25.5.11

Desencuentro en el desierto, por Emiliano Scaricaciottoli






Sobre Zabriskie Point (1970) de Michelángelo Antonioni


Cuando considero el final de un día, de cualquier día,
tengo la impresión de que es el final de toda una época

Paul Bowles, The Sheltering Sky - 1949

…pero la vida
Se debate
Peor que el pez
De Nanouk
Se nos escapa
de entre los dedos
como los recuerdos
de Mónica Vitti
en el desierto rojo
de los alrededores
de Milán
todo se eclipsa

Jean-Luc Godard “Los signos entre nosotros” (Historia(s) del cine -1998)


La radiografía del desierto de Poe se halla en “El silencio”: “…y me volví y miré otra vez a la roca, y a los caracteres; –y los caracteres eran DESOLACIÓN”. Las mayúsculas en la fábula del demonio sitúa el parnaso del romanticismo en Libia, y una travesía inesperada y desagradable. Daria y Mark son índices de un tajo en un cuadro concreto de Lucio Fontana. Dice Hélio Oiticica en Aspiro ao Grande Laberinto (1961): “La fragmentación del espacio pictórico del cuadro es evidente en pintores como Wols (el mismo término “informal” lo indica), Dubuffet (…) o Pollock (el cuadro virtualmente “explota” se transforma en el campo de acción del movimiento gráfico). En la tendencia opuesta ocurre lo mismo, más lentamente pero más objetivamente: desde el anuncio de Mondrian sobre el fin del cuadro hasta las experiencias de Lygia Clark, con la integración de la moldura en el cuadro, partiendo ahí todas las consecuencias de ese desarrollo del cuadro en el espacio. En un sentido intermediario está Fontana y sus cuadros cortados o surcos, surcos de espacio en los cuales veo afinidad con los surcos de mis maquetas y no-objetos suspendidos”. El subproducto del tajo (neobarroso, según Perlongher) es la corpografía: un mapa corporal que se atraviesa. No es estático, no prolifera sobre un mismo eje, sino que se mueve. Las corpografías se diseñan en el movimiento. El Ícaro y la bestia motorizada de Daria se encuentran por la debilidad de la máquina en el desolado desierto del Death Valley. La técnica de Antonioni para arribar a lo no figurativo es la saturación de “recorridos insignificantes que lindan con lo no figurativo” (Deleuze, 2008). No sólo el color lleva el espacio hacia el vacío; el rostro, los personajes, la acción decae, se esfuma, mientras en crescendo la instancia afectiva del espacio es llevada al vacío. La naturaleza de la road movie aquí no funciona. No se rueda, se estanca, el cuerpo se mimetiza con el paisaje y la escena primitiva cumple dos secuencias: regresión vital y rito purificador. Es decir, el desierto se nos presenta ahora como un espacio para insertarse, no para circular. El happening seco en el pozo de polvo tiene un claro efecto multiplicador, de contagio. Los nuevos dispositivos de individuación, naturalmente, no tardaron en llegar, y lo hicieron a través de nuevos vehículos de “contagio” o “contrato”, como las bandas, jaurías, manadas, pandillas; no colectivos, sino grupos de interés, sentimentales o de consumo. El pop en Zabriskie point es una serie repetitiva de despojos y fusiones: lancinados cuerpos encontrándose en el árido valle. En El Eclipse (1962) el rito es binario (Delon-Vitti) en ausencia de trabajo. El despojo es urbano dentro de lo urbano. El encuentro toma la forma de una pérdida progresiva en el suburbio agreste hasta los teléfonos sonando insistentemente sobre el final del film. En concomitancia, Mónica sobrevolando Roma representa un cuadro de la desconexión con lo natural. La cámara se ancla en las nubes, en el exterior, sin dar cuenta del fondo. Solo se ve el Coliseo, el tatuaje del circo moderno en la bolsa. En Desierto Rojo (1964) la angustia de Giuliana en medio de un paisaje industrial –la chimenea fálica furiosa en planos congelados o las nubes artificiales que se funden con el cielo de la huelga– deriva en una utopía peninsular. En la utopía que ella narra, siempre se es niño, libre y pleno. La fábrica funcionaría, entonces, como el centro del inconexo comunicativo que desnaturaliza el mensaje –y de allí el antinaturalismo que Antonioni plantea– y en aire de tragedia, Vittorio Gelmetti, funda las bases del futuro “metal o rock industrial” alemán de los 80’s. La música de la modernización es la de las máquinas: zumbidos tenebrosos acompañan el comportamiento errante y siniestro de Giuliana. En este film, la fábrica se piensa en términos transnacionales. La Patagonia Argentina, cuna del derrotero siderúrgico y metalúrgico del desarrollismo frondizista recibe con los brazos abiertos –los brazos del desierto fueguino de balas y olvidos entre 1919 y la década infame– al capitalista italiano.

Dune (1984) de David Lynch (basada en la novela homónima de Frank Herbert) juega intertextualmente con las propuestas de rituales que el desierto ofrece, cobija, en los films de Antonioni. En Dune, como en Desierto Rojo, el desierto –“nuestro más pingüe patrimonio” confesaba Echeverría en 1837– es el símbolo del dominio económico, enfrentado a la ciudad burocrática, destinada a las tareas reproductivas de la raza. La especia, vegetación nacida de las entrañas de los gusanos de las dunas, es la droga que guía en trance a los navegantes del Gremio de Comercio, y al mismo tiempo el mito/ritual de los Fremen, los “hippies” del desierto de este planeta. El factor religioso de los Fremen es altamente psicodélico, aunque reglado y sagrado. Nada funciona por azar, de manera imprevisible, en el interior de la tribu. Filmada en el Tlaxcala Desert, Dune transforma la imposible supervivencia humana en el planeta de la especia en un acaudalado final utópico, como el deseado por Mónica en El Eclipse. El mito del salvador de la raza Fremen –nativos, agricultores y cooperativistas– viene con la promesa de productividad: del desierto se espera su fin. Con la victoria de la dinastía Atreides sobre el gobierno de Arrakis (o Dune) la masa cruda de arena que se lleva la vida de los trabajadores que extraen la especia se convertirá en orillas y turismo.

Volviendo a Zabriskie Point, el móvil del escape, en el caso de Mark se presenta polémicamente. Sobre el estereotipo cultural del armamentismo en la sociedad norteamericana, la célula foquista de los estudiantes universitarios burla groseramente el propio sistema. El vendedor aconseja a los clandestinos guerrilleros que lo embaucan para adquirir sin licencia las armas: “si les dispara en el jardín, tírelos adentro”. El mito de la inseguridad y las respuestas pueblerinas cargan con una tradición de autodefensa de las partes por el todo: defender tu jardín de ladrones y maleantes es defender tu Patria. Por la Patria todo vale, entonces lo ilegal (vender armas sin licencia) es justificable.

El debate político de fondo, desarrollado sobre la placa escéptica de Mark en el modelo asambleario de la izquierda revolucionaria ortodoxa, es uno de los ejes que motivan el exilio. El temor estatal de que la universidad se pueda “convertir en una universidad de tipo sudamericana” (Lester, 1970) aceleraba, en el plano consciente, la lucha de clases, aunque inauguraba una paradoja: la clase más avanzada subjetivamente era la pequeñoburguesa. Ese estudiante que Lester califica de lumpen, vagabundo, y que no tiene que preocuparse en cubrir sus necesidades básicas, era el que se armaba. En un marco de absoluto repudio al hippismo, entendido como la corriente más inmovilizada para organizar y direccionar la lucha estudiantil, las Panteras Negras agraden públicamente al SNCC llamándolos “hippies negros” (sic). La pelea por des-hippizarse (nada parecido a Capusotto travestido de shuta) es una de las tareas para ganar el combate. Que Mark regrese del idílico tour que Daria le propone, abandonando Sunnydunes y con ello su condición de clase, es un síntoma que en principio hace tambalear la teoría del doble disidente. No por ello deja de ser claro y contundente el vacío en el conjunto y el vacío en el desierto, que nuevamente se encona como respiro para continuar, un break pequeñoburgués en medio de la guerra civil.

Las referencias al espontaneísmo de Mark serían sin duda objetos discursivos de un trabajo más amplio que excede los límites del tipo “monografía”; no obstante la referencia a Gabriel Cohn-Bendit, representante del “Movimiento 22 de marzo” que agrupaba a dos sectores básicos del “espíritu del 68” (el vasto componente espontaneísta-anarquista en el que entraban numerosos grupos o afinidades desde los situacionistas hasta los socialbárbaros pasando por los surrealistas) y actual eurodiputado (sic), anticomunista (sic), declaraba en su libro La rebelión estudiantil (1970) que no denunciaba la agresión yanqui a Vietnam ni tenía derecho a hablar de la invasión a Checoslovaquia (en agosto de 1968) puesto que son sus “víctimas” las que debían dar “testimonio”. Supongo que se refería a los muertos (los que debían dar “testimonio”). Lo de Berkeley y Columbia tampoco es gratuito, en efecto, fue en EUA donde se desarrollan a partir de 1964, los movimientos más masivos y más significativos de este período. En la Universidad de Berkeley, en California, el conflicto estudiantil tomó un carácter masivo. La primera reivindicación que movilizó a los estudiantes fue la "libertad de palabra" en favor de la libertad de expresión política (en particular, contra la guerra de Vietnam –de la cual Bendit prefiere, hasta el día de hoy, no hablar- y contra la segregación racial). El movimiento va a desarrollarse en masa y a radicalizarse en los años siguientes en torno a la protesta contra la segregación racial, por la defensa de los derechos de las mujeres y sobre todo contra la guerra de Vietnam. Del 23 al 30 de abril de 1968, la Universidad de Columbia, en Nueva York, es ocupada, en protesta contra la contribución de sus departamentos a las actividades del Pentágono y en solidaridad con los habitantes del gueto negro vecino de Harlem. La crónica completa se encuentra en “Mayo del 68: El movimiento de estudiantes en Francia y en el mundo”, Revolución Mundial nº 104, Mayo-Junio 2008.

La ciudad que atraviesa el desierto está personificada en Daria, bajo la émula curiosa de James Patterson, un gurú que traslada chicos desamparados de L. A. al pelotero árido. Los niños del desierto, como los gusanos de Dune, nos reenvían al estado más natural, agresivo y confrontativo. La escena de acoso que sufre Daria con los niños de Patterson nos da una idea de hasta dónde la naturaleza humana puede violar la razón pública (la idea de sociedad occidental como la entendemos hoy en día) y devolverse –como un recuerdo ancestral– al reino de los instintos. Escéptica y hedonista, confronta con la caracterización fisonómica del paisaje: mientras Mark sostiene que “está muerto”, ella afirma: “es tranquilo”. O sea, lo que para Daria es catártico para Mark se muestra como un “ir donde sea”, oxigenante, curativo pero incierto. Fornicar en el desierto es vitalizarlo: el happening seco deviene en húmedo, y se opone a la tesis antivitalista del turista que con cámara fotográfica cubre panorámicamente su rollo de fotos y se aleja–“el viaje empieza cuando lo contás”, decía Hugo Arana, sabiamente, en una bosta de 90 minutos hace ya varios años.

Death Valley histórico, mágico, ancestral, orgiástico, anárquico, experimentable.

La ciudad controladora, parapolicial, sitiada, intoxicada, academizada, apagada.

Y pese a esto, Mark se vuelve a travestir de “Carl Marx” (escribe el polizonte delatando su ignorancia) en esa distribución fonemática que lo vacía y lo hace todas las identidades al mismo tiempo.

14.5.11

Coses per l’estil

Javier Fernández




Le plagiat est nécessaire. Le progrès l'implique.
Lauréamont. Poésies II.


