6.11.15

Las operaciones fallidas, por Daniel Riquelme


Los cuerpos permanecen en sus bolsas transparentes. Los cuerpos embolsados unos sobre otros, apilados en la vereda. Ni del todo muertos ni del todo vivos. Todavía es posible ver a través de las bolsas los estertores de los cuerpos antes de sucumbir. Detrás de los cuerpos apilados en la vereda, pueden verse tras las ventanas y las puertas, las habitaciones donde los cuerpos reposan. Los cuerpos ocupan literas cuyos cubículos solo pueden verse desde el exterior. De allí cada cuerpo es retirado y llevado a la mesa de operaciones. Cada cuerpo es tratado con gran delicadeza y profesionalismo por los especialistas. Cada cuerpo es retirado de su litera donde yace y con palabras de aliento son trasladados a la mesa de operaciones. Una vez que los cuerpos son depositados con dedicación, se los cubre con una sábana blanca impecable. Los profesionales encargados del traslado se retiran. El cuerpo ha quedado inundado por la luz.

Las luces de la mesa de operaciones poseen dispositivos para iluminar cada cuerpo en todo su volumen. La mesa de operaciones es un espacio sin sombras. Cualquier sombra, por ínfima que surgiera, pondría en serios riesgos a las operaciones a realizarse. El cuerpo debidamente puesto en la mesa de operaciones debe ser iluminado en su totalidad. Cuerpo envuelto en luz. Cada pliegue, cada orificio, iluminado. Cada vellosidad, cada protuberancia, iluminada. Cada cavernosidad, cada arteria, iluminada. En el espacio de la mesa de operaciones, la sombra brilla por su ausencia. En el espacio de la mesa de operaciones, la sombra es la verdadera enfermedad a extinguir.

La primera extracción quirúrgica del cuerpo es la sombra. El cuerpo sumergido en la luminosidad carga con su sombra. La sombra inexistente adosada al cuerpo. La sombra es parte del cuerpo. Este diagnóstico justifica con creces la intervención quirúrgica de la luz. Es absolutamente necesario que el cuerpo exude hasta el último resquicio de sombra. Una vez que esto es contabilizado, registrado por tomógrafos especiales que penden del techo, empotrados en las paredes y en el piso de la sala de operaciones, estamos en condiciones de esperar la entrada del anestesista.

El anestesista es el primer cuerpo con nombre. Sin lugar a dudas, el anestesista es el personaje central de las operaciones sobre los cuerpos diagnosticados. Una condición sine qua non para ejercer esta función es que un anestesista nunca, por ningún motivo, interno o externo a su función, haya sido anestesiado. El anestesista debe ignorar absolutamente los efectos sobre sí de la anestesia que aplica. Antes de cada intervención, el anestesista debe ser escaneado hasta cerciorarnos que su cuerpo no registra ninguna partícula de anestesia. Un anestesista anestesiado es una tautología que la mesa de operaciones rechaza de plano. Un anestesista anestesiado es una falla ética con consecuencias inverosímiles. Las contadas veces que esta desgracia tuvo lugar, contadas con los dedos de una mano, la indignación convocó multitudes de cuerpos. Única motivación para la movilización de los cuerpos registrada en la mesa de operaciones. Cada cuerpo tiene asignado por cartilla un anestesista y al respecto, no hay derecho a réplica.

La elección de los anestesistas requiere del ojo clínico. Los anestesistas son elegidos entre los cuerpos capaces de la más estricta abstinencia. Cuerpos que demanden apenas lo necesario. Cuerpos cuya interacción con su medio se reduce al mínimo indispensable. De estos cuerpos con apariencia de subsistir por sí mismos, serán seleccionados los anestesistas. En la escala de los cuerpos, el anestesista tiene un lugar privilegiado, resultado de su profundo ascetismo. El anestesista es la encarnación más acabada del justo medio aristotélico. El sueño, el anhelo de innumerables generaciones de moralistas, alcanzó por fin su realización en el cuerpo presente del anestesista. La veneración por el cuerpo del anestesista no tiene límites aunque sí fundamentos. Se ha registrado en una ocasión el asesinato de un anestesista, quien fue devorado parte por parte, a lo largo de un año bisiesto, por otro cuerpo. Este único caso, luego de ser juzgado y sentenciado a la desaparición, sirvió de escarmiento.

Anestesista es un ser desapasionado. Ninguna pasión debe guiar su proceder. El anestesista no se reproduce. No es necesario prohibirle lo que en tiempos remotos se conoció como comercio sexual, puesto que la abstinencia del cuerpo impide el mecanismo reproductivo. El anestesista se produce. La producción de un anestesista es un acontecimiento cultural. Nadie nace anestesista. De ser así, la simple decodificación genética nos daría la cepa correspondiente para reproducirlo. La producción de un anestesista es anunciado en el Boletín Oficial y es motivo de festejos por parte de los cuerpos, inducidos por diversas anestesias.

