1.4.17

Pellejo de Luna, por Santiago Armando



Voy a buscar las Memorias de Ultratumba a la librería del departamento en Hipólito Yrigoyen y Avenida La Plata, y veo a un colifa acostado en la vereda, apenas pasa los cuarenta, acostado en el suelo, con pocos reflejos, empuña un rosario. El kiosquero habituado a verlo en el piso le dice Guillermo, te dije que no vinieras a tirarte acá en la puerta... nadie se acerca, todos pasan rápido, y yo, como si estuviera apurado por buscar el libro, y llego temprano y espero, llueven chorros de luz curva, lluvia blanca y rosada bigote de gato, y la ciudad en un espejismo azul, a esta hora todos van al baño a aliviarse la cena, la ciudad se asienta, pasa una máquina de pavimento. Me da el libro una mujer pálida, o transparentada por el mate, seguro que tiene cistitis y anda entre gatos, y vuelvo y el croto había sacado la cabeza, dejado este mundo, muerto en la mañana, violines y arpas lo reciben en el cielo, acéptenlo boludos, él entra y nosotros no. Cuando volví al subte vi dos canas y un patrullero en la puerta del kiosco, el kiosquero lo lloraba, ya se había encariñado.
Crótalo volvió al hospicio de eternidad, hospital de lectores, donde siempre hubo grandes bibliotecas curvas, montañas retorcidas de libros como conos de iglesia rusa o helados de vainilla, entre nubes traspasadas de oro, con bibliotecarios solícitos, cómo no, enfermeros bibliotecarios por siempre. De este lado no, te enchufan a los del partido obrero, a los kirchneristas, que vienen a dar charlas sin traer ni un sanguchito de miga, algo de yerba, ni un cigarro, sólo los voluntarios de la huerta aportan algo.
Por el valle viene subiendo, arrastrándose, montaraz. Le canta en falsete la llaga del edema pulmonar. Con las últimas sales en los ojos tiene visión que lo destrona de los sentidos, ve los ascensores brillantes como a dos cuadras, para subir a la ciudad, o tumbarse a esperar la ambulancia divina. Un fraile rengo lo apuraba cansado, dormitaba sin descansar. Lo esperaban.
Un chorro de agua plateada cae del cielo y croto de luna asciende en su lecho barroco sobre un floripondio blanco rodeado de cucumelos vecinos, con todos sus perros amados resucitados y una vaca lechera junto al cucumelo, morada, morada mía... veo algunos rojos con pintas blancas... y grandes praderas donde espera el pueblo.
Y un amor nuevo, un libro relojeado que estaba ahí, una risa, un comentario de Belén, una caricia, fueron sus últimos ropajes.
Y se acaba el último pucho y reza, reza por una oración pía (la red del pescador no te salvará, te comerá el come oblea, el come oblea digital pasa por los eunucos que traban las santidades, las fofas santidades impares de los cógitos de barras sólo resultaban agradables al águila, no hay forma de escapar sólo de ser más sabroso al ave), y viene el verano glorioso del alma y el sol se toma revancha en mis jardines, y pompas tornasol limpian las grasas del espíritu, y Punta del Este está preciosa para escribir con el punto final delante, ya los frutos cuelgan jugosos, duraznos priscos, fríos en el verano de playa. Y todo vuelve a la cadencia suave de los calamares plácidos de Domingo Di Nubila. Y todavía podía manosear el teclado, y en el bosque de cuarzo fue vívora de tapa de disco de Yes.