Si tots els suïcidis
tinguessin un final feliç
i les flors
no es transformessin
en pols i silenci

Si no hi hagués
una ridiculesa grandiosa
a l’espectacle
de cadascun dels homes
així sia una mercaderia endreçada
a l’aparador de l’avenir
d’aquest supermercat

Coses com aquelles

La gent visita hotels museus sanatoris
En definitiva ningú no vol
compartir el seu domicili
amb paneroles

A la posada en escena d’un sols dia
cada mínima acció requereix un mòbil

Tot aparences i esdeveniments

Hora de despertar
Hora d’acomiadar-se

Decorem les parets d’una casa
que romandrà deshabitada
la major part del temps

A la nit
tot és silenci
i fanals encesos

Algú no fa servir telèfons
i mira les estrelles

Galeries tancades
Túnels i ponts

A la nit
la felicitat morta de les coses
el cartell d’una cantonada
un bolquet amb enderrocs

La botzina d’un tren
desfà el silenci a les 3 de la matinada
5 hores després els metros
s’afarten de gent
el cementeri obre les seves portes

L’alba és un negoci inevitable
entre la foscor i la llum

Petites bèsties desperten
dirigides pels usos horaris

Lamenta la ràdio un blues
El comandament a distància es podreix
fora de la nevera

La pupil•la brilla
i les imatges passen

Al diari
solucions odontològiques d’excel•lència
pròtesis penianes de pell sintètica real
cursos de tarot
d’art contemporani
i de taxidèrmia
pronòstics meteorològics
informació mots creuats i acudits

Trobo a una dona
penjada amb un cable de telèfon al
coll
i el cap cobert amb una bossa de
niló
a les notícies d’ahir

Per error deixen anar un pres
implicat en 14 assassinats
i van a vetllar per confusió
el cadàver d’un altre home

Un gos dorm indiferent a la gespa
Els trens obren i tanquen les seves portes
Les mosques es concentren en allò podrit
A les avingudes més transitades
el fum deriva en boira
Els coloms envaeixen els parcs

Creix la imperceptible fartanera
de la mà d’obra aturada
quan algú neix mort
en una clínica privada de maternitat

¿Sabies que els televisors
estan encesos les 24 hores
a les comissaries de policia?

La Paula compra per 200 “pesos”
10 grams de cocaïna
en separa 5 per consum personal
barreja la resta amb 7 pastilles
de novalgina picades
i en fa 20 paperines
que ven a 50 pesos cadascuna
un dimecres a les 6 del matí

Taxis i putes
en contínua percepció
de recerca

Fals entusiasme
a la taula d’un bar
Aspirants a erudits
abandonen farts la lliçó
i es tanquen al bany per flagel•lar-se

Quan els insomnes es fiquen al llit
a no poder dormir i els arbres perden
les seves fulles
i els parcs es converteixen en llits de
pas

La salut emmalalteix
com un port d’angoixa
Bactèries diferenciables
Paràsits i neguits

Insuportable desvetllament dels matalassos
Silenci hospital
Habitacions virtualment il•luminades

Profilàcticament
els metges estableixen
allò que els malalts pateixen

Tradueix aquelles petites morts diàries
les variacions del sol
les formes dels núvols

Es repeteixen els dies però no les hores
Es repeteixen les hores però no els dies

Sempre un pacte entre
els mateixos elements
replegats altres i nosaltres
i el que ens envolta

L’èxode de les conviccions avança

Aquells torrencials dies
d’amable tristor
no poden impedir
q... els cotxes abandonats al fons
del mar
q... els quaderns psiquiàtrics escrits
a mà
q... les orquídies de plàstic en les sales
d’espera
insisteixin en el seu rar viure

Una orquestra de martells
estaques trepants i elèctrodes

Oscil•lacions no perceptibles a l’oïda
Promeses de destrucció massiva via
satèl•lit
Incomunicacions telefòniques
Soroll d’ocells i de màquines
Carrers en trànsit perpetu

Encara que algú al món sigui feliç
Tot és dolor

El riure de les hienes al zoològic
Les costes que desapareixen del mapa
El paisatge d’un erm des de aquella finestra
La desfilada de pantalons autistes al sol
Les llàgrimes dels ofegats

Però també existeixen mons
fantasmagòrics
mons construïts sobre la base de
jerarquies
burocràcia llicències certificats
convencions regles legislacions

Mons d’ambigüitat
elegant i sofisticat avorriment
inseguretat inutilitat i tristor

Coses per l’estil
i totes les altres coses
també




Cosas por el estilo, Buenos Aires, Letranómada, 2010.


Traducció: Juan Martín Galeano. Correcció: Bàrbara Raubert Nonell.

7.5.11

La mañana sol de limón (II), por Hugo Savino






Vive de migas no vive del pasado vive de migas está sentado en una mesa y mira la ventana de enfrente un clásico del cine pero es así espera que le salte algún pasado o quiere ver ese velador prendido o a los vecinos en el piojar diario dejó el cuaderno se aburrió vive de migas zanjado se dejó crecer la barba lo visito una vez por semana hablamos del esteta que va al café y se burla de los escritores argentinos el pobre manco degradado no puede escribir una línea no escucha los libros los lee con los ojos por qué no se pone alguna vez a escuchar el campo pisingallo y después hablamos por qué tanto miedo el esteta dejamos a los sordos como sabe que me gustan las citas justas me la regala: “y no soy ni un gran industrial ni argentino ni estadounidense. No hay nada que esperar de mí.”

sentencioso: de los amigos allá sólo vienen frases. Sólo un chamuyo prometedor. Alguna burla. Malicias.

Estamos en el Paraíso perdido. En esta mañana de color de limón la pelea contra el sentimiento de inutilidad muerde la mano. La mano de escribir. Porque el Paraíso estuvo siempre perdido, para nosotros fue rápido, porque siempre miramos para la vereda de enfrente, enseñanza suprema, esa era la felicidad, que estaba allá, y no aquí. Y esa marca es para siempre. Es una herida más que una marca. Odio la palabra marca odio la palabra huella odio la palabra rasgo. ¿Y qué hago con este rechazo insistente? No sé ni cómo sigue esto. Mi vida. Esa, la de ganarse la vida. Miro la ropa colgada en el fondo de Sarandí. No está el tero. El tero ya fue. No se puede volver a escribir ese tero. ¿O se puede? Lo extraño. Extraño mis hallazgos. Pero no se escriben una y otra vez los hallazgos. ¡Ahora me quiero ver! No está el tero. Es un montón de recuerdos de la mañana. Hay que poner la botella en el mar. ¿Quién decía barcos perdidos? Acá todo el mundo se mueve entre las seis y la una del mediodía? Pasa el pastelero, lo esbozo, apenas, camina en arritmo, sonámbulo, es un pastelero a los dieciséis años. Pero se puede cambiar de casa. Yo esbozo en notas. Tres líneas que junto muy despacio. Pero las escribo y las junto. Me las hago visibles de a poco. Soy lento. En la otra pieza vive la novia. La ventana da al jardincito. La abre fatalmente en las mañanas de sol. Ella manejaba sus remilgos para ganar novio. Lo agarró. A gancho de novia. Y se instalaba siempre en las piezas de al lado. De acá no se moverá nadie. Seguirán aquí. Es un lirismo desesperado. ¡Ah! los idiotas de la devoción, no entren, no vengan, no encontrarán ninguna bohemia folklórica. Detesto la bohemia. Y detesto a los artistas. En la otra pieza la que está en sesgo a la de la novia vive un viejo que miraba con sus ojos negros esa felicidad en medio de todos esos pobres diablos. Uno hubiera dicho de ser culto: puro Soutine. Siempre a la puerta, posición de sentado y de tres cuartos, casi piramidal, las manos sobre las rodillas, las rodillas bien juntas, sin barba, mucho pelo, ¿qué mira? ¿hacia dónde mira cuando no mira la felicidad?

La Primera Argentina en la vereda donde muerden los perros. Es un salto al cordón, había agua y los dos perros gemelos esperaban al candidato que salte para morderlo en la pierna: los perros muerden ahí, qué se va a hacer. El alelado va a perro. Otro clásico. De la vida. Vigilan a los que van por factura. Son perros mañaneros hijos de puta que se prenden a los pantalones y el dueño los adora como a dos estatuas de jardín. Los tipos que aman a sus perros hasta el delirio de dejarlos morder. Amor al perro es lo que más entiendo pero los mataría a esos dos. Los mato en el presente del pasado.

la palabra traqueteo no es de nadie, es del lenguaje.

El silencio habla. ¿Quién dijo que no habla? Despótico silencio, a veces. Ahora vi el silencio. Pero también vi un costado de la malicia. De la maledicencia que brota así, de los que la llevan pegada a la suela de los zapatos. Se dio vuelta y dijo a la audiencia: “¿Creen que se aburre allá, tan lejos?” La malicia la lleva pegada a la suela de los zapatos. Vi a los falsos amigos. Su malicia es repentina, incontrolable, más repugnante, más mala, más incisiva. La de la burla, esa tampoco puede leer pisingallo. Los tipos carcomidos por la burla tan llenos de ideas generales no saben de secuaz, no eso no, seguro, no oyen los libros los leen con los ojos. Con los ojos de burlar. Que son los ojos del desamparo. Del terror.

Y yo que me siento perseguido paranoico integral de intermitencias aliviadoras olfateo la burla y al burlón en el aire lo veo desintegrarse en risa fernética perder equilibrio deshacerse en argumentos siempre por la pureza de la vida y de la literatura traducida es un obseso de la traducción de las lenguas que no domina hurga en los recovecos de los posibles errores y no domina ninguna si lo pienso bien apenas lee una cuál el burlón de porte académico que no puede despreciar desdeñosamente no se anima no sabe nada de la soberana indiferencia nada de nada pobre diablo del desamparo intoxicado de saber no pienso contradecirlo.

Mi desayuno: una tostada con tomate y aceite un café. Como soy un perturbado por el jazz detesto el Banquete como todos los verdaderos perturbados por el jazz me pongo a escuchar jazz desde muy temprano en solitario escucho el viento que viene de Lavalle y Constitución el viento de invierno ese que congela las sábanas cuando no las plancho. Ese que te pone las manos en sabañón, casi. Hay un poema en el viento siempre hay un poema en el viento como en la pintura de Lacámera escucho viento escucho Lacámera armo lo desvencijado en mí alejo al parásito al perezoso en acechanza.

¿por qué digo todo esto? ― caminos perdidos.

una manera de censurar libros ― declararlos poco viables.

La noche está sobrando llega inevitable para salir del círculo maldito de los dimes del fragote de la malicia pero no se puede renunciar a todo pasado a las gotas de lluvia a la nostalgia de esa noche sobrada no se puede que nadie entienda nada no es una coartada para no seguir y hasta con todas las ternuras del adiós no se soporta claro que no se soporta lo sé pelotudo arrogante te cuento mi vida no escuchás nada te escucho la cantinela de lo congelado pero no te oigo ninguna música no oigo tu vida cuándo vas a escribir tu vida yo escribo mi vida no le tengo miedo a las onomatopeyas que van y vienen por acá tengo el piano en la cocina y hay que soportarlo ese toco de lo que hay que pagar son los santos fantasmas del pasado del adiós de esas baldosas vestido de lunares rescatado a la cornamusa medio free medio tarareo muchos sonidos adentro que salen para algún oído que espera del otro lado de la mesa.

Todas las incertidumbres presentes desaforadas enroscadas.

Hoy leí la palabra brezo.

Dos hojas más: desamparo.

