hielo para las águilas
Todavía recuerdo a los caballos
bajo la luna
Todavía recuerdo alimentar a los caballos
azúcar
rectángulos blancos de azúcar
como hielo,
y tenían cabezas como
las águilas
cabezas peladas que podían morder y
no lo hicieron.
Los caballos eran más reales que
mi padre
más reales que Dios
y ellos podrían haberme pisado
los pies pero no lo hicieron
podrían haber hecho toda clase de horrores
pero no lo hicieron.
Yo tenía casi 5
pero todavía no los olvidé;
Oh, mi dios, eran fuertes y buenas
aquellas lenguas rojas babeando
fuera de sus almas.
ice for eagles: I keep remembering the horses/ under the moon/ I keep remembering feeding the horses/ sugar/ white oblongs of sugar/ more like ice,/ and they had heads like/ eagles/ bald heads that could bite and/ did not.// The horses were more real than/ my father/ more real than God/ and they could have stepped on my/ feet but they didn’t/ they could have done all kinds of horrors/ but they didn’t.// I was almost 5/ but I have not forgotten yet;/ o my god they were strong and good/ those red tongues
Charles Bukowski. The days run away like wild horses over the hills , 1969.
Traducción: Flavia Cogliano Jalabert & Javier Fernández Paupy
15.7.08
26.6.08
Copi: imaginación y violencia, por Javier Fernández Paupy
En la precisa literatura de Copi, la repetición, exageración y extenuación de un imaginario son habituales. Ya sea el de la antropofagia (Cachafaz), el del crimen serial-novela policíaca (El baile de las locas), el de la conspiración revolucionaria-intriga política (La internacional argentina), el de la desmitificación (Eva Perón), o como en El Uruguayo, el de la catástrofe. Este último muestra el desarrollo de una lógica particular de lo aberrante, en la que el humor, la devastación y lo cómico confluyen para presentar un espacio en donde las relaciones de causa y efecto se encuentran suspendidas. Allí, en su Uruguay, los elementos narrativos se suceden como una serie de hechos funestos acaecidos con una dialéctica aparte, propia. Como sucede en El uruguayo, pero también en la pieza teatral Una visita inoportuna, estos personajes resucitan después de muertos. La letra escrita de Copi violenta, desde todo punto de vista, el efecto causal de “lo real”.
En la negación del castellano materno y en la apropiación de la lengua francesa, advertimos que su lograda intención de simplificar dicha lengua y de hacer un uso menor de la misma, expresa las condiciones revolucionarias que su literatura posee en el seno de otra literatura ya establecida, y por lo tanto mayor, en la que el campo político contamina todo enunciado. Determinación que, por otra parte, acerca la serie política a la fantástica. Todo esto da origen a una nueva lengua, una lengua sin tradición. “La literatura menor es la literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor” nos dicen los autores de El antiedipo. Por su parte, D.H. Lawrence pensó que la creación de un lenguaje nuevo es siempre dolorosa en tanto que lo nuevo implica la muerte de una tradición. En este sentido Copi atenta contra un folklore para poder fundar otro.
“El escritor es aquel que juega con el cuerpo de su madre (…) para glorificarlo, embellecerlo, o para despedazarlo, llevarlo al límite de sólo aquello que del cuerpo puede ser reconocido: iría hasta el goce de una desfiguración de la lengua.” (Barthes. El placer del texto)
En El grado cero de la escritura, Barthes llama a estas lenguas, depuradas de rimbombancias gramaticales y de manierismos sintácticos, a las lenguas sobrias de Camus o Flaubert, lenguas blancas. En el Uruguay retratado por Copi, los habitantes hacen un uso llamativamente parco y lacónico de su lengua, se diría que la deforman, empobreciéndola. Asimismo, Copi-narrador lamenta la miseria de su uruguayo, lengua imaginaria, inexistente, a la hora de comunicarse con otros habitantes, y elige escribir en francés un libro que, pensado en uruguayo homenajea a dicho país. La estética de El uruguayo, que transcurre en un presente perpetuo y por fortuna fuera del alcance de la razón, podemos pensar, es afín a la de la estética pop, en cuanto manifestación de una cultura caracterizada por el consumo, la moda, la tecnología y la equiparación de las artes clásicas, las llamadas “bellas artes”, con el fotomontaje, el collage, el cine, las artes populares (como el cómic, tan caro a la formación estética de Raúl Damonte) y las novedosas artes gráficas de diseño herederas del legado de Andy Warhol. Elementos en su mayoría presentes en el relato del autor de La sombra de Wenceslao, en donde el narrador confiesa reírse tanto de las modas como de las bromas que se hace asimismo, y en donde no faltan los objetos de consumo típicos de una sociedad capitalista: un musical de Broadway (Hello, Dolly!) dirigido por Gene Nelly o los cigarrillos “gauloises” o “un bonito traje colonial” o “un vestido imitación Dior”, productos todos del mercado y de la cultura de masas. Tampoco faltan jeeps, aviones y demás medios de transporte de la era industrial. Por otra parte los personajes de la negra y la niña rubia luego de sus peripecias prostibulares, terminan instalándose en un “almacén de modas” con el afán de conquistar todo el mercado uruguayo.
Más allá de la visible violencia verbal que salpican los insistentes insultos que el narrador del texto dirige hacia su maestro, subsiste la violencia que irrumpe en la verosimilitud del relato. Si la novela es el mundo en palabras, Copi hace morir y renacer ese mundo. Este fervor por la exageración, por la violentación de sentidos mediante el lenguaje, podemos atribuirlo, apoyados en Susan Sontag, a una sensibilidad camp que habita en la obra de Copi, en cuya esencia estética reside el amor a lo no natural, al artificio y a lo exagerado. Fascinación por “el ser impropio de las cosas” dice Sontag, y puntualiza: amor a “los vestidos de mujer de los años veinte (boas de plumas, vestidos con flecos y abalorios, etc)”. Agrega que lo andrógino, ir en contra del propio sexo, el travestismo, la imitación y la teatralidad son elementos de la sensibilidad típicamente camp, así como resalta su aspecto lúdico, que está en contra de lo serio, lo trágico y lo solemne, y que proponen una visión cómica del mundo.
La estética de Copi rompe con los tradicionales sistemas genéricos de clasificación, culturales y antropológicos, proponiendo un orden que está por fuera de las consabidas categorizaciones cristianas del agonizante humanismo burgués. Copi actúa a favor del derrumbe de las categorías trascendentales de clasificación y apoya el surgimiento de nuevos sujetos sociales para proponer una nueva soberanía y antropología. Violentamente Copi irrumpe en la tradición de las letras argentinas (si es que su obra puede atribuirse al patrimonio de ua nación) para defender, desde su obra, una ética y una estética transexual, poslingüística, que trasciende toda pertenencia nacional.
Además de la ruptura y renovación de la cuestión genérica en torno a las definiciones de identidad homo/heterosexual que presenta Copi en sus textos, hay que añadir la fusión de géneros, en este caso literarios, que subyacen en su novela corta. Cesar Aira pensó que El uruguayo era una suerte de experimento narrativo que iba del cómic-teatro a la novela. Es claro que el relato sobrepasa las típicas clasificaciones genéricas. Se lo puede enmarcar dentro de distintas categorías, y no sólo desde las nada sustanciales diferencias entre cuento largo o novela corta. Desde la perspectiva de los géneros íntimos el texto puede ser leído como una epístola, en la que los registros público y privado se confunden. Copi escribe como si estuviera escribiendo su diario íntimo, apócrifo o no. Pensado como un relato de viaje, el texto, que respondería al modelo de la fuga, supone un proceso de continuo conocimiento y asombro. El narrador es tanto el cronista de sus observaciones como el estudioso que analiza los acontecimientos que atestigua. Allí el viaje funcionaría como un proceso de autoconocimiento tanto como un dispositivo de extrañamiento. En uno u otro caso, pacto epistolar o relato de viajes, El uruguayo aniquila toda causalidad temporal, y dentro del plano de la textualidad, rompe con la disposición espacial canónica. No hay un solo punto y aparte en toda la narración. No hay interrupción en el relato, por más saltos temporales que se encuentren en la historia.
En palabras de Barthes: “la narratividad está desconstruida y, sin embargo, la historia sigue siendo legible”. Las elipsis se suceden sin previo aviso. Si en el teatro existe el recurso del apagón, y el de la voz en off para significar el paso del tiempo, en El uruguayo impera la linealidad, la imprevisibilidad y la ruptura. No obstante existe una filiación entre esta narración temprana de Copi y la dramaturgia, no sólo por los “golpes de teatro” que hacen posible la ilación de acontecimientos imposibles, como la resurrección de los muertos, sino en la falta de interrupción que, como ya advertimos, presenta el texto, y que en algún punto recuerda el ensamble continuo de acciones teatrales que transcurren, siempre sobre un escenario y en tiempo real. Podemos pensar que, en definitiva, el modo privilegiado del relato en este texto de Copi es, como en tantos otros de Roland Barthes, el fragmento. En El uruguayo, “las sensaciones se vuelven notaciones” como pretendía el autor de S/Z, que opina que el texto de goce es el que desacomoda y pone en estado de pérdida. Goce que, en oposición a la satisfacción que produce el texto de placer, genera la desaparición. El texto de Copi plantea una estrecha relación entre la escritura, la lectura y la pérdida. Desde la propuesta al maestro, imaginaria o no, de tachar (una forma acaso más violenta de borrar) todo cuanto haya leído, habita una idea de la lectura como pérdida, o arte del olvido. En el final de “Lección inaugural” Barthes aclara que en un tiempo enseñaba lo que sabía (etapa inicial de repetidor), después enseñaba lo que no sabía (etapa del investigador) y finalmnente en el Seminario del Collège de France dice que enseñará lo que ha olvidado, lo que irrumpe como la memoria no premeditada (Proust, Bergson) y esto lo coloca en el terreno de los sabios.
El maestro Copi, en una parodia de esto, a su discípulo le da instrucciones para que se convierta en sabio. Como en El baile de las locas, en donde el narrador, una vez más Copi, escribe para olvidar y hasta para aniquilar a su amado:
“Y, desde el momento en que he empezado a escribir ya lo he matado, el movimiento hipnótico del Bic sobre mi libreta bloquea el recuerdo de su olor (…) (incluso cuando no escribo sigo con los ojos los movimientos de mi Bic)”.
Hay en el texto una voluntad creadora a partir de la nominalización: “Navidad llegará cuando yo lo decida, esto es todo”, tanto como una capacidad de nominalismo visual: “anteayer pensé en una vaca con tal fuerza que acabé viendo la palabra vaca escrita en grandes letras de neón en la pared e enfrente de mi hotel”. Del mismo modo, el narrador, que después de la catástrofe dibuja en la arena a la ciudad destruida, hace lo mismo con el lenguaje. Vemos cómo el imaginario nominalista es tanto creador como destructor. Por su parte, Barthes, en El placer del texto, dice: “no es la violencia la que impresiona al placer, la destrucción no le interesa, lo que quiere es el lugar de la pérdida, es la fisura, la ruptura”. Porque el lenguaje es el medio que posibilita que lo aberrante sea ridículo, que la necrofilia no sea monstruosa, que la crueldad no sea tal, y que todos esos elementos constituyan un juego en donde el desastre se vuelve una hipérbole humorística, en donde la violencia se manifiesta como un artificio más que actúa a favor de, y por medio de, la imaginación.
En la extenuación de un imaginario hasta rebalsarlo, Copi instaura sus propias e imaginarias leyes. Los desastres que presenta son puramente contingentes. Una ciudad cubierta de cadáveres no es algo espantoso, en la medida en que por esa misma ciudad transitaron un perro que habla, fuma y juega, o un falso papa que vuela. El lenguaje de Copi posibilita que las catástrofes que sobrevienen sean, si se quiere, inocentes, y que la violencia no sea violenta sino inofensiva, aunque no por eso deje de ser alegórica. Encontramos en el texto, y el tema amerita un capítulo aparte, una fuerza redentora de la risa y del absurdo.
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16.6.08
Traducción y poesía, por Juan Leotta
Deformaciones y cuerpos en Ariel, de Sylvia Plath
Auschwitz, Herr Doktor, Dachau, Belsen, Meinkampf, Panzer-man, Stolz… leemos, como palabras que cortan, en la poesía de Sylvia Plath. (Sylvia Plath; Ariel, Italia, Faber and Faber, 1985). Leit-motiv destacado en la crítica de su obra, los estallidos del idioma alemán han sido usualmente planteados como el núcleo de la presencia de dicha lengua en el cuerpo de su poesía. Como excepción a dicho modo de abordaje, y cuya resonancia es ciertamente latente en nuestro trabajo, encontramos la lectura de Delfina Muschietti relativa a los modos de significación de la poesía de Plath a partir de la disposición y espacialidad del cuerpo. (Ref: Muschietti, Delfina; “Cuerpo vertical ⁄ cuerpo horizontal: traduciendo a Sylvia Plath”, Ǽrea, Anuario Hispanoamericano de Poesía, Año VII, Nº 7, Santiago de Chile-Buenos Aires, 2004).
No obstante, cabría ampliar esa vinculación a partir de un juego no léxico sino morfemático, focalizado principal aunque no exclusivamente en los sustantivos. Un juego, anticipemos, ubicado dentro del borde de la corrección gramatical del idioma inglés, aunque investido con el atributo de la extrañeza a partir de su repetición en la escritura. Se trata, en primer lugar, del sufijo de nominalización “ness”, que actúa en la derivación de adjetivos a sustantivos, pero también del sufijo “less” que interviene en la derivación de sustantivos a adjetivos. En la sospecha de la violencia de las enumeraciones: “Such coldness, forgetfulness.” en “The night dances”, “Their redness talk to my wounds, it corresponds” en “Tulips”, “Stasis in darkness” en el poema que da título al libro; “How I world like to relieve in tenderness”, “Their hands and faces stiff with holiness” y ”And the message of the yew tree is blackness – blackness” en “The Moon and the Yew Tree”, ”But greenness, darkness so pure” en “Years”; y, por otra parte, “Starless and fatherless, a dark water” en “Sheep in Fog”, “Nevertheless, nevertheless” y “Dead and moneyless” en “Medusa” , “Then the substanceless blue” en “Ariel”, “It stretches into the distance. It will be eaten nevertheless. / Its running is u useless.” en “Totem”, y, finalmente, “But colourless.Colourless” en “Poppies in July”.El caso de “Voicelessness”, en el aquí traducido “The Munich Mannequins” (“Voicelessness. The snow has no voice.”), donde coinciden ambos sufijos en una forma gramatical tan correcta como distanciada del uso, acaso constituya una instancia de consolidación de este rastreo.
A partir de esas formas, del extrañamiento –digamos– por repetición de esa forma, Plath aloja en su inglés un elemento asimilable a la lengua de su padre. Nos referimos a la Komposita del idioma alemán. Y, al respecto, no deja de ser significativo que en una de esas apropiaciones esté señalada justamente la ausencia de la padre: “They threaten / To let me through to a heaven / Starless and fatherless, a dark water” (“Sheep in Fog”). Abocados a traducir ese poema, debemos encontrar como traductores la actitud que nos permita no ya simplemente efectuar una traducción del inglés al español, sino también dar cuenta de la explosión del alemán en el inglés de la obra partida.
Ese (esperable) efecto de extrañeza puede ser recreado a nuestro parecer, mediante el acoplamiento de la preposición “sin” a los elementos finales del poema, haciendo resonar así esa armadura característica de la morfemática alemana. Por otra parte, además, dentro del mismo rasgo de estilo consideramos el artículo “the” en el sintagma “Horse the colour of rust”, que así agregado anómalamente rompe una estructura de atribución y propicia una acumulación de elementos nominales: en vez de “Caballo color de óxido”, por consiguiente, será pertinente traducir “Caballo el color del óxido”. Y finalmente, hemos desechado traducir “My bones hold a stillness(…)” utilizando la opción del régimen preposicional del verbo mantenerse (a saber: “Mis huesos se mantienen en quietud(…)”); en cambio, hemos preferido otorgar a “quietud” la funcionalidad sintáctica de un objeto directo, buscando acentuar la objetivación mayor que implica esa estructura nominal: “Mis huesos mantienen una quietud(…)”.
A esta altura de nuestro recorrido de lectura/traducción a lectura/crítica, y de lectura/crítica a traducción/escritura, ya se dejan adivinar los problemas a enfrentar a propósito de estos poemas de Plath. Y se deja adivinar, también, el espíritu de las respuestas. Porque es preciso decir que dentro del dominio de la traducción literaria hay ciertos protocolos consolidados. Que en su prólogo-artículo “Traducción: literatura y literalidad” Octavio Paz enarbole una abierta defensa de la posibilidad de traducir poesía en base a una argumentación implícitamente sostenida en un Benjamin jamás nombrado no deja de revelar cierto estado de la cuestión en las legitimaciones de las traducibilidades. A la deontología programática del Benjamin de La tarea del traductor, Paz se permite agregar, eso sí, categorías provenientes de la lingüística estructural rusa. Más concretamente, propone concebir el vínculo entre el original y la traducción bajo la esfera de los procedimientos metonímicos-metafóricos trabajados por Roman Jakobson. “El texto original”, dice Paz, “jamás reaparece (sería imposible) en la otra lengua; no obstante, está presente siempre porque la traducción, sin decirlo, lo menciona constantemente o lo convierte en un objeto verbal que, aunque distinto, lo reproduce: metonimia o metáfora”. (Ref: Octavio Paz, “Traducción: literatura y literalidad”, Barcelona, Tusquets, 1990).
Así como para Borges (quien entendía que la antinomia libertad versus fidelidad escondía la antinomia clasicismo versus romanticismo) ya en nuestros tiempos no quedaba ningún romántico, en una exageración sólo parcial cabría postular análogamente para el dominio de la traducción un alineamiento, una direccionalidad a partir de Benjamin. De hecho: “El más comentado artículo sobre traducción que contemporáneamente ha ejercido enorme influencia…” dice Panesi en conferencia para definir “La tarea del traductor”, nombrando el artículo, dicho sea de paso, sólo entre paréntesis. (Ref: Jorge Panesi, “La traducción en Argentina”, Críticas, Buenos Aires, Norma, 2000).
