22.11.16

Poemas y cuentos bizarros, por Emmanuel Francisco Benítez



Poema Bizarro de la Esfinge

La Esfinge Rubia es una doncella guerrera belicosa. Tiene el Escudo del Zorro Andariego en sus manos de seda cuyos dedos usan anillos negros, con gemas rúnicas.

Su furia salvaje la hace peligrosa. La belleza de la Esfinge es de acero. Ella es amiga del Domador del Fuego Sagrado, que es su confidente y amigo íntimo.

La sangre derramada de sus enemigos es como pétalos de rosa en su piel bronceada, llena de tatuajes fosforescentes que tienen un brillo estelar, como las auroras boreales.

Posee la Espada del Caballero Solitario y un ramillete de alas negras. Su fuerte temperamento es chocolate caliente en un volcán de pasiones desesperadas.

Está sentada sobre el lomo de un escarabajo borracho que canta canciones con su voz cavernosa. Duendes y hadas le dan vino de rosas mosqueta, para calmar su sed de gloria y venganza. El nombre de esta doncella es Alcira Mocana, y es de Macondia.



Poema Extraño

La Burla y la Provocación están de luto. Pues murió el legendario Dario Fo, quien ganó el Premio Nobel de Literatura en 1997.

Lágrimas de éter salen del Empalador Nocturno. Que mira al Crepúsculo de Sangre en el Firmamento Rojizo.

Usurpador de Vidas Robadas, buscado en todo el Valle de los Reyes por los Mercenarios Imperiales de Ramsés Magno.

Entre armaduras oxidadas se esconde la guitarra del Comodón Oscuro. Tiene forma de berenjena y sus cuerdas son mágicas.

La Princesa Valiente cabalga sobre el lomo de una Esfinge de Ébano, con alas de murciélago y cola de escorpión.

Los Hijos de la Guerra Santa protegen la Espada del Espíritu Sagrado, que es indestructible.

El Hacha del Caballero Verde está clavada en el tronco del roble. Quien la tenga será invencible y cortará cabezas rapadas.

La Bestia Barbuda se esconde en el Bosque Salvaje, donde su rugido es aterrador y provoca mucho temor en los cazadores furtivos.

Trueno de Carcajadas que salen de la Caverna del Lagarto, cuya furia es legendaria y a donde nadie se atreve a entrar, pues tienen miedo a ser devorados vivos.



El encuentro (cuento bizarro)

Aventura de otro mundo


Imagina que es un día soleado, vas por la cuadra de tu casa y alguien muy parecido a vos va caminando a tu lado. Tiene la misma ropa, idénticas zapatillas, hasta la colita de pelo agarrada con una gomita azul.

Te metes a tu casa, tomas un café doble amargo de un solo trago y te animas a echar una mirada; el compañero ha desaparecido. Creíste haberte librado de él, pero esa noche, justo esa noche, él se te aparece sentado sobre tu cama.

Está mirándote y comiendo un sándwich de mortadela y jamón ahumado. Estás asustado, pero él te habla mentalmente, tranquilizándote.

Te pide ayuda, pues está perdido en el Planeta Tierra. Cambia de forma, su aspecto es dantesco. Parece un moai de la Isla de Pascua, con un pelaje púrpura, ojos grises y cuatro brazos. Es un extraterrestre y su nombre es Cadmus Mantram.

Te toma de la mano y ambos son teletransportados al interior del Cerro Uritorco, donde se encuentra la ciudad interdimensional de Erks, cuyos edificios son de cristal de roca.

De repente, aparece un anciano usando una túnica. Con un gran parecido al cantante italiano Luca Prodan, líder de Sumo y fallecido en 1987. Es el Guardián de la mítica ciudad, el Hierofante, un Sacerdote y Guerrero Sagrado que conoce los secretos del universo.

El alienígena le entrega una gema ovalada con la que abre un portal dimensional a su planeta, que se llama Nibiru. Vos lo acompañás a ese mundo, donde aparecen en medio de una Mega Selva colosal con palmeras datileras.

Cadmus te dice que nació en la ciudad de Nueva Edenia y que su raza fue creada por los Annunaki usando ingeniería genética. Hace siglos el Rey Anu fue derrocado por Alalu, que tomó el poder y le dio libertad a su gente.

Miras esa ciudad amurallada, que combina elementos de las culturas griega y maya. Estás asombrado pues Nueva Edenia parece una fusión entre Atenas y Palenque.

Sus compatriotas, al verte, te hacen muchas preguntas usando telepatía, pues eres del planeta a donde fueron sus creadores hace eones. El Señor de la ciudad, Urash Mantram, es el padre de Cadmus, a quien le da un abrazo.

Al verte lanza una carcajada, pues eres el primer humano en venir a Nibiru; después de Adapa, hijo de Enki, “El Más sabio de los Hombres”. Luego de una fiesta organizada en tu honor, donde bebiste vino de dátil y bailaste con esos seres encantadores y amigables, estás muy cansado y te sientas en una silla de mimbre.

Despiertas en tu cama -es de día- pensando si lo que viste fue un sueño. Encuentras en tu mochila un amuleto dorado con incrustaciones de cuarzo. Es un regalo de ese ser cósmico; sientes en tu mente que él dice que ese medallón tiene grandes poderes.

Te das un baño de inmersión en la bañera. Luego sales a la calle. Empiezan a llover bolas gelatinosas y transparentes. Te metes de nuevo en tu casa. Prendes el televisor y te sientas en tu sillón. Están dando una película animada, hecha con animación computada. El nombre es Conan el Bárbaro vs. Rambo. Con las voces de Arnold Schwartzenegger y Sylvester Stallone. El director es Sam Raimi y el guionista es Mike Mignola, creador de Hellboy.

Estás comiendo palomitas de maíz. Piensas que el largometraje es interesante. Muestra a dos malvados hechiceros, Thulsa Doom y Kulan Gath, que hacen una alianza para acabar con el cimerio. Por eso traen a su época a John Rambo, un veterano de la Guerra de Vietnam, una máquina de matar, para que pelee contra Conan, que se encuentra en Estigia, la ciudad de los hombres serpiente. Allí tienen una pelea en donde usan todas sus habilidades especiales. Al ver que su oponente es honorable, el bárbaro le perdona la vida. Ambos se enfrentan a los esbirros de esos magos, derrotándolos en el combate.
Rambo volvería a su tiempo con ayuda de un medallón. Ambos guerreros se despiden con un apretón de manos.

Tomando una Coca Cola, piensas que es excelente. Está bien hecha, es una historia ambientada en Hiboria, con tus personajes preferidos.

Estás pensando en el talismán que te dio el nibiruano. Escuchas las voces de tus vecinos en todo el vecindario. Están insultando a los recolectores de residuos, pues no pueden sacar esas esferas, pues se solidificaron. Las risotadas salen de tu interior. Pues es una situación desopilante, pues nunca llovió gelatina y esa gente es paranoica.

