24.5.16

El hombre del sillón, por Alejandro Güerri



Volví a despertarme de madrugada, pero esta vez había un tipo sentado en el sillón del living.
–¿En qué andás, Horacio? –me dijo y creo que no pegué un grito porque estaba demasiado resacoso. Su cara me sonaba conocida de algún lado y, aunque no había nada temible en su aspecto, sentí miedo.
–Si quiere plata, está toda en aquel cajón –le dije– pero por favor no me mate...
–No te asustes, Horacio, no vine a robarte más que tiempo. Lo que sí, te voy a pedir dos cosas: poné agua para un mate y no me tratés de usted.
El fuego azul de la hornalla me chamuscó los pelos de los dedos. ¿Qué hacía yo a las cuatro de la mañana calentando la pava? ¿Quién era ese tipo? Me temblaban las piernas y las manos. Volqué parte de la yerba afuera del mate y una alfombrita verde musgo tiñó la mesada.
Cuando volví al living, me pareció que el hombre del sillón estaba iluminado desde abajo por una luz blanquecina e irreal, como de fotocopiadora. Le calculé unos cincuenta años pero podía tener más.
–Convidame uno, Horacio… –me pidió arremangándose la camisa.
Dio una chupada larga y sonora a la bombilla, de esas que incomodan, y me preguntó:
–¿Sabés por qué estoy acá?
–No tengo ni idea.
–Yo tampoco, pero no me preocupa –se rió y noté que le faltaba un colmillo. –Mientras podamos tener una charla civilizada…
–¿Y de qué querés hablar conmigo? Si ni siquiera sé quién sos.
–Ay, Horacio –suspiró y puso los ojos en blanco–, la de veces que me habré hecho esa pregunta…
Me irritaba que dijera tanto mi nombre, qué necesidad había de recordármelo. El hombre del sillón me devolvió el mate y me pidió que tomara asiento enfrente de él, en una de las sillas del living. Si estiraba el brazo, casi podía tocarlo.
–Yo tenía una vida como la tuya hasta hace unos años –dijo. –Solitaria, llevadera, sin muchas emociones, ¿para qué negarlo? Trabajaba como un animal y lo único que quería era llegar a casa fundido y dormirme cuanto antes… Con la ayuda de unas copitas, claro.
El hombre del sillón volvió a reírse.
–Dejame que siga –dijo. –¿Viste esos días que te quedás en el negocio haciendo cuentas hasta muy tarde y ves de refilón cómo se van apagando las luces de la cuadra?
Asentí desconcertado.
–Bueno, un día de esos volví a casa muerto, serían las 12 de la noche y me tiré en la cama... –hizo una pausa larga (a mi gusto, un poco sobreactuada) y continuó: –Y entonces, Horacio, a las tres horas de haberme dormido, me desperté. Me desperté sentado en el sillón de una casa que no era la mía… Estaba tan oscuro que no podía distinguir ni mis manos. Al principio tuve miedo de hacer ruido y de que apareciera alguien, así que me quedé quieto diciéndome cosas para tranquilizarme, hasta que en un momento una luz pálida empezó a entrar por una ventana que no había visto. No era una luz muy intensa, pero irradiaba una claridad que me salvó. De a poco, empecé a ver y no sabés qué maravilla, Horacio. ¡Los muebles! ¡Los adornos! –gritó de pronto. –Todo, todo me entraba por los ojos y se me incrustaba acá –dijo tocándose la frente.
–¿Y qué hiciste? –le dije.
–Me traté de escapar, ¿o qué te pensabas? Solo la cobardía lo hace a uno valiente. Vi la puerta de calle y corrí a abrirla, pero tiraba con fuerza hacia mi lado y era imposible. Estaba herméticamente cerrada…  
El hombre del sillón me pidió otro mate que sorbió con la misma energía de antes.
–No sé qué más pasó, Horacio, no me lo preguntes. Solo te puedo decir que cuando sonó el despertador, estaba en mi cama con la misma ropa de la noche anterior.
Se quedó callado unos segundos, con la mirada apuntando al piso, y pensé qué clase de loco había entrado a mi casa.
–Ese día me sentí muy raro –continuó. –¿Me había pasado de verdad lo que te conté o era todo un delirio, producto del estrés? A la noche di vueltas por la casa hasta que me dormí, tardísimo, cansado de pensar y pensar…
–¿Y qué pasó? –le dije.
–Lo mismo, Horacio, pero diferente. Me desperté en otra casa, en medio de una fiesta. Música, tragos, luces: una señora fiesta –el hombre del sillón se animó un poco y exigió otro mate con un gesto urgente. –Por suerte, a nadie le pareció extraño que yo estuviera ahí, creerían que era un colado. Tomé y bailé como nunca en mi vida hasta perder totalmente la consciencia. A la una del mediodía, abrí los ojos en mi casa con un dolor de cabeza imposible y el cuerpo muy debilitado. Las sienes me latían por dentro.
Ese día el hombre del sillón no fue al negocio. Tomó litros de agua con limón y bicarbonato. Tirado en su cama, con las sábanas hasta el cuello y las persianas bajas, volaba de fiebre. Pero lo más llamativo del asunto es que en ese estado deplorable empezó a recordar charlas sueltas que había tenido durante la fiesta.
–Y me acordé de una frase que no sé si dije o me dijeron: “Mi vida cambió de la noche a la mañana”. ¿Decime si no es para ponerla en un cuadro, Horacio?
Volvió a reírse y se quedó mirándome, supongo que a la espera de un comentario. Pero, ¿qué podía agregar?
–Los días que siguieron a la fiesta fueron terribles. No me quería dormir por miedo a aparecer quién sabe dónde. Deambulaba por la casa como un zombi y creo que estuve más de 48 horas sin poder pegar un ojo, al borde de la locura. En un momento me traicionó el cansancio y caí rendido en la cama.
“Me desperté en otro living oscuro, con mucho olor a encierro –dijo y parecía estar viéndolo. –Había una luz que venía de otro ambiente y empecé a caminar en esa dirección. A esa altura, ya tenía más curiosidad que miedo. Cuando asomé la cabeza por la puerta, vi a un viejito tirado en la cama, leyendo, iluminado apenas por un velador. “Tome asiento, joven”, me dijo sin sacar la vista del libro, pero no había sillas, así que me senté en una punta de la cama a esperar algo, no sé qué.
“Recién cuando dio vuelta la página, el viejito volvió a hablarme: “Cuénteme, joven, ¿en qué anda?”. Y fue como si hubiera abierto una canilla adentro de mi corazón angustiado. Le conté desordenadamente la pesadilla en que se había transformado mi vida y el viejito dejó que me desahogara hasta el final, sin interrumpirme, asintiendo a cada una de mis palabras con un movimiento de cabeza leve pero muy empático. Después, apoyó el libro sobre la mesita de luz, acomodó con esfuerzo las almohadas y se sentó contra el respaldo de la cama.
“Y entonces, Horacio, me pidió que me acercara, me agarró de las muñecas con fuerza y con un hilito de voz me dijo: “Las cosas pasan y punto, joven, no intente explicárselas”. Me soltó las manos y el cuarto quedó automáticamente a oscuras…
El hombre del sillón hizo otra pausa teatral.
–¿Y? ¿Qué pasó? –lo apuré.
–Eso es todo, Horacio. Tardé mucho en entenderlo, pero no sabés qué alivio… No sé si esto va a parar algún día. Mientras tanto, intento disfrutarlo…
El hombre del sillón me miró a los ojos y apenas pude sostenerle la mirada. Las noches acumuladas en casas ajenas emergieron de sus pupilas todas juntas con la intensidad de una segunda presencia.
–¿De dónde saliste vos? ­–le dije asustado.
–¡Qué pregunta tan nuestra, Horacio! –con una mano dibujó la frase en el aire. –¿De-dón-de-sa-lis-te-vos? No cambiaría nada si lo supiéramos.
Nos quedamos callados, cada uno entregado a su conversación interna. Mis ojos fueron cerrándose despacio, la nuca cedió hacia abajo y una oleada de imágenes empezó a proyectarse debajo de mis párpados.

