13.8.26

Nosotros y las circunstancias, por Cecilia Bainotto

  

y que todo esto no es nada nuevo/ y que la vida es preciosa/y que eso es todo/lo sabemos/lo sabemos/lo sabemos perfectamente bien/ y que lo sabemos perfectamente bien/eso también lo sabemos

Hans Magnus Enzensberger

 

 

ESPERANZA

La espera aovillada sobre la silla a la que hay que enmendarle una o más patas. Está de frente, de costado, avergonzada, malhumorada, animada, secreta, caliente, templada en la fragua. Según la esperanza todo es posible. Todo es posible que nunca ocurra. Que lo que ocurra no sea lo esperado. Que lo posible no se cumpla. Que lo que se cumpla sea a medias. Que las medias sean cuartos. Que los cuartos sean tercios. Una dimensión aurea sería la apropiada. Al final las partes se reconcilian. Se visibiliza lo que se espera con equilibrio entre los elementos. La tierra, el cielo, el tiempo. Yo, tú, ella/él.  Nosotros y las circunstancias.

 

 

INUNDACIÓN EN EL TRÓPICO

Lo tendría que haber dicho. No esperar a que la lluvia inundara las galerías, la cocina, los cuartos, más la destrucción de los artefactos y los libros. Lo tendría que haber dicho porque antes de la tormenta le hizo marcas en las muñecas para salvarla. Solo pudo rescatar –por necesidad de época– el dispositivo móvil con mensajes que interpretó ayudado por Freud y Lacan. Las mariposas atrapadas entre las hojas. Las moscas verdes en la basura. Los vidrios rotos flotando. Los pájaros emplumados con su soledad. Lo tendría que haber dicho, pero el silencio era un océano de cosas en desuso.

 

 

FELICES VACACIONES

La vida sigue. El mundo sigue desde que te desenchufaste. A grandes rasgos o a vuelo de pájaro; la guerra Ucrania–Rusia se reavivó. Los bombardeos entre Irán y Estados Unidos siguen iluminando el cielo de Teherán. Gaza en crisis humanitaria y sin agua. Cuba cada vez peor. Por aquí ni te cuento los proyectos del apátrida, pero estuvimos liados con acusaciones de ser país “racista”. Bueno, ante todos los males que nos aquejan y los males del mundo sería tema de poca importancia devenido de alborotos algorítmicos. ¿Ya te conté lo de mis ex compañeros de trabajo bolivianos que eran racistas con los “cholos”? Si así no fuera lo contaré en otra oportunidad. No quiero estropearte tus vacaciones en la nieve. Aunque todos nos merecemos un descanso. Un cambio. Llegar con la mirada y con lo que hay detrás. Vaciarnos y construir algo. Tal vez olvide algún conflicto, alguna buena noticia. Siempre recuerdo aquella frase “Entre todas las pestes, el “amor” es la peste menor”, ¡qué pensador que sos! Sí, sé que no te referías al amor universal, a la ayuda al necesitado. A la meneada empatía. No soy tan tonta. ¡Ah! quizá cuando recibas lo que cuento en las primeras líneas, todo puede ser diferente.

 

 

LA QUEMA

Los paisajes destrozados con los ríos, los árboles, los senderos, las flores, las piedras y los pájaros. La vida de las personas con los amores, las infidelidades, los robos, las injusticias, las casas, las hipotecas, las enfermedades y las muertes. Una porción en un valle pequeño que es réplica de otro más grande. Enciende un cigarrillo y tira el fósforo. Con avance Pirro ejerce el dominio sobre sus creaciones. Intuía algo cuando veía los borradores en prolijas carpetas al lado de la Salamandra. Pudo adivinar que, cuando escribía a mano, con la punta del bolígrafo extraía espinas alojadas debajo de las uñas. Saltaba sangre y si alguien de su entorno intimo lo veía en el acicalado doloroso, no dudaba de echarlo a las puteadas. Hoy a la distancia admira su serenidad de monje. Aquellos borradores quemados son de un valor incalculable.