Sales a la calle y tomas un taxi que te lleva al centro comercial “Tango Venenoso”, donde en el cine está la película Juego de Tronos, masacre en Westeros, en versión animé. Ya compraste tu entrada y apagas tu celular.

Al otro día en todos los periódicos de los Estados Unidos de Sudamérica se habla de la lluvia de esferas gelatinosas. El presidente Mauricio Mendoza de la Serna, en la Casa Negra, habla con los periodistas. Les dice que están investigando esas bolas, pues son muy resistentes.

Tú piensas que es una broma pesada. El medallón empieza a brillar, al tocarlo eres teletransportado nuevamente a Nibiru, a Nueva Edenia, donde ves a los nibiruanos rendirle culto a una estatua de mármol del dios Marduk, una deidad mitológica babilónica que nación en este planeta. Era hijo de Enki y Damkina. Cadmus te dice que ese talismán le permitirá a cualquier persona viajar a otros mundos del Multiverso o al mítico Omniverso, donde están los Dioses Cósmicos, cuyo líder se llama Zeudín. Una amalgama entre Zeus y Odín, los dioses supremos en las mitologías griega y escandinava.

Le preguntas qué sabe de los meta-mutantes. Te dice que surgieron de la mezcla de meta-humanos y mutantes. La gente los llama superhéroes. Tú sabes de la existencia de uno, que protege la ciudad de Roma, capital de Italia. Lo llaman Capitán Legión y usa dos poderosas guadañas, con las que destruye a sus oponentes. De las esferas no sabe nada, pues esas cosas no las controla. Pues pudieron venir de otra dimensión. Tú estás calmado y piensas en películas de superhéroes, historias de Terror y Cine Bizarro.


16.11.16

La literatura de Constitución, por Jorge Quiroga


Roberto Arlt que efectúa en uno de sus Aguafuertes la apología del vagabundeo por la ciudad de Buenos Aires, de ese deambular sin rumbo fijo por sus calles, ese paseo en los rostros de sus transeúntes desprevenidos, seguramente habrá andado por nuestro barrio y esa flotación baudeleriana lo habrá llevado a recorrer con detenimiento la clave de la ciudad hostil. La conclusión a la que arriba Roberto Arlt es que hay que encontrar “todo ese universo encerrado en las calles de su ciudad”. Las caminatas literarias por el barrio de Constitución configuraron y lo siguen haciendo, uno de los paseos más perdurables que se reflejan en muchas páginas de la literatura argentina, como si su atmósfera fuera tan particular, que motivó el empeño de los escritores que merodearon por sus calles, y hubieran encontrado allí, una especie de imán, que movilizara el sentido de una ficción múltiple e irradiante.

El poeta Raúl González Tuñón que trabajó muchos años como periodista de Artes Plásticas en Clarín, un diario de la zona, siempre venía caminando desde lejos, pasaba invariablemente por Constitución, atraído por el encanto de los barrios del sur. Su figura vacilante aparecía por estas veredas imprevistamente y recordaba con nostalgia sus vivencias infantiles, que se trasladaron a sus poemas intensos y evocativos. Inclusive Raúl que había nacido y criado en Once, vivió unos años en Constitución y algunos años después publicó en la revista “Claridad” un poema recordando su estación. Estuvo cerca de la magia de los pitazos de los trenes y de sus alrededores. “Era una plaza llena de misterios en sus recovecos, allí inventamos un juego que tenía que ver con la búsqueda de un tesoro”

El poeta, alguna vez de niño, en su escuela pensó “¿Qué está haciendo Castelli en su estatua de plaza Constitución?” “Raúl lo imaginaba saludando a los viajeros con su sombrero de bronce” (Por un capricho municipal ha desaparecido la estatua, y los vecinos esperamos su reposición). La poesía de Raúl González Tuñón, fue variando con el tiempo, su anclaje inicial, apenas llegado a la pubertad, en la época que habita en Constitución, e ingresa a estudiar al Colegio Nacional de la calle Bolívar, es su principio de poeta vagabundo, que improvisaba sus primeros versos e iniciaba, con su hermano Enrique, el errar por la ciudad tentáculo, que le otorgaba su entrada al corazón de la grande urbe. Después advienen sus primeros libros, que indagan la significación de los márgenes ciudadanos, del entramado de los bordes, y de los sitios de extramuros, con una visión renovada, entre lo pintoresco, sus restos, y su negación. Después vienen los viajes, la ensoñación, su blindaje político y su poesía se hace fundamentalmente cosmopolita, cantará a lugares y situaciones del mundo, como un recienvenido. Pero siempre guardará Raúl, ese impulso de retorno, de vuelta hacia los tiempos pasados, que se acentúa en sus poemas, como una evocación constante hacia los barrios amados, que serán su razón de ser, y justamente ese sentido oculto de las calles de la ciudad, lo conduce al gesto de añorar.

La poesía de Raúl González Tuñón está como encerrada en una cajita de música: “En, otoño, las calles/en el barrio, se tiñen/ de una especial atmósfera/ de un silencio con alas/casi un aroma de estío/ apenas olvidadas sus calles como sueños/ pero despiertan lúcidas// Soñar es estar vivo”. Tuñón es el poeta de la ciudad, de los recuerdos, como tesoros para hallar. En el vagabundeo deja entrever la melancolía ande los sueños, que corresponden a la gran urbe, pero también los destellos de un costado popular del mundo (París, Oviedo, la guerra civil española). En la figura emblemática de Juancito caminador, que recorre todas las callejas para que la canción sea el resultado en el que la vida y la palabra lleguen a su origen. Ese caminar despacioso, a su volver del trabajo, con el andar de un porteño empedernido, se conserva en la memoria de la ciudad. Parecido y semejante andante, reconocemos en la poesía y la vida de otro poeta de Buenos Aires: Nicolás Olivari. Su historia es la de un hombre, que comienza pensando a la literatura, como un espacio de confrontación, que expresa inmediatas y perentorias infidelidades, verdades al desnudo, con la más absoluta y apasionada persistencia.

Hay un Olivari central, que con su provocación desmedida, ahonda con su musa coja, los intersticios de lo real, es el Olivari de casi todos sus libros de poemas, en los cuales se identifica también con el vagabundeo de otros poetas que le precedieron, como Françoise Villon, o Corbière, quienes entregan su lucidez para descifrar el universo entero. Y hay un último Olivari, el que transitaba por la calle Estados Unidos, para concurrir a ocupar su sillón en La Academia Porteña del lunfardo, en pleno barrio de Constitución, punto al que arribaba todos los atardeceres, a recordar las viejas cosas, que se le iban escapando de su ciudad, poco a poco. Es el Olivari de su último libro, “Mi Buenos Aires querido “, donde en acuarelas/ aguafuertes, con docilidad, traza un panorama, de aquello que se va perdiendo: los fósiles del pasado muerto, que duermen en el fondo, del traqueteo diario, los oficios bajos, como la reunión de obreros de la construcción, en el asadito, el dandy anciano, el viejecito de la esquina, que no vemos nunca más, los venidos a menos, los que almuerzan soledades, las palmeras que se arrancan de los antiguos jardines, un marinero y su tatuaje, pintando al aire libre, los que hablan solos, el lecherito de la comarca, que le recuerda su infancia, la intensa lluvia y los pormenores que deja, el conductor de limpieza, el señor que siempre trasnocha, el hombre que tiene una idea, y el que usa (como Nicolás Olivari ) una camisa rara. En suma una sabiduría de la calle, que únicamente se adquiere, con la atenta observación, y la mirada nostálgica.