Abrí los ojos y ya era de día. Me hice un café de parado en la cocina. Cuando asomó mi cara en el agua negra de la taza, me la tragué de un sorbo. 

 Tomado de: El interior S.A., añosluz, 2016.

2.5.16

Tiempo presente, por Jorgelina Vittori


A la memoria de Cato

Tratás de mantenerte en pie y sos Audrey y Hepburn; ¿Audrey Hepburn? Sí, sí, Audrey Hepburn. En el sol del mediodía se destaca tu largo cuello; de abuelita, pero es tu largo cuello. El bastón se emprolija solo; no, mejor dicho, el bastón se alinea con tu andar calmo y modesto.

Como el chino que te veo leer en páginas amarillentas de un libro grueso, mi gato, aparecido como un relámpago sobre el teclado, escribe una palabra de letras repetidas, insistentes, y números azarosos.

Tu sol de mediodía te ilumina la lectura sentada en el umbral de una puerta; hoy es ésta y mañana otra: sos igual de azarosa que mi gato sobre el teclado escribiendo.

Imagino tu lectura gorda un anuario de la historia de tu nación que no es ésta; y veo acto seguido tus pensamientos colgar de la cuerdita de tu gorro náutico azul eléctrico. Como tus umbrales, hoy son unos y mañana otros.