Poética: no soy el único que pone gallinas abusa de las gallinas conventillea. Él no pone gallinas. Queda claro. También es claro que no describo lugares: no: sitúo. Fondo de casa chorizo en Sarandí, calle O´Higgins. Otra cosa que no puedo evitar. ¿Para joder al burlón? Le escucho la voz al inquilino voz perfumada de agua colonia Soto, mañana de verano fresco, lo dejo acá, fácil el burlón ese saco de papas que se cayó del camión en la estación de Ranelagh, lo dejo, prefiero la voz Soto que abre misterio en puerta, no tan ronca, sale de la mañana de la pava, pasa al baño, el único, el del fondo, pasa como una sombra en echarpe, buche y gárgara, cuántos minutos. Remacha en rincón. Vida social: nula. Sí, se puede.

Escuché un disco de Lucio Demare al piano. Una voz, hay voces, sí, hay, acentos felices.

Ese es el paisaje el único el que viene en fulgurancias el de la pava de la mañana como el viento soleado del mes de enero como los jardines o las higueras de higo negro o el orden desacatado de las frases o las apariencias impenetrables que me hacen delirar la de Pipa e´moco que es otra sombra reclamante que anda como un patrón de estancia pero ni a peón llegó la entreveo no la tengo la pierdo ¿le tengo miedo? y Alucema en la ventana hace y deshace ni sombra de miedo en el banco del carpintero borda novio que viaja a marido rincón olvidado de la pava de la mañana.

1.5.11

Tres canciones, por Mariano Massone





Horacio Guarany vive en Luján, como yo. Y tuve la suerte o la desgracia de conocerlo cuando era muy chico. Mi viejo le fue a hacer unos trabajos de herrería en Plumas Verdes y se hicieron muy amigos. Tanto que Horacio le regalaba los discos a mi papá y mi viejo le decía “tengo que soportar la voz de mierda que tenés todos los días, querés que encima te escuche en mi casa” y se los devolvía. Lo único que aceptó mi viejo de Horacio son tres entradas para ir a verlo en el Gran Rex. Yo tenía entre nueve o diez años. Me acuerdo que fuimos a saludarlo al camarín y el cantante nos invitó a comer asado a una de esas parrillas que hay cerca de la calle Corrientes. Mi viejo, obviamente, se negó y fuimos los tres (mi mamá, mi viejo y yo) a comer un asado a una parrilla pero solos. Esa relación que tenían mi viejo y Horacio donde mi papá se negaba al arte del cantante mientras él se desvivía en invitaciones me enseñó algo de los artistas. Nunca hay que darles mucha bola a los artistas, es la forma de tenerlos siempre cerca.

A mí, ahora, me gusta mucho un tema de Horacio, pero no me gusta cantado por él sino por su archienemiga (que fue amiga en algún momento) la queridísima Mercedes Sosa. El tema es La villerita y ya desde el principio me alucina por su parecido con el devenir Marta perlongheriano:

La villerita
rancho de chapa, cartón y lata
pinta sus labios
peina su pelo, rubio dorado
recién teñido, que ayer fue negro
tacos de engaño
escasos años, los diecisiete recién cumplidos

Si el esmalte Revlon se vuelve ícono cuando Perlongher quiere pasar por el pasillo a las ocho de la noche, la villerita utiliza los últimos productos de belleza para dorar su testa. Máscaras que, de alguna manera, muestran un cadáver con colores vivos, como si ese cadáver quisiera escaparse de la triste realidad, de la chapa, del cartón y de la lata, colores oscuros, fríos. Que el tema sea un chamamé también muestra este arte travestido: la letra es tremenda y, sin embargo, el ritmo que se utiliza es el de la alegría y del baile, el ritmo del sapucay, grito animoso de guerra. Pero claro, los tacos son de engaño y es imposible que la villerita pueda volver atrás, lo único que le queda es volar…

Otro chamamé que canta Mercedes Sosa y que, creo, cantaron todos los provincianos argentinos en el colegio primario es El cosechero. Quizás con un final no tan angustiante como el de la villerita, el cosechero pasa todos los días juntando algodón y pide “un ranchito borracho de sueños y amor”. Las imágenes impresionistas de esta canción crea un friso precioso de una situación dolorosa: el trabajo en medio del Chaco. El algodón se va, quizás para llenar los silos de algún señor adinerado, y lo único que le queda al cosechero es “plata blanda mojada de luna y sudor”. La canción comienza con un recorrido por un río y el personaje de la canción que parece decirse a sí mismo “rumbo a la cosecha, cosechero yo seré”, como produciendo una marca en sí mismo: desde hoy no tengo más nombre, simplemente seré el cosechero. En esta canción el sapucay se vuelve ronco y el chamamé se ralentiza.

Para terminar con esta ralentización del ritmo, me gustaría terminar con una zamba, mi zamba preferida: La zamba del carnaval. Es del Cuchi Leguizamón y la versión que me gusta es la del Dúo Coplanacu, aunque Pedro Aznar tiene una versión muy buena con Liliana Herrero. A diferencia de las otras, si esta tiene un ritmo ralentizzimo tiene una potencia de fe que las otras dos canciones no tienen. El yo viene “desde el olvido” y quiere matar penas carnavaleando, no tiene un mango en el bolsillo, no tiene nada de alcohol para tomar pero, sin embargo, todo ocurre en esta vida. Siempre hay empujones del diablo que dan vuelta la tortilla y de esta manera el yo trampea el alma de la enamorada con su gualicho. Podríamos decir que es una canción bruja, una canción de carnaval, donde todo se da vuelta: “los caballos atados vuelven a la luna al galope tendido”. La felicidad, a veces, se encuentra en un simple carnaval… que no existe porque estamos en Polonia, agregaría Perlongher.

22.4.11

Reportaje a Carlos Correas

por Jorge Quiroga





Usted tuvo un comienzo aproximadamente escandaloso en la literatura. ¿Podría dar detalles?
Con mi cuento La narración de la historia aparecido en la revista Centro en diciembre de 1959 hubo más de un escándalo. Era un cuento con tópico y hechos homosexuales. Primero un escándalo doméstico, por ejemplo que Germán Rozenmacher, en la época compañero de estudios, me dijera que él y un grupo de amigos encontraban aceptable mi cuento, excepto el que dos tipos se besaran en la boca. Me quedé en blanco. Pero la réplica debió haber sido que no eran simplemente dos tipos, sino una marica besando a un chongo o a la recíproca. Segundo, el escándalo judicial, el proceso, la condena por “publicaciones obscenas”, el secuestro y prohibición de Centro. En el juzgado, el fiscal, Dr. Guillermo de la Riestra le pidió al juez que me preguntara qué juicio me merecía a mí la masturbación, “el acto más abominable que podía cometer un hombre”. En el despacho del juez estábamos entre varones solos; también estaba el abogado defensor, función de la que muy generosamente se había hecho cargo Ismael Viñas. El juez, sabiamente, declinó formularme esa pregunta. El cuento que me valió asimismo el editorial Confusión y extravío del diario La Nación del 17/5/1969, que decía que mi cuento, no por estar escrito podía considerarse dentro de la literatura, ya que caía más bien en el campo de lo patológico. Me alcanzaba uno de los tantos ecos de la altísima moralidad y del sano poder de policía doctrinaria desde los que habla La Nación. Yo quedé debidamente, ya que no excesivamente, reprimido.

¿Podríamos hablar de su procedencia generacional, de sus experiencias, de su participación en la revista Contorno, de su encuentro con David Viñas, con Oscar Masotta?
A la revista Contorno llegué por intermedio de Juan José Sebreli. Mi participación escrita fue muy escasa: un cuento con tópico también homosexual y una crítica a El juez de H. A. Murena, y mi participación programática fue nula o del todo periférica. Contorno fue para mí una experiencia íntima; he aquí la experiencia: el hallazgo de nuevas relaciones humanas. Con Sebreli éramos compinches tunantes de tiempo atrás. Y David Viñas, con su, en mi caso, entrega masiva, adherente, me brindó, creo que el primero de mi vida, respeto, en una época en que yo no me sentía respetable y en que tal vez no lo era. He aquí otra experiencia, una de mí mismo: yo era indiscriminadamente ignorante, rabioso, callejero, y aspiraba, sin mucha buena suerte, a la desolación, a la promiscuidad, al clandestinaje, a la fortísima desenvoltura de la perversidad. Era naturalmente patético, lo que me ponía más rabioso todavía. Y con Oscar Masotta descubrí la pura amistad. No nos preocupábamos tanto del contenido de nuestra obra futura, sino del éxito literario y de nuestra futura manera de ser. Sebreli, Masotta y yo formábamos un grupo aparte. Éramos tres primitivos indefinidos, vivíamos en círculos viciosos, y con la ambición de ser firmemente agraviantes y depredadores. Teníamos 22 años. Oscar Masotta decía: “Si no podemos producir obras que sean ‘hitos fundamentales’, entonces como última salida para ser famosos escribimos una novela pornográfica y sanseacabó”. Y también: “Debemos fijarnos un plazo. Este será nuestro proyecto cultural: a los cuarenta años ya tenemos que haber llegado a ser inteligentísimos, bellísimos, cancherísimos y crudelísimos”. Yo agregaba: “Y putísimos”, Oscar reía.

¿Qué influencia pudo haber tenido Sartre en su formación literaria y en su generación?
Pienso que Sartre se convirtió en ejemplar para nosotros porque por su intermedio nos uníamos o escapábamos a la angustia de la soledad. Personalmente descubrí a Sartre en 1951. Yo tenía 20 años y venía de Émile Zola. Leí La náusea. Fue una revelación fulminante. Estuve tres noches sin dormir. Tenía un motor marchando en la cabeza. No debe ser sencillo dejar atrás esta rotunda y dichosa violación. Me pasé de Medicina a Filosofía y Letras. Pero esa unión ocurrió porque en Sartre encontrábamos los más eficaces medios para luchar contra los enemigos literarios internos de la época. Así, la idea del arte como fundación humana del mundo, contra los majaderos surrealistas; la idea de la escritura como imaginería corrosiva de lo real, contra los comunistas, faltos de la malignidad necesaria para el valor estético. Y Sartre era también nuestra arma en común para vencernos entre nosotros, los contornistas, la unión en el combate para decidir quién resultaría el único que sería nuevo y daría la pauta. Pero era obvio que los contornistas no estudiábamos L’être el le néant. El estudio de la filosofía requiere soledad, y nosotros, por nuestra edad y, quizás, nacionalidad argentina, necesitábamos agruparnos, militar en conjunto, vanguardizarnos, buscarnos cada uno en cada otro, y esto porque cada uno no conocía todavía sus posibilidades ni sus límites. Así, Masotta, Sebreli y yo éramos, en esa época (de 1953 a 1956), un conjunto esencialmente fraudulento. Para escribir robábamos, recortábamos y copiábamos. Textos franceses aún no traducidos al castellano; y, además de Sartre, Merleau-Ponty y Hegel. Claro que a la vez obligadamente debíamos tomarnos en broma a nosotros mismos. Y esto no podía durar. Los caminos fueron diferentes. En Sebreli la fraudulencia no desapareció; al contrario se le ha metido en los huesos y se parasitan mutuamente, pero a la vez esa fraudulencia en él empezó a tomarse en serio a sí misma y por esto Sebreli ha desembocado en la mentira abyecta y en la fatuidad. En Masotta la imposibilidad intelectual de seguir a la par de Sartre, sobre todo después de la aparición de la Critique de la raison dialectique, fue un determinante de su locura. Luego de la terapia Oscar trasbordó de la fraudulencia y el pastiche a la “honestidad básica” y a la “legitimidad”, de Sartre a Lacan, y encontró y blandió un inencontrable de aire: “el pensamiento contemporáneo”. La soledad amarga en que lo encontró la muerte en el extranjero y su desilusión final frente a la tontería imperante en el mundo, precisamente luego de haber estado en Buenos Aires entre estructuralistas, semiólogos, freudianos y lacanianos, esto es, la en ese momento “gente más inteligentísima y cancherísima” con la que Oscar siempre soñaba alternar en su veintena, le habrán revelado que los “inteligentísimos y cancherísimos” son siempre otros y que aquellos ya eran y son corrupción o nadería. Todavía no puede leer sin congoja, sin fastidio, su queja en 1970 por la “falta de maestros” en la Argentina y esos blandos, pueriles, enrarecidos, humildes hasta el desfallecimiento, lastimeros “como nos enseña Lacan”, “viene a enseñarnos Lacan”, “nos dice Lacan”. Una compungida santurronería de acción de gracias: “ ‘Nosotros’ y ‘Lacan’: no estamos solos; hay un alguien, Lacan, que se dirige a nosotros, que nos vuelve ‘nosotros’ ”. Pero en verdad siempre estuvimos solos. Para nadie dijo y enseñó Lacan. Tras la decepción inmunda de los “inteligentísimos y cancherísimos”, la soledad sorda y callada, retornó para Masotta y fue a la muerte.