Volvamos a la propuesta de Roberto Arlt, de establecer una estética que parta de ese conocimiento irremplazable, de caminar la ciudad, de andar por sus calles, descubriendo el sentido de la rara metrópoli: “¿Te das cuenta que lindo que es vagar, mirar las fachadas de las casas, los atorrantes que cavilan en los portales, las muchachas de las tiendas que arreglan vidrieras, los patrones almaceneros que, detrás de la caja, vigilan a sus dependientes ¿Te das cuenta…” Hoy hablaríamos de los dueños de los supermercados chinos. Pero el origen y la significación de la ciudad, se mantiene inalterable, al igual que ese noble impulso arltiano de vagar por sus calles, procurando un secreto que no es tal. En todo caso dice Arlt, hay una naturaleza contemplativa, un dejarse llevar, por la inmovilidad y la curiosa mirada, que se encuentra en la literatura y su viaje. Recordemos que Arlt en su novela Los siete locos va y viene en tren hacia el conurbano sur, partiendo del viejo edificio del ferrocarril. Empezando por el capítulo “Los sueños del inventor” donde decide  que Remo Erdosain: “Sin vacilar, llamó un automóvil y le indicó al chofer que le llevara hasta las estación Constitución y allí sacó boleto para Temperley”. Y también Arlt, le dice a un lector ocasional, que le cuestiona el lenguaje que él usa, como si fuera un idioma callejero: “Yo soy un hombre de la calle de barrio, como usted y como tantos otros“

“Yo he andado mucho por las calles de Buenos Aires y las quiero mucho”, justamente lo que el novelista quería, como lo plantea su amigo y compañero generacional, Carlos Mastronardi, es expresar su destierro, y él inaugura “un temerario estilo que no sabe de convenciones ni de formas hechas, donde se mezclan la realidad y lo alucinatorio, la pureza y la irrealidad de las personas comunes” que desbordan los cauces prefijados porque es el intento de convertir en literatura ese lenguaje plebeyo, de la calle. Es el retratista de formas coinciden totalmente con la naturaleza agria de esas mismas calles. Constitución es el lugar en que trabajan, transitan o se instalan, varios personajes de la literatura  argentina, como Rosalinda la protagonista de “Historia de arrabal” de Manuel Gálvez, o en la década del 60,Toribio, el traicionero papel central de la novela corta Alias gardelito, que es ultimado en el puente de la calle Ituzaingó (que hoy compartimos con el barrio de Barracas) donde uno puede asomarse a observar por abajo, el paso de los trenes. Lo que fascinaba a Ernesto Sábato, a Graciela Cabal, María Abate, y sobre todo a Jorge Luis Borges, que llegaba al puente, invariablemente, después de largo caminar en los atardeceres suburbanos. Ese puente tan mostrado, en innumerables películas argentinas, lleno de magia y de misterio. La lejana, y llena de hollín, estación, que se divisa entre los hierros cuadriculados del parapeto del puente, parece el espacio de una gris escenografía. Algún personaje de Leonidas Barletta en la novela “La ciudad de un hombre” va a vivir a un escondido hotel de Constitución, quizás uno de aquellos que años después habitó el malogrado Osvaldo Lamborghini en su incesante peregrinaje.

Eduardo Mallea, en “La bahía del silencio”, también describe la plaza Constitución, narrando el esplendor alegre de un parque de juegos, el sitio donde en 1940 o 1950, tantos ancianos y niños, disfrutaban de la sombra de sus árboles añosos, plantados allí por el paisajista Carlos Thais. Juan Carlos Ghiano, en una obra teatral y Bernardo Vervisky en alguna narración ambientan sus trabajos literarios en Constitución. Germán García habla de una diminuta pieza de pensión, en sus recuerdos, del Buenos Aires de mediados del 60, ubicada al lado de la desaparecida Confitería “Los dos leones”, y en su novela Nanina, que cuenta sus primeros pasos errabundos de un joven que se inicia en la gran ciudad, deambula por sus calles. En la ficción, son muchos los hombres y mujeres, que erran en el espacio de la estación o por la plaza. Miles de personas, deambulan por los andenes esperando el traslado, espacios que cantó el poeta Baldomero Fernández Moreno:

         Punta de los andenes, boquerones sombríos,
         Faroles diminutos, encarnados y verdes
         Filo de los rieles, palma de los desvíos
         Tren coronados de humo, que silban y te pierdes

En una boletería de esa misma estación, con destino a Temperley, la quinta del Astrólogo, Remo Erdosain, saca su boleto de tren, para reunirse con los conspiradores en la Novela “Los siete locos” de Roberto Arlt. En Raucho, de Ricardo Guiraldes, el personaje arriba y se aleja de ella. Si seguimos pasaremos por Gerli, Lanús, Banfield, Lomas, Temperley, es decir, el itinerario de los pueblos del sur. Esa estación y la plaza son sitios, que todo porteño, literato o no, tiene en la mente y en la imaginación, como si el habitante de esta ciudad, los considerara parte de un imaginario del cual es muy difícil escapar.