La entrada del anestesista a la sala de operaciones es precedida por un silencio solemne. El anestesista es la gran estrella de la sala de operaciones. Las operaciones únicamente sirven para llenar planillas de estadísticas. Si hablamos de arte, el verdadero artista es el anestesista. A él se entregan los cuerpos con la más absoluta confianza. Este ponerse en manos de, posee un nutrido historial clínico. Quedan registros de sociedades reaccionarias que buscaron, a través de subterfugios retóricos y/o dialécticos, equivalentes sucedáneos al anestesista en personajes conocidos como hombres de fe, en ocasiones denominados sacerdotes. Los más progresistas, los han querido ligar a los antiguos médicos. Lo cierto es que ya no existen ni hombres, ni fe, ni médicos. Nombres, títulos, creencias, ciencias, han quedado definitivamente sepultados tras el salto. Tras el salto han sobrevenido los cuerpos. Hoy por hoy, los cuerpos encuentran sus operaciones. Mediante un trámite de una sencillez desconcertante, cada cuerpo tiene acceso a un anestesista asignado por cartilla. Una gota de sangre del cuerpo le alcanza al anestesista para elegir la anestesia adecuada. Gran parte de la eficacia del anestesista se define en esta elección, llevada a cabo bajo condiciones de extrema concentración. El anestesista dispone de una gran variedad de substancias. Para ello, se apoya en la profunda sabiduría de los nosógrafos. El salto nos permitió pasar (nuestro pase civilizatorio) de la sofia antigua a la verdadera sabiduría. Con la nosología hemos llegado a la verdadera transparencia. La tan ansiada transparencia, que supo tener en la antigüedad defensores acérrimos, extraviados creyentes en el decir-todo como progreso humano, algunos tipos particulares de engendros libertarios y anarquistas, solo fue realizada a partir del salto. La nosología ha logrado determinar el mapa administrado de los cuerpos. Cada cuerpo puede ser descompuesto en cada una de sus partes, sistemas, órganos, células, mitocondrias, hormonas, humores, neuronas y demás. La nosología ha logrado derribar el último bastión tras el cual se atrincheraban los ocultistas, reservorio viral de lo mental. Los ocultistas nos corrían con eso del uno por uno. Pero la tienen adentro. La nosografía logró el auténtico uno por uno. Cada cuerpo es único e irrepetible. A cada cuerpo su anestesia. El salto nos permitió dejar atrás tanto la sofía antigua como lo mental. No se confundan. Esto no fue consecuencia de un plan determinado. Hubo un salto. Si hay salto hay acontecimiento. ¿No era lo que esperábamos? ¿Queríamos un mundo nuevo? ¡Esto es nuevo!

El anestesista. Cada cuerpo con su anestesista correspondiente. La anestesia es el acontecimiento. A cada cuerpo su anestesista asignado por cartilla. Cada cuerpo espera la operación en su litera. La operación puede ser exitosa o fallida. Luego de una operación exitosa los cuerpos quedan a disposición. Las operaciones fallidas producen residuos, en general, eliminables. Otra gran parte del arte anestesista reside  en que los cuerpos que producen las operaciones fallidas bajo ningún punto de vista tengan registro de las mismas. La hecatombe, la catástrofe, sería que un cuerpo tuviese algún registro de ser producto de una operación fallida. Una vez pasó. El arte del anestesista es que sean cuales fuesen las consecuencias de cada operación, el cuerpo, no deberá sentir (vivenciar es un término de la antigüedad). No importa qué. El cuerpo no debe sentir nada.

Durante un tiempo, quizás haya sido una temporada estival, quizás carnaval, quisimos denominar el acto del anestesista como aplanamiento. Pudimos situar que se trataba de resabios de hábitos antiguos, peregrinaciones peligrosas hacia un pasado de definiciones ontológicas. Desde entonces, hemos procurado dejar al anestesista por fuera de cualquier definición. El anestesista es un ser en el mundo cuya función requiere una concentración, una solvencia ética que no lo distraiga de su acto, una conquista de sí que le permita acceder cual autopista orgánica a lo incalculable de su hacer. Un cuerpo envuelto en la refulgente luminosidad de la sala de operaciones, sumergido en los vahos refractados de la más pura claridad hasta hoy alcanzada en el cénit del único saber verdadero, es lo más cercano, lo más próximo, la proximidad más íntima que un cuerpo puede tener al origen de su creación. El anestesista cumple así una función suprema, llevando al fundamento fundamental a cada cuerpo. Un límite implacable al dolor. Ni malestar por baja tensión ni por eyaculaciones de alta tensión. Digamos, para que el sentido común no se sienta abochornado: un estabilizador de tensiones. El anestesista sabe qué necesita cada cuerpo para estabilizar sus funciones naturales. Y puesto que hasta la fecha, la naturaleza se ha empeñado en su error, no nos ha quedado otro remedio que corregirla. No hemos utilizado adrede la palabra remedio. Es una palabra antigua que anticipaba nuestro salto. Remedios al alcance de la mano. Hay experiencias que no deben congraciarse rápidamente con el azar. El anestesista es un producto del azar contra el azar mismo. Nunca se ha registrado que de un anestesista nazca, por así decirlo, otro anestesista. Pretender eso sería una falacia ortogenética. El anestesista es un producto del azar, ninguna medida de control influye en su producción, como la de cualquier otro cuerpo, en la sala de operaciones.

