5.5.12

Humano, por Martín Evelson



No preguntes al carnicero
por los ojos de la vaca
Joaquín Giannuzzi


Las manos del viejo vacilan frente al fuego azul, circular. Más allá de la ventana, el alba comienza a prosperar sobre la oscuridad dominante. En la cocina, el atolón que ruge bajo la base de la pava colorea tímidamente los objetos cercanos: los bordes de la pava enturbiándose, la calabaza llena de yerba mate por cuya boca emerge, diagonal, una bombilla plateada; las manos del viejo entrelazadas en un diálogo mudo. Más allá de estos objetos, la oscuridad es total.
El viejo permanece pensativo frente a la ventana que aún no arroja claridad al interior de la cocina del rancho. No ha podido dormir. Pareciera que escruta la ventana, pero en realidad la mira sin ver: deposita sus ojos en el marco indiferenciado y allí los deja: son sus manos las que, crispadas, deliberan. El silbido de la pava arranca al viejo de su abandono:
—¡La puta que lo parió, se hirvió el agua! —dice, y sus manos se destejen para acudir, veloces, hacia la pava, como si el reflejo repentino y tardío pudiera deshacer el acto y el hervor del agua fuera reversible o ilusorio.

La luz de la mañana ya se ha instalado, glauca, en el campo que rodea al rancho cuando el viejo termina de chupar el último mate. Abandona los utensilios y toma, de la bolsa de tela celeste que pende anudada a los barrotes de la ventana, una barra de pan, gomosa, del día anterior. Abandona la penumbra que seguirá persistiendo en el interior del rancho hasta los contornos del mediodía y sale con paso cansino, la barra de pan trazando arcos sincronizados y complementarios a su marcha en el aire lechoso de la mañana fría.
El viejo corta con su cuerpo el camino de tierra que, desde la tranquera y a la vera de la ruta provincial, se interna hasta la puerta del rancho. Lo deja atrás con un par de zancadas y prosigue hasta que el pasto crecido, en cuyos extremos curvados el rocío matinal grisifica el verde lanceolado, escamotea a su vista la punta redonda de sus botas gastadas. Allí se detiene y profiere el llamado. Junto con el nombre y los sonidos familiares que instalan en el presente la liturgia tantas veces repetida en el pasado, una nube de vapor gris se eleva, deshaciéndose en el aire blanco que con su luz sucia instala la mañana en el campo mojado.
Al reiterar el llamado, comienzan a percibirse, por detrás de la loma que comba el terreno de pastos plateados, los sonidos claros del cencerro aproximándose. El viejo no llega a emitir una nueva invitación: la vaca acerca su mansa presencia a la del hombre, que alza hacia el animal una mano ahuecada. En ella, el animal hunde su hocico y reconoce el aroma familiar, corrobora esa presencia que se ha instalado en su cerebro desde que ha recibido, en el aire de la mañana fría, los sonidos del llamado conocido. El viejo alisa la mano, acaricia la cabeza que se sacude lenta, buscando insistentemente en la mano el hueco en el que se concentra el aroma conocido. El viejo ahueca nuevamente su palma y deja que el animal haga, al tiempo que emite los sonidos conocidos entre los cuales el nombre. Luego, alza la barra de pan que sostiene con la otra mano y, mientras va cortando pedazos gomosos, los ofrece al animal que los recibe gustoso.

