23.6.12

El pasado irreal, por Jorge Quiroga





11



¿Qué ve que nosotros
no vemos?
detenida en el pasillo
(está como queriendo decir algo
que ignoramos qué es)
Un rictus en la mirada
se empaca
y tiene un estremecimiento
que hay que calmar.




12



A la orilla
la pequeña Sofía
juega en la arena
barrosa.
El mundo se reduce
a esos hechos
sus dedos vacilan
en el charco turbio
manchando su cuerpo
que se enlaza.




13



El abuelo presiente
hay cosas que se caen
prepara su brasa con lentitud,
(ordena las fotos
ceremoniosamente,
cumple años)
De madrugada regó las plantas
de la quinta
y anduvo entre los zapallos
El viejo se protege la cabeza
al reparo
del árbol.




14



El retrato está guardado
en algún lugar de los cajones,
mezclado con cuadernos
y tarjetas.
en ese momento nos olvidamos
pero en el invierno
pensamos recobrarlo,
nada más que un instante
el imprescindible
para que el tiempo
haga fluir su existencia,
entonces el hilo se deshace
y se entra
en los recuerdos
que ese boleto de colectivo
o la postal desatinada
de una época incierta
condensan en una letra
minúscula.
La incredulidad
de gente extraviada
esos antiguos retratos
de los que se olvidan los rostros,
o las circunstancias que permanecen.




15



El maestro insólito
se asoma a la entrada
de la secretaría.
Por miedo no se anima
a saludar
(tiene una mirada huidiza)
ronda y entonces
rápidamente sale
dicen que
apenas lo supo, sufrió
ya no hay ningún compañero,
solo el ordenanza
aguarda lo que estaba allí.




16



Desaparecen en el desorden
nunca las voy a encontrar,
tropiezan,
disueltas en la nada.
(las cosas que se escabullen
de la mano
se arrojan el vacío
y no se las encuentra,
se apartan de nosotros
en un estante
o en algún sitio
están
es cuestión de postergar
un día mas y ya se
mostrarán
como si se hubieran diluido.




17



Del hombro
como si murmurara
es llevado
entre la muchedumbre
que lo abriga.




18



La luna del espejo
de la cómoda
refleja estrías del toldo
que a esa hora del alba
deja entrar la luz
que se difunde en la pieza
Será una jornada de fin de verano,
un poco calurosa y húmeda,
ya se escuchan los movimientos
y ruidos de la calle.
Ningún preparativo
se advierte en la casa,
los automóviles cruzan
el asfalto
Sobre la biblioteca se destaca
una pila de libros
el cristal del espejo
algo empañado
refleja levemente la claridad.




19



Envuelta en un cuerpo
duro, color café
laminado, la semilla
cabe en un puño
estamos debajo del aromo
que nos da sombra.
Apenas llegamos
vimos flores amarillas
silvestres
en el surco,
y el río se confunde con el pasto,
juntamos semillas
esparcidas por el suelo,
algunas chicas
otras muy bruñidas
y otras que no cayeron
al piso.
El día está nublado,
a veces pensamos
qué tenemos tiempo
para recorrer las barrancas
cortadas a pique
de las que se baja
por escaleritas empinadas
de piedra
y más allá una vegetación
visible.




20



La desolación de la vida
eso es lo que no quiero.
Un golpe
en vano pasó,
aunque el dolor pronto se olvida.
Los restos tienen
una fuerte atracción
sobre el pasado
que cae sobre nosotros




21



La familia solo quedó en hilachas
Los hermanos
no esperan en el ventanal
durante el frío invierno.
del palomar y las cañas
La infancia se elude,
el viaje los separó definitivamente.
y nada se dicen
Uno y los demás mareados
Alimentando
Esa condición simple,
cuando nuestra casa
se cierra en el olvido.




22



Se cortan, y hay voces
que visitamos
despacio.
Existe porque no es
simultáneo,
atrás, aquello que se nos fue,
y sin embargo
está guardado.




23



Un hombre sin futuro,
los ritmos se acumulan
y no poseen el mismo significado
ahora.
Se distraen y lo alertan
confunden las situaciones
sonríen.
(No saben que estaba )
mientras tanto
se dirige lentamente al bar
bullicioso de los peruanos,
casi no puede llegar
se abraza y toca con los dedos
las paredes.




24



En los cajones
hay sitios ignorados
que nadie se atreve a revisar
. instantes ajados
que el tiempo deteriora
Cuando los volvemos frecuentar
es como si una sorpresa
tardase en sobreponerse,
luces que se fugan,
rincones inciertos
es mejor clausurarlos
para que sigan manteniendo el secreto
de historias interrumpidas
Son conmociones ocultas
que no alcanzan su sino
cuerpos velados
que vagan en el cielo
adormecidos y temblando
con el miedo en la boca
tal como si un pedido fuera suficiente.




25



Los pájaros se le acercan
hasta donde ella está sentada
le requieren auxilio.
Entonces los repone.
Ellos la guían por el corredor,
La llevan al río,
piando la conducen
entre las plantas.
Siempre la vuelven a buscar
al filo del tiempo,
en ese instante denso
donde la suerte se hila
y se desprende
casi no puede negarse.




26



El dolor es haber permitido
que la infancia se fuera
en seres ignorados
y repetir idénticas frases, pronunciando
palabras dichosas.
Una mujer las une
expresando lo ya vivido,
lo que sobrevive.




27



En aquel cuarto
ya no cumple
el sosiego.
La pared blanca
detrás suyo
está intacta.
Hay un silencio
o una frecuencia de sonidos
que no saben simular.
rendido en la baranda
del puente
un hombre piensa.




28



Los pájaros beben ilusionados
como si pasara el último minuto
en el piso del Parque España
dejaron una migaja




29



Cuando corre apurada
mojándose
sus movimientos continúan,
se fugan.




30



La imagen no se corresponde
con el que conocí,
su piel está herida
y me mira
con indiferencia,
entrecierra los ojos
y no emite señales,
como si volviese
de un largo sueño.
después se va
y todo se reanuda




31



Se inclina y se balancea
levantando
el cuerpo desnudo
y la pared
del hospital
destaca sus roces
obsesivos,
obteniendo lo que desea
en la cama de sábanas blancas
con agobio,
mansamente.




32



El borde del escalón del andén
se pierde
la mano abrazando
los huesos del costado.
(La terraza de baldosas rojas
en la siesta de la calle Urquiza)
Las ramas y la ventana
el verano,
una salida postergada.




33



Los muebles de la pieza
están arrumbados
y por la luna del ropero
(o el espejo de la cómoda)
pasarán destellos.
El roble ha soportado
noches y días
y una vigilia profunda
de seres
que la lluvia siembra
en la avenida.
No se cambian de lugar
donde se los ha instalado,
como si fueran
el refugio,
el adiós.
Nunca volverán a su sitio
desaparecen en la bruma
de los que partiendo
se olvidan de sí.




34



El hombre que sobrevive
sale
sin percibir detalles innecesarios.
Por lo que se entiende
o ayuda.
Lleva huellas
en su semblante.
Como el negativo de una foto
el rostro se detiene
y queda negro y fijo.




35



Casi no sabe nada
su vida pende de una palabra
que no fue dicha.
Se retuerce
pegado a su indecisión
Por una hendija
la brevedad silenciosa
cruza en la luz encendida.

17.6.12

Robert Creeley – La propuesta inmoral y otros poemas

La Flor


Creo que cultivo tensiones
como flores
en un bosque al que
nadie va.

Cada herida es perfecta,
se cierra en un diminuto
imperceptible brote,
que causa dolor.

El dolor es como una flor, como aquélla,
como ésta,
como aquélla,
como ésta.




The flower I think I grow tensions / like flowers / in a wood where / nobody goes. // Each wound is perfect, / encloses itself in a tiny / imperceptible blossom, / making pain. // Pain is a flower like that one, / like this one, / like that one, like this one.




Acechando al pájaro


El sol se pone desparejo y la gente
se va a la cama.

La noche tiene un centenar de ojos.
Las nubes bajas, sobre las cabezas.

Cada noche es un poquito más
difícil, un poco más

duro. Es mi mente
un estropicio para mí.




Chasing the bird The sun sets unevenly and the people / go to bed. // The night has a thousand eyes. / The clouds are low, overhead. // Every night it is a little bit / more difficult, a little // harder. My mind / to me a mangle is.




La conspiración


Tú me envías tus poemas,
yo te envío los míos.

Las cosas suelen despertar
incluso en la conversación espontánea.

Déjanos de golpe
proclamar la primavera. Y burlarnos

de los demás,
de todos los demás.

También te enviaré una foto de mí
si me envías una de ti.




The conspiracy You send me your poems, / I'll send you mine. // Things tend to awaken / even through random comunication. // Let us suddenly / proclaim spring. And jeer // at the others, all the others. // I will send a picture too / if you will send one of you.




La propuesta inmoral


Si nunca haces nada por nadie
te estás ahorrando la tragedia de las relaciones humanas -

Si silenciosamente y como en otro tiempo
hay un pasaje a un algo inesperado:

con que lo mires ya es más
de lo que era. Dios sabe

que nada es adecuado nada es
todo lo que hay. Tan inseguro

el egoísta no es
bueno consigo mismo.




The inmoral proposition If you never do anything for anyone else / you are spare the tragedy of human relation- / ships. If quietly and like another time / there is the passage of an unexpected thing: // to look at it is more / than it was. God knows // nothing is competent nothing is / all there is . The unsure //egoist is not / good for himself.




Algo


Me acerco temblando
tan cuidadosamente y siempre
siento la tonta pregunta final

de qué se siente,
y luego, qué hubo de sentirse,
y por quién. Recuerdo

una vez, una habitación alquilada en
la calle 27, la mujer que, literalmente,
amaba por entonces, después de

que hubiéramos hecho el amor sobre una
enorme cama, frente a un lavamanos
con dos grifos, tenía

que mear pero estaba nerviosa,
avergonzada supongo, de que
pudiera ver ese culo que

tan solo un instante atrás se
abría a mí por completo, desnudo, en
la misma cama. En cuclillas, su

cabeza reflejada en el espejo,
su pelo oscuro allí, la
totalidad de su rostro, los hombros,

se sentó de piernas abiertas, abrió
uno de los grifos y meó con timidez. Lo que
el amor aprende de una visión así.




Something I approach with such / a careful tremor, always / I feel the finally foolish // question of how it is, / then, supposed to be felt, / and by whom, I remember // once in a rented room on / 27th street, the woman I loved / then, literally, after we / had made love on the large / bed sitting across from / a basin with two faucets, she // had to pee but was nervous, / embarrassed I suppose I / would watch her who had but // a moment ago been completely / open to me, naked, on / the same bed. Squatting, her // head reflected in the mirror, / the hair dark there, the / full of her face, the shoulders, // sat spread-legged, turned on / one faucet and shyly pissed. What / love might learn from such a sight.




En Famille


Vagué solo como una nube...
al parecer había perdido a la multitud
Había vuelto con, familia - padre, madre, hermana y hermanos -
parte de una sangre común.

Ahora no hay nadie,
sólo mi cara en el espejo, un abrigo en un perchero de un sólo gancho,
una cama que podría hacer con sólo salirme de ella.
¿Adónde se han ido?

*

Qué fue esa vaga determinación
cortar el cultivo del vínculo
en toda su densidad, - su desinteresada compañía -
¿qué le hace a uno sentir tal desesperación?

irse, irse lejos de casa, desaparecer para aquellos
que nos reconocerían con sólo ver nuestras narices o nuestros dedos,
ponerle buena cara a nuestro irreparable desorden,
¿dar por sentado que es parte de nosotros?

*

Mis amigos, las manos en los hombros,
bien agarrados, manteniendo su palabra
de ser para uno y para todos, un centro de seguridad,
no importa si en las buenas o en las malas, a diestra o siniestra -

mantener la fe, seguir contentos, seguir juntos,
seguir en lo mismo, así que sigamos
pese al hecho de una necesaria deriva.
¿Será el hogar el lugar más feliz sobre la tierra?

*
Solo no llegarás lejos.
Está oscuro ahí afuera.
Hay un largo camino que andar.
El perro lo sabe.

Él es quien más nos quiere,
o eso parece, en las noches oscuras del alma.
Aguanta.
Aguanta firme, no estamos perdidos.

*
Pese a las manías tristes,
enamoradamente anclado, un lugar
en un círculo de jóvenes y viejos, una ronda -
El amor es producto de este vínculo.

Un día uno mirará hacia atrás
y pensará en ellos -
adónde se fueron, ya idos ahora -
recuérdalo todo.

*

Vuelto del revés como en un sueño,
la cara desfigurada que quiero para mí,
la gente amada y aún conmigo,
yo puedo ver su dolorosa fe.

A crecer, queridos, ¡luego echar a volar!
Pero cuando se haga de noche, volved a casa.
La luz seguirá en la ventana, el corazón aún leal.
Llámame - yo acudiré.

*
El viento sopla entre los árboles revoltosos
detrás de la ventana, por los campos de abajo.
Emblemas del crecimiento, del joven, del viejo,
de un tamaño monumental o tanta esperanza vulnerable

mientras el eco en la imagen de los árboles
mira con tal reflexivo placer,
tan diversos, tan próximos entre sí. Permanecen allí
esperando oir una música que conocen bien.

*
Me gusta la manera en que los dos me miran,
no sé por qué pero a veces es difícil ser humano.
Los brazos y las piernas empiezan a estorbar,
haciendo de uno una carga aparatosa, embarazosa.

