15.7.13

¿Cómo se subraya?, por Fernando Bonfiglio






O la aristocracia rítmica, sobre Mi ciudad perdida, de Milita Molina




Yo amo y veo, creo, que otros no aman, pero no pienso preservar nada. Porque, no nos hagamos los boludos: es fa-lo-pa. Un lenitivo. La palabrita es vieja, pero uno la sabe de letrado, y de drogadicto. Se podría decir que es una verga; que uno ama el falo -o la vagina- y nada sería más erróneo. Pero nos meteríamos en el problema de las traslaciones: uno ama el orto, tocar la caquita y decir: ¡acá está! ¡Era esto! Y que un rayo mental de asociaciones y de categorías le salte a la mente.[1] Sólo jugamos (virtuosamente, porque am-a-mo-s) el mismo juego. Todos sabemos que de un lado están los entrenaditos y del otro, los angustiados o los enfiestados, enfiestadísimos, sacros tocadores de caca; y, que, a veces, se está de un lado y, a veces, no se sabe el motivo, el porqué, se está del otro. Y que hay que estar de un lado y del otro. Se podría traducir mal, de nuevo, recurrir a Deleuze, si quieren, si hiciese falta, para avivar a más de un durmiente. Pero sería vano: no se entiende porque no se puede o porque no se quiere. Además, ¿quién nos dijo que somos más despiertos que los otros? (Yo sé que un profesor nos lo dijo para estimularnos, pero callo). Yo sé que la angustia nos hace más despabilados, pero… Lo de la cajita de herramientas y lo de la gaya ciencia también, aunque no es eso lo que digo. Me disperso. La fascinación por la frasecita. El éxtasis en el significante. Ah… Es falopa. Y uno ama una práctica decimonónica para señoritas burguesas o para pervertidos desclasados como nosotros, que somos o parecemos la otredad. Mirá, Milita, a lo que recurro. De torpe, nada más, es obvio. Un jueguito para ociosos: vagos, que sabemos que está todo mal en este divertidísimo entramado, que es de lo que hablo. Podría recordarles –mentarles el chiste de nuestra cultura, pero es una broma macabra: “tin, tin”. Ya se sabe. Lo que me quiero preguntar (¡Porque lo importante son las preguntas! –paréntesis, (paréntesis): ¿nunca nadie sintió, sentiste, oh hipócrita escritor, poeta puto, blah, blah, blah, que suena muy boludo y binario enunciar de cierto modo orgulloso esta pavada, como si las preguntas y las respuestas no tuvieran otra dinámica y todo lo demás inclusive? Una gansada.) es… Vuelvo: ¿cómo se habla de lo que se ama sin sacralizarlo, sin estatuir un discurso consolatorio, sin volverse uno de esos que piensan que ya está que hay que repetir esto y repetir esto y repetir esto cuando se sabe que no, que el esto, ¡ahijuna!, es sólo una voz? No lo sé.[2]

No es la literatura y apenas, sí, siempre me interesó la levedad, sus devaneos, que no tienen nada que ver con esto, claro, pero debo aclarar que me gusta escuchar(me): es el ritmo, el conflicto con el lenguaje, la frase, la frase-cita: de lo que intento hablar. Ahora. No antes. Ahora. Lo que por pedido intento situar, ya que seguro es una guerra, contra l'ennui de la repetición dóxica, contra la fosilización de ciertas categorías interpretativas, contra los protectores del sentido, la construcción social del valor, la represión estética y sexual, contra la moral, el escándalo ético-literario, contra los géneros y los pactos de lectura, contra lo pactado, la excusa de la cultura, contra el tono medio del canon y los discursos idealizantes. Aquello que parece un programa, es cierto, pero que es la singularidad de una vida; un recorrido sin representación posible. Remarco: una apuesta en el pulido: un sacarle lustre a lo abyecto, a ese núcleo duro, a la piedra dura del recuerdo. O del no recordar, quizás, pero nunca se sabe. A lo que se anuda en la garganta: porque la “goya es todo mi querida. Es el goyete por lo que pasa todo lo que tiene que pasar y si la goya tuviera madre el goyete tal vez lo sería. (Esto es Lacan) Y es –creo– como el orto pero aparejado con la argoya aunque no lo sé seguro: todo es más bien un hermetismo espiritual”. Teatrino artificial de la vida, que se juega entre el azar, en el entrelazado y en ese no estar estando del que tanto se ha escrito. Lo más concreto de un trazo en la grafía, el ruidito del teclado y el otro ruidito, insoportable: de la cultura. Un puro surco: "estilete": “única pelotudita fe” en una praxis opuesta a la metáfora. Lo que es cortar en donde a uno le conviene. Y acá te traiciono de nuevo, porque me excuso en ser un amante indiferente. In-diferente, pero amante, al fin. Y mencioné una fe. Un goce que es distinto del placer, usted que se ríe del chiste –suyo– urdiendo la trama menos eficaz en el camino del duelo, de la prueba en la cita, del saber, Milita: la obra de arte como bodrio. Otra apuesta en la derrota, por amor a la literatura, en un mundo en el que la sintaxis pareciera un fenómeno en retroceso. Aunque todo esto se parece a la nostalgia, la nostalgia, ah… Esa pulsión desoladora. Pero es mentira, porque no puede haber lagrimita cuando se habla desde el espacio de un puro presente: “No te escribí ninguna obra maestra, no revolucioné nada, no logré que nadie se identificara conmigo y si supieras lo que he sufrido no pudiendo trasladarme, no representando a nadie, siendo una inútil social, la verdad”.

¿Qué es subrayar –me pregunto de nuevo– sino repetirse, remarcar, recorrer una y otra vez el mismo camino carente de origen, genia? Supongo que es producir un surco cuando se intenta tocar lo real –mirá a lo que apelo–, perforar el lenguaje –ya notarás la que se viene–, transitar los signos de la cultura –suspenso simplemente–, mixturarlos junto con esa materia informe, que es la heterodoxia de la vida, la materia que ama el recuerdo, el azar: hacerle el orto al lenguaje – ya era evidente, insostenible; no genera ni gracia. Subrayar presupone, en este punto, según leo, por capricho, hacer un tajo, poner un cuerpo sobre otro: la intensidad imposible de una vida sobre, tras, bajo, con, delante, contra, la letra: “Subrayar: meter el lápiz en el verso, hundir la mirada en el pozo del agua removida, separar la carne pegada a la carroña, salvar un brillo de vida (…), ver la miguita de la última forma”. Entre el recordar y el no recordar, entre el saber exhibido y el no saber subrayado, entre el femenino [-o] y el masculino [-a] se impone el orto cuando se subraya (¿?), su figura desgarrada o desgarradora: la del poeta puto. Es un boludo el que no es puto, porque no entiende, supongo. Porque abyecta, vive en la trampa de las represiones, y esto no lo digo yo (y/o): vive en el exceso representativo y en la teatralidad de nuestra cultura. Tramada entre la carroña –la cita es doble– y una fe cínica, “pelotudita”, vertida en la forma, la escritura se torna aristocrática, ya tú sabes. La frase y el apego a la frase, una chispa de vida. Pero todo esto y todo lo demás no tiene ningún justificativo, ningún valor. Y, sin embargo, yo amo y siento que esto es mejor que lo otro, que todo lo otro, que también es un lenitivo, una falopa, pero fabricada por todo el cuerpo –textual– de la policía humanista.

