1.2.17

Literatura de ensueños, por Sergio Rienzi

Sanguijuelas, hiedras venenosas, psiquiatras y otras enredaderas

Sobre Diario de sueños & prosas breves, de Santiago Armando (Ascasubi, 2016)

Sanguijuelas

Las cosas buenas simplemente fluyen, inspiran y te ponen en movimiento. Primera noción al respecto. Por eso me resulta tan fluido y tan ligero escribir sobre lo que escribió Santiago Armando en Diario de sueños. Me digo a mi mismo: lo único que tengo que hacer realmente, más que escribir al respecto, es traducir mis ideas, darles un ordenamiento lógico para que se entiendan, para que se luzcan y si logro hacer eso y que las ideas se luzcan y se ordenen con nitidez, el texto de Santiago Armando va a adquirir más luz, algo en lo que vengo trabajando estructuralmente en mis escritos, en mi cabeza, últimamente, el tema de la luz.

Entonces pienso a priori que debería empezar con las sanguijuelas. Wikipedia, que muchas veces miente, dice que las sanguijuelas son hirudíneos, una clase de filo anélido, conocidos popularmente como sanguijuelas. Las hay marinas, terrestres, arborícolas. Pero la gran mayoría son especies de agua dulce. Dice también que son capaces de tragarse una lombriz grande como ellos, gusanos, crustáceos, todo tipo de insectos, renacuajos. Y que son depredadores.

Sí, dice todo eso. Wikipedia habla del sistema nervioso de las sanguijuelas, tiene todo un apartado acerca del sistema nervioso, e inevitablemente me acuerdo de Hugo Savino y su insistencia al respecto de la escritura: hay que tener un sistema nervioso. Mejor dicho: es algo que se tiene o es algo que no se tiene. Las sanguijuelas lo tienen, por ejemplo, y uno muy desarrollado, porque la cabeza posee formaciones nerviosos y órganos sensoriales que alcanzan a la vista, al olfato y al tacto. Y un cuerpo tiene órganos, al carajo con la basura de Deleuze y Guattari sobre el cuerpo sin órganos. A todos les gusta repetir eso, porque queda muy lindo, especialmente en Puán, pero nadie se pone a cuestionarlo.

Creo en los cuerpos con órganos y creo en los escritores con sistema nervioso. El sistema nervioso de Santiago Armando me remite a las sanguijuelas. Pero me pregunto esto: ¿por qué asocio a Santiago Armando con las sanguijuelas? Es una pregunta válida. Porque son parecidos. Eso me disparó el primer sueño descrito en Diario de Sueños & prosas breves, en el que Armando declara: “Era cierto, beber la sangre de las personas que matamos con nuestras propias manos da una fuerza sobrehumana”.

Claro, ahí estaba. No es un pensamiento mágico, había una correlatividad, una pista, un algo. Las sanguijuelas aman la sangre. Son depredadores, ya lo dijo Wikipedia y ya lo sabemos por experiencias o documentales. La sangre puede llegar a ser una infusión vital extremadamente necesaria  para ciertas criaturas oscuras, vampiros, valquirias, sanguijuelas, algunos insectos y Santiago Armando.

A lo que iba. En Diario de Sueños corre sangre. Y si lo leés bien, detenidamente, saboreando cada palabra, cada frase, entrás de lleno desde el vamos en esa cadencia lenta de palabras, saliva y sangre. No hace falta predisponerse, no hace falta demasiado. Es abrir el libro y hacer la gran Laura Estrin que nunca falla, como si fuera la tercera ley de la termodinámica: “Te das cuenta que un libro es bueno cuando lo abrís aleatoriamente en cualquier parte, y si leés esa parte inconexa, aleatoria, y está bueno y está bien y flota, entonces el cuerpo entero que es el libro flota también. Obviamente, si no flota, es malo y el libro entero se hunde”. Seguro que la estoy citando mal a Estrin, pero solo la memoria se puede dar esos gustos. Abrís el libro de Santiago Armando y te metés de lleno en un universo lleno de universos paralelos e inconexos entre sí.

Hiedras venenosas y otras enredaderas

Los sueños a veces pueden ser pesadillas. Las pesadillas a veces hacen trueques impunes con los sueños. Estamos en el universo de Santiago Armando y él nos cuenta sus sueños y sus pesadillas, un universo de hiedras venenosas y enredaderas y mujeres como plantas carnívoras. Te tenés que acercar despacio, mirándolo todo alrededor, para no perderte de nada y sabiendo que en algún momento, en algún paso en falso, en algún intersticio vas a ser mordido por un elemento de ese mundo que nunca tiende a la entropía sino al caos.

Son sueños y pesadillas lúcidas, a contraluz, tenues algunas, de extrema nitidez otras. Son preciosas y detallistas y caprichosas y crueles a la vez. Duelen y abruman y si las leés con el detenimiento que se merecen, te van a doler y te van a abrumar como me pasó a mí al leerlas. Un consuelo: no se trata de pesadillas y de sueños amorfos, inventados: se trata de restos fósiles: de los desprendimientos genuinos de un cartapacio o una libreta de notas bien pegada al borde de la mesita de luz, ahí donde las cosas se desbordan o están por caer, y se deben caer, ahí está la libreta de sueños y pesadillas de Santiago Armando, cajita de Pandora es igual a cajita musical.