Dime que tu felicidad es simplemente leal.
Dime que puedo aún aprender a ser como tú.
Dime que la verdad es lo que hacemos.
Dime que la clave está en cuidar de los demás.

*
Estamos aquí porque no hay otro lugar al que ir,
en la fe hemos aprendido lo mismo que con lo demás.
Alguien nos lo dijo una vez y lo sabemos desde entonces.
Nadie se queda afuera en un sitio tan modesto.

Nadie llega tarde jamás, nadie demasiado temprano.
Nos acomodamos uno junto al otro, nos hacemos lugar.
Soñamos un cielo al que llegar trepando una escalera.
Miramos las estrellas y nos preguntamos dónde y por qué.

*

¿Te habíamos dicho todo lo que pensarías para saber?
¿De verdad el tiempo de partir es ahora tan veloz?
¿Sucedió algo que no fueras a olvidar?
¿Hay lugar suficiente para todos donde estás?

¿Sabiduría es sólo una palabra vacía?
¿Es la vejez un tiempo que al final se echa de menos?
¿Guarda lo humano en sí su recompensa?
¿Es esto la felicidad?




En famille I wandered lonely as a cloud... / I'd seemingly lost the crowd / I'd come with, family - father, mother, sister and brothers - / fact of a common blood. // Now there was no one, / just my face in the mirror, coat on a single hook, / a bed I could make getting out of. / Where had they gone? // What was that vague determination / cut off the nurturing relation / with all the density, this given company - / what made one feel such desperation // to get away, get far from home, be gone from those / would know us even if they only saw our noses or our toes, / accept with joy our helpless mess, / taking for granted it was part of us? // My friends, hands on each other's shoulders, / holding on, keeping the pledge / to be for one, for all, a securing center, / no matter up or down, or right or left - // to keep the faith, keep happy, keep together, / keep at it, so keep on / despite the fact of necessary drift. / Home might be still the happiest place on earth? // You won't get far by yourself. / It's dark out there. / There's a long way to go. / The dog knows. // It's him loves us most, / or seems to, in dark night of the soul. / Keep a tight hold. / Steady, we're not lost. // Despite the sad vagaries, / anchored in love, placed in the circle, / young and old, a round - / love's fact of this bond. // One day one will look back / and think of them - / where they were, now gone - / remember it all // Turning inside as if in dream, / the twisting face I want to be my own, / the people loved and with me still, / I see their painful faith. // Grow, dears, then fly away! / But when the dark comes, then come home. / Light's in the window, heart stays true. / Call - and I'll come to you. // The wind blows through the shifting trees / outside the window, over the fields below. / Emblems of growth, of older, younger, / of towering size or all the vulnerable hope / / as echoes in the image of these three / look out with such reflective pleasure, / so various and close. They stand there, / waiting to hear a music they will know. // I like the way you both look out at me. / Somehow it's sometimes hard to be a man. / Arms and legs get ofter in the way, / making oneself a bulky, awkward burden. // Tell me your happiness is simply true. / Tell me I can still learn to be like you. / Tell me the truth is what we do. Tell me that care for one another is the clue. // We're here because there's nowhere else to go, / we've come in faith we learned as with all else. / Someone once told us so it is we know. / No one is left outside such simple place. // No one's too late, no one can be too soon. / We confort one another, making room. / We dream of heaven as a climbing stair. / We look at stars and wonder why and where. // have we told you all you'd thought to know? / Is ir really so quickly now the time to go? / Has anything happened you will not forget? / Is where you are enough for all to share? // Is wisdom just an empty word? / Is age a time might finally well have missed? / Must humanness be its own reward? / Is happiness this?




Por Robert Creeley


Selección y traducción: Martín Abadía

9.6.12

La mañana sol de limón (V), por Hugo Savino





Nos separamos sólo porque ellos no quieren saber. Seguí con esos libros prohibidos y me quedé casi solo. Mi vejete de tío silencioso que no se dejó engañar por las remanidas historias de la italianidad la vaca sagrada de la memoria operística los chuchos resecos de las glorias garibaldinas las aventuras industriales a él no le tocó el bien común no pudo digerir esa caca poética del progreso no pudo fue a parar a una pieza en Suarez al fondo. Un hoyo. Desde ahí veía las luces de La Boca. Jubilación de mierda nadie al que decirle algo. Sabía. Y estaba mejor solo. Sus amigos: dormían hablando en los cafés, bonchas del eterno presente de la mentira, y él estaba en la ventana, miraba algo, no sé qué, algo, miraba y se pasaba las palabras por la boca y fue el principio de su soledad loca. Cama vieja, radio antigua, cepillo para el traje. Pasarse las palabras por la boca. Es la condena social. Me dejó esa costumbre. Lo veo mirar por la ventana. O en casa. Irma le arrima un café, Irma con vestido floreado del verano, él rasca la mesa, no habla, un anís para acompañar, yo lo miro y sueño, no me acuerdo pero seguro que sueño, marca de fábrica familiar. El camino que hicimos de Olavarría y Patricios a Avellaneda por esa calle amarillo lavado años cincuenta, llena de negocios, gente por Montes de Oca, y yo sabía que en algún lugar de ese camino estaba mi ensoñación, la perla rarísima, los cuatro acordes de mi solo. Ese fue el camino. Después salí, me metí en lugares que no me correspondían, y me marcaron el camino de salida, astillitas en el alma, me dejaron, me pusieron en mi lugar, ¿por qué? Pero muchos años después. Cuando se me ocurrió progresar y tuve amigos de buenas familias. ¡Las buenas familias! Mala frecuentación para mí. Quise meterme un poco en otro ambiente. Un poco de respetabilidad. Algo así. Me ajustaron las cuentas. Amigos de vidriera. Y no digo como al otro. Excluido el como de esta novela. Un aprendizaje es dejar de progresar. Necesité libros. Los libros de salida. Y decidí dejar de estar loco y seguí leyendo. Dejé mi personalidad de persona cordial, que cae bien, que trata de no hablar de lo que leyó. No es que me puse a hablar de esos libros, casi nunca hablo de lo que leo, salvo con poquísimos amigos curtidos en cielos, amaneceres y colores. Y que no juzgan. No puedo ponerlo blanco sobre negro. No lo puedo resumir bien. No le busco una solución a este embrollo, eso seguro, detesto las soluciones narrativas. Un poco de luz para mí. Busco una frase que me vengue. Que no tenga solución. Que flote.

La palabra moscardón. No sé cómo ponerla. Me gusta. Tiene que traerme una buena frase. La saco de un poema: “Todo prometido, ella se duerme, flor bajo el dardo del moscardón.” Tomo también “el dardo del moscardón”. Palabra y frase. Ese dardo. No se me escapa. Se me pegan los moscardones. O los pego como dice Miriam. Veremos. Ella trabajaba en la instalación de palabras. De ahí fraseaba. Era pobre. Fue rica. Se volvió pobre. ¿Qué pobreza? No sé, no se puede hablar de la pobreza de los otros. Sólo se puede decir: es pobre. Lo aprendí en un libro. Ya sabía que un pobre es invisible. Pero ese libro me enseñó muchas cosas más. No sobre la pobreza únicamente, no, de eso sé mucho. Los hizo hablar y eso es sorprendente. Los detalles de la pobreza. Nadie soporta los detalles. Así es la lectura. Un momento de soledad que se va ampliando. A soledad, obvio. A más soledad. De manotazo a manotazo. Y los que renuncian a la lectura; ¿a qué renunciarán? Es un poco básica mi pregunta. Pero me asombra esa renuncia. ¿En nombre de qué originalidad? Son mis divagaciones, pero daré vueltas y al final no me alejaré de esta novela localizada en un momento del tiempo. Acá no se condena a los perdedores sociales. Y uno tiene que decirse las heridas de la lejanía del tiempo. No están tan lejos. Si uno empuja. Animarse y se toca, la lejanía, como se toca el aire de la noche de verano de 1950. Es como el desorden. Bendito sea. ¿Moscardón de la familia de pesado y copión? Escritores moscardones. Falsos amigos moscardones. Gama de moscardones. Como la gama de los coches Citröen. No puedo ver estas cosas de manera desapegada. Para eso hay que nacer en otro lugar. Las componendas del lugar de nacimiento. Los retoques y maquillajes. Para gente respetable. Hay muchas maneras de ser respetable. Sutiles. Huelo un respetable a una cuadra. Me enervan. Uno de los yeites del respetable es el kitsch de la emoción, llora, llora por todo, por la humanidad, todo a distancia, ausentes, son ausentes, nunca serás tan respetable como ellos, nunca. Sentimentales, desesperadamente. Y los sentimentales te matan. Lo sé y los frecuento. ¿Seré un horrible sentimental? ¿De la cobardía? Le tienen miedo a los pobres, a la pobreza, asco al pobre, asco al fracasado. No caer en la tentación de querer seducir a esta gente. Respetables. Alejarlos. Patearlos. Te piden que les inspires piedad, te la cuelan, te la regalan cuando tienen tiempo, no te dejan contar. Pero quiero resumir: no se puede frecuentar a brutos letrados, es injusto. Irse al culo del mundo no quiere decir irse del momento del nacimiento. Patio de inquilinato es para siempre. Es un infinito si lo quieren más delicado. Se verá en tu cara. En tu lenguaje. No se podrá ocultar. Para qué. No se puede usar como pasaporte. Tampoco. No sirve para nada. Hay que dejar atrás a esas garrapatas que venden delicadeza. No siempre se nace. No quiero meterme ahí. Conozco a muchos no nacidos. Clandestinos. Queridos amigos no nacidos. Andrajos que se obligan a frecuentar el mundo. Leo el artículo de un imbécil que glosa la gran novela americana, no la va escribir nunca. Anuncia que sólo lee americanos. ¿A quién quiere asustar? Y bueno. ¿Por qué no? Debe ser hijo del otro imbécil que anuncia que no le gusta Joyce. Lo anuncia al mundo. A sus discípulos. A sus lectoras. Los autoriza a no leer. Los no nacidos son otra cosa. En principio no hay imbéciles del presente entre ellos. Cómplices de los desposeídos. Pero desposeído es para tesis. Sólo que no nacidos y desposeídos son sospechosos. Pero tengo que volver a los revolcones, las ideas generales son una tentación. Tengo que escribirles a Esteban y a Mariano. Me mandarán una carta rajante. Les confesaré que salí a buscar respetabilidad literaria. Se cagarán un rato de risa. Hay sol. Me achicharro y busco la sombra de los árboles de Paláa y Berutti. Rasco el aire de la memoria, medio tuerto, pero no importa. Te espera el vacío, el viento. Hay que tejer. Palabras: agüita, sombra, tijera de podar, limonero, viejo. Paro. Cosa vieja palabra vieja. Es una lista. Amo las listas de palabras. Me las hago cuando escribo. Atrás del cuaderno. Toco. Ilusión. Manía de lo interminable. ¿Mudanza es derrota o ilusión? Desalojo. Poco prestigio. El que te que pone distancia, el emocional, el lloriqueante, todo eso reunido en su persona de burgués de familia, en su tradición berreta, como todas las tradiciones exhibidas, gente que no dice más ropero o pava, y tiene edad para decirlo, qué poco se puede contar con ellos, tanto rezongo de aullido que se derrama como leche hervida, para un teatro de lo ridículo, y mejor no tomarla en cuenta porque todo termina en lágrimas de cocodrilo o desplante. Tendría que ir cortando esta queja, este lamento de los amigos no amigos, voy a exceso de novela sentimental, me pone en mal lugar, le doy pan a los intérpretes de la psiquis, a las eternas lechuzonas de la vigilancia, tengo que cortar. Casi ninguna amistad se puede anudar.


Con la gente que no te deja leer, que te deja en el umbral de los libros, que se angustia porque uno lee mucho. Es raro. Es como pedirle a un boxeador que no boxee mucho. Condenar o llamar boludo a alguien porque lee es juntarse con las voces mierdosas del sentido común y de la prudencia y el buen juicio, con lo permitido.

¿Qué miedo? El miedo a que nos expulsen. Ese temblor. Pobres víctimas de mi amistad. Me les caí encima. Pero en mi defensa: un poco: le otorgo a muchos de esos desechos del alma que fueron mis amigos el poder de echarme de su amistad. ¿Qué amistad? Nunca me miraron en realidad. Ni me vieron. Tampoco es traición. No estoy en esa dimensión de las coordenadas y la traición. Mucha pretensión. No me vieron. Perdí tiempo.

Vagabundo de tren debajo de los siete puentes: saco de lona, sombrero de ala no muy ancha. Cómo me harta la gran novela paranoica. Los paranoicos. Los celosos. Los canas de los sentimientos. Los tipos que ven mierda en todos lados.