Fidelidad versus libertad: la antinomia siempre irreductible en la tradición de debates sobre la traducción –cuyo eco se reconoce más allá de la proliferación terminológica: forma versus sentido, sintaxis versus paráfrasis, literalidad versus inteligibilidad… Así como en La tarea del traductor (1923) Benjamim entiende a dicha antinomia como producto de la concepción dominante del lenguaje como instrumento comunicativo, para el joven Borges –anclado, por cierto, en una cultura forzada a las traducciones constantes- las posiciones respectivas responden a dos “ideologías” de la traducción. El texto borgeano en cuestión, titulado “Las dos maneras de traducir”, y no incluido por el autor en sus libros de ensayos de la década del 20, asimila la traducción libre al clasicismo y la traducción literal al romanticismo. Mientras que a éste le importa la singularidad de los hombres y de las formas, el otro cree en la existencia impersonal y paradójicamente trascendente de los mismos. (Ref: Pastormello, Sergio; “Borges y la traducción”. Borges Studies on Line. On line. J. L. Borges Center for Studies & Documentation. Internet, 14/04/01, en: http://www.hum.au.dk/romansk/borges/bsol/pastorm1.htm).
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27.5.08
La postergación como procedimiento, por Exequiel Acordino
La vida se pasa sin sentir, ya lo he dicho. Pero ni todos los días, ni todas las noches son iguales. Si lo fuesen, el peor de los suplicios sería vivir. Felizmente en la existencia humana hay contrastes.
Lucio V. Mansilla. Una excursión a los indios ranqueles.
La necesidad de contrastes, la imposición de abarcar y definir lo nuevo, lo distinto, lo otro, en última instancia, la búsqueda de una identidad, son todas facetas que definen el marco en que se diagraman los primeros bocetos de la literatura argentina en la segunda mitad del siglo XIX. En el plano de esta pesquisa, Una excursión a los indios ranqueles se configura como la expresión de un proyecto que, incluyéndose precariamente en la perspectiva de la literatura de viajes bajo el audaz formato de literatura de folletín, supera ostensiblemente dicha categoría y se articula en una variedad de registros que, enriqueciéndolo, lo hacen partícipe directo en el debate ideológico y político de la generación del ochenta. Ante la pluralidad de matices estilísticos y narrativos que el texto enseña, estas notas se proponen como una modesta recensión de los mecanismos digresivos que operan bajo el modo de la postergación textual en el relato de la excursión que el Coronel Lucio Mansilla realizara en 1867 hacia las tolderías ranqueles. Estos mecanismos, conscientemente empleados por el autor, se convierten en la ampliación de un espacio discursivo que, partiendo de los rudimentos de la crónica de viaje, atentan contra la homogeneidad de la misma, logrando una eficacia de registros que abarcan consideraciones filosóficas, ideológicas, sociales y literarias. En estas ramificaciones del discurso, en constante tensión con el núcleo narrativo en el que se inscriben, puede entreverse, refractada en mil haces, la impronta de subjetividad del propio Mansilla que opera como un filtro coordinador de la pluralidad caótica a la que se somete el texto.
Considerando como eje central de la narración el recuento de acontecimientos que dan lugar al Coronel a visitar los toldos de Tierra Adentro y con el pretexto de afianzar un pacto de paz con los indios ranqueles, la primera forma de postergación ostensible de la secuencia narrativa aparece bajo la evocación de las historias de vida de ciertos personajes, que se revelan como macro-secuencias, en cuanto llegan a ocupar el espacio de capítulos enteros. Son éstas fuertes interrupciones que abren campos discursivos, los que tienden a autonomizarse, en tanto que son unidades de sentido en sí mismas. Ejemplos de este tipo de postergación encontramos, entre otras, en las historias del Cabo Gómez y en las de Miguelito. En el marco de una publicación folletinesca, semejante ruptura es subsidiaria de una tensión narrativa difícil de ignorar. Que dicha disociación del núcleo principal sea advertida directamente por el autor (“si estoy de humor mañana y no te vas fastidiando de las digresiones y no te urge llegar a Leubucó, te lo contare”), da cuenta de lo buscado e intencional del recurso y que sus efectos no son ajenos a la medida de quien escribe. El resultado es la ampliación del registro, ya sea dando la palabra al otro, ya abriendo el terreno a la expresión de ciertas observaciones sobre la realidad político-ideológica del país, ya afirmando máximas filosóficas o aforísticas.
En estos meandros de la narración, a través de la fachada de estos personajes expuestos, Mansilla consigue con cautelosa efectividad discutir ciertos postulados teóricos con la generación del ochenta y con el oficialismo sarmientista, llegando a revertir incluso las implicancias precarias de la fórmula civilización-barbarie. Tanto en la historia del cabo Gómez como en la de Miguelito, encontramos una seria crítica al alcance de las estructuras oficiales que administran justicia, y una revalorización ética de ciertos arquetipos que se presentan como subsidiarios del prejuicio. La necesidad de entender a los que exceden el marco oficialista porteño, es, en última instancia, la necesidad de incorporarlos en el proyecto de una nueva nación. De este modo, levemente alegórico, tanto los ranqueles como Miguelito tienen que ser redescubiertos, presentados bajo una nueva forma, nacionalizados. Media entre los arquetipos de la civilización y las eventualidades biográficas de estos personajes, la sensibilidad de Mansilla a la hora de interpretarlos, de conmoverse con ellos, de rescatar en sus eventualidades el temple que forja sentimientos sublimes y modelos de comportamiento. Su subjetividad es el núcleo que otorga significaciones y sentido, que sirve de bisagra para saldar la brecha del salto temático en la ruptura narrativa.
Tanto en el seno de estas desviaciones secuenciadas, como en el eje central de la narración, se generan además otro tipo de digresiones que rompen con lo estrictamente narrativo. A modo de reflexión, usualmente filosófica, surgen consideraciones generales sobre la naturaleza humana, el modo de vivir, la felicidad, las maneras de conocer, de viajar, etc. Los capítulos de Miguelito están casi todos poblados por desviaciones de este tipo (“teoría sobre el ideal”, “consideraciones sobre los hombres y las circunstancias de la vida”, “dónde se aprende el mundo”). En esta digresión dentro de la digresión, se hace aún mas patente la subjetividad de Mansilla (“Mi vademécum y sus méritos” apostrofa en el resumen del capítulo XXX). Estas pequeñas divagaciones, que no llegan por un mero criterio de espacio y duración a configurarse como macro-secuencias de sentido, comparten de todas formas con éstas últimas el mismo principio trasgresor que las impulsa. Postergando la narración de los hechos, llevan la reflexión a un terreno que, siendo tan ajeno al de la crónica de viajes, no puede sino constituir un núcleo más de tensión discursiva, un modo ulterior de expandir el registro, de ampliar la referencia: es para el autor abrir la posibilidad a mostrarse, a dejarse ver desde su interioridad, desde su bagaje cultural y su repertorio de experiencias. Este tipo de postergación del discurso es el más abundante, siendo casi imposible rastrearlo en su totalidad, ya que llega a manifestarse y reproducirse excesivamente, produciendo un texto aparte, que convive y dialoga con la expedición a las tolderías.
Estas micro-secuencias de ruptura se hacen evidentes en el uso de tiempos verbales que tienden irremediablemente a romper con el pasado narrativo en un presente casi atemporal. Se escabullen en la narración estas zonas de pasaje, de ampliación ilimitada, que suelen partir de estímulos perceptivos como la noche, las sombras, el espacio de fogón. La ausencia de luz es recurrente porque simpatiza con el entorno de interioridad que fomenta la dispersión. La reflexión de “las sombras tienen para mí un no se qué de solemne”, termina decantando en una digresión sobre la posibilidad del derecho a la felicidad. Otras veces, la reflexión parte simplemente de un acto cotidiano inserto en la eventualidad, como en la escena del espía del cacique Calfucurá alimentando a un perro famélico. “Noté aquello y me abismé en reflexiones morales sobre el carácter de la humanidad”. A veces, sin justificación alguna, solo como acto de instrucción hacia el lector, ya sea en el uso de términos, vocablos indígenas, como descripciones del gaucho y el paisano. Todas estas interrupciones de lo que constituye el mero objeto del relato, la recolección de los datos fácticos de la visita a los toldos, retrasan la acción en pos de abrir escenarios distintos en los que el autor se manifiesta y se concretiza: Mansilla consigue así darse a conocer como filosofo, como sociólogo, como hombre de tertulia. Forman parte de esta manifestación los diversos sueños que decoran las jornadas nocturnas, y que al ser referidos, comportan otro modo de obrar una postergación narrativa. La imagen del “Lucius Victorius Imperator”, no exenta de un supremo manejo del humor irónico, delata las tensiones internas que el mismo Mansilla padece en el seno del debate ideológico con la generación sarmientista. Ulteriormente mediada por su subjetividad psicológica, adquiere el correlato de todo un debate que supera las dimensiones de la obra y se ubica como una marca de época.
En última instancia, un principio de dispersión textual es rastreable no ya en micro-secuencias de sentido, sino en marcos del período narrativo: “Comimos, dormimos, y cuando... iba a decir gorjeaban las avecillas del monte… ¡Pero qué, si en la pampa no hay avecillas!”. La postergación en este caso, ínfima, casi imperceptible, es quizás la más fidedigna a la pulsión que genera las anteriores secuencias descriptas. Se nos muestra en este pasaje hasta dónde en la literatura de Mansilla puede capitular lo narrativo en aras de sustentar la subjetividad, la manifestación de su personalidad. El metalenguaje se presenta como el acto de referir aquello que se estuvo a punto de decir, que en principio no se iba a decir, que debía ser descartado. Manifiesta la necesidad de clarificar lo último de las opcionalidades discursivas: es el texto tal cual llega a la mente, es la potencialidad pura, sin filtro, volcada directamente, es el texto cobrando vida, tornándose algo vivo, caótico, indefinido.
Tomando en consideración lo previamente expuesto, se torna evidente que el uso reiterado de mecanismos de postergación se constituye, en el horizonte de creación del autor, como un mecanismo inherente a la naturaleza del texto mismo. Alentada por el propósito que mueve el núcleo narrativo, la expedición a los indios ranqueles, la digresión, en todas sus formas, se impone como un principio de tensión discursiva, principio que, frenando el texto, lo disipa, lo abre a nuevos espacios y posibilidades expresivas, lo enriquece de un modo compulsivo. El texto se vuelve auto-subversivo, tiende a la pulsión de romperse, de disiparse, tanto en estructuras mayores autónomas o en pasajes insertos como en la naturaleza intrínseca del período y del metalenguaje. Siguiendo una lógica de rizoma, tiende a ramificarse, a expandirse, a partir de símbolos, personajes, eventualidades, fenómenos perceptivos, tendiendo a corroer el núcleo de narración, anularlo, dispensarlo de la centralidad que ocuparía. Este descentramiento es, en parte, coherente con la lógica del formato periodístico, aunque en mayor medida con la imagen que Mansilla intenta asumir en el terreno literario, con todas las disciplinas que éste implica en el siglo XIX argentino. Consciente de la complejidad del ser humano, partiendo desde su propia subjetividad, realiza un experimento discursivo que le permite asumir las distintas facetas de la afirmación, buscando mediar entre las tensiones sin resolverlas, dejando abiertas contradicciones ideológicas, estilísticas, conceptuales. En ese collage indefinido de contrastes que se configura en Una excursión a los indios ranqueles, se encuentra una nueva concepción de la narrativa, disociada, descentrada. En los mecanismos de postergación encuentra el coronel Mansilla un modo de darse a ver fuera del rol mismo de soldado, fuera de la utilidad contingente de la narración del viaje.
Matizar es la consigna, buscar la proporción: así como las digresiones plantean problemáticas que dialogan con otros textos y autores y personajes de la época, también dialogan con el núcleo narrativo del relato. Mansilla, a través de ellas, aparece reflejado en muchas posturas, configurado en distintas facetas. Bien podría resultar la contracara del famoso experimento fotográfico de duplicación de imagen, en que dialoga con sí mismo. En última instancia, la recolección de estas digresiones que conforman el núcleo dialéctico de una obra efervescente, cambiante, podría ser leída como una precondición necesaria para aquel otro proyecto literario que conforman las Causeries de los jueves. Esta técnica de tensión narrativa, esta lógica rizomática de multiplicación, responde a la necesidad de trascender la forma narrativa autónoma, direccionada, fija, en pos de plasmar un texto con autoconciencia, con pliegues, con ramificaciones significativas, un texto vivo, un texto que represente la tensión irresoluble que la misma lógica de la vida encarna. En palabras de Mansilla: “Sin contrastes no hay existencia, no hay vida. Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y moral”
Matizar es la consigna, buscar la proporción: así como las digresiones plantean problemáticas que dialogan con otros textos y autores y personajes de la época, también dialogan con el núcleo narrativo del relato. Mansilla, a través de ellas, aparece reflejado en muchas posturas, configurado en distintas facetas. Bien podría resultar la contracara del famoso experimento fotográfico de duplicación de imagen, en que dialoga con sí mismo. En última instancia, la recolección de estas digresiones que conforman el núcleo dialéctico de una obra efervescente, cambiante, podría ser leída como una precondición necesaria para aquel otro proyecto literario que conforman las Causeries de los jueves. Esta técnica de tensión narrativa, esta lógica rizomática de multiplicación, responde a la necesidad de trascender la forma narrativa autónoma, direccionada, fija, en pos de plasmar un texto con autoconciencia, con pliegues, con ramificaciones significativas, un texto vivo, un texto que represente la tensión irresoluble que la misma lógica de la vida encarna. En palabras de Mansilla: “Sin contrastes no hay existencia, no hay vida. Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y moral”
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11.5.08
Bukowski - splash
salpicadura
la ilusión es que estás simplemente
leyendo este poema.
la realidad es que ésto es
mucho más que un poema.
éste es el cuchillo de un mendigo.
éste es un tulipán.
éste es un soldado marchando
por Madrid.
éste sos vos en tu
lecho de muerte.
éste es Li Po riendo
bajo tierra.
éste no es un condenado
poema.
éste es un caballo dormido.
una mariposa
en tu cerebro.
éste es el circo
del demonio.
no estás leyendo ésto
en una página.
la página te está leyendo a vos.
¿lo sentís?
es una cobra.
es un águila hambrienta.
dando vueltas por la habitación.
ésto no es un poema.
los poemas son aburridos,
te hacen
dormir.
estas palabras te fuerzan
a una nueva
locura.
has sido bendecido
has sido empujado
a una
cegadora área de
luz.
el elefante
sueña con vos
ahora.
la curva del espacio
dobla y
ríe.
vos podés morir ahora.
vos podés morir ahora como
la gente fue destinada a
morir:
grande,
victoriosa,
escuchando la música,
sindo la música
crepitando,
crepitando,
crepitando.
splash: the illusion is that you are simple/ reading this poem. / the reality is that this is/ more than a/ poem. / this is a beggar’s knife. / this is a tulip. / this is a soldier marching/ through Madrid. / this is you on your/ dead bed. / this is Li Po laughing/ underground. / this is not a god-damned/ poem. / this is a horse asleep. / a butterfly in/ your brain. / this is the devil’s/ circus. / you are not reading this/ on a page. / the page is reading you. / feel it? / it’s a cobra. / it’s a hungry eagle/ circling the room. // this is not a poem. / poems are dull,/ they make you/ sleep. // these words force you/ to a new/ madness. // you have been blessed,/ you have been pushed/ into a/ blinding area of/ light. // the elephant dreams/ with you/ now. / the curve of space/ bends and/ laughs. / you can die now. / you can die now as/ people were meant to/ die:/ great,/ victorious,/ hearing the music,/ being the music,/ roaring,/ roaring,/ roaring.
Charles Bukowski. Betting on the Muse: Poems & Stories [1996]
Traducción: Javier Fernández Paupy
la ilusión es que estás simplemente
leyendo este poema.
la realidad es que ésto es
mucho más que un poema.
éste es el cuchillo de un mendigo.
éste es un tulipán.
éste es un soldado marchando
por Madrid.
éste sos vos en tu
lecho de muerte.
éste es Li Po riendo
bajo tierra.
éste no es un condenado
poema.
éste es un caballo dormido.
una mariposa
en tu cerebro.
éste es el circo
del demonio.
no estás leyendo ésto
en una página.
la página te está leyendo a vos.
¿lo sentís?
es una cobra.
es un águila hambrienta.
dando vueltas por la habitación.
ésto no es un poema.
los poemas son aburridos,
te hacen
dormir.
estas palabras te fuerzan
a una nueva
locura.
has sido bendecido
has sido empujado
a una
cegadora área de
luz.
el elefante
sueña con vos
ahora.
la curva del espacio
dobla y
ríe.
vos podés morir ahora.
vos podés morir ahora como
la gente fue destinada a
morir:
grande,
victoriosa,
escuchando la música,
sindo la música
crepitando,
crepitando,
crepitando.
splash: the illusion is that you are simple/ reading this poem. / the reality is that this is/ more than a/ poem. / this is a beggar’s knife. / this is a tulip. / this is a soldier marching/ through Madrid. / this is you on your/ dead bed. / this is Li Po laughing/ underground. / this is not a god-damned/ poem. / this is a horse asleep. / a butterfly in/ your brain. / this is the devil’s/ circus. / you are not reading this/ on a page. / the page is reading you. / feel it? / it’s a cobra. / it’s a hungry eagle/ circling the room. // this is not a poem. / poems are dull,/ they make you/ sleep. // these words force you/ to a new/ madness. // you have been blessed,/ you have been pushed/ into a/ blinding area of/ light. // the elephant dreams/ with you/ now. / the curve of space/ bends and/ laughs. / you can die now. / you can die now as/ people were meant to/ die:/ great,/ victorious,/ hearing the music,/ being the music,/ roaring,/ roaring,/ roaring.
Charles Bukowski. Betting on the Muse: Poems & Stories [1996]
Traducción: Javier Fernández Paupy
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5.5.08
Poesía y traducción, por Juan Leotta
Es demasiado evidente que una traducción, por más buena que sea, no puede significar nunca alguna cosa respecto al original. Y sin embargo ella está en íntima relación con el original según su traducibilidad.
Walter Benajmin, Angelus Novus.
Deformaciones y cuerpos en Ariel, de Sylvia Plath
- 1 -
Ni el dogma de la falta de evidencias sobre el arte moderno podría impedirnos advertir de entrada, como dificultad máxima del trabajo de traducción, la centralidad del estilo. Punto éste de resistencias múltiples en nuestro estado de la prosa crítica: bajo la desestimación por resabio irrisorio de un romanticismo superado a fuerza de modernidad y crítica, el estilo persiste como el paso inicial en un terreno de apreciaciones donde despunta el traspaso del concepto, el salto de la racionalidad, el corte consecuente del intercambio y del diálogo reglado. El comienzo del goce, diríamos, una vez más, también nosotros.
