnos el cuchillo clavado de golpe. Mejor dejarlo ahí, que
habite las entrañas, que se haga amigo del vientre, que habite la piel y se
mimetice, que haga una especie de fotosíntesis post epidermis, un cuchillo
subcutáneo para siempre, un libro-cuchillo bisagra.
Cuchillo-Savino cortó y se metió en las profundidades oscuras. Sí, con La Mañana sol de limón solapadamente,
con el sol del mediodía en cuclillas, tan justiciero el sol que no pareciera
que.
Y a plena luz del día cometió el crimen, entre cafés de Barracas y Avellaneda, entre el hoyuelo de
Lola y su libreta de notas clandestina, entre un canto de teros que no deberían
haber cantado jamás, y tilos que no deberían emanar tanto perfume a tilo. Ahí,
a plena luz del día, como salido de un poema-Mastronardi, Savino inventó lo que
siempre estuvo ahí pero no estaba: La
mañana sol de limón.
Y ahora que nos clavó ese cuchillazo, el lenguaje de él se transformó en
dialecto.
¿Justicia
cósmica?
No lo creo. Eso es para poetas pulcros. No me hagas reír, me digo.
Sí, Barracas; Sí, Avellaneda. Sí a todo eso, estamos de acuerdo. Lo que no se
anda diciendo del todo porque no está inventado: es que el lenguaje de Savino
es un dialecto, arista que se termina de poner de manifiesto y catalizar del
todo este último golpe de Cuchillo-Savino.
Ese es el cuchillo que nadie vio venir. Todo ese dialecto codificado entre las
ensoñaciones de una libreta de notas o de varias.
El viejo Pacheco, con toda su fama y reputación, tampoco vio venir a Velázquez
en ninguna de las dos vías: ni como el pintor más grande de su tiempo, ni como
su yerno.
De todas maneras, lo acogió en su estudio, y le enseño a Velázquez su axioma
máximo, su gran poder, resumido en estas palabras: “la imagen debe salir del
cuadro, de adentro del cuadro, no a la inversa”.
Eso ya era una revolución Copernicana. La imagen saliendo del cuadro. Quién lo
hubiera pensado antes. Velázquez llevó eso al extremo. En Las Meninas se ve un ejemplo de esto.
Pero detrás de esas miradas cruzadas, intervenidas, detrás de ese juego macabro
y dulce a la vez de espejos, de dobles, de pliegues, de contornos a punto de
desmoronarse, siempre la imagen da la sensación de estar hablando desde las
oscuridades y los infiernos más íntimos y profundos de ella misma. No siendo
ventrílocuo del afuera.
Lo mismo sucede cuando uno termina de leer La
mañana sol de limón. Insolencia ponerle el verbo terminar, a ese camino de
ida.
3/Pasaje Ensoñación
La mañana sol de limón es un
cuadro pintado desde dentro de la mañana. Como si fuera algo nacido, creado y
escrito, desde la mañana, para la mañana de Savino y su pasado en presente
continuo. Las ensoñaciones del libro, me generan lo mismo que me produce ver el
cuadro de Velázquez: las escenas naciendo del libro, pero anteriores a la concepción
y la escritura del mismo: como si todo el entramado de ensoñaciones hubieran
atravesado la línea del tiempo y capturado la mano de Hugo para tomarla de
rehén hasta que terminara de escribir ese toco. Como dice él, ese toco del
pasado.
Pero es en sus libretas de notas en donde se fue armando el entramado de la
tríada: ensoñación- libreta-dialecto.
El resultado de la traída no es una fantasmagoría o un caminante triste
hablando sobre ciudades y lugares perdidos al estilo Modiano: no. El resultado
de la tríada es el cuchillo-Savino.
