14.3.15

Vida de Pécora, por Santiago Armando



Tengo un solo huevo, in pectore, en todo momento, celoso, el otro me lo sacaron. Mi huevo ahora ya no es izquierdo o derecho, quedó en el medio, esto me da alguna ventaja de uña larga, rasgueos y saralampios tañen medusas argentas que rebaten la luz opalina en el escroto aquiescente, en luz diagonal y entubadas en la tarde pesada se elevan, se alejan.

Me olvido, sigo paseando, otra vez me había envoluteado uno entre las túnicas, fumé y medité por los pliegues lechosos del techo gris, cabezas dentadas y glandes enormes blancos como hinojo mordí, retrocargas blancas me chuparon a la colcha de pluma que me envolvió en el azul pesebre de puro alimonio.

Sorbo las pétulas glaucas las gónadas perlas, esterlísimas, de Mirna deponiendo sus lotos blancos en la vereda es mecha, como una estela de wasabi me descuelga en la costa roquefosa, la venida del cometa concha ilumina las piedras y todo consuma casi como ante acabada, y una lágrima de su último combusto, entreabriendo el escroto con breve relámpago se une al huevo.

Una gasa verde, femenina, con un notorio tocado de pelambre se para, como llama despunta en la esquina y me tizna su mirada, pero cuidado, esto parece un barrio universitario, Uriburu y Paraguay, la sigo. Este año solo la puse dos veces, nalgas glandulares se le trasparentan hasta el churro, como sombra de Liquidámbar su fruto seco. Entro en Sociales. Los ídolos de las pancartas nadan en bolas por la pared,  en sus desplazamientos, en cada impulso, toman formas de verga erecta, los penes abrevan en lánguidas letras muertas que sueltan los ordenanzas por la mañana, suspensivamente se avivan y se chupan ensimismados a las uretras que respiran desparramándolas.

Perdí el ascensor con Selva Ponds, nunca le pagaron un coaching, se lo incendiaron los del Partido Obrero, mirando su cara afligida desistí de mis intenciones y bajamos, pero entró Silvia Penn, y obviamente mis intenciones se le aclararon por meterme de nuevo en el ascensor que ella tomaba dudando. Parado detrás junté mis manos mirando el final de sus piernas en zapatos de piel verde jadeé, me preguntó desafiante y asustada qué me pasaba, le dije que no estaba seguro en qué piso se veían los mejores glúteos a esta hora: hasta un policía dejaron entrar para que me saquen a los gritos ¡Esto es una casa de estudios! Les declaré la guerra, violaría a una estas zurditas subvencionadas en un baño “eh, no, pará chamigo”, calma, radicales. Pero vuelvo y me siento a meditar frente a una taza de inodoro infecto del segundo piso, drapeos, estallidos, Pollocks. En el último extirpamiento de pólipos nasales perdí el olfato, el olfato escindido refuerza la sinestesia: golas, grageas y cajas peruanas ritman el aliento, un breve bailecito de máscaras se recorta en los azulejos blancos, jugos cítricos, ensalada, tarta, asado de carrito pedestre.

¡Pero dónde está aquello que mortifica la política! Entro en clase, un cursillo de continuidad, qué bien me reciben, saludan, beso, palmada de un barbudo, una pelirroja tetona y sonrisa. Me siento, me paro y bajo hasta la calle, la luz pasa cilíndrica entre los tilos, me da una brisita baja que escampa mi huevito requinto.