I love you, Milita.   




[1] ¡Sí, una iluminación!
[2] Que entienda el que pueda entender, más no se puede: la voz, la gauchesca, el culo y lo abyecto, la cultura, la negación. Habría que hablar del tajo, sin dudas, pero a quién le importa.

8.7.13

Medios días, por Lucas Gunski





Pude levantarme temprano. Cuando no salgo a patear las calles a la noche me despierto pensando en que no hice nada ayer. La noche estuvo intelectualoide. Intentamos con una pareja de brasileros sacarle la ficha al Sudoku. Quisimos diseñar uno, puedo decir que transpiramos bastante pero no llegamos a nada. Ya rendidos saqué mi ajedrez. Salió un uno a uno con ese chico de S. Pablo. Está bastante loquito, loco lindo y charlatán. Su compañera había estado preocupada en la cena porque él había salido a las 10 am al semáforo y no volvía. Están ilegales. Entre los dos lo esperamos sin hablar mucho y fumando todo. Nunca vi una mujer que fume tanto. Cuando volvió Julio, ella estaba muy pálida, blanquísima. Él la retó por haber comido nada y fumado tanto. Ella vio que él estaba con los ojos dilatadísimos, y medio rabioso, así que los dos se reconciliaron con la honestidad de sus rostros. Una brasilera pálida es como ver una momia en sunga, pero triste. Me voy en unas horas a encontrar con los amigos, Lechu y Franco. Muchas cosas nuevas estos días. Vamos a por lo viejo y bueno. Me sorprenden mis pocos encuentros con el alcohol estos días. Solo una noche de Alcohol y Tiki. Me quedé toda la noche recostado en la barra del bar junto a unos locales, viendo bailar a los demás turistas y exigiendo tragos más fuertes. Al principio me miraban con cuidado pero cuando vieron que me sabía parte del cancionero popular se puso mejor. Cuando me ofrecieron pijcheo se detuvieron a ver si lo hacía del modo correcto y como no era mi primera vez se empezó a ir todo un poco al carajo. Me giraban cervezas, tragos durísimos, medidas de algo que no supe qué era, como gelatina y más y más. Acá se toma mucho, a todas horas hay hombres y mujeres destruidos. La mayoría son petisos pero grandotes, robustos. Se tambalean por los empedrados que deben estar tan rotos por sus caídas. Volví a las 12 del mediodía a casa y me miraban raro pero más bien curiosos. ¿Qué habrás hecho?,  me preguntaban. A la tarde salimos a pasear  y en un pequeño puesto de libros vi un título Borracho estaba pero me acuerdo y del mismo autor Alcolatum and other drinks. Cambié esos dos por un Kundera que se ponía muy denso. Me explicaron que hace un tiempo se empezaron a pedir estos libros para las aulas de escuela secundaria. Son relatos autobiográficos de un paceño que dejó la casa a los 12 años después de robarle 1200 a su madre. Hoy es un diccionario de la calle paceña, todos los bares no recomendados y muchas noches frías en el alma.

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Hecho medio guasca, cuánta resaca, estoy cansado de levantarme sin recuerdos, ¿cómo puede el alcohol borrar la memoria? Es de no creer, nulo, cero, ningún recuerdo. Sí la seguridad, o casi seguridad de que me puedo cuidar solo en cualquier estado. Y si me quedo en la calle tirado no me va a pasar nada (ahí dormí ayer un buen rato). Eso por lo menos hay que escribirlo. Pienso en Kerouac, creo que me mira y en mi cabeza conoce a Sbarra y simpatizan, aparece Charles y apuran el trago. Qué hermosas mujeres vi hoy, charlamos y sé que me las tenía que haber  traído al colchón, ellas querían, ¿no? Quedamos en que seguro nos cruzábamos de noche, lástima que no pienso salir de la habitación. Voy confirmando lo bien que me sientan los cuartos de hotel. ¿Por qué no me traje una bolsita de la paz? ¿Por qué me duele tanto el cerebro? Tuve que parar de escribir para abrir a los de migración que hoy ya me agarraron.

Suerte cuando llega la paz, me suena estúpido decir llega la paz estando en La paz. Nada. Duermo. Debo un par de días y no me quiero ir sin pagar, el lugar está lindo, mucha gente pero mucho espacio. Me doy cuenta que le entraría a la que limpia la habitación. De las que trabajan acá creo que es la más callada. La que tiene la cara de más hinchada las pelotas. Forsejea con la puerta, se mueve rápido, no la miro casi por lástima porque parece que la reto cada vez que la miro. En  una pieza con 7 camas casi todos los días entran a cambiar sábanas, aparte de la billetera que hace unos 2 días le robaron al que duerme en la cama de mi derecha, también otras cosas se robaron en estos días o al menos tuvieron desapariciones sospechosas. El pibe al que le robaron la billetera dice que no sospecha de las personas que trabajan en el lugar, pero que sí sospecha de algunas personas. Me parece inteligente y práctico que no me diga de quién sospecha, pero me da curiosidad saber. Policiales en hostels con víctimas que son los detectives. La altura que tiene la terraza da una hermosa vista de la ciudad. Lo suficientemente alto como para morir al caer. Me encantaría morir cayendo de algo alto pero no de esto al menos ahora. Acá llega al que le robaron, yo creo que sigue preocupado, que hasta sospecha de mí. Capaz no, ese día me fui antes de que le roben, estoy casi seguro y es guiándome por lo que él me dijo. Pero en este policial los testigos son de escasa credibilidad. La mayoría sino todos están bastante colos.

Salir a trabajar, salir a malabarear. Me da fiaca. Escribir más y andar a lo Arlt vendiendo en la barra del bar. Me tengo que ir de acá y ahorrar unos pesos para la  cerveza. Sumando una botella de vino las cosas pueden ir mejor. Me suele funcionar.