Dice Javier Fernández en “Carlos Correas un autoretrato en la ciudad”: “Escenarios como excusa de una biografía, donde la imagen y remembranzas de ciertos espacios, se vuelven motor del relato y medida de fuerza narrativa. Resonancias con la sensibilidad urbana desde algunos modos de registrar la vida y un conjunto de calles, barrios, zonas, puntos de encuentro, escondrijos, espacios, distritos o escenografías urbanas, desplazamientos. Son memorias de lugares, instancias donde se cruza una cartografía y la vida personal, la vida alterada. Las ambiciones por la aventura y el conocimiento de un querer citadino, o de cómo conocer ciudades, o personas”. Deambular incesante, caminata de pasos perdidos, hundido como Arlt, en su ser errabundo y doliente. En “La narración de la historia”, el relato donde Correas comienza el itinerario del propio despliegue de lo narrativo, aquello que quiere contar es la condición, de poder  decir, retazos de un relato, mientras la historia, se va haciendo en el viaje, por los barrios inverosímiles contados en negativo, con un aire extraño, donde la ciudad se precipita sobre su cuerpo. “En vez de viajar hasta Lanús. Ernesto decidió ir a Constitución caminando por la calle Montes de Oca, cruzó el puente  sobre el Riachuelo y pasó junto a los depósitos y las fábricas, era un pasaje sombrío”  y dice más adelante que “entró en el hall de la estación Constitución por la puerta de la calle Hornos, caminó un poco, entre la cantidad de hombres que llenaban el lugar vio dos o tres rostros que le resultaban atractivos”. Allí entre la multitud, se producirá el encuentro con el que todo comenzará y ese escándalo, ese encuentro furtivo, entre dos seres aparentemente discordantes, impulsará ese relato, y la historia de ese relato: “Salieron y caminaron por la calle Brasil hasta la entrada del balneario municipal.” La caminata es el motor que organiza la historia y la estación es como un imán que los hace retornar una y otra vez. “Volvían a Constitución. Allí tomarían un ómnibus,” y el viaje urde la historia entre tipos furtivos. El errar no tiene rumbo fijo: es un cuento triste e ingenuamente homosexual, que no tiene consecuencias y su modernidad consiste en narrar incidentes promiscuos, de ciertos ambientes, que solo habían tenido registro escondido, sin encontrar su lugar en la literatura argentina. Volver a la “normalidad, a sí mismo, es hallar un lugar ilusorio, que en la vida real, Carlos Correas no pudo retomar, y esa fascinación lo acompañará hasta el fin de su existencia. Pero lo importante es que Correas en la narración de la historia, se expone, y ese caminar la ciudad, hasta que los paseos formen parte de su visión del mundo, de la literatura y del rumbo de todos los días, también esas ideas, serán su razón de ser, y esa inadecuación, el resultado, en última instancia, de su escepticismo, que está desde el comienzo míticoen la narración oculta, de un destino que no vuelve a ser.

En cambio, para la geografía urdida por Jorge Luis Borges, en algún momento, el Sur es una señal, y en la imaginería que se encarna o se desliza en su escritura, ese punto cardinal, encierra un significado, que se guarda para solamente indicar un nombre y un sentido. Relata Borges: “A la realidad le gusta las simetrías y los leves anacronismos, Dhalman había ido al sanatorio en un coche de plaza, y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución”. El sur comienza y es la oportunidad (el relato pertenece a otro tiempo, a otra ciudad del 40/50’) para entrar en el mundo distinto, de las edificaciones antiguas, que aún persisten en algunos rincones, las ventanas de rejas, el zaguán y su abrigo, acaso un último patio. El gato en la calle Brasil, luego de transponer el hall central, que se conserva y mantiene como de otro tiempo, cerca de donde vivía Hipólito  Irigoyen, se deja acariciar, como un recuerdo, durmiendo un sueño interminable, todo esto memora Dahlman mientras espera la llegada del tren. Después se sucedieron las quintas y los suburbios, como una serie de imágenes, que lo retrotraían al tiempo pasado, a algún instinto que ni el mismo conocía del todo , como si estuviera viajando hacia un origen que se le escapaba, también de algún modo esa obsesión configuraba su destino.

La soledad envolvía ese pasaje, imprevistamente para atrás, y el desenlace no puede ser otro, que trasladarse en la ensoñación, a la realidad de la llanura. Por otro lado el conocido cuento “El Aleph” comienza con la reiterada cadencia borgeana, aludiendo a un inveterado fraseo y recuerdo: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la plaza Constitución habían renovado no sé que aviso de cigarrillos rubios”. Es en la calle Garay, una calle cualquiera de la ciudad, donde está la casa que era de Beatriz, habitada por el previsible Carlos Argentino Daneri, su primo” adonde Borges, llega, con sus pasos perdidos, en ese barrio que caminó una y otra vez, en sus hacia el sur. Allí en un sótano de la calle Garay está el Aleph, esa pequeña esfera, que asume el vasto e infinito universo, que quizás la muerte de Beatriz haya agrietado “donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, visto de todos los ángulos todas las luminarias, todas las  lámparas, todos los veneros de luz”. Siempre detestó esa manía, de escribir versos banales, del primo hermano parodiado y reducido a lo ridículo, representado “en los hombres de letras”. Solo Beatriz, perdida para siempre, justifica ese mundo que es el tiempo que innecesaria y sentimentalmente, una sola vez, debe negarse, bifurcar lo inverosímil del relato. “Cada cosa (la luna del espejo, digamos) eran infinitas cosas, porque yo claramente las veía desde todos los puntos del universo” dice Borges. Ahí él observa una infinidad de elementos como mil facetas, como en una ensoñación diurna como una interminable sucesión de imágenes, que se refractan entre sí. La tierra, y las alucinaciones, el Aleph y una multiplicidad inconcebible, todo de un mismo modo desplegado y reducido a un hipotético vacío. Dice el cuentista: “En las calles, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras”, donde el temor inevitablemente lleva al olvido, se transforma lo real en mero ejercicio de una memoria.

Por lo que ese Aleph, el de la calle Garay, puede ser falso, inapropiado, porque el olvido se transforma en algo poroso, que anula todas las posibles alternativas, y esto quizás pueda significar, que Borges nunca estuvo allí, y que su permanencia, también puede indicar que todo fue soñado, como andar por un barrio inexistente. En un poema de Borges, se habla del puente de la calle Ituzaingó y Caracas. El puente suburbano, desde donde el escritor divisaba la cercana estación, mientras pasaban humeantes vagones y trenes, que lo atravesaban por debajo, dejando su estela, y su rumor, (Mateo xxv, 30). “El primer puente de Constitución a mis pies/ fragor de trenes que tejían los laberintos de hierro/ Humo y silencio escalaban la noche”. Borges frecuentaba muchas veces, ese barrio un poco apartado, y muy próximo al centro, y localiza algunas ficciones, como si ese escenario fuera propicio , para sus divagaciones, y sus salidas/entradas, lo condujeran a una realidad y misterio que lo convoca. Ese vagabundeo, esas largas caminatas, sin rumbo fijo por la ciudad, ese autorreportaje literario, es además una apropiación consentida, un lento divagar por el Sur, como si allí estuviese guardado un significado, que nuestra literatura busca desentrañar.





8.11.16

Coreografías, por Jorgelina Vittori


En algún lugar estoy sola; como siempre, como nunca; desde los veinte, en el mismo punto de la soledad que trilla por buscarse un lugar personal; sola, caminando, coreografiando las calles planas de la cuadrícula de las ciudades en las que vivo y viví.

Se agotan, las calles sí que se agotan y por alguna extraña razón siempre se llega a alguna parte.

La pampa abre y cierra su costura sólida, recta, de cabo a rabo. Y yo me crié ahí y así. Y las sierras eran asunto de dinosaurios durmientes, dinosaurios que nunca se incorporaban, dormían la eternidad y yo me crié con esa convicción ahí y así, surcando los fines de semana la línea recta de la entrada al pueblo de familiares serranos. Había solamente una curva.