Terminada la comida, el viejo se ha quedado junto al animal, acariciándole el flanco, palmeándole el lomo, su mirada nuevamente extraviada en la lejanía uniforme. En eso están cuando desde el camino de tierra, que más allá de la tranquera es ruta provincial y más acá es sendero que comunica su rancho con eso otro llamado país, comienzan a llegar, progresivos, los sonidos metálicos y de tintineos variados mezclados a los del motor. El viejo alza la cabeza en el momento en que aparece en su campo visual la camioneta destartalada que se detiene junto a la tranquera.
Durante el tiempo en que el viejo se ha aproximado a la tranquera, la ha abierto para que el vehículo ingrese, lento ―la cabina bamboleándose a medida que avanza por el suelo irregular mientras emite sonidos de muelles, correas, neumáticos gastados y tintineo de cristales―, y, por último, ha avanzado hasta detenerse junto al vehículo quieto del que han descendido dos hombres descoloridos con los que ahora conversa, el animal ha permanecido en el mismo lugar, tascando el pasto combado en cuyos extremos lanceolados el rocío aún permanece, gris, la cola bamboleándose y sacudiéndose contra sus cuartos traseros, más por la costumbre que por la necesidad de espantar insectos cuya presencia es aún inexistente debido al frío que la luz glauca y sucia que se filtra por entre las nubes plomizas no ha conseguido debilitar.
Luego de una breve conversación atravesada por monosílabos, los tres hombres —el viejo un paso por delante, los dos hombres descoloridos un paso por detrás— inician su caminata hacia el animal.
Al llegar a su lado, el viejo vuelve a palmear a la vaca que vuelve a buscar el hueco de sus manos con el hocico. Las manos del viejo, ahora, rechazan.
—Esta es —dice mientras se aparta un paso para que los otros la vean mejor. Entonces uno de los hombres saca de uno de sus bolsillos un puñado de billetes arrugados que entrega al viejo en el mismo gesto con que lo hace a un lado. El viejo guarda los billetes sin mirarlos: sus ojos permanecen fijos en el animal, súbitamente crispado frente a esas manos nuevas que lo manipulan con rudeza, vacías de cualquier rastro de aroma identificable, amistoso, familiar. Frente a los corcoveos del animal, las manos de los hombres tironean con fuerza creciente, imponiendo el nuevo rumbo que el animal se niega a aceptar.
El viejo observa sus ojos: las órbitas engrandecidas por el terror que le despierta ese nuevo, intrusivo, ajeno, olor que trata al animal con rudeza; brutal. Se acerca entonces y ofrece su palma ahuecada aún una vez al hocico que se deja conducir por el camino desparejo hacia la camioneta desvencijada.
Uno de los hombres abre las puertas traseras del vehículo y el viejo abandona nuevamente su mano, que cae flácida a un costado de su cuerpo. La vaca recomienza el corcoveo, separada de la mano familiar que la alimentó con comida y caricias a lo largo de una sucesión de días que para ella no es otra cosa que su vida y que ahora, inexplicablemente, la rechaza con un gesto brusco que la devuelve a esas otras manos que tironean, apartan, alejan, y que, en los comienzos de la rampa que la eleva hacia el vehículo, propinan un rebencazo rotundo que pone fin a las dudas de los presentes.
Los dos hombres cierran las puertas traseras de la camioneta y miran al viejo mirar el suelo desparejo. En lugar de la mano que no le estrechan, uno dice: —Terco animal. Bruto como todos.
El viejo emprende la caminata hacia el rancho mientras los hombres suben a la parte delantera del vehículo. Con paso cansino, el viejo entra en el rancho, se abandona en una de las sillas de paja que circundan la mesa, extrae de su bolsillo los billetes arrugados —que no son tantos— y los arroja sobre la madera. Permanece en la penumbra apenas horadada por la luz sucia que sin mucha decisión se filtra por la ventana lateral del rancho. Las manos del viejo reposan sobre la madera de la mesa, a un lado de los billetes sucios y estrujados, más descoloridos aún que los hombres que se los han arrimado y colocado, sin palabras ni preámbulos, por sobre sus dudas sofocadas.
Las manos del viejo, nuevamente entrelazadas, vacilan.
Inmerso en la penumbra que, sin embargo no lo protege de los mugidos angustiosos del animal que llegan desde el frente del rancho, el viejo pierde entereza. Pierde su mirada en la pared difusa del cuarto. Pierde.
El sonido de los mugidos queda sepultado por el ruido del motor que comienza, junto al de muelles, correas, metales y cristales tintineantes, a alejarse.
Atada a los barrotes de la ventana ve pender la bolsa de tela celeste. De ella emergen las puntas de dos barras de pan del día anterior, gomosas; repentinamente para nadie.
Los dedos de las manos del viejo se hallan entrelazados hasta la altura de los pulgares que giran en círculo, uno sobre otro, acelerados. Súbitamente se detienen. Las manos se destejen, manotean el puñado de billetes en cuyas arrugas lo descolorido, y salen junto al viejo que, de un salto, se arranca de la silla.
En la mañana blanca y fría sobre la cual ahora una fina lluvia se impone, el motor ya ha iniciado la distancia que el viejo intenta reducir con pasos alocados sobre el maltrecho camino de tierra. Arrepentido, apura más aún el desorden de sus pasos, agitando la mano en la cual el color apagado de los papeles arrugados, envejecidos por el manoseo sucesivo, reclaman deshacer el pacto. Por sobre su respiración agitada, un último mugido proveniente de la camioneta resuena en el encierro: la certeza del viejo adivina, ahora, los ojos heridos por la traición imposible de prever.
En su afanosa y tardía carrera, el viejo tropieza y cae de bruces. Se incorpora, justo para que sus ojos vidriosos alcancen a ver la camioneta tomando la curva cerrada. Su mirada se aferra con afán al lateral del vehículo —como si el reflejo repentino y tardío pudiera deshacer el acto— hasta que vehículo, sonidos, hombres y animal desaparecen de su campo visual en el camino de tierra que más allá de la tranquera es ya ruta provincial.

El viejo permanece inmóvil en el suelo que se ha empezado a encharcar por los efectos de la lluvia que, sobre su cabeza, arrecia. A su lado, el viento que baja desde el monte esparce la postrera compañía de papeles descoloridos.