Salimos de Barracas. No sé muy bien adónde voy. No sabíamos. No éramos como Hudson. No teníamos experiencia. Sólo la del pateado. Pero no había drama. Éramos gente de patio. Chirusas o chirusos en camioncito. Bártulos. Paquetes. Vajilla envuelta en papel diario. Gritos. Unos días antes de la mudanza hubo un picnic en el parque de la ancianidad. Roberto tocó el bandoneón. Todos bufamos. Como años después mi amigo plomo novelista que querrá leer sus maravillas de tedio y sabiduría sentado en su saloncito. Bandoneón o lectura de manuscrito, mismo aburrimiento. Todos escapamos para los árboles, Roque Juan se divierte, incentiva el bandoneón, Irma pasa las empanadas, Nélida saca las berenjenas, toda la italianidad se dispone a comer, Roberto mata algún tango. Pero yo no incentivo lectura en voz alta de poemas. Costumbre del esteta, el paralítico de la escritura, unas copas y saca a Juan Ramón Jimenez de la biblioteca ordenadita. Me gustaría seguir ese hilo entre el primo de Irma bandoneonista y el esteta y su amigo esteta. Malos payasos –si lo tengo que decir, sé que es fácil, pero me viene a la mano– de la noche porteña, de la carnecita asada, la empanada, el vino tinto. Pero no, me agota. Es un facilismo, la burla es el supremo facilismo. Me caigo del lado de la burla. El esteta angustiado es un especialista en burla. Detesto la burla. Y el bandoneonista es un pan de dios en el cielo. Él caminó por la ciudad, años, solo, con sus jaquecas histriónicas, empleado, yugador de escritorio, amable, decente, la decencia ordinaria, los estetas de la carnecita y el vino tinto “deben formar parte de la intelligentsia para pensar todas las estupideces que piensan, un hombre común nunca puede ser tan estúpido como esos dos”.

No importa si pregunta por mí. No caigas. Tragate la curiosidad. Es sentimental, los sentimentales llevan la crueldad pegada a la suela de los zapatos. ¿Qué preguntó? Formulismo. Algún dejo de mordida del alma. No averigües. La curiosidad en el bolsillo. Pregunta es señuelo. Esfuerzo por dejar de berrear quejas. No vayas donde no te quieren. No preguntes más. No vayas. No berreo más. Me callo. Hay amistades que son un error.

Miro el cielo de estrellas manoteo el aire de alegría escucho voces medio alucinadas y yo alucino o las voces o el cielo de la noche pero no es la vieja depresión o el pánico. Eso pasó.

Querida prima coneja ¿dónde están los muebles laqueados? ¿A quién se los diste?

Porqué tanto miedo a los libros que hacen escribir. ¿Por qué ese miedo a que no me quieran? ¿Por qué? ¿Por qué no cambio de barrio? Lecturas secretas. Es lo mejor para despejar el alma. ¿Por qué pido permiso? Una lista de los miedos. Como las de los demonios interiores. No soy furibundo como ese sentimental. Pero lo que no soy: fácil. Odio a los furibundos. Y a los sentimentales. También nombrar más los lugares.

Guardo las escenas de los libros que amo: la del perro en ese vagón del tren al sur, que comió un poco de la hamburguesa del vago que viajaba acostado sobre su mochila. O “ese guarda que entra y pregunta de una: ¿quién paga?” ¿Todos, nadie? De una, para sorprender al seco. Siempre estará ese puto guarda. Cambiarán los gobiernos pero un guarda entrará a preguntar quién paga.

Cambio de lecturas. Cambio de alma. Desertar. ¿Cómo cuándo? ¿O al final se trata de ser un estudioso de la literatura? ¿Querés que te lleven al coloquio? Querés eso, ¡quejoso! ¿O querés dejar de ser invisible? ¿El reconocimiento? ¿Cuál? ¿El hegeliano? ¿El de poeta? ¿Algo así? ¿Dejar la invisibilidad? ¿Terminar poeta o novelista o escritor? Hay que estar loco, muy loco o muy apático para abandonar la invisibilidad. ¿Por qué no me junto con los que me quieren? Leo el Vagabundo de las estrellas. Preparo El Valle de la luna. Me escapo de algo, no sé muy bien, pero me escapo, siempre estuve escapando. Y seguiré. Esa herida puta. Y ahora dejo entrar la luz del mediodía. Sol color sopa de calabaza. Divagaciones. Leo ese relato donde él lleva a su hermanita cerca del río y le enseña cómo saltan los peces. Le muestra el reflejo del sol y le promete hacer lo mismo a la tarde, a las siete justo cuando un fragmento de la luz sube hacia el sauce y se escapa por la copa. El verde es intenso, y no hay como la promesa de una ensoñación a la hora del mediodía. Desertar.

¿Prima coneja tenía un sueño personal? ¿Tenía un gran amor al final? Tengo que averiguar. La recuerdo llamándome en ese bar. ¿Con qué soñaba?

Un ejemplo de moscardón: el escritor burlón al que después vi corriendo a los brazos del profesor que bajaba por la escalera. El abúlico burlón. Insaciable de gloria de provincia. Los moscardones llevan la burla pegada a la suela de los zapatos. Toda una vida en esa noria. Conozco alguna que otra carancha burlona.

Mis venganzas, algo así como Mis odios. También puede ser: mis rechazos.

La sensación de ir a ningún lugar. La chifladura de la normalidad ya fue. Ambición de un día. Hay que saber olvidar. Terraplén del Pato al Sur. Tiro un tronco quemado por la barranca, estoy en esa ensoñación. Infancia. No salir de allí. Un hilo de agua que baja de algún lado. ¿Con qué sueño? Ahora está la desesperación. No pongo un mameluco duro de pintura parado en una pieza, no soy pintor, pero nunca me olvidé de esa figura. Los pintores no hacen imágenes hacen cuadros. Ese mameluco ahí parado, duro, solo, duro de pintura es la vida de la desesperación. ¿Miedo a repetirme? No. Tendría que hacerme más preguntas. Una, sí: ¿qué hago entre toda esta gente, si nací del otro lado? Tener el don se paga caro. Socialmente caro. El ser se perdona, el don es un regalo de Dios. ¿Y ese dúo cómico atragantado por la envidia? Uno saca su cine B, el otro su loro teórico. Los dos me envidian el don. Yo amo a los tipos de las tardes de calor, de sol, de humedad, esos tipos en la ventana del café, que vienen de la tarde de los años cincuenta. Esos no van. Se mueven apenas. Cigarrillos. Pocillo. ¿Camina el pasado? Tengo que ir despacio. La desesperación no se ventila, o: sermón. O caranchas te ponen en libertad condicional. Mudanza en camioncito es éxodo. Hay que reforzar la clandestinidad.

Lola. Sí Román, protomártir de mis confesiones, Lola. Sí. Que no vive enclaustrada en la casa. No se deja meter en el placard. Lola hará feliz al que la vea con el oído. Mira fijo porque quiere que la escuchen. Ese, el que la escuche, a ese, le romperá el corazón con esos pantalones rojos, esas botitas rojas, esas piernas largas y chuecas, el holluelo justo donde empieza el escote, y lo matará de celos amorosos y él tocará la luna, su recompensa. Lola está destinada a la felicidad amorosa. Aprenderá a leer y escapará de la vigilancia de brujas, de la retórica del fiolo universitario, de las compañeras de oficina, o de peluquería, abuelas, tías, jefes, de los tipos con la mano atada, piojos monologantes que no le dejaban abrir la boca. En la mañana luminosa de Avellaneda bajará la ropa tendida a la noche, la rescatará del sol. Y ninguna preocupación por el futuro: ¿qué es eso? Murmullos de la cama. Tendrá ese marido irrealista, ese gavión, lo mantendrá, se morirán todos de envidia, ella aprendió en algún lado la palabra a-social. Escrita con ese guión. La anotó en su cuaderno de notas, se la escuchó a alguien y aplicó el instinto de azares y la escribió. ¿De quién aprendió esta piba arrulleta a llevar cuadernos de notas? Una pista dudosa: de la misma Lola: la leyó en un relato de un desconocido, vaya a saber de qué siglo. Ella hará el mate, clásico, fatal, por qué no, y bajará a la luz, y se meterá en el día extendido, la perderemos de vista. Lola con solera, brazos de planchadora de verano, dejará el aura de la vieja ternura mientras dobla en la esquina del baldío. Mientras todos van al revés como ese río verde sublime y la miran ir. La felicidad recíproca a la luz de la media mañana, los que la miran y la mirada chanfle de Lola. ¿Alguien le dijo: Lola, hacé cuaderno de notas?

Pero está la mirada. Lola mira. Y él está ahí. Arrinconado contra la barra. Toma un café. Él mira primero. Primero es su mirada. Lola la devuelve y la deja ahí, en sus ojos, y eso dura lo que dura, y a él le queda como una alegría dolorosa, un recuerdo, instante, se lo lleva para la noche. Hará algo con eso.

A la mañana Lola mira las ramas que apuntan al cielo, esperan el viento, quietecitas, llenas de hojas verdes. Se pone las botas rojas, pasa los cordones, murmura al techo, no se recita nada, no hay nada que temer por ese lado, ¿qué espera de la caja pandora del día?, es secreta, no confiesa nunca, nunca caerá en manos de un poeta.

Lola sigue pasando.

2.6.12

Mar negro de Ana Arzoumanian: una prueba de origen, por Luis Thonis


Un libro tiene que ser un hacha para el mar congelado dentro de nosotros. La literatura sólo es digna cuando descongela la sangre de quien lee.
Franz Kafka

Mar negro de Ana Arzoumanian, Ceibo ediciones, 2012.


La lectura de Mar Negro de Ana Arzoumanian le quita a uno las ganas de comer y dormir. Se debe al ritmo, a “el mismo tono para amar y destrozar” de la cita de Tsvietáieva que lo encabeza. Después de un aleteo de aves migratorias hay un renacer y la certeza que esta vez Eros ha vencido a Thanatos.
Alguien dijo que este libro no era demasiado argentino. También la estupidez tiene una larga tradición, busca perpetuarse en esencias, no se banca que le muevan el piso. Mar negro es tan argentino como el mate o el fútbol cuyos orígenes como tantas cosas que hoy parecen nativas no son nacionales. Hasta quien inició la narrativa argentina, Esteban Echeverría, fue considerado por algunos académicos como Calixto Oyuela “no haber sido suficientemente americano” por haberse apartado de lo español y castizo. Echeverría se apartó de la tradición colonial apoyándose en el francés para escribir El Matadero, la escena que consideraba inenarrable. En Mar negro hay que pagar cierto precio, salir de los paradigmas habituales de lectura.
Aquí se trata de una guerra y un exterminio reales en tanto la Argentina desde sus orígenes ha estado luchando contra enemigos imaginarios y los sujetos matándose entre sí, incluso se fue a la guerra, a un suicidio para encubrir un exterminio inenarrable.
Al no poder separarse del Origen mediante instituciones –es el único modo de hacerlo– nuestra historia retrocede siempre a lo que Murena llamó el Campamento: un lugar de paso para saquear y enriquecerse que no puede fundar un nombre y abunda en grandes palabras vacías.
Hay una siniestra confusión entre el pasado –histórico– y lo arcaico que está siempre presente: el niño que dice “caca” habla en griego arcaico.
Repudiar lo arcaico es condenarse a la circularidad del tiempo y a un presente que reproduce fetiches del pasado.
Nuestra psicología de masas no puede salir del incesto colectivo y la fusión de los antónimos como, por ejemplo, en la siniestra década del setenta entre los montoneros y las Tres A que respondían al mismo liderazgo. Estos pares se reproducen en otros dobles de dobles, copulan y hablan una lengua común: basta escuchar los cantos de las hinchadas y las expresiones xenófobas para entrar en materia.
La lengua es la institución por excelencia y se oye más demanda de caudillismo que instituciones que suelen confundirse no con limitaciones del Unico sino con los edificios.
Aquí la lengua ha sido extirpada y el crimen convertido en institución: “Si hablaban en armenio les cortaban la lengua. El uso de siete palabras seguida en hayeren era causa de blasfemia. Les clavaban las uñas en las frentes de los niños”.
Es desde una poética que se oye una lengua en sus voces desaparecidas. La narradora de Mar negro, como esas criaturas de Kafka que van por una calle de campo no conoce el reposo. Está entre dos lenguas en las que muere una vez y renace en otra: “Para estar cansada hay que tener historia y no tengo pasado porque se me deshace. Cuentan que los niños nacen sabiendo y que luego baja un ángel y les da un beso del olvido. Así se forma la línea del labio”.
La única referencia que encuentro en la literatura argentina es Onagros y hombre con renos de Antonio de Benedetto donde en el principio no está el verbo sino el exterminio. Es un relato de origen, un génesis que actualiza lo arcaico, siempre impensado, el único modo de que el futuro no sea una reescritura del pasado.
Abundan las crónicas y los materiales sobre el genocidio contra los armenios aunque el Estado turco se empeñe en no reconocerlo. Aquí no se trata sólo de eso: la novela es transhistórica en tanto el exterminio es vivido desde una delgada línea genealógica, la del abuelo, cuyas cuatro hijas fueron asesinadas y que a veces imagina vivas y prostituidas a los turcos. Hace eco en la historia actual.
Los armenios que hoy viven en Turquía, luego del giro de la política de Erdogan que ha visto los réditos de hostilizar de emprenderla contra las minorías de su propio país que vuelven a estar en la mira del Estado turco actual que no es precisamente un modelo a imitar por los países que transitan la primavera árabe. En un santiamén puede transformarse en un invierno regimentado. Armenios y judíos son, pese al éxito económico, experimentados como figuras inquietantes de lo arcaico. (1)
Mi cuerpo es un cuerpo de batalla”, dice la narradora que se encuentra con ecos con la literatura árabe actual más audaz, con Joumana Haddad que demuele los mitos árabes a lo Edward Said, se enuncia como guerrera, introduce a Sade y otras “corrupciones” occidentales en el Líbano donde Hezbollah practica la limpieza étnica.
El Mar negro no es el pontos euxeinos, el lugar hospitalario de que hablaban los griegos y abría el juego de los ciclos del nostos –retorno– que le permitía a Ulises ejercer sus astucias. El abuelo sueña con una Itaca que ya no existe, tiene una vieja Biblia con fotos sin imágenes donde intenta reconocer a sus hijas que se van transfigurando en la pesadilla interminable en que vive.
Los turcos a ese mar lo llamaron Negro, lo convirtieron en un Sheol apilando los niños en canastos y luego arrojándolos a las aguas. En contraste, las imágenes de la Virgen y el niño recurren en las historias de armenios, ella es Star of the Sea (Hopkins), la enemiga de Astarté que quiere maternizar los sujetos en el Templo. Tampoco la novela se escribe desde la civilización como lo hace Pushkin en plena campaña de 1828 contra los otomanos en su viaje a Arzrum –ve el Arca de Noé resplandeciente el monte Ararat–, entre las tribus bárbaras.
La novela de Arzoumanian pasa por esos lugares, es también un viaje entre hermosos paisajes que gotean sangre pero no hay los gestos de generosidad que se observan hacia los vencidos en Puskhin.
Entramos en el siglo veinte y el genocidio turco es la referencia ineludible que anticipa de las masacres del siglo XXI: una guerra impune contra los civiles indefensos que puede leerse desde Bosnia hasta lo que hace Siria hoy con su población.
Los talibanes hicieron volar los milenarios Budas de Bamiyán que vigilaban la Ruta de Seda: demostraron una impotencia ante lo arcaico. Arzoumanian recuerda a Giacometti, su necesidad de que nos vigilen las estatuas para recordarnos que estamos vivos mientras ellas nos cuentan de la muerte.
Las rutas están sembradas de piedras funerarias, los "khatchkar", caligrafías que hacen con las piedras aerolitos que nunca cayeron del cielo. Si los talibanes asesinan así las viejas piedras, al arte, lo inmemorial al fin de cuentas –no quieren que los miren, pueden disolverlos– qué les espera a las personas.
El Sultán durante el imperio otomano practicaba la tolerancia con armenios y judíos pero carecían de derechos civiles. La Sharia, no reconoce el testimonio de ciudadanos de segunda –dhimmis– contra un musulmán.
El mundo no habla pero los dragones se entienden entre sí. El genocidio contra los armenios se sostuvo en un mito de origen: los Jóvenes turcos evocaban al legendario Turán que luchaba contra los arios del mismo modo que el mito Ario justificó el asesinato de seis millones de judíos.
Fue Churchill el primero que nombró como “holocausto” el genocidio turco.
La narradora no está entre las dos muertes donde Lacan sitúa a Antígona, por la del hermano sin sepultura y muerta en vida por haber violado las leyes de la ciudad. Aquí no hay un Creonte, un tirano visible que al menos reconoce su acto que a su vez lo condena. Aquí no hay Estado ni ley que asuma algo, salvo el querer de algunos que las víctimas resuciten para volver a asesinarlas.
La juventud –los jóvenes turcos que sacan a reos de las cárceles para que lleven a cabo las masacres en los convoyes que simulan deportarlos– es hipnótica y está hechizada por su nuevo estado nación, hay que liquidar a los que allí vivieron durante veinte siglos.