Psiquiatras, viva el fútbol

Sí, que viva el buen fútbol, la buena literatura como esta, y que se vayan a cagar todos los psiquiatras, que se mueran atragantados con sus propias teorías y en sus propios medicamentos que recetan para los laboratorios que les pagan por recetar y experimentar , eso parece exclamar el texto de Santiago Armando. Lo exclama y lo declama, en más de una ocasión.

Santiago Armando muestra en un sueño cómo asesina a su psiquiatra, o a varios de ellos, como si fueran un ejército o legión, no importa. En otro sueño, con otro psiquiatra, también aparece la fantasía del asesinato, del estrangulamiento, de que el psiquiatra quede atrapado en su lógica siempre tan racional y binaria. Lo mismo da. Su sed de venganza se ve aplacada sueño tras sueño cuando logra hacerles una maldad, sea cual sea. Ahí se aplaca la sed, al menos un rato, se compensa, se restablece un orden, se establece una especie de justicia cósmica pero a través de la justicia del escrito o del sueño, o del Diario de un sueño. Justicia por mano propia se llama esto, como en el sueño que escribe “Asesino de dos mundos” o en “Jaralambides” donde llega a un boliche en Moscú, todo oscuro y subterráneo en el que vendían absenta y termina pegándole a alguien en la boca con sus nudillos.

Nada de amnistías baratas, nada de sortilegios ni de alto el fuego ni de treguas. Nada de nada. Es una literatura no apta para impresionables o para lectores de verano. Me recorto un poco más: literatura hermosa, no apta. Literatura de viajes en el espacio-tiempo: de Moscú a Puerto Madero, de descampado a barrio cerrado, de camino del Buen Ayre a ningún lado, de Márquez Fondo de la Legua a Primera Junta o Cabildo,  de consultorio a cuarto oblicuo plegado para pesadilla ambulante de  bolsillo.

Literatura de ensueños. Inventario de pesadillas, listado de sueños. Cartografía lenta y sutil de mapas urbanos reales e imaginarios, de ciudades invisibles y personas vívidas. Santiago Armando nos deja señuelos y trampas tendidas por todas partes, para que nos caigamos con él, como él cayó en ellas. Y ahí cumple su venganza fina, sutil.


¿Cierre?

Un sueño se vive actualizando en el libro, por la forma en que Armando lo escribe. Como es el caso de “Sueño de anteanoche”. El sueño de anteanoche se duplica amorfo noche tras noche, hasta el infinito, en una secuencia que no podrá terminar jamás para el que agarre el libro. Siempre podés estar viviendo un sueño de anteanoche, pero en otra noche, en otro sueño. 

Lo primero que me pregunté cuando terminé de leer el libro, es si este libro daba un batacazo en la literatura argentina, si venía  a patear cierto tablero de ajedrez de lo establecido, del canon, o si se trataba solo de un libro-punta-de-iceberg. La respuesta apareció al segundo, como implícita: se trata de las dos cosas al mismo tiempo. Porque si un libro logra ponerte en movimiento, como lo logra Diario de Sueños solo lo hace a condición de que el escritor es el que ya fue puesto en movimiento, el que ya está en un movimiento inevitable y desconocido al que no puede ceder.

Hace un tiempo que vengo pensando que los genuinos y buenos escritores de verdad son los que logran desarrollar una especie de locura semicontrolada o casi controlada, que por momentos se interrumpe por intervalos, se desborda, como el cauce de un río, para después restituirse a cierta aparente normalidad. Pero la normalidad absoluta, la normalidad aburrida, es para los escritores de novelas. Se la podemos regalar a ellos y a ellas para siempre. Y le seguiremos haciendo un gran favor al mundo.

No se puede escribir bien si no se está un poco loco, y Santiago Armando sabe que esto es verdad y más que nadie puede dar fe. Santiago Armando es un original, no es una réplica, y acaba de demostrarlo.

Armando dejó abrir el grifo del inconsciente, levantó las inhibiciones y la tranquera de los sueños y las pesadillas y en esa canilla abierta emanó agua dulce mezclada con agua de mar y con sangre. Abrió sus pasos fronterizos y ahí nos muestra la clandestinidad de sus fantasmas, de sus coartadas, de sus móviles, sus plantas exóticas y flores de ensueño, su fútbol, sus psiquiatras cinematográficos, sus mujeres, de Verónica a Laura, y la tranquera del pasado en el que dejó pastando las cosas y las moscas.

Barricadas, empalizadas, puertas sin salida, encrucijadas, picaportes falsos, dobles, personas conocidas que en los sueños son perfectos desconocidos, contornos, perfiles a contraluz, todos en un tren fantasma proveniente de las tierras oscuras del inconsciente de Armando. Habrá que aventurarse y dejarse arrastrar por los sedimentos de estos sueños y pesadillas y ver dónde desembocan. Todo parece indicar que Santiago Armando va a misa. Pero no sé si eso será suficiente para algo. Esto no debería terminar así, y sin embargo sí.