Si se levanta viento, hay que vivir y te aferrás a la pared que avanza con todos nosotros y se me antoja que sos Audrey jovencísima, Hepburn y de maillot, sostenida por una barra entre espejos.

Especulo con animarme a hablarte; pero tus interminables anteojos de Diana Prince me frenan de semejante atropello. Igual, tal vez lo haga cualquier día de éstos.

Agazapada como vos, entre los vaivenes del cuerpo y el pensamiento, aspiro a entender yo algún día tu chino y vos mi deseo; sin otro particular, te saludo cordialmente en la línea diaria de la fortuna de nuestros encuentros.


Batacazo oriental

Oh, A Big in Japan y un gong final. Finito, finito, afilando las entrañas porque esto no terminó; no acabó. Apenas si recién comienza en la frontera delgada del recuerdo y, ¡puf!, ya me olvidé lo que quería no olvidar para escribir.

¿De qué hablaba yo esa noche si mi cuerpo bailaba y había tomado incluso mi razón? No hablaba, ni pensaba yo esa trasnoche. Y si hablaba no hablaba, bah. Bailaba, eso, bailaba en japonés con los grandes de una banda de batacazo y nada más. Y esperaba el gong final, que pusiera un límite a mi danza. Acabar.

Si el muchacho me hablaba, yo me estresaba. La previsibilidad de sus preguntas y de mis respuestas me estresaba. Yo las ensayaba previamente en casa, o cuando lo veía acercarse a sacarme a bailar. Bailar, bailar, yo quería bailar (sola) y ya. Pero el libreto de los usos y costumbres de la época indicaban que había que hacerlo con un él, esperar y acabar cada vez con el mismo compañero de pista. Las (buenas) costumbres: siempre cargadas de erotismo y pensar que todos nos hacíamos los tontos. Nos hacemos los solemnes cuando las diseñamos.

En estado japonés. Bellos los labios finitos y rojos de Reiko sobre fondo blanco, de pared blanca y un piso ensangrentado. Gong iniciático. Y yo no descansaba hasta no sentir que me ardían las plantas de los pies. Y yo ahora no descanso hasta sentir que me arden los dedos de las manos tecleando. En éxtasis de gong japonés y ya. Abrazar el pensamiento. Acabar. Nada menos y nada más.

Mishima lo lleva al extremo, lo hace película. Escribe el harakiri y luego lo filma: supera la narración, la hace absoluta y movible, como una danza. El abdomen ensangrentado, abierto de par en par, y las facciones del teniente todavía luminosas y bellas. Oh, a big in Japan, tonight… A mi lado, all right, es tan fácil cuando se es un grande en Japón. Esta noche. Muy oriental.

Si corría 1984, yo recién me daba cuenta y lo inmortalizaba con este batacazo musical. Caer en la cuenta de que el cuerpo interior también se mueve y baila; las vísceras bailan y se suben a la razón; se la llevan puesta, como a la de Mishima en su cuento japonés; muy oriental. Qué tal. Y los pies que no descansan. Se me suben a la cabeza y no quiero que el muchacho me hable más; no le entiendo nada y sólo atino a asentir con la cabeza. Que no me hable más. Después del gong final vino la parte de ir a la barra y el copetudo de Buenos Aires que entiende de otros códigos y me hace pagar mi parte. Nunca me había pasado algo similar. Muy poco oriental. Menos que menos pueblerino y pop(ular).

Respiro profundo en un acto clisé; solemne y esnob de quien escribe para ser artista. Profundizo el pensamiento. No hay nada. Tan solo la resonancia de pies danzando hasta el ardor de las plantas, de cuerpo interno al son de un gong y una razón entrecortada, de un sable que raja el estómago de Mishima de par en par; hay apenas unos labios de rouge de Reiko con la daga al cuello blanco.

Mucho más no hay.

25.3.16

Lírica argentina contemporánea, por Mirta Nicolás



El poeta cultiva una paciencia extraña, la del que espera algo que desconoce y cuyo acontecimiento es incierto.
Osvaldo Aguirre, “La tradición y los marginales”

La Kelpertina (27 pulquis, 2015), de Tomás Bartoletti, es un extenso poema político por fuera de toda consigna que urde su voz desde las esquirlas de un lenguaje roto donde el sentido conforma una política del sentido. La soberanía, la militancia y los fantasmas de lo económico del imaginario nacional están reflejados desde perspectivas cambiantes. ¿Remite su título al país que representó Cristina Kirchner desde la perspectiva de los kelpers? En todo caso, el libro devuelve la visión caleidoscópica de una realidad social, como si Bartoletti desarticulara la señalética de las proclamas de una época y las devolviera desde una mirada extrañada. Sus poemas, de una barricada neobarroca, proponen una noción de poesía que crea su propio lenguaje a partir de una coyuntura histórica: “dónde están las putas romanas/ dijo el camarada entrando/ por la puerta vinimos/ por la revolución terminamos/ haciendo la rabolini no te hagas/ el sibilino ni convencido ni disvencido/ porque vas a cobrar lo que no cobraste/hasta ahora”. Ampliando una metáfora que propone el autor de La Kelpertina, puede decirse que los géneros literarios constituyen un mapa, pero el mapa no es el territorio. Este libro de poemas se distingue al no parecerse a otro libro de poemas. La singularidad y la originalidad son su mérito. Es posible encontrarlo en una serie con Pujato (Vox, 2015), de Gabriel Cortiñas, por el modo en que ambos autores se apropian de una serie histórica, la descolocan y la vuelven materia poética.  