Como ya dijimos, a medida que evoluciona (¡qué antigüedad!) el cuerpo, se comenzará a observar si tiene pasta de anestesista. Como ya dijimos, si presenta los signos de abstinencias suficientes y necesarias pasa a proyecto de anestesista. El camino es largo, imposible. Hubo un tiempo perdido en los tiempos de los tiempos que algo denominado humanidad buscó un tipo, un primer tipo, al que denominaron embrión. Selección, cálculo genético. Manipulaciones, a la cacería del azar. Tanto mangrullar frente al dolor de existir… A ningún cuerpo le pesa la formidable reducción a la que hemos arribado, luego del salto. La sala de operaciones es la excelencia más alta  de simplicidad adquirida a partir del refinamiento de la luz. El camino hacia la esencialidad de la luz ha sido la traza paralela a la producción del anestesista. Pero esta simultaneidad, dialéctica en algunos tramos de su vencida historia, acontecimiento en tiempos remotos, se nos ha develado en el opíparo instante de su fortuna. En el evidentísimo deterioro de las masas secas por la objetividad, destellaron agónicas, las hebras de un futuro perfecto.

Las operaciones son ejecutadas en salas perfectamente iluminadas. Los cuerpos, una vez retirados de sus literas, son conducidos a la mesa de operaciones. Cada cuerpo cuenta con un anestesista asignado por cartilla. Ningún azar interviene al respecto. Cada cuerpo tiene derecho a una A.U.A (Asignación Universal de Anestesia). Derecho universal inviolable. Los cuerpos sumergidos en la luz. Cuerpos deshabitados de sombras. El cuerpo específico, sin resabios. Los cuerpos pierden la gravedad terrenal. Los cuerpos esperan en sus literas. Algunos críticos, aún subsisten, han llegado a comparar nuestras operaciones a los antediluvianos criaderos de pollos. Esta práctica consistía en someter a esta especie gallinácea extinguida hace siglos, a un crecimiento desmesurado a base de hormonas, que se demostraron cancerígenas, y a una iluminación artificial obsoleta. Lo que estos críticos, fanáticos de un historizar francamente superado, no han llegado a entender es que la luz que inunda los cuerpos no tiene nada de artificial. No quedan huellas sobre las cuales montar una diferencia entre lo natural y lo artificial. Todavía quedan extractos orgánicos de aquellas batallas que algunos osados calificaron de éticas. Batallas éticas entre defensores de lo natural y las vanguardias remotas de la ciencia. Lo natural es un bello relato, como alguna vez lo fue el progreso. Naturaleza es un arcaísmo que ya no utilizamos. La luz que baña los cuerpos es la única luz posible. Luz que asciende y desciende. Luz que atraviesa y penetra los cuerpos. Los cuerpos sostenidos en la luz. Los cuerpos mismados en la luz. Algunos visionarios hablaron de transparencia. Desconocemos las causas de porqué aquellas visiones llevaban por nombre ensayos y eran utilizados para alcanzar ciertas metas o grados en establecimientos universitarios.
Destellos. Son los que nos llegan del pasado y del futuro. Una excesiva porción de tiempo fue engullida por esta absurda fragmentación. ¿Cómo habrá sido la vida de un cuerpo teniendo que lidiar con un pasado, un presente y un futuro? Tomar la falla como estructura termina siendo el obstáculo más absurdo. Uno tras otro, y el orden endemoniado de las sucesiones. Hormigas arrastrando una tras otra pequeños eslabones de temporalidad, una tras otra recostada en el ensueño palpitante de lo impensado. Escalar el peldaño desbarrancándose. Dicen que en aquel entonces, hasta unos seres inferiores llamados niños se daban cuenta. Pasado, presente, futuro, eso ya no existe. Los tiempos de búsqueda son tortuosos. Dicen que la Edad Media duró milenios. Dicen que inventaron nombres a lo pavote, en la ilusión de la superación. Todo eso nos ha provocado una descomunal arcada.

Cada cuerpo espera en su litera. Es un modo de decir que esperan en sus lugares. Esperan las operaciones en un presente continuo, por así decirlo, como la luz que sostiene los cuerpos. Al fin y al cabo, este ha sido el verdadero acontecimiento. El verdadero, el único que ha merecido de cabo a rabo nominarse acontecimiento, ha sido este: la luz. El acontecimiento de la anestesia y la luz. La anestesia es luz y la luz es anestesia. La anestesia es el envés de la luz. La luz es el envés de la anestesia. La anestesia luz. La luz anestesia. Dislocación del relato bíblico. Realización del verdadero origen: los cuerpos iluminados en su anestesiada realidad. Cuerpos reales: realmente destellados. Cuerpos inmolados por la luz. El acontecimiento lumínico escabiándose lo obscuro. Las operaciones persiguiendo, hacha y tiza, las sombras. Las operaciones producen cuerpos lumínicos. Las operaciones buscan el éxtasis lumínico de los cuerpos.

Las operaciones fallidas reposan en la vereda, dentro de sus bolsas los cuerpos aún drenan líquidos. Cuerpos ni vivos ni muertos, en ese presente continuo que sostiene los cuerpos en un estado neutral, entre la vida exquisita de la anestesia y la consumación. A condición que los cuerpos no retengan, no registren ninguna experiencia de su pasaje por la sala de operaciones. Como ya lo dijimos, de suceder esto, un enorme retroceso se verificaría, un paso atrás sin precedentes.