Ronda sin duda en estas marcas cierta tensión con los ordenamientos y las sistematizaciones que, por las buenas y viejas razones propias del conflicto de las facultades, penden más allá de las buenas voluntades sobre el devenir de nuestros quehaceres. Pero la pregunta por situar disciplinariamente a esa teoría del estilo sólo podría tener respuesta desde unas coordenadas fijadas en el exterior de su campo de formulación. Reacios a esos cortes y clasificaciones, al estilo de esos cortes y clasificaciones, avanzamos sin reconocer entonces las pertinencias de dominio. A la espera, por supuesto, de las hospitalidades recíprocas en la transposición de los límites de la construcción del saber.
Adscribimos así, con este señalamiento a una de las coordenadas de la escritura, a la tradición de contaminación, de mezclas y de transposiciones en la cual se inscriben las obras de algunos de los autores que pesan en esta convocatoria: Walter Benjamin y Jacques Derrida, principalmente, pero también Gilles Deleuze.
Como eco figurado de una actitud que sin desestimar lo simbólico equipara la teoría a la praxis, la mezcla de los lenguajes teóricos se construye nada azarosamente sobre una sensatez que incluye también los cruces de las lenguas corrientes –lenguas ya nacionales, o ya regionales, o ya locales: lenguas sujetas siempre, en todos los casos, a las idas y vueltas de los poderes y de las colonizaciones. La reflexión sobre la traducción empieza así en la traducción perpetua de toda lengua con respecto a sí misma. Incluso con diferencias considerables entre los autores –determinadas en parte, simplificamos, por la acentuación en la diacronía o sincronía de la perspectiva- hay una preocupación y una duda constante sobre la estabilidad de la lengua.
Por una de tales diferencias, el planteo lingüístico que Benjamin esboza en Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres (1916) y continúa en La tarea del traductor (1923), aún cuando consigna una imperfección repetidamente insalvable en las lenguas humanas, pierde ciertas líneas de comunicación con abordajes ulteriores de la filosofía del lenguaje a partir de la puesta en extremo y consecuente caída de esa categoría –dada metodológicamente, cabría decir- que era la lengua. De esa imperfección, de esa inferioridad del lenguaje humano frente al lenguaje divino, incapaz de dar a la cosa un nombre que se funda con el resto del verbo divino en ella depositado, se abre para Benjamin la grieta babélica de proliferación de lenguas. He ahí el fundamento de la multiplicidad de lenguas. "La palabra muda de las cosas", leemos en el texto, “es tan infinitamente inferior a la palabra denominante del conocimiento del hombre como ésta lo es, a su vez, a la palabra creadora de Dios: esto constituye el fundamento de la pluralidad de las lenguas humanas”.
Es que ni las imperfecciones de las lenguas humanas ni sus aspiraciones de aunarse en la lengua pura obstan en Benjamin para la demarcación implícita de los límites necesarios. La célebre empresa de la negación de la instrumentalidad en pos de la sacralidad de la lengua implica, curiosamente, un alejamiento de la materialidad del lenguaje, que no es diferente por cierto al alejamiento de la historia. La particularidad señalada reviste un grado de explicitud en la letra del texto benjaminiano. Dice en La tarea del traductor: “Dejando de lado lo histórico ¿dónde debe buscarse el parentesco entre dos idiomas? En todo caso, ni en la semejanza de las literaturas ni en la analogía que pueda existir en la estructura de las frases. Todo el parentesco suprahistórico de dos idiomas se funda más bien en el hecho de que ninguno de ellos por separado, sin la totalidad de ambos, puede satisfacer recíprocamente sus intenciones, es decir el propósito de llegar al lenguaje puro”. Como sea, la ausencia de límites entre las lenguas se da en Benjamin, en última instancia, en la forma velada de las palabras ajenas. Esta allí la cita de Crisis de la cultura europea, de Rudolf Pannwitz, donde se permite hacer vacilar, o al menos complejizarse el castigo divino del estado babélico: “[El traductor] ha de ampliar y profundizar su idioma con el extranjero, y no tenemos la menor idea de la medida en que ello sea posible y hasta qué grado puede transformarse, ya que una lengua apenas se distingue de otra, como un dialecto se distingo poco de otro”.
Sin duda es mucho más intensa en las proyecciones de tal irreverencia la obra de Derrida. Para una traducción de ida y vuelta entre las obras y los lenguajes de Benjamin y Derrida: Jorge Panesi, Walter Benjamin y la deconstrucción, en Críticas, Buenos Aires, Norma, 2000. Posicionamientos fuertes, drásticos y hasta místicos con respecto al lenguaje -tanto oral como escrito, y por momentos sobre todo escrito- son hallados por Panesi como el borde de armonía entre ambos autores. Desde algo parecido a la sorpresa (síntoma indescifrable en la niebla de la didáctica de la crítica y de la producción de catalogaciones como uno de sus efectos), la posición de Derrida en El monolingüismo del otro no deja de resultarnos más empírica al negar la entelequia mantenida desde los esfuerzos de los lingüistas clásicos. Jacques Derrida, El monolingüismo del otro, Buenos Aires, Manantial, 1997. En detrimento de la aceptación de un ideal, asume el objeto empírico “lengua” como inabordable. “Por supuesto, para el lingüista clásico –precisa Derrida- cada lengua es un sistema cuya unidad siempre se reconstituye. Pero esta unidad no se compara con ninguna otra. Es susceptible al injerto más radical, a las deformaciones, a las transformaciones, a la expropiación, a cierta a-nomia, a la anomalía, a la desregulación”. Desde esta concepción, el parentesco de las lenguas no es idealmente prospectivo, como en Benjamin, sino históricamente presente –se da, ya, de hecho, en el sujeto. Y más allá del significado atribuible a dicha historicidad, ese parentesco es al mismo tiempo ideal en virtud (según habrá podido preverse) de la estructura del lenguaje como constitutiva del sujeto.
En el análisis (de la idealidad) de esa estructura, hay para Derrida una alienación originaria en el lenguaje humano. La lengua que uno habla e intenta repetidamente apropiarse es una lengua venida del otro –impuesta, mejor dicho, por el otro. Aunque también presente en Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres de Benjamin, la creencia en la pasividad del lenguaje humano tiene una configuración diferente. El principio que constituye por traducción al lenguaje humano determina para el mismo un “fundamento pasivo”. El lenguaje humano no nombra libremente a la cosa, sino que rescata de ella el resabio del verbo divino. En cierta medida, en tanto el ser humano renombra un lenguaje al cual responde, su propio lenguaje es así dado, recibido, impuesto. Ahora bien, la relación de ese otro con la lengua es, a su vez, un simulacro de propiedad. Porque ¿quién puede ser propietario de una lengua? Y de consensuarse que dar una lengua es dar nada menos que aquello que a nadie pertenece, habría que aceptar en consecuencia que es imposible hacerlo. Para decirlo sin más vueltas: entre esas vueltas el esquema trazado por Derrida queda definido como un simulacro de apropiación que se retrotrae indefinidamente.
Perpetuamente impropia, la lengua no puede ser más que un descentramiento, un punto de inestabilidad constante y sin solución. Por eso mismo, a propósito de ella, en el texto derrideano reaparece una y otra vez, como figura de partida y de llegada, la aporía. "Nadie habla más de una lengua; nadie habla nunca una sola lengua…. No hay posibilidad de metalenguaje; nada es sino metalenguaje... Nada es traducible; todo es traducible…" ¿Entonces? Sin duda que ese conjunto de aporías expuestas –ofrenda, acaso paradójica, de Derrida- adquieren su fundamentación en un postulado subyacente: la lengua es el lugar de la locura, la casa de la locura. Hay que quitar entonces todo viso de predicación en pos de la performatividad: no hay aporía sobre la lengua, previsiblemente, sino aporía en la lengua.
Si algún grado de particularización alcanza lo recreado anteriormente en la escritura de Derrida es a propósito de las declaraciones en las que Hanna Arendt se refiere a su experiencia de apego a su alemán materno –a la par, es necesario agregar, de esas experiencias otras de pérdida total o parcial a partir del corte nombrado Auschwitz. “Arendt, como se sabe, menciona en ese momento a Auschwitz como el corte, el lugar tajante, el tajo de la represión: ´Sí, muy a menudo. Frente a ciertas personas lo experimenté de una manera completamente trastornadora. Vea, lo decisivo fue el día que escuchamos hablar de Auschwitz´. Otro modo de reconocer y dar crédito”, advierte Derrida, “a una evidencia: un suceso tal, que “Auschwitz”, o el nombre mismo que nombra ese suceso, puede responder a las represiones”. Pero situar esa cuestión en los términos de la filosofía moderna supone (una vez más) trascender un límite de una tópica del ego y de la conciencia subjetiva que Derrida reconoce y enuncia pero no trasciende, y que si traemos a la luz aquí es en tanto allí mismo los protocolos de una filología a ser fundamentada también en el lenguaje poético contarían con más de un punto de identificación.
Ni el dogma de la falta de evidencias sobre el arte moderno podría impedirnos advertir de entrada, como dificultad máxima del trabajo de traducción, la centralidad del estilo. Punto éste de resistencias múltiples en nuestro estado de la prosa crítica: bajo la desestimación por resabio irrisorio de un romanticismo superado a fuerza de modernidad y crítica, el estilo persiste como el paso inicial en un terreno de apreciaciones donde despunta el traspaso del concepto, el salto de la racionalidad, el corte consecuente del intercambio y del diálogo reglado. El comienzo del goce, diríamos, una vez más, también nosotros.
Ronda sin duda en estas marcas cierta tensión con los ordenamientos y las sistematizaciones que, por las buenas y viejas razones propias del conflicto de las facultades, penden más allá de las buenas voluntades sobre el devenir de nuestros quehaceres. Pero la pregunta por situar disciplinariamente a esa teoría del estilo sólo podría tener respuesta desde unas coordenadas fijadas en el exterior de su campo de formulación. Reacios a esos cortes y clasificaciones, al estilo de esos cortes y clasificaciones, avanzamos sin reconocer entonces las pertinencias de dominio. A la espera, por supuesto, de las hospitalidades recíprocas en la transposición de los límites de la construcción del saber.
Adscribimos así, con este señalamiento a una de las coordenadas de la escritura, a la tradición de contaminación, de mezclas y de transposiciones en la cual se inscriben las obras de algunos de los autores que pesan en esta convocatoria: Walter Benjamin y Jacques Derrida, principalmente, pero también Gilles Deleuze.
Como eco figurado de una actitud que sin desestimar lo simbólico equipara la teoría a la praxis, la mezcla de los lenguajes teóricos se construye nada azarosamente sobre una sensatez que incluye también los cruces de las lenguas corrientes –lenguas ya nacionales, o ya regionales, o ya locales: lenguas sujetas siempre, en todos los casos, a las idas y vueltas de los poderes y de las colonizaciones. La reflexión sobre la traducción empieza así en la traducción perpetua de toda lengua con respecto a sí misma. Incluso con diferencias considerables entre los autores –determinadas en parte, simplificamos, por la acentuación en la diacronía o sincronía de la perspectiva- hay una preocupación y una duda constante sobre la estabilidad de la lengua.
Por una de tales diferencias, el planteo lingüístico que Benjamin esboza en Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres (1916) y continúa en La tarea del traductor (1923), aún cuando consigna una imperfección repetidamente insalvable en las lenguas humanas, pierde ciertas líneas de comunicación con abordajes ulteriores de la filosofía del lenguaje a partir de la puesta en extremo y consecuente caída de esa categoría –dada metodológicamente, cabría decir- que era la lengua. De esa imperfección, de esa inferioridad del lenguaje humano frente al lenguaje divino, incapaz de dar a la cosa un nombre que se funda con el resto del verbo divino en ella depositado, se abre para Benjamin la grieta babélica de proliferación de lenguas. He ahí el fundamento de la multiplicidad de lenguas. "La palabra muda de las cosas", leemos en el texto, “es tan infinitamente inferior a la palabra denominante del conocimiento del hombre como ésta lo es, a su vez, a la palabra creadora de Dios: esto constituye el fundamento de la pluralidad de las lenguas humanas”.
Es que ni las imperfecciones de las lenguas humanas ni sus aspiraciones de aunarse en la lengua pura obstan en Benjamin para la demarcación implícita de los límites necesarios. La célebre empresa de la negación de la instrumentalidad en pos de la sacralidad de la lengua implica, curiosamente, un alejamiento de la materialidad del lenguaje, que no es diferente por cierto al alejamiento de la historia. La particularidad señalada reviste un grado de explicitud en la letra del texto benjaminiano. Dice en La tarea del traductor: “Dejando de lado lo histórico ¿dónde debe buscarse el parentesco entre dos idiomas? En todo caso, ni en la semejanza de las literaturas ni en la analogía que pueda existir en la estructura de las frases. Todo el parentesco suprahistórico de dos idiomas se funda más bien en el hecho de que ninguno de ellos por separado, sin la totalidad de ambos, puede satisfacer recíprocamente sus intenciones, es decir el propósito de llegar al lenguaje puro”. Como sea, la ausencia de límites entre las lenguas se da en Benjamin, en última instancia, en la forma velada de las palabras ajenas. Esta allí la cita de Crisis de la cultura europea, de Rudolf Pannwitz, donde se permite hacer vacilar, o al menos complejizarse el castigo divino del estado babélico: “[El traductor] ha de ampliar y profundizar su idioma con el extranjero, y no tenemos la menor idea de la medida en que ello sea posible y hasta qué grado puede transformarse, ya que una lengua apenas se distingue de otra, como un dialecto se distingo poco de otro”.
Sin duda es mucho más intensa en las proyecciones de tal irreverencia la obra de Derrida. Para una traducción de ida y vuelta entre las obras y los lenguajes de Benjamin y Derrida: Jorge Panesi, Walter Benjamin y la deconstrucción, en Críticas, Buenos Aires, Norma, 2000. Posicionamientos fuertes, drásticos y hasta místicos con respecto al lenguaje -tanto oral como escrito, y por momentos sobre todo escrito- son hallados por Panesi como el borde de armonía entre ambos autores. Desde algo parecido a la sorpresa (síntoma indescifrable en la niebla de la didáctica de la crítica y de la producción de catalogaciones como uno de sus efectos), la posición de Derrida en El monolingüismo del otro no deja de resultarnos más empírica al negar la entelequia mantenida desde los esfuerzos de los lingüistas clásicos. Jacques Derrida, El monolingüismo del otro, Buenos Aires, Manantial, 1997. En detrimento de la aceptación de un ideal, asume el objeto empírico “lengua” como inabordable. “Por supuesto, para el lingüista clásico –precisa Derrida- cada lengua es un sistema cuya unidad siempre se reconstituye. Pero esta unidad no se compara con ninguna otra. Es susceptible al injerto más radical, a las deformaciones, a las transformaciones, a la expropiación, a cierta a-nomia, a la anomalía, a la desregulación”. Desde esta concepción, el parentesco de las lenguas no es idealmente prospectivo, como en Benjamin, sino históricamente presente –se da, ya, de hecho, en el sujeto. Y más allá del significado atribuible a dicha historicidad, ese parentesco es al mismo tiempo ideal en virtud (según habrá podido preverse) de la estructura del lenguaje como constitutiva del sujeto.
En el análisis (de la idealidad) de esa estructura, hay para Derrida una alienación originaria en el lenguaje humano. La lengua que uno habla e intenta repetidamente apropiarse es una lengua venida del otro –impuesta, mejor dicho, por el otro. Aunque también presente en Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres de Benjamin, la creencia en la pasividad del lenguaje humano tiene una configuración diferente. El principio que constituye por traducción al lenguaje humano determina para el mismo un “fundamento pasivo”. El lenguaje humano no nombra libremente a la cosa, sino que rescata de ella el resabio del verbo divino. En cierta medida, en tanto el ser humano renombra un lenguaje al cual responde, su propio lenguaje es así dado, recibido, impuesto. Ahora bien, la relación de ese otro con la lengua es, a su vez, un simulacro de propiedad. Porque ¿quién puede ser propietario de una lengua? Y de consensuarse que dar una lengua es dar nada menos que aquello que a nadie pertenece, habría que aceptar en consecuencia que es imposible hacerlo. Para decirlo sin más vueltas: entre esas vueltas el esquema trazado por Derrida queda definido como un simulacro de apropiación que se retrotrae indefinidamente.
Perpetuamente impropia, la lengua no puede ser más que un descentramiento, un punto de inestabilidad constante y sin solución. Por eso mismo, a propósito de ella, en el texto derrideano reaparece una y otra vez, como figura de partida y de llegada, la aporía. "Nadie habla más de una lengua; nadie habla nunca una sola lengua…. No hay posibilidad de metalenguaje; nada es sino metalenguaje... Nada es traducible; todo es traducible…" ¿Entonces? Sin duda que ese conjunto de aporías expuestas –ofrenda, acaso paradójica, de Derrida- adquieren su fundamentación en un postulado subyacente: la lengua es el lugar de la locura, la casa de la locura. Hay que quitar entonces todo viso de predicación en pos de la performatividad: no hay aporía sobre la lengua, previsiblemente, sino aporía en la lengua.
Si algún grado de particularización alcanza lo recreado anteriormente en la escritura de Derrida es a propósito de las declaraciones en las que Hanna Arendt se refiere a su experiencia de apego a su alemán materno –a la par, es necesario agregar, de esas experiencias otras de pérdida total o parcial a partir del corte nombrado Auschwitz. “Arendt, como se sabe, menciona en ese momento a Auschwitz como el corte, el lugar tajante, el tajo de la represión: ´Sí, muy a menudo. Frente a ciertas personas lo experimenté de una manera completamente trastornadora. Vea, lo decisivo fue el día que escuchamos hablar de Auschwitz´. Otro modo de reconocer y dar crédito”, advierte Derrida, “a una evidencia: un suceso tal, que “Auschwitz”, o el nombre mismo que nombra ese suceso, puede responder a las represiones”. Pero situar esa cuestión en los términos de la filosofía moderna supone (una vez más) trascender un límite de una tópica del ego y de la conciencia subjetiva que Derrida reconoce y enuncia pero no trasciende, y que si traemos a la luz aquí es en tanto allí mismo los protocolos de una filología a ser fundamentada también en el lenguaje poético contarían con más de un punto de identificación.
29.4.08
Las infames cadenas del verso, por Juan Dos
La Nature est un temple où de vivants piliers
Laissent parfois sortir de confuses paroles;
L'homme y passe à travers de forêts de symboles
Qui l'observent avec des regards familiers.
