27.7.15

Abuelo, por Isaac Castro



Hoy a la mañana
a 14 años de cumplir los 100
murió mi abuelo Andrés Ramírez
hijo de un sobreviviente de la guerra del Paraguay
vendedor ambulante
y experto en tener hijos
10 oficiales
7 desperdigados por ahí
y quién sabe cuántos más
sueltos por la campaña.
Murió Andrés esta mañana
creo que lo vi unas 4 veces
en total
la última visita sirvió para que critique
de forma explícita
cierta incongruencia de mi físico sin privilegios
pero de él heredé la epidermis y el falso reflejo
de mis ojos cansados
también la altura
también mi segundo nombre
que me gusta decir
porque me suena a recreo.

Murió esta mañana
dejó unos campos
donde dicen que hay oro
custodiado por fantasmas
mi mamá fue al entierro y a la vuelta
         me dirá que fue hermoso
yo le diré que mientras ella viajaba a despedirlo
acá la lluvia no dio respiro
que el gris
me ofreció un abrazo silencioso
y que yo casi podía acariciar al abuelo
sentado sin remera
a las 5 de la tarde.



Tomado de: La farsa de las mariposas, En el aura del sauce, 2010.

21.7.15

Charles Bukowski – the telephone


el teléfono



te traerá gente
con su llamado,
gente que no sabe qué hacer con
su tiempo
y ansiará
infectarte con
esto
desde la distancia
(aunque podrían preferir
en realidad estar en la misma habitación
para proyectar mejor su nulidad sobre
vos).

el teléfono es necesario sólo
en casos de emergencia.

estas personas no son
emergencias, son
calamidades.

nunca me alegré del llamado de un
teléfono.

“hola”, contestaré
con cautela.

“es Dwight”.

ya podés sentir su imbécil
anhelo de invadir.
son gente-pulga que
se arrastran por
la psiquis.

“sí, ¿qué hay?”

“bueno, estoy en la ciudad esta noche y
pensé...”

“escuchá, Dwight, estoy ocupado,
no puedo...”

“bueno, ¿tal vez en otro
momento?”

“tal vez no...”

cada persona está disponible tantas
noches
y cada noche perdida es
una burda violación en contra del
curso natural de
tu propia
vida;
además, deja un gusto
que suele durar dos o tres días
dependiendo del
visitante.

el teléfono sólo es para
casos de emergencia.

me tomó
décadas
pero finalmente descubrí
cómo decir
“no”.

ahora,
no te preocupes por ellos,
por favor:
simplemente marcarán otro
número.

puede ser
el tuyo.

“hola”,
dirás.

y ellos dirán,
“es Dwight.”

y entonces
vos
sos
una especia de
alma
comprensiva.





De: The Last Night of the Earth Poems (1992)


Traducción: Ricardo Paupy

14.7.15

Escrúpulos, por Anahí Herrera


A la nieta más chiquita de Nilda le gustaba mirar por la ventana del tren el paraíso industrial que unía la estación de Liniers con su hogar allá lejos en Moreno. Era tal su pasión por observar y conocer que usualmente su madre lograba conseguirle un asiento junto al vidrio, para disgusto de los restantes pasajeros que con muecas burlonas y alguna palabra hostil daban a entender que también ellos tenían un buen motivo para ir sentados. Una tarde de domingo, Nilda y su nieta emprendieron el largo trayecto a casa. En la ventana, una gran mancha color café cegaba el estrecho campo visual de la pasajera. En su desesperación –y la impulsividad que eso conlleva– la nieta de Nilda forcejeó con su cuerpo hasta lograr desnudar su torso y erguida sobre las rodillas frotó el vidrio, en tanto la sonrisa alegre de Mickey Mouse de su playera adquiría la sombra propia de la boca adolescente femenina después de una jornada de besos y lápiz labial. Entonces Nilda, furiosa por el qué dirán, estampó su mano en la rosada mejilla porque… (y convengamos que eso está bastante claro) una prenda infantil jamás podría ser un trapo como en debido.

Tomado de: El triángulo de la Merluza, año 2 nº 1 / mayo 2015

4.7.15

Dromedarios, por Sergio Rienzi



//
 Debajo del árbol frondoso de la noche  
dromedaria
nadie le acaricia las hojas
porque nadie llega tan arriba
ya nadie trepa árboles
y en los árboles ya no se hacen casas
pero una noche de estas podríamos esbozar una
quién pudiera
ponerle una peca
una escama
a esta noche
como un pedazo de madera vieja.

//
 Es el flanco izquierdo
de un ojo dromedario
cíclope
herido por el sol en retaguardia
que da de lleno en la nuca
en parte de la espalda
y en el pino de Murgiondo
a tan solo unos cuarenta metros
del otro lado de la tarde y de la calle,
vereda de enfrente,
como suele decirse cuando
algo-alguien está en una posición enfrentada a uno
y ese pino
está ahí
yace ahí
está ahí en terreno baldío
y sigue creciendo,
sobrevive,
nos sobrevive sabiendo
y recibiendo lluvias
y tempestades
y soles austeros
y otros violentos
con tal de que un ojo herido
se regocije
en él
pero a él qué le importa:
si no conoce laderas montañosas
ni medianeras del corazón
ni lo que es derramar un poco
con cada sorbo de café
con cada azúcar-partícula
que se cae y se pierde en una mesa
y si el pino-Murgiondo
fuera alfil
ya hubiera atravesado
la diagonal del ojo
cíclope
para siempre
pero no es alfil:
es solo un pino alegre,
inmenso.

//
 Es la resistencia
del árbol
luminoso
de la vida
al asecho del otoño
y esas hojas verdes carnosas, pulposas,
se aferran
a las ramas dromedarias
como si escaparan
de un naufragio.

//
 Afuera
anochece
pero nada se marchita,
nada puede marchitarse
todavía
el mundo es demasiado joven
demasiado dromedario
para nosotros
y esta noche
es una víspera.