10.12.17

Una percepción del lenguaje, por Javier Fernández Paupy

(Sobre Ataditos, de Laura Estrin, Leviatán, 2017)


“Es ella. Es tan ella como si ella misma hubiera dicho: acá estoy.”
Marina Tsvietáieva, Natalia Goncharova. Retrato de una pintora


Cifrado, escrito como si el idioma fuera un instrumento secreto para decir, por fuera de la comunicación. Así leí Ataditos, el último libro de Laura Estrin. Sus poemas se alejan del arte que pretende reproducir la realidad tal cual es. ¿Cómo es la realidad? Estos poemas reproducen una realidad desde parámetros propios. Comunicar por fuera de las convenciones del lenguaje es una sensibilidad literaria. Acá no hay objetivismo, ni barroquismo, ni coloquialismo, ni sentimentalismo. Es un estilo propio.

Hay algo roto que se cuela en los versos encriptados de este libro. Hay que leerlos y descifrarlos. Laura Estrin opera con los ánimos. Y los distorsiona. Una manera de decir, por fuera del molde de la lógica. Y un uso del lenguaje no instrumental.

Me parece escuchar a Laura decir que la poesía funciona siempre así o que la literatura es eso y que  ese es su carácter, su grandeza, su enorme posibilidad de transmisión. Ataditos trasunta libertad de escritura.
No es un libro para entender de entrada. No hay nada que entender en poemas escritos en un misterio del lenguaje. Ataditos despliega una lírica hermética, una transposición esquinada, atropellada, sin el esfuerzo de la descripción o el detalle aplicado al servicio de la anécdota, es pura “insoportable hermética de uno”.

El libro está divido en cuatro partes. Cuatro años de poemas abrochados en más de cien páginas.

Ataditos es una larga enumeración de obsesiones personales. El sol, los libros, las mañanas, las marcas en la piel del tiempo, la ilusión de la amistad. Y una insistencia en la fuerza de los nombres propios: Jacinto, Irina, Mur, Leni, Varian, Marek, Ana, Nicolás, Noemí, Luis, Liliana, Hugo, Milita, Zelarayán.

“(Hugo me enseñó que no use los nombres
sino los apellidos
pero aquellos son los apellidos del poema
y los que murieron son los nombres cercanos)”

Animales, países, palabras en idish, libros, autores y una sensibilidad por la materialidad de la vida en contraste o contrapunto con lo inmaterial. Sueños, anillos, ilusiones, cosas, espectros, posesiones, viajes, recuerdos, anécdotas telegrafiadas. Impresiones de vida. Hay que releer los versos y darlos vuelta. Los sentidos aparecen y se deshacen, como ideas, como voces que buscan otras voces y encuentran preguntas, líneas de lectura que se abren en cada página, versos de memoria.

Son poemas de existencia porque hablan de la vida. Son poemas espirituales porque se corren de la realidad o se apoyan en la realidad, pero sin la típica mediación realista. Hay palabras compuestas que proponen un sentido nuevo: sacandodejando, dosalmas, relojeshoras, mezclahoy, verdadhomenaje, escenalibro, semanascatafalcos, fiestasoledad, reyesaventuras, mismoerror. Esos encuentros quizás sean formas de expresar desde, con, hacia, en las limitaciones del lenguaje.

Cercano a la percepción rayonista de Natalia Goncharova, donde las imágenes como rayos, los sonidos como luces y la pura velocidad de los versos cortos, rítmicos, determinan los materiales de la composición, Ataditos nos recuerda un origen romántico que tiene que ver con un yo subjetivo, al extremo. Álbum (2001), Parque Chacabuco (2004), Alles Ding (2007), A maroma (2010), Tapa de sol (2013) comparten con Ataditos una misma percepción del lenguaje; ritmo y versos que además de lo que significan son pura entonación y música. «Los poetas son tristes», apunta Laura. Y me vuelve la frase de Robert Walser: «Los poetas son gente caprichosa». Alguien, cuando le preguntaron por los poetas, dijo: «¿Los poetas? Los poetas mienten demasiado». Es posible que en esa mentira o capricho o exageración del artificio anímico a través de un uso particular del lenguaje, surja el poema.