Charles Baudelaire , Correspondances, Les fleurs du mal
El 18 de septiembre de 1886, el poeta griego de expresión francesa, Ioannis Papadiamantopoulos, más conocido como Jean Moréas (1856-1910), publica un artículo titulado "El simbolismo". Es ese mismo año el que elige Paul Valéry para fechar el origen del movimiento. Funciona, por un lado, como ajuste de cuentas con respecto a escuelas anteriores y como respuesta a la hostilidad de la crítica oficial y del gusto generalizado, y por el otro, igual de importante, opera como puesta en orden interna e intenta bosquejar ciertas definiciones en torno al fenómeno simbolista en sí. Entonces, dentro de la primer zona, Moreás observa la pérdida de fuerza y gracia románticas bajo un órden escéptico lleno de buen sentido, y tan caduco como manoseado. Reaccionando también ante las burlas de la prensa, la inquietud de los críticos y el malhumor del público sorprendido en su indolencia. Adjudica a Baudelaire la condición de precursor, y si bien no menciona a Poe, llama a Verlaine "emancipador de las cadenas infames del verso". Así, incluyendo a Mallarmé, define todo una genealogía. Por último describe los procedimientos de la nueva escuela y, contra el naturalismo, subraya que tanto las acciones de los hombres como los cuadros de la naturaleza apenas son "apariencias sensibles destinadas a representar afinidades esotéricas con las Ideas primordiales".
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mallarmé
21.4.08
Bukowski - mine
mía
Ella yace como un bulto
Yo puedo sentir la gran montaña vacía
de su cabeza. Pero ella está viva. Bosteza y
se rasca la nariz y
levanta el cobertor.
Pronto le daré el beso de las buenas noches
y dormiremos.
y muy lejos está Escocia
y bajo la tierra los
roedores corren.
Oigo los motores en la noche
y a través del cielo una blanca
mano da vueltas:
buenas noches, querida, buenas noches.
mine: She lays like a lump/ I can feel the great empty mountain/ of her head./ But she is alive. She yawns and/ scratches her nose and/ pulls up the cover./ Soon I will kiss her goodnight/ and we will sleep./ and far away is Scotland/ and under the ground the/ gophers run./ I hear engines in the night/ and through the sky a white/ hand whirls:/ good night, dear, goodnight.
Charles Bukowski. The days run away like wild horses over the hills , (1969)
Traducción: Flavia Cogliano Jalabert & Javier Fernández Paupy
Ella yace como un bulto
Yo puedo sentir la gran montaña vacía
de su cabeza. Pero ella está viva. Bosteza y
se rasca la nariz y
levanta el cobertor.
Pronto le daré el beso de las buenas noches
y dormiremos.
y muy lejos está Escocia
y bajo la tierra los
roedores corren.
Oigo los motores en la noche
y a través del cielo una blanca
mano da vueltas:
buenas noches, querida, buenas noches.
mine: She lays like a lump/ I can feel the great empty mountain/ of her head./ But she is alive. She yawns and/ scratches her nose and/ pulls up the cover./ Soon I will kiss her goodnight/ and we will sleep./ and far away is Scotland/ and under the ground the/ gophers run./ I hear engines in the night/ and through the sky a white/ hand whirls:/ good night, dear, goodnight.
Charles Bukowski. The days run away like wild horses over the hills , (1969)
Traducción: Flavia Cogliano Jalabert & Javier Fernández Paupy
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14.4.08
Bukowski - his wife, the painter
su esposa, la pintora
Hay bocetos en las paredes de hombres y mujeres y patos
y afuera un gran colectivo verde esquiva el tránsito como
la locura que surge de la ondeada línea; Turgenev, Turgenev,
dice la radio, y Jane Austen, Jane Austen, también.
“Voy a hacerle un retrato el 28, mientras estés
en el trabajo”.
Él sólo está en ese límite de gordura y camina constantemente, él
se consume; lo tienen; se lo están comiendo como
moscas atrapadas en una tela de araña, y sus ojos amamantados de rojo con furia y miedo
Siente el odio y el rechazo del mundo, más filoso que
su afeitadora, y siente su intestino colgando como un pólipo húmedo; y él
toma sus propias decisiones derrotado tratando de sacar la
barba que quedaba en la afeitadora con agua (como la vida), no del todo cálida.
Daumier. Rue Transnonain, le 15 Avril, 1843. (Litograph).
París, Bibliotèque Nationale.
“Ella tiene un rostro diferente al de cualquier mujer que conocí”.
“¿Qué es esto? ¿Un asunto amoroso?”
“Tonto, no puedo amar a una mujer. Además, está embarazada”.
Puedo pintar –una flor comida por una serpiente; ese rayo de sol es una
mentira; y esos negocios huelen a chicos desnudos vestidos,
y debajo de todo algún río, algún ritmo, algún giro que
trepa a lo largo de mi sien y muerde vagamente…
los hombres manejan autos y pintan sus casas,
pero están locos; los hombres se sientan en la silla de la peluquería; compran sombreros.
Corot. Recuerdo de Mortefontaine.
París, Louvre.
“Debo escribirle al Kaiser, aunque creo que es homosexual”.
“¿Todavía estás leyendo Freud?”
“Página 299”.
Ella hizo un pequeño sombrero y él puso dos fotos bajo el
brazo, mientras se levantaba de la cama como la larga antena de un
caracol, y ella fue a la iglesia y él pensó ahora tengo
tiempo y el perro.
Acerca de la iglesia: el problema con la máscara es que
nunca cambia.
Tan vulgares las flores que crecen y que no crecen bellas.
Tan mágica la silla en el patio que no soporta piernas
y vientre y brazo y cuello y boca que muerde en el
viento como al final de un túnel.
Él giró en la cama y pensó: Estoy buscando algún
segmento en el aire. Flota entre las cabezas de la gente.
Cuando llueve, en los árboles, se sienta entre las ramas
más cálidas y de sangre más real que la paloma.
Orozco. Cristo destruyendo la cruz.
Hanover, Dartmouth College, Baker Library.
Se esfumó en el sueño.
his wife, the painter: There are sketches on the walls of men and women and ducks/ and outside a large green bus swerves through traffic like/ insanity sprung from a waving line; Turgenev, Turgenev,/ says the radio, and Jane Austen, Jane Austen, too.// “I am going to do her portrait on the 28th, while you are/ at work.”// He is just this edge of fat and he walks constantly, he/ fritters; they have him; they are eating him hollow like/ a webbed fly, and his eyes are red-suckled with anger-fear.// He feels the hatred and discard of the world, sharper than/ his razor, and his gut-feel hangs like a wet polyp; and he/ self-decisions himself defeated trying to shake his/ hung beard form razor in water (like life), not warm enough.// Daumier. Rue Transnonain, le 15 Avril, 1843. (Lithograph.)/ Paris, Bibliotheque Nationale.// “She has a face unlike that of any woman I have ever known.”// “What is it? A love affair?”/ “Silly, I can´t love a woman. Resides, she’s pregnant.”// I can paint–a flower eaten by a snake; that sunlight is a/lie; and that markets smell of shoes and naked boys clothed,/ and under everything some river, some beat, some twist that/ clambers along the edge of my temple and bites nip-dizzy…/ men drive cars and paint their houses, / but they are mad; men sit in barber chairs; buy hats.// Corot. Recollection of Mortefontaine./ Paris, Louvre.// “I must write Kaiser, though I think he’s homosexual.”// “Are you still reading Freud?”// “Page 299.”// She made a little hat and fastened two snaps under one/ arm, reaching up from the bed like a long feeler from the/ snail, and she went to church, and he thought now I h’ve/ time and the dog.// About church: the trouble with mask is it/ never changes.// So rude the flowers that grow and do not grow beautiful./ So magic the chair on the patio that does not hold legs/ and belly and arm and neck and mouth that bites into the/ wind like the end of a tunnel.// He turned in bed and thought: I am searching for some/ segment in the air. It floats about the people’s heads./ When it rains on the trees it sits between the branches/ warmer and more blood-real than the dove.// Orozco. Christ Destroying the Cross./ Hanover, Dartmouth College, Baker Library.// He burned away in sleep.
Charles Bukowski. The days run away like wild horses over the hills, (1969)
Traducción: Flavia Cogliano Jalabert & Javier Fernández Paupy
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2.4.08
NeNas, sudor y lágrimas
"En todos los asuntos sin importancia, el estilo y la insinceridad es lo esencial. En todos los asuntos de importancia, el estilo y la insinceridad es lo esencial."
Oscar Wilde. (Frases y filosofías para el uso de la juventud.)
NeNaS : La armonía puede ser ruidosa, una perfecta armonía debe ser deforme.
Un primer relato.
NENAS es un EP de cuatro canciones: empieza con una guitarra estridente y termina con una melodía simple y sombría. Este álbum es un limpio y sincero viaje musical. Y así sus letras, acompañando los sonidos, arrojan una mirada elegante, decadente y cínica sobre la sensualidad y el caos.
La instrumentación se compone de batería, guitarra, flauta traversa y voces, para dar vida a una acotada pero compleja criatura.
Con un cuidado contrapunto y una caprichosa deformidad conviviendo, el móvil de la banda y su brújula es hacer la música que sus integrantes querían escuchar.
Este primer disco es esa música.
Oscar Wilde. (Frases y filosofías para el uso de la juventud.)
NeNaS : La armonía puede ser ruidosa, una perfecta armonía debe ser deforme.
Un primer relato.
NENAS es un EP de cuatro canciones: empieza con una guitarra estridente y termina con una melodía simple y sombría. Este álbum es un limpio y sincero viaje musical. Y así sus letras, acompañando los sonidos, arrojan una mirada elegante, decadente y cínica sobre la sensualidad y el caos.
La instrumentación se compone de batería, guitarra, flauta traversa y voces, para dar vida a una acotada pero compleja criatura.
Con un cuidado contrapunto y una caprichosa deformidad conviviendo, el móvil de la banda y su brújula es hacer la música que sus integrantes querían escuchar.
Este primer disco es esa música.
30.3.08
La posibilidad de una isla, por Javier Fernández Paupy
Así, el mulato Cipriano, calavera y dicharachero, que con sólo sus gestos y palabras evocadoras arrastra a los empleados al deslumbramiento de las apariencias, a la súbita y terrible revelación de que la nada de la imagen hermosa vale más, en la existencia de cada uno, que el ser positivo de “lo real” al que han amarrado sus vidas.
Carlos Correas (Arlt literato)
La versión teatral que hace el Grupo Ojcuro de la burlería en un acto de Roberto Arlt, La isla desierta, merece un elogio. Parte del elenco son actores no videntes trabajan con la técnica del Teatro Ciego, arte que consiste en la ausencia total de luz durante el espectáculo y en la celebración de esa hermosa nada que albergan las imágenes que sólo necesitan palabras que las invoquen. Durante el transcurso de la obra se produce la anulación total del sentido de la vista que fomenta el desarrollo de otras vertientes perceptivas como lo son las olfativas, las auditivas, soporte principal en el que se apoya la obra, y las táctiles, que aunque en menor medida resultan tan elocuentes como las demás. En medio de una sociedad en la que el predominio de lo visual adquiere síntomas de epidemia, esta puesta en escena se erige sobre la franca negación de ese signo de los tiempos, saluda al “extrañamiento” de los formalistas rusos y a su anhelo de transformar las anquilosadas percepciones mediante una forma renovada de “ver” y pensar las cosas.
La pieza que dirige José Menchaca y se presenta en la Ciudad Cultural Konex desde hace algunos años, asombra no sólo por su revolucionario y literalmente “nunca visto” método de trabajo, sino también por la atinada interpretación del brevísimo texto que el cronista del diario El Mundo escribiera en 1937. El drama de Arlt, fiel a su estilo, propone un dilema moral. Por allí desfilan oficinistas ruines y corrompidos envueltos en una maraña de vicisitudes burocráticas, olor a café, traidores que se redimen al confesarse, una orquesta conformada por máquinas de escribir, jefes y esclavos. En el cuarto oscuro en el que transcurre la pieza, se pone en duda esa idea que recordara Jean Cocteau en El testamento de Orfeo: “la expresión se hace por medio de gestos”. Aquí se vuelven obsoletos la escenografía, el vestuario, el maquillaje y los demás elementos tradicionales de la utilería teatral. No así los recursos canónicos del radioteatro y de las representaciones de siluetas, títeres, marionetas y sombras móviles, que desde la fosa de los antiguos teatros producían todo tipo artificios sonoros en tiempo real: ruidos de copas que chocan entre sí, la campana de un reloj despertador, la brisa del viento, el sonido de las olas estallando desde el océano en la orilla. Una oficina con grandes ventanales por los que se ven pasar buques y transatlánticos perturba la atención de un grupo de oficinistas de vida rutinaria. Ese malestar actúa en favor del autoconocimiento que los personajes van adquiriendo de sus propias vidas. Presagios sonoros y olfativos de una tormenta en medio del mar, una playa en Madagascar, el aroma hediondo de las calles de Shangai, la reescritura y expansión del texto arltiano no desentona, porque todo suma a la hora de plasmar los vaticinios de Arlt que denuncian una sociedad alienada y uniforme en donde las personas se vuelven meros engranajes lúgubres, tristes y aburridos. Esta crítica lúcida y lúdica al abyecto mundo burocrático, encuentra en el viaje, y en los relatos cosmopolitas de Cipriano, la posibilidad, ya no de una isla desierta, sino de recobrar el valor que la monotonía ha robado a la vida misma.
La pieza que dirige José Menchaca y se presenta en la Ciudad Cultural Konex desde hace algunos años, asombra no sólo por su revolucionario y literalmente “nunca visto” método de trabajo, sino también por la atinada interpretación del brevísimo texto que el cronista del diario El Mundo escribiera en 1937. El drama de Arlt, fiel a su estilo, propone un dilema moral. Por allí desfilan oficinistas ruines y corrompidos envueltos en una maraña de vicisitudes burocráticas, olor a café, traidores que se redimen al confesarse, una orquesta conformada por máquinas de escribir, jefes y esclavos. En el cuarto oscuro en el que transcurre la pieza, se pone en duda esa idea que recordara Jean Cocteau en El testamento de Orfeo: “la expresión se hace por medio de gestos”. Aquí se vuelven obsoletos la escenografía, el vestuario, el maquillaje y los demás elementos tradicionales de la utilería teatral. No así los recursos canónicos del radioteatro y de las representaciones de siluetas, títeres, marionetas y sombras móviles, que desde la fosa de los antiguos teatros producían todo tipo artificios sonoros en tiempo real: ruidos de copas que chocan entre sí, la campana de un reloj despertador, la brisa del viento, el sonido de las olas estallando desde el océano en la orilla. Una oficina con grandes ventanales por los que se ven pasar buques y transatlánticos perturba la atención de un grupo de oficinistas de vida rutinaria. Ese malestar actúa en favor del autoconocimiento que los personajes van adquiriendo de sus propias vidas. Presagios sonoros y olfativos de una tormenta en medio del mar, una playa en Madagascar, el aroma hediondo de las calles de Shangai, la reescritura y expansión del texto arltiano no desentona, porque todo suma a la hora de plasmar los vaticinios de Arlt que denuncian una sociedad alienada y uniforme en donde las personas se vuelven meros engranajes lúgubres, tristes y aburridos. Esta crítica lúcida y lúdica al abyecto mundo burocrático, encuentra en el viaje, y en los relatos cosmopolitas de Cipriano, la posibilidad, ya no de una isla desierta, sino de recobrar el valor que la monotonía ha robado a la vida misma.
Finalmente, lo objetivo. Los espectadores son guiados a sus butacas por los mismos actores. Entran a un espacio sin luz de donde surgen las maravillas de la representación. La versión que hace de La isla desierta el Grupo Ojcuro, bajo la tutela de Menchaca, es una adaptación escénica que puede prescindir de la visión y constituirse como un espectáculo visual.
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16.3.08
El baile de los ahorcados, por Juan Dos
Voy a cambiar de especialidad –digo. Judy mira lo que he hecho. Jackson Pollock liberó la línea, recuérdalo, me dijo alguien ayer en clase de pintura contemporánea. ¿Cómo podría liberar de nada a esta mierda?,
me pregunto. Me quedo delante de un lienzo sin terminar. Pienso que haría
mejor gastando el dinero en drogas que en material de pintura. –Voy a
cambiar de especialidad, ¿me oyes?