Secuencias: Conozco a Rodrigo. Es paceño, tiene creo que 28 pirulos y más cicatrices que tabla de picar. Nació en Lima, Perú. En una cárcel de Lima Perú, donde estaba y sigue estando su mamá. De ahí pasó derechito a una incubadora del hospital porque pescó sarampión interno o algo así. Ahora tiene un cuartucho en La Paz, adonde lo vamos a buscar para pescar unas droguitas. Llegamos a un telecentro, compramos 250Bs en tarjetas de teléfonos, llamamos al viejo y le pasamos los códigos. El viejo nos atiende desde alguna celda de la cárcel de San Pedro, acá en LP, Rodri también la conoce bien a esa, estuvo metido 3 años. Nos dicen que tenemos que aguantar una hora, Rodri paga el teléfono y deja el cambio a la chola. Nos invita a un trago para correr el tiempo. Charlamos de comidas peruanas, del fútbol argentino y brasuca, relata alguna de las historias que dejaron cicatrices. Después saca un Spiderman del bolsillo, cuenta que es para su changuito. Rodri quiere que este empiece jugando en el Bolívar, después que pase  a Boca y que la termine rompiendo en el Barsa. Se le escapan unas lágrimas, se sonroja y seca de un trago el vaso. Es la hora, damos mil vueltas para encontrar un teléfono y nada hasta que una parejita nos presta un celular. Rodri llama y empieza a caminar para la esquina dispuesto a hacerse con el teléfono, yo le digo que no se zarpe, no sé por qué se lo digo. Él me mira feo, me dice que esa es su ciudad y que él es así. Yo entiendo pero es que me cayó bien la parejita, sobre todo el hermanito menor del chico que cuando le dijimos que éramos del Bolívar y no del Strongest, como él, se paró de manos y dijo "Vengan nomás, uno por uno, a conocer el poder del tigre". Enseguida llegan los demás y Rodri devuelve el celular, se enoja y me culpa pero después se le pasa.
Después de una larga espera llegamos a la esquina de la cárcel. Abrimos una bolsa con comida podrida, 2 bolsitas de faso y 1 de merca: Mucho menos de lo que pedimos. Rodri estalla de la bronca y además se notaba que  ya le estaban subiendo las pastas.
Nos pide perdón como un niño, lamento boliviano, y nosotros desconfiamos. Ya no queremos saber de nada y nos vamos. Quedamos en vernos al día siguiente en su casa.

Llegamos a la hora pactada y para nuestro asombro Rodri nos esperaba. Sale con una bolsa que tiene abrigos y unas zapas, se las deja a su viejo. Nos dice que en 5 minutos nos mandan lo que falta. Nos sentamos enfrente a la cárcel, Rodri observa que por suerte el cana que vigila desde su alto refugio chumbo en mano está de espalda. Pum, se escucha que cae algo. Bolsa negra, papas, cáscaras, 2 porros y poca merca.
Rodri se encabrona, que su propio padre lo caga que él se caga en su padre que perdón que vendió un celu  a mil pe y que por la noche nos invita a gastarlos que él no es así que nosotros le caemos bien. Nos vamos y faltamos a la cita de la noche.

1.7.13

La mañana sol de limón (VIII), por Hugo Savino






Todavía no llegué a mi éxodo. El nudo de este libro. Pero ya empiezo. Infinitamente. En este invierno impreciso de medias de lana y bufanda.  Paso por la catedral de la plaza Alsina, de la misa salen las mujeres, y las miro con el terror de un ateo, y  las viejas que piaban misa de once, y  los viejos que trataban de saltar por el horizonte del tiempo que le corresponde a Dios, y las chicas de tapadito rojo, verde, o azul, que sueñan con despegar del barrio. El cielo azul les corre la marca de tiza, por ahora. Sueños de grillos mañaneros perfumes barriales de las pibas que saldrán de la cajita de buriles, quemarán de amor al gavilán de la esquina, lo mandarán al infierno para que se cocine entre notas de piano, pobre sombra será, hundido en la caída. Ni será recordado en el reclinatorio de la misa dominguera. Hará la valija de cartón. Y ellas, crujientes como un hojaldre, prolijas, seguirán a la procesión por Avenida Mitre en el día de Pascuas de 1952, ¡Oh! Y la historia hoja al viento de la generación de dormidos dará la vuelta a la plaza y todos volverán a la iglesia Catedral, cura a la sacristía,  fieles a casa. Lola ni está en los planes de la maternidad remasticada.  El sol se refracta en las ventanas y los ojos miran el cielo del mediodía.

Por alguna esquina de las doce del mediodía pasa un carro perdido mercado de abasto de Avellaneda, va para la eternidad de la no foto, del no registro, camino a la nada, ruidos de jaulones vacíos atados con cinchas, eco perdido de cascos en adoquines de esa misma mañana de Pascuas de 1952.

Las mujeres le rompen el corazón todo el tiempo, hoy está desesperado y puede escribir esto: Lola nunca estará en su madrugada, no habrá martingala posible, siempre se estará alejando, Lola, siempre aplazará las ganas, se impuso ese límite que no atravesará. Pero ella estará en todos lados.

¿Y si mi rencor viene de una lejanía oscura, lobreguísima, chueca, transmitido como un veneno napolitano? No sé.  El veneno es el miedo al desprecio.

Escribo en los tiempos de condena al escritor sofisticado. Leer escribir es el sueño del manco de la escritura, no puede, ni lee ni escribe, y lo resuelve en odio, tira los libros ahí, a un costado. Sueña con sacárselos de encima. Los apila, los acumula, los odia. La pereza. Como la pereza de las mujeres que no trabajan, a las cinco de la tarde toman té y sueñan con amagos mínimos una confesión, en el bar inmaculado, esa pereza que no suelta, esa misma que te manca, que te encajona en el apronte. ¿Puro apronte, entonces?


O el otro, ese proyecto de maldito que hace reseñas y pone cosas del tipo: “su mundo narrativo no tiene verosímil”. Hay que escuchar a un hijo de puta que vuelve todos los días a tomar la sopa en casa de mamá decir esas cosas en el suplemento del sábado. Ratoncito de la entrevista a maldito. Estará en algún círculo del infierno. Está en las filas de los que dicen qué quién es mejor escritor que aquél que éste. Sólo puede hacer eso una vez a la semana. Pero en algún extremo alguien se sacude esa nube pasajera,  y avanza, entrecierra los ojos y escribe frases, trata de releerse y avanzar sólo porque le gusta la frase, escribir una frase cualquiera, una aureola de frase para caminar en el mediodía, por ejemplo, nada de acción, de mundo narrativo, nada de eso, una frase, ahí, hilada a otra, alejar la melancolía, desviarla, metido en la memoria, sacarse de encima esa condena de la expresión, del cómo expresarlo, la memoria enroscada en la puntuación, no lo leerá nadie, no es para que alguien lo lea, ni sencillez ni expresión son mis problemas.   

Es la pregunta de todos: ¿qué lee, qué escribe? ¿Memorias?  

Amarillo, mañana de amarillo limón, mañana.

Lola se perdió en la mañana. Todos se pierden en la noche. Pero Lola en la mañana.  Entra en la ensoñación del día, camina por la calle Alsina y huele los tilos, cruza Avenida Mitre, llega a Sarmiento, acá es anónima. Solitaria, efimerísima.

O Lola se levanta de la siesta. Levi´s de tela, botineta de gamuza roja sin tachas. Odia las tachas, odia los acordes metálicos.  O pantalón de blanco, remera rayada, viene algo tostada, ¿dónde tomó sol? Desteñimos cuando aparece.  