Cada cuerpo permanece en su litera. Después de atravesar la Gran Noche del Mundo a pura vislumbre. Después de atravesar el puente desde el interior de un hospital desembocando en una calle: en una dirección calle de tierra que se internaba en el campo, en otra dirección hacia el pueblo. Mientras caminaba, en el interior de una casa en construcción, vi la sala de operaciones y amontonados en la vereda, bolsas de plástico, y en su interior los cuerpos, los productos de las operaciones fallidas. Los cuerpos tenían cortes pero no sangraban. Las bolsas contenían cuerpos y líquidos orgánicos, humanos, sueros tornasolados de rojo y amarillo orín. Los cuerpos embolsados apilados uno sobre otros en largas hileras sobre la vereda. Los cuerpos no están muertos pero tampoco podemos afirmar que viven. Las operaciones fallidas producen cuerpos que permanecen en ese limbo insensible. Las operaciones fallidas producen cuerpos como zonas intermedias entre la vida y la muerte. No es posible afirmar que existan, pero tampoco que no existan. Lo que sí parece definitivo es su dramática (por expresarlo de algún modo) expulsión del mundo de los vivos, si tal cosa existiera. De lo que no cabe duda es que las operaciones fallidas producen cuerpos fuera de la existencia. Cuerpos reducidos a sus bolsas, a sí  mismos.

Las expresiones de los cuerpos en sus bolsas varían desde el rictus rígido de la retención al alivio consternado de la despedida, del dolorido sofrenar de un recuerdo que se ha abierto camino desde lo más profundo hasta la mueca de la sonrisa idiota del que se abandona a la sabiduría del anestesista. Cuerpos sin existencia reposan unos sobre otros, apilados en sus bolsas. La altura de las pilas de cuerpos nunca superan los 2 metros, de lo contrario las bolsas se deslizan y desbarrancan. El apilamiento evoca un depósito orgánico. Bolsas transparentes cuya resistencia asombrosa impiden que los líquidos surgentes se derramen o se perciba olor nauseabundo alguno. La presencia de los cuerpos ha quedado definitivamente suspendida al primogénito sentido de la visión. Un hecho fáctico absoluto es que la única prueba real de la presencia de un cuerpo es su visibilidad. No hay olor que nos anuncie su cercanía, ni tacto que despierte escozor, ni voz que evoque algún llamado. La eficacia, tanto de la anestesia como de su brazo ejecutor, el anestesista, es haber reducido los sentidos al único de la visión. Los cuerpos en sus bolsas solo existen si los vemos. Si no los vemos en sus literas o en sus geométricos apilamientos, no existen.

Cada cuerpo embolsado anestesiado en su mismidad. Cada cuerpo embolsado ignora ferozmente la existencia de otro cuerpo embolsado. Tal vez lleguemos a tomar dimensión del gran logro del anestesista, a pesar de algunas resistencias. Para ser absolutamente objetivos, como este informe lo requiere, debemos hacer mención de una cepa de nostálgicos. Los anestesistas están trabajando en eso. Los nostálgicos son difíciles de erradicar. Les llegará su turno y decantarán. A cada chancho su San Martín. Cada cuerpo en su bolsa. El anestesista recorre la sala de operaciones, recoge los signos vitales de los cuerpos y aplica la dosis necesaria. Hasta cuando deberemos seguir imprimiendo estos folletines berretas para informar de una vez por todas lo que está a la vista de todos: hemos neutralizado el dolor. Cada cuerpo en su litera. Los cuerpos permanecen en sus bolsas.                                                                                                                                     

   Chacabuco/Avellaneda
   Julio/Diciembre 2014  

2.11.15

La vida en Córdoba, por Vicente Luy


Yo de chico tuve un hijo, y jamás fui tan feliz como cuando
tomé Prozac la primera vez. Pero el tiempo pasa. Aunque te
pases la vida esperando el tiempo pasa.
Así que me hice puto, y me puse viejo y canoso; tipo medio
oeste americano, pero ateo.
En octubre me casé y de un día para el otro se me fue el
olor a pata; así que fui feliz un tiempo. También fui judío
y florista peinado a lo Muñeco Mateyco. Pero todo acabó.
Siempre pasa .-


Tomado de: Vicente Luy. La vida en Córdoba, 1999.

26.10.15

Como la música, por Sofía González Bonorino


Sobre La rebelión de los árboles (Leviatán, 2015), de Liliana Guaragno.

Liliana Guaragno escribe como si soñara, con esa libertad e irreverencia del sujeto no sujeto, entregada a una música que le pertenece sólo a ella.

Hay algo de la textura de los sueños en estos relatos, en su ritmo, fijas las imágenes a una rara temporalidad.

Una respiración: la nuestra, la del mundo vegetal, la respiración de las piedras, de los caballos, de los objetos: una mesa, larga, una mujer tirada, boca arriba, sobre la madera.

Este libro no es, como podría creer un lector apresurado, un relato de sueños.

Hay mucho de onírico, pero podríamos decir, a la inversa  del Funes de  Borges: “Mi vigilia es como el sueño de ustedes”.

Atrapar dormidos eso que se rechaza durante el día. Traer al pensamiento lo que soñamos durmiendo (1) y que Liliana sigue soñando despierta, pero esta vez, en forma de literatura.

Envolver en palabras, en la malla de la escritura, aquello que emerge de lo más hondo de nuestros oídos, como desde un mar profundo. 

Las imágenes se enredan a antiguos sentidos, como a algas sedosas.

Sonidos en nuestros oídos, plenos de significaciones aún por traducir.

Como hilos del más fino encaje, las palabras de Liliana atrapan eso que, una vez escrito, se pierde para siempre.

La escritura- mortaja, paradójicamente,  traerá vida al lector.