Bret Easton Ellis. (Las leyes de la atracción)
En los 50’s, a raíz del meteórico paso de Marty McFly por Hill Valley alguien inventa el skate, pero como la industria norteamericana jamás descansa y su infatigable producción de ocios renueva permanentemente el mercado de la dicha estableciendo otras modas, otros pasatiempos, para el año 65 la popularidad del ingenioso artefacto decae y cinco años más tarde comprar una patineta es imposible. 1970. El lado sur de Santa Mónica depone su tradicional brillo convirtiéndose en el barrio pobre de la playa. Dogtown. La célebre feria de Ocean Park desmantela teleféricos, tiendas y variedades. El público migra, disuelta la clase media consumidora de “paseos” los hijos del lumpenaje toman el control del negro agujero residual abierto en el paisaje. Surfers marginales adoptan un muelle encajonado llamado Cove. Bohemios, yonquis y pandilleros completan el cuadro. Las maderas y los escombros del antiguo recreo flotan entre aceradas tablas de curiosos y vivos colores, los pilotes abandonados en hilera transforman la actividad en algo peligroso. Allí, diez adolescentes postergados, surfean hasta media mañana y acabadas las olas extienden la práctica hasta el cemento. Recurso tan inmediato como instintivo el equipo Zephir aplica en el asfalto los conocimientos instrumentalizados sobre el agua. Estructuras urbanas diseñadas con fines ciudadanos se refuncionalizan instigadas por el insólito avatar de la joven expresión estética. Imprevista, secreta, reducida, combina elementos incompatibles y quizá por primera vez un movimiento cultural nace directamente de niños desclasados cuya profunda intuición los induce a la excelencia del amateur, a tomar la técnica de Bertleman de flexionar y tocar la ola, para luego ellos apoyar la mano contra el piso y así estirar el cuerpo desde la tabla. El exclusivo número de integrantes inculcó la devoción del estilo. La competencia diaria por verse cada vez mejor y mejor los consagró expertos amantes de la forma. Entonces una sequía providencial abate la tierra californiana. Cientos de piletas permanecen vacías y en reiteradas sesiones ilegales la facción insubordinada conduce la disciplina a otro nivel. Lo inmediato era pasar por encima de los focos (bajo el borde) y apoyar una sola rueda suspendiendo el resto del skate fuera de la pileta. El cielo es el límite. Nasworthy reemplaza las ruedas de arcilla por las de uretano, el artefacto recupera cierta fama y para 1975 los chicos participan del torneo Nacional Del Mar. La concurrencia (no los organizadores) los juzga con franco desprecio. Pelo largo, pantalones rotos, aspecto desgreñado. Jay Adams, el menor de la tribu, trece años, solitario y displicente, rompe filas. Ingresa a la pista de free style, un área pequeña de 12 x 12, plana, de madera contrachapada y capa de uretano. Hay que verlo, el documental de Peralta recupera las imágenes filmadas por Stecyk. Todos la rompen y todos, al promediar la tarde, son comprados por la industria. Y, o bien acaban patrocinando marcas corporativas o bien fundan las suyas propias accediendo al pérfido “sueño” americano. Todos menos Jay. Jay Adams posee un talento diferente. Tony Alba y Stacy Peralta son buenísimos, Alba en particular hace gala de una agresividad aplastante. No obstante Adams busca otra cosa, es otra cosa. Ni presumido a lo Alba ni calculador a lo Peralta no le interesa perfeccionarse ni ser adorado, ensayar veinte piruetas iguales lo aburre, el prestigio y los dólares no consumen su deseo. Gasta bromas pesadas, enciende morisquetas de arlequín y arroja las pelucas de los pasajeros por la ventanilla del transporte público. Todos se profesionalizan menos él. Entrevistado para este documental en la prisión de Haway (drogas) alegará, perplejo, que sus viejos camaradas comenzaron a respetar horarios y tomarse en serio algo que él consideraba tan sólo una prestancia. Un regalo de manos bondadosas y desconocidas. Uno imagina el inevitable y gradual desamparo. La práctica por la práctica en sí, antes autosuficiente, ahora institucionalizada disocia la pasión exploradora de una habilidad o de un talento (extravagantes) mediante la rutina divisoria del trabajo regulado. El placer invisible de la actividad se repliega al goce material de la plaza capitalista. Hoteles suntuosos, giras internacionales, mujeres extra fáciles y perniciosas sustancias complacientes, sus amigos, mayores que Jay, en cuestión de semanas adquieren el repulsivo mohín de las estrellas de rock. Con Jacobo Fijman, Vincent Van Gogh, Antonin Artaud y The motorcycle boy ocurre de modo parecido. A diferencia de sus colegas, éstos desplazan el foco hacia otro lugar. Indagadores constantes del borde, no persiguen ni el valor constituido del dinero ni la coartada consagratoria del aplauso, sino el deslizar la expansión de una eficacia. No saben detenerse: los encarcelan o los matan. Fijman cautivo en el Hospicio de las Mercedes, Artaud en Rodez, Van Gogh en Saint-Rémy, Adams en Haway. Representan otra clase de creación. Invisten la realeza en el exilio, príncipes alejados de su estirpe por el salvaje viento que pasa, los ojos fijos, vidriosos, sujetos al extremo más duro del barco. Un paquete aparte. Nadar junto a cocodrilos hambrientos, cazar tiburones blancos con el cuchillo entre los dientes. Explorar y moverse fuera de la norma, investigar los túneles, las almenas, los escondrijos y los pasajes del campo de batalla. Cuando Adams daba desprolijo era porque iba sin premeditación, sin plan, trastabilleaba y a partir del error y de la inestabilidad descubría figuras únicas, efímeras y desprovistas de alarde, deslumbrantes. Hablemos de crear figuras porque sí, de una inspiración brutal, casi primitiva, que persiga la belleza de la forma sólo para tocarla y no atesorarla acaso por no pertenecerle. Ignoramos cómo funciona la carrera tras el alma de la forma y/o de las palabras. Germán Céspedes, poeta desesperado de Adrogué, supo correr tras ellas y alucinado tras la música de sus cuerpos eternos inventó un complejo mecanismo de curvas, subidas y bajadas, una mini montaña rusa verbal donde las frases, igual a canales o conductos de cobre, sostuvieran el recorrido frenético del léxico aumentando la velocidad reverberante de sus múltiples sentidos por medio del ensamble sintáctico y del contraste fonético. Alguien junta digamos entre 500 y 1000 palabras, bien agarradas y calculando el margen en no más de dos hojas, allí dentro realiza, como si fueran las paredes combadas y verticales de una pileta vacía operaciones muy, muy veloces. Suprime, añade, altera, mueve, transpola, reformula, acondiciona. Infatigablemente. Entonces cada tanto la entrevé, entrevé la forma necesaria y la palabra justa, correcta, cuando es verdadera y última y no otra y ofrece un espectáculo singular, espontáneo e irrepetible.
23.2.08
Bukowski - The Days Run Away Like Wild Horses Over the Hills
libertad
tomó vino toda la noche la noche del
28. y seguía pensando en ella:
la forma en que ella caminaba y hablaba y amaba
la forma en que le dijo cosas que parecían verdad
pero no lo eran
y él supo el color de cada uno
de sus vestidos
y de sus zapatos –él conocía la cantidad y la curva de
cada taco
así como también la forma de la pierna que éste le daba.
y ella había salido otra vez cuando él volvió a su casa, y
ella volvería con ese olor especial otra vez,
y lo hizo
volvió a las tres de la mañana
repulsiva como una despreciable comemierda
y
él sacó el cuchillo de carnicero
y ella gritó
mientras se volvía hacia la pared de la pensión
todavía linda de algún modo
a pesar de la hediondez del amor
y él terminó el vaso de vino.
ese vestido amarillo
el preferido de él
y ella volvió a gritar.
y él levantó el cuchillo
y se desabrochó el cinturón
y rompió la tela delante de ella
y se cortó las bolas.
y las llevó en las manos
como damascos
y apretó el botón
después de tirarlos al inodoro
y ella siguió gritando
mientras la habitación se volvía roja
¡OH, DIOS MÍO!
¿QUÉ HICISTE?
y él se sentó con 3 toallas
entre las piernas
sin importarle ahora si ella se iba o
se quedaba
usaba el amarillo o el verde o
no usaba nada.
y con una mano sostenía y con la otra mano
servía
otro vino.
freedom: he drank wine all night the night of the/ 28th. And he kept thinking of her:/ the way she walked and talked and loved/ the way she told him things that seemed true/ but were not, and he knew the color of each/ of her dresses/ and her shoes –he knew the stock and curve of/ each heel –as well as the leg shaped by it.//and she was out again when he came home, and/ she’d come back with the special stink again,/ and she did/ she came in at 3 a.m. in the morning/ filthy like a dung-eating swine/ and/ he took out the butcher knife/ and she screamed/ backing into the roominghouse wall/ still pretty somehow/ in spite of love’s reek/ and he finished the glass of wine.//that yellow dress/ his favourite/ and she screamed again.//and he took up the knife/ and unhooked his belt/ and tore away the cloth before her/ and cut off his balls./ and carried them in his hands/ like apricots/ and flushed them down the/ toilet bowl/ and she kept screaming/ as the room became red//GOD O GOD!/ WHAT HAVE YOU DONE?//and he sat there holding 3 towels/ between his legs/ not caring now whether she left or/ stayed/ wore yellow or green or/ anything at all.//and one hand holding and one hand/ lifting he poured/ another wine.
como el gorrión
Para dar vida tenés que sacar vida
y a medida que nuestra pena se vuelve chata y vacía
sobre el mar ensangrentado de miles de millones
yo paso sobre serios bancos de peces internos que se rompen bordeados
por criaturas en putrefacción con piernas y panzas blancas
muertas hace tiempo y levantadas en contra de las escenas circundantes.
Querido niño, yo sólo te hice lo que el gorrión
te hizo; soy viejo cuando está de moda ser
joven; lloro cuando está de moda reír.
Te odiaba cuando me hubiera tomado menos coraje
amarte.
as the sparrow: To give life you must take life,/ and as our grief falls flan and hollow/ upon the billion-blooded sea/ I pass upon serious inward-breaking shoals rimmed/ with white-legged, white-bellied rotting creatures/ lengthily dead and rioting against a surrounding scenes,/ Dear child, I only did to you what the sparrow/ dido to you; I am old when it is fashionable to be/ young; I cry when it is fashionable to laugh./ I hated you when it would have taken less courage/ to love.
tacho de basura
huellas y anemia y malicia
y ¿qué podemos hacer con esto?:
una tripa en la basura…
abajo junto a las latas de cerveza del Sr. Saunders
enrollada como un gato;
la vida no puede ser menos absurda
que la lluvia
y mientras subo en ascensor
hasta el 3
cruzo a la Sra. Swanson
en la reja
maquillada y realmente muerta
pero sigue caminando
comprando dulces y grasas
y enviando tarjetas de Navidad;
y al abrir la puerta de mi dormitorio
una damisela gorda
revuelve mi visión
botellas caen
y una voz dice
¿por qué todos tus poemas son
personales?
waste basket: spoor and anemia and deviltry/ and what can we make of this?:/ a belly in the trash…/ down by Mr. Saunders’ beer cans/ curled up like a cat;/ life can be no less ludicrous/ than rain/ and as I take the lift/ up to 3/ I pass Mrs. Swanson/ in the grate/ powdered and really dead/ but walking on/ buying sweets and fats/ and mailing Christmas cards;/ and opening the door to my room/ a fat damsel scrambles my vision/ bottles fall/ and a voice says/ why are all your poems/ personal?
un poema es una ciudad
un poema es una ciudad llena de calles y costureras
llena de santos, héroes, mendigos, locos,
llena de banalidad y alcohol,
llena de lluvia y truenos y períodos de
sequía, un poema es una ciudad en guerra,
un poema es una ciudad que le pregunta por qué a un reloj,
un poema es una ciudad que se quema,
un poema es una ciudad gobernada por las armas,
sus peluquerías llenas de cínicos borrachos,
un poema es una ciudad en donde Dios se pasea desnudo
por las calles como Lady Godiva,
en donde los perros ladran a la noche y ahuyentan
la bandera; un poema es una ciudad de poetas,
la mayoría de ellos bastante similares
y envidiosos y amargos…
un poema es esta ciudad ahora
50 millas de ningún lugar,
9:O9 de la mañana,
el sabor del licor y los cigarrillos,
sin policías, sin amantes, caminando por las calles,
este poema, esta ciudad, que cierra sus puertas,
atrincherada, casi vacía, apenada sin lágrimas, envejeciendo sin pena,
las montañas rocosas,
el océano como una llama de lavanda,
una luna carente de grandeza,
una pequeña música de ventanas rotas…
un poema es una ciudad, un poema es una nación,
un poema es el mundo…
y ahora pongo esto debajo de un vaso
para el loco escrutinio del editor,
y la noche está en otro lugar
y las grises damas débiles hacen fila,
los perros siguen a los perros al estuario,
las trompetas atraen a las gaviotas
como los pequeños hombres protestan frente a las cosas
que no pueden hacer.
a poem is a city: a poem is a city filled with streets and sewers/ filled with saints, heroes, beggars, madmen,/ filled with banality and booze,/ filled with rain and thunder and periods of/ drought, a poem is a city at war, a poem is a city asking a clock why,/ a poem is a city burning,/ a poem is a city under guns/ its barbershops filled with cynical drunks, a poem is a city where God rides naked/ through the streets like Lady Godiva,/ where dogs bark at night, and chase away/ the flag; a poem is a city of poets,/ most of them quite similar/ and envious and bitter…/ a poem is this city now,/ 50 miles from nowhere,/ 9:09 in the morning,/ the taste of liquor and cigarettes,/ no police, no lovers, walking the streets,/ this poem, this city, closing its doors,/ barricaded, almost empty,/ mournful without tears, aging without pity,/ the hardrock mountains,/ the ocean like a lavender flame,/ a moon destitute of greatness,/ a small music from broken windows…//a poem is a city, a poem is a nation,/ a poem is the world…// and now I stick this under glass/ for the mad editor’s scrutiny,/ and night is elsewhere/ and faint gray ladies stand in line,/ dog follows dog to estuary,/ the trumpets bring on gallows/ as small men rant at things/ they cannot do.
Charles Bukowski. The Days Run Away Like Wild Horses Over the Hills , (1969)
Traducción: Flavia Cogliano Jalabert & Javier Fernández Paupy
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11.2.08
Bret Easton Ellis - American Stoner
Drogón americano
En 1985, a los 21 años, Bret Easton Ellis publicó su primera novela, Menos que cero. La novela, que trataba sobre adolescentes ricos y decadentes de Beverly Hills, se convirtió en un bestseller nacional, en una película de Hollywood, y fue traducida a 20 idiomas. Ellis continuó con Las leyes de la atracción, publicada en 1987, nuevamente sobre estudiantes ricos y decadentes inscriptos en la famosa Bennington Collage de Vermont. Pero fue Psicópata americano en la década de los 90, novela sobre un millonario de Wall Street que llevaba una vida secreta de fumador de crack y que quemaba los globos oculares de las mujeres, que canonizó a Ellis en la historia de la literatura. El controvertido libro ha sido llevado al cine. Su última obra, Glamorama, es sobre Victor Ward, un supermodelo perseguido por terroristas internacionales. Esta entrevista se realizó en Manhattan, donde vive Ellis.
HIGH TIMES: ¿Cuándo empezaste a escribir lo que llamarías escritura seria?
Bret Easton Ellis: ¿Escritura seria? Diría que fue cuando escribí mi primer libro, en 1978, cuando tenía 14 años. Trataba sobre un chico que tenía que conseguir un trabajo para las vacaciones, en lugar de ir a la escuela de verano, porque sus notas eran muy malas. Yo tenía que ir a la escuela de verano todo el tiempo porque mis notas eran pésimas. En el verano de 1978 tendría que haber ido a la escuela de verano, pero mis hermanas entraron en mi habitación y encontraron un poco de porro. Eran mucho más chicas que yo y dijeron: “Mamá, ¿qué es esto? Papá, ¿qué es esto?”. Mis padres lo vieron y me vinieron a decir: “No vas a ir a la escuela de verano, sos un vago, un maleducado, un malacostumbrado. Vas a conseguir un trabajo y vas a dejar de fumar porro”. Así que me mandaron a lo de mi abuelo, que dirigía algunos hoteles sucios en Nevada. Fui a trabajar como cajero en la cafetería de uno de los hoteles. En realidad no dejé de fumar porro, pero probablemente me haya hecho ser una mejor persona en cierto modo. Esa fue la primera novela que escribí. Se basaba en ese verano.
¿Cómo describirías tu vida después de Menos que cero?
Rara. Trabajé en Menos que cero mientras estudiaba en la Universidad. Mi vida en Los Ángeles, en realidad, no se parecía de ninguna forma a la vida plasmada en la novela. Nací en una bonita familia de clase media. Viví en el Valle de San Fernando, no en Beverly Hills, no me crié en Bel Air. Fui a escuelas privadas, mientras que la mayoría de los chicos que retraté en Menos que cero vivían en casas grandes sobre las colinas, y sus padres trabajaban en la industria del cine. Pero Menos que cero no es una novela autobiográfica –no hay una sola escena en el libro, ni una sola línea de diálogo, ni siquiera un personaje que yo pueda señalar en el libro y decir: “Sí, ese soy yo, esa es mi vida”.
Había escrito tres novelas antes que Menos que cero. Ninguna de ellas fue publicada. Menos que cero trataba verdaderamente acerca de mis sentimientos sobre mi generación y sobre los Estados Unidos en general, los años de Reagan, y qué tipo de persona producía esto y toda esa pasividad. Eso es lo que realmente me interesaba. No me interesaba escribir una novela autobiográfica sobre mi vida en Los Ángeles. Fue una juventud sencilla. Estuvo bien.
Dejaste el calor del Sur de California por el frío de la Bennington College de Vermont. ¿Cómo fue ese cambio para vos?
Fue un gran alivio dejar Los Ángeles y conocer gente de mi edad que estaba leyendo libros y querían ser pintores, artistas o músicos. La mayoría de las personas que conocía del secundario sólo querían meterse automáticamente en la industria del cine. Mi vida realmente cambió en lo que se refiere a conocer gente con la cual sentía algún tipo de conexión. Bennington era realmente fascinante. Fue antes del SIDA, antes del “Just Say No” [sólo diga no]. Eran tiempos ciertamente muy liberales y a la vez muy inocentes al compararlos con la década del 90. Siempre pensé que fue inquietante y decadente, pero en realidad no lo era. Fueron los últimos días libres de preocupación.
Mucha gente compara la escena de Bennington de la década del 80 con Woodstock –gente corriendo desnuda, fumando porro, orgías. ¿Fue real o es una exageración?
No, no es una exageración. Pero tenés que tener en cuenta que la edad para consumir alcohol no se había aumentado –todavía era 18– y no había guardias de seguridad en las fiestas. Las fiestas “vestidos para relajarse” me impactaron la primera vez que fui a una, no podía creer la desnudez y el sexo público. De 1982 a 1985 no creo haber visto un solo preservativo en el campus. Eran otros tiempos.
¿Cómo era el ambiente de la droga?
Siempre fue marihuana en Bennington, pero también había anfetaminas y cocaína, especialmente durante el semestre en que estuve ahí. El campus entero estaba cautivado por un individuo que hacía anfetaminas en uno de los dormitorios. Ese semestre completo todos estaban en esa. Pero casi siempre un grupo sofisticado y no una banda de chicos volviéndose locos. No quiero llamar a nadie un drogadicto inteligente y que suene como un oxímoron. Pero es verdad; es decir, había muchos drogadictos inteligentes en Bennington. En realidad, nunca se les fue de las manos. Nunca interfirió en sus vidas. Nunca tuvieron que hacer rehabilitación ni los echaron del campus. Pienso que la gente estaba un poco asustada para comprender cuán sofisticados eran esas personas.
¿Es verdad que escribiste Menos que cero en ocho semanas bajo los efectos de la metanfetamina cristalizada?
Sí, es verdad.
¿Podés describirlo?
La gente no se da cuenta de que escribí Menos que cero bajo los efectos de la metanfetamina cristalizada, pero el borrador tenía mil páginas, completamente ilegibles, y eran una mierda. Por lo que la metanfetamina cristalizada me hizo escribir una novela de mil páginas con interlineado simple, que en rigor sólo necesitaba doscientas páginas, la longitud con la que fue publicada. Me tomó de dos años y medio a tres años de escritura, en estado sobrio, completar ese libro. Nunca fui un gran consumidor de drogas al escribir. La última vez que las usé fue en Miami hace cinco o seis años, y había estado despierto hasta tarde, con gente, de fiesta. Volví a mi habitación de hotel y escribí durante dos horas y después me fui a dormir; miré lo que había escrito a la mañana siguiente y era horrible. Verdaderamente siempre lo es. Es tan difícil escribir bien, incluso cuando estás concentrado y sobrio, que drogado pareciera un imposible.