Yo también soy esa especie de cafisho fracasado que vuelve a casa, cuando casi tuve el éxito en mis manos, y se perdió, puta madre, se perdió, y vuelvo a casa, a vivir a costa de quién, sigo escribiendo, sí, pero no puedo comportarme como un autor. Para eso hace falta mucha solemnidad, escuchar el propio eco, toda la convicción, la solemnidad de encontrarse sublime, el ridículo de ser poeta.

Llegó de dónde: algo perdido, sin origen, no estaba sucio, todo lo contrario, sólo algún pullover olía poca tintorería, se fue quedando, se quedó en el paisaje ¿tuvo nombre? Caminaba despacio, casi flotando, lo mirábamos pasar y sabíamos que no era el padre de Lola. Fue lo primero que supimos. Alivio. Y ya no averiguamos nada más. Vino con su misterio y ahí se quedó. Un día apareció en el patio de Negro Jorge. Le di la mano. Nos presentamos. Me contaba bobe meises encantadas. Así me dijo: yo cuento bobe meises.

¿Seré capaz de sobrevolar la virtudes del vacío? ¿Aceptarlas es la palabra precisa?

Esto es un escolaso. Así que no lo recomiendo. Se lo pueden saltear. Tienen historias más redondas, más edificantes, más narradas, más enchufadas a moderno, jarroncitos Biedermeier de la futura literatura argentina, aprobados y garantizados como copias fieles para poner en la vitrina. Entrevistas trabajadas horas y horas destinadas a la nada.   

Contra viento y marea la regla de la separación absoluta. Hay que obstinarse en la idea fija de la soledad, no ceder al chantaje del amor o la amistad, o la integración o la responsabilidad social, predicada por los que se cagan en la escritura. Mancos de toda manquedad. Que te comen el tiempo.

¿Se puede contar por qué uno llega a la mierda? ¿Qué se puede contar? Sólo gritos, sonidos. Pero se puede contar. O mejor: no se puede contar, y se puede escribir. ¿Cito algunas novelas?   

Estoy aquí escribiendo este libro – que como corresponde ya tiene sus detractores – la rutina– y todavía mi éxodo no empezó, pero más o menos hice la lista de nombres de los que saldrán de Barracas, no de los que se quedan, a los que perderé en alguna niebla, nos vamos con lo que cabe en ese camioncito no rastrojero – éxodo de desalojo en este marzo con grandezas de referencias esfumadísimas – y si rascan – justas – y en el camino soñaré  con esos livings de los ricos de la avenida Montes de Oca que tantas veces veré en los intentos retorno que fracasaron siempre –¿dónde estoy sentado? ¿en la cabina entre Roque Juan y el chofer? ¿quién era ese chofer en la magia futura de esa mañana futura evocada de 1950 en este marzo invierno soleado?   

Camino de pedrones por Olavarría. Apisonado. Salida limpísima, organizada por los oficiales de justicia, los abogados de la fábrica, la policía, las miradas de los vecinos, la alegría de vernos caídos, corderos de Yitro en camioncitos rumbo a Puente Barracas, a patio inquilinato, de patio de inquilinato a patio de inquilinato, a la inexorable Avellaneda. Aguantadero final. Punto de anclaje. Nada que contar salvo estos detalles.

Y estos son los nombres del desalojo: Irma, Roque Juan, Martha, Lucio.

Los italianos: Carlo, la Tana, Emilio, Beppina. 

Los chaqueños: Don Nicolás, Rosa Amanda, Rulo, Teresa, Óscar.

Los polacos: Pepe, Marysia, Bougaslaw, Mariucha, la Vieja. 

Estábamos todos, no sé de dónde salíamos, de ninguna costilla, ahí, cada uno con sus bártulos, no sé, éramos como gente infinitamente infinitamente perdida para siempre.

Hubo un nacimiento a las tres de la mañana, las parteras daban vueltas, las comadronas Sofía y Púa en el patio,  ayudaron a Irma, todos esperaban ansiosos.  Lluvia. Repartidos en el patio del inquilinato. Debajo del alero, o en la cocina. Mate y café más que obvio.  Mucho silencio, nadie rasca las baldosas, hablan en susurro. ¿Quién saca al orejudo: Sofía o Púa? Qué ínfimo este nacimiento rascabuche, olor a café, tipos de traje de preferencia grises, mujeres de vestido floreado inicio de primavera, licores, todas las almas juntas del inquilinato, a la espera de la mañana, y no había que esconder tres lunas al crío, nadie lo amenazaba, de la cama a la cuna, encajes, blancura, no había que pintarrajearla de barro, nada de eso, tampoco lo pescaron de algún rio, llegó así, ese día de octubre a las tres de la mañana. Todo en el patio sin glicina Barracas, el mismo inamovible patio, mate o café en la mano, toques caló en la conversación, en algún momento del tiempo se nace ¿no? las mujeres se ponen una pañoleta liviana, la lamparita atada al único árbol Mingo traje cruzado puso el bufoso envuelto en un pañuelo  en el macetón del rincón del patio lo mira de reojo la cancel ni suena a esa hora ya están todos adentro todos a patio nadie llora las calabresas duermen los sombreros están en la sala en la banqueta larga nadie baraja los cambalaches del futuro acá la ilusión fue limada nadie la cuelga en el perchero basta con abotonarse o desabotonarse el saco cruzado un poco de café unas palabras es el capricho del tiempo en el repatio barracas de ese nacimiento en la discreción ellas no tejen hablan bajito en otro rincón zumbido de mujeres en el murmullo todavía no había que juntar a nadie para cruzar el puente rumbo a Avellaneda cada una hablaba hacia la otra María iba y venía las comadronas le hablaban sólo a ella tradición de nacimientos todavía no partimos falta sí falta pero ya nos iremos patadas en el culo del desalojo no era tierra de santidad ya lo sé  fallaron todos los enviados hubo que ponerse los zapatos despoetizar juntar las cosas en ese sol joyceano de las 10 de la mañana hacia un lugar del mediodía nueva casa tal vez algún perro pero ir hacia hablar hacia todos moqueando sus tristezas con chancleteo a insolencia a misantropía o a franela de vecindad pero todavía hay nacimiento los hijos los trajes de buena confección de la plata zurda. O la ropa barata del trabajo, del yugo gil. 

Desalojo de un paraíso de chapas a un paraíso de cemento cartón chapa. Cocina de chapa cartón en el patio. Pared en el medio para separar a los italianos de los polacos y chaqueños.    

Dieron por terminado el tiempo del escritor sofisticado.

Amarillo, mañana del amarillo limón, una mañana.

Nunca será. Sé que nunca te dejarás tentar. Esto, se trata de esto Lola. La tentación. Que si no la dejas venir se va como humo negro, por el aire, amarga, resentida de escape de fugas de lo que no podrá ser.

Lola mira con pasado de melodrama todos los  abandonos. Yo arrimo mi melodrama de hijo de familia pobre que no llegó a hacerse aceptar y me pongo a leer al monje Zapallo amargo: ¿la suelto a Lola? ¿pongo la mano sobre los maestros? sí, pongo la mano, los transformo, y me siguen, patalean los devotos los cuida-concha de la regla sin la transformación, y   anoto: “En lo que me concierne, existo por mí mismo y para mí mismo” y descubro que todos los viejos maestros a los que leo me siguen, es casi una continuidad de la lectura, una posibilidad que no estaba. Lola me sigue, no sabe, pero me sigue.    