Años más tarde, un paso y otro por la avenida ensayando en la cabeza y la ciudad la inminente coreografía y un sátiro que un mediodía de poca gente prueba mostrarme su masculinidad desde un auto hasta el punto de una inflexión erecta que le aborté. Corrí como loca y desahucié sus intentos. Pobre sátiro; suerte rápida y lúcida la mía. Ahí y así.

Años antes, un paso y otro y otro por las calles desérticas a las horas habitadas del pueblo. Clases de inglés y estudio de danza en otoño, invierno y primavera en la otra punta, sola, a conciencia de los peligros del pueblo en el eco de la voz de mamá; todo, todo el trayecto de la cuadrícula. Las curvas eran asunto de domingo, alrededor de la plaza y una camioneta que la miraba a ella, madre joven y hermosa, de rabillo, un conductor que no era papá.

The Pretenders lo muestra en el videoclip: gente caminando sola por la ciudad y, ella, de flequillo largo, guantes negros y campera de jean, portadora de una voz inconfundible que previene sobre los peligros de la falta o escasez de arte de cualquier índole.

Pina Bausch era muy rigurosa con la cuadrícula. Lo aprendí y lo leímos en inglés con mi alumna y amiga bailarina. Caminan, sus bailarines caminan, se descuartizan en movimientos, vuelan, reculan, se empapan bailando, desarticulan las caras y los cuerpos, pero nunca, nunca pierden la noción de la cuadrícula.

Ahora, acá y así, todavía la cuadrícula. Y las líneas verticales y horizontales en mi patio de ciudad, de un Mondrian que las pintaba masculinas y femeninas, en la fusión entre lo estático y seguro y lo dinámico e impredecible.

1.11.16

Cuando las palabras sobran, por Javier Fernández Paupy



Sobre General Pico, de Sebastián Lingiardi

Lo que fue Maracó, en la ancestral designación mapuche, y hoy llaman General Pico, aparece retratado por la lente de Sebastián Lingiardi con una mirada que vuelve al mito de una comunidad. Los hábitos de una pueblo, su destino de motos, autos y bicicletas son la medida del tiempo. Pero sobre todo este retrato fílmico parece estar medido por la sensibilidad de los animales y su encanto. Los perros de la calle de General Pico sugieren una percepción enrarecida del ambiente y su lenguaje misterioso atraviesa la película como una antena de emociones por fuera de las palabras. Los perros, protagonistas oblicuos de esta película, se quedan dormidos al sol mientras escuchamos de fondo la exégesis de una señora sobre las películas del Festival de cine de General Pico. El gesto supone un distanciamiento con el discurso racional. Estos perros vagabundos ignoran la señalética del pueblo, donde todo abusa del campo semántico “Pico”, y están más vivos, o parecen estar más vivos, que sus habitantes. Porque los animales son la medida de este pueblo entre ganadero e industrial y Lingardi no busca enarbolar una santidad lumpen de los perros, o quizás sí, pero lo que me parece significativo es que su perspectiva devuelve los rigores de un sentido por fuera de todo discurso verbal. Como si ese refrán gastado que dice que una imagen vale más que mil palabras no estuviera agotado y pudiera mostrar algo que ningún registro de lenguaje puede alcanzar.

Lingiardi capta una sensibilidad evanescente y saca la radiografía de un pueblo con su  pasividad y sus vaivenes. El movimiento de un día cualquiera, la intensidad de una jornada cívica, las hojas que vuelan para perderse por las calles. Y un delicado tratamiento del sonido acompaña las imágenes. La película de Lingiardi tiene más que ver con Dziga Vertov que con un neorrealismo. Habría en su película una forma de expresionismo donde lo que importa no es tanto la representación de lo real como la expresión de sus manifestaciones en la mirada de su autor. Los planos, escenas y secuencias de esta película por momentos parecen tener una parte de azar objetivo. No se puede guionar el bostezo de un perro o la corrida de un gato por una medianera. Algo del orden de la epifanía sobrevuela esta película que persigue la belleza fugaz del instante. Incluso es posible pensar, al ver General Pico, en la distancia que hay entre el arte y la industria cinematográfica. Si la industria está encorsetada por esquemas de producción que responden a las aceptaciones y servilismos del mercado, esta película legitima una expresión propia.

Por otra parte, la película de Lingiardi revive, desde una perspectiva novedosa, el debate filosófico entre el realismo y el nominalismo, esto es, el dilema de cómo percibimos la realidad. Carlos Mastronardi (Cuadernos de vivir y pensar) observa: “A pesar de Platón y de Mallarmé, ningún vocablo corresponde a la realidad que designa. La palabra separa. Establece deslindes, nada más.” Mark Twain, en su Diario de Adán y Eva, le hace decir a Adán, en relación a la pulsión de nominar que descubre en Eva: “sigue fijándole nombres a las cosas que no lo necesitan, y que no acuden cuando se las llama por ellos”.  La cita de Twain resuena en una línea de Godard que, a su vez, reaparece en General Pico. Shakespeare (“La tragedia de Romeo y Julieta”, acto segundo, escena segunda) hace notar que lo que llamamos rosa exhalaría el mismo perfume con cualquier otro nombre. General Pico, de Sebastián Lingiardi, confirma esta sospecha.


 Para ver General Pico, de Sebastián Lingiardi: http://www.cinemargentino.com/films/914988763-general-pico


Cuando las palabras sobran, por Javier Fernández Paupy



Sobre General Pico, de Sebastián Lingiardi

Lo que fue Maracó, en la ancestral designación mapuche, y hoy llaman General Pico, aparece retratado por la lente de Sebastián Lingiardi con una mirada que vuelve al mito de una comunidad. Los hábitos de una pueblo, su destino de motos, autos y bicicletas son la medida del tiempo. Pero sobre todo este retrato fílmico parece estar medido por la sensibilidad de los animales y su encanto. Los perros de la calle de General Pico sugieren una percepción enrarecida del ambiente y su lenguaje misterioso atraviesa la película como una antena de emociones por fuera de las palabras. Los perros, protagonistas oblicuos de esta película, se quedan dormidos al sol mientras escuchamos de fondo la exégesis de una señora sobre las películas del Festival de cine de General Pico. El gesto supone un distanciamiento con el discurso racional. Estos perros vagabundos ignoran la señalética del pueblo, donde todo abusa del campo semántico “Pico”, y están más vivos, o parecen estar más vivos, que sus habitantes. Porque los animales son la medida de este pueblo entre ganadero e industrial y Lingardi no busca enarbolar una santidad lumpen de los perros, o quizás sí, pero lo que me parece significativo es que su perspectiva devuelve los rigores de un sentido por fuera de todo discurso verbal. Como si ese refrán gastado que dice que una imagen vale más que mil palabras no estuviera agotado y pudiera mostrar algo que ningún registro de lenguaje puede alcanzar.