El amor es una prueba de origen. Vivir es dar una versión del origen, no tenerla, querer ahorrarla, supone el refugio en el mito y sus consecuencias aberrantes. El mito opera para que el origen permanezca intacto, fijo. Las religiones tratan de darla apartándose del mito, instruyen al creyente pero el origen resuena fuera de ellas. Cuando se toman los textos a la letra se cae en el discurso del mito. El fóbico odia al que dice amar porque su religión privada se lo prohíbe. No puede desplazarse de su fantasma fijo en el origen, cree en el como un fetiche que va reconstruyendo a través de cada historia en la que triunfa al fracasar.
El amor es un modo de desplazar el origen pero también de reactivarlo de modo que no pese sobre los hombros. Alguien en medio de un encuentro pasional, de la luminosidad de los cuerpos que parecen completarse uno en otro, huye en busca de un origen que teme perder: lo arcaico está presente en el sexo y el arte no se cansa de recordarlo.
El amor es un pathos con el origen, una crisis para la cual no hay solución final. Cada entre dos es único, intraducible. La narradora no está en la situación de Antígona ni de Hamlet –que es informado por la voz del padre y toda una serie de pruebas que se van dando en medio de una locura donde debe vengar al mismo padre que debe “matar” en lo simbólico– por lo tanto debe no sólo desplazar sino reinventar el origen desde esa delgada línea enrojecida por todas las sangres que asume como heredera, argentina y armenia. Crea puentes entre el dolor y el deseo que tienen en común no responder a causas orgánicas y posibilitan encuentros inéditos.
No apunta a drogar el origen como los posmodernos o las feministas que combaten el “imperialismo heterosexual” –al hombre es considerado un signo de lo arcaico– según Judith Butler, tampoco pensar que hay un origen puro de la lengua como Heidegger y los nacional populistas que se encuentran con ellas en asociación nihilista. (2)
La narradora descubre que lo que se cuenta modifica lo contado y su única alternativa es demostrar que el origen es múltiple por retroacción, se abre así la infinitud del sujeto, experiencia que la Sociedad trata de ahorrar, bloquear a los suyos con ruidosas consignas y no pocas veces suicidándose. Para la cultura posmo todo ya ha sido dicho en el Circo, pero para esta literatura todavía no se ha dicho nada.
Por eso luego de ir hasta el fondo del Sheol como una suerte de sacerdotisa de sus muertos, renace en el Ararat como esposa de Armenia y describe entre resplandores de un cielo perforado la transmutación de la tristeza en gozo: “Los príncipes enfundaban sus penes porque pensaban que los ayudaban a resucitar. Una montaña oscura que aumenta su tamaño. Yo, el Ararat, o la brasa de tu sexo”.
Aquí la narración planta una cabeza de playa, un territorio cero –fuera del incesto colectivo que supone el exterminio– donde las imágenes se van atenuando, perdiendo “como un gigantesco rompecabezas” sobre todas las babilonias del pasado y del porvenir.
La novela en ningún momento pierde intensidad en todos los niveles enunciativos. Una mínima concesión la haría perder ese delgado hilo genealógico: “El abuelo vio fotos de colgados, de decapitados. Elige de su museo interior la imagen de cuando se quebró la costura del cielo y los astros empezaron a girar. De cuando la luz se hizo fuego y el fuego dio origen al agua. De cuando todo lo multiplicable le hacía decir, exaltado sea”. El origen es tomado desde el vamos por una multiplicidad retrospectiva, operación que hace que su simultaneidad sea el infinito en acto apelando a recursos pictóricos, fotográficos y cinematográficos ante los cuerpos ausentes.
Se trata de que el duelo no configure ese grito hacia adentro, esa hemorragia de sangre que es su única herencia –del cuadro del Papa Inocencio de Francis Bacon donde, dijo, quiso pintar no el horror sino ese grito que lo devuelve al silencio. Es el grito mismo de lo arcaico, un grito doble –dirigido al Otro, al prójimo o a nadie– que por resonancia nos dice que no es el dolor el que produce el grito sino éste al dolor que como el sexo no tiene un lugar orgánico localizable.
Es así como el dolor se torna deseo y los muertos piden que la narradora viva.
La narradora muere y renace en un grito que es silencio, pasa del yo al vos, como si inventara a otro –que puede estar o no estar– para desplegar juegos eróticos y confesiones y casi en simultaneidad transita al pasado, a una suerte de prehistoria, a ese tiempo arcaico donde sospecha que está la semilla de las guerras del futuro.
Hay que ganar la guerra de lo arcaico en vez de repudiarlo mediante mitos, parece decir la narradora al inscribir en la lengua los nombres armenios. Freud se preguntó si el dolor físico puede producir placer sexual en tanto el deseo funciona fuera de las pautas del cuerpo fisiológico. Las formas de erotismo que despliega la narradora son un conjuro, la contra cara de los múltiples modos de matar, de reducir a la esclavitud y al infantilismo al otro que, irrumpe como fuego en la noche para revivirla con el semen de Moisés.
El genocidio armenio fue sin chimeneas, calculado: liberaron asesinos de las cárceles para no mancharse las manos. Este pragmatismo resulta espeluznante cuando se entra en las escenas descarnadas. Ambos genocidios tienen en común haberse realizado en nombre del Progreso, sobre un fondo de mito y repudiando lo arcaico que siempre estará presente…los exterminios los realizan los que de antemano han perdido la guerra del origen, esto bien lo sabe el pueblo del Libro.
El armenio era para el Joven turco una figura arcaica, del mismo modo que el judío era una presencia que opacaba el futuro milenario que se prometía el Tercer Reich.
A través de la línea genealógica del abuelo –un Ulises sin mar, imagina una Itaca que ya no existe– y sus hijas asesinadas la narradora lleva en sí la carga de un millón y medio de víctimas por inevitable sinonimia con los suyos. y escribe desde el Sheol mismo, esa región donde los muertos solicitan ser escuchados desde las profundidades de lo arcaico.
Extiende un sudario sobre ellos mientras el erotismo se abre en los orificios del cuerpo, ante tanta muerte mayor es la vibración del deseo, el te amo final es el retorno no de lo siniestro sino de lo que nunca ha sido.
El vuelo literario hay que experimentarlo, abre una frontera inédita donde se inscriben los nombres armenios pero al mismo tiempo contamina a otros tan enraizados y burocratizados que son muertes viviendo una vida demasiado humana. Este libro supone una prueba posthumana que se vislumbra en la forma misma del duelo que se lleva a cabo.
Mar negro es una prueba de origen que deberán asumir las culturas que se para no ser indiferentes a la situación de las minorías amenazadas. Para saber de qué se trata y no ser vapuleadas por la voluntad de ignorar y la servidumbre voluntaria que supone.
Leerlo supone atravesar varios infiernos para encontrarse con otro tipo de sujeto, ajeno a clones y clownes posmodernos. Esta prueba de origen es una prueba de fuego que sacude los paradigmas estratificados en una circularidad letal, es una voz exterior donde resuena –to enter heaven, travel hell, decía Joyce– la risa del paraíso del trashumanar de Dante. También el mar, por negro que sea, tiene que alcanzar lo marítimo, decía Marina Tsvietáieva en su libro sobre la pintora Groncharova, para la cual lo divino puede existir sin Dios pero no Dios sin lo divino que permite el retorno de lo que no ha sido.
Este libro bien podría ser un hacha como decía Kafka para que un mar negro se descongele en nosotros.



I) Luis Thonis, Túnez y el modelo turco, Libros peligrosos, diciembre, 2011.

2) Basta leer los diálogos entre Zizec, Judith Butler y Ernesto Laclau para notar el descerebramiento de los sujetos que producen estos ideólogos que sin ninguna versión del origen salvo la regresión a una etapa anterior a la mercancía donde lobos y corderos se amarían fuera del lenguaje. Pasan del posmodernismo light a la vindicación del estanilismo y el fascismo. Butler ataca el entre dos entre hombre y mujer en nombre del “imperialismo heterosexual” en función de un neo matriarcado: la performatividad ha llegado a los cuerpos. En “Iraq: The Borrowed Kettle”, Žižek afirma: “Better the worst Stalinist terror than the most liberal capitalist democracy” (“Mejor el peor terror estalinista que la mejor democracia capitalista liberal”), es decir, hace una apología de Stalin, insultando a más de veinte millones de víctimas y Laclau es admirador del “todo dentro del Estado” de Mussolini y de el jurista nazi Carl Schmitt: propone como “progresista” la concentración de poderes y la reelección indefinida.Estos “antiimperialistas” hablan para un público de consumidores contestatarios, enseñan en universidades extranjeras, proponen la revo pop en pesos pero cobran en dólares o libras esterlinas. Prefieren a un Chávez –al que Carlos Fuentes llamó “flatulento y destructor de las instituciones”– que una modesta democracia. De ahí cierto efecto político, mínimo pero inmenso, del libro de Arzoumanian cualquiera hayan sido las intenciones de la autora.