La Rebelión de los árboles se da en  ese espacio mínimo, incierto, que separa el sueño de la vigilia.

La narradora observa y describe un paisaje, un clima, una geografía de la que forma parte y de la que, al mismo tiempo- y sobre todo- está excluida.

La exclusión, en estos textos, pareciera ser condición de escritura.

De ahí esa quieta melancolía que se desprende de las páginas del nuevo libro de Guaragno.

Palabras que aluden, pero que parecen no nombrar nunca. Como si la función de cada palabra escrita fuese abrir caminos que no conducen a ninguna parte, pero  que nos llevan, un instante quizá, a esa nada en cuya pureza nos hundimos con culpable felicidad.

Senderos de sentido que se entrecruzan, se enroscan, se abrazan amorosamente para luego separarse, con furia, y caer. Y dejarnos solos, aturdidos, como cuando despertamos de una siesta, en una bochornosa tarde de verano.

Diferentes reflejos se expanden. Una imagen y su doble. Una palabra y su eco. Y el lector, y el cuerpo del lector que se sacude y despierta  a cada frase, como en los brazos de una madre mala, engañadora.

Los objetos emanan como de un sueño, sin causa, caóticos.

Asfixiante promiscuidad.

Una literatura de experiencias. No de argumentos.

El universo de La rebelión de los árboles, es sin tiempo, si ligamos a la idea de tiempo la de  sucesión. Si es que el presente, como una matrona plácida, que nos mirara con dulce sonrisa desde su poltrona, pudiese ser un tipo de temporalidad. 

Estos relatos nos sumergen en un tiempo casi detenido, casi como que no sucede. Como la respiración. Las imágenes nos golpean,  parecen venir de historias que nos preceden, que ya son parte de nosotros, los lectores. Y sin embargo, la narradora no apela a la complicidad. Ella misma está afuera, como dije, casi excluida de su mismo relato. Personaje, la primera persona, vista de lejos, de lejos amada, de lejos compadecida y admirada por una narradora que se desconoce y se desdobla, locamente.

Limitada, a veces, también, a la sola descripción.

Su función consiste, parece, en describir lo que está y lo que falta en ese tan extraño tiempo presente suyo que contiene y anula todos los tiempos.

Escritos en un primer plano-siempre en un primer plano- estos relatos casi cinematográficos, no nos dan respiro: una sucesión, a veces vertiginosa, de sensaciones, sospechas, revelaciones, angustias, deseos y fugaces entregas al otro que, como aparición extraordinaria, nos convoca.

Leer La Rebelión de los árboles es una experiencia distinta.

Intraducible, como la música.

Literatura inspirada, esa que viene quién sabe de dónde.

Del “más allá” dicen algunos.

Escribir porque hay que escribir.

De puro gusto.

En Pasajeros del tiempo la narradora, se entrega, toda, a las sensaciones de estar viva.

Ella es feliz con no poco: una enormidad si amamos.

Cito: Fuimos felices unas dos horas y media, sentados con ropas livianas alrededor de una de las mesitas de la vereda.

O

Era una fiesta la vida.

Estar cerca del cuerpo deseado, dejarse quemar por los ojos que nos miran y dejar que el cuerpo, virgen todavía, vaya tomando su forma. La forma única que adquiere bajo las pupilas del hombre que deseamos.

Hay algo de esto. Y ella, habla, entusiasmada. Y, como siempre, las palabras rompen el hechizo.

Singular e  irreverente, este libro, no deja lugar a dudas sobre la gratuidad de la escritura y el hecho, tantas veces olvidado, de que un escritor, si ejerce su divino don, escribe lo que quiere, como quiere, cuando quiere, sin someterse ni obedecer a nadie.

La libertad, quizá lo más preciado para un escritor, da vuelo, consistencia e identidad a este libro de Liliana Guaragno.

Luego, con la escritura, ella debe someterse, sí: a las voces que surgen del texto. Como Juana de Arco a las suyas.

La fe de Juana no es nada, sus voces son todo,  dice Marina Tsvietáieva.

En La cantante calva, uno de los relatos de este extraño libro, Liliana escribe:

Tanta estupidez rodeándola, hizo que dejara el habla cotidiana para sólo cantar.

La narradora de La Rebelión de los árboles es  exigente, pero sin prejuicios.

Alejada de toda doctrina.

Un corazón joven, capaz de amar.

Los relatos de L.G. nos introducen en un mundo en el que la muerte está más que presente, pero ha perdido sus rasgos cadavéricos.

Cito: Ante la Muerte suenan otras campanas, no dulces ni graciosas, suenan oscuras e infinitas, suenan por todos nosotros.

Y luego, en ese mismo relato: Y en este junio, exactamente el día 9, mi hermana Inés dejó este mundo y lloré por ella, y lloré por mí- que nunca fui ni seré una campanita como mi amiga- Lloré por la muerte propia mientras tañían todas las campanas del mundo. (Campanita)

La muerte, esa música.

En Verde verano,  la narradora se da cuenta de que todos están muertos, ella inclusive. Y lo dice de un modo casual, sorprendido, como nos ocurriría si, al salir a la calle, nos diéramos cuenta de que nos pusimos el saco al revés.

Darle vueltas a la muerte. Perderle el miedo. Y hacerle frente,  a través de la escritura.

La muerte ha perdido su ferocidad. Cubre como un cálido y compasivo velo  nuestros alucinados ojos de lectores.