¿Puede hablar acerca de su silencio literario desde su cuento penado hasta la aparición de su novela Los reportajes de Félix Chaneton?

Mi silencio literario a partir del cuento y de su proceso obedece seguramente a diversas razones. De las que mejor percibo puedo indicar primero el miedo que me sobrevino luego de mi propia sorpresa por la relación de los demás, no de todos, claro, sino de quienes llamaríamos “autoridades” o “poderes”. Yo era “asqueante”, el “extremo de la degradación” y desde mí parecían emanar la “perturbación tendenciosa y contumaz”, la “disolución de las instituciones republicanas”, etc. En una segunda razón podemos incluir cómodamente todas las formas de la impotencia literaria: el no saber qué decir o cómo decirlo, la repugnancia por mí mismo como escritor, el sentirme alternativamente por encima o por debajo de mis propios escritos, etc. Y una tercera razón, quizá la más poderosa, es que yo también, como Masotta, busqué abandonar la fraudulencia y pasar a la “seriedad”. Intimidado, traté de merituarme para lograr alguna institucionalidad y licitud. Me enclaustré para estudiar filosofía y terminar la carrera, pues yo debía recibirme y ser profesor. Este debía ser el lado oficial de mi vida, por el que me haría perdonar aquella “aberración”, aunque yo, astutamente, me reservaría un lado “destructivo”, no por la bobería de helarle la sangre a burgués alguno, sino para sacar de este último lado una máxima fuerza literaria. Me recibí e inicié mi carrera docente en la misma Facultad de Filosofía y Letras junto con mi mujer y compañera Marta Brarda. Y esto era también estadísticamente normal e incluso decoroso. Hasta que en setiembre de 1974 fui dejado cesante por razones políticas. Entonces volví a hacer literatura, con, entre otras, dos obras largas: una novela autobiográfica y un ensayo filosófico sobre Roberto Arlt.

¿Cuál es el lugar específico que ocupa Roberto Arlt en sus preocupaciones?

Sigo buscando un modo de hurgar en o construir el sentido de su cultura –no diré “escritura” ni “literatura”– de la violencia y la prepotencia. Desde y por Arlt sabemos que hasta ahora no hay cultura argentina posible si no comienza ejerciéndose en el elemento de la violencia opresiva y la prepotencia. Y que toda respuesta a esa situación deberá fundar y practicar la cultura a través de la contraviolencia y la contraprepotencia. Contra los cultos que necesariamente nos violentan y los violentos que necesariamente nos cultivan, no seremos cultos de otro modo ni haremos otra cultura si no violentamos y prepotenciamos a nuestra vez. El dolorismo cósmico y el buen truco de tomar sobre sí los crímenes del hombre son el rezago que la violencia en forma de miseria tomó en Arlt y lo convirtieron en un hombre imposible y simultáneamente real, un hombre con quien no podríamos convivir un instante; y no solo un hombre imposible, sino el que debía cargar conscientemente (envenenadamente) con su imposibilidad. Puesto que mi novela Los reportajes de Félix Chaneton sería una muestra cualquiera de “cultura argentina”, debí acudir a Arlt, a quien nos divulgó que el secreto de la cultura yace en la violencia. Partiendo de Arlt busqué a Arlt mediante mi novela. Pero no se erige en Maestro a Arlt. Se aprende de él, sí, pero, además de esta receptividad, sólo se puede intentar ser Arlt, y aguantarse en el asco y frente a la muerte. Y para ser Arlt empecé por ser yo y a la vez otro que yo, otro yo que es un personaje de mi novela y a quien llamé Carrera. Porque Carrera soy yo; incluso dejé, en una ilusión de ser estudiado (atendido) por futuros descifradores, el muy fácil recíproco eco Carrera-Correas. Aunque igualmente Carrera es el yo peor que ya no podré ser, así como Chaneton –señorito que debía ser inicialmente repulsivo para terminar siendo no amado por vos, oyente o lector, sino aquel a quien habrías de acudir en tu momento de la desazón y la angustia– es el yo mejor que pude inventarme.

¿En su novela está nítidamente expresada una actitud ante la literatura. ¿En qué consistiría esa actitud y qué significa una literatura destructiva, como a través del prólogo se anuncia?
Por lo pronto le diré que mi novela, en cuanto la vi publicada, me dejó y me siguió dejando una impresión de anacronismo en todos los aspectos que se me ocurran. Y aunque no me detengo en mis impresiones, razono que ese anacronismo respondería a una demora o laboriosa o remolona meditación filosófica. Si el ateísmo es “una empresa cruel y de largo aliento”, según Sartre, no menos cruel y larga es la de volverse materialista; creo que recién me he iniciado en ella. Una actitud materialista antes la literatura pone en primer lugar la literatura como lucha violenta: contra las costras y podredumbres del idealismo inculcado en uno mismo y en los demás. Es justo la literatura destructiva: el escritor que busca hacer cultura, y no meramente defenderla o pillarla o enmendarla, sabe que no ha hecho buena literatura si su libro no alcanza a destruirlo en su más fina e intensa adaptación al mundo establecido. Sólo si pasa esa prueba, el escritor podrá aspirar a una destrucción análoga en el lector, y podrá alegremente pontificar con plena seguridad y derecho. Muy buenas revulsiones, disolvencias, provocaciones pertinentes, carcomas, terrores, agresiones correspondidas ya con el silencio, ya con la burla, ferocidades, virulencias e interrogantes sobre modos de degradación o de aniquilación atroz pueden hallarse en Arlt. Este hombre no abomina de su época menos que de sí mismo, ni su época no fue menos ruinmente guerrera y genocida que la nuestra ni nosotros somos más mugrientamente bárbaros. Sólo que una cultura no se hace si no se hace enemigos. Esto, que lo saben ya nuestros enemigos, es lección necesaria para devenir los enemigos que debemos ser. Los procedimientos de opresión y humillación no son “alternativas propuestas”: son realidades sociales prácticas que constituyen la sociedad argentina misma y que se ejercen de hecho desde y por la institución de la (digamos la palabras tan vieja y tan presente como el objeto designado por ella) burguesía como clase dominante que se sabe y se corrobora “ama de la historia”. Y nuestra época, aderezada por la última “dictadura militar”, es también de un retrasado estado de descomposición intelectual, que, deberá admitirse, es de inmediato político. Por ello estamos obligados a concluir que la política militar ha triunfado –internamente– y que este triunfo es el “espíritu oficial” y el gobierno presente. En efecto, nuestros militares han conseguido hacer creer a sus enemigos y adversarios naturales, ex intelectuales críticos de la sociedad pero ahora oficialistas, que han estado locos o han delirado y hacerlos confesar que el castigo que han recibido era merecido; o bien que la izquierda incurre paupérrimamente en “maximalismo”, término intelectual rastrero para lo que nuestros brutales militares y editorialistas asnales llaman, más dignamente “extremismo”. Son los efectos del adormecimientos de este depresivo período de seudopaz en la también pseudopostguerra. El actual partido gobernante, sus candidatos vencedores y los provisoriamente postergados, los intelectuales “autorresponsabilizados” que los apoyan o se resignan a ellos, su fraseología… son a lo sumo aplastantes. Son ya del todo ubicuos. Son la miseria de la cultura. Exitosamente se hacen o se dejan encontrar y depositan por doquiera viscosidad y pesadez: combinan la profundidad del hedor de quién está demasiado fatigado y demasiado lastimado para ser peligroso y una impávida apariencia de necedad, verdaderos huevos duros de quince minutos de cocción, de miradas vacías, de obras menores, quizás monstruosos, pero de solo interés local. Jamás en la historia de los argentinos, debe de haber marcado tanta fuerza de presencia el enmerdamiento que ha sobrevenido. También aquí nos asiste Roberto Arlt y su muestrario de basuras y basurales de nuestra sociedad. El basurero Roberto Arlt se encarnó asimismo en una basura modelo para hacernos comprender a una soledad a través de sus desechos específicos. Claro que habrá que rechazar siempre todo “miserabilismo”, la “mera mortalidad o infortunio”. Arlt no es en absoluto un escritor miserabilista.

Su libro sobre Arlt, ¿qué significaría respecto de la crítica que se escribió sobre este escritor?

Hay un vasto Arlt inédito y, por tanto, no hay un Arlt completo. Mi trabajo filosófico sobre Arlt pretende sistematizar parte de su obra. Sostengo que no hay Arlt si no es todo Arlt. Pero aún no hay un todo Arlt. Sólo formalmente mi libro se asemeja al de Larra en cuanto a que estudio a Arlt en sus novelas, cuentos, teatro, las Aguafuertes, y también en sus colaboraciones en la revista humorística Don Goyo, en algunas de sus crónicas últimas en El Mundo y en varios de sus cuentos de El Hogar y no recogidos en libros. Pero me aparto, sin interés, de las bonachonas intenciones de Larra y su estilo dominical subsecuente a la lectura u ojeada del suplemento infantil los diarios. Diana Guerrero y Masotta consideraron a Arlt sólo en algunos aspectos de la narrativa. Es incompartible la tesis de la primera sobre el discurso ideológico pequeñoburgués subyacente en la obra de Arlt, simplemente porque Guerrero no investigó la obra de Arlt, por lo que la tesis carece de prueba. Detrás del libro de Masotta está el Saint Genet de Sartre, además de la “prosa de tonos” de Merleau-Ponty. Es un ensayo expresivo, pero algo embrollado y sobremanera exiguo y apenas difunde lo que Masotta alcanzó a entender de una salteada y conjetural lectura de sólo una tercera parte del Saint Genet, lo cual me consta pues yo le presté el libro en francés. (Era, sí, un retoño de la fraudulencia, aunque ahora pienso si no quedará como uno de los productos más válidos para los lectores.) Entonces, mi libro sobre Arlt pretende significar, a paso forzado, una reflexión materialista totalitaria (es decir, aquí, filosófica) sobre la parte de la obra de Arlt. Estimo que avanzo sobre el conjunto de la crítica precedente, y, del todo separadamente, construyo a un nuevo Arlt por el que somos Astier, Erdosain o Balder. Este “ser” he tratado de mostrar en mi ensayo. Somos aquel traidor; ese ladrón, masturbador, fraudulento, asesino, suicida y terrorista onírico; este ingeniero burgués repugnado de sí mismo y que busca huir de la condición burguesa mediante la chochera erótica y la sumisión perruna a las mujeres; o bien nos alcanza la sagrada esterilidad del “escritor fracasado”, o también somos alguna de “las fieras”, que es el mito más bello y potente creado por Arlt.

¿Qué nuevos trabajos está preparando?