 

 

REFLEJOS DORADOS

¿Cómo era el tiempo anterior a este? No te lo preguntás porque responderías que fue igual a la tiranía del insomnio durante las noches. La mesa estaba puesta. La vida retozaba los domingos. Había tardes de mirar vidrieras en shoppings y complacer con la tarjeta de crédito. Una vuelta en la que viajaban todos juntos en la nave azul o en la catramina blanca. No había una vez una mariposa que volaba gentil. Un cuento. Abrís el aparador por sí está la botella de whisky para olvidar que soñaste con una nena que no encontraba a su mamá.  “Mi corazón alborotado necesita un descanso” pensás cuando el líquido dorado mezclado con saliva ácida, tiene un sabor diferente. El ruido del motor te ha despertado, “el descanso puede esperar” y sentís que tu pie libre sobre el acelerador se desprendió del gancho. Los carteles a orillas del camino son un desafìo que no reverencia los recuerdos. La cinta gris del asfalto es el mapa de una isla nueva que se aparta del continente. La luz cegadora de frente la esquivabas a los volantazos y, a pesar de la urgencia de tu vejiga, no parabas. Solo lo hiciste de madrugada en el piedemonte de la montaña. Estabas mojado e impresentable, aunque igual, locos de amor.

7.8.26

Una cosa, por Mariano Fiszman

 

Una cosa que me gusta de mi heladera es que nunca tiene mal olor.

 

 

Una cosa que me empezó a pasar a partir de cierta edad es que se me intensificó el sentido del olfato. Por qué, no sé. Tener el olfato más fino puede ser causa de burlas por melindroso o de reproche incluso, como si fingiera oler lo que aparentemente solo yo huelo para obtener una ventaja en una situación equis: un cambio de ropa, la limpieza de un objeto, que abran una ventana, un tragaluz aunque sea, caprichos que justificaría con la excusa del olor.

 

 

Una cosa así puede ser causa de hostigamiento también. Las diferencias de percepciones exasperan a algunas personas.

 

 

Una cosa como esta me hace pensar en otras características, inclinaciones y hasta dolencias que llegan o se van sin explicación.

 

 

Una cosa o algo.

 

 

Una cosa por ejemplo que empecé a tener en un momento de mi vida, otro momento, es asma. Yo siempre digo que me hice asmático por Proust, puede ser una simple fórmula con pretensiones de gracia o puede ser verdad. Lo concreto es que por esos años estaba leyendo La recherche.

 

 

Una cosa quería decir: es tarde, me voy a acostar.

 

 

Una cosa más: durante mucho tiempo me fui a acostar temprano.

 

 

Una cosa que extraño de cuando era chico son las sillas en la vereda. Hay gente que todavía lo hace, muy poca, sacar una silla a la vereda y sentarse a tomar fresco. Tengo varios puntos en el barrio para sentarme a veredear: umbrales, bancos improvisados, las vías. Aunque las vías ya no porque las sacaron para hacer ese tren elevado horrible. Era mi lugar preferido. Alrededor había escombros, pasto, pintadas, y de tarde, al fondo, según la época del año, se veía la puesta de sol. Con esos caños para sentarse arriba y apoyar los pies abajo que resultaba en una postura muy cómoda. Cuando pasaba el tren, retumbón y arrastrando el viento, había que agarrarse fuerte como en un precipicio, por miedo a caerse o a querer tirarse abajo.

 

 

Una cosa que siempre hago cuando paso adelante de alguien sentado en una vereda es saludar. Y siempre me devuelven el saludo, sin falta.

 

 

Una cosa que estoy pensando hace tiempo es comprarme una silla de playa plegable amarilla de aluminio y sacarla a la vereda para sentarme al solcito en invierno y de noche en verano. Dejar de pasar y ser el quieto que devuelve el saludo.