Kohan (Vox, 2015), de Alejandro Rubio, difícilmente pueda considerarse un libro tardío. Porque habla de una coyuntura vigente. En su último libro publicado, Rubio confunde voluntariamente a Alberto Kohan con Martín Kohan en un juego raymondrousseliano. “No podés/ decir que Alberto escribió la mala novela de Martín/ ni que Martín hizo ese negocio con los libios por Alberto.” Pero en una red de asociaciones que a simple vista resultan arbitrarias, conviven el actor argentino Franchela, el músico Frank Zappa y el lingüista dinamarqués Louis Hjelmslev. Escritos “con el viento de la historia detrás”, sus poemas son ucronías que le sirven para preguntarse, por ejemplo, en el caso de Zappa, si hubiera sido argentino, ¿habría sido comunista, socialista o anarquista? Un coan, como sabemos, es una pregunta que el maestro zen le hace a su discípulo para cotejar el grado de avance alcanzado en el camino de su iniciación. Como si el coan fuera una forma de la pregunta retórica que Rubio despliega en sus libros. Ya en su Diario (La calabaza del Diablo, 2009) podíamos encontrar alguno: “¿Cómo suena el silbido de un silbato sin bolita?”. Ocurrencias que recuerdan el arte sutil del aforismo y la idea de Goethe sobre Lichtenberg: “donde hace una broma hay un problema oculto”. En el caso de la poesía de Rubio, el drama político visitado desde un costado en donde la inteligencia está al servicio de un impulso reflexivo y lúdico, en un castellano perfecto. Más cerca de la gauchesca, en el sentido en que su poética despliega un fraseo del habla popular y una lectura política desde un lenguaje coloquial. Pero ese coloquialismo es llevado a un extremo crítico. Tengo para mí que Alejandro Rubio es la voz de nuestra época, el mejor y más refinado poeta argentino vivo. Su poesía está conmocionada por sucesos actuales en clave política y crítica. Y en su lírica aparece disfrazada esa voz en formas camaleónicas: un taxista, una puta o un poeta, como en Hablando de poesía con el tachero (Belleza y felicidad, 2015), en donde se leen perlas de lírica barrial como esta: “Entre nubes de pasado infuso/ me acerco lento pero seguro/ a tu barrio en un 109 que/ traquetea por el empedrado molesto/ pero seguro como antes decías que soy/ yo, en el patio, bajo la higuera vieja,/ solos, diez años atrás.” (“Con ella”).

Pasta Base (27 pulquis, 2014), de José M. Abram Luján, actualiza rítmicamente el terrorismo de estado de la década del 70 y la primavera guevarista. Su autor descubre esbozos sobre campesinos explotados en fábricas de caña de azúcar, denuncia que se actualizan en las fábricas clandestinas de paco de nuestra efímera contemporaneidad. El título del libro articula el presente con un pasado que se reconstruye poemáticamente. Azúcar o merca, en Pasta base se reponen escenas como notas macabras que un lector atento podría haber subrayado en los diarios de la época: “los mendigos/ que extirparon/ en furgones del Ejército/ el 14 de julio de 1977”, (…) “Un cuerpo entró en el río/ Junio 16./ al día siguiente/ estaba todavía en el río”, (…) “Lo detuvieron/ y lo ataron/ a un auto/ lo arrastraron/ hasta sacar chispas/ al pavimento”.