Aquí en la mañana sol suave en la vereda de la Catedral miro la puerta eterna que protege el retablo.

Final de la tarde en Barracas Marigny, Dante se fue. Lola está ensoñada en la mesa de la ventana, yo sigo en la terraza. La luz profunda de sol suave de las 7 de la tarde, la verja color verde inglés de la casa de departamentos década del cuarenta por la que entra una mujer. El 102 sigue parando a mitad de cuadra. Lola anota en su libreta. ¿Qué? ¿Se decidió a registrar los sueños? No me acerco, no me acercaré. Un tarado vendrá a decir cómo escribir esta novela. Hablará de mundos narrativos, de personajes no logrados. La monserga clásica.

¿Tristes alegrías que resuenan en el chancleteo? Por supuesto. ¿Qué otras? Quedarse ahí, quieto, corralón Negro Jorge, marroco, conversación o  silencio, depende de los días, ahora trajes Carlo Emilio Gadda: “Escriba usted que la ropa que yo llevaba era ropa triste, nunca elegante. También esto me atormentaba.” ¿Se entiende mancos de la pluma? No se olviden de comprar el Alma que Canta, por si no entienden.       

Lola anotó en su libreta esta cita de Jack Dulouz: “siempre odié que se acabara la mañana.”

No quedar atrapado en lorerías de mujeres.

Nos mudamos al sur del Paraíso. Estaba lejísimo de ser currado a centavos la palabra de traducción. ¡Oh la confianza en el futuro de la cultura! Changuitas de traducción francesas.

El enlace de las secuencias.

Desalojo mañanero – el sol se despide de la luna raquítica, que acunó el insomnio de Roque Juan esa noche de 1950, y ahora esa luz sol de limón le pone algo retorcido a esa lona verde comprada en la toldería de Angelita. 

Claude Riehl sobre Arno Schmidt: escribir “ ‘literatura pura’ como quien dice ‘matemáticas puras’ distintas a ‘matemáticas aplicadas’ ”

¿Qué recitarse para resistir al cotorreo de la malicia? Por ejemplo, Arno Schmidt.

Lola: en la carnicería. La mira desde los zapatos crema al hoyuelo – Lola despierta esa mirada – Lola rara y encendida en los pliegues de ese hoyuelo – pausa del carnicero y sigue a los ojos, ojos adorados de Lola. ¡No te caigas adentro! Lola compra huevos, carne, un pollo, se va. Todos quieren perderse en los ojos de Lola, llevar en el alma su mirada. Esfumado de ojos Lola.

¿Habrá llegado a esa línea, la habrá pasado, habrá llegado a ese punto de no retorno, a ése en el que Lola tal vez lo espere? En la pared de ladrillos de Paláa y Alsina, a cien metros del callejón, Lola camina con una revista en el bolsillo.

El paisaje se desalojaba con nosotros, las nubes habían desaparecido, el sol verde limón nos miraba inmutable, el viento de febrero nos hablaba al oído. Se disponía a viajar a Avellaneda con nosotros. Dos pasos, después de todo.

A bolsillo seco –¿cantilena?– estás al pie de la pared de todos los psicologismos, de la familia, de los amigos, de los enemigos, el antilirismo encarnado viene a buscarte, todas las escuelas se proponen para colgarte, la más tenaz, la más laboriosa, industriosa, policíaca, la expertísima en linchamientos sutiles, es la del inconsciente, te cocina a la cacerola, conejo sangüino a fuego lento, es la que mejor liquida a las naturalezas débiles, esas que se quedan varadas en el medio del rio, cáscara de nuez, soñadores del sueño despierto, esquife en la pesadilla, pero a veces el viento toma impulso, te sopla al oído, viene en tu ayuda, tropieza un poco y te embarca en la visión, infinitos de soplo, lejos, lo más lejos posible, bendita soledad.

La generación te tira del saco, te trae al redil, te quiere domesticar, no te deja andar solo.  “Los deslizamientos de terrenos llevan generaciones, yo trato de acelerar el movimiento.”  Me embarco. Acelero.

Perro hambriento, algo infame, algo pulgoso, algo lengua afuera. Algo chucho asustado. Y un día llegué ahí y descubrí el maldito cambio, la respetabilidad les mordía el culo: no había un solo escritor, sólo tipos con estudios literarios, tipos serios, con opciones políticas clarísimas: había un olor a extorsión.

26.6.13

Luis Luchi: un retrato, por Jorge Quiroga






De  Luchi lo que más me queda es el tono de su voz, su forma irónica, a veces tierna y otras veces de  enojo, que no deseaba contener, sobre todo cuando imprecaba a  viejos amigos de acuerdo a su moral intransigente y justa.
Siempre  andaba con Guillermo Cantore,  su  compinche, en andanzas y  fechorías menores, por la ciudad. Los  dos  se pusieron en confabulación una noche, ubicados en el fondo de  un estrecho y alargado salón, interrumpiendo a un buen tipo, un conocido escritor, que les tuvo mucha paciencia, hasta que cansado, abandonó la conferencia, para emprender  al dúo a  trompazos, ellos como inveterados secuaces, se refugiaron  entre los brazos extendidos y los cuerpos de la gente que trató de evitar el choque.
Siendo yo un adolescente, no sé cómo conocí a Luchi,  y lo visité en unos monoblocs donde vivía con Irene, su mujer, y sus hijos, el sol pegaba fuerte sobre la biblioteca, y sobre una mesita donde había una pila de libros, casi todos de  poesía. “Es lo que Luchi  está leyendo ahora”, me dijo Irene, quien lo adoraba y soportaba estoicamente todo.
Sus aventuras eran las de un hombre-niño, solitario y triste, un bebedor insaciable.
Con  Luchi no se podía discutir, porque él siempre tenía razón, su cabeza calva, su pelo rojizo, sus bigotes espesos le  daban el aspecto de alguien que había vivido mucho, y su traje  arrugado y desprolijo, su corbata volante, denunciaban que sobrevivió infinidad de tormentas.
 Con el dedo índice mocho señalaba todo aquello que no lo conformaba, y con la palma de la  mano acariciaba la cabeza de quienes lo queríamos.
Dicen que falleció en el exilio, el raje que con tanta lucidez supo retratar en  un poema.
Se espiantó, y cómo lo hizo no está comprobado que sea cierto, no vi nada, si hasta el tono de su voz me sorprende cuando paso por el centro o transito por las calles transversales, sobre todo  cuando doblo una esquina y pienso que aparece.



*


MATE EN LA CAMA
                                         
Desde ahora en adelante
siempre estaré solo,
No preguntaré por nadie,
nadie preguntará por mí;
los enterraré en el olvido.
Me enterrarán en el olvido
Diré (para mí) una vez yo,
dirán para ellos) una vez, él
No importará nada.
Los mates en la cama
si que los extrañaré. 