Algunas partes de Psicópata americano, en especial ciertas escenas violentas, parecen inducidas por la droga.
El hecho de que lo haya escrito sobrio no necesariamente significa que ese haya sido un período sobrio o libre de drogas. Estaba bastante compartido. Me podía despertar, trabajar en el libro, y pasar una noche realmente agitada. Mi cuerpo podía procesarlo mejor, debido a que escribí ese libro entre mis 23 y 26 años, y podía mantenerme despierto toda la noche y trabajar a la mañana siguiente; en cambio ahora ya no es más una posibilidad real para mí. Pero durante los años que la escribí definitivamente hubo mucho consumo de cocaína.
¿Es por eso que el personaje principal es tan egoísta?
[Risas] La cocaína es una droga muy egoísta, te vuelve paranoico y tiende a alienarte. Pero yo siempre me sorprendo cuando me entero de que alguien termina en rehabilitación, cuando la gente no conoce o no puede establecer sus límites. Es como comer o beber –uno sabe cuando ya comió o bebió suficiente, y tiene una especie de autocontrol para decir: “Bueno, nunca voy a drogarme tanto como para no poder volver a drogarme”.
Hay un punto en el que se puede decir que no y esperar una semana o lo que sea. No me parece tan difícil incorporarlo a la tela de la vida.
¿Qué pensás que provocó la reacción brutal después de la publicación de Psicópata americano? ¿Fue sólo la violencia?
Definitivamente fue la violencia. Eso empezó todo el asunto. Pero la gente tiende a olvidarse que al crítico establishment norteamericano, o a la prensa o a los guardianes de la cultura nunca les gustó mi trabajo. Pareciera que todos creen que a los críticos y a la prensa les encantó Menos que cero cuando se publicó, sin embargo, yo recuerdo otra cosa. Cerca de la mitad de las reseñas eran muy duras y negativas, y presentaban sospechas acerca de dónde había salido este Bret Easton Ellis. Criticaron la chatura del tono, mi prosa minimalista. Y continuó en mi próximo libro, Las leyes de la atracción, que fue despiadadamente basureado. Después vino Psicópata americano, una continuación de esta teoría de estilo de cuatrocientas páginas, en la que hay cinco o seis páginas increíblemente descriptivas. Ahora miro hacia atrás y creo debería haberme dado cuenta. Pero realmente no pensé que la gente iba a notar eso. Creí que la gente vería el humor, la sátira y los demás elementos del libro. De algún modo creí que la violencia distraía mucho a la gente. Quizás si la hubiera suavizado, nada de esto hubiera pasado, el libro no hubiera tenido la reputación que tuvo. No puedo volver el tiempo atrás y hacer algo para cambiarlo, pero hay una parte de mi que piensa que quizás fui demasiado lejos.
Hablemos de Glamorama. ¿Qué hizo que eligieras este tema?
Con frecuencia el tema te elige a vos. No tengo interés en el mundo de la moda. En realidad, no tenía interés en los modelos. Tengo interés en escribir sobre una teoría de la conspiración. Estaba muy interesado en las conspiraciones y quería escribir sobre ese tema. Y lo que despegó de ahí fue la idea de que hubiera terroristas involucrados en esa conspiración. Entonces, ¿quién estaría involucrado en la conspiración? Bueno, vino a mi mente Victor Ward, un personaje de Las leyes de la atracción. Y pensé: ¿qué estaría haciendo ahora?, y luego pensé: estaría viviendo en Nueva York, probablemente saliendo con supermodelos y frecuentando ese escenario nocturno. Fue ahí cuando empezó a tomar forma el tema de la moda. Después se me ocurrió la idea de los terroristas utilizando un mundo donde todo es la superficie y la imagen como una pantalla para cometer sus actos, y todo se articuló.
Con respecto a los personajes de Glamorama, todo tiene que ver con las presiones de verse bien y con ser glamoroso.
Lo que como sociedad y cultura consideramos importante y valioso son generalmente las cosas que no tenemos. Todo tiene que ver con lo inconseguible. De eso se trata la cultura de la moda y de las celebridades. Y creo que de cierta forma eso impone enormes cargas a la gente, los hace desesperarse mucho y creo que, de algún modo, las drogas son una puerta de entrada para sentirse diferente, para sentirse bien. Quizás si nuestra sociedad fuera más utópica e invirtiera nuestras necesidades con algún significado, las cosas serían diferentes. Pero nuestra sociedad está constantemente trabajando en contra de nosotros y de nuestras necesidades como animales físicos. Es eso lo que pensaba con respecto a los personajes que se drogan.
Cuando hablás de drogas, ¿hacés una diferencia entre el porro y las drogas duras?
Debido a que muchas de las personas que conozco, incluso yo, generalmente, fuman porro, en realidad no me doy cuenta. Podés ir a muchos lugares en Manhatan donde se puede encender un porro en un bar y nadie dice nada. Se huele constantemente en las calles. Parece que está la idea de no considerarla una droga dura porque es de consumo muy amplio. Es una parte más de la tela de la cultura. Ya no se iguala a la marihuana con otras drogas. Y no creo que la gente realmente haga la asociación con el uso recreativo del porro que sí hacen con otras drogas, especialmente no ahora que todos hablan del uso medicinal de la marihuana. No entiendo esa estafa. ¿En contra de qué están? Creo que, en pocas palabras, el argumento de la estafa es que todos se van a colocar con porro, todo el tiempo, y causarán problemas sociales.
Bien, hay una teoría sobre la puerta de entrada, que un estudio gubernamental dijo que no es verdad.
No creo en eso tampoco. No sólo es el alcohol la puerta de entrada a las drogas, sino que creo que es la puerta de entrada a las drogas.
¿Dirías que sos un fumador ocasional o diario?
Si está cerca, está cerca. Miralo de esta forma: no tengo dealer. No compro grandes cantidades pero tengo amigos que lo hacen. Si vivís en cualquiera de las grandes ciudades y tenés cierta edad, tenés amigos que fuman porro. Y no es algo de lo que todos obligatoriamente se horroricen. Hay una característica casual que mucha gente necesariamente no nota. No es una característica sobresaliente de sus vidas. Diría que mi hábito es bastante medido, como el de mucha gente de la ciudad relacionada al mundo de las publicaciones. Sin embargo hay todavía un cierto grado de temor acerca de las drogas y de la gente que las consumen, al que considero ridículo.
¿Qué son las drogas duras?
Hace un par de años experimenté con la heroína. La heroína, en mi generación, había sido tan endemoniada que, la primera vez que la vi en una fiesta, me asusté mucho, ni siquiera se la estaban inyectando, sino que la aspiraban. Pero me interesó probarla. Como escritor, siempre sentí que hay que probarlo todo, experimentar todo lo que se pueda. Esa podría ser una simple excusa para no acostarse con nadie y drogarse a gusto, pero una parte de mí todavía cree en eso. Así que lo hice con alguien muy cuidadoso, el clima era ideal. Pero te voy a decir algo: al final la heroína liquida entre el ochenta y el noventa por ciento de sus consumidores. Te come, es algo que no se puede controlar de la misma manera en que se puede controlar la marihuana, las pastillas o los alucinógenos.
¿Qué tenés para decir de los alucinógenos?
Mi experiencia con los alucinógenos es bastante escasa, pero también significativa. La primera vez que tomé ácido fue con mi compañero de cuarto de la universidad. Él era hippie; yo, no. Yo era, vergonzosamente, un idiota de la nueva onda de Los Ángeles. Mi parte de la habitación era por completo del estilo elegante y minimalista del gigoló americano. Él tenía posters de Dead y usaba una bincha en la cabeza. No entiendo por qué nos pusieron juntos. Peleábamos constante y amargadamente. Parecía un episodio de I Love Lucy[1]. Pusimos una cinta a lo largo de la habitación, y ninguno de los dos podía cruzarla. Sus amigos venían y se comportaban como hippies. Ellos tocaban temas de Dead, fumaban porro, mientras que mis amigos escuchaban Duran Duran; era una combinación realmente horrible.
Finalmente una noche dijo que deberíamos hacernos amigos, y yo accedí. “¿Por qué no tomás un poco de ácido conmigo?”, y le contesté: “Me encantaría pero tengo que ir a cenar y a ver una película, así que dámelo y lo tomo”. Se llamaba dragón azul, me dio una dosis y no pasó nada. Le dije: “Soy un tipo grande; dame otra”.
En ese momento, pensaba que el ácido era un mito y, por supuesto, cuarenta y cinco minutos más tarde, seis chicos me sacaron riéndome histéricamente del cine. Después empecé a viajar intensamente. Un mal viaje. Las visiones, los sonidos, creí haber visto al diablo, bla, bla, bla. Recuerdo haberme alejado corriendo de mis amigos que sabían lo que me estaba pasando y me lo querían explicar. Me fui y corrí hasta la habitación de mi mejor amigo. Abrí la puerta de su habitación y salté la cama gritando: “¡AYUDAME AYUDAME –ESTOY DE TRIP!”. No hubo nada más que silencio en la habitación. Entonces, me miró y dijo: “Bret, estos son mi papá y mi mamá; me vinieron a visitar el fin de semana. ¿Podemos hablar de esto más tarde?”.
[1] I love Lucy: Sitcom (comedia serial norteamericana de media hora de duración). Lucy es Lucille Ball, su marido, tanto en la ficción como en la realidad, era cubano.
Bret Easton Ellis entrevistado por Toby Rogers. En High Times, August, 1999, nº 288, New York.
Traducción: Flavia Cogliano Jalabert y Javier Fernández Paupy
En 1985, a los 21 años, Bret Easton Ellis publicó su primera novela, Menos que cero. La novela, que trataba sobre adolescentes ricos y decadentes de Beverly Hills, se convirtió en un bestseller nacional, en una película de Hollywood, y fue traducida a 20 idiomas. Ellis continuó con Las leyes de la atracción, publicada en 1987, nuevamente sobre estudiantes ricos y decadentes inscriptos en la famosa Bennington Collage de Vermont. Pero fue Psicópata americano en la década de los 90, novela sobre un millonario de Wall Street que llevaba una vida secreta de fumador de crack y que quemaba los globos oculares de las mujeres, que canonizó a Ellis en la historia de la literatura. El controvertido libro ha sido llevado al cine. Su última obra, Glamorama, es sobre Victor Ward, un supermodelo perseguido por terroristas internacionales. Esta entrevista se realizó en Manhattan, donde vive Ellis.
HIGH TIMES: ¿Cuándo empezaste a escribir lo que llamarías escritura seria?
Bret Easton Ellis: ¿Escritura seria? Diría que fue cuando escribí mi primer libro, en 1978, cuando tenía 14 años. Trataba sobre un chico que tenía que conseguir un trabajo para las vacaciones, en lugar de ir a la escuela de verano, porque sus notas eran muy malas. Yo tenía que ir a la escuela de verano todo el tiempo porque mis notas eran pésimas. En el verano de 1978 tendría que haber ido a la escuela de verano, pero mis hermanas entraron en mi habitación y encontraron un poco de porro. Eran mucho más chicas que yo y dijeron: “Mamá, ¿qué es esto? Papá, ¿qué es esto?”. Mis padres lo vieron y me vinieron a decir: “No vas a ir a la escuela de verano, sos un vago, un maleducado, un malacostumbrado. Vas a conseguir un trabajo y vas a dejar de fumar porro”. Así que me mandaron a lo de mi abuelo, que dirigía algunos hoteles sucios en Nevada. Fui a trabajar como cajero en la cafetería de uno de los hoteles. En realidad no dejé de fumar porro, pero probablemente me haya hecho ser una mejor persona en cierto modo. Esa fue la primera novela que escribí. Se basaba en ese verano.
¿Cómo describirías tu vida después de Menos que cero?
Rara. Trabajé en Menos que cero mientras estudiaba en la Universidad. Mi vida en Los Ángeles, en realidad, no se parecía de ninguna forma a la vida plasmada en la novela. Nací en una bonita familia de clase media. Viví en el Valle de San Fernando, no en Beverly Hills, no me crié en Bel Air. Fui a escuelas privadas, mientras que la mayoría de los chicos que retraté en Menos que cero vivían en casas grandes sobre las colinas, y sus padres trabajaban en la industria del cine. Pero Menos que cero no es una novela autobiográfica –no hay una sola escena en el libro, ni una sola línea de diálogo, ni siquiera un personaje que yo pueda señalar en el libro y decir: “Sí, ese soy yo, esa es mi vida”.
Había escrito tres novelas antes que Menos que cero. Ninguna de ellas fue publicada. Menos que cero trataba verdaderamente acerca de mis sentimientos sobre mi generación y sobre los Estados Unidos en general, los años de Reagan, y qué tipo de persona producía esto y toda esa pasividad. Eso es lo que realmente me interesaba. No me interesaba escribir una novela autobiográfica sobre mi vida en Los Ángeles. Fue una juventud sencilla. Estuvo bien.
Dejaste el calor del Sur de California por el frío de la Bennington College de Vermont. ¿Cómo fue ese cambio para vos?
Fue un gran alivio dejar Los Ángeles y conocer gente de mi edad que estaba leyendo libros y querían ser pintores, artistas o músicos. La mayoría de las personas que conocía del secundario sólo querían meterse automáticamente en la industria del cine. Mi vida realmente cambió en lo que se refiere a conocer gente con la cual sentía algún tipo de conexión. Bennington era realmente fascinante. Fue antes del SIDA, antes del “Just Say No” [sólo diga no]. Eran tiempos ciertamente muy liberales y a la vez muy inocentes al compararlos con la década del 90. Siempre pensé que fue inquietante y decadente, pero en realidad no lo era. Fueron los últimos días libres de preocupación.
Mucha gente compara la escena de Bennington de la década del 80 con Woodstock –gente corriendo desnuda, fumando porro, orgías. ¿Fue real o es una exageración?
No, no es una exageración. Pero tenés que tener en cuenta que la edad para consumir alcohol no se había aumentado –todavía era 18– y no había guardias de seguridad en las fiestas. Las fiestas “vestidos para relajarse” me impactaron la primera vez que fui a una, no podía creer la desnudez y el sexo público. De 1982 a 1985 no creo haber visto un solo preservativo en el campus. Eran otros tiempos.
¿Cómo era el ambiente de la droga?
Siempre fue marihuana en Bennington, pero también había anfetaminas y cocaína, especialmente durante el semestre en que estuve ahí. El campus entero estaba cautivado por un individuo que hacía anfetaminas en uno de los dormitorios. Ese semestre completo todos estaban en esa. Pero casi siempre un grupo sofisticado y no una banda de chicos volviéndose locos. No quiero llamar a nadie un drogadicto inteligente y que suene como un oxímoron. Pero es verdad; es decir, había muchos drogadictos inteligentes en Bennington. En realidad, nunca se les fue de las manos. Nunca interfirió en sus vidas. Nunca tuvieron que hacer rehabilitación ni los echaron del campus. Pienso que la gente estaba un poco asustada para comprender cuán sofisticados eran esas personas.
¿Es verdad que escribiste Menos que cero en ocho semanas bajo los efectos de la metanfetamina cristalizada?
Sí, es verdad.
¿Podés describirlo?
La gente no se da cuenta de que escribí Menos que cero bajo los efectos de la metanfetamina cristalizada, pero el borrador tenía mil páginas, completamente ilegibles, y eran una mierda. Por lo que la metanfetamina cristalizada me hizo escribir una novela de mil páginas con interlineado simple, que en rigor sólo necesitaba doscientas páginas, la longitud con la que fue publicada. Me tomó de dos años y medio a tres años de escritura, en estado sobrio, completar ese libro. Nunca fui un gran consumidor de drogas al escribir. La última vez que las usé fue en Miami hace cinco o seis años, y había estado despierto hasta tarde, con gente, de fiesta. Volví a mi habitación de hotel y escribí durante dos horas y después me fui a dormir; miré lo que había escrito a la mañana siguiente y era horrible. Verdaderamente siempre lo es. Es tan difícil escribir bien, incluso cuando estás concentrado y sobrio, que drogado pareciera un imposible.
Algunas partes de Psicópata americano, en especial ciertas escenas violentas, parecen inducidas por la droga.
El hecho de que lo haya escrito sobrio no necesariamente significa que ese haya sido un período sobrio o libre de drogas. Estaba bastante compartido. Me podía despertar, trabajar en el libro, y pasar una noche realmente agitada. Mi cuerpo podía procesarlo mejor, debido a que escribí ese libro entre mis 23 y 26 años, y podía mantenerme despierto toda la noche y trabajar a la mañana siguiente; en cambio ahora ya no es más una posibilidad real para mí. Pero durante los años que la escribí definitivamente hubo mucho consumo de cocaína.
¿Es por eso que el personaje principal es tan egoísta?
[Risas] La cocaína es una droga muy egoísta, te vuelve paranoico y tiende a alienarte. Pero yo siempre me sorprendo cuando me entero de que alguien termina en rehabilitación, cuando la gente no conoce o no puede establecer sus límites. Es como comer o beber –uno sabe cuando ya comió o bebió suficiente, y tiene una especie de autocontrol para decir: “Bueno, nunca voy a drogarme tanto como para no poder volver a drogarme”.
Hay un punto en el que se puede decir que no y esperar una semana o lo que sea. No me parece tan difícil incorporarlo a la tela de la vida.
¿Qué pensás que provocó la reacción brutal después de la publicación de Psicópata americano? ¿Fue sólo la violencia?
Definitivamente fue la violencia. Eso empezó todo el asunto. Pero la gente tiende a olvidarse que al crítico establishment norteamericano, o a la prensa o a los guardianes de la cultura nunca les gustó mi trabajo. Pareciera que todos creen que a los críticos y a la prensa les encantó Menos que cero cuando se publicó, sin embargo, yo recuerdo otra cosa. Cerca de la mitad de las reseñas eran muy duras y negativas, y presentaban sospechas acerca de dónde había salido este Bret Easton Ellis. Criticaron la chatura del tono, mi prosa minimalista. Y continuó en mi próximo libro, Las leyes de la atracción, que fue despiadadamente basureado. Después vino Psicópata americano, una continuación de esta teoría de estilo de cuatrocientas páginas, en la que hay cinco o seis páginas increíblemente descriptivas. Ahora miro hacia atrás y creo debería haberme dado cuenta. Pero realmente no pensé que la gente iba a notar eso. Creí que la gente vería el humor, la sátira y los demás elementos del libro. De algún modo creí que la violencia distraía mucho a la gente. Quizás si la hubiera suavizado, nada de esto hubiera pasado, el libro no hubiera tenido la reputación que tuvo. No puedo volver el tiempo atrás y hacer algo para cambiarlo, pero hay una parte de mi que piensa que quizás fui demasiado lejos.