Diario de un bebedor de petróleo (Vox, 2015), de Juan José Mendoza, desvela una ideología no partidaria y una actitud o voluntad generacional postmoderna que se diría acepta lo que ocurre en el mundo rarificándolo, solapando los posicionamientos o las valoraciones demagógicas. Pareciera una aceptación atenta a la época con una antena puesta en la frivolidad fugitiva de lo actual sin utopía alguna. O quizás el libro desenmascare la utopía de un concepto. Diario de un bebedor de petróleo deja entrever un procedimiento y su costura a la vista. Cuando leemos estos versos: “Así empezó/ la larga doctrina del alquitrán/ pelafustán de nafta hirviendo”, a lo largo de su Diario, es posible intuir un gusto por lo conceptual, sin ningún trasfondo anímico. ¿Es “el bello gusto del petróleo” una metáfora de algo? Sí; son el gesto, móvil y motor del poema. Y cada lector tiene que cifrar su valor. Cuando Mendoza escribe: “hay una noche entera que espera/ adentro del vino sin abrir” (…) “Hay una hora sola que espera/ adentro de los relojes” (…) “hay pozos petroleros incendiados/ que esperan/ adentro de las cajas de fósforos sin abrir”, son todas insistencias que van componiendo un sentido que aunque parece difuso y quizás no sea del todo nítido exige ser desentrañado y, a favor de la ambigüedad, responde a una estética premeditada. Un abordaje enmascarado del discurso, críptico, por fuera de un entorno social ubicable. Es posible que el poemario entable un diálogo hermético con el pueblo de Irak, al que el autor dedica su libro.

Ezequiel Alemian dice, al pasar, en el suplemento cultura del diario Los Andes (septiembre de 2015) sobre Un tesoro local (Iván Rosado, 2015), de Francisco Garamona, que el libro “tiene algo muy particular en cuanto a las imágenes, se van yendo y no las recuperás, se van y nunca vuelven.” A estos poemas, llenos de emociones mezcladas, algo lejano, confuso y en apariencia azaroso los atraviesa. Como si fueran iluminaciones espontáneas y personales. Como si su autor escribiera una poesía imaginista no con sonidos ni con imágenes sino simplemente con sensaciones e impactos. En Sobrevilla (Vox, 2015), Garamona acomete la reescritura de los poemas de Cornucopia (Ediciones del Diego, 2001) de José Villa y ofrece once poemas en prosa que pueden leerse como naturalezas muertas que sueltan chispazos de narraciones efímeras. Las frutas, en Sobrevilla, son pretextos para narrar historias sobre lo pasajero de una acción o de un movil. Incluso es posible advertir en el libro de Garamona el mérito de no presentar ninguna idea, ninguna ideología y de hacer del artificio de la escritura un arte donde la indeterminación ocupa el primer lugar. Se lee en “Uvas”: “El hombre aparece en lo alto. Con una naturaleza musical recupera los intervalos abruptos con su forma infantil. Ahora camina, diseña cronogramas entre las luces del día. Alrededor unas tachaduras lo desvían y parecen girar entre unas uvas que recién cuajarán el próximo mes.” En Garamona todo es pretexto para enarbolar un delirio prolijo que da cuenta del revés de una lógica. Sus poemas muestran algo que en apariencia es posible, pero cuando se los vuelve a leer con más atención, nos damos cuenta que, desde un lenguaje cauto, fuimos envueltos en una historia abismada en su propia imposibilidad. Hay siempre un avance del delirio y el paisaje se vuelve cada vez más indefinido en estas estampas psicodélicas. Artero, prolífero, ecléctico, sus libros muestran una voz cambiante, no aprisionada en el corset de un estilo, en continua efervescencia y mutación.  


Alejandro Rubio, Tomás Bartoletti, José Abram Luján, Juan José Mendoza, Francisco Garamona, de muy distintas maneras, muestran una cara del lenguaje enriquecida de sentido desde artificios verbales. ¿Son proyectos antogónicos? ¿Se puede hablar de no significación en los libros de Mendoza y de Garamona? ¿Hay en estos dos autores un ir hacia la trivialidad o la indiferencia del sentido, un desdén, ironía hacia cualquier compromiso en su búsqueda de artificiocidad y puro efecto? ¿Sería acertado pensar las obras de Cortiñas, Bartoletti o Abram Luján como poéticas de una experiencia histórica mediadas por una violentación del lenguaje? La sola síntesis que, desde sus títulos, prefiguran estos libros que remiten a elementos tan distintos como la pasta base, el petróleo o el tesoro de una localidad incierta, o que aluden a nombres propios como Kelpertina, los Kohan, Pujato o José Villa, da cuenta de la diversidad de voces vigentes en la poesía argentina contemporánea. Pero esta variedad de voces no implica buena salud. Resulta evidente que este recorte, en los márgenes de la producción poética argentina de los últimos años, muestra una heterogeneidad vasta y elocuente. Pero son estos libros los que se diferencian de las prácticas más típicas y obsoletas de la poesía actual, del onanismo narcisista y del anecdotario intrascendente en clave frívola y acartonadamente vitalista. Sacando textos marginales como los que comento en esta nota, mucha de la poesía que se escribe y se publica actualmente en Argentina tiene un mismo temperamento. Pocos buscan una brecha donde colar su voz entre el griterío inane de los poetas de la levedad moderna. 