Como los boxeadores, que se ganan un apodo en alguna pelea legendaria, o en los
Westerns, que épicamente sucede algo análogo, en La mañana sol de limón Savino nos logra incrustar su cuchillo a
través. Yo no soy quién para ponerle un apodo a alguien. Pero no puedo evitar
sentirlo de otra manera. Cuchillo-Savino entró por la puerta de atrás, por el
backyard, como un ladrón en la noche: un ladrón que con su dialecto propio se
apropió de todo un lenguaje, y de su pasado.
Un ladrón que a fuerza de ensoñaciones recuperó su pasado y lo transformó en un
dialecto presente continuo.
Recuerdo bien la primera vez que leí Viento
del noroeste. La lectura de aquel libro fue de una violencia extrema, como
si fuera una extensión de la naturaleza, un alud, una avalancha, cargada de
venganza fina y locuaz.
Pero lo de La mañana sol de limón ya
no tiene ese gusto a venganza. Al contrario, la superación es producto de que
el sabor agridulce que deja es el de la redención, una redención que sucede a
plena luz del día: esa hora sublime en donde pasan las cosas más invisibles y
rutinarias, entre las ocho de la mañana y las doce y media del mediodía.
Gaston Bachelard tiene todo un tratado sobre ensoñaciones, pero Savino y su
cubo mágico tampoco encajan ahí. Estuve buscándolo, releyéndolo, para
demostrarme que me equivocaba, que sí podía hacerlo encajar, pero no funcionó.
No encaja. Me dije que es en vano hacer encajar en teorías literarias, en
críticos, en filósofos de reputación erigida, a algo/alguien que no puede
encajar.
Me dije: hay que dejarlo solo en esa cavidad, solo como él hubiera querido
quedarse.
Porque La mañana sol de limón es una
escritura sin guiones ni montajes: puro paisaje de ensoñación, pura
incrustación de lo real en el cuerpo y en el tamiz del lenguaje haciendo
devenir dialecto. Deseo puro de lecturas y escritura, de trayectos, de
coordenadas, de logística de libros clandestinos transportados debajo del sobaco, como se debe y como
le gusta a él.
Entre las coordenadas sutiles que nos desglosa Savino, se encuentran Florentino
Ameghino, Palaá, Sarandí, el jazz de Sunny Murray, o el anhelo de algún pasaje
de Mastronardi: deseo de deseo yéndose del pasado al presente, contado por
intervalos, por frases cortas, un fraseo de fragmentos interrumpidos por otros
fragmentos, pedacitos de pedacitos, miguitas de pan para palomas de barrio,
detritus sutil en un espacio sideral imposible de recorrer.
A simple vista, algunos de esos fragmentos parecen anotaciones en servilletas
de papel de bares, de cafeterías pasajeras o habitúes algunas veces, esas
servilletitas buenas para nada, solo para decorar las viejas mesas de madera,
porque por la misma porosidad son incapaces de absorber ningún liquido que
llegara a derramarse, ni tampoco llegan a limpiar la grasitud en las bocas y
las comisuras. Pero si son aptas para escribirles frases cortas listas para
transpolar a la libreta de notas más tarde.
Cuchillo-Savino, pasaje-ensoñación: la constelación de La mañana sol de limón para armar daguerrotipos y siluetas, con
la liviandad que tiene Lola, por ejemplo, siempre tan desplazable, tan sutil y
ligera como una pluma que va y viene por el aire. Pequeñas pinceladas
cortantes, pequeñas puñaladas imperceptibles del pasaje- Ensoñación a través
del cuchillo-Savino.
4/ En el final está el principio del Exódo
Cartapacio o cuaderno, libreta de notas y libro debajo del brazo, y a andar. A
poner en movimiento un sistema nervioso ya movilizado de antemano por tanto
traqueteo y desalojo.
Entonces habrá que avivar el fuego mítico. Derribar los tótems, descabezarlos.
La narración es la peste; el realismo, otra peste. Savino lo supo desde
siempre.