27.5.12

La mancha de los adioses, por Isabel Steinberg



El pasado es impredecible.
(Proverbio armenio)


Ayer se le impuso: “chocolatines con pasas de uva”. Iba en el subte, llegaba a la estación Entre Ríos. La frase no podía ser menos ambigua. Momentos antes ella pensaba en la imperiosa necesidad que la llevaba a ponerse los anteojos oscuros justamente en un lugar tan poco encandilante como el subte. Lo que encandila-pensaba- es esa marea de miradas desconcertadas y estúpidas, ese balanceo caliente y fatigoso, esa intemperie de pozo.
Chocolatines con pasas de uva fue lo último que le dio a David, cuando las paladas del sepulturero tiraron los primeros montones de tierra. En mil novecientos setenta y cinco no le era desconocido el olor barnizado de los funerales, el olor de los funerales de los cuerpos jóvenes.
Pero aquel funeral era diferente a todos: esa tarde de abril, en el cementerio de La Tablada convergían, se mezclaban, se embarullaban atrozmente todos los nombres: David, Armando, Ilan-do-Parca, Robi, Revolución, Judío, Sefaradí, Habibi.
La Parca E Kui. Aquella agorera iluminación que dos meses antes había leído sobre el cielo de Petrópolis se imponía como una alucinación verdadera. Aquella alucinación que, inspirada por la musa lisérgica, había escrito en el cielo a la manera de una historieta, se le derretía ahora entre las manos sucias por el chocolatín que tardaba en soltar, bajo el sol de abril, para atrasar la despedida. Una idea la consolaba dulcemente: su sudor, mezclado con el chocolate y la tierra y todo lo que se desprendía, iba a fusionarse con David.
Enterrada en un oscuro bar cerca del cementerio escribió algunas frases y una poesía.
Las frases eran desordenadas: “Yo me imagino David que tu alma bulle. Bulle y se revuelve. Si bullir es agitarse una cosa con movimiento similar al del agua cuando hierve. Bulle y se revuelve para acercárteme, para tocarte el cuerpo que ya no es el tuyo, el cuerpo infladito, hinchado, espantosado. En ese estado sin casa, sin cuerpo, tu alma se esparce y ablanda, se estira y se esfuma, se esperpentiza. En ese entre-dos formas todo se te aparece desmesurado y palpitante. Como en un instante de sentimiento perfumado, aspiras. En el verdeazul de lo intermedio todo cobra una causalidad infantil. ¿Cómo llamar a ese recuerdo de sol atravesado por partículas de polvo? ¿Cómo nombrar?
¿Cómo gritar? Cerca de mí alguien habla del altruismo suicida, de la locura, del dolor. ¿Quién puede querer vivir?- se me ocurre.¿Quién puede querer vivir con el cálido aliento de este muerto en la garganta?¿Quién puede querer vivir con esa boca de sepulcro en el pecho.”

La poesía que escribió ese día de abril de mil novecientos setenta y cinco, a los veinte años, era ésta:
Finalmente
No busco más lenguajes conocidos.
No encontré los ojos que devuelvan el gastado reflejo.
No los busco.
Creo haberlos visto una vez encerrados en la tierra.
Tengo las llaves del reconocimiento, sólo que a veces olvido dónde las guardo.
No es momento de confiar en la memoria cuando el comienzo
termina desnudo.
Me mata tu tan mortal muerte.


En mil novecientos setenta y cinco, la madre de David se convirtió a partir de su muerte a la tibia religión de los espíritus. Tres días gimió. Tres días enormes e hipnóticos. Después lo buscó: su viudez de madre joven la hizo frágil, receptiva, y toda su vida cobró sentido. Una nueva curva se insinuó en sus caderas cuarentonas. Sus mejillas se volvieron rozagantes., la sombra de su hijo la fecundó y el tibio delirio fue dado a luz.

Cuando la madre de David empezó esa peregrinación tenaz por brujas, adivinos y telépatas para reencontrar ese calor en la carne, no sabía que la tripita arrancada del vientre de Elvira llevaba las señas de su hijo.
Lo que Elvira no supo, en medio de su peregrinación doliente de cuerpo en cuerpo, de transitoriedad en albergue, fue que esa fibra sangrante recordaba su abrazo con David.
Lo que no fue posible saber, en medio de tanto vértigo: ese embrión era de sexo femenino y podría haberse llamado Soledad. La Soledad de David.

Elvira viaja por la anestesia: el anestesista es bajo, usa anteojos y apenas mira al hablar, como refugiado detrás de una invisible ventanilla de un transitorio albergue, enarbolando la llave que se convierte ahora en el fino escarbadiente resbaladizo y punzante. A ver… ¿Cómo te llamás ? Vas a sentir un pinchacito ahora y después despacito te vas a quedar dormidita… enseguida todo está listo y te vas a tu casa… relajadita… eso. En la pared hay un banderín de una universidad norteamericana, un certificado de un simposio de hipertensión, un programa sobre ginecología y tercera edad, todos pequeños planetitas girando alrededor del diploma mayor que doradamente aurolea las letras góticas del nombre del Doctor. Cuando llegó la puerta estaba abierta y desde afuera pudo escuchar el sonido zumbante de un aerosol: el Doctor perfumaba la salita con aroma de pino salvaje, acompañando los suaves movimientos del brazo con una sonrisa casi traviesa, como la de un escolar sorprendido en un gesto de exagerada prolijidad.
La selva oscura –se le ocurrió– tiene olor a pino salvaje.
-¿Es la primera vez? Hay cosas que nunca cambian… el cuerpo… se pueden decir mil cosas sobre el carácter… pero cuando una mujer está… usted entiende… desde el principio de los tiempos hay cosas que son así. Y yo he visto tantas cosas en estos años… Dicen que los mejores poemas se escribieron en la Grecia Clásica… entonces…
¿Qué es esto del progreso? ¿Somos ahora más sabios?... A ver, querida, ¿es la primera vez?...
Las letras del nombre del Doctor tienen ahora independencia, se conjugan e intercambian escrabelianamente en forma acelerada: guillermo víctor vielén llermo víctor sí lenvié motor, hasta que la anestesia enloquece la sintaxis gótica y guillermín trovo lieve y gui lle ní, y las palabras del anestesista son ondas suaves que arrastran un vielito guille trovito liene.
El Doctor dice algo sobre el espéculo, y debe ser un comentario gracioso, porque el anestesista, que tiene sujetado el brazo de Elvira, le transmite su agitación de carcajada. Ella recuerda el chiste de Jaimito: ”abrite de patas, corazón”, y en la otra punta del mareo, entre sus piernas, imagina la suave caída del animalito rojo, fibroso, lagañoso, flotante animalito arrancado.
Una manchita en la manga del Doctor eso no corresponde a su blanco blanquito delantal cuando la mamita descubría la mancha en el guardapolvo enseguida enseguidita sabía de qué mancha se trataba si chocolatín medio derretido por el calor del bolsillo o mate cocido o mostaza o vaya una a saber qué extraña adivinación iluminaba a la mamita para descubrir las manchas para dictaminar si recurrir al jabón al detergente a la lavandina al limón con agua o al agua solamente o a una preparación especial entre algodones y secantes y era cuestión después de colgarlo al sol para que se blanqueara más y la mamá era tan experta en manchas que hasta los libros de lectura podían salvarse del desastre de la floración manchina sobre la cara de nenia al lado de la estrofa que decía llora llora urutaú en las ramas del yatay ya no existe el paraguay donde nací como tú esa manchita de tinta debía eliminarse bastaba un secante abajo para que no pasara a la otra hoja y borratinta pelikan si era necesario pero en el cuaderno era más difícil las manchas se erizaban carcomían escamoteaban la bravura de la materna borradora y refulgían gloreaban enardecían soslayaban diversificaban hasta orillar el escándalo amenazando avasallar trasponer perforar alcanzar la contratapa donde la marca de llegada era la gloria del cuaderno amarillo bajo el forro azul allí donde podía leerse los buenos niños de hoy serán los grandes argentinos del mañana la mancha enloquecida avanzaba reptando por la ventana del jardín gato a veces amarillo y negro vuelto más amarillo si aprieto bien los ojos párpados ojos adentro vueltitas en la cama para evitar dormir sobre el lado del corazón porque hace mal y el corazón verde trébol de alpi clavadito sobre el guardapolvo esperando en la percha baila y toma la forma de guantecito malo que me aprieta sé que estoy soñando y si pienso con fuerza me despierto estoy tan cerquita de la mancha de la manga del Doctor que casi podría disolverlo con toda la saliva espumosa y blanca para limpiar manga de Doctor que arranca la manchita roja y la manchita roja se retuerce y jadea y toma forma de pecesito y de célula estrellada y de escuerzo y le saca la lengua al Doctor malo y escupe al anestesista que caen fulminados por los efluvios venenosos de la manchita que se enrosca y vuelve adentro mío y se acomoda y me da calorcito y me tranquiliza y ya está y ya pasó y no fue nada…
Y la cara del Doctor asoma entre las ondas de la anestesia y me dice:- Ya está, era chiquito…fue muy simple querida. Ya está.


Vuelve de la anestesia y recuerda: de Olegario V. Andrade, cree que su título era “Palabras de mi madre”.
La habían elegido para recitar el poema durante el festejo del día de la Madre. Llevaba un jumper comprado en Rubi que tenía un gran moño rojo de terciopelo a la altura del pecho. Debía tener ocho o nueve años.
“Ven para aquí, me dijo dulcemente mi madre cierto día. Aún parece que escucho en el ambiente de su voz la celeste melodía…”. Fue al llegar a la parte que dice “¿no sabes que la madre más sencilla sabe leer en el alma de su hijo como tú en la cartilla?” cuando las convulsiones del llanto asomaron de su pecho y al llegar a la garganta se le hicieron irrefrenables. Su madre, como una efigie entre el público de aquel día en Bet-El, se mantuvo inmóvil.
Un brazo firme la arrastró fuera del bochorno, y una voz con marcada pronunciación norteamericana le susurró al oído como llegando de otro mundo: -Aquí estoy…
Muchos años después, supo que ese rabino se llamaba Marshall Meyer,
Ma- Me en el fraseo de los chicos. Mame como se dice mamá en idish.

Elvira relata a su amiga Ana un sueño que tuvo pocos meses después de la muerte de David: en la mañana, dentro del sueño, presencio mi propia muerte. Duplicada, oficio de yacente y de testigo. Como en un trámite silencioso, con solemnidad, desfilan a mi alrededor algunos hombres a los que reconozco, no por sus caras, sino por un detalle particular en cada uno que opera a la manera de contraseña. En uno es la sonrisa del gimnasta, en otro aquel gesto habitual de reclamo, en otro esa palabra dicha lentamente, con puntillosidad.
Cuando se despierta se le impone una frase: “Todos tienen ombligo”.

Cuando el zeide Zuny se estaba muriendo transmitió lo que parecía su última voluntad:
-No quiero que me entierren en Tablada arriba del cajón de Eny.
La baba Eny había muerto hacía un año.
-¿Por qué? –preguntó alguien.
Porque ya la aplasté suficientemente durante la vida– contestó.

En los meses que siguieron a la muerte de David, Elvira extrañaba la cálida hermandad de los cuerpos que la había unido a su amante. Una vez a la semana era visitada en su pequeño escaparate por el joven escritor. Cuando lo evocaba lo veía alto y delgado, afeitándose frente al espejo. Se había acostumbrado a la manera firme, casi autoritaria, en que le hablaba, a sus despedidas siempre presurosas.
Una sola vez Elvira lo había visitado. En el cuarto, la fotografía del Maestro, indicaba el gusto del hombre por la iniciación y el designio.
Cuando él le regaló aquellos libros, Elvira sintió por primera vez desde la muerte de David, algo parecido a la felicidad. Entonces se escondió, al salir por la calle Ecuador, y lo siguió algunas cuadras. Al entrar a El Olmo el hombre advirtió la molesta presencia de su joven amante, y se mostró enojado, casi brutal. Le habló de una cita en la que se encontraría con una verdadera mujer, le reprochó a Elvira su frialdad en el abrazo.
Elvira escapó avergonzada. Fue en aquel día que, para consolarla, su amiga Ana le confesó la fórmula que había inventado para olvidar a los hombres que se volvían pasajeros. El secreto era recordarlos sólo por el aspecto de sus ombligos. Graficaron entonces un alucinante catálogo de arqueologías ventrales, esforzándose por dilucidar la exacta calidad de los detalles.
El ombligo recreaba todo lo que siendo de afuera es para adentro: el revés de una cosa transparente.

19.5.12

El tren de Convoy, por Hugo Savino




Todos quieren IRSE
Jack Kerouac


Convoy no pertenece. Es lo primero que sentí al leer esta novela. No es que no tenga influencias. Debe tenerlas. Creo que no interesa mucho. Las influencias se las dejamos a los que leen esencias. A los policías de la literatura. Convoy no pertenece. No tiene marcas generacionales explícitas. Buscadas. Guiños a la familia literaria. Ni siquiera está escrita contra la generación. Sólo que: no es una novela que pueda integrar una comunidad activa. No permite un nosotros. En ese sentido me parece que no es de una generación. Tampoco podemos decir que es una novela de joven generación. Porque Esteban Bertola tiene un oído absoluto, y oído absoluto da a visión propia e irreductible a consensos de lectura, oído absoluto reclama lectores extremos. Esteban Bertola tiene oído absoluto y no lo pone al servicio de causas literarias. O generacionales. Mucho menos sociales. Ninguna causa. La generación pide integración, franeleo, una misma visión. Un nosotros contra vaya a saber qué otro nosotros. Una federación de lunáticos. Y Esteban Bertola tiene un sistema nervioso de fraseo. Por eso digo que Convoy no pertenece. Es una novela asocial. No obedece a las leyes de los manuales actuales de la novela. Esa vuelta al relato clarito, psicológico, familiar, en el que te cuento los avatares de mi época, de mi drama novela familiar. Convoy no ovejea en la regresión literaria del relato eficaz o del poema telefónico. Ya en manuscrito tuvo sus censores. Una señal de su futuro. De que algún lector distinto la espera.