Preparo una serie de cuatro breves nouvelles, en la que me preocupa mucho la forma. Y para esto debo distorsionarme aunque sin desinteresarme por mí mismo ni por mi trabajo. El lector, por supuesto, es nuestro patrón; todo se hace para él, o, mejor, por él es posible que haya algo así como un todo. Pero quizás, y esto es ya el trabajo conjunto de la distorsión y el interés, más que buscar nuevas formas, habría que inventar e imponer otro sentido de “forma”, o destruir y deslegitimar cualesquiera temas acerca de la “forma” o el que la forma sea el contenido de nuestras reflexiones. O “forma” debería adquirir un sentido más hondo, pero que finalmente no sería sino el sentido de la existencia. Lo obvio es que es decisivo preguntarse ¿cómo escribir?, pero no más obvio ni más inevitable que preguntarse ¿cómo ser? o ¿cómo vivir? Pero el añadido fatal es ¿cómo escribir para ser leído y buscado y perseguido por el lector? Por lo demás espero urdir situaciones o episodios literarios que estén a la altura de la actoral inhumanidad argentina. Me bastaría con un lector o con los lectores que se persuadieran que es innecesario seguir argentinizando la inhumanidad. Y además estoy escribiendo un ensayo polémico contra un fantasmón escritor argentino especializado en suministrar el más influyente doctrinarismo al servicio de la guerra antisubversiva. Por ahora no conviene nombrarlo. Y también trabajo en mi tratado de filosofía. No seré libre hasta que no lo termine.




Este reportaje fue realizado en 1985 y publicado en la revista El juguete rabioso, año 1, nº 1, noviembre 1990.

9.4.11

La vigilia, discreta, de ver el abismo, por Laura Estrin






Claridad del saltimbanqui de Hugo Savino marca fuerte, son pinturas de un ojo transfigurado. A veces abandona a los personajes que retrata por los colores del día: “la luz de la mañana, el carro de la madrugada”.

Me gusta esa lírica que hace desde el primer poema: “memoria extralúcida/ del sol de la mañana” y la palabra convoy! Camina y arma buen ritmo con ese primer poema que baja bien al final y cierra perfecto. “Rasca la mejor frase” como en Viento del noroeste dijo en “el fondo de la olla”.

Rey de algunos verbos, como “tijeretean”, dueño de algunas palabras: “rantifusa”. Hugo Savino hace listas, orgullo loco o humildad perfecta del artista como saltimbanqui según escribe Jean Starobinski.

“El polvo el viento”: el tiempo. Siempre se trata del tiempo… del tiempo que lo arruina todo –como dice Graciela Schvartz. Se trata de La línea del tiempo… Siempre será “En la mañana soleada”: esa lírica, el tiempo–que–hace, la escena, la luz. Casi siempre en los poemas de Hugo Savino es “el sol de la mañana”… Que no te roben la mañana –escribió Tsvietáieva– aunque cueste “meterse en los zapatos” porque hasta los zapatos duelen –y eso me lo dijo Nicolás Rosa caminando y entendiendo. Aunque cueste salir de la queja porque se nace con el rencor en la cuna (y ahora se trata de La mañana sol de limón). Los poemas andan, por desolados, por el vértigo y la visión de la impostura… en la vocación contradictoria del día: la “tarde es alegría”, como escribe en otro poema. Será que sólo es cuestión de pasar la mañana… Osvaldo Lamborghini también la tenía así… Hay que nacer con el día armado o hay que armarse el día, divina reconvención de Milita Molina.

Y sí: todo tendría que dividirse entre los que son y los que no son “amarretes del tiempo”… Hay que saber dejarse ir, como “a favor del río” –según me dijo de una mujer pueblerina, una vez, Hebe Uhart… o a favor de la mañana… provincia y ciudad, Hugo Savino, son a veces lo mismo.

El poema de la Richmond con la atmósfera que trae Couto es hermoso. También eso es escribir “con el culo”… como Tsvietáieva recuerda y retrata a sus amigos, como se le canta el culo, como en Una Dedicatoria en que se pone a corregir, violencia del amor, lo que dicen de su relación con Mandelstam. Como si dijera: quieren saber: fue así. El que interviene, el que grita: una delicadeza… Savino lo dijo y lo repetí mil veces… la delicadeza de intervenir… Hace años que él la escribe.

Otro poema de atar es el “del mellizo de Pinamar”… lo repetiría todo… Me acercan mucho a esa escritura “en mi mano está mi voz”… Hugo Savino trata con lo más difícil, con lo que “huye(n) del demonio de la comparación”… Hay que escribir lo que no se puede escribir.

Y pasa Zelarayán en “una perla/ que ningún mar se tragará”: era de La Gran Salina lo de una gota de sangre intelectual que ningún mar borrará? (no cito bien, seguro). Es de Lautréamont –me dice después Savino–, pero es de nosotros. De quien lo lee y yo lo leí en Zelarayán. Creo en las propiedades y los dones, como se ve.

El de Pirozzi, “aires colados”… tiene esa pregnancia de los hallazgos tranquilos, también ahí está el agarrar el tiempo. Que sigue en “la queja de la tarde”… el tiempo del día y la otra palabra genial que atrapa su oreja: las parvas… La pintura, muy cerca de esta voz escrita.

Norberto Gómez “escucha con las manos”, como dice Savino de Adriana Yoel en Bloc. Y al compararlo con el salmista… encuentro a Meschonnic… que cuánto nos ha mostrado…

Alguien…“que no sabe del sombrero chistera” queda marcado: los que entienden y los que no entienden, uno escribe para los que agarran sueltos, a los otros hay que abandonarlos –como me dijo Irina Bogdaschevski, asombrada de mis cuidados literarios. La contundente frase que una vez nos tradujo Hugo Savino: “Sartre sabía, Baudelaire no sabía”, escribir es el más fuerte no explicar.

En los poemas de Hugo Savino todos los amigos estamos muy cerca. Es muy bueno para los apelativos: las bovarys, los retóricos, los festejantes o discípulos, los becarios, las profesoras de letras… Pero, además, todo viene del “pasado dormido”… Todo está en la infancia, todo lo demás es ensimismamiento.

Genial el verse y oírse en el poema que espera… Porque Claridad es un libro que se va tejiendo con un hilo delgado, el de la vida, pero una vida que acecha, que es siempre vigilia sin consuelo, la que une todos los fragmentos de todas las páginas.

Hugo Savino compone un mundo propio con sus cuatro libros: es el “rodete irmiano”, el de la costurera, esperanza y tristeza del poema, de un mundo propio, del pasado propio. Muy cerca un libro de otro: La línea del tiempo, Viento del noroeste, Salto de mata y Claridad del saltimbanqui.

Subrayo casi todo, sobre todo las apuestas a las descripciones: “al pie de una pureza”, “patas de miel”… y ahí se vuelve más enigmático: cuando se esperan las cosas y sólo viene el “mito de la claridad/ cascado de cloqueo”… Pero él sabe lo que dice, igual… y se sabe y se dice lo que se arrincona y no sale, como algunos cuadros en el taller.

Qué buen paso da ese modo de seguir el tranco del escribir, del encontrar, de Mastronardi y la pregunta por el Diario de Correas!

Hugo Savino busca, en el vacío del tiempo, Hugo Savino busca, conciente, apretando la poesía.

7.4.11

Lecturas cruzadas de Adán Buenosayres y Macunaíma, por Gustavo Calandra






¡Volved a ese Santo Engendro vuestro, maldito por la Naturaleza, que no ha dejado un solo momento de nacer y que sin embargo, continua Nonato! ¡Marchad, marchad para que él no os deje Vivir ni Reventar y os mantenga siempre entre el Ser y la Nada!

Witold Gombrowicsz, Trasatlántico.


Dos novelas. Adán Buenosayres y Macunaíma. Dos héroes. Dos itinerarios diferentes: uno barrial y otro nacional. Será la búsqueda –en el pasado– de un espacio no corrompido por la inmigración y la modernidad. Hoy podríamos hablar del imperialismo y de los gérmenes de podredumbre que tenemos que descubrir y extirpar de nuestras tierras y cerebros. La lucha nacional y la liberación de los pueblos. El pasado debe utilizarse para abrir el futuro, asegurar la esperanza y darle densidad.

¿Es hacia la ciudad, dónde habría que mirar para forjar una cultura americana? San Pablo es la ciudad elegida por Mario de Andrade. Hasta entonces, el afán artístico buscaba contornear la figura del nacionalismo y no había resultado. Seguir tendencias universales no era suficiente para quien se dice “brasileiro abrasileirado”. La contemplación y el adorno no matan el hambre: “essa fome da Pátria, porca parida que devora os próprios filhos”. (Jornal do Comercio, 24/05/1925. Reeditado en Neroaldo Pontes de Azevedo, Modernismo e Regionalismo -Os Anos 20 em Pernambuco.)

Antes de llegar, Macunaíma dejará su conciencia en la isla de Marapatá. Reproduzco una nota de Gilda de Mello e Souza, en la edición en español: "Se cuenta que en la época de extracción del caucho en Amazonia, los exploradores que se internaban en la espesura, antes de irse, dejaban su conciencia en la isla de Marapatá, ya que liberándose de ella se sentían más cómodos para enriquecerse." (Mario de Andrade, Macunaíma, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1979.)

La escolta de la papagayada imperial da media vuelta y enfila hacia el mato. Un paisaje industrial y mujeres blancas, “filhinhas da mandioca”. El héroe, párrafos atrás, había mudado el color de su piel, en agua encantada que lava su prietura. Deseo y jugueteo. Cuando regrese a su tierra, Macunaíma, va a anhelar la “joda” paulista, la “sacanagem feliz”. Penetra el espacio promiscuo de la multitud y la masa sin nombre. Abundan –y saturan– los objetos, los rostros, las imágenes. “Máquinas”. Todo son máquinas. Ya no es el cacao la moneda tradicional. Tanto “arame conto contecos milréis borós tostao duzentorréis”, tanto “selos, bicos-de-coruja massuni bolada calcáreo gimbra siridó bicha e pataracos”, produce flojera. “Ter de trabucar, ele, herói”. Estrechez de sensibilidad y a-u-t-o-m-a-t-i-z-a-c-i-ó-n. Se perturba la inteligencia. Es en éste mismo capítulo del arribo a la morrocotuda ciudad de San Pablo, donde se produce la primera muerte del héroe.

Prostitutas de lenguas extranjeras chismean. ¡Qué cháchara! Entre la chusma, un estudiante da un discurso antiestatal. ¡Bien, Che! Hay trifulcas y los inmigrantes austríacos búlgaros polacos se visten chanchos con el uniforme del orden, sin ser muy respetados. Los chiflan. Para Macunaíma, un arma de fuego y experiencias alcohólicas. Otra de chicha.

Allí, comenta luego, por carta, a las Icamiabas, las costumbres y modas son importadas desde Europa. El virus de la imitación innecesaria. Que “puito” de acá, que “puito” de allá. Compre esta excelente bicoca. Cuidado con amancebarse con una lusitana, perderá el favor de una diosa. Dos lenguas: el brasilero hablado y el portugués escrito diagnostican la falta de libertad e identidad. La voz del autor: “No dia em que nós formos bem filhos da nossa terra, a humanidade se enriquecerá de mais uma expressao que me parece bem gostosa: o brasileiro”.

De la mano de Leopoldo Marechal, pasamos a “la Reina del Plata”. “A Buenos Aires se lo interpreta con los ojos porque ha sido construido para ser visto. Y de ahí el poder de fascinación que ejerce: mirando la ciudad se inhibe la facultad del raciocinio y uno niega o afirma en estado hipnótico”. (E. Martínez Estrada, “Las ciudades diversas”, La cabeza de Goliath.)

