20.1.16

Un piano, por Javier Fernández Paupy


Una miríada de moscas daba vueltas alrededor de la oreja de un perro que dormía al costado de un camión donde dos tipos que parecían ser lo que eran revisaban algo en el motor. Quizás fueran amigos o socios. Pero no se sorprendieron cuando les ofrecimos cien pesos por ayudarnos a bajar el piano de un primer piso. Hacía más de diez años que el instrumento estaba en ese lugar. Nosotros nos lo llevábamos por mil pesos. Para poder bajarlo tuvimos que acostarlo sobre uno de sus cantos y arrastrarlo hasta la escalera. Ramos lo ató con nudo marinero a la baranda del balcón del departamento con unas correas de lona y a medida que bajábamos el piano a los tumbos resbalándolo por los bordes de los escalones Deli aflojaba el nudo para que no cayera de golpe por la escalera o sobre nuestros hombros. Los que nos ayudaron tenían experiencia en mudanzas y lo hicieron muy bien. Sin sus astucias no hubiéramos podido. Uno de ellos, incluso, enyesado, fue de mucha ayuda para sacar el piano de ahí y hacerlo entrar en la parte de atrás de la Fiorino. Las calles empezaron a urbanizarse y dejamos Garín. Ya en la autopista nos confundimos con otros autos y camiones que pasaban. El piano desafinado eran dos arpas encastradas en un sarcófago de jacarandá, transición entre el mueble de estilo y el barroco. El primer afinador que vino a verlo se rió. Tampoco quiso restaurarlo. No hagan locuras, nos dijo, no pongan un peso en este piano. Pero insistimos y dijo que por siete mil pesos podía restaurarlo aunque ya no volvería a estar en 440. Fue ahí que la fantasía se disolvió como un cartel de chapa con las palabras cierre definitivo. A los pocos días otro afinador vino a verlo. A diferencia del primero, éste traía un traje gris y usaba perfume. Tecleó unas notas y nos preguntó si tocábamos música barroca. Negamos con la cabeza. Su presupuesto de cuatro mil pesos abarcaba el arreglo de los clavijeros y la limpieza general del instrumento. Un sábado a la mañana, una semana después, un ropavejero de Lanús se llevó el piano por quinientos pesos y por veinte, una mesa ratona. Incluso hubiera sido posible elevar lo insignificante de un día cualquiera al nivel de lo encantado y fijarlo como se fijan algunos primeros recuerdos.