12.3.16

Celina, por Marco Castagna



Subimos juntos en un ascensor minúsculo. No supimos bien qué decirnos, éramos conocidos en un lugar extraño. Nos recibió un caniche nervioso con los ojos planos como huevos fritos. Tu madre, una mujer con la cara muy roja en contraste con la blancura de su piel, nos dio la bienvenida con unos jugos fríos que no tomamos, permaneciendo de pie en la cocina como esperando algo. Estabas ansiosa porque tu padre no llegaba o porque podía llegar en cualquier momento, yo necesitaba un poco de aire. Tu madre te llamó con un susurro y te fuiste hasta una de las habitaciones;  me quedé solo sin saber qué hacer. El departamento estaba inmaculado y la sensación que cubría las cosas era como de un brillo excesivo. Me detuve un momento en los discos de tu padre, en la estantería de sus trofeos de golf repleta hasta el techo y en dos o tres fotos donde un hombre canoso lucía una sonrisa de cazador. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas. Uno de los ventanales estaba entreabierto, me colé por ahí con ganas de fumar. El caniche pegó su cara contra el vidrio y se le deformó la expresión. Después empezó a ladrar y a hacer una coreografía extraña, monótona como de jugador de fútbol americano. La luz opaca de la tarde que se estaba por ir le daba a los edificios una esperanza de mutar de dueño o de empleados. Me quedé largo rato observando un wincofon mudo a través del reflejo de la ventana y las palomas que moraban transitoriamente en la panza de los tanques de agua de las construcciones aledañas. Pensé en las cosas que me alejaban de vos, en la pelotita del caniche olvidada en una esquina, en la oscuridad ganándole terreno a la luz. Vos y tu madre seguían en la habitación, de lejos me llegaba el rumor distorsionado de sus voces y las imaginé juntando recuerdos en soledad.


Anoche vino para ayudarme a limpiar el departamento y ordenarlo. Estuvimos casi tres horas trabajando y paramos para comer. Después seguimos otras dos horas. Ella se ocupo del baño y de la cocina y yo de los muebles y de la sala. Celina hacía los deberes con dedicación extrema y estaba en un estado de tensión considerable. Hicimos todo con música para evitar el silencio, pero parecía peor así. Cada tanto me hacía algún reproche sobre el pasado o el presente. Me llamaba haragán y me decía que tenía que apurarme, que ella limpiaba mucho más rápido que yo, que se quería ir o me echaba en cara el no haber emprendido la limpieza antes, cuando podríamos haber aprovechado el lugar y no ahora que me iba. Estaba intranquila, nerviosa: se le notaba en las manos,  en los ojos, en la voz, en el cuerpo. Incluso en el aura que desprendía. Yo estaba algo ausente y cansado, como un personaje de película muda, y me costaba moverme por la habitación. No aceptaba que iba a dejar el lugar, prefería pensar que era otro juego. Cuando terminamos de limpiar,  saqué la basura y nos cambiamos lentamente. Cargamos nuestras cosas en mochilas, los artículos de limpieza o cosas por el estilo en bolsas de residuo negras y fuimos caminando hasta la parada del colectivo. Era la una de la madrugada y Celina seguía tensa y distante, como reprochándome algo ontológico. Como si me dijera que le molestaba mi olor, no mi ser. Pero era mí ser lo que olía mal para ella. El viaje en colectivo fue amargo e insonoro. Un silencio blindado: así atravesamos la ciudad, pasando por los barrios como si los viéramos por última vez. Era un ejercicio visual que parecía ajeno, pero no lo era: la película era sobre nosotros. Llegamos a su casa y nos bañamos casi sin hablar. En la cama vimos diez minutos de televisión y ella apagó el televisor. Antes de hacerlo activó el aire caliente y puso tres alarmas: la del aire que debía apagarse en media hora y dos despertadores. 

3.3.16

Sobrevilla, por Francisco Garamona



Melones

La máscara amarilla está viva, ahora es el fruto de una luz gaseosa. Puede oírse el ruido del crecimiento de sus cabellos, el polen amarillo de los melones aparece arrasado, un metal va saliendo, ves la herida de la mujer y la máscara se agita vacía, el cuchillo, las letras de un diario. Tocás tu frente donde una dimensión se hiela.


Frutillas

En la felicidad de un niño hay inmensos lagos planos. Artificios de eternidad, torres de frutilla. Sobre una cornisa aletean recuerdos. Un remolino insensato hizo girar la mesa. Los vidrios cerrados devolvieron la imagen, (violentamente) el gusto más cruel, rouge. Parecíamos mirarnos dentro de un espejo, ¿quiénes? Unos ángeles.


Duraznos

Hay una playa donde esperar con un fuego envolvente. Es la tierra en intensidad que vuelve. No han tardado en crecer unas hojas en el árbol de duraznos. La fruta asumirá su rol, si tuviéramos que compararla, lo haríamos con el hilo que conduce a los cielos, verdes, rugosos, del verano. Y de esa profundidad clara que es prueba única de la luz sibilante, que se inclina, hacia los frutos enormes, aún sin madurar.