Adán Buenosayres despierta en Buenos Aires, “la ciudad-nación”, (E. Martínez Estrada, “Argirópolis”, Radiografía de la pampa), según el pensador arriba citado. Las coplas y los versitos se disuelven entre los gritos de esa “mazorca de hombres” que se disputan la posesión del día y de la tierra. Pluralidad de idiomas en escalas tanas, rusas, gallegas, turcas. Serpenteados por el Riachuelo, la muerte en el matadero y el sur fabril de chimeneas con cielo gris. Por el puerto, la invasión extranjera. Nótese la metáfora que utiliza el narrador: una figura que remite al ámbito rural para hablar de la ciudad. La mazorca de hombres como fruto de la ciudad, por un lado; y la más-horca como cuerpo policial de la época rosista que, si seguimos esa línea de asociación, nos recuerda varios pasajes de Amalia donde las calles de la ciudad eran asediadas por los asesinos del Restaurador.

Buenos Aires muere de vulgaridad. Si vivís ahí, podés ser víctima de lo mediocre y su contaminación. Tiembla el protagonista ante “el frío de una realidad sin vuelo”. Elevación gallinácea. Dicho por Samuel Tesler: “La perra que se come a sus cachorros para crecer.”

Adán es el expulsado del Paraíso. Ha muerto. Murió el poeta-creador en el prólogo. Adán, el desarraigado de la perfección, dirá Cortázar. Atrás, vestigios de sueños, queda la infancia de una vida rural, patria idílica del comienzo. El proyecto intelectual es de una doble recuperación: la tradición criolla, acorralada por la ciudad, que sobrevive en el campo y las tradiciones de los antepasados europeos.

Cuando el astrólogo Schultze reproche al lanchero de Cacodelphia, un gallego colectivero, haber olvidado aquella dignidad que tenía en su aldea, en Galicia, haber trocado sus valores por un mimetismo grosero, no nos sorprenderemos: “podabas tu viña, matabas tu chancho, cantabas los villancicos de tu madre y profesabas la sabiduría de tus abuelos”. ¿Y después? Metamorfosis en un compadrito de melena y pañuelo al cuello. La “bravura criolla” viene evolucionando desde Martín Fierro al malevo.

Más adelante, los héroes encuentran a un abogado, hijo de un zapatero. Típica historia de tango (“Giuseppe, el zapatero”, cantado por Carlitos Gardel), el hijo oculta al padre, reniega de su linaje, aún cuando su progenitor se ha deslomado por costear sus estudios y, ya doctor, se entrega al lujo burgués. “Y olvidaron su tabla de valores por aquel fácil estilo de vida que les enseñaba el país. Y la obra de corrupción iniciada en los padres fue concluida en los hijos: los hijos aprendieron a reírse de sus padres emigrados, y a ignorar o esconder su genealogía. Son los argentinos de ahora, sin arraigo en nada”.

No sólo este ritmo de vida infernal, “un urbanismo traicionero que amenazaba con envolver en sus redes lo más puro de la tradición argentina”, confunde, sino desdibuja el ser nacional. Los colores del estandarte mixturan sus pigmentos. ¡Oíd poetas, el profundo reclamo!... “La tristeza del barro que pide un alma”.

La solución rapsoda. “Allí fuera, los hombres vivían bajo la tiranía de las cosas. Su conducta era determinada en todos sus detalles por los mandatos de lo material, por el dinero, por las herramientas de sus profesiones y por las leyes nada juiciosas de la costumbre y la convención. Pero dentro de la librería me sentía a salvo de las asechanzas de la materia, aislado de los peligros de la actualidad; allí, en donde un viejo barbudo, superviviente de otros tiempos, tocaba con furia la música romántica.” Aldous Huxley, “La librería”, Limbo.

Y, por supuesto, en el oficio de juglar existe una necesidad apremiante: hacerse entender en todo momento. Histórica ha sido “la urgencia de renovar el repertorio heredado, haciendo que el habla de los vulgares usos cotidianos entrase más y más en la prosa recreativa.” Una elección que más bien es una corazonada. “Los juglares, no por decisión unipersonal sino colectiva, en esfuerzo difuso e instintivo (…), echaron llaves al arte de los clérigos, continuador de una tradición latina docta , extremamente empobrecida, y dejándose conducir del gusto vulgar al que inexcusablemente debían atender, crearon una nueva tradición popular en la lengua románica de los nuevos pueblos medievales.” (Ramón Menéndez Pidal, “Los juglares y los orígenes de la literatura española”, en: Francisco Rico y Alan Deyermond, Historia y crítica de la Literatura Española). Esto me lleva a reflexionar sobre las instancias de recepción de ambas novelas y la incomprensión de varios intelectuales contemporáneos. Libros inclasificables, inacabados, fragmentados.

No puedo no pensar en los textos antropófagos de Oswald de Andrade. Manifiestos que convocan una lengua “sin arcaísmos” ni “erudición”, y que se nutren de millones de errores y faltas del habla. Y no sorprende que, cuando enumere elementos estéticos modernistas a utilizar, junto a la libertad de creación, destaque la valorización del inconsciente, de lo cotidiano y de lo mecánico. Porque “en lo cotidiano, que llega hasta lo vulgar, están lo popular y lo revolucionario. En el inconsciente se esconden lo primitivo, lo nativo, lo geográfico y lo telúrico”. (Oswald de Andrade, Escritos antropófagos.) Recordemos la filiación modernista de Mario de Andrade y su recorrido inicial que, poco a poco, fue desviando su norte.

Nacionalismo combativo. Un arte de acción. “Brincamos com a arte”. Gilda de Mello e Souza en “O tupí e o alaúde”, analiza el plano de la composición de Macunaíma en analogía con el proceso creador de la música popular brasilera. Basado en juegos infantiles donde se unen los cantos de modo espontáneo, la improvisación del cantor alcanza una pieza híbrida. En cada repetición se mudan uno o más elementos sin dejar de ser reconocible la fisonomía de su constitución. Mediante la combinatoria –que incluye fallas mnemónicas repuestas con variaciones inconscientes– se enmascara, transforma, deforma y adapta texto y melodía. Aplicada en la escritura corrobora la subversión del material lingüístico en la novela. Y, también, utilización de artificios y frases hechas desprovistas de su sentido fijado- estereotipado por la lengua. Recordemos que Macunaíma colecciona garabatos –cuando niño soñaba con malas palabras– así como el gigante piedras preciosas. Esas palabras “feas” son consideradas cosas materiales que funcionan como instrumento de lucha. (Eneida María de Souza, “A pedra mágica do discursos”, en: Mario de Andrade, Macunaíma, Edición crítica, Telé Porto Ancona Lopez, coordinadora, Fondo de Cultura Económica.)

Un pre-realismo, forma salvaje de contracultura, se acerca a la narrativa oral indígena o arcaica popular, Alfredo Bosi, “Situaçao de Macunaíma”. El resultado será un embrollo cronológico y geográfico, con persecuciones al mejor estilo de los dibujos animados. Desde Itamaracá a Guajará Mirim pasando por Paraná, atrás viene el cachorro Xaréu. La vieja Ceiuci te persigue de Mendoza a la Guayana Francesa, sin parar. ¡Borren las fronteras políticas que dividen a Latinoamérica!

Dijeron los martinfierristas en manifiesto girondezco (Martín Fierro. Nº 4, del 15 de mayo de 1924): “nos hallamos en presencia de una NUEVA sensibilidad y de una NUEVA comprensión”. La primera definición de estos jóvenes fue reaccionar contra una situación cultural que juzgaban rutinaria y caduca. Rasgos centrales de la revista eran el desenfado y la irreverencia con que consideraban la crítica artística, el tono festivo del que aparecía rodeada la actividad literaria, la virulencia de las polémicas, la búsqueda de un criollismo que conjugara la tradición nacional con estéticas europeas.

Así el “lector agreste” debería estar orgulloso, él es un “porteño leal”. Lealtad que conserva y legitima la tradición. El campo, como espacio aún no contaminado por la inmigración y la modernidad, es el reservorio de un pasado nacional ligado a la tierra, asentado en el linaje o en las posesiones y saberes de los antepasados. Porque “cuando lo presente ya nada nos insinúa y lo futuro no tiene color delante de nuestros ojos, ¡bueno es dirigirlos a lo pasado, sí, allá, donde tan fácil es reconstruir las bellas y sepultadas islas del júbilo!”. El ámbito rural, donde las cosas vuelven, tal vez, a tener un valor primordial, brotadas “recién de las manos de su Creador”.

Es la confianza en un ascenso por la belleza. Beber de las fuentes de la tradición y enaltecer el alma. La dignidad en lo simple, en lo noble del trabajo. Es la nobleza original del poema del domador de caballos, sabio en la medida de su fidelidad, “como templar una guitarra”. Civilización y barbarie. La famosa “i” de Sarmiento que une los polos. El dilema de la generación del 37 casi un siglo después.

Marechal no puede rastrear las huellas patricias que –aunque un poco fabuladas– rescata Borges de sus antepasados. Su tono se hace cargo de ese cambalache que hereda la cultura de Buenos Aires y lo resuelve uniendo extremos opuestos, yuxtaponiendo, superponiendo. En el fango sagrado crece la mortífera hoja de cicuta para que mastiquen los Sócrates del arrabal. Criollismo y lunfardo, Homero y catolicismo.

Y la pregunta por el argentino auténtico... un enigma nacionalista. Si ya no es ni país, esto es una factoría… “¡Inglaterra es el enemigo!”, sentenció el petiso Bernini. “El argentino, por naturaleza, fue y debe ser un hombre sobrio, como lo era y es todavía nuestro paisano, como lo fueron y son los inmigrantes que nos han dado el ser a la mayoría de nosotros. Pero, ¿qué ha sucedido? Que el extranjero nos ha embarcado en una mística de la sensualidad y el vivir alegre, inventándonos mil necesidades que no teníamos, para vendernos, ¡claro está! Los cachivaches de su industria y rescatar el oro con que nos paga nuestra materia prima.

Macunaíma reivindica la necesidad de asumir una particularidad latinoamericana, desenvolviendo el propio potencial cuestionado por la civilización europea: “Paciência, manos! Nao! Nao vou a Europa nao. Sou americano e meu lugar é na América. A civilizaçao européia de-certo esculhamba a inteireza do nosso catáter” (c. XII). No bien se alejaron de San Pablo, Macunaíma, ante la imposibilidad de encontrar la suya, dejada en la isla de Marapatá, “pegó una consciencia dum hispano-americano”, demostrando ser un héroe no absolutamente brasilero. Y reafirma que los brasileros comparten parámetros con el resto de América. El mismo sol nos dora a todos.

Esta mirada –integradora– hacia la región es imposible hallarla en Adán Buenosayres. Pienso en una biografía ideal del poeta de Villa Crespo: niñez y experiencias de la vida rural, un lazo prolongado con la tierra y la tradición, el nudo de un linaje heroico, conocimientos perspicaces y contagiosos como la risa del abuelo Sebastián. Desaparecen el mundo barrial y hogareño, y podría agregar matero decentito infeliz. No se oculta esa necesidad de recuperar las raíces europeas.

Existe un armazón católico que estructura la novela y que no permite un acercamiento más consciente hacia otras culturas de Argentina, especialmente, las desarrolladas por los pueblos originarios (aunque aparezca una conexión con la tierra como fuente de vida). Menos aún hacia otras partes de América Latina. Cuando se hable de los indígenas, Echeverría y Mansilla respaldarán la erudición. Asistimos al recurrente tópico literario del indio, el malón, la cautiva, los ranqueles. Shultz nombra, antes del encuentro fortuito y etílico –“yapay”– con el cacique Paleocurá, a Incas y Aztecas, presuntas raíces nuestras pero remite el origen a la Atlántida, al Critias, a Platón. Toma la palabra el narrador: “nuestros aborígenes descendían de aquéllos focos norteños, o mejor aún, de grandes contingentes que por desertar a la servidumbre o la guerra se habían desplazado hacia el Sur y habían descendido luego a la barbarie; (…) Schultz hubo soltado ésa y otras especies que volvían a convertirnos en la resaca del mundo;” (la cursiva es mía.)