Lingiardi capta una sensibilidad evanescente y saca la radiografía de un pueblo con su  pasividad y sus vaivenes. El movimiento de un día cualquiera, la intensidad de una jornada cívica, las hojas que vuelan para perderse por las calles. Y un delicado tratamiento del sonido acompaña las imágenes. La película de Lingiardi tiene más que ver con Dziga Vertov que con un neorrealismo. Habría en su película una forma de expresionismo donde lo que importa no es tanto la representación de lo real como la expresión de sus manifestaciones en la mirada de su autor. Los planos, escenas y secuencias de esta película por momentos parecen tener una parte de azar objetivo. No se puede guionar el bostezo de un perro o la corrida de un gato por una medianera. Algo del orden de la epifanía sobrevuela esta película que persigue la belleza fugaz del instante. Incluso es posible pensar, al ver General Pico, en la distancia que hay entre el arte y la industria cinematográfica. Si la industria está encorsetada por esquemas de producción que responden a las aceptaciones y servilismos del mercado, esta película legitima una expresión propia.

Por otra parte, la película de Lingiardi revive, desde una perspectiva novedosa, el debate filosófico entre el realismo y el nominalismo, esto es, el dilema de cómo percibimos la realidad. Carlos Mastronardi (Cuadernos de vivir y pensar) observa: “A pesar de Platón y de Mallarmé, ningún vocablo corresponde a la realidad que designa. La palabra separa. Establece deslindes, nada más.” Mark Twain, en su Diario de Adán y Eva, le hace decir a Adán, en relación a la pulsión de nominar que descubre en Eva: “sigue fijándole nombres a las cosas que no lo necesitan, y que no acuden cuando se las llama por ellos”.  La cita de Twain resuena en una línea de Godard que, a su vez, reaparece en General Pico. Shakespeare (“La tragedia de Romeo y Julieta”, acto segundo, escena segunda) hace notar que lo que llamamos rosa exhalaría el mismo perfume con cualquier otro nombre. General Pico, de Sebastián Lingiardi, confirma esta sospecha.


 Para ver General Pico, de Sebastián Lingiardi: http://www.cinemargentino.com/films/914988763-general-pico