Uvas

El hombre aparece en lo alto. Con una naturaleza musical recupera los intervalos abruptos con su forma infantil. Ahora camina, diseña cronogramas entre las luces del día. Alrededor unas tachaduras lo desvían y parecen girar entre unas uvas que recién cuajarán el próximo mes.


Limones

Hicimos mapas de nuestro viaje, en el balanceo caliente de unos rieles. La ventanilla del auto resplandecía en el fondo del agua. Mientras las paredes empezaban a fundirse, la mañana regresaba al punto de partida de un inmenso pasillo. La casa quedó aislada por su vuelta a los contrastes. El lugar de la muerte se proyectaba sobre un plato hondo, deforme. Código secreto que es nuestro alimento y nuestro escombro.



Tomado de: Francisco Garamona, Sobrevilla, Vox, 2015.


27.2.16

Saving Private Symns

(Correspondencia Enrique Symns)


2014

13 de junio, Mar del Plata
Andrés, no sé cómo hacen los demás, pero para mí la vejez es un problema irresoluble. Si bien mi mente está intacta y lúcida, el cuerpo me atormenta todos los días con nuevos problemas, incontinencia, dolores musculares e incapacidades de movimiento. La orquesta de mierda a pleno. Igual me encantan las mañanas cuando salgo a caminar por la playa y odio los anocheceres cuando mis conocidos se meten en la escafandra nocturna de los bares y yo me voy a leer en la cama. No hay días que celebren mi presente. Un presente sin almanaque, cuyos designios semanales, mensuales y anuales desarrollan ritos adaptativos en la gente. El Mundial de fútbol, las fiestas de Navidad y año nuevo, los carnavales son mandatos mundiales que movilizan acciones, emociones y rutinas de cientos de millones de personas en todo el mundo. Las fiestas patrias, el día el trabajo, ciertas conmemoraciones religiosas corresponden a manipulaciones nacionales y hasta la comercialización del tiempo creó el Día del Padre, de la Madre, del Amigo, del Amor y otras designaciones que además están inmersas en el lodo de la moral ya que no existe el día del ebrio, del adicto, del ladrón, del polígamo.
Un abrazo.
Enrique.

15 de junio, Mar del Plata
Amigo Andrés:
El hospital es el aeropuerto de la vida y de la muerte, ya que la gran mayoría nacemos en hospitales y partimos hacia la nada desde ellos, lo de tu padre es fantástico pero yo he vivido una existencia demoledora. Supe escribir que «la sangre es la única poesía que fluye como un río y por donde alguna vez nos escaparemos de noche, navegando alborozados, hasta perdernos para siempre.» Pero ahora todo cambió. Como ya he dicho más de una vez, mi vida cumple con la consigna de un bolero que alguna vez compuse y que se llamaba Rumbo, piérdeme el rumbo. Estoy solo, sin pareja, nómade por destino y no decisión. En los últimos dos años me mudé veintitrés veces. En cada mudanza pierdo todo, pero sobre todo el rumbo. Como ya imaginaba, bajo cobardemente hacia la muerte por la ladera de la existencia.
Te quiere, Enrique.

29 de junio, Mar del Plata
¿Cuándo termina de terminar lo que ya ha terminado? ¿Es posible olvidarse del tiempo? Los cirujas, los vagos, los orates, los despilfarradores del mundo quizá lo consigan. Borges comenta que si él supiera que su muerte se produciría un lunes sería feliz los martes y miércoles, los sábados estaría obsesionado y los domingos aterrorizado. La única salida sería huir a una isla aislada y dejar que la memoria desestructure sus mandatos hasta olvidar lo que nunca debió ser recordado. A diferencia de ti, vivo de recuerdos y la memoria es el más vengativo de los olvidos, como una secretaria ejecutiva colecciona tarjetas postales elegidas al azar y siempre salando las heridas, te extraño como si nos hubiéramos estado viendo.

26 de julio, Mar del Plata
Hola, Andrés. Mediodía frío. Ya mismo me voy a tomar dos Campari con naranja y brindaré por vos. Enrique.

16 de agosto, Buenos Aires
Andrés querido, el público se apega a las canciones y siempre quiere escuchar lo mismo, lo cual colabora con aumentar la dosis de mediocridad. Pero eso ayuda al músico a trabajar menos. En literatura también la gente relee mucho, yo no dejo de leer El extranjero, de Camus, y cada vez me golpes igual, desde la primera línea: «Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé». Me alegra tu retorno y espero encontrarnos. Estoy tratando de escribir una novela sobre la vejez, pero la vejez me ha hecho perezoso. Le tengo un poco de miedo a Baires. Querido amigo, hasta pronto, el sábado me embriagué suavemente. ¡Qué rico! Un abrazo.