Un pliegue hacia adentro que excluye posibilidades de integración. De cabeza, al útero de la patria. Es tiempo del “neocriollo”. Poética y metafísica. Un hurto al cuerpo latinoamericano. La selva amazónica está en el corazón de Brasil. Hasta allí rastreamos altivos pechos de la resistencia, pateando muros, pisando fronteras. El “hérue” va por “debaixo do salto da Felicidade”, luego toma “a estrada dos Prazeres” para arribar a “capao de Meu Bem que fica nos cerros de Venezuela” , donde Ci comanda asaltos matreros.

Cuenta Gilberto Freyre que, con el indígena, en la formación de la familia brasileña, se produjo una hibridez armoniosa. (Gilberto Freyre, “El indígena en la formación de la familia brasileña” Casa Grande e Senzala.) Cambió el esquema uniforme del modelo católico europeo. Habrá sido la Tía Ciata con una de sus macumbas. El vetusto arquetipo acusó la influencia de la magia y la mística, el totemismo y el fetichismo, los tabús. (Y los modernistas brasileros pretenden transformar el tabú en tótem.) “¡Va-mo sa-ra-va!” La “Casa Grande” amplió el horizonte brasilero, fue heterogénea la colonización y la familia gozó de plasticidad social. Uno aprende a caminar la selva y la jerga de las aves. (Y los modernistas brasileros se engullen al enemigo sacro.) No así es considerada la “casa grande” de las pampas por Martínez Estrada. Una casa de las afueras. Casa mala, sin ruido, pensamientos reprimidos, casa tabú. Silencio. Porque el campo puede ser también un espacio hostil, de telúricas maldiciones, de sequías rabiosas, y hay que salir a cuerear cadáveres con tío Francisco. Y así también curte su ser, el estoico resero.

Apertura de un lado y cierre de otro: los procesos históricos son diferentes. En Argentina, sabemos del exterminio aborigen en el sur. “Campaña del desierto” le dijeron, como si no hubiese habido habitantes, comunidades, vida. Aunque un mismo punto de fuga hacia la pureza natural o la naturaleza pura y la denuncia o la certeza de una ciudad que aniquila, que oblitera la autonomía espiritual. En cuanto a la instrucción, “los nacionalismos criollos de las Américas fueron, durante muchas décadas, débiles, eficientemente descentralizados y bastante modestos en sus ambiciones educativas.” (B. Anderson) Un llamado, una nueva voz. Por el lado de Macunaíma, la voz indígena, censurada, suprimida, inaudible en su forma originaria, apropiada y mal transmitida por los conquistadores. Esa mudez del vencido, sobrevive en un lorito.

Macunaíma no consiguió armonizar las dos culturas: Uraricoera, de donde provenía y el progreso, donde llegó ocasionalmente. Cuando regresó fue tarde, el rancho se había hecho tapera. Ni selva ni ciudad, concluye, ambas causan tristeza. Desterrado en su tierra, solo resta un exilio cósmico. El epílogo enmarca la historia y le da carácter de apólogo. El poeta traductor decanta la lengua para redescubrir el canto. Ese himno errante que podría entonar el pueblo brasileño en su búsqueda por una identidad tan plural y tan indeterminada. La gesta de un héroe antinormativo que apunta a un mundo futuro, eventualmente más abierto. Y un eco que se propaga: AMÉRICA LATINA UNIDOS O DOMINADOS.

28.3.11

Los libros perdidos, por Pablo Moreno






No debería escandalizar afirmar que la tragedia de la teoría literaria es que no lee libros. Sólo busca accidentes topográficos en la forma. La teoría es producida por eyaculadores precoces que necesitan dar status científico a una obra en una hojeada.

Leo a Hugo Savino: Yo, por ejemplo, no quiero que nadie me enseñe a leer. Eso se aprende en el primario. Leo solo. Muchos amigos a los que respeto leen solo.

Sigo leyendo: Para decir que se oye primero hay que ser capaz de escuchar, hay que dejar de pensar que uno es fascinante a los que todos tenemos que escuchar, para escribir, hay que saber que un poema no es algo de la poesía, que la novela no es algo de un género, tendrían que aceptar que son chantres de la comunicación, santones de la divulgación. (Salto de mata, Buenos Aires, Letranómada, 2010)

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Una experiencia análoga a un formalista ruso tuve con libros. Yo no los quemaba para soportar el invierno. Los vendía para poder seguir leyendo otros. Mi inestabilidad económica siempre me llevo a cometer este acto. Perdí todo Henry Miller (el gran ausente entre mis libros). Recuerdo de esos libros la ubicación de cada párrafo que me conmovía o las manchas de café que había en algunas páginas. Hoy, al no tenerlos, no puedo reconstruir la historia de mi sensibilidad, lo que queda afuera de esas marcas, es decir, la vida. No puedo repetir el mantra de Shlokvski: éramos jóvenes.

Estaba leyendo Ciudades de la noche roja de Burroughs y mi padre me lo pide porque no tenía ningún libro que leer. Días después me dice que olvidó el libro en el subte. Entonces me llevo de su biblioteca Asesinato en el Prado del Rey de Vázquez Montalbán. Pepe Carvalho era su personaje favorito. Copiaba y adaptaba las recetas culinarias que pululaban en esos policiales. Me acuerdo que por esas lecturas utilizaba las alcaparras y el coriandro.

El sueño europeo de mi padre era conocer la rambla barcelonesa y llevarle a Vázquez Montalbán una caja de vinos. Alguna cosecha premiada. Así de íntima era su relación con la literatura.

El libro que me prestó lo perdí en alguna línea de colectivo. Una serie se relaciona con otra dice el estructuralismo. El olvido de un libro se relaciona con la pérdida de otro. Cuando se lo conté a mi viejo me dijo: “parece una venganza”. Y nos reímos. No me atreví a explicarle el estructuralismo porque no me lamenté de mi torpeza. La teoría literaria muere en el afecto de aquellos que leemos y que vivimos cuando leemos. Cuando emergemos de la lectura asoma el mundo, que a veces parece irreal o vulgar.

La novela de Burroughs jamás la pude recuperar.

En cuestiones de libros perdidos a veces prefiero aplicar la ley del Talión.

23.3.11

Sobre Malón Mestizo, por Leandro Ribot






La ley no hace a los hombres una pizca más justos; y por culpa de su respeto por la legalidad, aun las gentes de buena disposición se convierten día a día en instrumentos de la injusticia (…). Si un millar de ciudadanos se negasen a pagar sus impuestos este año, eso no sería una medida violenta y brutal, como lo será pagar ese tributo a fin de que el Estado pueda seguir cometiendo violencia y derramando sangre inocente. Esa es en realidad la definición de una revolución pacífica, si es que existe tal fenómeno.

Henry David Thoreau, Desobediencia civil


“Estos hechos, –leo en la segunda página– ficticios y reales, remiten la dura realidad que atraviesan los pueblos castigados.” ¿Darle voz a los oprimidos? ¿Mostrar, con imágenes y palabras, un choque de razas? ¿Cómo entretenerse con un pasquín ilustrado que habla sobre los hilos del imperialismo económico y los modos de apropiación de la clase dominante? Un retrato de las formas de resistencia hecho de cerbatanas, caballos rabiosos, banderas, escamas, puntas de lanza. Las ilustraciones no tienen nada que envidiarle a los exquisitos dibujos a mano alzada de Eduardo Zabala o al trazo hiperrealista de Diego Parés. Pero en todo hay una liturgia de las diferencias. Porque un pie pisa fuerte las raíces de su tierra. Guiso de gato por liebre. El andar de los caídos. Es un cómic, un panfleto, un folletín. Tachos naranjas y chalecos policiales, confundidos. En las paredes el stencil: NO LE HABLES AL RATI NI UN RATO. Malandros. Punk telúrico. “Un malón representa a un grupo heterogéneo que se reúne espontáneamente. Un malón se forma cuando de distintos lugares se acercan y comparten inquietudes, cuando se cansan de mentir para vivir, cuando levantan un puño al cielo, de cara al sol, y avanzan hacia un horizonte de lucha.” Cada uno llama barbarie a las costumbres que no son las suyas (Montaigne). La historia de no dejarse manosear contada en partes. Dicho sea de paso: personajes atraídos fatalmente por manifestaciones callejeras. Sería injusto afirmar que el fenómeno del retrato no es la resultante de condiciones sociales que prevalecen y que no serían tales si conociéramos una sociedad justa e igualitaria. “Miles de voces reclaman su identidad: en castellano, en quechua, en vasco, en catalán, en guaraní, en toba. La unión hace esa fuerza. Pueblo oprimidos y desoídos.” El ritual quiere ir en yunta. Una pólvora se huele de lejos y la revolución no llega. Policías, periodistas, ladrones, mendigos, rufianes, saltimbanquis y delincuentes. El espectáculo es una droga para esclavos (Guy Debord). “El malón es la unión espontánea cuyo objetivo motoriza una lucha. Quién encendió el primero de los quince vagones, no nos importa.” La expresión de una contracultura. Sicarios políticos y religiosos. Sucesos violentos nunca narrados. Formas de servidumbre voluntaria. “¿Por qué molestan los Pueblos Originarios? ¿Por qué han sido rechazados con tanta fuerza las reivindicaciones indígenas? Porque al igual que los movimientos populares y campesinos son la expresión genuina de la Tierra.” Como dice el epígrafe de esa estrella de otra galaxia, Marc la sucia rata, de José Sbarra: “No se puede conversar con los anarquistas, tienen tanta razón que molestan.” Malandros y las revueltas de clase. Malón Mestizo. Un pasquín virulento que grita en las orejas de la gente. Arrebatos de exaltación. Somos burgueses renegados. Tarde o temprano vamos a traicionar nuestra clase de origen.

16.3.11

ACTUALIDAD, por Esteban Bertola






Veo recortes de los días
en que la ciudad estallaba de cerca
cada vez más cerca

sangre del asfalto
a la alcantarilla
como en the wall,
sangre pintando las paredes rosa
y las del congreso

vidas tiradas en las escalinatas
como sapos de provincia estampados por una rueda en
el camino
sin ese cielo
sin siquiera ese aire

frente al día de saturación
hubo condensación de noche,
como intento de ganar
esa porción de vacío que nadie supo hasta ahora
más que iluminar;

una espera ansiosa y violenta
de inminencia amanecía
entre tanques cisterna
y gas lacrimógeno
una espera ansiosa y violenta
de inminencia amanecía
en luz solar difuminada por el agua de los tanques

una multitud enraizada
enfrentada
fuera de alcance,
produciendo al ojo
dos bandos
separados por hordas de ausencia

hubo uno que se desprendió
del bando como pena inquieta
y saliéndose con un paso
se arrodilló
y los chorros de agua le alcanzaron el pecho
huesudo

en lo más profundo
del murmullo de todo
convertido ya en un gran silencio
puso una cruz

una cruz escuálida y larga,
una cruz frente al tanque cisterna.




dieta insectívora, Buenos Aires, Perro Ediciones, 2002.

22.2.11

La mañana sol de limón (I), por Hugo Savino






Cuando nací encontré mis rencores. Estaban ahí, esperándome. Al lado de la cuna.

