17.4.26

Patios, por Cecilia Bainotto

  

Voy al patio

 

El lugar donde termina la casa o el lugar que rodea a la casa. A la mañana, a la tarde o a la noche, el patio cambia por efecto de la luz. En ese lugar el afuera se concentra entre las medianeras.

 

¿Habrá patios que se parecen por las plantas, por las macetas, por las puertas y ventanas que dan a él? Sí. Pero hay una disposición de las cosas en ese espacio que contará cosas diferentes.

 

Tuve un patio que era el “otro patio”. La  casa tenía uno más chico y arreglado, pero ese otro tenía un limonero, un ciruelo, una higuera, un olivo, una covacha al costado en la que jugábamos a la casita y un palomar. Mi padre amaba las palomas mensajeras y la madera y dibujar con carbonilla.

 

Luego tuve otro patio en el sur de Argentina. La medianera estaba bordeada de álamos que, con el viento y a la noche, parecían traer voces del más allá, “buenas noches, dormí tranquila” me decía vaya a saber qué finada o finado que jamás conocí en vida. Durante el día la cosa cambiaba. Varios corderos comimos allí “asado, con chapa arriba y con chapa abajo”. Una exquisitez compartida con mis vecinos de apellido Redl que habían llegado de Puerto Montt. Los alemanes y los criollos juntos son muy divertidos. Parecían reuniones en Baviera.

 

Tiempos de viajes con las valijas más o menos listas.

 

También tuve un patio en Temperley que era compartido con una vecina. Ella había sido Miss Reina de belleza de no sé cuál concurso. El título le quedaba grande en ese momento pero insistía y creía que una era súbdita en el arreglo del patio. Al poco tiempo me fui y olvidable lo que antojaba bonito. Tiempos en los que hacía entrevistas y vendía avisos notables y de reunión en reunión.

 

Aunque Temperley era hermoso visto desde el balcón. Un lujo ese departamento en el que mi compañero puso mano en detalles decorativos. No faltaba la sierra, el destornillador, la perforadora y los pinceles, hasta que un martillazo mal dado, rompió su reloj pulsera. Dijo: ¡Basta! Desde allí fuimos hacia otro patio con todos los bártulos. Tiempos de derroche menemista y comprar lo que querías en Easy o Carrefour.

 

El patio estaba en El Trébol, un lugar magnífico en Ezeiza. El campo de Golf a pocos metros y más allá se construía la autopista hacia el Aeropuerto. Era enorme ese patio con una elevación al fondo cubierta de lavandas, al costado una pileta. En uno de los lados del terreno, Carlos levantó una casita de estilo nórdico para los dos perros blancos. Tenía un quincho rústico con piso de ladrillos y techo de paja. Una mesa de algarrobo y bancos de la misma madera. Los cercos eran de ligustrina. Recuerdo que en ese lugar recibí un mensaje escueto que decía: “Papá está muy grave, no creo que sobreviva”.

 

Entre los patios hubo balcones y terrazas antes de llegar a los patios finales. Corríamos por pasillos de Facultades. El país transitaba ficciones que no acabaron bien. Tiempos de viajes con los perros de la nieve hacia la nieve. Bellos viajes pero regresábamos agotados.

 

Uno de los últimos patios estaba ubicado en pleno centro de la ciudad en la que vivo actualmente. Lo incómodo es que a un costado había un paso para automóviles porque funcionaba como cochera. Fue muy complicado ese patio con un pedazo de calle tan cerca y era deprimente por horas con el ajetreo. “Buen día, soy Hugo. ¿Hay lugar disponible?” Esa monserga se repetía y pasar 7 horas en un trabajo cómodo podía hasta resultar   beneficioso. La tranquilidad menguaba en pos del negocio.

 

Muchas noches escuché partes de diálogos, sin querer, de la gente que dejaba el automóvil. Hasta alguna amenaza de un hombre a su mujer por la que no dormí tranquila. La alarma se disparaba. La de los automóviles y las de las conversaciones detrás de las ventanas. No fue un patio que disfruté. Mamá murió inesperadamente. Gozaba de una buena salud.