La belleza con la que nos gratifican los viajes ferroviarios provienen a veces de las magníficas sorpresas de lo real.
William T. Vollmann


La Bitácora de esta novela puede ser una partida en la lectura, una posibilidad de visiones. “Sale el convoy, es casi Semana Santa y un poco de Tucumán (destino) se mete en Retiro.” Tren con destino. Sentimientos, azares, paisaje, la noche del tren, amaneceres de tren. Esteban Bertola mezcla las posibilidades, entra en callejones sin salida, desactiva las respuestas, nos deja con la lectura, no hay garantías, no fabrica red de lectura, cruza, combina, deseduca al lector, orfebre emotivo: “Bitácora. La hora que no sé la invento. Una y veinte. Evidencia de que algo me funciona a mi pesar y en silencio, tiempo que se aprende por biología, el otro no, [...] Evidencia también de estas líneas cruzadas, desparramadas y juntas, se entremezclan como en la vida se mezcla todo. Sin ton ni son. La marcha no es distinta. Los rieles siempre serán los rieles, ni más allá ni más acá. Pero. Sin embargo. No obstante hay matices: sobre rieles, sobre ruedas, encarrilado, desvío, entronque, descarrilado. En este momento aparece la primera anotación del diario.”

Cambiavía. Invento el día.”

Novela de apuntes y bitácora. La Bitácora como guía. Como mapa. Y afirmación del que firma la trama de la tela: “Ocuparme de poner y sacar palabras – de callar y no callar sin saber cómo. Lo que se pone y se saca”. Antes, una advertencia que el viajero se hace a sí mismo, como quien le pide ayuda a San Ignacio de Loyola o a Jack Kerouac: “El paso que es la luz, dijo el poeta, no lo pierdas, percantón de lirio.” El oído para no perder esa luz. El oído escucha también la luz. El resto es “chamuyo”. Esteban Bertola pone el cuerpo en el oído. “Porque hay que seguir”, pausa de percantón, duda de percantón, pero enseguida aparece un ruego interior: “Pero me tengo que ir”, que es también un nada que hacer, un escapar de querer saberlo todo y de hacerlo todo, entonces este viaje camina entre irse o quedarse y seguir escuchando. Una trinidad. Novela de trinidades. De ruegos interiores. Y hay un misterio tren que insiste. Convoy tira a preguntas sin respuestas. ¿Radicarse o seguir? Y lo que nunca cede en esta novela es el oído. Se fisura el aire, se raja la tela, todo merece ser escuchado, inventariado: “En La Banda todo es distinto porque del sol cuelga una risa. El aire está intervenido por miles de partículas de tierra caliente que vienen y van o flotan la plancha aérea. Hacer que algunas cosas hagan la diferencia.”, y sí, justamente Esteban Bertola escribe los resquicios de los matices, la entretela, los sonidos que flotan: “¿Cuánto puede callar un gallo?”, respondo desde la novela: todo el tiempo que dura la comedia imposible de “los dos enfundados [que] llevan más de dieciocho horas inmutables, y cuánto de eso, contenido, se expresará en fuerza cuando las cinchas de la funda deshagan el silencio o no.” Callejón de salida a la única vía posible que propone Esteban Bertola: leer Convoy en la emoción del lenguaje, camino de un destino de incompetencia. Creo que Convoy se pregunta todo el tiempo sobre la incompetencia en el abanico más amplio posible. No hay respuestas o en todo caso, cada uno la encontrará en su oído. Como dijo Hugh Kenner: “El camino hacia la incapacidad ideal es largo e intrincado.”, el de la “exploración de la incompetencia” también. En este tren van todos al garete, el destino es apenas el pretexto de un viaje. Atrás quedan los Pajarracos. Que arrancan con un “me tengo que ir.”

Hay en Convoy una dimensión alucinada en forma de crónica cascada, como una quien dice taza cascada: “Y una crónica a medias de lo que en el instante podía juntarse del espacio o de ese rejunte de cosas que hacen la vida de cada uno, que el traqueteo,como a los bolsos, acomoda.”

El traqueteo se despliega en voces que sólo se escuchan en este libro, se vuelven audibles sólo acá, no hay que ir a buscar a otro lado, por eso creo que leer influencias –como hace la vieja mala leche– es una vía muerta: “El libro es un detalle importante como todo detalle, viajo y de paso llevo el libro a Peralta.” Libro de detalles. Exploración del detalle en sus infinitas “incompetencias”. Apuesta a una música argentina, porque novelas hay a montones, pero acá lo que importa es el argentino de Bertola, su manera de hacerlo sonar: “La vida es la que rima.” Se trata de eso, de rimar la vida: de llevar hacia arriba, de poner en movimiento. Atravesar paisaje. Noche. Tardes. Mañanas. Atravesar paranoia, también. Esteban Bertola es un artífice de la paranoia, la redobla: “Los borregos inyectaron la intermitencia paranoica que no hace más que recordar la acechanza ininterrumpida y los empiezo a ver como precoces conocedores del mecanismo.” Novela de acechanzas, de tipos que se mueven por “el deshilachado de los pasillos”. Novela de notas furtivas, escritas en un rincón, mientras el teatro está dormido: “El teatro bajó”. Aceleración y desaceleración, teatro y conventillo de pasillo, humo, murmullos, intrigas, habladores solitarios. Convoy es un inventario de viaje, de voces, de voces en viaje, rosario de una “legión de nombres”, arrumacos. Uno lee Convoy con las palabras firmadas en la trama de la tela Esteban Bertola. Convoy: un cruce infinito de la voz masticada, gritada, susurrada y conventilleada, voces diurnas y nocturnas. Y también la luz que filtra una voz. Bertola le pone matices infinitos. Son resplandores que sólo aparecen cuando se lee. Curiosamente hizo una novela para leer, ahí donde casi todos escriben novelas para contar. Convoy no es peliculera. No es una novela de imágenes, es una novela de pintura. Toque Bertola. Toque en toda su gama y variedades. Vagones que traquetean. Sí. Pero: destino de humo. Embarcados. Composición de frases. Las palabras metidas en las frases. Arrumaco o traqueteo no son palabras de nadie, están ahí, Bertola las pesca y las despliega, las envía con su toque y ya cantan de otra manera, cantan en la frase.

En la tela de la lengua, Esteban Bertola organiza su fraseo. Las palabras están, pero hay que organizarlas, como decía el Santo. Y Bertola las organiza en traqueteo de frases. Las firma en la trama de mismísima tela: “Se hace de noche y salgo a deambular por el pozo de sombras, garúa, por supuesto, camino lento hasta que las púas en las rodillas me tararean el descangaye, me meto acá y allá.” Ninguna pequeña campaña de malicia podrá desanimar su lectura, podrá con ese descangaye. Convoy ya está apartada, de los lugares comunes del bosque de la lengua.

Y está lo político, no la política. Lo político en Convoy es un revulsivo. Convoy elude las trampas de lo mimético, no es novela de maestro ciruela, o predicador de lecciones, no fija consignas, ninguno de los personajes se comporta como “si tuviera decisión, como si la política le dictara sus palabras” (Milner), hay que escapar de lo social y la novela misma escapa de lo social, no es testimonio, es cuerpo en el lenguaje, acá nadie discute política, ese es el revulsivo, novela del fragmento como quien dice “política del fragmento”, foco en el detalle y en la voz, rechazo de las ideas generales, no es novela lírica, es voz en la emoción.

Bertola escribe en “El gallo del ojo [que] lo persigue con su quietud que todo lo abarca”, una prueba de que el infierno existe acá, en Convoy, por lo menos. Esteban Bertola conoce el secreto de los ruidos en viaje. Los escribe. Con el lenguaje que tiene a mano. Su novela tiene la claridad de su voz. Y con esa misma claridad introduce el infierno: pasa por el infierno: en una Bitácora, esta frase: “Quién dijo que el infierno no existe.” Habría que rastrear la palabra infierno en este libro, pero uno corre el riesgo de acercarse mucho. Creo que hay que dejar abiertos los callejones sin salida.


Esteban Bertola, Convoy, Editores Argentinos hnos, 2012.

12.5.12

Bancos gastados, por Javier Fernández Paupy





Julio, 2011.
Prefiero el turno tarde. La pedagogía para oprimidos y perezosos. En la escuela de Olivos hay varios repetidores. Son tres pibas de 13 años, dos pibes de 14, tres de 15, una chica y un chico de 16. En la escuela de Munro Oeste, no hay casi repetidores, son diecisiete pibes de entre 12 y 13 años.

Miércoles.
Un pibe de 13 años.
–¿Qué le dice un elefante a un hombre desnudo?
–No lo sé– contesto.
–¿Con esa trompita respirás?
Nos reímos.

11 de julio.
En la escuela de Olivos un pibe duerme profundamente durante las dos horas que dura la clase. Otro dibuja y juega con su teléfono celular. Los dos tienen 15 años. El resto de los estudiantes hace de a poco sus cosas.

Miércoles.
Una chica de 13 años me pregunta, cuando dicto la quinta pregunta de una guía de lectura sobre un cuento de Roberto Arlt –¿Qué relación hay entre el título del cuento “La pista de los dientes de oro” y su contenido?–, ¿por qué las preguntas que se hacen en la escuela sobre los cuentos son todas iguales? Su pregunta devuelve algo cierto. Otras preguntas que propongo sobre el cuento, sobre todo las de producción escrita, creo, son más originales.

Lunes 8.
–Bueno, ahora vamos a leer. ¿Cómo hacemos para leer?
–Con los ojos y con la boca.

Agosto.
Un diario del aula que cuente las historias de vida de cada chico. Me acuerdo mi propio caso. Cuando iba a la escuela me aburría muy seguido. Sentía que no me tomaba la vida tan en serio como el resto de mis compañeros. Me gustaba enredarme en juegos de palabras y adivinanzas.

Jueves.
Actividades durante la clase, de todo tipo, para que las personas expresen sus emociones sin miedo al rechazo. Palabras para todos. Para combatir todas esas áreas en las que la agresividad se expresa por sí sola.

Septiembre.
Escuela de Munro. Un chico está negado y no quiere escribir. ¿Qué importancia puede tener eso en su vida? Me dice la directora que el pibe vive solo con su madre y en la casa no le prestan mucha atención. Otro casi no escribe. Me dice la directora que ese tiene un hermano preso, drogadicto. ¿Por qué tendrían que querer escribir? Y ese otro, bajito, no leyó nunca en voz alta. Pero se porta bien. Viene uno y me dice que trabaja en un taller de herrería, que sabe soldar y cosas de esas. Para practicar textos expositivos pido que escriban instrucciones inútiles: ¿Cómo perder el tiempo?, ¿cómo dar lástima?, ¿cómo morderse el codo?, ¿cómo comer fideos sin cubiertos? La actividad no va mal.

Escuela de Olivos. Muchos estudiantes se quedan libres. Es normativa provincial que los chicos que se quedan libres sigan yendo a clases. 16 años, ya repitió dos o tres veces, está en el curso al lado de una piba de 12 años, parece no molestarle.

14 de septiembre.
Merlina tiene dibujada una esvástica en la mano.
Agustín hace semanas que no quiere hacer nada. Me dice que está cansado, que para mí es fácil porque yo ya sé los temas que doy, pero que él se aburre. Hacemos un dictado y es el único que no escribe nada. Más tarde, le saco una hoja en la que leo escrito con su temblorosa letra de imprenta: serra la cola Javier.

29 de septiembre.
En la escuela de Munro lo primero que digo al entrar es que en una clase de Lengua deberían estudiarse trabalenguas. Me hubiera gustado decir también que en clase de Lengua habría que recitar, escribir y memorizar chistes, o ejercitar la palabra mediante la escritura de anagramas y palíndromas. Pero esto último no lo digo. Pregunto si alguien sabe de qué cosas puede morir uno a causa de su lengua. Varios saben que si uno se traga la lengua es posible morir. Entonces hablo de la epilepsia y de las formas en que se puede evitar la muerte de un epiléptico agarrándole la lengua para que no se la trague. Algunos ya lo sabían. Leandro, Gabriel y Agustín están muy contentos con una especie de juego que consiste en hacer girar un banco en 180 grados sobre uno de los ejes de sus patas. Hacen bailar al banco. En algún momento se oye el ruido de un metal rompiéndose y parece que uno de los niños rompió el banco. Salen a explicárselo a la preceptora. Dicto fragmentos de Lata peinada, de Zelarayán. Me da la sensación que a los chicos les gusta. Sobre todo la parte que dice: “Al papagayo aquel se le trababa la lengua de decir macanas, pero las últimas señas del finado no eran macanas, ni tampoco las del trompeado aquel con cuatro muelas sueltas y mil palabras flotándole en la boca sin poder salir.” Mañana hay paro en repudio a la agresión contra el director de una escuela de Pergamino, al que un estudiante y su madre lastimaron. Al parecer, la madre con un palo, y su hijo, con un cuchillo “tipo Tramontina”.

Octubre.
Si algo entiendo o aprendo de mi tarea como maldito maestro de escuela es que hay que ejercitar la tolerancia y la paciencia. Tengo que matar al autoritario que llevo adentro. Borrarme de la cabeza esa idea que sugiere que hay que enseñar a respetar a la autoridad. Tengo que transmitir un fervor, una inteligencia, un interés, una habilidad. El respeto se gana, no se impone. No tengo que ejercer ninguna autoridad.

19 de octubre.
Los chicos escriben descripciones para después, con esa información, redactar adivinanzas. Merlina cuenta una: Tiene alas pero no vuela, tiene ojos pero no ve. ¿Qué es? Un caballo muerto con un plumero en el culo. Catriel tiene otro: Tiene tres patas, no escucha y no ve. ¿Quién es? Tu abuelo. En una de mis tizas, en una de color rojo, Leandro talló: Leito de Munro. Las ventanas del aula de la escuela de Munro que dan a la calle tienen rejas y hacen que esto parezca una jaula.