25.10.16

Pedarquía, por Emilio Jurado Naón



Los cerámicos rebotaban a cada flanco: color crema sucia. Abajo, las baldosas del piso eran marrón musgo; rebotaban también con cada paso a la carrera, pero de adelante para atrás. No entraba el cielo raso en el paraguas visual cuyo eje constituía la puerta del aula cada vez más pronta, más nítida, más amenazadoramente neta.
Mara se frenó en el umbral, respiró, al celular le sacó el sonido, miró los cerámicos crema sucia por enésima vez sin dedicarles ningún pensamiento específico y produjo, hacia la puerta, un rictus apático, severo. Ángulos y diagonales hervían atrás del vidrio esmerilado. Se filtraban risotadas, murmullos y cuchicheos, movimientos rápidos, espásticas preparaciones de un grupo estudiantil pospúber que ya intuía la presencia de la profesora en las inmediaciones. Mara entró –le brillaron los dientes redondos filosos. Los pupitres contenían con prolijidad cada cuerpo de cada alumno y ellos, a su vez, contenían el aliento, subrayadamente alegres. Sobre la mesa de la profesora, dulce de leche y brillantina goteaban encima de una chocotorta.
¡¡¡Ffffffff
                eeeeeeeeh
                               liiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
                                               eeeeeeliiiii
                               cuuuumm
                                               ffffffeeeeeee
                                                               pleeeeaaaaaah
                aahhh                   ñoooooooo
                                                                              cuuuumpleeaaaahh
                                                               feeeeH!                               oooossss
                                                                               oooooossssssss                 !!!
Natalicio de Mara.
No estaba sorprendida por la sorpresa, sí por la organización.
¡¡¡Queeeeeeeeeeeee
                                               loooooooooooossscuuuuuumh..!
No hace falta, no hace falta, ¡gracias!, cortó en seco con el brazo alto y la palma visible: plano recto contra sus facciones adolescentes.
Ellos respetaron; truncaron el canto. Fue hasta la chocotorta pensando que tenía que fingir una alegría para con. Los illuminati seguían sus movimientos en silencio expectorante. Qué raro esto de la torta, del dulce cobrizo manchador de superficies y pegote, ¡hasta unas servilletas descartables al lado, prepararon! Poco predecible por parte de una turma que apenas recordaba las tareas de un día al otro, que se amuchaba con el timbre de recreo todos atobillados en el marco de la puerta (¡tan estrecha!), y rezongaban y tropezaban y hacían castañetear metálicos sobredientes. Se sentó, Mara, dejó el bolso en el suelo. Los estudiantes inflaban ojos aerostáticos; y nadie notaba nada raro en el escuálido tilo que, a través de la ventana, empezaba a bambolearse contra un cielo limpio, crudo. Adentro, era calor en los sobacos –algo que todos coincidían en experimentar– y un hegemónico olor a hormonas condensándose en el aire. Cortarlo con cuchillo. Battaglia, de la primera fila, de esclerótica columna, le alcanzó un cubierto chato: lo arrastró con el índice sobre la fórmica.
¡No voy a ser yo!, Mara hizo un quejido, ¡la misma cumplañera! No, seño, tiene razón, se atajaron los estudiosos, que corte Battaglia ¡Si yo ya le di el cuchillo..!, Battaglia argumentó. Es verdad, ella le había alcanzado el plástico; irreprochable. La vaga de Battaglia. ¡Orden! El de la esquina: Alfonso, haga los honores. Juajuajuahaaha. ¿A qué se debe? Se llama Fonzio, Adolfo: no Alfonso. A eso denominamos “contracción”, de paso aprenden. Fonzzio, los honores.
Fonzio, Adolfo, restregó las suelas sobre el piso vinílico (con aroma a goma eva; más para Gimnasia que para Prácticas del Lenguaje), se avino a la chocotorta e irguió el utensilio en mano. Con los dedos se sostenía a la fórmica para no caer, que su estructura ósea era esquiva y frágil –consecuencia de escaso aire fresco y un onanismo vernáculo. Apuntó, dio en el centro, delineó un círculo como con compás. La brillantina maravillaba.
En esos brillos casi me pierdo, se despabiló Mara, concentración, no pierdas lo atenta. Al fondo, atrás de Fonzzi, unas curvas se mueven. Líneas blandas, líneas duras. Mara se puso de pie para rebasar al estudiante –¡justo uno alto!– y pescar a esos movedizos del fondo. ¡Allá! ¡Atención! La tropa reaccionó unmediata poniéndose de pie también: no dejaron ver. Los movimientos del fondo se fragmentaron. ¡¡Heil, Mara!! Trentaiún cuadros formados en rectángulo: brazo derecho levemente sobre los noventa grados respecto del cuerpo, mueca austera anuncio de sonrisa, medio chiste medio en serio, uniformidad como síntesis probable de un grupo éticamente heterogéneo. ¡¡Heil!! Descansen, replicó Mara (automática). ¿Cuándo les había enseñado esto? ¿No fue al quinto año del año anterior?
Alto, anunció. Fonzio, al banco, gracias.
No era algo bueno. Con el quinto había salido horrible; se había desplazado fuera del control relativo del aula, y la experimentación –posestructuralista en principio– había contraído una disforma fascistoide no deseada, no calculada, irregular, extrema, independentista o arcaica. No lograba decidir el término: el justo término.
¡Alfonsooooww!, se oyó en falsete entre las filas. Burlesque pronto reprimido con amonestación gestual (rubias cejas juntas y, en la vista, brillo glasé). Alto, reincidió Mara, torta entre paréntesis, ¿de dónde sacaron el “Heil”? Risas, más risas, nunca nos alejaremos lo suficiente de las risas, ni reclusa en escafandra lograría amortiguar la estridencia en eco de estas sus risas de cristal chirrioso.
¡Profeeeh!, sonreía Yen, Graciela, la más recta de los brazos en salvecésar. Nos muestra a todos el control de sí, la autoconciencia física. Ha de ser genial en el salto en largo. Gorjeo cristalino. Los dedos juntos y su almohadillada palma, ni restos de tinta. Falta hacerlos escribir. ¡Saquen hoja! ¡No, profeeh! Descansen. Todos se sentaron menos Graciela, que se explayó: Vos nos enseñaste, Mara, la formación. Hoy para tu cumplaños la practicamos. ¡Heil!, hipó y de vuelta al pupitre. ¿No vamos a comer la torta?
Mara decidió doblegar el temple: dispensar una hora libre. La turma celebró brevemente y se acercaron los bancos centímetros, arrastrando, en torno al escritorio, patas de fierro que rebotaban en el suelo de goma, clac, clac, ploc, un metálico ahogo de ronquidos. Paz. Organización. Se anunció Evaristo y luego se puso a repartir servilletas sobre cada banco. Allí irían a parar las porciones que aún se demoraban, anche listas para la deglución en su bandeja matriz.
Un brumbrum del estómago le escandió los pensamientos. Meditaba en amplia silla barniz oscura, meditaba y los miraba hacer. Calibraba la serenidad de sus gestos hasta hace días histéricos y desmedidos. Un cambio; había devenido un cambio. Pero las causas no eran claras; más bien un fondo denso turbio, nubarrones, neblina, detrás de la que esquivas figuras ensayaban el baile amorfo de una explicación. Brumbrumm, hambre matutino: se acercaban las once. Poco había comido. ¿Una manzana? ¿Leche? Tostadas, sí, no; habían quedado en la cocina enfriándose, endureciéndose, perdiendo vapor a hilos porque el reloj ya marcaba. Las iba a encontrar, seguro, a la vuelta, incomibles. ¿Apagué la hornalla? Heil, ¿cuándo les había dicho lo del Heil? No era este grupo, no. Está en este grupo Evaristo, de familia judía; nunca hubiera.
¡Evalisto!, clausuraron los graciosos de la esquina norte, siemprevivos siemprelistos para la práctica de juegos con nombres y eso. Con éste estrenaban chiste: Evalisto. Evaristo había terminado de repartir servilletas y porciones, y ya acercaba la que le correspondía a Mara, con un M&M verde en medio. Un tic en los labios de Evalisto al arrimar el prisma chocolatoso, queriendo ser sonrisa. Flequillo mustio y azabache portaba, como siempre, cubriendo un ojo: el otro de lívido celeste, escondrijo. En la comisura, más cerca, la profesora captó un dejo de ironía. La ironía, pensó, pibes y pibas adictas a la ironía pero cuya presencia en el discurso siempre fracasan en identificar. No se puede ser irónico con ellos porque la comunicación se quiebra, aparece una grieta aparentemente generacional pero efectivamente institucional, de roles. Y cuando son ellos los que enuncian, la ironía sale para todos lados: como una excreción, detritos, un sudor irónico. ¡Baño de sarcasmos les debería dar! ¡¡Qué se limpien!!
Recibió el bloque, pesado, en un hueco hecho con las manos. Lo elevó para mirarlo al ras. Capas tectónicas de chocolinas humedecidas con Nesquick, dulce de leche como lava, fluye densa y en evoluciones fractales. Si fracasa la ironía, ¿a qué nos atenemos? No podría ser siempre explícita, presumió Mara para adentro, me secaría y lo que se seca después se agrieta: como las patas de pevecé de la silla que puse, un verano, en el balcón, intemperia. Se quebraron, se quiebra, requiebros. ¿Qué le pasa?
Al centro, tercera hilera, uno de los illuminati se doblaba por la altura del vientre. Boqueaba con la cabeza abajo del pupitre y se escurría las rodilleras del pantalón gris uniforme. Solo se le veía la giba de la espalda, el suéter mostaza del colegio corcoveando. Pelusas amarillentas danzaban en el aire. Algodón de azufre. ¿Y a ese qué le pasa? Mara sentía entre los dedos el áspero papel tissue. A ese, ¿qué le pasa? El resto de la turma, inmutable. Lo miran, al compa tembloroso, resquebrajarse. Resto de chocotortas, intocadas, sobre pupitres, prístinas bajo los tubos de luz que eliden toda sombra. Las porciones permanecen sin mella menos una: la del tembleque. En ella se evidenciaban las incisiones del glotón, el que no esperó, el del sapo en el vientre. ¿Será eso? Eso lo que lo tiene temblequeante, un sapo; que no son requiebros amorosos, de sapo príncipe. Descreo. ¿Croa?
La cabeza del pupilo dio coletazo inesperado para atrás y quedó su pecho en contracciones, la pera lábil en punta y hacia arriba. No es nada, seño, saltaron en coro las chicas zona sudoeste –grupo de tres solícito. Con cada semana que pasa más se parecen a sus madres, más base en el cutis y menos, más reducido lo espontáneo y verduril de sus semblantes. Debe ser alergia. ¡Sí!, afirmaron otros del medio, Lucio es siempre alérgico al todo, todo el tiempo. La totalidad, Mara largó el aire contenido por uno, dos, tres segundos largos: el suspiro se deslizó en su dentadura. Así que ese es Lucio el que croa sobre la cruz, sobre la cruz de torta. Echagüe, Lucio. Dos bien, un excelente y un nueve. Más, más, menos en la planilla diaria. Tareas adeudadas: nulo. No habla mucho, no juega al fútbol. Cada tanto un comentario sobre Historia vinculada, mal o bien, a los rudimentos pertinentes. ¿Alergias? ¿Alergia a qué? ¡Al pasto! Al polvo, a los ácaros en el polvo –las respuestas se acumulaban en barahúnda; ese hábito insidioso de dialogar como masa, desde la masa e intramasa. A la tinta. Al chocolate, ¡claro! Alérgico a la vida, latigueó uno de los humorísticos. A la larga, ¡alergia a la alegría! Casi: batata macabra.
Lo rodearon. Cenital, el eléctrico candor irradiado por los tubos lo ruborizó, le dio mejillas. Respira. Rastros de chocolate le marcaban el rostro. Burbujas de dulce de leche blo-blo-bloqueaban la boca. Un frío le recorrió a Mara la columna, las vértebras una/ a/ una/, Ijijijiiih, expulsó un quejido equino. Los illuminati la miraron. Eso, ahí, por un instante: guedejas de ironía. Tengo que recomponerme, no flaquear, ellos miran, pensó en breve Mara y decidió sonar convincente: A la vicedirectora, rápido, Graciela, llamá a la vice. Pero, proooh, ¡si ésa..! ¡Nada!, cortó en seco el capricho, ¡La buscan! No, no, atajaron dos de los de la zona norte, la humorística, ácida, el incansablemente jodón distrito del chiste, No-no, ya lo llevamos. A la enfermería, pobre Lucho, Lucy, Lucichagüe. Siempre alérgico al todo, todo lo alergia, siempre. Lo conocemos. Va: hamaquita de oro y derecho a la salita. Nosepreocupeprofe, es común; común a él, a lo poco común de sí propio.
Entre ellos, Campos, con esas compradoras cejas de “parezco más grande de lo que soy”, “gasto más plata de la que tengo”, “lo de morocho se me pega por tennis y pileta”. El porte, los hombros, deliciosos hombros y un par de clavículas que se parten solas. Vaya, Campos, vaya. Llévelo a Echagüe a donde quieran, a donde quieran y como quieran. Llévense a ese Echagüe Lucho a la enfermería, por la cañería, con sus ausencias, silencios, alergias e incoherencias. Elévenlo y llévenselo, que quién lo va a extrañar, ¡que quién si ni en el pubis tiene pelos! Campos & Cía. dejaron cerrar la puerta con delicadeza y por el pasillo se oyó cómo sostenían a Echagüe en andas, ataúd de carne, a lo largo y lo ancho: hacia la enfermería.
Agua oxigenada. Cloroformo. Formas dobles, triples se superponen y hacen transparente lo traslúcido; deshacen lo lúcido y lo vuelven opaco. Jabón de azufre. Yodado de sodio, caladril, éter, no, eso no. Es otro el olor: colonia, esperma seco, colonia espermática. No. Una zapatilla de lona quedó a medio camino de la puerta. Rápido desapareció arrastrada por la punta de una bota con plataforma que pisó cordón y escondió el vestuario tras bambalinas, contra la pared, entre mochilas. Mara supo pero miró a otro lado y trinó, tres veces trinó con risa infantil. Loca sí, boluda no. Se dijo. Pasó una servilleta por el pupitre de Echagüe. Quedaron en el papel marcas marrones: fue a rebotar dentro del tacho. Devolvió los ojos, irisada, en ronda a lo largo y ancho de la turma, que espiaba desde sus asientos. Aprendices simétricos, atornillados, endémicos. Ni una gota bajo el puente. Madera que cruje en los marcos de la ventana. Un soplo brama frío pone a prueba al tilo. Pero no lo oímos, sólo podríamos adivinar el ruido por los movimientos que hace. Se lo ve sonar.