 

 

Una cosa es una cosa es una cosa es una cosa.

 

 

Una cosa no nace, se hace.

 

 

Una cosa, dice la vecina sin sacar la cadenita de la puerta, es que se me pase medio minuto el pollo, y otra que haya que abrir todas las ventanas de todos los pasillos del edificio, hasta la puerta de la terraza, porque hay un poco, un poco, dice más alto, de olor.

 

 

Una cosa trae la otra.

 

 

Una cosa que nunca le contaste a nadie.

 

 

Una cosa sucia, inmóvil y ovillada en el umbral, que a medida que me acercaba iba cambiando de sentidos posibles: caja descuajeringada, hatajo de ropa vieja, montículo de restos de comida en mal estado, linyera durmiendo la mona, entrevero de ramas y hojas de una poda, mastín muerto, encomienda sin destinatario ni remitente y varias cosas más.

 

 

Una cosa estética es tétrica.

 

 

Una cosa: un caso: un caos.

 

 

Una cosa, una casa, un ocaso, un escaso, uno cose, una caza, un acaso, un casi, un acá sí, un acá se acosa, acusa, acuosa, uno saca un saco, una sota, una seca, un saque, un queso, uno cata una tuca, una seta, una única uña uncida, torcida, uno ha sido un asco, un asceta, casto, una costra, un castor, una torcaza, una orca, un ahorcado, una roca, una rata, un toro, una tara, un rata, una rana, una máscara cara, una col, una coz, un coso, un corso, un acodo, un ácaro, un actor, una canta, uno acecha un coche, una cucha, uno escucha, uno acata, uno acaba una cosa.

2.8.26

Estudio sobre un capricho barroco, por Gastón Moyano

 


Antes quería ver los detalles de algunas flores, en especial la Lila Atigrada, quería saber sobre sus vidas, sus ciclos, las imaginaba a lo largo del suelo de los árboles, quería describirlas como lo hizo Linneo, pero donde vivía no había clima para las lilas, solo en algún jardín de alguna vecina, no en estado natural. Solo árboles de pimiento. Crecen con poco, no tienen partes muertas, ni hormigas, solo el verde necesario para sobrevivir en el piedemonte del Fachinal. Mirando árboles de pimiento encontré una estatua de caliza, de tamaño natural, una curiosidad barroca, tan rara como una lila atigrada en este lugar. La estatua de una Santa, en medio de un grupo de árboles de Pimiento, un banquito para sentarse a rezar. La Santa rodeada de lirios sería un cuadro perfecto del cristianismo plebeyo.