En La Rebelión de los árboles, el lenguaje escapa a su uso convencional. Arma un mundo de exaltación y capricho, en el que, una vez que entramos, deseamos quedarnos.

El texto de Liliana respira por y a  través de su lenguaje: organismo vivo, pleno de deseo.

Las imágenes, inesperadas, salen a la superficie del sueño-vigilia para poblar el espacio casi mágico que abre la escritura.

Cito: Alma, el carnaval no termina nunca.

Y el amor:

El literario, ese que se profesa a ciertos escritores,  y el otro, el de aquel Florencio de En la letra.

Cito: Le enviaba por año, aproximadamente, un cuento, o dos. Jamás respondió, tal vez porque ardía en las letras ese amor imposible. Siempre tuve amores imposibles de carne y hueso, pero esa etapa ya terminó. (…) Y luego: 
Florencio era mi único amor, sólo pensado, ni siquiera pensado, era una flecha siempre detenida en el aire, lanzada, que cruzaba el espacio pero nunca llegaba al blanco. Increíblemente el amor mío crecía, y el fracaso me llenaba de felicidad.

La realidad se transforma en una película que no tiene fin. Jardín y noche se superponen, en dos planos simultáneos, que se abrazan y confunden, como amantes que anhelan fusionarse.

La conocida geografía de todos se anula, revelándose, de pronto, absurda.

La narradora se mueve, y nosotros con ella, en un mundo de figuras agazapadas. Afina la vista, intentando ver. Pero, dice: sólo veía sombras.

La voz es un faro que guía, aunque al principio sea una voz dormida, que se despierta, penosamente. Cito: Una voz que se despereza.

Y la escritura.

Encerrada en el cuaderno de notas- esa caja del tesoro- recuperada cuando el encanto se ha roto y se siente, dice: la pesadez de regresar, ese cuaderno sin el cual nada, ni la película, ni el aire enajenado, ni la liviandad seductora, ni la fiesta de colores, hubieran sido posibles.

A veces, como en Entrecine, el duelo se abre, inesperado. La realidad de celuloide parece abrazar a la protagonista, contenerla entera, a ella y a su vigilia. Con los ojos vueltos hacia adentro, ella ve claramente lo perdido. Sabe que el hombre buscado es el que se fue para siempre, el que ella, habitante de un tiempo cinematográfico, ahora plenamente lúcida, va a añorar hasta el fin de sus días.

Arriba, los pasos del muerto sobre la madera.

Fuera de la película, la mujer entra en la realidad del sueño.

En La rebelión de los árboles, los lazos se han roto. El cuerpo está demasiado cansado: una generación en la otra, superpuestas como capas de células en la misma piel.

La narradora-tía de Transformación, afirma: Ya soy libre, libre de mi historia, libre de mí.

Cierta quietud aterida, tensa, salta sobre el cuerpo desnudo que nos sorprende al comienzo del relato, gordo, blanco, pesado sobre las baldosas, con eso de grotesco que tienen los cuerpos cuando el lenguaje se ha perdido para siempre, y la carne, sin discurso,  se vuelve como de piedra.

La muerte tira al suelo a la protagonista de esta historia. La vence, sin combate.

La muerte, encapsulada en esa vida como en una nuez, se libera.

La escritura de Liliana se nos escapa detrás de múltiples veladuras.

Cito: Pero en el comedor o en la legión, una luz me atraviesa y es el don de Dios que disipa esos temblores que mi cuerpo manifiesta cuando estoy en casa. Como si en la casa quedaran los resabios de una nerviosa vid, abundante de odiosas memorias, a las que intento apartar para no volver con el recuerdo, aunque a veces alguna flecha golpea mi pecho.

Ligada al placer,  la escritura de Liliana Guaragno no busca más que persistir.

Para romper la completud que tiene lo no dicho.

Esa completud mortífera.

Liliana escribe en Quilmes, mirando el cielo por sobre los techos, con los ojos lejos, siempre.

Ella, y el  solo y pavoroso tiempo de la escritura.

La Rebelión de los árboles se saca de encima la experiencia cotidiana. La narradora está fuera del tiempo de los otros.

Cito: Tengo el pálpito de que personifico un papel en una película de la que quisiera huir.

La pasión por la mudanza, el leve y veloz desplazarse del ojo y de la palabra, como pájaros las letras, de frase en frase.

Un fuego (de amor) (de creación) pone en movimiento las energías del lenguaje.

Cierta ebriedad, propia de la escritura de este libro, en el que las imágenes excitan los sentidos, no nos dan tregua, y antes de poder pensarlas nos entraron por los ojos, los oídos, ya nuestros dedos las rozaron, y ya nuestro olfato percibió el olor del eucaliptus.

Los textos de La Rebelión de los árboles se pueblan de frutos maduros, higos dulces que cuelgan de dulcísimas higueras, tallos encorvados por el peso de las vainas,  y el tacto que nos deja percibir fragmentos de cuerpos sólo conocidos por ese deslizar de los dedos sobre la piel de los objetos: el fruto de la higuera no es áspero.

Y los olores:

Extraño el perfume intenso de los jazmines, dice en Ángela.