 

La mudanza nos llevó a otro. Un patio selvático con un gallinero al fondo como muestra de que ex dueños recogían huevos frescos y tenían dedos verdes asombrosos por ese vergel tan variado. Lo bueno fue que el río estaba cerca, y a la noche, pileta en el patio con un trago de colores. Nunca estuve tan bronceada y la remera dejaba ver los hombros, los vestidos las piernas, y las ojotas los pies que no le iban en saga al bronceado del resto. Tiempos en los que podía competir con Mercedes en el color de la piel y en los atuendos de colores.

 

Del patio selvático pasamos a este, en el que vivo hoy. Hubo que hacer muchas reformas. Trabajamos como artesanos sin serlo. Sacamos divisoria de rejas para que el espacio resultara más grande, las rejas fueron soporte para una glorieta, el piso se cubrió de baldosas rojas, las paredes de color bermellón resaltaban las aberturas blancas y el farol del mismo color. Las luces cálidas aportaban encanto. Terminamos agotados y esa extenuación fue definitiva.

 

No obstante, es un placer estar en el patio. Ha pasado gente. Escuchamos música en vivo durante los carnavales. Hubo juegos de mesas, conversaciones y planes de viajes mientras las gramíneas decorativas crecían como olas con los vientos.

 

Entre los patios que tuve, ¿cuántos patios me separan de aquellos? ¿Cuántos patios me separan del tuyo, del patio de él, de los patios de ellos y los de ellas? Incalculables distancias que se concentran en un punto imaginario. Senderos de contornos más o menos definidos por los que la vida transita. Los recuerdos, los olvidos, las omisiones, los imposibles y los posibles, merecen estar en esos patios así sean plegados y doblados como una tela sobre la silla. Si después de todo y con justicia, los soliloquios eran por donde el día decantaba en ese rincón de la casa.

 

 

Dilemas

 

–Entrabas…

–No. Lo que vos dejabas entrar.

Eterno dilema

debajo de las sábanas.

 

 

Siempre

 

Lo único que sabíamos que éramos sosias de una hermosa casa. Entre conversaciones y mates, al atardecer, recostados sobre el Yin, nos defendíamos. Con una inyección en la vena y un orificio oculto de intolerancia despertamos primitivos. El desacato fue descomunal y apareció el moderador con precisas advertencias. El olor a madera quemada, restos de cenizas en el aire y el piso cubierto de polvo imposible andar descalzos. Algo se movía con bronca en el lugar más susceptible de cada uno. Todos los vidrios de las ventanas filtraron la noche. Siempre se espera que la concreción de las cosas suceda dentro de años y la realidad nos sorprendió en un cerrar y abrir de ojos. Después fue lo de tu padre, y el disparo de nuestras muestras de laboratorio. El mundo como nunca se quedó sin ojos. Todos quedamos medio tuertos pero te vi en el Café Montaigne “Al atardecer recostados sobre el Yin nos seguimos defendiendo. No lo olvides Aniuska porque es verdadero”

 

 

 

Estuve allí

 

Fue ese abismo

Con rocas ásperas

de volcán

inactivo

Podía arrojar lava

en cualquier momento

En esa isla estábamos advertidos.

Comenzamos a comer todo

de lo poco

para no morir

de hambre

En esa isla imaginaria

estábamos advertidos (también)

que la historia podía

no ser cierta

Quizá fue una de las historias

más verdaderas

Fui musgo o alga

o parecida

¿Tuve miedo?

¿Qué tuve y qué no?

De lo primero

un sueño

durante la noche

con olas encrespadas

sobre arrecife

de templo deformado

Un faro de

Intensa luz

en el océano oscuro

Nada malo podía pasar

en la isla arcaica

a tientas

a punto de rompientes

sin coser cuerpos descompuestos

sin sacros puntos de reverencias

con un poema a medio terminar

hoja de papel

sobre el verde

pegado a la roca

Estuve ahí.