Desde su éxodo Savino le escapa a las pestes, las esquiva como un torero, con el
oficio que aprendió de las márgenes del tiempo. La mañana sol de limón
representa su alejamiento póstumo sublime, escrito en los márgenes mismo del
tiempo, en esos bordes no cosificados, en donde todo está por nombrarse
todavía. Lejos de las catarsis de los escritores establecidos y maduros, lejos
de las chocheras, lejos de las pedorreadas melancólicas, lejos de las sintaxis
normalizadores y normalizantes, lejos de las vigilancia sintácticas.
Escuchar el pasado, como dice él.
Ponerse en órbita y escuchar los dialectos, y dejar entrar la luz de la mañana
y del mediodía, y que los fantasmas alegres y felices bailen en la sala.
Los perros-perdidos de Savino, los perros sin dueño que andan sueltos en su
novela, que se preguntan si tendrán dueño, pero pasan de largo, pasan a través,
siguen hacia su derrotero.
Sus fantasmas tampoco tienen dueño: ni siquiera él les busca poner dueño,
nombre, correa, espacio. Más bien diría que el texto demarca una especie de
topología, pero me abstendría de decirlo porque los lacaneanos que lo lean se
van a hacer un festín cuando quieran ir a buscar la referencia a algo que se
hace carne solo a veces (si el escrito te corta, y se te incrusta).
En el camino del éxodo y la ensoñación, todo puede ser de todos, pero nada es
de nadie realmente. Por eso Cuchillo-Savino corta por el lado más grueso, se
hunde casi pacíficamente, lentamente, como la hora de la siesta, con la luz
entrando de refilón por los ojitos de ese tipo de persiana. Ensoñación y Éxodo
en este caso: formas y reformas de establecer una correspondencia de guerra
vigente: entre pasado y presente, al estilo Nadesha Mandelstam, señales codificadas, guerra de
guerrilla solapada. Donde Hugo cortó líneas de abastecimiento personal, donde
lleva a cabo su guerra por otros medios, a la inversa de la inversa de Clausewitz.
Donde ya nada es venganza, sino cuchillo lento de cuchillero sutil en su
dialecto, redención y ensoñación, y pasar a través de pequeños éxodos con
imágenes por cartografiar.
No se redunda en
remilgos: las palabras punzantes cortan y dan estocadas entre frases
fragmentadas mínimas. Desalojo a secas, sin adjetivos remolones o pelotudos,
así, como en la página 153: “éxodo sin gloria, sin épica, chato, marrano.
Desbande. Desalojo”.
El Éxodo como vía de escape, de eludición con elegancia. Éxodo a los
procedimientos literarios de salón, de manual, éxodo a los lobistas de la
literatura argentina, éxodo de los
profesores universitarios que enseñan a escribir con método y narrativas
claras, con hilos conductores, éxodo del realismo bravucón, éxodo de la
narración, éxodo de la melancolía, éxodo del éxodo. El éxodo como forma final
de encontrar un principio, de perder el poco hilo que queda, de terminar de
cortarlo. Éxodo de Barracas a Avellaneda, ida y vuelta si querés, en camión,
Ford del 38´ y sin vuelta por venir.
Un éxodo ligero, colorpoemaMastronardi, como si todo eso pudiera ser una mezcla
de amarillo dulzón, naranja o ámbar, todo junto. Qué estúpido, otra vez no vi
venir al cuchillo: la noción ya estaba inventada, para todo eso junto. Se trata
de La mañana sol de limón, la
redención del éxodo, el canto del éxodo entre la mañana y el mediodía, con el
color más nítido posible de la mañana con sus formas y reformas, texturas, olor a café, colores y sonidos.
Un
libro es genial cuando es letal. Y un libro es letal, cuando ocasiona que los
otros hablen más sobre el libro que sobre el autor. Creo que no tengo nada más
que decir al respecto.
Y el tero Banfileño cantará entre medianeras infinitas, en una mañana concéntrica.