Palabra en mano, con pulso firme, Guaragno va creando la forma necesaria a cada frase. O mejor dicho, de un modo proustiano: va dejando nacer la forma: arranca del  tiempo lo que fluye, lo que se escapa, lo que deja miles de grietas y silencios, y nos lo ofrece bajo la delicada forma de una frase. (Proust diría de una metáfora)

En este mundo de la Rebelión de los árboles, no hay realmente  imposibles. Porque el imposible pierde ese lacerante e inconsolable  dolor que sienten los que lo padecen, para provocar en la narradora una exaltada alegría.

Hay una nostalgia, sí, pero  desprovista de  tristeza. 

La narradora sabe, como Ofelia, y como el mismo Hamlet, que la vida es un juego perdido de antemano.

Acá, la pérdida tensa el hilo que recorre cada uno de los  milagrosos relatos de este libro.

La narradora se niega a llorar por eso, por lo que sabe.

Angela, ¿piensas a veces en mí?, pregunta inútil, tristemente.

El pasado, a veces, aparece como una construcción en ruinas, que amenaza derrumbarse y dejarnos solos, sin poder defendernos, ante la voracidad de  la muerte.

Mi tiempo es un lento pasajero, dice en algún lugar la narradora. Pasajera ella también, de un mundo que le corresponde sin pertenecerle. Un mundo siempre por conquistar.

La escritura se respira.  Es condición de vida.

La narradora, a veces, deja caer los velos.

Cito:

Con él supe de mi ignorancia: una vez, viajando en el colectivo, me preguntó qué música me gustaba, le dije: el jazz.
-          ¿Pero qué clase de jazz?
-          El tradicional, contesté.
-          ¿A quién escuchás?
-          No sé.
Me miro irónico. Pero era verdad que yo escuchaba jazz (…) Lo único que me importaba, concluye, era perderme en la música.

La narradora desprecia ese saber que viene de afuera, que es de todos. Hay más verdad en esas horas frente al Winco, en ese perderse para encontrarse otra: la música como columna vertebral, sostén y sentido. Qué importancia tienen los triviales datos del saber musical, ese que se lee en los suplementos culturales, en los libros especializados, propiedad de cualquiera, accesible a la curiosidad o incluso, a la pasión intelectual. La narradora se mueve en otros mundos, otras frecuencias. Por eso el extrañamiento. La sociedad, lo exterior, la desconciertan, con sus nimiedades, sus intrascendencias.

Y lo dice, claramente:

No hay caso. El exterior me cuesta horrores.

La narradora de La Rebelión de los árboles, siempre la misma quizá por el tono, por la alusión a lugares compartidos, paisajes, estados de la mente, del cuerpo- ella sabe, lejos de la tragedia, que la vida es un bien para disfrutar.

Por eso la muerte, de nuevo, como En Verde verano, es un estado casi natural, pero del que no se sale.

Lo peor, sí: haber entrado en la muerte junto a aquel que no amamos, condenados por siempre al desamor.

Cito: “supe que allí, donde habíamos llegado, éramos una apariencia sin tiempo y que desde ahora tendríamos que seguir juntos los dos en la misma habitación por siempre”

Eucaliptos, araucarias, alerces, escondidos tras la magnolia. Tres cipreses iguales, como hermanos, asomando detrás de la casa vecina, los diferentes verdes, escondidos en macetas, palmeras que rodean la fábrica abandonada. Me dejo yo también encandilar por el tono vegetal, el mismo que deslumbra a la narradora.

La Naturaleza anida en el barrio.

Pájaros que pían el bicho feo, cito: sobre los cables que salen de la casa y se pegan al taller vecino y siguen por el pasillo costeando la casa de adelante hasta la calle. Los acompañan otras aves: torcazas, horneros, calandrias.

Y el otro, siempre, los otros, tan ajenos:

Adelma: la envidia.

Cito: Pero ese techo que se ve adelante es realmente horrible.

Con una sola frase, lapidaria, Guaragno pone en escena la violencia que nos produce el otro, sólo por ser otro.

Escribe: En ningún momento sonrió ante a la belleza de esa mañana encendida que yo sentía como un privilegio. Algo le molestaba, intuía cierta sospecha de desavenencia en la mirada de la que había sido invitada a conocer mi nueva casa. Esa casa que ahora me ofrecía  privacidad e intimidad, circunstancias que eran promesa de lecturas sin interrupciones, de limpieza sin horarios, de goce de la contemplación del paisaje que la rodeaba.

Luego del Hilo de la bobina, novela familiar en donde la tragedia de vivir se resiste a quedar sólo en eso, L. G. nos sorprende con este nuevo trabajo, en donde la angustia se ha transmutado en juego y placer.

(1)    Kierkegaard   (El erotismo musical)