20 de octubre.
Nunca voy a olvidar que esta es una profesión horrible. Ingrata. Desgastante. Una lucha perdida. Estar al frente de un aula es una responsabilidad canallesca. Imposible y moral. Es necesaria una ética imposible para no ser un ruin vil necio incapaz.

21 de octubre.
Toda identidad puede ser contada, como un relato. La escuela pública es un lugar en el que se pierde la identidad. Se pasa de la racionalidad al insulto. Es una institución en la que los discursos estigmatizantes y peyorativos circulan. Es imposible negar la cuota de violencia verbal que circula en un aula escolar. Discursos que circulan por ahí. Creo importante poder hablar de eso. El maestro tiene la larga tarea por delante de convertirse en un contador de cuentos. Es necesario memorizar argumentos. La literatura es pródiga en relatos. El objetivo más agazapado de la escuela es callar a sus estudiantes, silenciarlos, volverlos inertes y manipulables. Ese objetivo es repudiable.

26 de octubre.
Cansado de este trabajo que resulta tan desgastante para mis nervios. No quiero mandar ni decir qué está bien ni qué está mal. Hacer que los chicos y las chicas escriban. Es mi única ilusión dentro de esta desilusión tan grande que es dar clases. Robarme los textos que consigo que los estudiantes escriban. Un consuelo. Hacer un taller de escritura sin que se den cuenta, entrar por la ventana, hacerlos escribir.

29 de octubre.
Cuánto guarangaje se necesita soportar para seguir adelante en este noble y ultrajado oficio de maldito maestro de escuela. Profesor de Lengua y Literatura, condenado de 30 años, a los gritos y con los dedos secos de tiza.

Noviembre.
Escuela nº 17 de Munro. Hoy jueves los estudiantes están nerviosos y hartos de estar acá enjaulados. La directora los dejó sin recreo. Cuando entro a la sala de profesores, la psicopedagoga está haciendo una pesquisa caligráfica. Compara las letras de dos estudiantes con la de un cartel que dice: EL QUE LEE ES PUTO. Parece que le pegaron el cartel a un estudiante en la espalda y le pidieron al profesor de Biología que lo lea. La sanción, dejarlos sin recreo, corre también para el profesor que tiene que soportarlos enardecidos. En este caso, yo. Confieso ante la psicopedagoga y la directora que días atrás propuse una actividad de escritura en torno a un diccionario de insultos e improperios que se llama Puto el que lee. Me miran con desconfianza. ¿Qué clase de actividad de escritura puede salir de ahí?

No tengo que olvidarme que este trabajo es un asco y que tengo que renunciar antes de volverme una persona horrible.

Los chicos están inquietos, juegan a romperse las biromes entre ellos. Muchos no pueden soltar ni por un segundo su teléfono celular. Clases como las de hoy son las que me hacen ver que este trabajo es un asco.

Escuela de Olivos. Reparten las computadoras. A mí también me dan una, firmo un papel que dice COMODATO. Y en el aula ya casi todos están con sus computadoras, se filman a sí mismos cantando canciones de Leo Mateolli. Pero no a todos les dan la computadora, a los que repiten o se quedaron libres no se las dan.

A las pocas semanas veo a una chica que está jugando con su netbook regalada, la Conectar Igualdad, juega al Mario Bros. En eso su Mario es mordido por un honguito. La chica se revira y le pega al teclado una piña. No le digo nada. Es su computadora. Si no la quiere cuidar, no seré yo el que le diga lo que tiene que hacer.

Al salir de la escuela voy por un colectivo de la línea 152 y me encuentro con un pibe que había sido estudiante en un curso que di en el 2009. El pibe me caía muy bien, lo recuerdo perfectamente, era un poco inadaptado, en la clase –Escuela Media Nº 6 de Vicente López– sus compañeros lo trataban de raro. El pibe sabía alemán y siempre llevaba un diccionario en la mochila. Cuando terminaba el horario de clases se iba a charlar con los conductores de colectivos que pasaban por la avenida Maipú. Me decía que era amigo de muchos de ellos y que conocía casi todos los ramales que pasan por la avenida. Se subía a uno, conversaba con el chofer, iba hasta el final del recorrido y después volvía. Me decía que le gustaba ese mundo. Cuando salgo de la escuela de Olivos para tomarme el 152 lo encuentro, no recuerdo su nombre, con la campera de la línea 152, conversando con un compañero de trabajo, también uniformado de chofer. Y es una alegría verlo. ¡Eh!, le digo, ¿qué hacés?, finalmente entraste a trabajar con los colectivos, qué bueno. Y el pibe me reconoce y se le dibuja una sonrisa en el acto y me pregunta qué estoy haciendo y si sigo dando clases y yo le digo que sigo dando clases pero que cada vez me gusta menos como trabajo y que preferiría estar por ahí, solo en los bares, embarrando papeles. Nos reímos y me subo al 152 y de alguna manera verlo al pibe me alegra el resto de la tarde.

Abro el portafolio de mis días de maldito maestro de escuela y no olvido que no me gusta trabajar de sicario de la libertad o barómetro de nadie.

El último día de clases del 2011 en la escuela de Munro ya no hay ganas de hacer nada, cuando propongo un cadáver exquisito. No conocen el método. Lo explico y hacemos uno.

Se violan las reglas del juego
Si te enamorás dos veces el segundo amor es verdadero
Me costará olvidarlos
Mano de chorizo
Brazo de chorizo
Un día me encontré con vos
Chorizo
Finales sin fin


Me parece que los versos sobre el chorizo giran en torno a Mayra, una piba que tiene un problema de malformación en el brazo derecho y a falta de mano y dedos tiene un muñón. No digo nada. Pero no leo el cadáver exquisito en voz alta. Y con eso despido a la escuela nº 17 de Munro, sucia, indiferente escuela de mis días de maldito maestro.