Hablemos de Glamorama. ¿Qué hizo que eligieras este tema?
Con frecuencia el tema te elige a vos. No tengo interés en el mundo de la moda. En realidad, no tenía interés en los modelos. Tengo interés en escribir sobre una teoría de la conspiración. Estaba muy interesado en las conspiraciones y quería escribir sobre ese tema. Y lo que despegó de ahí fue la idea de que hubiera terroristas involucrados en esa conspiración. Entonces, ¿quién estaría involucrado en la conspiración? Bueno, vino a mi mente Victor Ward, un personaje de Las leyes de la atracción. Y pensé: ¿qué estaría haciendo ahora?, y luego pensé: estaría viviendo en Nueva York, probablemente saliendo con supermodelos y frecuentando ese escenario nocturno. Fue ahí cuando empezó a tomar forma el tema de la moda. Después se me ocurrió la idea de los terroristas utilizando un mundo donde todo es la superficie y la imagen como una pantalla para cometer sus actos, y todo se articuló.
Con respecto a los personajes de Glamorama, todo tiene que ver con las presiones de verse bien y con ser glamoroso.
Lo que como sociedad y cultura consideramos importante y valioso son generalmente las cosas que no tenemos. Todo tiene que ver con lo inconseguible. De eso se trata la cultura de la moda y de las celebridades. Y creo que de cierta forma eso impone enormes cargas a la gente, los hace desesperarse mucho y creo que, de algún modo, las drogas son una puerta de entrada para sentirse diferente, para sentirse bien. Quizás si nuestra sociedad fuera más utópica e invirtiera nuestras necesidades con algún significado, las cosas serían diferentes. Pero nuestra sociedad está constantemente trabajando en contra de nosotros y de nuestras necesidades como animales físicos. Es eso lo que pensaba con respecto a los personajes que se drogan.
Cuando hablás de drogas, ¿hacés una diferencia entre el porro y las drogas duras?
Debido a que muchas de las personas que conozco, incluso yo, generalmente, fuman porro, en realidad no me doy cuenta. Podés ir a muchos lugares en Manhatan donde se puede encender un porro en un bar y nadie dice nada. Se huele constantemente en las calles. Parece que está la idea de no considerarla una droga dura porque es de consumo muy amplio. Es una parte más de la tela de la cultura. Ya no se iguala a la marihuana con otras drogas. Y no creo que la gente realmente haga la asociación con el uso recreativo del porro que sí hacen con otras drogas, especialmente no ahora que todos hablan del uso medicinal de la marihuana. No entiendo esa estafa. ¿En contra de qué están? Creo que, en pocas palabras, el argumento de la estafa es que todos se van a colocar con porro, todo el tiempo, y causarán problemas sociales.
Bien, hay una teoría sobre la puerta de entrada, que un estudio gubernamental dijo que no es verdad.
No creo en eso tampoco. No sólo es el alcohol la puerta de entrada a las drogas, sino que creo que es la puerta de entrada a las drogas.
¿Dirías que sos un fumador ocasional o diario?
Si está cerca, está cerca. Miralo de esta forma: no tengo dealer. No compro grandes cantidades pero tengo amigos que lo hacen. Si vivís en cualquiera de las grandes ciudades y tenés cierta edad, tenés amigos que fuman porro. Y no es algo de lo que todos obligatoriamente se horroricen. Hay una característica casual que mucha gente necesariamente no nota. No es una característica sobresaliente de sus vidas. Diría que mi hábito es bastante medido, como el de mucha gente de la ciudad relacionada al mundo de las publicaciones. Sin embargo hay todavía un cierto grado de temor acerca de las drogas y de la gente que las consumen, al que considero ridículo.
¿Qué son las drogas duras?
Hace un par de años experimenté con la heroína. La heroína, en mi generación, había sido tan endemoniada que, la primera vez que la vi en una fiesta, me asusté mucho, ni siquiera se la estaban inyectando, sino que la aspiraban. Pero me interesó probarla. Como escritor, siempre sentí que hay que probarlo todo, experimentar todo lo que se pueda. Esa podría ser una simple excusa para no acostarse con nadie y drogarse a gusto, pero una parte de mí todavía cree en eso. Así que lo hice con alguien muy cuidadoso, el clima era ideal. Pero te voy a decir algo: al final la heroína liquida entre el ochenta y el noventa por ciento de sus consumidores. Te come, es algo que no se puede controlar de la misma manera en que se puede controlar la marihuana, las pastillas o los alucinógenos.
¿Qué tenés para decir de los alucinógenos?
Mi experiencia con los alucinógenos es bastante escasa, pero también significativa. La primera vez que tomé ácido fue con mi compañero de cuarto de la universidad. Él era hippie; yo, no. Yo era, vergonzosamente, un idiota de la nueva onda de Los Ángeles. Mi parte de la habitación era por completo del estilo elegante y minimalista del gigoló americano. Él tenía posters de Dead y usaba una bincha en la cabeza. No entiendo por qué nos pusieron juntos. Peleábamos constante y amargadamente. Parecía un episodio de I Love Lucy[1]. Pusimos una cinta a lo largo de la habitación, y ninguno de los dos podía cruzarla. Sus amigos venían y se comportaban como hippies. Ellos tocaban temas de Dead, fumaban porro, mientras que mis amigos escuchaban Duran Duran; era una combinación realmente horrible.
Finalmente una noche dijo que deberíamos hacernos amigos, y yo accedí. “¿Por qué no tomás un poco de ácido conmigo?”, y le contesté: “Me encantaría pero tengo que ir a cenar y a ver una película, así que dámelo y lo tomo”. Se llamaba dragón azul, me dio una dosis y no pasó nada. Le dije: “Soy un tipo grande; dame otra”.
En ese momento, pensaba que el ácido era un mito y, por supuesto, cuarenta y cinco minutos más tarde, seis chicos me sacaron riéndome histéricamente del cine. Después empecé a viajar intensamente. Un mal viaje. Las visiones, los sonidos, creí haber visto al diablo, bla, bla, bla. Recuerdo haberme alejado corriendo de mis amigos que sabían lo que me estaba pasando y me lo querían explicar. Me fui y corrí hasta la habitación de mi mejor amigo. Abrí la puerta de su habitación y salté la cama gritando: “¡AYUDAME AYUDAME –ESTOY DE TRIP!”. No hubo nada más que silencio en la habitación. Entonces, me miró y dijo: “Bret, estos son mi papá y mi mamá; me vinieron a visitar el fin de semana. ¿Podemos hablar de esto más tarde?”.
[1] I love Lucy: Sitcom (comedia serial norteamericana de media hora de duración). Lucy es Lucille Ball, su marido, tanto en la ficción como en la realidad, era cubano.
Bret Easton Ellis entrevistado por Toby Rogers. En High Times, August, 1999, nº 288, New York.
Traducción: Flavia Cogliano Jalabert y Javier Fernández Paupy
2.1.08
Los reportajes de Carlos Correas, por Javier Fernández Paupy
¿Quién de nosotros en sus días de ambición no ha soñado con el milagro de una prosa poética, musical mas sin ritmo y sin rima, lo bastante flexible y con los contrastes suficientes para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones de la fantasía y a los sobresaltos de la conciencia? Es de la frecuentración de las grandes ciudades, del cruzamiento de sus innumerables relaciones de donde nace sobre todo este ideal obsesivo.
Charles Baudelaire. (Dedicatoria a Arsène Houssaye. El spleen de Paris. 1869)
Es claro que el conjunto de calles, de escenografías urbanas, de recorridos más o menos erráticos, de minuciosas descripciones a través del espectáculo de la ciudad y de los pueblos forman una trama compleja en la obra de Carlos Correas. El viaje y el paisaje serán vías privilegiadas para transitar un camino tan autobiográfico como existencial, centrado en el encuentro tanto como en la evasión de sí mismo.
El escenario de las peripecias que le acometen al protagonista de Los reportajes de Félix Chaneton está íntimamente ligado a los hallazgos de su propia existencia. Uno de los temas centrales de la obra es el viaje. El itinerario de la búsqueda de un cuerpo y la relación más o menos subordinada entre un aprendiz de veinticinco años y su socrático maestro y demonio, en el primero de los tres relatos, supone recorridos y desplazamientos espacio-temporales tanto como narrativos. El determinismo espacial que habita en la configuración de los “tipos" humanos y en el retrato del aburrimiento, del minucioso desgaste, y sobretodo del proceso de adaptación a un espacio otro por parte de un traductor de cuarenta años que de visita junto a su mujer en el pueblo de sus suegros a setenta kilómetros de la ciudad de Rosario y azorado ante la cotidiana pasividad en la vida de un pueblo acomete su relato mediante una descripción exhaustiva desde la extrañada perspectiva del viajero. Del mismo modo que el profesor universitario, viajero visitador de cuarenta y dos años, por momentos peligrosamente solo, maestro iniciado de "paseos exploratorios" a una jovencita de diecinueve años con quien disfruta callejear por Buenos Aires; todos estos recorridos que tienen como protagonista a Félix Chaneton se presentan como formas de narrar biografías y autobiografías. La obra abraza el problema de las "escrituras del yo", de las "escrituras autobiográficas", de los "diarios personales", en suma: la de Correas es una literatura existencial. Los desplazamientos entonces no serán sólo un motor en la progresión de la trama sino sobretodo la forma privilegiada de autoconocimiento, por parte del narrador, de que su vida es el material justo para plasmar su obra.
"Dialogar con uno mismo: esto es el arte." Así lo pensó el ingeniero, agrónomo provincial y escritor ruso, Andréi Platónov. En una introducción a sus crónicas de la revolución rusa, Viaje sentimental, el soldado retirado y narrador Viktor Shklovski anota: "Voy a hablar un poco de mí y de mi Viaje sentimental, como si tuviese que rellenar un cuestionario". Se me permitirá una cita felizmente no académica: un prólogo fechado en 1969/71 por el poeta y cineasta James Douglas Morrison[1]: "Creo que la entrevista es la nueva forma de arte. Pienso que la autoentrevista es la esencia de la creatividad. Hacerse preguntas a uno mismo y tratar de encontrar las respuestas. El escritor simplemente está respondiendo una serie de preguntas impronunciadas. Es parecido a responder preguntas en un estrado. Es ese extraño ámbito en el que uno intenta e identifica algo que sucedió en el pasado y trata de recordar con honestidad qué quiso hacer. Es un ejercicio mental crucial. Una entrevista, generalmente, te dará la posibilidad de confrontar tu mente con preguntas, de lo que para mí se trata el arte". Ahora sí, luego de estos aportes, puedo pensar en las palabras de uno de los desdoblamientos de Correas, Juan Manuel Levinas, cuando en el prólogo dice: "Como de ordinario entendemos por reportaje el texto elaborado tras una encuesta personal del autor, mitigaremos condescendientemente, según se quiera, esa ordinariéz si encuestador y encuestado son uno y el mismo en el hecho estético" (...) Éstos reportajes son autorreportajes a modo de capítulos de una novela autobiográfica. (...) Para contar una vida hay que volver contable la vida".
[Antes de avanzar con el tema propuesto me gustaría hacer una pequeña digresión. Leyendo uno de los manifiestos surrealistas de André Bretón di con una frase que me resultó absolutamente perturbadora. "El interés por la vida carece de base"; había algo en el sintagma que me molestaba, y lo repetí mentalmente hasta que descubrir lo que me irritaba de esa idea. A mi juicio, la vida puede carecer de sentido, eso es fácil de aceptar, pero a lo que nunca podría suscribir es a que el interés por la vida carece de base, siendo el interés por la vida, esa subjetividad, lo que acaso le otorgue un sentido a lo que en sí mismo no lo tiene. Cuando leí por primera vez Los reportajes de Félix Chaneton yo estaba sugestionado por una idea, que en realidad no era más que una declaración personal de gustos por parte de una persona cuya oratoria me tenía ciertamente fascinado. La idea me perturbaba como aquella otra de Bretón aunque de manera diferente, cuántas veces la admiración provoca transformaciones radicales en la personalidad. Simplemente le había escuchado decir que la aburrían los relatos de “viajes de drogas”. Me sentí automáticamente en deuda con muchas de mis lecturas de mayor goce: Paraísos artificiales, Confesiones de un opiómano inglés, Una temporada en el infierno, Opio (Diario de una desintoxicación), Las puertas de la percepción, El almuerzo desnudo, buena parte de la obra de Bukowski o Bret Easton Elis. Entonces me propuse leer la novela desde William Blake y desde la larga tradición de los viajeros mentales. Mis anotaciones eran las siguientes: "Una gran cucharada de sal disuelta en un vaso de agua y una dosis de fenobarbital correspondiente a un adicto", los recurrentes usos de la Benzedrina en las caminatas con Carreras. La intoxicación alcohólica en Coronado en relación con las formas de medir el tiempo, o sea, la pérdida de la noción espacio-temporal provocada por el alcohol; vino blanco Cresta Roja, una botella de Old Smuggler, cerveza blanca santafecina, cuatro sedantes, vino garnacha, ginebra con hielo, más ginebra con hielo, otra botella de whisky, una dosis de whisky en la cerveza; resaca con cerveza en un pueblo perdido del mapa. De nuevo en la ciudad, un vino blanco con un diariero borracho en su puesto de diarios en el barrio de Palermo, una caja de Aplacasse entre programas de cine en la pensión Mundial, una botella de jerez, dos frascos de Stenamina, varias copas de vino a las 9 y 30 de la mañana frente a la estación de ómnibus, finalmente, y en el paroxismo del viaje, dos vasos de whisky con alcohol puro de quemar "Purocol" desencadenan la toma de conciencia final de la escritura autobiográfica como "último recurso". Entonces hubiese querido relacionar la literatura de Correas con la idea del “vidente” de Rimbaud (Carta a Georges Izambard, mayo de 1871), y su utopía de llegar a lo desconocido por medio del desarreglo sistematizado de todos los sentidos, el trabajo mental que perpetra sobre si mismo el que lo experimenta, sus meditaciones y las experiencias que implica esa alteración de las percepciones. Pero seguí releyendo a Rimbaud hasta encontrar estos versos: "Amé el desierto, los vergeles calcinados, las tiendas marchitas, las bebidas tibias. Me arrastraba por hediondas callejuelas y, con los ojos cerrados, me ofrecía al sol". Leí, como por primera vez, la serie de poemas Ciudades y Ciudad en Iluminaciones y fue así como se me reveló cuál era la lectura que quería hacer de Correas; no una obnubilada crítica erigida sobre una discrepancia estética –si en definitiva una de las únicas cosas que realmente nos pertenecen son nuestros gustos, nuestras opiniones, y es en las diferencias en donde nos igualamos– sino una lectura basada en esa otra idea de Rimbaud, la del vagabundo que camina hasta gastar las suelas de sus zapatos: “Mi ciudad natal es de una idiotez superlativa entre las pequeñas ciudades de provincia (…) esperaba baños de sol, paseos interminables, descanso, viajes, aventuras, vagabundeos sin fin; esperaba, sobre todo, periódicos, libros… ¡Nada de nada! (…) ¡¡¡Soy un exiliado en mi patria!!!” (Carta a G. Izambard, agosto de 1870). Y desde esta otra perspectiva hice otra lectura de la novela.]
Entonces sí; es en esa búsqueda de hacer contable una vida, en ese intento de identificar algo que sucedió en el pasado, de reencontrarse y reconocerse mediante la memoria, tanto como en "arrostrar el miedo de pensar y actuar" como transcurren los desplazamientos de Félix Chaneton. ¿Pero cómo se relaciona la forma en que Correas literaturiza el espacio con sus preocupaciones de autor? Me pregunto de qué manera las representaciones del Bien y del Mal, de la enfermedad, de "los sentimientos y las actitudes morales", del valor y de la miseria moral, sus reflexiones sobre la pasividad, sobre el miedo al ridículo y a la debilidad, sobre el terror y la rabia, se relacionan con la contemplación del barrio y con la mirada del caminante. Correas anota en Rodolfo Carerra: Un problema moral: "(Un diccionario me informa que la palabra "barrio" proviene del árabe, en el que significa "lo exterior", "lo propio de las afueras". A esto agrego que lo externo es lo entregado al azar y que ir a los barrios significó para mí hacer apuestas y poner a prueba mi buena o mala suerte.)". Del mismo modo en que revela la intervención del azar y de la aventura en sus recorridos, ya sin alter-egos en "Él y Ella" de Ensayos de tolerancia: "Cuando yo vuelvo de los mostradores de los andenes de Once, borracho, a los tumbos y fantásticamente a salvo". Caminata, como la define Correas en Arlt literato es "un modo especial de paseo, un caminar por el caminar y la contemplación" desprovisto de fines utilitarios, "nada queremos hacer con el barrio y éste está ahí sólo para que lo contemplemos". Caminar es ser expulsado al turismo de sí mismo: "la caminata nos devuelve a nosotros mismos"; vagar en soledad por las calles es una forma de contemplarse a sí mismo. "Durante la caminata mi juego -dirá Chaneton- había sido vivirme como soliviantado por determinados lugares y riquezas físicas".
El paisaje incita a la rebeldía del juego y a la gracia de la aventura, en donde las "largas caminatas por las calles y por el polvo" son también percibidas como anheladas "purificaciones". En esta contemplación de la ciudad y del derrotero que persiguen los caminantes hay un placer estético, una experiencia y una trascendencia; "una totalidad infinita se presenta en nosotros, en la calle, en el barrio: es Buenos Aires". Pero hay, además, en los lugares, una capacidad de transportarse a través del tiempo de manera subjetiva, y una curiosa propiedad de remitir a su origen, o por lo menos de evocar el pasado. "En una tarde de 1979 -dice Correas en "El ser del barrio", Arlt literato-, me sentí en 1928 contemplando los charcos y la maleza de la calle Torcuato Di Tella en Piñeyro, detrás de los fondos de una fábrica derruida". Félix Chaneton en la Plaza 1º de Mayo piensa que en 1923 ese lugar había funcionado como un Cementerio de Disidentes, el cine Pablo Podestá evoca en su memoria visitas análogas a dicho espacio en los años 1952, 1953, 1954, el parque de la avenida Caseros remite al año 1900 en donde funcionó el Matadero Sur, una estatua de mármol en el Patronato de la Infancia muestra a una madre rodeada por unos niños que visten "las galas infantiles de moda en 1920", y un mástil cuya inscripción acusa el día 11 de octubre de 1936 en que fue inaugurado en la Plaza Nueva Pompeya.