15.10.16

Seis poemas, por Nicolás García Sáez




ORIGEN

Dos monos se deslizan sobre sábanas de seda
Gentiles arrogantes
Se reproducen, cruzan charcos
Trotan, saltan por los continentes

Cambian las máscaras, la piel herida
Saben y anticipan:
-Que África cabe en la palma de sus manos
-Que la neblina trémula es el tiempo




UN DELFÍN

Del Tirreno, del Atlántico
manchado tropical
vagabundo en el Adriático
o acróbata, el de hocico retacón

Nariz de botella, indo pacífico 
cabeza de melón
calderón de aleta corta
o rosado de Hong Kong

Amigo de sus amigos
un gran comunicador
y mucho, pero mucho más inteligente
que toda esa basura de arponero nipón




PREGUNTA QUE SE PUDO HABER HECHO UNA POETISA CLAUSTROFÓBICA AL DESPERTAR DE UN SUEÑO

¿Acaso Syd Barrett
diamante calmo
pintor loco
con su encierro
(tan contemporáneo)
se transformó
queriéndolo o no
en el primer hikikomori occidental?




LA CAÍDA DE LOS ÍDOLOS

Cuando despertó junto al mundo
cosmos frágil y pequeño
tomó vaga conciencia de “dioses”
infinitos, arrogantes
en aquel entonces
niño tonto
no distinguía terrenal y celestial

Había popes, papas
tiranos o soberbios
divas prepotentes 
deidades en decadencia
oráculos ciegos y
sibilas sin runas
que no distinguían terrenal y celestial

Estrellas que estrellaron
sus luces sin gracia
destellos tenues
con sabor a nada
ángeles sin alas
cayendo del cielo
queriendo distinguir terrenal y celestial

Demasiados presidentes
o dueños de todo
campeones, famosos
directores sombríos
musas y semimusas
con el perfume de la luna
que no distinguían terrenal y celestial

Pasó un mes. Pasaron dos
Pasó un año. Y otro más
poco a poco
fueron cayendo 
como naipes viejos
y falsos
todos los ídolos (que le permitieron al tonto)
distinguir terrenal y celestial




EVOLUCIÓN

Aquello partió
bajo la sombra del ombú
con un sapo
y su bella rana
reposando para siempre en el jardín

hubo un gato
con diminutivo célebre
que llegó un día
y al otro se fue
rompiendo pedazos de mi corazón

hubo un axolotl
que en pocos meses
regeneró sus piernas, amputadas
y se deslizó bajo el barro
de una barca oscura mexicana

hubo un lémur negro
que mordió a un gusano
envenenado
equivocado
para alucinar con el cianuro en las alturas de un baobab

hubo un mono loco con coctel
de alcohol frutado
con la espuma en la boca
de un puercoespín
hubo un reno buscando un hongo bajo la nieve

hubo, si, un delfín amarillo
que se adhirió
también
a mi piel
para multiplicar sus voces

de puntos cardinales
y armar
en una sola pieza, a un animal fabuloso
aquel
El Único, esencial
cubierto por el recuerdo de todos los demás




USTED

Un coro ladra su aplauso
desfile alegre y sediento
varios capitanes boquiabiertos
levantan las ollas del fuego

Un cisne minúsculo hambriento
mastica terrones de azúcar azul
bosque sordo triste y asfixiado con
ocres torvas calvas relucientes

Duendes entre sueños
que destilan tangos
¿El amor es exacto por todo el peso de su desequilibrio?

Entre la nieve, las sombras
se detiene, la nube, se suspende
cielo despejado

mansa, quieta
mantra, sexy
más

Usted me invita
para que yo aprenda
a deshojarla
quitarle el velo
la vergüenza
hacerla carne

Usted sabe que si yo accedo
aprendo
le quito el velo
la vergüenza
y la hago carne
el desequilibrio será exacto
y mucho más grande



Tomados de: Neptuno y las Faunas, Buenosaires Poetry, 2014.