12.10.15

El lado asesino de la luna, por Antonella Vallejos


I.
 Desde la inocencia, era cálido y dulce el albor en esos días, los sonidos anidaban en la ventana para anunciar las horas. Mientras el cielo se teñía lentamente del color del anhelo, comenzaba el nuevo día y todos sus matices solo podían percibirse con la pureza. Los ruidos y los aromas nacían en los sueños de una niña que movía la grava con sus blancos pies de seda. El sonido idéntico al frenesí del agua invitaba a las ramas del sauce a entregarse en caída libre a la fluencia del viento. Queriendo alcanzar el suelo como quien urge el contacto con la tierra. La niña quiere atrapar el aura con sus manos diáfanas, pero se le escurre. Quiere atrapar el tiempo volátil, pero se le escapa. Corre tras él y se detiene. La forma del miedo aguarda, expectante. Tiene brazos fuertes y manos grandes, ásperas, con las que trazará un laberinto para que entre ella. Entonces se pierde en el juego, sigue el camino de los años, como huyendo de un cazador. Tratando de no ver el vértigo del mundo real, como si esto arrojase un conjuro maléfico sobre su suerte, quemando sus ojos puros con verdad: -Cuídate de no ver, de no sentir, la negligente indolencia de los seres que te rodean y de los que te encontrarás… que te harán probar el gusto de la oscuridad. Llega a la salida con una marca de fuego en la cara y en sus manos, las rodillas rojas y los pies con barro. Nadie lo nota solo ella en secreta desnudez. Las manos del miedo fueron moldeando una celda con su cuerpo. Ya no es una niña. Ahora practica la alquimia, quiere congelar el tiempo que le queda, para atesorar y vivir aquello que amó en los sueños aun estando despierta. Pero se olvida, que el hielo también quema. 

II.
 Olvidar, a veces no es más que juego perverso; en donde el tiempo es un cazador que asecha el rastro de huellas de barro y sangre en los pies heridos de una niña que deambula un bosque fantasma. Abandonándose al destino que yace en la brújula rota entre sus frágiles manos. Aprieta con fuerza, las agujas imantadas tuercen el rumbo, para recordarle una y otra vez como se sentía el vidrio astillarse en su piel mientras se camina en círculos. Sus labios partidos dejan escapar el último aliento que, trémulo se condensa en el gélido soplo del viento, formando nebulosas visiones, que tiemblan al oír el latido apresurado de un corazón atravesado por las ramas del ébano. La cadencia del miedo, es una melodía inolvidable y la memoria de una ilusión muerta, un silencio irremediable.
El amor, a veces se quiebra; para recordarnos como dolía nacer.

III.
 La madrugada se colma de sueños que se confinan a las profundidades de los placeres más oscuros y perversos. Abismales. Cuerpos mutilados prorrogando el júbilo anhelado, para aferrarse a la leve sospecha que augura un descenso. Un rostro embriagado por el sabor de la sal, vaticina el éxtasis de las encarnaciones del deseo, que escapan furtivas de la fémina cueva. Desplazándose en retirada, abriéndose paso sigilosamente en el interior de unos muslos erizados que se impregnan del lúbrico fluido del olvido.  Ya no hay gracia serena, solo una triste contemplación de los actos.  Una profanación silenciosa al necesario hábito de avanzar.

IV.
La urgencia por recapturar los recuerdos perdidos. Abrazar los momentos, sentirlos. Cruel utopía, como daga filosa que se mueve fugaz a lo largo del tiempo para atravesar los destinos. Una estaca que penetra juventudes y almas en búsqueda. Anclándolas a una inexorable existencia estática: La de contemplar esa eterna orgía narcótica de espejismos quebrándose en aquel subterráneo húmedo, donde se saborea el constante gusto del deseo más íntimo y la inevitable pérdida de lo amado.
"No es el primer amor el que mata, es el último".
La velocidad se manifiesta. El tren se dirige inalcanzable hacia el infinito, se aleja de la estación donde está ese cuarto oscuro con la cama deshecha, al que nadie vuelve, pero nadie olvida.





Vientos de fuego
Agitan las sustancias ennegrecidas
Donde se hunden los cuerpos inanimados
Suspendidos bajo el fluido del placer.
Quisimos tragar enteros
Los frutos que alguna vez
Supimos cultivar en el último jardín
Del deseo.
Anidamos dentro del vientre de un animal
Para protegernos de las llamas,
Hallar la humedad en la envoltura sagrada
De tibias texturas viscosas,
Que nos resguardaban de la intemperie.
Pero las vísceras nos asfixiaron
Entre posesiones esquivas
Y las perversiones más bajas.
Profanamos los tejidos en el delirio
Y fuimos autores de la derrota
Después del ardor.
Nos arrancamos de cuajo los miembros
Sabiéndonos, salvajes y sangrientos,
Embriagándonos en la gula del cuerpo.
Ahora en el último acto de piedad
Nos lamemos las heridas y la sangre,
Pero nunca volveremos a estar limpios otra vez,
No al menos antes de que el fuego
Lo consuma todo.



Slow Burn

Mira la ciudad
Se está quemando lentamente
Y junto con ella
Ciertas juventudes:
Las vividas, que se diluyen
En anécdotas pasadas.
Y en cuanto a las no vividas…
Bueno, sueño en el lugar donde nos están esperando
La puerta del destiempo abierta de par en par
Porque todavía hay un rincón donde el fuego no llegó
Entonces, ahí nos veremos
Mientras los demás viven en las fotos
Porque ya crecieron
Se aburrieron y se durmieron
Allí nos veremos, sórdidos y vibrantes
Viviendo en la noche y las calles
Para terminar de quemar lo poco que queda
Porque acaso ¿no era eso lo que queríamos?
Arder, lentamente
Desafiando al solsticio
Contorneándonos fatales
Entre la humareda y el sonido
Las risas y los besos
Las lágrimas y la locura.
Brillando bajo las luces
A través de las llamas de neón
Que se agitan trémulas
Al unísono del beat
Y el corazón.
Hasta acabar
Desvanecer
Despertar.
Hasta el próximo poema.

Tomado de: Antonella Vallejos. El lado asesino de la luna, 2014