(Luis Luchi. ¡Gracias Gutenberg!, 1980)



VOLVIENDO A CASA

Como  soy un ciudadano  de estos tiempos
no voy para mi casa en un caballo.
El  banco de la nación
no confía en mis promesas
y  mis conocimientos
sobre travesuras comerciales
no asombran a nadir.
Si me palmearan en la espalda
y me preguntaran de improviso
diría son ponerme colorado :
soy poeta.
Entonces a colocarse en la cola;
con el albañil,
con el matasellos de las sucursales,
con el mozo de café.
Con la suave damita
que ni de reojo me mira,
con el vigilante que sí me mira de reojo.
con el carpintero que no oculta su olor a  goma laca
con el reglamento que cobro el boleto de distancia.
Todo recorrido termina, insisto y bajo.
Podrán averiguar de mí mucho pasado,
nunca olvidó  sus caras.
He leído porque enferman mis vecinos,
Por qué la frente distrae sus sonrisas.
Entro a mi casa,
El día menos pensado me voy a mudar,
Busco un rincón, y libero a los astronautas
a  Colón a Tomás Moro
a los proyectos de  la capital de  la alegría.
Y después en la comida,
sin  comer no se puede vivir,
aclaro mi garganta y digo:
¿No trajo la paloma un aletear?
¿No vino un telegrama con saludos?
¿No hubo un llamado con cantos
qué incluyan mi nombre?
¡Nadie golpeó  la puerta
y dejó un regalo para mí?
Porque espero una visita
hoy o mañana
algún día será.

(Luis Luchi. Poemas de las calles transversales, 1964)


LA CASA NO SERÁ LA MISMA

                                A  Alberto  Szpunberg


Esa entrada cambió oxidada por la humedad,
su llegada perdió la costumbre.
Pasaba el repartidor, así no se borra el horario.
faltan  las coronas de  novia.
Esos vidrios rotos no se remplazan con vitraux.
Y yo tocaba el timbre, la luz cortada.
¿Quién es? ¿Dónde estás?
¿Por qué has venido? ¿Dónde estuviste ?
¿Quién gastó estos escalones?
¿Quién dejó la marca de un cuerpo caído?
Se  cambian miradas con significados
y  nadie me conoce.
Cajitas de almas ocupan los lugares
destinados a las bolitas
y
¿a quién esperan que no dicen nada?
Soy yo, he vuelto,
Estoy tocando el timbre:  trin..

(Luis Luchi)