En "Escritos de juventud o el primer Borges", Correas se detiene en los textos que pertenecen a la obra temprana del autor, "Sentirse en muerte", "La Pampa y el suburbios son dioses", "El tamaño de mi esperanza", textos en los que Borges también despliega una poética de su mirada sobre la ciudad. Volviendo a esta cualidad de los lugares y de las cosas de transportarse a través del tiempo y del espacio, señala Correas que Inquisiciones es un libro "de la época de los gasómetros que ya no se ven en Buenos Aires"; tal vez Correas repare en Borges para incorporarse a la serie de escritores caminantes. Allí declara que las caminatas significan un consuelo ocasional, "no hemos de desdeñar -escribe- los momentos en que el consuelo se vuelve forzoso y confortante; aquí el consuelo de vagabundear por las afueras de franca pobreza y miseria es una suerte de resarcimiento de la estupidez y canallería de los barrios residenciales o señoriales y de sus correspondientes habitantes".
Algo de este imaginario ya estaba en Un problema moral: "las villas y los pueblitos cuya miseria me hacía soñar" dice Chaneton, "me veía regresando de una de las aventuras más inagotables que podía ofrecerme la Argentina: las inacabables excursiones de un lado a otro de Buenos Aires, en medio del calor, el frío, la fatiga, el deterioro y las pasiones prohibidas".
En los desplazamientos por la ciudad en busca de Mili, cada imagen percibida es motivo de digresión; en estos desplazamientos como ya dijimos hay un consuelo, un resarcimiento, un abandono al azar, pero habita además una salvación. La soledad se nutre del sueño de errar por las calles de la ciudad y son esas calles el escenario de todas las representaciones, el espectáculo de las calles y de las cosas inanimadas. El duro banco de la plaza Once, las plazas Britania, 1º de Mayo, Constitución, Flores, Martin Fierro, el parque Chacabuco; las avenidas Rivadavia, Callao, Corrientes, Belgrano, Roca, Caseros, Chiclana, Sáenz, Perito Moreno, Pavón, Alfonso Alsina. "(Ahora pienso que lo que me salvó -y me sigue y me ha de seguir salvando- del intento de realizar este sueño fue Buenos Aires: Boedo, Nueva Pompeya, la Avenida del Trabajo, el bañado de Flores, Mataderos, Avellaneda, Lanús, Valentín Ansina, Piñeyro, el Dock Sur...Una y otra vez, por obstinación y por necesidad, yo volvía a esos sitios, y lentamente fui comprendiendo que Buenos Aires y la Argentina también eran un lugar habitable para los hombres". Y esta búsqueda de comprensión de lo ajeno (podríamos pensar toda la obra de Correas como un gran ensayo de tolerancia) abarca Villa Lugano, Carapachay, Bella Vista, Liniers, Parque Patricios, el Riachuelo; precisas coordenadas espaciales: la seccional de la calle Venezuela, la vereda de la esquina de la Recova y la calle Bartolomé Mitre, la esquina de la calle Rioja y la avenida San Juan, la vereda de la confitería El Olmo, una esquina de la calle Cochabamba, el pasaje Barcalá, el puente por el extremo de Valentín Alsina, un banco del andén de la estación Puente Alsina, la esquina de las calles Rioja y Salcedo, las palmeras de las plazas 1º de Mayo y Constitución de Valentín Alsina, la avenida Rivadavia hacia Piñeyro y Avellaneda, el cesped del bulevar Rivadavia; las calles Pichincha, Hipólito Yrigoyen, Alsina, Jujuy, Venezuela, Carlos Calvo, Oruro, Inclán, Remedios de Escalada, Ecuador, Tierra del Fuego; una extensa lista de cantinas: bar la Academia, bar Imperio, bar Mi refugio, bar La Querencia, bar Venecia, bar El Parque, bar Sáenz, La Estación, Bar Monumental, el bar Excelsior; el bar Crisol, los cines Armonía, Pablo Podestá, Roca, Colonial, el Parque de Diversiones Baby Park. La lista de calles y zonas urbanas no termina aquí y no pretende abarcar la totalidad del recorrido sino dar cuenta de la fuerte presencia del espacio físico a lo largo del primero de los tres relatos.
Pensemos en la capacidad que destaca Auerbach en Papá Goriot de Balzac, de sugerir con la descripción material la atmósfera moral, en cada uno de los espacios que describe Correas.
En 1953, en el primer número de la revista Las ciento y una, Correas escribió: "Triste es que nuestro público esté un poco asombrado todavía de que haya escritores que se ocupen de Buenos Aires o de cualquiera de las provincias". El segundo de los tres relatos, En la vida de un pueblo, también registra recorridos, nombres de rutas, de bulevares, de boites, de confiterías, de restaurantes, hay también desplazamientos por el pueblo, por sus barrios, por un basural, por un terreno baldío, por un potrero; Chaneton también se obliga a caminar, a contemplar "el espectáculo de los jovencitos desfilando", o "una pequeña multitud en la vereda". Hay también lugares que evocan el pasado y remiten a su historia: la tienda de los Reyles, el sanatorio del doctor Behring, el quiosco de Capacci, la parrila de Oswald en la que comen los camioneros que se detienen en Coronado. Pero lo que la mirada estática del narrador fortalece es el interés antropológico de sus descripciones, la representación de su contemporaneidad, la posibilidad de comprender seriamente lo cotidiano y de abarcarlo, de analizar rutinas ajenas y formas de organizar o medir el tiempo. En su continuo trabajo de adaptación a Coronado hay una minuciosa reposición de coordenadas temporales que acompaña el tono de un Diario personal.
La narración está poblada de lo que Barthes llama detalles absolutos o inútiles, notaciones escandalosas e insignificativas. Conversaciones acerca de la deficiente administración pública o la condición de los argentinos acompañan la representación de la descomposición del ser frente a un televisor; exquisitas descripciones de programas televisivos anticipan la perfecta narración descriptiva que habita en Un día en los canales. Podemos pensar acerca de la literatura de Correas lo que pensó Auerbach para la de Flaubert, el suyo es un realismo imparcial, impersonal, objetivo, porque el estilo en Correas es una manera de ver las cosas.
En El último recurso los desplazamientos vuelven a tener una presencia firme. La vasta figura del caminante es minuciosa, la conciencia por parte del narrador del hombre moderno en las ciudades es cartesiana, como si todo el espíritu del flâneur baudelaireano habitara en una descripción de seis cuadras, o de tres párrafos. En donde el conflicto planteado desde el inicio, de ser algo, alguien, deseo que ya no es el de ampararse en un estudio, se resuelve mediante el develamiento de la escritura como "último recurso"; estamos frente a la historia de un escritor que encuentra su salvación en la literatura. La obsesiva idea que acompaña este relato es la de crear un nuevo hombre, y a la vez la pregunta recurrente por el motivo de sus evasiones, las caminatas por Belgrano R están acompañadas de los interrogantes. "¿de qué huyo yo?... pero ¿de qué huyo?... pero ¿de qué huía?". El mismo consuelo que otrora sintiera en el anonimato del gentío, Félix Chaneton, "uno entre los otros", sigue buscándolo en la solapada alegría de la multitud y en las caminatas. El agobio que reflejan determinados ambientes, como la casa de los Pons, le genera "ganas de estar en la calle", de pasear por un barrio, de tomar un tren; las doscientas áridas páginas mecanografiadas por Simón Savid le recuerdan caminatas por Buenos Aires, "tomábamos una calle: Alvarez Jonte, San Juan y Directorio..., y la recorríamos de una punta a la otra". Este profesor universitario de cuarenta y dos años es tanto un viajero errante como un visitador, y hasta una suerte de acompañante terapéutico en el caso de Paula y Beatríz Canabal.
Pero es ante todo una conciencia que se busca y que se encuentra lo mismo en la soledad que en la interacción con los demás. Es el que pergenia caminatas de exploración para su iniciada Alcira, una adolescente misteriosa de Tres Arroyos, que abarcan "la calle Córdoba desde Canning hasta el cine Regio, el Mercado Dorrego, las calles Gorriti y Godoy Cruz hasta el Puente Pacífico, (...) "el mundo" del Hospital de Niños: los hotelitos de la calle Paraguay, el "Paseo Mosto", la mercería Fu y Fa, (...) Constitución: la placa conmemorativa de la Chadopyf y la mención del conde de Guadalhorce, el "Pasage Sastre", las calles Guanahaní y Lanín,(...) "visitas de inspección" a la calle Sinclair, a la Avenida del Trabajo, a Piñeyro...". Estos circuitos, que no dejan de estar asediados por la necesidad de un cambio radical, de un viraje hacia la concreción de un nuevo hombre, son considerados como "ociosa sabiduría urbana" y confiesa su mentor haber pasado "ratos entretenidos organizando los itinerarios con ayuda de la Guía Filcar". En su intento y en el fracaso de poder integrar en la vida de Alcira esos barrios, para que también ella busque allí su resguardo, habita el posterior reconocimiento y apropiación de esos modos de ser en su vida y en su escritura. El fracaso de dar con un hombre nuevo implica la posibilidad de la salvación en la literatura, de no ser "un desperdiciado".
Los recorridos y los personajes que moran el relato develan el paisaje de la propia mitología y de muchas de las filiaciones de nuestro artista: las novelas policiales, Hegel, las vidas en hoteles de paso, "Le cinéma selon Hitchcock" de Truffaut, el arte de conversar y de pensar, una biografía sobre Roberto Arlt, "Ficciones", "La naranja mecánica", "Fahrenheit 451". Antes se habían pronunciado otras radiaciones: una traducción de Jean Genet, films policiales y de aventuras, el rostro de Audrey Hepburn, una foto de Montgomery Clift, una película con Enrique Serrano, el tango Nostalgias, el diario La Nación, una gramática de la lengua inglesa, una traducción del alemán -en palabras de nuestro autor: "todas las influencias al servicio de Buenos Aires, o de otro modo, el viejo sueño de las formas europeas y el contenido argentino. (Desde la carne de Buenos Aires, 1953. Denuncialistas. Literatura y polémica en los ’50. Nora Avaro y Analía Capdevila; Buenos Aires; Santiago Arcos, 2004.) ".
El tejido de todas las historias que componen el último de los reportajes, la historia de Horacio y Teté Pons, sus burocráticas propuestas universitarias, la homosexualidad reprimida de Beatriz Canabal y la lectura de su Diario, la historia de Paula, la de su hijo y la de Guillermo, la epístola de despedida de Alcira del Piero, la vinculación con Simón Savid y hasta con el diariero Sebastián, confluyen en la determinación de Chaneton de escribir, con la única certeza de haber dado con su objeto de estudio: su propia vida. Todas estas tramas que rodean la trama de su vida se presentan en forma de recorridos: de la casa de los Pons al hotel Mundial, de su habitación a una habitación vecina, del puesto de diarios al bar, de la farmacia a la casa de Beatriz Canabal. El paroxismo en esta toma de conciencia también se produce caminando (aunque habría que agregar que para acceder a la determinación crucial tuvo que pasar primero por una importante ingesta alcohólica, acaso en ese clímax la caminata y el desarreglo de los sentidos hayan tenido su participación): "había poco whisky y le agregué alcohol para emborracharme rápido. Y salí a caminar. Y tomé la decisión. No es brusca. He escrito otras veces...".
La narración de una historia
Esteta es el bagaje del intelectual que viaja al suburbio y describe lo pintoresco, lo turístico, las gracias que el pueblo adquiere de la tierra. Esos sentimientos que no se han pedido, que son dones y a los que hay que dejarlos mostrarse, soltarlos poco a poco, aligerarlos. Ellos aniquilan las ideas, bien dispuestos, impregnan cálidamente la sangre. (...) Una idea se adquiere, hay que moverse, ir a buscarla, limpiarla de hojarasca; pero las pasiones acompañan, están en la piel, laten en los pulsos, suenan en el corazón. Esta escisión, este Ser pasional es el mayor triunfo del esteticismo.
Carlos Correas. 1953.
Félix Chaneton confiesa haber usado el nombre de "Ernesto Savid" para el protagonista de una historia publicada acerca de homosexuales, cuyas consecuencias lo "atemorizaron y paralizaron". Bien sabemos que Correas es un escritor que piensa en sus futuros lectores. Perlongher en Avatares de los muchachos de la noche (Prosa Plebeya, 1997) habla de las "masas de adolescentes desterritorializados por la miseria, aminorados por la edad, masas de homosexuales pescando en los zanjones de la marginalidad las aguasvivas del goce". En La narración de la historia encontramos elementos de ese retrato de miseria y marginalidad al que alude Perlongher, en la caracterización de Juan Carlos Crespo, por ejemplo, lumpen adolescente de diecisiete años, quien durante todo el relato es nombrado con el apodo de "el morochito". El relato tiene como escenario de fondo la Buenos Aires del año 1959; aquí también las calles, la pasión por las largas caminatas y por la contemplación de las masas. Aquí también los artificios del escritor son el inventario de su mitología: la revista Radiolandia, las películas policiales y de ficción; sus preocupaciones filosóficas: la tolerancia que supone la preocupación por lo que Foucault llamó, en La vida de los hombres infames, "el monstruo humano que combina lo imposible y lo prohibido", la sexualidad como origen del Mal, el miedo a actuar.
Los precisos lugares junto con sus decorados, aquí también, son el fantasma que los acompaña: la estación Constitución, el puente sobre el Riachuelo, la calle General Hornos, Brasil hasta Barracas, la entrada del Balneario Municipal, la avenida Cstanera, la fuente de Lola Mora, el Río, el recreo Juan de Garay, la estación Avenida de Mayo, el subterráneo, la avenida General Paz. Las descripciones de la ciudad ejercen su influencia en la construcción de la trama, las coordenadas espaciales están dispuestas para representar las distintas emociones por las que transita Savid. La ilusión, la sorpresa, la desconfianza, la espectativa, el miedo, la aventura, la siempre nueva sorpresa, el alivio fugaz, la traición, el engaño. Esa idea de errancia que señalara Perlongher, a la que agrego otra cita suya, ésta de Deseo y Violencia en el mundo de la noche, en donde afirma que "en la base de muchas trayectorias marginales, en su propio punto de partida hay una fuga". Esta huída no sólo conduce a la errancia, sino también al desafío de vencer el miedo, y a la posibilidad de la escritura como una experiencia autobiográfica que combina el viaje, la subjetividad y la propia vida. Dice Savid: "He querido ser un hombre duro y libre. Algo así como un hombre solitario que camina por la noche: disponible y dispuesto a todo". Aquí también el interés por vencer el miedo ocupa un lugar privilegiado y es por medio de los espacios físicos que se manifiesta; es en los terraplenes de la avenida General Paz, entre la oscuridad y el barro, en donde a Savid lo alcanza el miedo a ser traicionado, miedo a la vejación y al engaño, miedo al desprecio, en los espacios se refleja la interioridad del protagonista, es en la plena luz de un subterráneo en donde Savid siente vergüenza de ser visto con un chiquillo que repite: "kiss me, please, kiss me", es en la oscuridad del cine Colonial en Avellaneda en donde a Savid le sobra confianza para buscar hombres.
Podríamos obviar la idea que enuncia Carlos Correas en Ensayos de tolerancia, la "perezosa ocurrencia" de que en los libros de juventud de un autor se encuentran los mismos temas que en el futuro éste desarrollará, para pensar que toda su obra, sí, todas sus historias y reflexiones en letra de imprenta forman una sola. Así, en Doctor Manty, habitan las exactas dosis de cerveza y whisky de Claudio, que no casualmente reside en Coronado, sus estudios de una novela de Sinclair Lewis que pinta el "hastío cotidiano de un pueblo extraviado en la dilatada planicie agrícola del Oeste americano", la mención a descripciones en la novela acerca de discusiones caricaturizantes "de las culturas nacionales en sus relaciones con la cultura internacional", el sueño de "dejar como legado el mito de (los) desintegrados felices"; el personaje de Daisy, que como único ejemplo de nouvelle leyó "En la vida de un pueblo", y lo juzgó "un pastiche de la obra faulkneriana hecho por un minorísimo de la literatura". O en el Diario "en forma de elegía y elegancia" de Miguel, en Madre, Vívi y Miguel, en donde se leen paseos por la avenida de Mayo, excesos de alcohol, engulliciones de sedantes, caminatas por la avenida Santa Fé desde Callao hasta Coronel Díaz, "decenas o cientos de películas en televisión", caminatas junto a Madre por Rivadavia hasta Plaza Once, la presencia del sol y de la desidia, entrevistas transcriptas del diario La Nación, lecturas del Clarín, la presencia incondicional del whisky y de ideas suicidas, la avenida de Mayo y la 9 de Julio, paseos por las calles Solís, Perdriel, Suárez, Barracas, Australia, Vélez Sarsfield, Amancio Alcorta... Sáenz, Centenera y Riestra, paradas en bares. En el relato se también se encuentran figuras recurrentes de su imaginario: una pistola automática calibre 35, una "borrachera epopéyica" que incita a alguien a regresar caminando desde Plaza Once a su casa en Primera Junta, un café en Corrientes y Talcahuano o un recorrido de Miguel desde Montserrat, pasando por Palermo y Caballito hasta llegar a Mataderos.
Finalmente, en Un trabajo en San Roque, encontramos más alusiones de este imaginario: un profesor de Filosofía y Literatura asediado por necesidades económicas, la mención de Kafka, Oscar Massota, David Viñas, Nietzsche, William Faulkner y Dashiell Hammet, La muerte y la brújula, la trama de un relato policial, la metabolización y la tolerancia del alcohol, la condición del Ser nacional, el peronismo, Los pájaros de Hitchcock, el riesgo del fracaso, la lengua francesa y la sajona, el tango, y hasta un Félix Ernesto Chaneton, viudo de una mujer suicida e intendente de San Roque.
Carlos Correas literaturiza la ciudad. Su obra es inigualable.
[1] “I think the interview is the new art form. I think the self-interview is the essence of creativity. Asking yourself questions and trying to find answers. The writer is just answering a series of unuttered questions. It’s similar to answering questions on a witness stand. It’s that strange area where you try and pin down something that happened in the past and try honestly to remember what you were trying to do. It’s a crucial mental exercise. An interview will often give you a chance to confront your mind with questions, which to me is what art is all about.” (Morrison, Jim: “Self-interview”; Wilderness, the lost writings of Jim Morrison, volume 1;Vintage Books Edition, December 1989).
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