1.5.12

VIENTO AGRIO (Fragmento 2), por Luis Thonis





El indio fue siempre un problema irresoluble para los cristianos desde los tiempos de la Colonia. Y la presencia del hombre blanco una maldición para los aborígenes. Estos dos mundos, al principio incompatibles, llegaron en ciertos períodos a coexistir. Leí sobre ellos en los cronistas de Indias y los Archivos de la Nación. Reaparece, cada vez más indómito, a través de las generaciones. Desde su llegada, el caballar se multiplicó vertiginosamente en la llanura de Buenos Aires.
Antes de iniciado el siglo dieciocho, el padre Falkner cuenta que él y los cuatro indios que lo acompañaban apenas pudieron salvarse de ser arrollados por miles de baguales que pasaron sin interrupción ante él durante tres horas. El sur de Mendoza y la región que media entre Santiago del Estero y los valles andinos fueron exploradas por primera vez por orden de Pedro de Valdivia, conquistador de Arauco, a mediados de mil quinientos.
Se quería fundar un puerto sobre la zona patagónica, pero fue imposible porque hubo ataques de los araucanos que se sentían invadidos. Se creía que el río Diamante se encontraba con el Negro y se buscaba el paso a través de canoas. Los expedicionarios desembocaron en plena pampa. Ahí la leyenda se mezcla con la historia. Se fundó un poblado que al parecer fue el que dio lugar a la Ciudad de los Césares cuyas ruinas perdidas luego serán objeto de una fantasía que irá creciendo con el tiempo. Se decía que tal era la riqueza que sus habitantes tenían en sus casas asientos de oro, sus templos estaban hechos de plata maciza y las ollas, cuchillos y rejas de arado de este mismo metal. Próximo a esta ciudad, se situaba la región misteriosa de Nahuel Huapí –voz araucana que significa Isla del Tigre– a la que llegó el padre Mascardi, célebre misionero cuyas obras de fe antes del siglo dieciocho llevó a los Puelches, enseñándoles a no emborracharse y a rezar.
Los intentos de evangelización fracasaron y algunos misioneros fueron recibidos, escuchados para ser luego muertos por chicha, una bebida preparada con veneno. Otros como los padres Manuel de Hoyo y José Elguea murieron a bola perdida y a flecha. Se buscaba el camino que pudiera pasar de una a otra falda de los Andes, camino que indios y misioneros llamaban de Bariloche.
El proceso colonizador, con la ocupación española en Chile, propició el cruce de araucanos y tehuelches de Neuquén a la Pampa hacia 1720. Eran cazadores de un tipo superior y fueron abandonando la del avestruz y del guanaco. En las nuevas tierras no podían practicar la agricultura y concibieron un sistema económico basado en el pillaje mediante arreos y rastrilladas. Caballos y vacas eran transportados a Chile a cambio de libras esterlinas, armas, alcohol y tabaco. Eso prosperó. En su última etapa eran una verdadera confederación con sus caciques. La Pampa india llegó a tener 20.000 almas que en su mayor parte conducían capitanejos que comandaba Cafulcurá desde su reducto de Salinas Grandes.
Antes de su ocaso, los pampas llevaban una vida parasitaria que dependía del robo a los estancieros bonaerenses. En las mejores épocas los malones tomaron hasta 300.000 cabezas de las estancias que luego trasladaban por el “Camino de los Chilenos” que atravesaba la Pampa central hasta el río Colorado hasta los pasos cordilleranos neuquinos. En la pampa tampoco estuvieron ausentes delirios como la de un francés lunático que hacia 1860 se hizo proclamar Aurelio I, rey de la Araucania, tal vez imitando a Maximiliano I que fue emperador de México. Los indios venían desde Tandil, Sierra de la Ventana, en noches de luna elegida para tomar el botín y realizar una primera etapa de amanse. El padre Falkner dice que sus correrías se extendían hacia los montes de Tuyú, con los tigres guarecidos en las proximidades del mar, en busca del pescado en lagunas de la zona. Los efectos crudos del malón me afectaban por las casas saqueadas o entregadas a las llamas y el luto que llevaban sus víctimas. Nunca olvidé el rostro del colono inglés que salió a ver sus ovejas durante la niebla de noviembre y fue cobardemente atacado. Ese incidente figura en el parte del nuevo comandante que apresó a Camuñil, el más amistoso de los jefes indios.
Cuando vino su enviado a buscar las raciones mensuales, arrestó a los indios y les cortó una oreja a los caballos: era el modo de convertirlos en caballos patrios.
Él sospechaba que eran los indios de ese cacique aliado quienes robaban ganado y caballos, vulnerando los tratados. Después de esos hechos, fue a sorprender al cacique a su guarida, donde reconoció los elementos robados y lo capturó con su familia.
Los indios no pudieron soportar ese trato con su jefe en sus narices y atacaron. Esta vez no estaban lejos y cayeron cuarenta, según el parte, bajo el fuego de los fusiles.
Algunos afirman que fueron más y que los soldados violaron a sus mujeres ante la indiferencia de su jefe. Casi todos decían que fue un grave error del gobierno canjear a Camuñil por cristianos cautivos. Era espantoso el destino que esperaba a los capturados. Los indios gustaban de las jóvenes mujeres blancas. Algunas preferían el martirio y la muerte a entregarse a alguien que les repugnaba. Las raptadas chiñoras bonitas, así las llamaban, eran codiciados objetos sexuales y a través de ellas adquirían ciertos hábitos de la civilización. Algunos jefes que las tomaron como esposas dormían en camas, despertando los celos de las indias que veces las asesinaban. Pero las cautivas no lograron suavizar sus costumbres guerreras. Los malones dejaban a los pueblos convertidos en pavesas, asesinando mujeres, niños y viejos como lo testimonian con abundancia los poetas gauchos.
La poesía de Hilario Ascasubi está hecha de esos incidentes, particularmente el Santos Vega, inmensa obra llena de tropiezos de métrica pero insustituible en su género. Me sabía de memoria estos versos de realismo más crudo: “Pero al invadir la indiada/ se siente, porque a la fija/ del campo la sabandija/ juye adelante asustada/ y envueltos en la manguiada / vienen perros cimarrones/ zorros, avestruces, liones/ gamas, liebres y venaos/ y cruzan atribulados/ por entre las poblaciones.
Había que estar atentos para rechazarlos, cuando tomaban la iniciativa eran implacables: “Pero, cuando vencedores /salen ellos de la empresa/ los pueblos hechos pavesa/ dejan entre otros horrores/ y no entienden de clamores/ porque ciegos atropellan/ y así forzan y degüellan/ niños, ancianos y mozos;/ pues como tigres rabiosos/ en ferocidá descuellan.
El placer de la lectura acompañó toda mi vida. Tuve la suerte de aprender por oficios de mi madre inglés y francés de niño. Seleccionaba mis autores de cabecera. Siempre frecuenté los versos de Ascasubi. Mi padre lo trató: también fue soldado del general Lamadrid y conoció al general Alvarez de Arenales. Lo consideraba un ser único, un criollo excéntrico. Fui coleccionando las anécdotas que me contó y la lectura de sus obras se mezclaron en mi admiración que con el tiempo se fue contaminado de objeciones políticas: no porque fuera partidario de Mitre en un país polarizado sino porque su fidelidad a veces me parecía ceguera. Tal vez cierto tacto, percepción o hábito político heredado de mi padre y moldeado por mi madre me hacían ver las cosas más allá de mi nariz: no siempre el porvenir era un cielo abierto, había muchos espejismos que no era posible allanar con eufemismos o incluso los mejores versos.
Lo que puedo llamar mis ideas las guardaba para mí porque advertí que eran un lance desagradable para mis amigos. No tenía tiempo ni recursos retóricos o demagógicos para exponerlas y cada vez que lo intenté me trataron de loco para no calificarme de desleal. A otros mis objeciones les sonaban a caprichos y melindres.
En Pavón, que consolidaría la hegemonía de Buenos Aires sobre las provincias reteniendo la Aduana, hice mi primer bautismo de fuego junto a tropas extranjeras reclutadas por el poeta gaucho. Ese combate me concernía como algo de personal: era la posibilidad de vengar a mi padre, anhelaba llegar a vérmelas mano a mano con Urquiza y degollarlo echándole la cabeza para atrás para descabezarlo sin dolor y limpiamente. Lo digo porque hay algunos degollaban con el cuchillo mellado, comenzaban y paraban, disfrutando en demasía del pellejo del prójimo. Mi padre me contó una vez que un rey inglés hizo traer un especialista de España, creo, para que decapitara su mujer sin que sufriera.
Yo hacía mis primeras armas y odiaba a Urquiza cuando en tiempos de Caseros los diarios porteños lo llamaban el Libertador, poniéndolo a la altura de San Martín: era algo personal. Después de la saboteada jura en San Nicolás comenzaron su trabajo de demolición donde fue considerado peor que el mismo Rosas. Lo amaban antes a pesar de que había asesinado a mi padre en India Muerta. Lo odiaban ahora porque la Aduana era nuestra, tenía que ser nuestra, por qué compartirla con la inculta confederación, no teníamos la culpa, decían algunos, que Dios nos haya bendecido con el puerto. Sentí una rara sensación, como si me hubieran despojado de algo que yo vivía clandestinamente cuando su estrella brillaba en el firmamento porteño. Nunca olvidé, como la amnésica Buenos Aires, que había sido uno de los hombres más fuertes y crueles de la tiranía depuesta, el vencedor de Pago Largo, Vences, Laguna Larga, además de India Muerta. Ahora esto se añadía a su hora más gloriosa. Rosas había huido como rata y el entrerriano aparecía con un dios. Me resultaba atroz que se vivara su nombre, de modo que el giro súbito de los hechos confirmó mi juicio pero con una inmensa decepción política.
Mi padre había sido enviado por Lavalle a una misión en Montevideo, que estuvo sitiado nueve años por las tropas de Rosas Se encontró con un ejército pobre y diezmado, mal vestido, sin armamento pero vio a los orientales decididos a vender cara su vida: a formar muchachos, que al que le toque macho este día se haga delgao y a lo hecho pecho: sacrificarse por la Patria, que la vida no es para negocio, los alentaba el general Fructuoso Rivera. Mi padre era un unitario fervoroso, creía en sus ideales sin vacilar. Mi madre lo presentaba como un hombre temerario, de excesivo arrojo y valor. La batalla de Arroyo Grande en 1842, había destrozado lo mejor del ejército colorado y lo obligó a retirarse a Montevideo.
Rivera decidió romper el sitio y mi padre se sumó para combatir a Oribe y Urquiza porque era hacerlo contra Rosas. Las tropas se pusieron en movimiento para combatir en el arroyo de India Muerta en marzo de 1845, cuando yo tenía dos años. Las condiciones materiales de las fuerzas de Rivera eran todavía peores que en la batalla anterior. Por más que el arrojo y el entusiasmo caracterizaran a los orientales fue imposible vencer las divisiones entrerrianas, la mayor fuerza existente en el país.
La derrota fue tan total que la batalla duró apenas más de una hora, dejando el saldo de más de mil muertos y unos quinientos heridos en el ejército colorado. Urquiza no sólo hizo degollar a los prisioneros –y hay que imaginar las escenas de hacerlo con cientos– sino que escribió en un papel la frase que hizo colgar en un mangrullo y que le ganó negra fama: "El que entierre uno de estos será degollado.
Maldito seas, guachito reyezuelo de gualeguaichito, violador de doncellas, me repetía. Lo imaginaba como un pelele al servicio de un amo supremo y disfrutando de su servidumbre en medio de una inmensa fortuna y multiplicando la paternidad irresponsable en América. Igualmente no podía considerarlo un monstruo. Un mundo donde todos son caníbales semeja una civilización.
Disfrutaba a rabiar de los panfletos de Ascasubi que, después de celebrarlo hasta la fatiga, lo ponía por el suelo desde sus diferencias con Mitre: luego del levantamiento del 11 de septiembre en Buenos Aires que desconoció el Acuerdo de San Nicolás –la constitución votada en 1853 por las provincias que nacionalizaba la Aduana y el comercio exterior– de Libertador pasó a ser el representante de la “República de Gualeguaicito” para Don Hilario que me enseñó a burlarme de mí, un Hamlet de las pampas, esperando el momento de degollar al degollador.
No dejaríamos que nos gobierne un chino, un japonés o un provinciano, era la consigna en boca de Carlos Tejedor que nunca salió de la ciudad portuaria. Buenos Aires, forzando la lectura del texto, incluso leyéndolo al revés, pensaba que en el Acuerdo de San Nicolás investía a Urquiza con las facultades extraordinarias que se había combatido en Rosas, algunas de las cuales Buenos Aires utilizó luego de Pavón para imponer la constitución de 1860, hecha a su medida.
Nuestra historia desde Mayo consiste en gran parte en el pasaje de dichas facultades de un caudillo a otro y que habían sido expresamente prohibidas por la constitución que al ser vulnerada en este aspecto es un papelito extraviado en una nube de arena.
Lejos de festejarse a viva voz la libertad, Buenos Aires, luego de Caseros sufrió una escalada de terror. No obstante la mediación que intentó Mansilla padre con ayuda de funcionarios extranjeros, Urquiza entró con sus tropas a la ciudad sin tomar precauciones, como si fuera su casa, olvidando que en él residía su protección. Buenos Aires en esos días se volvió una tierra de nadie donde los soldados del ejército aliado y los federales rosistas dispersos parecieron ponerse de acuerdo para saquear los negocios y casas de familia, tomado por botín todo lo que encontraban a mano, matando y violando mujeres entre risotadas.
Mi tío con sus ojos legañosos que se acentuaban cuando se refería a estos temas fue uno de los que se defendió a balazos. Eran hábitos que venían de la reciente época de violencia descarnada que parecía renovarse ahora sin ninguna contención. La prometida paz tras la caída del tirano se revelaba ilusoria. Cuando las tropas no satisfechas con la sed de saqueo quisieron pasar a mayores y apuntaban a las casas más suntuosas, Urquiza dijo basta y envió cuatro batallones que fusilaron a los vándalos que encontraban al paso. Fue un mal augurio. Buenos Aires nunca había pasado por un espectáculo tan terrorífico que la historia ha depositado en el olvido porque no honra a ninguno de los bandos en pugna.
Tampoco se vio nada semejante a la entrada triunfal del ejército aliado por la calle del Perú, hoy Florida, el 20 de febrero que iba desde Palermo hasta el Retiro. Apareció Urquiza ante azoteas y ventanas adornadas con banderas de diversas naciones. Se tomó como una ofensa gratuita que montara el estupendo caballo de Rosas, con poncho, sombrero de copa alta y distintivo punzó a la cabeza de la infantería y la artillería de las mejores legiones que había en el país. A menudo en la política el lobo se disfraza de oveja para que el pueblo se deje comer pero Urquiza apareció disfrazado de lobo cuando había decidido dejar de serlo.
Después del saqueo sufrido, la ciudad contemplaba atónita algo jamás visto: el desfile de las tropas aliadas, donde había legiones garibaldinas y banderas extranjeras. Los ingleses fueron a rendir sus armas en la plaza desde entonces llamada de la Victoria. Algunas víctimas de Vences le gritaban asesino y me sumé a ellas. Alguien resoplaba de satisfacción bajo su bigote pero por el rabillo del ojo miraba aquí y allá esperando una respuesta a preguntas que nunca me había hecho.
Era Miguel, de ilustre apellido, estudiante de derecho, poeta del montón y militante alsinista, que dejaba todo a medio camino siendo un niño mimado del Club del Progreso que con voz de barítono cantaba las arias que se representaban en el Colón, acompañado en piano por la más bonita de sus primas.
Era amado por las mujeres: estoy hecho para vivir intensamente noche y día, me decía al invitarme a fiestas. En esa intensidad vislumbré el spleen que luego reconocí en mi estadía en Francia, propio de los que se aburren de tenerlo todo. A la primera que fui conocí a la que seis meses después sería mi mujer, fue un flechazo inmediato: no naciste para dandy, se burlaba Miguelito. “Las amo a todas, cada una es un mundo”, aseguraba con brío. Convinimos que las mujeres, la poesía y la guerra tenían algo en común: piden todo, son despóticas cada una a su manera. Ahí terminaba su éxito social. Si las tropas de Urquiza se volvieran otra vez rosistas y lo mataran a machetazos, aparte de muchas lágrimas femeninas, el hecho pasaría tan desapercibido en Buenos Aires como el montonero, un pobre diablo que tuvo que fusilar años después luego del tratado de La Banderita donde trashumaban como paileros con trabucos desvencijados.
El Chacho depuso las armas pero su protegido Felipe Varela había hecho su proclama contra la guerra del Paraguay y alienando tropas contra el Gobierno Nacional, la cosa seguía como guerra de policía en los llanos riojanos. Le enviaron a este hombre al que debía fusilar por traidor a la patria y al que se acusaba de un crimen.
Trató de eludir el tema cuando el hombre dijo que riojanos y catamarqueños querían la paz con el Paraguay porque el autor de la constitución, el famoso poeta Olegario Andrade y entre otros su propio jefe, Alsina, se oponían sin reservas a esta guerra. Era más idiota que injusto fusilar a este paisano que ni sabía qué era el ferrocarril y del que no conocía el nombre. Mi amigo se maldijo por estar en ese lugar, luego de haber pasado dos años en el Paraguay, viendo montañas de muertos acumularse bajo los esteros. Le quedaba el supuesto crimen que había cometido. Para colmo, tenía noticias que el legendario Santos Guayama, el hombre que murió nueve veces, que pasó de ser un bandolero que robaba para los pobres a convertirse en uno de los lugartenientes del Chacho, viendo que toda resistencia era inútil había liberado a los presos porteños, esperando tranquilamente el final. Se alivió de que el hombre no supiera nada de derecho, ni entendiera los párrafos de la proclama de Varela en 1866 sobre la absorción de las rentas por la Aduana que contradecía la constitución: no deja de ser curioso que la última montonera se alzara en nombre del programa de Alberdi, algo que los historiadores de uno y otro bando pasan por alto. Sería su último grito. El hombre asintió cuando Miguel le contó pestes de la jactancia de los brasileros y sus tácticas absurdas a la que debíamos miles de muertos. Usted no sabe –Miguel lo miraba a los ojos– lo que fue Curupaytí, lo que es ver a hombres de medio cuerpo, impactados por los obuses, arrastrarse entre los abatíes y sin que uno no pueda hacer nada. Murieron casi todos los nuestros. Era el momento propicio para que Miguel le espetara la filípica que tenía preparada: que el país estaba en guerra y era un traidor a la patria a la que clavaba un puñal por la espalda. No dijo nada. Los dos hicieron un largo silencio, inmóviles y graves como si las víctimas pidieran una tregua para que el viento barriera las lágrimas propias, ajenas y de nadie. El gobernador de La Rioja ahora era porteño, había introducido retretes y faroles, pero reclutaba gente a boleadora limpia para cumplir la cuota de la leva que exigía el Gobierno Nacional para defender a la patria contra “el bárbaro tirano López que nos declaró la guerra”. Pelear entre nosotros está bien, es lo de siempre, pensaban los paisanos, que se resistían a ser enganchados para una guerra que no entendían. El pueblo estaba iluminado pero desierto, abandonado por los hombres que escapaban a los montes alimentándose de charqui y patay. Se convenció de su inocencia en cuanto al crimen que se le achacaba y se asombró que con tono infantil le preguntara si era cierto lo que se decía de esa mole de hierro trepidante que surcaba sendas de metal y que echaba humo y fuego. Es el progreso, empieza otro mundo, que no es el suyo ni el del Chacho, le dijo, pero tampoco el mío, el de Urquiza ni siquiera el de Mitre, los que vienen ahora sólo quieren enriquecerse. Tampoco sabía qué eran esos hilos de aceros que transmitían mensajes que ellos tardaban semanas y hasta meses en conocer. ¿Y eso será para bien del país, señor? –el condenado quería irse de sus pagos con una última esperanza aunque estuviera en manos del enemigo. Sí, le respondió mi amigo, esforzándose para resultarle contundente, para las próximas generaciones, y experimentó el sabor de la inutilidad del odio donde la sangre llamaba a la sangre. Y tuvo que ponerlo contra la greda, oyendo la descarga que apagaba un mundo viejo como un candil, sabiendo que no olvidaría esa mirada que lo atormentaría en sueños como un moscardón implacable a través de un hilo de agua que hilaba entre las toscas.
Estoy hasta el moño de esta guerra que no es guerra –me diría al terminar su relato, con la piel ampollada y los pómulos escocidos. Ya no escribía poesía, había perdido su encanto juvenil, una segunda piel había dejado atrás su noches de clubman y no me atreví a contarle la mía como si se tratara de una falta de tacto y fuera un intruso en mi propia historia, la de alguien que salvó apenas el pellejo en Cepeda y no supo cómo venció en Pavón, y en el desierto, cuando un limo pegajoso descendía de la opacidad láctea del invierno, parecía no haber peleado ninguna.