Tomado de: Andrés Calamaro. Paracaídas & Vueltas. Diarios íntimos, Buenos Aires, Planeta, 2015.

23.2.16

Suburbio, por Manuel Alemian




el ladrido perezoso y rítmico
la niebla la helada
o la increíble escarcha de los charcos


en el colectivo vacío hace frío
asado vacío chorizo morcilla
tablón caballete peronista banquete


las hojas por todos lados
el rastrillo de tierra y el de pasto


se usa bidet
o no tiene bidet


están todos tocados en la banda
los ojos despatarrados
la mirada huraña
en cada esquina del barrio
la cana la sirena
ahí la banda se desbanda
el que más ve quien menos tiene


si hoy comer es más caro
si un celular da amistad
si un concejal es cosa rica
qué rico es el concejal


quien no tiene futuro
recibe un plan
un plan que no le alcanza
y le quita dignidad


alrededor del barrio
los fideos que les sirven en el comedor
y el celular lleno de polvo
un chico piensa sin dvd sin nada
me agarró enfierrado el móvil policial
y me tuvo que sacar el concejal


fumando fasos marca pirulo
me cuenta cosas tan espantosas
pero todo es tierra la calle es de tierra
las hojas del jazmín cubiertas de tierra
las zapatillas blancas cubiertas de tierra


fuimos un feriado
a pescar a la tosquera
un montón de bagres
de un verde medio marrón


la ambulancia no llega
y la infección la gangrena
que le descubrieron


una gomería de ocasión
una santería junto al corralón
una casita sin revocar
un tejado sin colocar


con el agua contaminada
vamos a ver al concejal


en el cruce de las rutas
el barrio paupérrimo
repleto de fértiles vientres
y sus órganos vivos
viva el malón


cambia el hábito del sifón al bidón
planta sandías y tiene gallinas


la huella aplastó el lomo de burro
paloma que la gomera dejó
croan las ranas
el bicho feo
el grillo


una nube de polvo
entre el marrón y el gris
como un huracán
nos deja el camión del pan
y los Falcon empiezan a faltar
como el Chevy o el Polara
el Renault 18 el Renault 9
también
en su versión remís sin patentar


pero hoy llueve y la calle se ablanda
y los camiones las camionetas
de basura
de botellero


una chiquita húmeda
por la llovizna y el pobre algodón
de la blusita de la patrona
del country de su mamá


si llueve la cancha es distinta
si llueve el campito se inunda
si llueve la bici es de cross
si llueve las goteras hablan
si arrecia la lluvia se humedece todo
el agua de lluvia ensucia el barrio
el barro


las aguas de las cloacas
son fétidas
y la cría juega
los perros de la sarna
andan temerosos
y casi siempre los autos los chocan
andan cachuzos
hasta que van a morir a las zanjas
o a algún pajonal


la casa de esa extraña religión
tabernáculo de adoración


cuando el sol seca los cardos
el barro del pelo del perro
el techo de chapa
y se hierven los radiadores


poner sonidos al bicho feo
la cigarra
al canario del almacén
los gallos y alguna vaca
al tunning del ciclomotor
al hielo del whisky del concejal


el coche chico para el capricho
el coche tocado
choque


la delegación municipal los caños
la transparencia es fundamental
las gestiones
la campaña electoral
las pintadas las boletas
los barrios periféricos
tour del concejal


sociedad de fomento
va al centro
a Capital
en tren en bondi o en combi


garrafa culebra membrana vereda
la piba el chabón los pibes
la basura del arroyo
la infección
curabichera


aspiradora no compresor sí
uva chinche
el listón el machimbre
el bache


si tenemos varios hermanos
el olor de la leche de la escuela
donde no hay transporte escolar
no hay golf no hay tenis
fútbol
en la plaza de El Jagüel


bendito naranjú
bendito alcohol con naranjú
bendito helado naranjú


barro en la camioneta
turbodiésel del concejal
que viaja a La Plata
o a Chapadmalal
y promete la cloaca
y se queja
del barro en el mocasín
caca de cólera
diarrea indigente
y abandono sindical


el sándwich del fiscal de mesa
la vianda del fiscal de mesa
la plata del morfi del fiscal de mesa
no aparece


todos somos albañiles
y atardece
en la vereda cerveza y sombra
los cachorros con los chicos
la abuela ceba el mate
y la doña torta frita


Tomado de: Manuel Alemian. Oreja tomada. Todos sus poemas 1993 / 2013, Eloísa Cartonera, 2013.

“Suburbio” y otros poemas de Oreja tomada pueden escucharse en el proyecto REBENQUE Y ALFALFA, musicalizado por Emiliano Herrera.