Leyendo sobre hagiografía encontré la Vida de Santa Rosa de Lima, de Leopoldo Marechal, la santa se relacionaba con delantales blancos de maestras, Los nombres de la Rosa, el prodigio de la imagen: la Santa  tenía un nombre de origen árabe, Jam-Alá que significa hermosa, no tenía datos hagiográficos de ella, registré los efectos de la luz, en distintos momentos del día, desde diferentes posiciones de observación: de frente cuando el sol le pega en todas partes, justo al mediodía, los efectos duran poco, el manto azul. Rojo en la cara, en las manos, en la punta de los dedos de los pies, sobresalían debajo de la túnica blanca, que recibe los cambios de color que le envía el ambiente, de ahí se distribuye al cuerpo, cambia en leves detalles, la figuración gravita como escombros que uno despeja, porque no son la realidad de la estatua, el aire caliente hace humosa la percepción, móviles los contornos, la luz lanza una escala encantada a través de los árboles, se abre un ángulo para una dulce plenitud el campo visual, su reflejo en la Santa rompe la retina, a la manera de los arquitectos primitivos y maestros vidrieros del Gótico, se sustituye la opacidad por irisaciones, sobrenaturales apariciones multicolores, los destellos se dibujan como si nuestra Santa fuera un vitral. La intensa luz cambia, se hace más fuerte, pero de otra manera, ya no cubre todo, recalienta la tierra, hace mucho calor esa fracción de tiempo que es la hora de la siesta, hace verde marrón la parte baja del manto, a la altura de los hombros tampoco se nota lo que era azul a la hora anterior, toques amarillos de poca consistencia, la luz de esa hora produce un contorno en la Santa de color amarillo pus, que también se desprende de los alrededores, rojos en medio de los toques amarillos, que después se hará desnudo, enorme, por un efecto percutor de los bermellones y los cromos, hasta los brillos ácidos del anti natural anaranjado aparecían en diversos matices de la luz, para después pasar a ser parte del rojo en el amarillo, en otro ángulo, uno de 90 grados a la izquierda de la Santa el azul mantiene un pequeño espacio de equilibrio en la punta de la capelina, con molduras de índigo que irán bajando de a poco, el cinto en medio del cuerpo es un tocado de vuelo angelical. A la tarde el azul se estabiliza, se hace mayoría en contraste con los anaranjados, siempre vivos en los caprichos de la luz, sus tonos en las piedras prefiguran los reflejos en la Santa en otra hora del día. Ahora la estatua de la Santa no está, hay una Iglesia Evangélica Pentecostal, al pasar tropiezo con una de las piedras, todo alrededor se desvanece, la entera realidad del Lugar a esa hora, quedo aturdido por oleadas de éxtasis, saturado de esa misma felicidad la monotonía se torna luminosidad cegadora, y de repente la Santa surge de los días olvidados, su esencia radiante no se registra en la vulgaridad de un recuerdo cotidiano, en esta reduplicación de un equilibrio precario, se invade sucesivamente por los pimientos, por la marea alta del sol de la mañana, inundan como en un acuario, y en último lugar por el Fachinal, sus partes, y la escritura acre y distinguida, a la que doy forma y dicción hasta convertirse en este texto, donde alucino que aún tengo por delante lo que ya dejé atrás. Describo tres de estas estaciones, ordenadas de mayor a menor Brutalidad:

un paseo por el Parque San Martín en el que toda figura femenina era una Yamila, y los que iban a comprar porro ahora empalideciendo y desintegrándose, con una simetría inversa en sus nebulosas; la segunda una conversación escuchada que no revela nada del origen de la estatua, pero si el sufrimiento de los que le rezan, y finalmente unas fotos de la Santa sacadas con mi Zénit Soviética en el año 2001, esta Yamila resucitada perturba el sepulcro real, el cementerio descuidado de mi corazón, y el color de la luz del sol filtrándose en el recuerdo, o el color en el cinturón de la propia Yamila, bañada de la época merovingia, en el amaranto y la luminosidad de su nombre, la primera vez que la vi, ninfa entre jazmines y alhelíes de color cobre.

El registro subsiste bajo la forma misma de la predilección y la ternura, la Santa, hace un instante tan lejana y ajena a mi corazón, es ahora no solo una obsesión, sino parte de mí mismo, algo que llevo adentro. Es la memoria involuntaria de la magdalena de Proust, lo que me trae ese azul, verdes, grises, la Santa es igual a los ríos que asumen el color del cielo, dependiendo de la hora, el ángulo de observación, vuelve la mano sin dedos de la Santa, la izquierda, esa parte que no estaba, deja la suavidad del gusano de seda al tacto, los colores de la Santa se van ´por los dedos que le faltan, su presencia huye por ahí, de su columna erecta, más allá del ovalo que la contenía, la huida deja un bordado de satén de un solo color, coagula en el registro, se abrazan en una lucha,  los boxeadores que pintaba George Bellows en NY. La memoria involuntaria traza un mapa en el cuerpo de la Santa dentro del mapa del Lugar, las líneas topográficas alumbran la impresión del tiempo que pasa en todas direcciones, una ronda entorno al ovalo, también deja un efecto en los testigos que vi rezarles a la Santa:

dos pibitos inquietos, se habían robado una platita, agradecen que ella los cuidara, le dejan cigarrillos, y 50 pesos en el 2002; una piba que soplaba poxiran, lloró mucho ante la Santa, 2002; una pareja reza por el alma de su hija, 2003;pibes sin remera, llenos de tatuajes del penal, uno muy flaco de cara delicada, otro un poco más viejo, sin visera, al tercero, la cubata le llegaba debajo de los hombros, el cuarto, una rareza en el Fachi, un albino, con el pelo casi blanco, los ojos azules, en medio del caos de los morochones, 2004; otro que le decían Caballito, porque su padre tenía una carretela con caballo, le dejó un rosario de plástico,2005; estudiantes de Trabajo Social, de Sociología sorprendidos por la estatua en medio de la villa, 2006; el Chochán un niño de 12 años, se bajaba de su caballito, parea besar los pies de la Santa, en el 2006; con los continuos besos los dedos de los pies se fueron gastando, esa pérdida no era instantánea, no la ven los ojos, como el Hércules de Agrigento, del que Cicerón decía: “la boca y el mentón están un poco más gastados, no solo tienen la  costumbre de venerarlo, sino también de darle besos”, la negra Bárbara le agradecía por haberla ayudado a conseguir el plan Mi Casa, para ponerle techo a su casa, 2009;

Santa Yamila, una Lucrecia del Vaticano, convertida en Carmelita, para lo viviente que no existe más, un ritmo testigo del pasado, la ecuación proustiana no es sencilla, toca como gigantes sumergidos en los años, épocas vividas por ellos, tan distantes, y entre las cuales tantos días han venido a situarse en el tiempo, no lo podemos recuperar pensándolo, como  en el poema 26 de Baudelaire:

“Aromas y promesas/ y besos infinitos/ renacerán de un pozo

prohibido a nuestras sondas”,

la memoria involuntaria da referencia, no descubrimiento, es explosiva e inmediata su total deflagración del recuerdo, elige la hora y el Lugar en que habrá de suceder el milagro, encuadra a la Santa, sus arcadas, y el horizonte entero en el arco de su mano sana, en el doble intercambio el sol emanaba un dorado muy bello, se reorganizaron en las bolitas rojas de los árboles del pimiento, la tierra en las hojas incidía con un marrón, suave en los reflejos naranja en la cabeza Santa, era un singular atletismo ese de los reflejos, en las tardes la luz se armonizaba un solo amarillo, del centro del color, se escapa en pedazos la estatua en un esfuerzo inmóvil, deja algo de ella en las hojas de los pimientos, la imagen se disuelve como un poco de grasa en el agua hirviente, no tiene cara es una cabeza, puede ser la cara de cualquiera, una santidad distinta, sus colores salen, ascienden como si describiera huesos que salen de la carne, el objeto más alto para la piedad, la carne sufriente, el recuerdo de la cabeza deshace la cara, veía pequeños trazos de tierra a su alrededor, la Santa tiene las sensaciones del Fachinal. El Fachinal está en el piedemonte, es rosa seco en un centro azul, un charco verde subsiste para derramarse en la parte de la Santa que da la oeste, es una verdura púrpura, más colores lisos cayendo en la luz blanca. Me dejo llevar, no sin deleite, por lo que registré, escribo de nuevo lo que leía en los Simulacros de Lucrecio, los matices cambian por la mezcla con otros en el aire, en la gama de tonos, se oponen entre sí, hasta llegar al centro del matiz, el tono vivo se repite en el tono roto, el blanco del azul, en los verdes, los violetas, rojos, rosas, fluyen por la mente, por el musculo, no hay una geometría estable del color en este lugar ni en la estatua, un liso violeta entre contornos rojos, la decoración para iluminaciones encantadoras,  de lo que estaba y de lo que queda.