En la terraza de ese aire toco la mañana sol de limón apaciguada lenta es mía estoy solo de soledad ganada casi no me enloquezco casi es mía me animo olor de limón verde que pongo en el agua no quiero volver a la jaula estoy lejos no extraño nada nadie me extraña el sol de la mañana ya pone la pata en la terraza va despacio casi no hay ruidos los árboles del patio de abajo me hacen seña están como consagrados desvalijan al realismo de su pathos es primavera no hay caranchos.

madre/padre: pan de dios.

infancia: feliz. Episodios infelices muy pocos.

patrimonio: relativa pobreza. La miseria, nunca. A los doce años casa propia. Baño cocina en casa.

por qué: entonces, ese espíritu rencoroso, si todo venía bien, las cosas estaban claras, agua de manantial, yo no quería ser hombre, quería ser obra como dice el único poeta alemán, obra: leer, escribir. ¿Cuándo esa locura de ser hombre? Pretensión desmedida si se toma en cuenta el lugar donde nací. Cuándo lleva el hilo en estas notas. Es mi novela sobre nada aunque hay mucha familia y amigos y conocidos. Es para gente que quiere leer algo que suene en otra velocidad.

no ir: invitaciones: abstenerse. No dejarse invitar. No sé por qué, pero no ir a ningún lado.

respeto social: un idiota con algo de plata, recibido en salones, dar charlas, querer ser respetado. Manía del respeto. Progresar socialmente con este don. Es una posibilidad.

olvidar: no puedo, rencor de ciudad. Está el rencor de provincia, no me interesa, es para ubicarse, se codean, empujan, se matan, se hacen los malditos, quieren lugares: resultó una mentira. Sus cultores buscaban aprobación del centro. Mi memoria se va a reproche. Mis reproches sociales. No los suelto, los cultivo.

proyecto: retirarse del mundo. Milton Rodriguez tiene esta frase sublime: no te preocupes te enseño algunos trucos para vivir con poca plata. Ahora está por sacar un libro. Ocultarse del mundo. Una casa inaccesible, un bunker es lo mejor.

cita: “Ésa será mi película sobre la familia americana. Tal vez la proyecten en algún festival. No lo sé y tampoco me importa. Siempre hay gente dispuesta a ir a ver algo nuevo y diferente”.

telegráfico: le escribe a Delo: “Vos rico, y yo vengo de clase baja. Te lo pongo en clave tuya, en lengua de chatarra. Esa diferencia: insalvable. Yo llevo secretos incontables. Y no voy adonde no me aceptan. Amistad imposible, la nuestra”.

madre, una y otra vez: humor feroz.

padre: jugador empedernido. Murió triste. Cambió por trabajo honorable.

vivienda: eran dos piezas –dos salas a la calle– en un patio de inquilinato. Cocina de chapa acartonada en el patio. Cocinaban a kerosene.

la salvación: una radio.

bustos: Chopin en bronce amarillo. Beethoven tenía la cabeza suelta y lo puso a mirar la pared.

lecturas: novelas, lo que le caía en las manos: Huck Finn–Tom Sawyer–Cabaña tío Tom–Bomba–Salgari–Verne. Revistas de historietas, seis por semana. El Gráfico.

cine: westerns exclusivamente. De ahí su pro-americanismo nunca renegado. Que lo separó de amigos y autores.

error: dejar ese viejo mundo para hacer algo de cultura, el mundo de la cultura, más error: juntarse con pequeños burgueses intelectuales vociferantes ricos consentidos que escriben oh escriben exigen son respetables pero honestidad un poco lo asustaron todo a pérdida para él traducir para esa gente que lo estafaba. Escribió un libro de retratos para salir de esa insípida escena. Ahora definitivamente solo. Parece melodramático. No puedo decirlo de otra manera. Lo dice contra el viento, va con Elías que fuma como un escuerzo, y fuma y las cenizas caen en el viento, murmura en diapasón Elías, se aburre, y le aumenta la lucidez, murmullo Rufino y no abre más la boca.

amigos a nube: ausencia, sólo eso, ausencia. Dolor apenadísimo.

estrategia: armar un bloque defensivo que evite hacer: confesiones, quejas, explicaciones, no contar nada a nadie. Probó amargamente qué es contar algo íntimo. Lo pasan por el colador de la interpretación y del chimento. Evitar el pisoteo analítico. Sólo poner los reproches por escrito. Publicarlo. El reproche contra la propaganda de la felicidad. La felicidad es algo íntimo y secreto.

palabras: monocorde, patio angosto, mishiadura, al trotecito, mazo, cucha, pieza.

descubrimiento recientísimo: capacidad para aislarse.

trabajo: una conspiración tramada por ex-falsos-amigos para hambrearlo le cerró las puertas de la traducción de casi todas las editoriales –un editor de los llamados independientes de vieja tradición le propone trabajar gratis como manera de emparchar el desprestigio, otro le pide un informe con obras posibles. Le mandaron a decir que no iba por un librero.

empleos posibles: difícil. Después de la experiencia con escritor cubano que escribió libros memorables de los que la crítica estudiosa nunca se repondrá, la universidad americana, guardiana y rector y decano de la autoridad literaria hizo un acuerdo con las empresas privadas que van de Miami a Tierra del Fuego para que ningún escritor de esa calaña sea empleado.

invitaciones: doy pasitos por el charco lo salto el viento me lleva, no, no me dejo invitar, menos por millonarios amantes de lo cultural. Lección aprendida del argentino más salvaje, del alemán más salvaje. Que le dijo al gordo envuelto en el papel de naranja adorniano que se tome la sopa de cangrejos a lengüetazos como los gatos y no lo joda. Cuelgo las hojas en piolín de la cocina y espero que se seque la tinta.

viejo amor: se va por Peña, Canning hacia Las Heras. Es la peor caminata de alejamiento que vio en su vida. Ella se va a patitas, despacio, rencor que los une puro melodrama que los aleja. Él es un ganapán oficinesco que tiene la cabeza llena de libros. Ya no lo miraba, nunca más lo miraría, tarde de primavera a las siete el cielo no llevaba ni una nube, azul como ese vestido de la primera vez, un viento del noroeste que nadie esperaba y le veía el caminar litoral hacia otros rincones, la mira con ojos perdidos, ese pelo negro hacia fue, esos ojos Sívori, sí, a fue, una vez o alguna vez, fue. Ni la esperanza de los secretos, sólo se queda con esa frase, dicha una vez, solo con sus chifladuras literarias pobre boludo que escribe libros ni la luz podrá pagar. Ella se va aleja huye camina a futuro sólido por abajo ronca el baldoserío de Peña, él se queda a paria en ese rincón de la esquina, de ensoñación en la luz ahora gris del atardecer ¿ella llora? ¿se libera? ¿qué deja atrás? ¿qué toco de pasado irá a olvido? ¿pasó a olvido? ¿todo? ¿se transformó en olvido?

tercera persona: horrible cielo de cal de las seis de las cinco de la mañana. Calle dormida. Insomnio. Traqueteo de los cascos, diría ruidos apagados. Son ruidos que casi no escucha ningún oído, es la noche sin rumores, otra vez sesión del club donde ése habló mucho ayer, el maldito estigma de la manía cotorra que le incentiva su mujercita, que ya no lo escucha. Ella lo pone en marcha y después mira por la ventana, aburrida del zángano filósofo, de esa lata pedagógica. El pobre padece a mujeres que lo ponen en marcha. El otro habló y él lo escuchó y ahora tiene insomnio. Disertó en aforismos. Malditos aforismos. Odia a los tipos aforísticos. Nietzsche les quemó el coco. No quiere ser un tipo furioso. Pero hay noches sin rumores. Era el único que podía escuchar esa ausencia de rumores. Siempre se creyó un pionero de algo. Por eso lo aburren los tipos que hablan mucho. Por eso ama los mamotretos. Seiscientas páginas son su refugio. Ahí una soledad inalcanzable. ¿Cuántos leen mamotreto? Se ve ayer a la noche pidiendo disculpas y abandonando la conferencia. Ese conferenciante esposo de su amiga que pone hombres en marcha. Liberación. Pero se ve unos días antes cediendo a la invitación. Eso lo hiere. Ceder. Evitar la furia. No aceptar invitaciones.

la mañana: de esa medialuna seca, dura, cascada como una pared. Ayer las luces de la calle se apagaron antes de las doce. Los carros empezaron la cola a las 11 de la noche.

gallo de Francisco: gallo desolado: no canta: nunca podría poner canta el gallo desolado de la mañana, no sé por qué. Este maldito es mudo, nació mudo en Sarandí. Se crió en un rincón. Y sólo sabe morder los dedos callosos. Es una pasión. De gallo, obvio. Desolado pero no un pobre gallo. Arrogante y paseandero. Lo soltaban en el patio del fondo, del otro lado de la reja, para que no se coma los tomates, y ahí daba vueltas y vueltas. Lo miré mucho. Gallo en libertad condicional.

el pipa e moco: siempre, con esa bolsa de lona beige –¿arpillera?– camina por Lavalle a Mitre, sombrero campirano campesino italiano –de dónde lo sacó– . Aparición repentina solitaria de terror ¿otro niño asustado? Maldita marca del miedo.

cita: “Contar historias, es contar mentiras”.

ella, su ponzoña clásica: ¿qué cuenta?, no cuenta nada, ¿dónde mete la Historia?: él: nada. Nunca cuenta nada. Odia contar. Hace literatura pura contra literatura aplicada.

ella, con malicia aplicada, a víbora en respuesta; poco sólido, no corta la Historia en dos –relato, sentido– por acá, acontecimientos por allá, él: no le gustan las referencias, no chapotea en lo imitable. Se soltó desde la cuna.

la casa de Rita: puertas cerradas, persianas bajas. Elías miraba el zaguán de hace unos días, pintado de amarillo clarito, ahí, justo ahí fue el encuentro desesperado, ahí ese amor loco y barrial empezó al claro de luna, le felicidad por favor eso es ahí en ese encuentro, ella tiene las patitas de tero camina sobre la calle no la pisa dejó lejos sus catorce años arrinconada por el mecánico del Hollywood Park historia de Viento del Noroeste, ahora ahí lo mira a Elías, tanto tiempo sin verla se va a lánguido por ella tiene miedo de perderla de ser un pasaje de vida Rita, un pobre pasillo de conventillo que ella evocará, el miedo del presente es el miedo del pasado pero ahora lo mira a Elías con esos ojos almendra que están a punto de llorar flaquita hace muecas de asco cuando come esa cosa de polenta y jamón chuequita él se la come se come toda esa gracia de pollera azul de maricastaña, te faltan las guillerminas Rita y ella mira las gotas en las hojas el zaguán llegará. Ahora contra el azul del cielo Rita respira en traqueteo piernas apenas separadas en la mañana de la lentitud.

El puto miedo. Es viejo, del viejo mundo, es maldito, y por favor, no lo quiero, lo detesto, puto putísimo miedo, puto putísimo fracaso y mierda a sus apólogos.

Que está ahí, es casi una esencia y ponerse las esposas solito tu alma, mandarse a gayola de bueno, de pedir permiso, entregarse a la autoridad por culpa casi esencial, por fidelidad a lo previsible.

Sentado, mira por la ventana, la calle o al vacío o a la ventana de enfrente a la vecina que va a barrido.

ambiciones: fluctuantes, desprolijas, cosas de changuitas, el trabajo alpargata, medio himno protestante, rellenar chamuyo a chamuyo para que no te miren de soslayo lista infinita al alcance de la mano.

cita: “me vuelvo cada vez más duro con los parásitos”.

me pongo la sotana de calle dejo el bunker la cueva el bulín salgo un poco dejo los postigos abiertos pienso en Enriqueta cómo era la olvidamos todos por qué no la evocábamos le daba patadas al gallo y no lo hizo sopa ni puchero alguna que otra patada sobre todo cuando el gallo la iba de chico de trajecito con pantalones cortos casi un niño de piqué como los nietos detestables abejorros del paraíso.