14.6.13

Debemos volver, por María Eugenia Romero






Es la casa de la puerta negra. La penúltima casa antes de llegar a la curva. Con paredes resquebrajadas y ventanas tapiadas. Hay polvo, yuyos, desorden por todos lados. En el techo, chapa destartalándose. Es una casa deshabitada. 
La sobrevuelan pájaros negros.
– ¡No entre! Me gritan Eduarda, Oscar, Calixto y Mirta.
Al costado, una hamaca azul balanceándose, me arroja un aire especiado que me transporta a un jardín cuya intensidad conocía.
El perfume llega por oleadas y así como viene intempestivamente se esfuma, a pesar de mis intentos vanos por aferrármele.
Vahos de fresca brisa me invaden, como en duerma vela, procurándome una sensación gratificante en la que, sin embargo, no logro aletargarme.
Lo efímero de esa tibieza me hace sentir expectante.
Alrededor de la casa se amontonan chatarras cuya oxidada desmemoria es custodiada por la puerta negra que yo deseaba tanto abrir.
¿Por qué la casa me serenaba?
Acaso provocara en mí algo que se escabullía, una euforia indecible que me pone en marcha. De repente un frenesí de jazmines me hace errar por recodos frescos de malva y verdura que mi memoria revive como si la ambigüedad fuera el mismo material de una posibilidad  certera.      
Sigo mi obnubilado derrotero, voy y vengo por el irisado violeta, por los naranjas, entre el halo de aromas embriagantes. Yo fugitivo en mi estado inasible, ensimismado, me siento nuevo y protegido.
La hamaca azul sigue balanceándose vacía.
– ¡No entre, Sr R!, me insisten.
De pronto miro alrededor y no entiendo por qué Eduarda, Oscar, Calixto, y Mirta continúan gritándome y gesticulan. Se tapan la nariz con la mano como si sintieran un olor desagradable.
– El olor viene de la casa, me dicen.
Yo no lo sentía. 
Recordé que Allegra había decidido seguir caminando.
La había visto alejarse por el sendero que sube hacia el corral de las cabras. Nosotros nos quedamos en el almacén.
Calixto y Mirta insistían en que buscáramos a Eduarda. Ella tenía las llaves.
Fuimos todos a pie atravesando el pueblo después de terminar el almuerzo.
No se trató de un arrebato sino más bien de una necesidad. 
Los pájaros, la puerta negra… como si hubiese algo que se debía expiar.
– No entre, Sr. R!
¿Por qué ellos tenían tanto miedo?
Yo, por el contrario, me sentía aligerado.
Aquel jardín…  perfumes. La hamaca azul meciéndose en la brisa.
Los álamos que veía desde una ventana, las abejas, el colibrí.
La continuidad de la vida imparable.
Me recuerdo observando por la ventana, bajando por la escalera.
Me veo salir al aire tibio que los árboles convertían en viento, “porque no existe el viento, no existe, son los árboles los que lo hacen cuando mueven sus hojas”.
– ¿Y cómo mueven las hojas?, ella desde la hamaca. ¿Cómo?  Si los árboles no tienen voluntad…   
– ¡Cómo que no! ¿Ves aquellos sauces?, ahora están calmos y contentos. Pero las otras noches… Era furia el viento, hojas rabiosas, árboles desmedidos.
– ¡Qué tonto! ¡No te creo!
Y así la tarde…
El miedo es una palabra sin vivencia, pensé, mientras me seguían gritando.
Habíamos salido temprano esa mañana. Queríamos mostrarle a Oscar el lugar que tanto nos había movilizado. Cuando llegamos paramos en el almacén de Calixto para comer y refrescarnos. Allegra estuvo callada.
Había también algunas personas más almorzando.
– ¿Sabe ya Eduarda que llegaron?
– No.
– Mirta, por favor, corré a avisarle.
Riéndonos, quietos, o en silencio, observando los pájaros vimos cómo llegaba la noche. Nos dejamos penetrar por la luna, “luna de amuletos”, leía.
– Ja ja, qué viento –mientras infla las mejillas y me sopla la oreja–. El viento existe R. El viento somos nosotros.
Luna de amuletos sobre la brisa espesa de la noche. La tarde había dejado su perfume.
Estoy por entrar en la casa. Los gritos de mis amigos se han vuelto muecas.
A desgano, Eduarda me había entregado las llaves.
– ¿Para qué quiere entrar en la casa? Hace tiempo que está deshabitada. Desde el día que murió Cayo.
– Yo desde aquí, ¿sabés R?, puedo ver las lunas de Venus. Es mentira que no tiene ninguna.
– ¿Ah si? ¿Y de qué color son?
– Del color pálido del rocío.
– ¿Y qué color es ese? -extiende su brazo para acariciarme-.
Un gato sale corriendo de improviso delante de la puerta al sentir mis pasos.
– … ocho son las lunas, R.
El gato huye y yo trastabillo. Sigo y meto la llave en la cerradura. No escucho otra cosa que el palpitar agitado de mi respiración. Siento una conmoción profunda y un sudor frío que me moja la cara.
Estoy por abrir.
– Cayo agonizó allí siete días.
Abro y una bandada de aves huye alborozada mientras veo corretear por todos lados topos atemorizados.
– Había vuelto cuando no le quedó duda de que se avecinaba el fin.
Llegó de Miraflores con su alforja, dos bolsas pesadas sobre la espalda y un misal en la mano.
Nadie lo vio salir.
Fue Hermione quien avisó en el pueblo. Lo llevamos al cementerio cinco días después.
Hermione le lavaba la ropa, le encendía el fuego y le hacía de comer. Cuando él murió Hermione quedó muda. Lo veló durante tres días. Después, sólo después se las arregló para avisarnos.
Risas, el perfume del jazmín, de la rosa silvestre penetrando la noche, ocho lunas en el cielo, el sauce, los álamos, la hamaca en el viento.
– Cada luna tiene una perla dentro. Yo desde aquí puedo ver a los buceadores en su tarea imposible. Porque no hay mar en la luna, R y nadie tiene la audacia de inventarlo.
Abro. Un halo de luz entra por la puerta e ilumina la casa en penumbras.
– Si al viento lo hacen los árboles entonces una perla puede hacer brotar todos los mares.
Y me leía:
“Bajo las cortezas, y como por un vacío,
Los humores se animan,
Se sueltan, delirando gemas…”
Los jazmines, las rosas, el zafiro en la noche la perla la luna y sus palabras barro y aludes…
“…En Alejandría de Egipto aquella noche…”
Tu voz me llegaba. Te oía por hilachas.
– ¿Para qué quiere entrar en la casa? Me grita Eduarda, me pregunta.
Habíamos almorzado en el almacén mientras yo le mostraba a Oscar los bocetos de lo que íbamos a pintar.
Allegra comió poco. Se levantó y dijo que tenía muchas ganas de caminar.
Cayo comió y bebió de la mano de Hermione durante sus últimos siete días. De la mano de ella murió.
En la alforja encontramos algunos lápices, ramitas de cardón secas, cueros y lanas, varios cartones, tres piedras, una cuña, un cuenco, un Cristo tallado y una libreta.
Me decidí a pasar.
Un olor acre se mezcla entre los jazmines, el polvo del piso y la carrera de los topos que repiquetean sobre palabras risas el follaje que se aleja se acerca se pierde se vuelve a alejar. Eduarda entra detrás de mi.
– Señor R, ¡mire! El olor viene de aquella vizcacha. Y señala un ángulo de la casa, lo que era una cocina, debajo de la pileta un animal muerto no hace muchos días, picoteado, roído, comido, destrozado que conserva todavía dos grandes ojos abiertos.
Eduarda va decidida y con una pala que saca de un armario lo arrastra a pesar de su peso muerto hasta el jardín. Sin decir nada cava un pozo y lo entierra.
La hamaca se balancea.
Oigo a Oscar respirar detrás de mi espalda. Ha entrado en la casa también.
Calixto y Mirta ayudan a Eduarda a tapar con tierra y piedras la fosa de la desafortunada vizcacha.
Sobre la cama encuentro la alforja, tiemblo.
Allegra se levanta de la hamaca, camina y se pierde entre los corrales y en el cuarto azul sus brazos, cabras, como vivaces mariposas, camina me llama, desde la ventana jazmines frescor de menta y la luna viento las hojas mis manos su boca deambula entre azules me llama voy.
Busco el cuaderno. Lo apoyo sobre la mesa. Lo abro y casi no creo estar mirando sus dibujos, su caligrafía confusa, hay palabras hay signos hay garabatos bocetos notas. Oscar a mi lado asiente con la cabeza, está emocionado también.
Calixto y Mirta habían vuelto ya al almacén. Eduarda esperaba en la puerta.
– Hermione le asistió los últimos días. Tomaba su mano en la suya y  le ayudaba con sus trazos: cálices, ángeles, pétalos, hojas, tallos, corolas, letras. Hay poca firmeza. Está claro, Hermione temblaba con él.
Soplo el polvo del cuaderno, en mi oído “el viento somos nosotros R”, un estremecimiento. Me dejo caer en la silla desvencijada. Oscar se sienta a mi lado.
Risas y más risas. En el viento sábanas el césped azul el frescor verde de agua y jazmines. La hamaca se balancea. La veo desde aquí. Se levanta, camina, va.
