27.6.17

El Transnácar, por Santiago Armando


para Rick Wakeman


En el Transnácar los hombres no teníamos ano, pero nuestro hueco era el lugar esbelto, el olor a culo rizaba el aire con los colores de la fantasía, ancla que no encalla en nalga, que de arena no serás libro, y temblaba como si sus palabras importadas del gas de cassette, y las cintas pirijillas, le dieran el tono, el tono que buscaba en la naturaleza del Transnálgar, su garcilazo cumbre en el ojal de la época. Estaba jodido buscando el continuo metafórico y pasaba el momento en que él extraía un confuso pero fiel acueducto de luna en el líquido nácar de la bombucha, el enjabonamiento de todas las saludes, y le dio vergüenza pero se sintió cómodo, se dijo así que el transnálgar sería aquello a lo que fuera llevado con el culo sentado, el sentado transnálgar con el melgar almidonado por las flotantes margaritas de dulces pedos vaporizantes, pero no, estaban mis amigos, los amigos poetas, y la napia de un deforme daliniano, raros gestos, avechuchos en los líquidos de perla emulgentes, y el arroz diamante con un toque de hez, y con la nariz de nardo salió sentado, se desplazaba por lo blanco, y miraba las planicies de moros galopantes junto a los lombrosos, y toda la grasada repentina que acompañaba al general Telepíktor, que no tenía dientes, el peternacido, el avescudo avechaguel del Peteburgo, los bardos rizados blancos en el chucho de avidábal. El plectro añejaba limpia la varda sobre la escabildada, le gustaba el bingo del cabildo, que era de los chinos y el Transnácar me depositó en Jerusalem, escenario del cristo como minoría política, mendigo de Jerusalén, y refocilaba su pedo nácar, pero todavía no teníamos un diputado católico del arroyo jordán de Miramar, que crucé con mi cayado... ¡hago falta! ¡yo sé que hago falta!, decía Zitarrosa, pero me gusta más Zelarayán: él no se preguntaba eso, por supuesto, no andaba declamando certezas como Zitarrosa que al rato ya empezaba a hinchar las bolas con su tonito atravesado. Y debiera pedar con alegría, entre las minas también,y esos cangrejos con bordados de El Bosco se alejaban... y acá se da mucha vuelta, por los inhóspitos fríos hospitales. Por la salud del burgo propicio te saludo para entregarte mi dolor, Telepíktor, en una bolsa exánime. En fin, remitiré ya mis impresiones sobre todo lo que se pueda aclarar, lo otro del mismo, cuando uno tiene más que una puta noción de que estamos todos con el culo temblando un poco en el tren nácar, y Transnálgar pasó por la cuesta del pomo, con sus aspersores Glades, la cuesta de Forlinga, el Lamidoso pulgar, el dame ocho Dantúan... y me digo a mi mismo que no hay excrementos mas deliciosos que los de los monos del Transnácar, te los da el mono con la cola en un racimo de fintas, el simio caga uvas en mi mente, el mono bambi. Membricio Ventevino se hace decir Etelvino y gana en bitcoins la escritura ¡escritura de claxones esperpénticos! Y Juan Abreu veía el cuento como mosquitos del aviso de Raid pero con unos huevos enormes, el que bien rascaba sus almoznis de escritura por un poroto de parma en un cuento, que Juan veía esos horrorosos insectos de huevos enormes en su cuento de la selección Cuentos desde Miami. El Huevo te cuento, el bledo Antonio, los poetas haroldos ¡y los estudios del licenciado del pedo! Había que rascar el arnulfo de los demiurgos cimbrones del ser, como la cuesta de la luna el desertizado plégamo de varices te chupo hasta que salieran, o asomaran; pero había que incorporar la lengua que tanto hace a la libertad de calzarse los zapatos, la soberana potestad del calzado ungido por las cebollas transparentes de una patada al bulto en la rosenda fraga.


Caldo bocina y empieza la vid de profilácticos peces de cuarzo deslucidos... me pregunto si me siento un atleta por escribir un párrafo nulo, nulo como dentro de un mar, y nado iluminado por lo negro, un santo pasa, pobres tipos somos
por suerte se acabó la música
ya todo está tranquilo
ya no hay plasticidad narrativa,
tirá un verso y acostate
-guión largo como una cama-
descansá chamigo
ni te estreses por esto,
odio la música escribió Osvaldo Lamborghini.