En la ventana de esta casa que hedía hay un sendero de hormigas que baja hasta el piso.
El crucifijo está todavía sobre la mesa de luz.
La cabeza del Cristo caía hacia la derecha concentrando en el peso del resto del cuerpo todo el dolor  humano en su acongojante finitud. Cuántas veces seguramente Hermione habría tomado la cruz en sus manos para acercarla a sus labios -“¡el viento, R !” posando los suyos sobre los míos y abriéndolos como una flor-.
Rezaba, sí. Cayo rezaba. Las manos juntas implorando. La frente sobre la cruz.
Encontré también una caja de zapatos con témperas, monedas, trocitos de vidrio, agujas de cardón y dos o tres pinceles improvisados con ramas.
– Hermione pasó siete días a su lado. Durante tres días enteros lo veló.
Desapareció después, inmediatamente tras el entierro.
– ¿Y cuándo entonces quedó muda, Eduarda?
– No lo sabemos. Aquí todos recuerdan su voz dulce y su canto claro los días de fiesta en la iglesia.
Y bajando la voz: -¡Dicen que Hermione, a la muerte de Cayo, se hizo santa! Hay gente incluso que está pensando en levantarle un altar.
Recostado en la hierba regenerante, estoy mirando el cielo, sereno de tanto azul, la trayectoria repetida de los pájaros la risa contagiosa que viene desde la hamaca como trino suave constatando tibieza.
– ¿Pero cuándo y cómo quedó muda, Eduarda?
– El viento R, ¿cómo es eso del viento? ¡Dale, contámelo de vuelta!  Y risas intercalándose.
Oscar me dice que se está haciendo tarde que guarde las cosas en mi bolso y me las lleve. Eduarda está de acuerdo, todavía necesitábamos tomar las medidas de la iglesia, ajustar los bocetos, “el viento R, mirá cómo se agitan los álamos” y mueve los brazos y ríe. Yo me río también. El perfume de los jazmines acercándose para después alejarse diseminando otra vez los contornos.
Río. Poso mi mano en su mano.
Mi mano aferra el crucifijo que no puedo dejar de observar y siento el sudor de otro sudor el dolor en la madera la savia que vibra todavía el tronco del cardón del sauce del álamo.
– ¿Y Allegra?, pregunto.
Eduarda me cuenta que la ha visto subir por el camino de la vertiente. Dice que seguramente la cruzará después cuando vaya a buscar los animales.
– ¿Quiere que le diga algo, señor R ?
Yo apenas si la escuchaba. Pasaba hoja tras hoja del cuaderno con el asombro del que ve por primera vez.
“Como un corazón protegido,
la flor rojo sangre
de la rosa silvestre
se abre en la rama más baja…”
Ella me lee desde la hamaca con rostro solemne que luego relaja y ríe. Suele pasar horas leyendo así.
– Allegra no está, dice Oscar que había salido en su busca.
Empiezo maquinalmente a guardar las cosas de Cayo casi creyendo que me pertenecen mientras Eduarda me sigue con la mirada sin decir nada.
– Vayamos a buscarla. Insiste mi amigo.
Hay mares sin lecho pura agua que tan solo pasa frescor mares de perlas balanceándose sin peces ni algas todo mar incluso la más honda oscuridad, sin costas ni olas ni espuma nada tan bello como el simple transcurrir, agua en levedad absoluta.
– Los mares son como el viento, R.
Nada en la nada de un vacío imposible. Los árboles, la voluntad impersonal del viento como el deseo que agita, alegría, nada más que agua tan sólo agua desprevenida.
Allegra vaga por los senderos entre los aromos. Desde la hamaca me llama buscando la intensidad infinita del azul. El azul es inconmensurable…  y ella es viento de agua de luna entre lunas perla acaso también mar.
– ¡Contame, R! Se pierde entre las hojas
– Hoy Allegra casi ni habló durante el almuerzo, insiste Oscar, tomándome del brazo para salir a buscarla.
Rozamos la hamaca al salir con nuestro paso. Se balancea.
Allí por el camino, vamos hacia allí
“…Da lo mismo,
enternece tanto ver cómo te aproximas
con cautela a los límites del prado…”
La siento. Está en el altar de Hermione. Conversan. Es rumor de voces el fervor del ruego, oración de manos implorando.  Allegra está arrodillada.
El altar está pasando los corrales, después de la vertiente, en la curva de la subida hacia el monte. Una pequeña hornacina de cardón celeste , tallada con pétalos y flores. Ninguna imagen dentro. Sólo ofrendas que la gente va dejando. Hay algo cautivante en ese espacio.
No deseo por nada interrumpir.
Le hago un gesto a Oscar para que volvamos. No quiero que Allegra nos descubra. Lo tranquilizo. Logro que no se preocupe.
Quiero pasar por la iglesia.
– ¡El viento, R! La hamaca azul… ¡El viento somos nosotros!
Eduarda abre la puerta del costado. Nos deja. Va en busca de sus animales.
Nosotros nos quedamos trabajando.
Eduarda no encontró a Allegra por el camino.
Asegura que no hay ningún altar por allí.
La hamaca, el verdor, el perfume me llega con tanta contundencia en cada balanceo mientras dejo el libro que leo en el césped, me detengo. Estoy sentado observando los árboles –¡el viento R!, ella desde la hamaca-, el peñón con el nido de águilas, el cielo diáfano, los pájaros. Estoy rodeado de sonido y suavidad.
Saco de mi alforja el cuaderno de Cayo. Paso hoja tras hoja. Las acaricio delicadamente. Con el dedo voy siguiendo cada trazo. Me procuro un grafito y empiezo a dibujar encima del dibujo, a escribir sobre lo que ya estaba escrito.
Dedos, trazos, líneas, dedos, contornos, planos, dedos, hoja tras hoja. Qué es lo que mueve la mano, “obrar sin autoría”, leo y rescribo, trazos, dedos, hojas que pasan, hojas que miran, “obrar sin autoría”,  estupor dentro de mí. –¡el viento R! Ella que me mira, la hamaca, colibríes…
El viento abre de improviso de par en par las puertas de la iglesia desparramando algunos de nuestros papeles, los planos y algunas livianas herramientas que habíamos dejado apoyadas sobre un banco. Son ráfagas tan fuertes que hasta nos hacen perder el equilibrio. Corremos para recuperar y poner en orden nuestras cosas. Volvemos a cerrar. Se suceden algunos minutos en silencio. Miro a Oscar como preguntándole algo que sé de antemano que él tampoco sabe. Seguimos trabajando un rato más. Ansiábamos terminar cuanto antes.
De pronto, como de la nada, el dibujo de una rama sale al encuentro de mis dedos. Es una rama sobre otra rama, llena de nudos, de hojas, de curvas, de otras ramas que van surgiendo que dibujo sobre ramas y más ramas y los cálices entre medio, las piedras, anoto una a una las palabras que leo “obrar sin autoría” sobreponiendo las mías como en un inesperado palimpsesto, estoy en el jardín de mi casa entre el perfume y los mantras del sonido y he dejado de leer.
Un libro sobre el césped y la risa de alguien me estremecen.
... bosque espiral promesa luna viento lana acantilado ojos murmullo turquesa llave espejo corazón tronco campana cuerda pétalo tiza intervalo semilla zapato rubí …
Ella mira desde la hamaca los colibríes.
Casi hemos terminando de trabajar en la iglesia, hemos recogido nuestras cosas. Estamos agotados, exaltados, tal vez un poco inquietos. Eduarda que dice que no hay ningún altar por ese lado, que no ha visto a Allegra por allí.
– ¿Qué pasó con Hermione, Eduarda?
– Señor R, se lo dije. Nunca la volvimos a ver.
Está anocheciendo y todavía estoy recostado en mi reposera mientras la hamaca sigue balanceándose. Acaso me he adormecido. Hay un libro, un cuaderno y algunos grafitos sobre el césped.
Salgo de la iglesia y llego a lo de Calixto. Paso por la casa de Hermógenes. Me detengo ante la puerta negra que veo por primera vez. Bajo del auto y leo el cartel al lado de la puerta que dice: “Aquí murió Hermógenes Cayo, artista-imaginero de la Puna, 1901 -1968”.
Al rato, Allegra me grita desde el auto:
– Remo, ¿nos vamos?
Subo casi maquinalmente a mi coche. Oscar está sentado en silencio en el asiento de atrás. Antes de arrancar enciendo un cigarrillo y miro de nuevo la casa.
Me parece que Allegra, desde la hamaca, saluda con la mano.
– El viento R …
Todo se vuelve difuso.
Y mientras conduzco fuera del pueblo voy pensando cómo. Voy dibujando invisible eso que ahora se me aparece tan nítido sobre el papel. Comprender el viento es como abrir una puerta cerrada. El viento surge de la puerta. Nada menos sólido que el viento ni menos rotundo. Una puerta sin viento no sería una puerta. Tienen una afinidad extraña el viento y la puerta. Dibujo esa contigüidad del viento y de la puerta como si fuera un niño.
– El viento R …
Árboles sacudiéndose y las risas y
– ¡Remo!, es Oscar que me tira del brazo, –ya es tarde.  Debemos volver.